El aire, cuando se hace el interesante, muda a viento.
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Escribir es una apnea. El aire son las palabras. La literatura es un estado anímico líquido.
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La constancia del agua horada la perseverancia de la piedra. La soledad del aire se deja cortejar por la elocuencia del silencio.
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La niebla es una mala digestión del aire.
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El mundo es sinestesia: cuando miro creo oír, al oír se me antoja que veo; cuando escucho la danza invisible del aire, siento la opulencia del tiempo.
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La piel es un palimpsesto del aire.
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El aire no tiene sintaxis.
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El aire carece de metafísica. No se preocupa de su origen ni vaticina su cese. Tiene la terca mesura de la tierra
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Hay días que gimen volutas de oro y tienen precipitada vocación de delirio. Se los ve emboscarse en júbilo.Disciplinados, sin embargo, transcurren sin estrépito. Tutelan aire, su fervor.
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Nadie ha confirmado que el aire tenga sus castillos, pero tampoco se ha refutado que los haya.
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Hay quien se muere sin haber oído la luz ni traducido el aire
Medra el aire sin alarde. Adquiere el pájaro la majestad de lo eterno.
Ayer dije y se dijo tanto que hoy no se me ocurre nada que decir. Me vienen palabras sueltas que no ordeno en una sintaxis. Abrazos. Besos. Felicidad. Amistad. Yo creo que he venido al mundo para presentar libros. Ahora necesito desembriagarme. O no.
No creo que haya otro verbo con más fuste que el verbo "ser". Gana sin empezar siquiera a mostrar sus facultades. Hasta su mera exhibición fonética amedrenta: ser. Se dice con sencillez y soltura, se puede recalcar el sonido final, la erre que lo cierra, pero no hay quien lo haya resuelto satisfactoriamente. Los otros verbos (cantar, dormir, escindir, compaginar, obnubilar, pongo por caso, los primeros que se me ocurren) no suscitan la misma hondura. Expresado en reflexivo incluso suena a equivocación: se es. Este mismo texto ya fue y ahora es de nuevo. Nada permanece, todo muta. El río de Heráclito. Yo, que escribo, si me miro al espejo.
Uno ama o se resbala o canta o se duerme, pero cómo podemos entender bien la idea de serse, de permanecer en uno mismo o la de existir sin otra consideración que la matice. Porque ser (voy a borrar el entrecomillado) parece un asunto fácil. Ayer, sin ir más lejos, fui. Ahora, mientras escribo y espero la hora de desayunar algo, soy, y mañana, salvo desgracia, seré durante el transcurso del día. Hasta se es cuando el ser se permite un receso y duerme. Somos al soñar, somos cuando alguien nos nombra y no escuchamos lo que se dice de nosotros.
Tiene ser dificultades que hasta ahora no he visto en los demás verbos con los que me manejo. Me acuerdo de Hegel y de mi instituto. Las palabras, incluso las menos indicadas a la nostalgia, producen viajes al pasado. Eso me está pasando con ser. Ha sido pensar en ese verbo y acordarme de mi profesor de Filosofía, Don Francisco. Qué amor le tenía a Hegel. Era grande ese amor y supo confiarnos esa adoración sin tributo en aquellas clases de sana espesura en la que este que suscribe empezó a pensar en Dios y a llevarlo por los bares como asunto de conversación después de jugar al billar o de empinarse cuatro cañas. Hegel (creo recordar) decía que nada se podía saber del ser. Está muy bien eso de escribir libros enteros sobre algo de lo que (de entrada) no se puede saber nada. Yo llevaré media vida haciéndolo.
La religión es un libro animado por un espíritu parecido. Se cuentan cosas de las que no existen certezas, no hay manera de que las haya. El ser es, en esencia, lo que no permite saberse. Si viniera Don Francisco me daría un abrazo. Era un hombre cariñoso. Entraba en clase, ponía un montón de libros sobre la mesa y empezaba a contarnos anécdotas sobre los filósofos. A mitad de ese recital novelístico, colaba unas cuantas ideas importantes y nosotros, inocentes, a pesar de la rebeldía propia de la edad, tragábamos de corazón y sentíamos que se nos estaba confiando un material sensible, un conocimiento válido para explorar el mundo y saber afrontar los rigores que nos aguardarían.
Quitando a Hegel, no sé quién más habló del ser y de la nada (es posible que Sartre, me suena mucho Sartre) y de la esencia y de la dualidad del espíritu y de la carne. Ya se van olvidando las cosas. Con los años, uno aprende a dejar en reserva esos argumentos. No va por ahí con la metafísica bajo el brazo, aunque a veces entra en euforia y filosofa. Qué bonito es filosofar. Yo creo que todos somos filósofos. Teólogos también. No importa que no se tenga conciencia de ese oficio, no es relevante que no sepamos qué más cosas dijo Sócrates, aparte del solo sé que no se nada, o Descartes, que iluminó al mundo con el pienso, luego existo (cogito, ergo sum, por si se me olvidan los escasos latines que atesoro de no usarlos).
Quieren quitar la Filosofía de los planes de estudio, llevan quitándola hace tiempo, quieren dejarnos sin esa aventura maravillosa del pensar y del discurrir. Los gobiernos, que casi nunca se ponen en lugar de nadie, creen que el mundo no precisa metafísica. Si sale uno a la calle, si se fija en lo que ve, importan otras cosas, no la filosofía. Hay días enteros en los que no piensas en el ser y en el estar, en la razón por la cual estamos en este mundo o en el porqué del tiempo, que es el verdadero problema de la filosofía. Te acuestas y no te martirizas, prefieres conciliar el sueño plácidamente, piensas en lo bien que te lo has pasado con fulanito o en un primo tuyo al que haces mucho que no ves o en cómo le irá al Real Madrid si se va Ancelotti o si habrá nuevo disco de Van Morrison pronto. Por eso los gobiernos no abren mucho la mano en asuntos filosóficos. Es más, la cierran, no llegan a cerrarla del todo, pero se les ve tacaños. Prefieren ampliar el horario de religión en las escuelas, que es un sinsentido con la de cosas que hoy en día deben aprender los muchachos.
No hay tiempo para todo, no se puede estirar más, acabará por partirse. Mientras que todas estas cosas suceden, nosotros seguimos siendo, permanecemos, duramos, anhelamos, abrazamos, dormimos, fornicamos, paseamos, masticamos, observamos, lloramos, sonreímos y el mundo sigue girando. A lo que no somos ajenos es al ser. El ser lo es todo, todo es ser, todo es de color, como cantaba Triana. Que tengan un buen día. El mío es de libros hoy. Mi libro. Mi presentación en Lucena, mi pueblo. Seré, estaré.
El miércoles está aquí YA. El día más cervantino del año tendremos el honor de presentar "Mala fe" en la Biblioteca Pública Lucena. Hablaremos de mi novela y de la literatura, de la vida y de los vicios (leves, mansos) que nos hacen disfrutarla mucho. El autor lampa por decir buenas tardes, gracias por acompañarme. Y por abrazar y dar besos y festejar la cercanía de los amigos. Uno escribe quizá para tener días como el del miércoles. Agradezco (nunca serán bastantes las veces) la confianza que me regaló la editorial Mahalta. Han hecho un libro precioso. Extiendo la gratitud a Fernando Oliva, que puso una portada maravillosa; a Paco Caro, mi querido editor; a Pedro del Espino, que será el mejor maestro de ceremonias y a quienes me ayudaron a que “Mala fe” existiera, los cito en las dedicatorias. Nos vemos en Lucena, en mi casa.
La piedra se obstina en su condición tosca de sustancia sin motivo. En su mirar corto, cree saber que no tiene de qué alardear. Que no se la impregnó de belleza cuando la belleza fue repartida por el novicio orbe. Accede de mala gana a ocupar la pedestre residencia de las cosas a las que no se les concede aprecio. Envidia la literatura que se dispensa a las flores o a la lluvia. De haber sido árbol o nube, no sentiría la pena honda que la come por dentro.
Una piedra es una anomalía del paisaje. También una impertinencia de la Historia, si no se atiende a su virtud fabril o a su concurso en la peripecia de la industria cuando el hombre la reverenció y tomó como extensión confiable de su cuerpo.
El refranero o la canción popular no la prestigia: tirar la piedra y esconder la mano, una piedra en el camino me enseñó que mi camino era rodar y rodar, tropezar dos veces con la misma piedra, tirar piedras sobre el propio tejado, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Citas que comprometen o eluden una alabanza.
Es ella la que ha sostenido la verticalidad desafiante del género humano y hasta se construyeron iglesias invocando su recia verdad sin tiempo ni memoria.
La piedra encierra la dignidad de los pueblos. Habría que contar con ella cuando deseemos contar algo noble y bueno que nos justifique o nos ensalce. Tal vez no contribuya a su reputación que se la reclame para escenificar el primer y más que influyente fratricidio del que se haya guardado registro. He aquí a Caín abriéndole la cabeza a Abel. No fue precisamente una apreciable tarjeta de presentación. Fuentes de autoridad probada sostienen que pudo ser algún aparejo agrícola o un palo de singular grosor.
Al ver algunas, pensé en lo que contarían si hablasen. No es mía esa frase. Descree uno de elocuencias sobrenaturales, pero aguza el oído por si no es la razón la que finalmente escuche.
Al declarar la sombra su tornadiza sustancia de luz, el objeto que la anuncia desaparece.
La tierra es un eco tosco de todas las piedras que han sido, las que han obedecido la velocidad del invierno y se han acogido al rigor lento del verano. Es de piedra o de veneno el tiempo. Cántico y ofrenda. Luz que agoniza en la piedra, piedra que agoniza en la luz.
EL POEMA DE LA PIEDRA
Probé una vez a llevar una piedra en el bolsillo. Cogí una sin excesivo apresto de piedra. No pesada, ni tampoco ligera. Tenía el tamaño y la consistencia apropiadas para que tuviese conciencia de su presencia. Conforme avanzó la mañana, sentí la necesidad de escribir algo sobre ella. No sobre la piedra en general, la piedra antigua, la que presenció el albur de los tiempos o la que persiste en el interior de todas las demás piedras como una especie de memoria compartida, sino aquélla cogida sin demasiado esmero del suelo de una calle y alojada en el bolsillo. No fue así después. No quise que fuese así después. Pensaba las palabras y las rehusaba después, hilaba un verso que me parecía prometedor y sacaba el móvil con la intención de apuntarlo. El poema se fue construyendo durante una parte del día. Comprendí que si sacaba la piedra del bolsillo no habría poema, no tendría posibilidad alguna de que algo saliese de ahí. El mismo hecho de que una piedra en el bolsillo conduzca mi actividad mental podría ser considerada una anomalía lo suficiente llamativa como para extraer de ella cualquier otra consideración, incluida la de que escriba poemas en mi cabeza mientras ando o junte unas palabras con otras por ver qué tal suenan, si se abrazan o hasta copulan, por festejar el regocijo intenso de esa sobrevenida unión. Al término del día, cuando volví a casa, saqué la piedra del bolsillo en la que había estado junto a un manojo de llaves. La arrojé a la acera. Tendrá su oscura vocación de verso suelto de un poema mayor al que finalmente no pude dar entera forma. Hubo una tentativa, nada más. No me incomodó que el ingenio o la inspiración o la terquedad diesen con las palabras adecuadas, lograsen conmover el silencio con el volcado del ruido. La poesía es ruido que ocupa la propiedad del silencio. La piedra fue palabra y fue objeto. Duró mientras que ambas ideas congeniaron. Cuando el objeto, la piedra que arrebaté al suelo, dejó de parecerme cosa mía, el poema surgió con pasmosa naturalidad. No tuve que escribirlo: se mantuvo hasta que pude disponer de tiempo y anotarlo. No se corrigió una palabra. Era la piedra la que absurdamente dictó su inútil contenido.
La idea de ver sin ser visto tiene similitud con la de hablar sin que te hablen. Escribir es una apnea en la que no se precisa conversación con el agua, que es la soledad o el silencio absolutos. Se inmiscuye uno en lo ajeno, se arroga ese mirador aséptico, pero mirar duele, respirar a oscuras duele. Leer es mirar con los ojos cerrados. El aire trama su conversión en agua y tú respiras con el cuerpo entero. Es la imaginación la que conduce las palabras, que no siempre elucidan un significado y se trenzan y destrenzan a su antojadizo capricho sin que el que habla o el que mira sepa de lo hablado o de lo mirado. Ejercer ese furtivo oficio de tinieblas es la esencia misma de la literatura. El que escribe, lee. Quien lee se erige escritor. Lo que importa es tener todas esas ventanas abiertas y disponer de un lugar desde donde participar en lo que dicen.
La naturaleza de la ventana consigna el imperativo de que se mire a través de ella. Más que cerradas, se las prefiere abiertas sin pudor, pidiendo que se las atienda. Las hay, sin embargo, que reclaman otro tipo de atención. No importa el objeto que movió a que se colocaran en donde están, no es importante el lugar al que se orientan. Es la ventana a la que se le ha extirpado su oficio y funciona como un cuadro al que se le dispensa una intención placentera. Es la ventana considerada como un objeto artístico. Casi como una extensión del ojo. Podría estar cegada y tendría el mismo efecto estético. No se busque qué paisaje está volcado detrás, cuál luz impregna el aire o si el cielo que se aloja al fondo estalla de azul o incomoda de puro gris o quienes viven detrás de ellas se abrazan o están quietos, si no hay nadie y son unos muebles los únicos intervinientes en ese paisaje sobrevenido. A veces, al andar las calles, vemos ventanas que nos apasionan enteramente. Captan nuestro interés, nos conmueven o nos incitan a pensar en lo que hay tras ellas. Contrariamente al uso clásico, miran de forma inversa. Es lo que está dentro lo que anhelamos conocer. No son las que desde su interior convidan a que nos asomemos para observar esas calles. Ventanas incitadoras, ventanas comidas de intriga. Como si urgieran al ojo a que se detuviese y realizara su antigua labor de barrido. Como si le pidieran que se ocupara de contener la luz, no de captarla, ni de traducirla. Hay ventanas desde las que miramos hacia afuera y otras, menos ingenuas, desde las que miramos hacia adentro. El ojo hace de indiscreto. Ni se le ocurre pensar (los ojos piensan) que pudiera haber otra cosa que no fuese mirar hasta el hartazgo. Mirar con intención de que mirar sacie. Se solazará el ojo si da con el asombro anhelado. Es el ojo el que festeja. Es a él al que le incumbe toda esa prestidigitación de la luz.
Araceli me dijo una vez que amaba las ventanas. Miraba una que daba a su acogedor jardín, pero pudiera haber sido cualquiera, la más inverosímil, la de menos apresto, la que no sugiriera que algo hermoso sucediera detrás. No le hice entonces el aprecio debido, pero he pensado en eso que me confesó y he tratado de comprender cómo se puede profesar amor por ellas. No es que me extrañe. El amor es un prodigio al que se acerca uno siempre a tientas, balbuceando, novicio y feliz. Se puede amar a un extraño o dejar de amar a quien vemos a diario. No hay asunto que haya ocupado más páginas en el cine o en la literatura. No todas las ventanas inducen a que las amemos. No existe un prontuario al que aferrarse, ningún protocolo fiable. Creo que no hay ni bibliografía al respecto. No, al menos, la bibliografía que yo desearía: la sentimental, la que anhela ahondarse, la que se impregna o la que perdura. Se ama una ventana cuando se ama mirar. Lo que fascina de ellas es que surten de miradas nuevas. No se agotan, no incurren en la repetición. Que sean discretas o indiscretas no depende de lo que exhiban sino del ojo que las escruta. Que engolosinen o hastíen estriba en la voluntad de quien se adueña de ellas y las interroga con menesteroso afán, entregado sin reservas a apurar su ofrecimiento de vida.
Fotografiar ventanas es un acto filosófico: obliga a olvidarse de lo que ofrecen y hacer que el observador se fije en la ventana misma, en la ventana tautológica, en su ubicación, en el modo en que se abre al exterior o se pliega hacia adentro. En cierto modo, la ventana exige que pensemos en ella al modo en que un fotógrafo, al encuadrar, desestima lo que no le interesa y se aplica en atrapar una de las partes, sólo una de las muchas posibles, que le convidan a mirar. Decía Borges que todos éramos teólogos. También somos fotógrafos. Al mirar, en el hecho de fijar la vista en algo y esmerarse en lo observado, barremos los objetos, los pesamos, les damos la coherencia que no tienen. Cada vez que alguien mira por una ventana está haciendo una fotografía. Somos polaroids, locas, incansables, buscando la instantánea perfecta.
‘Hotel by a Railroad’, óleo de Edward Hopper. Colección particular (1952)
Hay muchos aprendizajes que se dan por hechos. Uno de los que no acaba siempre de cuajar es el de mirar. Al modo en que se nos enseña a hablar, debería existir una didáctica de la mirada. Lo sugerido debe ser desencriptado, lo oculto anhela revelarse. En los cuadros de Hopper suele haber alguna mujer, vestida con un camisón, leyendo sin que nada parezca alterar su quietud, esa especie de armonía que se produce cuando la lectura te abduce. También hay hombres que miran a través de la ventana y fuman. Se podría retirar a cualquiera de ellos de la pintura sin que el resultado se viese afectado. La escena se fragmenta en dos, la historia que pugna por ser contada podría escindirse en dos. El modo en que él articula el brazo para fumar informa de una distinción que desentona con la austeridad de la habitación del hotel junto al ferrocarril. No sabemos qué esperan, ni adónde van. Sabemos que están en silencio o que la luz los baña casi cegadoramente. Las ventanas, en Hopper, son personajes que desempeñan una función en la narrativa del cuadro. Lo que crean es la ilusión de que existe un antes y un después. Más que una obra pictórica, Hopper hace una fotografía. No hay diálogo, no interesa que hablen. Hay una soledad enorme dentro de la habitación, una tristeza tangible. El argumento de esa tristeza lo extrae el observador. Nada es triste: nosotros le añadimos la tristeza.
Me consuela pensar que hay paisajes que me aguardan. Algunos, cuando al fin los veo, me perturban, hacen que sienta el pudor de quien contempla lo que no debe, a escondidas o sin permiso. Creo que esa claridad absoluta debe afectarte muy hondo, conmocionarte, hacerte pensar en lo irrelevante de tu presencia. Esa es la idea sobre la que se edificaron todas las grandes catedrales de la antigüedad, la de hacer que el visitante (el creyente o el descreído) se sintiera pequeño y alzara su vista a Dios y comprendiera que la verdad está ahí arriba. Hay paisajes que te oprimen el pecho o te picotean el corazón. Piensa uno en la grandeza de la creación, en la majestuosidad de la luz, en la sublime contundencia de los colores. En esa epifanía profana, el alma trasciende, muta, se impregna de belleza. Porque es la belleza quien nos visita: lo hace mansamente, sin alharacas. La naturaleza es vehemente, no se arredra jamás, se ofrece con pureza. Si uno cierra los ojos delante de esa ventana, el paisaje perdura, no se rebaja, no desaparece. Está incrustado. Estar sin que se nos vea. Mirar sin que nadie sepa que lo hacemos. Como si robáramos algo. Como si temiéramos que toda esa belleza no es cosa nuestra y alguien pudiera arrebatárnosla antes de que la hubiésemos apurado enteramente.
Uno mira a escondidas sin que el rubor lo delate, escoge el momento, templa los nervios o los aparta y se yergue, un poco nervioso y un poco azorado, tras una cortina, en una ventana del patio vecinal o tras una puerta, a salvo de que lo descubran, en la intimidad, paciente, orgulloso de esa clandestina atalaya. Consciente de que está obrando mal y que habrá gente a la que se hiera, pero decidido, en una especie de trance gozoso, exquisito a veces. Nunca hay prisa, no es buena la prisa. El que mira sabe que lo ha hecho antes, sabe que lo hará muchas más veces. Le urge saber, procurarse una revelación, fijar a la trama de su indagación una capa nueva, un delirio o un decaimiento. No habría palabras con las que justificar la osadía. Ninguna, al menos, que consuele a quien ha visto vulnerada su intimidad. No sabría qué decir, no habría una disculpa razonada con la que despachar el apuro y seguir con sus cosas. Hace falta mucha fuerza de voluntad para ese ejercicio malsano. Se dispone de ella, se va adiestrando la mirada con el tiempo, se buscan las palabras que apacigüen a la conciencia, se adquiere el esmero y el tesón, la firme convicción de que no hay mal alguno en este vicio, el de mirar, costumbre antigua y sin duda documentada. Hay deseo en invadir la propiedad ajena, en entrar a hurtadillas, en pisar sin delatar el paso, en apostarse en un apartado bien elegido y esperar a que la acción transcurra. Es lo que hacemos cuando empezamos una novela o una película o cuando alguien nos confía un chisme, un rumor que recogemos con entusiasmo y después decidimos si airearlo o no, si hacer como que no nos lo ha contado o, al difundirlo, darle más cuerpo de relato, por si decae y no convence. Perversión no es. La propia palabra, al pensarla, repugna. No se satisface siempre un apremio de la carne. Cuento todo esto en «Mala fe», mi último libro, mi primera novela. Sin darme cuenta, me he metido en ella. Lo que aquí razono (no sabré si es razonar o será otra cosa, menos pensada) es su pulso, la esencia de su trama, que es la de un señor que vive para mirar, contada muy expeditivamente.
Alfred Hitchcock en el rodaje de “La ventana indiscreta”
Uno cree que la educación que ha recibido le excluye del morbo de fisgar, de vulnerar la intimidad ajena, pero en cuanto se abre una ventana en mitad de la noche y la oscuridad regala un punto obsceno de luz en donde la vida se exhibe en su más privado alarde se pierden los modales, abrazamos impudorosamente ese regalo inesperado o buscado. Por eso Jeff, el personaje que protagoniza James Stewart, en la canícula del verano del Greenwich Village, postrado en una silla, se convierte en el voyeur por antonomasia, en esa especie de espectador inevitable de las cosas que les pasan a los otros. Las razones por las que «La ventana indiscreta» sigue siendo fascinante no son exclusivamente cinematográficas. Jeff, pierna rota en ristre, desocupado y sensible, cree haber visto algo o lo ha visto y desea una confirmación. En el fondo, acaba deleitándose en su intimidad perfecta, en su atalaya lejanísima. De ahí que se encomiende la vigilancia, ese inmiscuirse que tiene un poco de atrevimiento y otro de riesgo. No mira para algún tipo de regocijo sensual, no hay nada que le anime a personarse como espectador de una función a la que no ha sido invitado, pero las ventanas están abiertas, la ola de calor hace que lo estén, y él se ha erigido en depositario de un acto terrible. Acude el morbo puro, profano y hasta peligroso. Ahora el morbo es de naturaleza digital, entra en el corazón del sistema y descubre otras vidas detrás de la pantalla. Todo es de una asepsia encomiable. Es como una webcam oculta, inocente y culta, que escrutara lo ajeno y nos lo ofreciera sin disimulo, sin el protocolo de la moral, en una perspectiva sucia, en una ficción empotrada en lo real, sustentada en la intimidad de lo real, con su trama sórdida o limpia o frívola de lo real. En el fondo, lo que agita este vicio, es el hambre de historias. Ha sido dicho y escrito muchas veces: estamos hechos de historias. Sobre las imágenes cabe la excitación física, para quien así lo decida, y también la fiebre narrativa: asistimos, sin ser vistos, al teatro fantástico de la verdad o de lo que deseemos que sea la verdad, la que no está adulterada al saber que es observada, la que se exhibe sin aristas, sin doblez, creyéndose a salvo de un público. También la literatura se provee de voyeurs, de mirones, más castizamente: da lo privado ajeno, exhibe su costra y su tragedia, su flor aún esplendorosa y su lozano ánimo sin fractura. Hace unos días volví a sentarme delante del voyeur Stewart para contemplarle a él, a todo lo que muestra y a todo lo que oculta. Como me dijo mi amigo Ramón Besonías a propósito de la mirada y de la lectura: somos lo que leemos y lo que no, lo que escribimos y no escribimos. Y también, por extensión, somos lo que no sabemos. somos lo que deseamos. Y las ventanas, requiriendo que las abramos y permitamos que la luz ejerza su glorioso trabajo.
Una puerta es una invitación a un secreto. El hecho de que haya puertas es un principio de hostilidad.A las puertas las condenan las llaves. El hecho de que haya llaves es otro principio de hostilidad. Detrás de las puertas puede haber otras puertas. Una llave puede ser el fantasma de otra llave. La vida es un desatino de puertas. Vivir es cerrar unas y abrir otras, pensar que no volveremos a ellas o que nuestra existencia completa pasa por cruzarlas. No se ha escrito mucho sobre las puertas, que yo sepa. Tienen más predicamento mobiliario las ventanas. En la literatura, sin embargo, dan un juego fantástico. El cine las acogió con entusiasmo. Eran una opción barata, bastaba el ingenio del guionista. Lubitsch era capaz de sugerir más con una puerta cerrada que otros directores con una bragueta abierta. Le debemos tanto a las puertas. Cierran alcobas para que el ingenio lúbrico obre a su antojo y no le incomode la injerencia torpe del azar. Parte de lo que somos, una parte considerable y festiva, nace con una puerta cerrada. En mi pueblo era pieza habitual verlas abiertas, en las calles, ofrecidas y puras. Sólo se cerraron cuando entró quien no debía, el que ni llamaba ni era invitado. Hay puertas hermosas, huérfanas de encanto, grandes de castillo o pequeñas de alacena, macizas y huecas, correderas o abatibles, giratorias, blindadas, livianas, acorazadas, de madera humilde o regia, de aluminio o de descastado plástico, precursoras de una intimidad amorosa, pero todas cumplen la misma función: la de preservar los objetos o la de estancar el vértigo de la luz o el trajín libre de los pasos. Son las puertas el símbolo de la intimidad absoluta: una puerta, cerrada enteramente o abierta de par en par, es una extensión del miedo de quien la mandó levantar. Miedo a que entre en las casas lo que no conocemos, miedo a que todo sea luz y exhibición y lo convidado a que pase acabe dañando. El cuerpo también fabrica sus puertas y hasta idea qué llaves les convienen y a quién entregárselas. El juego del sexo es un mecanismo de puertas y de llaves. El anhelo a veces es franquear las de los demás y revisar las nuestras, no permitir que nada las derribe, ni dejarlas inadvertidamente abiertas para que las rebase quien no deseamos. En realidad todo el cuerpo es una puerta, una sin apariencia de puerta, sin arco ni pestillo ni pomo ni quicio. Hay días o fragmentos de un día en los que las abrimos alegremente, dejamos que entre el mundo y sentimos los olores y los abrazos y las palabras que se nos dicen, pero también hay días en que no se abren, no hay voluntad para ejecutar ese gesto, incluso se vigila que nadie lo haga por nosotros o que el azar no decida por su antojadiza cuenta y deje el interior a la intemperie. Hay quien cree que es bueno tener muchas puertas. Se ve gente con un puñado imprudente de llaves. Parece que tienen mucho que esconder o son muchas las propiedades que poseen, todas a recaudo, protegidas por la fortaleza de las puertas. En realidad, sólo son obstáculos. Las puertas son, en el fondo, una anomalía de la cordura. La Historia de la Humanidad es, en cierto modo, la Historia de las puertas que se han ido poniendo aquí. Detrás de las puertas se prodigan personas. No se sabe bien si procede que las cierren o no. Abrir una tras las que descubres una conversación o un desahogo amoroso de amantes o el descanso de quien lo precisa produce zozobra, ese apuro sincero de quien sabe que ha vulnerado la privacidad ajena. Es para eso para lo que se pensó en que existiesen puertas: para que podamos huir del mundo y clausurar su fiebre, para que sepamos que hay un lugar de su vasta extensión que nos pertenece y al que accedemos únicamente nosotros. Tal vez sería mejor que no hubiese puertas. Un mundo sin puertas, qué dislate. No habría pudor, no tendríamos la vergüenza de mostrar a quien pasara cerca el cuerpo que acabamos de desnudar. No tendríamos objetos que guardar, nadie anhelaría lo que está tan a la vista, tan al alcance. Quizá desaparecerían las guerras si no hubiese puertas. Como aquella canción de John Lennon en la que imaginaba la ausencia de posesiones y de religiones. Una hermandad de hombres, dejó dicho. Qué puritanas son las puertas. A veces interesa que te den con la puerta en las narices. Una puerta cerrada es un misterio. Qué poco cuentan ya los misterios. Menos mal que los guardan las puertas. Una puerta es un extravío de la cordura. El aire mismo es concernido en el misterio de las puertas. Cerradas, informan de un desarreglo. Abiertas, abren una esperanza. Me fascina la intemperie de las puertas.
No es de la piel de lo que narra Raúl Ariza en "Pústulas", atrevido título, pero elocuente, honesto, a pesar de su feo peso semántico. Ni siquiera la dermis (un cuento) y la epidermis (todos los demás) que componen el libro trazan un mapa fiable, una especie de topografía física, tangible, que pueda entenderse como un malestar físico o como una enfermedad que devaste al cuerpo. El asunto principal es la extrañeza. También la necesidad de que no todo deba contener una explicación y lo que nos sucede obedezca a algún tipo de plan, urdido con perseverancia y antiguo oficio. Se lee a Raúl Ariza como si hubiera algo que él desea ocultar y a lo que nos urge a desvelar. Cada historia es una invitación a que lo contado no se desvanezca y persevere en la memoria como una mala hierba que, pese a su sistemática labor de degradación y desencanto, contuviera las razones del verdor, de todo lo hermoso que no vemos, que el autor ha sancionado deliberadamente, convencido de que el desempeño de nuestras existencias está fatalmente ocupado por la desventura y por la tristeza, por mil dolores pequeños que desgracian la irrupción de algún destello de luz o de armonía o de cualquier manifestación de la belleza a la que adherirnos para que no todo nos lastime. Porque es del dolor de lo que escribe Raúl. Un dolor sencillo de entender, explicado con sobrecogedora naturalidad, con desparpajo de narrador al tanto de los recursos del relato. Hurga, déjenme que traigo ese verbo prospectivo, de indagación casi quirúrgica, en el daño, en la fiebre que irrumpe cuando el cuerpo se deja ocupar por el frío o por la soledad o por la intemperie dura del tiempo. Si que hay decantarse por un tema, diría que "Pústulas" se afilia a toda esa literatura del miedo a encontrarnos con nosotros mismos y poder por fin saber quién somos. No da respuestas, no se precisan darlas, no hay nada que pueda ser dicho, por más que se dé con las palabras precisas, que normalice ese miedo a reconocer frente al espejo los trazos de nuestro propio rostro.
Da igual con qué cuento comenzar. Los leí de seguido y luego sin la continuidad a veces engañosa de las páginas. Todos son piezas magníficas, sí, ninguno decae o hace pensar que hubiera un desvalimiento del pulso narrativo. Todos duelen, debo advertir. Duele lo más acendradamente humano. Ariza es un excelente observador de las relaciones personales. De la buena literatura, uno no debe salir indemne: algo cala, prospera adentro, sin que tengamos mando en su residencia, sin saber si su influjo hará que la ficción acunada (la leída, la que no creemos que sea verdad, vida vivida) decidirá permanecer, ocupar un lugar de nuestro espíritu, personarse como si hubiese sido desempeño nuestro, asunto al que hubiésemos dedicado tiempo, gastado tiempo, perdido (a veces) todo ese tiempo. Uno puede aventurarse a la desgracia con entusiasmo o no haber aprecio a la felicidad cuando llega. Hay libros que evidencian un malestar y, sin embargo, se leen con resuelta alegría. Sabemos que inclinarán nuestro ánimo a la conmoción, pero la damos por buena y creemos saber contenerla, extraer de su fuente el agua que nos confortará. Los que contienen algún tipo de dolor permanecen con más hondura: así de triste y desesperanzado es el espíritu humano, así trasegamos la ocupación de entendernos. Podemos recordar con absoluto rigor la fatalidad y titubear y hasta olvidar la bonanza, todo ese dulzor de la vida en los labios. "Pústulas" es un muestrario del corazón, un inventario de los rotos que puede exhibir si se le presta la atención debida, si miramos su epidermis (su dermis) con antojadiza voluntad de entomólogo que ha creído ver un insecto nuevo, del que nada se sabe, al que ha nadie ha reparado en su presencia.
La decisión de que las pústulas nombren el ofertorio de tramas del libro (todas disímiles, ninguna canjeable por otra y, sin embargo, todas de una textura tan semejante) informa de un deseo de perturbar. Pero los cuentos deben arrimar su porción de sombra, aunque la luz acabe por acudir y el aura a la que se encomiendan resplandezca, desatienda a la tiniebla y erija, a su manera, tan peculiar ella, una verdad incuestionable, ajena a la climatología del alma, de hechuras clásicas y de trazado pulcro, casi como no tuvieran tiempo y pudieran haber sido volcadas por algún afanado escribidor del diecinueve francés o por un guionista de todas esas maravillosas historias de cine negro que al autor y a un servidor nos entusiasman tanto. Está, no obstante, ese aire negro, de cosa que crece en el lumpen y en la sangre, en la ciudad como personaje y en los vicios del corazón como brújula. Pero lo que el lector encontrará no es un tributo a ningún género, ni siquiera el del amor, que lo ocupa todo, aunque su abrazo no comparezca con limpieza y se las ingenie para enturbiar o para sanar. El amor que Raúl Ariza entrega en "Pústulas" es de una sutilidad asombrosa: prefiere crear sospechar, urdir caminos que han conducido a algún lugar en el que ese amor se fundó y se extendió como lluvia en el campo árido. Hay una belleza concebible, que se puede paladear, hacer que su influjo invalide cualquier desarreglo moral que nos acongoje o perturbe. Yo me sigo quedando con un cuento, suele suceder eso, sin que haya razón para elegir; me quedo con la bondad de ese francotirador que desatiende su profesionalidad para hacer que el nudo y el desarrollo no tengan necesariamente que modelar el desenlace. Y sobrecoge ese fin, esa verdad que narra un narrador que no es el narrador que hemos conocido, sino otro, uno que se arroga la voluntad de hacernos comprender al primero, al que nos obsequió con su (debo consignar aquí) hipnótica historia (En la larga distancia).
Hay cuentos que subliman no su cara visible, sino su reverso, ese desamor que mantiene la esperanza y, sin embargo, la zahiere, la ningunea, la pudre al final (Verso a verso). Su ausencia absoluta, su reflejo invertido, canceroso, hace que el corazón se encoja (En el nombre del padre), el relato que abre la colección y que me hizo cerrar el libro y temer (bendito miedo) que el resto del libro fluyera por ese camino angustioso de los malos tratos, de la violencia dentro de la familia. Raúl Ariza sabe cómo exhibir las heridas: las reconoce primero, luego las observa y acaba por decir de ellas lo que no querríamos saber. Y debe contarse a qué huele la herrumbre, el óxido, la carcoma de la sangre. Dice: "Hoy por fin ha muerto", y festejamos que el padre incivil, el no-padre, el nunca-padre, se desangele en su cama de hospital mientras el hijo custodia su desvanecimiento como el que registrador del paisaje cuando la tierra lo ha desgraciado y solo manifiesta el gris de la devastación. Uno de los méritos de "Pústulas" es precisamente ese: la honestidad absoluta de unos personajes a los que sorprendió algún terremoto en mitad del campo o en mitad de la nada. La adolescente de "Aquellos zapatos" no se da por vencida en el propósito de despertar el amor en su amado: ese afán es mayor incluso que la convocatoria del amor mismo. Esa idea ocupa muchas historias: importa el trayecto, no la consecución de un anhelo. La felicidad de todas estas criaturas que se nos presentan es voladiza, de fácil derribo, si no imposible izado. Ya las conocemos tristes y hasta aceptamos que la tristeza sea una de las indumentarias con las que trasiegan su existencia. Por qué no habría de escogerse esa manera de afrontar la dureza del mundo, nos hace preguntarnos el narrador, que es virtuoso en el arte de no inmiscuirse, de no poner sus dedos sobre la piel que describe y dejar que ella sola enferme y se afee.
Pensé en cierta ocasión que lo importante en la voz que narra no es para qué lo hace, sino desde dónde. En ese convencimiento estaba mi asunción de que se escribe para entender el mundo o para entenderse uno mismo, pero también esas dos consideraciones no son enteramente fiables: escribimos por los mismos motivos por los que leemos y lo que debería tenerse más en cuenta es la enunciación de una especie de topografía narrativa. ¿Quién soy yo cuando narro? ¿Me concierne lo que cuento o tan solo elaboro un registro? Libros como "Pústulas" elucidan una respuesta que, conforme se va entendiendo, se deshace, se pierde con las demás respuestas hasta que cancelamos su pertinencia. Ariza no escribe para sancionar o para entretener. Ni siquiera su escritura se afilia a ningún tipo de compromiso social o estético. Y, a su modo, sin que tengamos una seguridad sobre eso, qué falta hará, su trabajo es una declaración de intenciones sociales o estéticas o intelectuales. El fondo de sus historias es de una consistencia que aturde: es nuestro mundo al que aplica su bisturí sensible, su ojo precursor de los nuestros. Vemos cuando él ha visto, advertimos la podredumbre de la realidad cuando él la ha diseccionado. La belleza será convulsa, o no será, escribió Breton. La de Ariza es cruda y ese desabrimiento la hace creíble, rigurosamente nuestra. La brusquedad de los trazos estilísticos no existe, por otra parte. Con qué delicadeza cuenta la aspereza de las palabras mismas. Hay poesía, la hay de un modo riguroso. Se esmera el autor en acomodar la fatalidad en los huecos de la costumbre. "Por ejemplo, el emotivo hecho de mirar a las estrellas durante toda una noche templada y fragante de primavera, no garantiza que uno aparezca al amanecer convertido en mejor persona" (Necedades). Pero no podemos alzar la vista a la bóveda celeste y no dejar que esa oscuridad interrumpida con lejanas luces nos enternezca o nos haga pensar en quiénes somos y para qué estamos en este mundo. La materia de la que están hechos los personajes arizianos (démosles ese adjetivo cabal) es la perplejidad y la tiniebla. Están desconsolados, aunque no haya interés en arrimarles consuelo; están rotos, aunque no requieran que se les recomponga. Así estamos todos: deslavazados, expuestos a que el frio nos cale o el calor nos aturda. Lo que sucede en estos cuentos es transferible a cualquiera que tenga un corazón al que se le acaricie o al que se le lastime. Uno adquiere ese certeza en la lectura, la de que la ausencia de una épica (con su adorno extraordinario y su cancelación de la credulidad) conviene a la rendición de todas estas historias sobresalientes. Estamos descorazonados, por mucho que ese corazón bulla, lata, brinque o se solace del tumulto loco de la sangre al ocupar su residencia catedralicia.
Raúl Ariza debió pasarlo bien y pasarlo mal, entusiasmarse y dolerse, perderse y encontrarse, mientras sucedía la escritura de sus cuentos. Se entiende que la literatura es una extensión de la vida o que la vida, en su mecánica absurda y coherente, en su decir triste y alegre, también se recama de literatura. Ahí el autor da consigo mismo: ha podido centrarse en la miseria y en la cochambre, en lo feo y en lo trágico, para regresar más tarde al desempeño de su existir, que será también el de todos y no precisará que esté ocupado por el vértigo (con su fiebre) de todas esas cosas que él ve (bendito ojo) y que se encomienda transcribir, por si a él le aclaran algo, por si cuenta que lo servido sirva, por el sencillo y prodigioso hecho de recurrir a la escritura para urdir una especie de limpieza moral. Rinden esos personajes un servicio público, digamos. La entera historia de la literatura es un inventario de seres atormentados, a los que la fatalidad miró con interés y se ensañó en sus carnes y en su espíritu. Tal vez el lector y el escritor sean, en el fondo, un mismo ser mágicamente escindido en dos que ni siquiera se conocen. Porque este lector individual se ha sentido por un momento (varios serían) tocado por su mano, observado y compelido a dejarse tocar y observar: era la seca (cruda, sin aderezos) verdad la que concurría y en la que bebe ese lector. Verdad de la buena, sin las alharacas de la ficción, refractaria al empaque de lo falso, tan recurrido y fértil a veces lo falso para que el artefacto de la ficción funcione. Luego viene Maribel a recogernos, nos habla con ternura, nos trae de vuelta a la realidad, nos asiste y nos sana (La vida desde mi ventana). Ese cuento (el que ocupa la sección llamada "Dermis" en singularidad). Planto aquí una licencia: me encantaría, por cierto, tener cerca de casa una taberna que se llamara El palíndromo. Bebería del derecho y del revés, se me ocurrió. Desbebería, obraría en mí el milagro de la transverberación mesmérica en la que uno dejase de ser uno mismo y pudiese, por epifánico arrobo, por injerencia de la fe en lo mistérico, volver a su mismidad, a su ser antiguo y, ay, conocido. Y me encantaría, añado, que Faulkner se aviniese a echar unos quintos conmigo en la barra y pudiéramos explayarnos sobre la sustancia del relato o sobre el don de la ebriedad, que podría ser idéntica cosa. Escribimos en un estado lírico de ebriedad, pero incluso en esas inclinaciones etílicas de la inspiración, podemos a veces centrarnos y dar con la naturaleza oculta de lo que está tan a la vista. Es ese, imagino, el propósito de Raúl Ariza: hacer una prospección razonable, no caer en la inverosimilitud, no dejarse convidar por los oropeles de la ficción y, sin embargo, no abandonar el recto volcado de una prosa estupenda. Maribel sonríe, yo también. Raúl, lo conozco, seguro que lo está haciendo justo ahora mismo. Igual que no sabemos para qué escribimos, tampoco sabremos los motivos de que sonriamos, pero ambas cosas parecen ajenas a que disertemos sobre algo que no les viene al fresco.
Decanta la tenue sombra su frescor pasajero hasta que
de nuevo el sol cobra su peaje y arranque el cuerpo a exigir el suyo, que es,
las más de las veces, fatiga, un hartazgo de su oficio. Ya mismo llegará el verano. Se le escucha por los tejados, por las calles en la hora de la siesta. En la cama cuando amanece. Pronto echaré de menos
el frío que ya principia su retirada. Querré su abrazo dulce, pensaré en los
refugios que mi voluntad urde para que nada se desmande en demasía. No se le
recrimina al cuerpo que haga sus cálculos químicos para que continuemos la
brega diaria, esa aritmética suya será la procedente, pero deseo con el alma
entera (es cosa mía ese súbito volunto) que el frío intervenga en sus
ecuaciones y zanjemos el sofoco, que amengua el ánimo y nos abate con su
antiguo encomienda de ceniza. Hoy el día abrió con un frescor generoso. Se avitualla así el ánimo para que la vigilia no lo derrote y
prospere la esperanza de que cunda el fresco sin receso y respiremos algo.
Ahora, es mediodía, la calle no arde, ni hay tribus ocultas cerca del río.
Deberíamos no tener cuerpo, no obedecer sus
servidumbres, no tener que esmerarnos en su cuidado si queremos hacer que dure
más o no caer en los excesos para que no enferme. Es traumática la relación que
tenemos con él desde que percibimos nuestra existencia. No hay nada que sea más
nuestro que su presencia tangible e inevitable. A él le pedimos que nos
agasaje, como si dentro suya anduviésemos nosotros, pendientes de que haga con
rigor su trabajo y no desatienda la rendición prevista de placeres. Le exigimos
que funcione a pleno rendimiento, le pedimos (sin los protocolos y la educación
que merece) que nos abastezca de júbilos y, en esa conversación entre el cuerpo
y nosotros, andamos, dormimos, hacemos la digestión, pasamos frío, sudamos,
fornicamos, penamos.
La batalla que entablamos con el cuerpo la ganamos y
perdemos a diario. En ganar y en perder se nos va la vida, pero en cierto modo
vivir es irse uno yendo, escapando, fugando, adquiriendo poco a poco la
conciencia de la duración de todo ese trasiego. Por eso no es nunca una
ganancia o una pérdida, sino un estado canjeable por otro, una sensación
modificada por otra, un equilibrio que se deshace y que regresa, una especie de
sofisticado partido de tenis en el que no hay un ganador o un perdedor ya que lo
único que realmente importa es la evolución de la bola por la tierra, el vuelo
que ejecuta y las formas en las que el azar o el talento o la experiencia las
va haciendo caer.
En torno a uno, conforme avanza, al tiempo que gana en tiempo, permitidme esa sencilla licencia, la realidad se
obstina en contradecirnos o en mimarnos, en hacer que fracasemos o triunfemos,
flaqueemos o nos reforcemos, sin que ninguna de esas dimensiones del juego
dependan enteramente de nuestra decisión, de la voluntad firme con la que
abordamos la partida. Pero el cuerpo se obceca en malograr todo esfuerzo por
gobernarlo. Accede a ejecutar los movimientos que le solicitamos, y movemos las
piernas, abrimos la boca y hablamos, bailamos incluso cuando la música nos traspasa,
pero hay asuntos en los que no consiente la injerencia ajena, no admite que
haya un dueño, obra por libre, medra en su absurdo deseo de irse degradando,
aunque nos haga creer que tenemos alguna propiedad en la empresa, de que en el
fondo somos nosotros los que guiamos la nave.
Pensé en que quizá lo que trasciende de esta batalla
no es que se persiga la adjudicación de un vencedor: lo hermoso es la ceremonia
en la que se preparan los bártulos de guerra, el modo en que disponemos en el
mapa los ejércitos, toda esa estrategia espléndida de los preliminares. En ellos está el verdadero motivo del viaje. No importará el quebranto del desenlace, esa muerte irreparable para quienes no tenemos fe en qué otra vida aguarde: contará el desempeño del cuerpo en su trayecto por la vida, lo que le dimos para que festejara su participación en la trama. También el dolor que delata su fatiga inevitable, su ingreso en la oxidación de sus herramientas de uso.
Que el narrador es siempre un personaje de sus novelas lo escribió Vargas Llosa en "Conversación en Princeton", un libro en el que Rubén Gallo rinde una entrevista larga y jugosa sobre la escritura, el territorio de la novela, la política o la violencia, asuntos que siempre fueron preocupación y que ocuparon buena parte de su producción literaria. Hoy amanezco con la noticia de su muerte, en Lima, a los 89 años. Hacía muchos años que Vargas Llosa no me conmocionaba, pero lo hizo, muchas veces esa conmoción, ese modo de contar que era único. Mi buen profesor de Teoría Literaria Luis Sánchez Corral lo adoraba y me lo hizo adorar. Fascinado, agradecido, leí Los jefes, La ciudad y los perros, La casa verde, Conversación en La Catedral y La guerra del fin del mundo. Me dejaré alguna. Me las prestaban, las sacaba de la biblioteca. No tenía entonces con qué pagar todos esos libros que me entusiasmaban y recurría a terceros. Recuerdo comprar La fiesta del chivo, El sueño del celta y Lituma en los Andes. Tengo algunas de esas primeras novelas que leí en mi época universitaria en ediciones baratas, que fui adquiriendo más tarde, mucho más tarde. No he vuelto a ellas. Me disuadían la letra pequeña y la sospecha de que ese amor primerizo decaería. No sé las causas por las que no se vuelve a leer un libro. Se podría escribir uno sobre ese desamor. Hoy, al enterarme de su fallecimiento, no me han dado unas ganas enormes de ponerme de nuevo al día. Carezco de esa filiación necrológica que hace que se desee traer al muerto para que no parezca tan real su finiquito en la vida. Sin embargo, quizá abra alguna de sus novelas. Releeré pasajes. Seguro que muchos me resultan familiares. Vargas Llosa era el hacedor portentoso de ficciones. Una vez le escuché hablar (era muy de salir en los medios, muy de no circunscribir su vida pública a la exclusiva dedicación libresca) sobre la novela francesa. También hará de eso muchos años. Siempre son muchos años en todo, en fin, no habrá que pararse a pensar mucho en eso. Su amor hacia ella era enorme, lo transmitía, tenía esa voz pedagógica que hacía creer que, más que escuchar, se le estaba leyendo. Así entré en Flaubert y en Zola y en Balzac. Recuerdo la anécdota en la que Vargas Llosa visitó a Borges en Buenos Aires, al que consideraba uno de los grandes escritores de la historia. Se le ocurrió al escritor peruano decir que en casa del argentino había pocos libros, pocos muebles, raídos, que la humedad se comía las paredes y una gotera ocupaba el techo sobre la mesa del comedor. Más tarde, Borges comentó en una entrevista que lo había visitado (creo citar bien) "un peruano que seguramente debía trabajar en una inmobiliaria". Después de eso nunca volvieron a verse. Me quedo con algo que leí, ahora que se ha ido: era un enamorado del cine de John Ford. Creo que algo hay de esa épica crepuscular en sus novelas. En ellas, por cierto, el narrador es un personaje. No está, pero lo impregna todo. Era un hombre de letras, de vida, un enamorado (también) de la lengua española, a la que rindió siempre el más alto de los agradecimientos. Hubo títulos suyos que me desanimaron, cosas que su vida mostraba que no estaban a la altura de su desempeño literario, pero quién es uno para saber dónde acaba el escritor y dónde comienza la persona o si la literatura debiera arrimarse incansablemente al que la urde y manuscribe. Descanse en paz.
Al diablo no se le tutea, no se le ofrece asiento en la casa, ni siquiera entra en lo prudente que intimemos con él, nombrándolo, dejándonos acariciar cuando nos pone la mano encima con taimado interés, abriendo mucho los ojos si asombra lo visto, sin saber cómo apartarlo ni tal vez con deseo de que de verdad se vaya. Debemos desoír todo lo que nos susurra, creemos escuchar, no convienen esos pensamientos, al final cobran su peaje. Si existe el bien, el mal ronda cerca. Si hay Dios, no podemos dudar de que el Diablo rivalice con él, lo desautorice, gane adeptos a su causa y los agasaje como sabe. Robert Johnson fue uno de esos adeptos, un feligrés de la causa diabólica, es fama eso, un muerto de hambre que en cierta ocasión (son leyendas, qué haríamos sin las leyendas) se apostó en un cruce de caminos de Clarksdale, en Mississippi, y pidió al Diablo que le hiciera el mejor guitarrista de blues del mundo. Te doy mi alma, alguna tendré, eso pronunciaría con la voz cascada de whisky y nicotina. No hay constancia de esa petición, cómo pudiera haberla, no se levantó un acta, ni se registraron documentos gráficos. La biografía de Robert Johnson es la sombra de una sombra de una sombra. Todo es un rumor parecido a otros de los que tampoco tenemos pruebas y que, sin embargo, creemos sin más. Es la fe la que interviene, ese don maravilloso que nos atraviesa y permite ver donde otros no lo hacen y sentir donde otros no sienten. Esa concesión a la especulación. Una especie de milagro inverso o un milagro cabal y entero. Después del canje, una vez que el buen diablo le concedió el deseo de ser el mejor, Robert Johnson compuso y tocó 29 piezas fundamentales del blues. Necesitó dos sesiones en el hotel Gunter de San Antonio y en una habitación con una grabadora en un edificio de oficinas en Dallas entre mayo de 1936 y junio de 1937. Algunas canciones fueron grabadas varias veces por lo que contamos con cuarenta y dos grabaciones conocidas. Poco más de dos horas de gloria que no vieron la luz entonces, sino casi treinta años más tarde. En 1961 el sello Columbia desempolvó aquellas tomas y sacó un disco legendario: King of the Delta Blues Singers. Así de pomposo y rotundo.
Sabemos poco del genio. Que fue mujeriego. Que un marido celoso lo desgració para siempre. Que hablaba poco, pero sabía cómo hacerse querer. Después de tocar en vivo, nervioso y como en trance, Robert Johnson se marchaba a toda prisa del escenario. Como una cenicienta temerosa. Quienes están dispuestos a avivar leyendas, cuentan que lo hacía para acrecentar el misterio o para arrimar el hocico a la botella sin público que registrara la ingesta. Si no hacemos oído a las habladurías, no habría biografía a la que aferrarse. Si cancelamos la bendita irrupción de la ficción, Robert Johnson sería el fantasma de un fantasma de un fantasma. Todo está en una neblina dulce, en una especie de tela como de cuento o como de ensoñación. Johnson tocaba en los precarios estudios de entonces de una manera muy peculiar. Cogía su Gibson de segunda mano y se ponía cara a la pared, sentado en una silla. No quería, al parecer, que le viesen tocar sin que tuviese público de por medio. Otras versiones sostienen que tocaba sin que el pudor le arrebatase. Las dos teorías podrían ser falsas. Satanás le poseía, concluían quienes, treinta años más tarde, en los sesenta, al reabrirse la caja de los milagros, alimentaron la literatura del mito. Roto por la muerte de su hija y de su esposa, Robert Johnson se refugió en el blues. No estaba especialmente dotado para la guitarra, pero de pronto deslumbró a todos con una técnica asombrosa. Sus letras tenían (además) algo parecido a la poesía.
Ilustración: ‘Los últimos días de Robert Johnson’. Frantz Duchazeau. Traducción de Regina López Muñoz. Andana, 2024.
El mecenazgo de su segunda esposa, de recursos financieros más notables, lo apartó del trabajo y de la tristeza y trató de centrarlo, haciendo de él un hombre nuevo, menos promiscuo y bebedor, básicamente. Casi lo consiguió. El 16 de agosto de 1938 (no hay tampoco certeza en esto) el diablo cobró su deuda. Robert Johnson tenía veintisiete años y tan sólo hacía dos que había grabado las piezas de su escasa discografía. El dueño de un club de mala muerte en el que solía tocar le envenenó afrentado por la infidelidad de su muy joven esposa con el músico negro. Nadie pone la mano en el fuego sobre este episodio mítico. Creemos que fue así. Es más: deseamos que fuese así. Conviene el dramatismo, beneficia al esplendor de la historia. En el certificado de su defunción no se registra si fue un marido particularmente celoso, si una ingesta escandalosa de whisky en pésimas condiciones o fue su mujer, quebrada por las escaramuzas lúbricas de su hombre, quien le aseguró seis palmos de tierra. Consta un hijo ilegítimo (habría cien) llamado Claud. Podemos añadir la sífilis, de la cual hay constancia documental. El diablo se llama a veces estricnina.
Sin él no habría rock. Así de sencillo. Todos los grandes héroes del blues beben de Johnson. Él fue la primera catedral. Eran tiempos duros y gentes como Johnson inventaron el blues. Sí, ese género en el que alguien plañe a su manera y parece que ves las lágrimas caer y mojar el suelo de barro. Robert Johnson es el primero de todos los que vinieron después y escribieron las grandes páginas. The Complete Recordings, un álbum total, un cajón donde se volcaron todas sus canciones, ha vendido casi dos millones de copias. Esas canciones son el catecismo del creyente moderno. Clapton es Dios, a decir de las pintadas que llenaron las calles de Londres a principios de los setenta. Pero Johnson es el padre de Dios. Él escribió el Génesis. Dijo: hágase la luz. Dijo: al principio el verbo era whisky.
Se duele uno de que un talento así se desgraciara tan pronto. Hubo coetáneos suyos que desplegaron su magisterio hasta que la vejez los conminó a que se retiraran y dieron de sí lo suficiente como para que la bendita maravilla de sus inicios se emparejara con toda la producción futura, la de los años valle, los que no siempre alcanzaron el cénit, ese culmen en el que la inspiración logra extraer hasta la gota más delicada del espíritu. Habré escuchado las canciones de Robert Johnson muchas veces, pero siempre me quedo con la idea de que esa rendición absoluta de grandilocuencia pudo haber sido amplificada. No me hubiera importada que el genio se perdiera. Todos los genios tienen su descenso a las tinieblas de la mediocridad. Frente a lo que afirmaba Baudelaire, no se puede ser sublime sin interrupción. Robert Johnson fue sublime unos cuantos años, benditos ellos. Yo vuelvo a esas canciones con devoción y con gratitud. Me conforta ese sonido sucio, no mejorado, ajeno a las sofisticaciones de la grabación. Deben escucharse en ese barro sonoro. Ahí advierte uno el otro barro, el de la vida, comiéndoselo.