3.3.07

Toros, faunos y marca hispánica

El concubinato del cine español en el star-system yankee va dando frutos, hijos que luego se hacen grandes y nos sacan los colores en las comuniones y en las bodas. El hijo reciente que ha traído el cine español se llama Guillermo del Toro y es curioso cómo nos lo hemos apropiado desvergonzada y casi canalllescamente. No es que el hombre no tenga un corazoncito español, no lo dudo: no es que El laberinto del fauno, estupenda / estupenda película, no tenga cuerpo español ( Verdú, López, la niña goyificada, los escenarios levantiscos de la guerra civil ), pero el meollo, el jefe, el ideólogo no es de aquí. Como tampoco lo fue Orson Welles por más que se dejase en nuestra querida España algunas resacas y muchos planos y amigos ya inmortales. Es como si Alejandro González Iñárritu fuese ahora, por mor de esta adopción interesada, americano o que su Babel, no galardonada como debería, pero espléndida cinta, saliese ahora en algún periódico de Acapulco o de México DF como producto cien por cien mejicano. No: es una confusión con muchos visos de negocio lucrativo. Ganas de hacer patria con el bolsillo. La costumbre de nacionalizar lo que nos gusta viene de antiguo y no funciona únicamente a niveles estrictamente cinematográficos. Está el fútbol. Incluso la televisión. Somos un país listo, pícaro, atrincherado durante siglos en la creencia de que hay que aprovechar el pájaro en mano y no perdernos en la contemplación cuasimística de ciento volando. Y eso está pasando. Yo cuando vi a Del Toro defenderse fluidamente en inglés con sus amigos mejicanos en la gala de los oscars lo tuve ya claro del todo. Es un hombre que vive a gusto en España, que rueda aquí y que se siente cómodo por el idioma y por la afinidad cultural, pero Guillermo del Toro es mejicano y El laberinto del fauno le pertenece a él. La autoría es indisoluble de su oronda presencia y su genial inventina. O todo no deja de ser una locura transocéanica, un híbrido multinacional, en fin, una argamasa creativa cuyas fronteras están en el bolsillo del productor y en el tamaño de la publicidad.

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