25.7.13

Apuntes

No hay como el calor del amor...
A los bares acude uno sin ningún propósito. No hay una razón que valga más que otra. Ninguna que sustancie el motivo evidente porque el bar es un lugar fuera del tiempo y del espacio, como un sueño dentro de un cuento de Edgar Allan Poe o un fotograma de una película de David Lynch. No entro en la consideración etílica del bar, en su oferta de licores. Basta que un café amenice la lectura de un periódico mientras afuera, en las calles, los otros desoyen la llamada, prosiguen el despacho de sus cosas, como uno mismo, al pagar y abandonar el local, abastecido quién sabe de qué secreto alimento, habiendo cumplido un ritual antiguo. Yo es que soy muy de rituales y hay algunos de los que no sabría desprenderme. El del bar, solo o en compañía, según el ánimo, es uno muy literario, en el fondo. Hubo un tiempo en que solía quedar con la suficiente antelación. Aprovechaba el tiempo para escribir, cómo no. Sacaba mi libretita y acariciaba el lomo cómplice de las cosas, pensaba en asuntos que afuera ni sospechaba, me explayaba con mucho ardor en contar no ya qué veía, que era un mapa fiable de muchos países, sino qué estaba dispuesto a ver, hasta dónde podría involucrarme en ese aprivisionamiento de historias que, en ocasiones, solo te proveen los bares, qué lugares (ay) tan gratos para conversar o para mirarse adentro y entablar (cosa que pasa desgraciadamente tan poco) una charla con uno mismo. Hablar solos, ya saben, cosa de borrachos, aunque sea (y no siempre) de café. 


Afuera se está mejor
No sé qué parte de la idea de un país no entiendo o si son todas y voy dejándome llevar por las impresiones, por el capricho de un gol de Torres o por la Historia que sabe uno y que le ha enseñado, al cabo, algo. La España de la que no sé zafarme es la que normalmente no se cita en la prensa ni está en boca de los patriotas, los fundamentalistas y los moderados, que de ambas ramas conozco. La España que me viene a la cabeza es la de los libros, no la cartografiada o la que me une a un ciudadano de Burgos más que a uno de Wichita Falls. Porque ya no es un obstáculo el idioma. Si en lugar de Burgos, elijo Sabadell o Sestao, me puedo encontrar con un vecino en lugar de con un familiar, pero ya digo que no comprendo bien la idea de territorio. Supongo que son las lenguas los que los marcan, y que a partir del consenso de una lengua, se izan las banderas propias y se mira con recelo o con abierta hostilidad las demás. Será que esa animadversión por lo ajeno, por lo que rivaliza con lo mío, es algo inherente a lo humano. Que no hay quien extirpe esa voluntad de quedar por encima, de que lo propio valga más que lo ajeno. Del desgraciado accidente ferroviario de anoche empezarán pronto a largar partes de bajas, insistiendo en las nacionalidades de los difuntos. Dirán si había cinco ecuatorianos o siete rumanos, si algún alemán estaba en los vagones. De los de aquí, por no caer en una estadística inútil, no dirán si eran de Málaga o de Badajoz. Ese dato no es relevante. Importan los países, toda esa rivalidad estabulada en fronteras, en himnos y en banderas. Porque no se sostiene que mis compatriotas se me arrimen con más afecto que los que no lo son. Tengo más en común con Paul Auster, pongo por caso, que con Juan Manuel de Prada. Vibro más con el blues del delta del Mississippi o con el jazz nórdico del sello ECM que con las bulerías o la copla. Falta que alguien me razone ese desquicio cultural y me haga sentir muy culpable, pero razonaría que uno se no sabe nunca qué va a deslumbrarle, si las cosas de casa o las del vecino. A mí me sigue pareciendo maravilloso que todas me fascinen y que no tenga, en la dieta de placer intelectual que me aplico, los prejuicios que probablemente maneje en otros asuntos. No rechazo lo español, no caigo en la torpeza de ningunear lo que se hace en España, no dejo de excitarme cuando algo fabricado aquí se me pone a mano y lo estrujo. En mi ignorancia, igual pierdo algo maravilloso que otros sí disfrutan. Pero esto de las patrias es como una especie de deslumbramiento al modo en que lo es el amor o la fe. Yo no me he sentido tocado por ningún numen interno o, al menos, ninguno que me haya hecho abandonar los de afuera. Yo creo que, pudiendo volver, afuera se está mejor. Aunque solo sea por el viaje. Y no he nombrado nada sobre el imperio o sobre la raza o sobre la música que planea sobre los soldados cuando, en las batallas, se ponen a darles patadas a un balón.


El desorden / Una pieza de especulación política
Me pregunto hasta dónde puede llegar el desorden. Si el caos, campando a sus anchas como suele, hará cuartel en la forma de pensar de un pueblo y malogrará su progreso. Si el desorden será al final un estado natural de las cosas y no nos importará ir sorteando los obstáculos, las injusticias que no nos han afectado, las que nos han perjudicado solo un poco, con tal de llegar a donde deseamos y poder cerrar los ojos y dormir con la conciencia tranquila. Siempre tendremos a mano la química. Alguien con mucha idea de estos contratiempos sabrá que recetarnos. Hay en el mercado farmacológico una oferta absoluta y todos los males tienen con qué aliviarse. La realidad será una ilusión procedente del grado de ebriedad que llevemos. Tóxico, será todo muy tóxico, pero sabremos cómo sobrevivir. Siempre sabemos.


23.7.13

Humbert Humbert todavía


El librero dijo que trata de una niña pequeña justo de la edad de Susie, cuenta entusiasmada la madre a un padre que aparenta saber algo más. Yo creo que una de las funciones del buen librero es precisamente ésa: la de jugar con el lector, la de ofrecer una parte de la trama, escamoteando quizá lo relevante, evitando que el comprador se distraiga con información secundaria o incluso que no caiga en la cuenta de que el propósito del libro (todos tienen uno) es otro, distinto al evidente, más subversivo y temerario. A mí siempre me gustaron los libreros que dejaban caer una confidencia personal, pero también he conocido alguno que te destripaba la historia o te torpedeaba la compra con anécdotas sobre las circunstancias en que lo leyó o de cómo le marcó. Sé dónde compré Lolita. Era una pequeña librería/papelería de barrio que ya no existe, ocupada por los universitarios de la facultad de Magisterio, que tampoco está ya, aunque el edificio, uno alto, de un minimalismo atroz, sigue ahí, erguido como un símbolo de algo que irremediablemente sucumbió a la atracción de la periferia, como los cines de barrio y las pequeñas tiendas de comerciantes modestos. Ahora, treinta años más tarde, solo perdura Humbert Humbert, mi Lolita, la aventura equinoccial de un señor muy culto que de pronto se siente perturbado y decide inmolarse (a los ojos de la justicia y de la sociedad biempensante) por el amor de su nínfula, Lo-li-ta, "Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta."

El amor hacia el libro de Nabokov es un poco como el amor que H.H. profesa hacia su pequeña diosa. La vida adulta tiende a convertir en pecado lo que en la juventud solo alcanza el rango de juego. Leí Lolita hacia los dieciocho y después, en varias ocasiones, normalmene en verano, apurándola en tragos de muchas páginas, en seis o en siete sentadas. No sé si Susie buscará la partes húmedas, las que el narrador se confiesa en más de una ocasión herido, vulnerado, secretamente rozado por el numen de la belleza. Yo creo que esa es la enseñanza máxima de Lolita: que la única religión posible es la belleza, que ella gobierna el caos del mundo y lo vuelve a centrar de nuevo, que el género humano solo ha intentado acercarse a ella y ha librado batallas enormes (con los demás y dentro de su propia alma) para venerarla y dejar que su presencia administre los días en este enfangado y triste mundo que nos rodea. Por eso Susie, la del estupendo dibujo que me regaló Isabel Huete, mi apreciada y más antigua amiga en este Espejo, lee con los ojos muy abiertos, recreándose en los párrafos turbios, que hay muchos, tozudamente abrazando la sensación de estar ocupando un recinto prohibido, alejado de las leyes de los hombres, cuidado por un selecto grupo de iniciados, que velan para que la belleza (la de Lolita, la del amor fou, la de todas las perversiones privadas del mundo) no sucumba al peso de la rutina y el amor (aunque sea el amor imposible) resplandezca, restituya la luz que alguna vez le robaron y arrojaron al olvido, como las librerías de barrio y las facultades universitarias, antes de que Wert las moliera a palos, claro.

17.7.13

Apuntes

El yo virtual, el yo tangible, el yo perdido
Youtubificación: la ubicuidad de la cámara omnisciente como una especie de Dios digital que reformulase las escrituras en términos de códigos binarios y negociase con sus feligreses la cantidad de intimidad que están dispuestos a sacrificar a beneficio de su gloria. La Red está comportándose como un magma beatífico, una especie de religión sin Conferencia Episcopal ni aliño artístico. Da igual que sean dos cafres reventando retrovisores de coche o quemando el pelo de un mendigo o la nueva María Callas haciendo gorgoritos delante de su webcam. El formato es el motivo: el verbo colgar convertido en el axioma de conducta de las nuevas generaciones digitales. Hasta el cine se contamina de estas representaciones de lo real. Tendremos que regresar a Baudrillard y su idea del simulacro: aquéllo de que la realidad imita siempre al modelo. Es la representación de lo real lo que precede y suscita y esponsoriza lo real. La verdad es únicamente una ilusión porque lo real se ha transfigurado en lo simbólico e importa más el envoltorio (la forma de los clásicos) que su contenido aprehensible, que su verdad traducible a emociones. Estamos disuadidos de que todo esto que está pasando sea contraproducente. Más bien al contrario: se agita en los medios la idea de que este fastuoso juego de signos puede sustituir al referente verídico. Lo virtual ha secuestrado a lo tangible. La vida se está pixelando. Lo decía en otra entrada: si miras la realidad bien de cerca puedes apreciar los píxels. Las herramientad disponibles en el mercado virtual para procesar la comunicación y difundirla sin la injerencia de un organismo o de un censor externo son enormes: blogs, agregadores de noticias, feeds, RSS, foros, indexadores, podcasts. No sabemos si Internet es la herramienta favorita y más eficaz de la democracia moderna o es un mero almacén de datos, una plataforma de información razonablemente pública, falsamente anónima y, sobre todo, doméstica, íntima. El medio es el mensaje. El Gran Hermano lo revisa todo. En una plaza de mi pueblo hay jóvenes que se tiran las tardes enteras gastando tarjeta de memoria de sus móviles con escenas de sus piruetas con los monopatines. Lo hacen muchas tardes y la tropa de adeptos crece. Incluso vi a uno que decía no haber visto la proeza de un amigo, pero que la había grabado. La cuelga esta noche, dijo. No hace falta ver la realidad si la hemos almacenado en un disco duro. Así estamos. No se hacen las cosas por lo que las cosas son sino por lo que representan. Yo ya no soy lo mío y sus circunstancias sino, ay, lo mío y lo que anda por ahí, colgado, contándome. La idea es que vamos dejando huellas que nos retratan. Para bien o para mal, cuentan lo que somos. Y parece que no se puede borrar. Lo duro es que luego no hay marcha atrás. Las palabras ya no se las lleva el viento: las registra los foros, los facebooks y los blogs. Cualquier día de éstos va a venir la Policía Digital y va a encontrar restos de Cortázar (que acabo de leer) en algún bit mío suelto.


Fe laica
Soy laico por pereza teológica. Contra mi voluntad pagana está el argumento de los argumentos, la madre de todos los argumentos, el argumento absoluto que echa por tierra y convierte en banal el argumento más contundente. Si existe o no Dios está fuera de mi alcance, así que ante la posibilidad de mirarlo de frente y buscarlo entre las piedras, en la luz de la mañana y en los ojos que me devuelve el espejo, preferí no mirarlo, no enfrentarme a su enigma, vivir sin metafísica, conducirme por las tortuosas sendas del tiempo sin que ningún quebranto místico torture más lo que ya viene averiado de fábrica. Pero también me dejo conmover por el reverso y me deshago en primores teológicos y comprometo toda mi voluntad pagana cuando contemplo la noche oscura, la alta noche bendecida de estrellas, impura y eterna. Está Dios fuera de mi alcance, sí, pero ah cómo me conforta toda la maquinaria que desplegamos para alcanzarlo. Supongo que soy voluble en materia divina, lo cual será motivo de escándalo para los creyentes más cartesianos. Lo soy por días, por ratos, si me apuran. Y así ando, en la bruma, en la luz, perdido, encontrado, convencido de que voy a morirme de igual manera, escribiendo el mismo texto, improvisando algunos detalles nuevos, aunque dejando el núcleo, exhibiendo el mismo territorio visitado. Como si abriese mi casa y los visitantes casuales y los fijos me confiasen la indiscreción de que no cambiado ni un solo mueble.


Un paseo libresco
Acabo de sacar todos los libros de sus baldas. No ha quedado ninguno. Los hay a cientos, en montones desafiantes, por el pasillo. Ni uno solo en su estante habitual: ni Baudelaire ni el Sarramona de Pedagogía. Tampoco he dejado disco en su sitio. Ahora están en el suelo del pasillo, esperando un poco de higiene, Cassandra Wilson, Shostakovich y Nacha Pop. Es una pequeña nudanza, un viaje que les permito para que aprecien después el confort de la rutina. Volverán a donde estuvieron. No sé si les agrada mi presencia, que los haya escogido y juntado. A veces me da por pensar que no hay vida para que yo los aproveche como deben. No volveré a leer a Jack London. Igual no vuelvo a depositar en la bandeja del Marantz el primer disco de los Clash. No es un pensamiento lúgubre, funerario: es más bien constatar que la vida es siempre muy corta y hay muchos paseos que dar y muchas palabras que escuchar una vez o un ciento.


16.7.13

Cuarenta segundos

En el fondo de la piscina, buceando sin mucho estilo o sencillamente ejerciendo una apnea frívola, como de submarinista novicio, pienso en todo lo que hay arriba, por encima del agua; pienso en el ruido y en el caos de los que ahí abajo no tengo noticia alguna; pienso tozudamente, sin que nada me aparte de esa idea de pronto trascendente, en la realidad a la que pertenecemos y a la que rechazo,considerándola, como en un juego discreto, la ficción que a veces encuentro en los libros o en las películas. Se nos tendría que haber concedido una condición anfibia, aunque solo fuese para permanecer así, bajo el agua, perdido en uno mismo, contemplando la nada azul que desinteresadamente nos retiene. Si el dios en el que algunos creen hubiese comprendido algo de lo que se tenía entre manos, en ese instante molecular y pristino en el que abrió todos los prodigios y los repartió a destajo, en una epifanía de generosidad, habría dispuesto un sofisticado sistema de ventilación a la criatura recién alumbrada y la habría dejado elegir entre la tierra firme, el agua voluble o una mezcla alegre de ambas. No ha sido posible nada de esto. Por eso el búnker es el agua. Por eso acude uno a ese limbo accesible, levísimo, en el que discurre sin las ataduras físicas del aire, ingrávido y fiero, como una burbuja a la que de pronto se le hubiese (ahora sí) administrado la facultad de la inteligencia. Abajo (ya digo) no se piensa al modo en que se hace arriba. Todo el oxígeno del que nos hemos abstecido se reparte de una manera morosa por el cuerpo. No se da prisa, no se inquieta por llegar tarde a lugares a los que antes acudía con presteza. Y el cerebro, ah el cerebro, se concentra en sí mismo, en su función primordial, en pensarse. Como si el dios del que antes daba yo una pincelada creacionista, ahora pusiera su empeño único en hacer una especie de balance de sus actos y durante cuarenta segundos (el chesterfield y la baja forma física me impiden acometer inmersiones de más fuste) dejase de ser Él mismo y fuese otro, de una naturaleza distinta, incapaz de comportarse como antaño, libre y resuelto, concentrado absolutamente en entenderse.

11.7.13

The end




No ha muerto. Lo hará en breve. Un plano corto. Luego The End. E inevitablemente pienso en la similitud entre las tramas, en las intersecciones, en los renglones previsibles, en todas esas imágenes quemadas por el uso y que, según quién filme, según qué cuente, nos parecen rutinarias o maravillosas. El cine negro es un prodigio casi siempre. Es como el blues: tiene un patrón, tiene una cadencia, tiene incluso una letra disciplinada, escasamente extraviable, pero en la periferia reside el asombro, toda la gloriosa precisión con la que el narrador hurga en el alma de sus criaturas y las expone tal cual son, verosímiles, crueles, fascinantes. El blues y el cine negro comparten incluso una mecánica sintáctica, una fonética del dolor. Ya saben: I lost my little girl, Got a pain within my heart, The devil took my soul y en ese plan. Y el muerto, el protagonista, se retuerce en el suelo. Está amaneciendo en la ciudad. Siempre amanece en la ciudad cuando termina la película. Lo de la bruma es un extra agradecible. El cine negro y el blues me han salvado de muchas noches de insomnio, sobre todo en verano; me han enseñado a vivir pensando en que los días, a su modo, escenifican una trama previsible, rutinaria, pero prodigiosa siempre.

10.7.13

Apuntes

Vicios de verano
Uno construye su vida en base a muy escasos vicios y luego la vida va construyendo su cadalso en base a muy escasas reglas. Día que pasa, día que no vuelve. Lo que pasa es que los vicios no matrimonian bien con la vida o viceversa y andamos siempre a la gresca, pidiendo un receso para ordenar los bártulos o pidiendo una prórroga para irnos despidiendo de los vicios. Yo tengo muy pocos, ya lo he escrito, pero no hay rinconcito en donde yo me lo pase bien al que no lleguen y en donde no hagan cuartelillo. Ahora han descubierto que me gusta Patricia Highsmith y me buscan libros y películas basadas en argumentos de esta estupenda señora. Cuantos más vicios tiene uno, más cuesta arriba se hace perderlos por necesidades de guión, digamos. Salvo que no haya aviso (no suele haberlo) y prescindamos de todos ellos de golpe igual que prescindimos de Charlie Parker, del arroz con marisco, del gin tonic de Bombay, de las novelas a la caída de la tarde, del café en una terraza, del cine considerado como una de las más hermosas distracciones o de los besos a las cuatro de la mañana. En verano, los vicios lo son menos o lo son de una manera menos dramática. Se deja uno llevar. No se irrita como en otras estaciones. Recesos que son necesarios para afrontar el caos que está por venir. Porque vendrá. Y me tendrá enfrente.

Serie B
La vida debería ser un poco serie B, asunto de presupuesto escaso y talento a espuertas, pero a todo se le da una impronta trascendente, todo se observa con reverencias y diligencias que igual no son necesarias. Estamos aprendiendo a vivir y en el ensayo se va el objeto del estudio. Para cuando tengamos unas nociones más o menos claras de cómo manejar la cosa, no tendremos trama que mantener, la obra habrá acabado. En el mejor momento.

Escribir
Escribir mucho menos en verano. Incluso no escribir nada. Estas líneas de ahora en una semana larga. Creo que no he sido nunca tan vago. No me inclino a cambiar, pero soy voluble como pocos e igual mañana tengo el verbo levantisco y me doy un atracón de escritura. Pocas cosas me gustan más en este mundo que estar horas escribiendo. Me pregunto si convendrá este pequeño abandono. Si a la vuelta las palabras estarán a mi disposición. Si yo estaré cómplice y las sentiré otra vez una extensión de mi alma. Creo que mañana escribiré sobre el alma. Si fuese ruso y del siglo XIX, lo haría de vicio.

3.7.13

Otro

A veces uno desearía ser otro o serlo providencialmente, a capricho de la voluntad, sin que esa mutación impregne lo que somos. Imagino que habrá otros que hagan de mí el elegido y deseen ser yo. Lo que no alcanzo es a adivinar en qué circunstancias proyecto un yo envidiable, uno en que los demás identifican placeres que en ocasiones ni yo mismo advierto. Queremos ser siempre el otro. Leemos, creo, para procurarnos ese placer maravilloso. De idéntica forma, sin que haya una exigencia grande de tiempo, vemos cine o asistimos a una obra de teatro. Lo que late ahí debajo es la providencia de la otredad, el acto formidable de olvidarnos de lo que somos y enfundarnos la piel ajena. Incluso uno mismo desea ser el que fue antaño, el yo perdido en la memoria, el que cerraba los bares o el que hacía mil kilómetros en verano buscando un cámping. Seguro que el futuro, el inaprehensible, nos hace mirar este presente con ese ardor melancólico y lo que de verdad queremos es el presente, el que no apreciamos en su justa medida. Tenemos esa extraña y recriminable habilidad: la de no amar lo que tenemos a mano. Solo es nuestro lo que perdimos, escuché hace tiempo. También en esta evidencia del más íntimo desencanto hay una brizna de tristeza. Será que nos queremos, en el fondo, poco. Será que la realidad es la parte alternativa y que la auténtica, la que nos guía en la oscuridad y nos eleva, es la ficción, la restitución de los arcanos, la puesta en escena de los pasajes que la realidad escamotea y que rescatamos y amamos.

1.7.13

El hoy tan lento y el ayer tan breve...


                                                                                     A Miguel Cobo, riógrafo


No siempre tiene uno toda la vida por delante. En ocasiones tiene media vida o un cuarto escaso y magro de vida o incluso un trozo irrelevante de vida. Lo bueno de la vida es que no se acaba nunca. Uno es inmortal mientras vive, escrito de otra manera. Ahí, en esa finta filosófica, en ese limbo, es en donde campa a su antojo la diosa incertidumbre, que es la diosa fundamental en estos tiempos de relativismo brutal. Hay otros dioses, hay otros objetos de culto, pero ninguno al que nos postremos con más decidido fervor que el tiempo. A él nos une la filiación esencial. De tiempo es de lo que estamos hechos. Tiempo es lo que ganamos o lo que perdemos en cada preciso instante. Todo lo demás es una extensión de esa realidad insobornable. Somos el río de Heráclito, somos el incansable río de las horas, el río de Jorge Manrique, el río fluyendo hacia la eternidad que Borges, al que cogí el título del texto, quería ver en los fiordos nórdicos o en los arrabales porteños. Somos esa materia inasible de forma incesante e inabarcable. El tiempo, el infinito. El único tesoro posible. El tiempo, el inasible.

.