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19.3.20

Spain

Veces en que

Hay veces en que la música llega donde no se atreve ninguna otra disciplina del alma. Son milagros que ocurren y a los que asistimos y de los que después podemos hacer recuento. Nos hacen más felices, qué duda cabe, pero no es solo la felicidad, esa cosa inasible a la que dedicamos tantísimo empeño y tan huidiza y voluble es. Es también la sensación de plenitud. No hace falta nada más. Nada que rivalice con la sensación de colmo. Veces en que escuchas una canción que te sabes de memoria como si fuese la bendita primera vez. Sabes que nota va a ser pulsada, prevés la melodía y, sin embargo, eres burlado, se te confisca esa certeza. La buena música hace eso: te hace frágil, te hace débil también. La belleza nos debilita, cantaba Alison Moyet. En su presencia uno es pequeño y sabe que lo es. Se tiene esa certidumbre, la de la fragilidad y la de la insignificancia. No hay día en que no sienta esa punzada, la de la música. En estas jornadas de precariedad (de miedo, me dice un amigo, lo creo) es bueno guarecerse detrás de la música. Ponerla alta en casa. Subir el volumen. Hacer que lo impregne todo. La pieza de Chick Corea, la inmortal Spain, no es casual. Hay cientos de versiones. Iré trayendo algunas, las que más me gustan. Esta es particularmente magistral. Lo es porque la voz de Bobby McFerrin es prodigiosa, sí, pero sobre todo lo es porque el ensamblaje entre los dos es perfecto. Felicidad. Asombro. Milagro. Perfección. Amor. Cuídense.

4.6.19

una chica de un cuento de carver

después de todo ahí está siempre esa manía de hurgar en la memoria con objeto de rescatar algún remotísimo resto de cordura o de encanto personal o tal vez únicamente un aviso mínimo de filantropía, pero acaba uno con el ánimo levantisco y andar así como encabronado no conduce a nada bueno o el encanto es un complot entre la líbido y el dow jones que contradice las más elementales reglas de la diplomacia.
los que acuden siempre son los vicios, apuntes bastardos de una vida tirando a crápula, un cierto abandono en las formas, noches en duermevela, blues sin complejos, todas esas sólidas buenas intenciones que al levantarnos abrazamos como maná metafísico y que luego devienen tristeza o algo que no puede ser nombrado con esa vaga fonética cómplice.
algo vagamente parecido a uno mismo con lo que afrontamos el resto de la jornada
como borges solo le pido al señor que me permita escalar la cumbre de cada día
salgo a la calle a primera hora de la mañana, compro el pan, miro el cielo y recito las palabras de borges poco afectadamente, como si no hubiese otra cosa que decir o como si alguien vigilara lo que hago y anotase en una libreta cómo empiezo el día
deberíamos tener un biógrafo
cada uno debería tener un biógrafo
no sé si lo ha escrito alguien antes de ahora
seguramente sí
pero todos deberíamos tener un biógrafo
uno que diese fe de los quiebros y de los voluntos
de chet baker en holanda y de los espasmos del amor a mitad de la noche
a partir de aquí el día suministra su ración de atropellos
el autobús está lleno
las calles están llenas
el ascensor está lleno,
luego la mesa de la oficina,
el cajón, windows xp presenta, qué tiempos,
la agenda metódica y el ruido sin dobleces del reloj muerto en la muñeca
windows ocho es la caña, mejor es mojave, prueba mojave
se trata de ir vaciando la pereza en carpetas azules que van al armario de madera de pino de la habitación de la señora de la limpieza
o se trata de ir escuchando todas las noches un disco nuevo de jazz y acostarte con la sensación de que algo hermoso se ha registrado en la memoria
al final del día queda uno amorosamente rendido y se ocupa del tic tac del estómago, esa procesionaria del rhythm and blues onomatopéyico
amorosamente rendido
me gusta decirlo así
soy un corazón al descubierto
un corazón al descubierto
un diario que se abre y cuenta los secretos
racimo opulento de uvas o la boca carnosa de la muchacha carmesí, la muchacha del pan, que en ratos libres lee a proust, lee a kavafis, lee a rimbaud, lee toda la carne ardiente de la belleza endecasílaba 
la muchacha mil novecientos noventa a la que besaste en un bar cerca de la estación y de la que no ya recuerdas nada salvo quizá la turgencia de los pechos en tus manos nuevas, la boca rompiéndose en la boca, el olor a tabaco en el paladar como una bendición, la vuelta a casa si es que era una casa, el tiempo como el río de heráclito, heráclito mismo contigo
apunta en una hoja de pedidos los versos más esplendorosos, la rima mayestática, los nombres más íntimos de las cosas
leo a carver después de la siesta de las cuatro
una chica de rapid falls tuvo un novio que la dejó a los quince, pero ahora tiene un novio a los cuarenta que la espera en un coche de segunda mano, de tercera mala mano, para besarse después con melodías country, ella mucho tiempo después escucha una canción y vuelve al beso,
ella en el beso recordará pasajes de mann, pasajes de balzac, todos los pasajes líricos de la novela decimonónica, pero el novio sólo aspira a una noche de sílabas tónicas, una visión a ras de epidermis de la harina obrera
lo supo ana karenina
lo supo madame bovary
lo supieron todas las heroínas de la decadente opulencia de los palacios con alfombras y cortinas historiadas
lo dejo a riesgo de que se me olvide
la memoria es la que escribe, no yo 
la memoria es la verdadera culpable, no yo
pero no podemos ir por ahí sin memoria
conociendo cada pequeña cosa por primera vez
diciendo vergel la primera vez
diciendo vírgen la primera vez
diciendo me ha gustado mucho por primera vez
las primeras veces
ah las primeras veces
se podría escribir un libro sobre las primeras veces
escribirlo del tirón con una botella de jack daniel's
con un paquete de chesterfield
en el fondo no somos unos sentimentales
crápulas y descarriados es lo que somos
unos días, crápulas
otros, descarriados
días en lo que somos ambas cosas de modo formidable
ah cómo amo esos días

2.6.16

los ruidos blancos



de lo que no me conforta, de lo que me excluye, de las mesas sin recoger, en una terraza de un bar, de las palabras a medio decir, en un sueño, de los golpes que no suenan nunca y que aplazan la felicidad y dan al día el tono gris, el tono gris de los poemas tristes, el día en que uno escribe un poema triste ya no sabe cómo levantarlo, se aplica, se esmera y se esmera mucho, pero no se le van de la cabeza las palabras y el poema ronronea en la cabeza, que es donde están al final todos los poemas, yo tengo en mi cabeza todos los poemas que he escrito, los tristes son los que más duran, los que menos se dejan intimidar por mi voluntad de ser alegre y de poner la alegría en la ventana mientras suena una melodía pop, si no fuese por las melodías pop mi humor sería gris o no tendría humor, suenan en mi cabeza de poeta de jueves una pieza de the cure, un himno, el humor es siempre un humor de circunstancias, como una mosca que de pronto se para en el brazo y la violentas con un gesto, la mosca siempre huye, no hay quien la convierta en una mosca muerta o una mosca moribunda o una mosca a la que importunas, la vida está llena de moscas que huyen, la vida está llena de manos que bailan en el aire, a la caza de la mosca atrevida, me dan lo mismo las moscas, lo que me importa es ir avanzando y no sentir que me distrae una mosca, una mesa sin recoger en una terraza de un bar o un pobre en la puerta del mercadona clamando justicia, pidiendo un mendrugo de hacendado, pero el pobre sigue ahí, a dos calles de aquí, y yo estoy escuchando pop, escribiendo en plan disperso, muy temprano, que es cuando la cabeza todavía está en el sueño y las palabras no nos pertenecen del todo, porque son propiedad del sueño, no sé si alguna vez me concentraré y escribiré con más hondura, sabiendo de donde parto y mirando al lugar a donde acudo, no va a ser posible, al menos no de momento, me voy a conformar con ir cerrando el post, con ir pensando en qué ponerme, porque hoy va a ser un día largo y mi cabeza necesita desconectar, perderse, no sé qué hace mi cabeza cuando yo no la administro, si me traiciona, si es la cabeza crápula o la admirable y entera, la que no se mete en problemas, la que se deja acariciar, la que lee a keats y escucha a shostakovich, la que se mete tres episodios seguidos de bates motel o la que escucha el ruido que hace la lluvia en las persianas, si supiéramos qué hacer con los ruidos tendríamos un poema, quizá haya uno alojado en los huecos que van dejando los ruidos cuando no suenan, debe ser eso, al ruido se le concede siempre la mayor importancia, pero hay ruidos inocuos, ruidos de una trascendencia muy poco representativa, ruidos que apenas distraen, aunque a la larga, si se piensa bien el asunto, ese acopio de ruidos logra su objetivo y termina por malograr tu equilibrio, te levantas pensando en todos esos ruidos pequeños que has ido acumulando, los ruidos, al igual que los poemas, están alojados en tu cabeza, no se han ido, persisten, valoran la posibilidad de no irse nunca y aflorar cuando menos lo esperas, te dan un sobresalto, suenan sin que estén, aparecen cuando no hay evidencia alguna de que deban estar ahí, no sé, uno puede seguir escribiendo así hasta la hora de comer, pero no es nunca posible, siempre están las obligaciones, que son más trascendentes que los ruidos blancos, los que no están y, sin embargo, acuden, dan resaca después, la resaca de la incertidumbre, de ese no saber nunca a qué atenerse, si a la realidad o a su reverso, si al silencio o al ruido, si a los gestos o a las palabras, no tenemos casi nunca las dos mitades, nos falta adiestramiento para ser frida kahlo y pintar en la cama mientras la vida fluye y ocupa la luz en la ventana y todo se impregna de dios, será que dios es también un ruido, uno que se incrusta después en la cabeza y no la abandona, no se plantea salir, decide hacer ahí casa, convertirse en inquilino insobornable

16.10.15

Bailando sobre el abismo / John Wayne Redux



Al principio no fue el verbo ni tampoco la palabra izada en el cielo como un gran sombrero con un conejo dentro. Al principio, en el instante en el que la tierra bramó árboles y montañas, ríos y criaturas, en el momento en que el cielo expuso su azul más nuevo, cuando la sombra se reconoció sombra y la luz un vértigo de colores, ya estaba John Wayne. Ahí le ven, interrogándose sobre la naturaleza caótica del cosmos, contemplando el triunfo de la belleza, esgrimiendo su Colt como único discurso frente al desquicio de las horas. Un John Wayne sin la malicia que luego le ocupó el alma. Quizá uno sin alma todavía. Un John Wayne imberbe, un John Wayne sin curtir todavía, un John Wayne miope y sin montura, fantaseando con la posibilidad de que la calle Jaén, en la que nació,  sea en realidad Monument Valley y esté John Ford detrás de la cámara registrando el prodigio. Yo era John Wayne en 1.972, aunque comprase en el kiosko cómics de la Marvel y soñara a Peter Parker enfundándose la malla arácnida para combatir a Kingpin y al Duende Verde. Luego vino Kafka y puso cien migrañas encima de la mesa. Vino el mundo con su barbarie sin propósito. Vino el caos con la enfermedad dentro. La literatura. Si no hubiese conocido a John Wayne probablemente no habría entrado Kafka en mi vida. Sin Kafka posiblemente Emilio Calvo de Mora Villar habría sido sustancialmente otro, pero no éste, aquí ensimismado, dejado caer sobre la limpieza fundamental de la página, colocado de palabras, embriagado de voces, como un loco. Vestido de John Wayne en la calle Jaén, en Córdoba, hacia 1.972, mi cabeza era una cabeza mansa y protegida de perturbaciones, convencida de estar en el mejor de todos los mundos posibles, ajena al vértigo y a la fiebre del mundo verdadero que bullía (colérico) por ahí afuera. Mi niñez fue siempre fábula de fuentes. Fui el niño miope sin hermanos que recorría el Volga con los ojos cerrados y visitaba los mares del Sur en el rutilante blanco y negro de Raoul Walsh. Fui el lector entusiasta de los tebeos que me iban prestando, el que ocasionalmente compraba alguno, mansamente. Ninguno de las cosas que me hicieron vivir después de ser John Wayne guardan relación con ser John Wayne y salir a la calle sin que Kafka te haga caer en la cuenta de que poco a poco, en silencio, inadvertida y fluidamente, el caos va ocupando tu cerebro y el miedo a no volver a ser John Wayne se instala en tu corazón y ya nunca sale. Se puede odiar a John Wayne por este sindiós recién montado. Se puede tener la propiedad de la memoria y ver que no la gobernamos enteramente. Líbranos de la rutina, oh señor inmarcesible, oh alto caudal sin brida, oh Tú, que venciste a las mismas tinieblas en su morada. Porque la rutina es el infierno entero volcado en el pecho como una lengua de horas. Porque amo la estrategia de la luz y me estallan cien sonetos en la boca apestada y fría. Buscaba ser feliz y me cobijé en un libro. A cierta edad los libros son bálsamos, soluciones farmacológicas, pócimas de una magia antiquísima. No recuerdo haber leído nada en la época en que yo era John Wayne en la calle Jaén, en Córdoba, en 1.972. Faltaban muchos años para que yo encontrase calor en un libro. No sentía frío o lo sentía y no advertía el daño que el frío me estaba produciendo. Cuando uno es feliz y lo es sin dobleces ni oraciones subordinadas, no hace falta engañar al reloj y buscar consuelo en las historias que forjan los otros. Eres tú el que las inventa, tú el que se aventura por el miedo y vuelve lleno de barro y con un cardenal en la rodilla, pero ufano y feliz, convicto de intriga y de asombro, esclavo felicísimo del juguete que es uno mismo. Detrás del disfraz de John Wayne, allá donde uno deja la pistola, la placa del sheriff y el sombrero clásico, ahí, en ese lugar mágico, está Dios. Un Dios al acecho, uno atento a las mareas y a las cosechas, que aturde sólo con nombrarlo y que tutela nuestro lento y ceremonioso ingreso en la sombra. En 1.970, cuando yo era John Wayne, un John Wayne bizco y manso, hijo de buenos padres, noble y generoso como casi ningún Wayne de ninguna otra infancia, yo no creía en Dios. Un Dios con la cara de Peter Parker. Un Dios con mi cara cuando me iba a la cama y pensaba en lo bueno y en malo del mundo, en lo que me aguardaba, en las posibilidad de que yo hiciese algo bueno en la vida. Hay momentos, incluso en la vida de un niño, en que el futuro es una instancia mesurable. Será verdad que nos diferenciamos de los animales en el hecho de que ellos no piensan en futuro. O lo hacen. No lo sé. Al poco de todo eso, conforme fui abandonando el paisaje (me lo quité sin saber el precio que habría de pagar por ese sencillo gesto) se me instaló una conciencia macabra de la divinidad. Me fue devorando por dentro, me fue iluminando por dentro, me fue creciendo hacia afuera, cuidando de que mi yo heroico, el yo épico de 1.970, no muriese del todo. Ahí anda quizá todavía. Agazapado. Sale a veces. Tímidamente sale. Se enseña. Dice: mirad, ya no soy John Wayne, soy Emilio Calvo de Mora Villar, soy Bill Evans en el Carnegie Hall, soy un tommyknocker, soy el bajista de Cream, soy Humphrey Bogart con su halcón maltés, soy torpemente Funés el memorioso, soy el niño escondido en un barril lleno de manzanas a salvo de todos los piratas de las librerías. En el fondo, he aquí la biografía de quien siempre quiso quedarse en las páginas de la Marvel, en las historias del Jabato y del Capitán Trueno, en las películas de Errol Flynn en los bosques de Sherwood y en el patio del colegio Fray Albino con el Peña, el Segu, Raúl y el Cobos. Pero me quité el disfraz de John Wayne y Dios me alistó en su nómina de perplejos y de alucinados. A Dios lo visito a diario a mi modo. Le cuento lo que me pasa y él me cuenta lo que le pasa. Flipo con Dios y Dios seguro que flipa conmigo. Del pasado tenemos siempre a mano un relato fantástico. Se tiene la impresión de que podemos merodear la responsabilidad de contar cómo pasaron verdaderamente las cosas, pero es que el tiempo hace que no poseamos ese dominio de la trama. Digamos que todo está ahí, insinuado, convertido en una especie de prontuario fiable de narraciones, pero luego el conjunto no se apresta a transcribirlo. Además tampoco sabríamos restituir esa novela sentimental sin hacer que concurse la fantasía. En un modo extremo, en el caso de que la fantasía condimente en exceso la trama, el pasado sobre el que debemos hablar no difiere de la ficción pura. A veces he pensado que no soy un ser religioso porque tengo los libros. Porque la ficción me llena al modo en que lo hacen, a decir de quienes creen, las historias de los libros sagrados. Los míos son sagrados también. De una sacralidad completamente personal. I've got my own personal Jesus. La fotografía no enseña nada del Emilio que viene después. El que se perdió en las letras y se encontró en las letras. El que enfermó de metáforas y sanó en las metáforas. El que se aprendió la historia del mundo debajo de las barbas del león de la Metro. El que se prendó de la música del idioma de Milton y de la voz de Sinatra en sus discos de la Capitol.  El que miraba con arrobo el abismo y se preguntaba cómo sería no salir nunca de él. Ninguno de esos que luego se presentaron estaba en ése apunta al fotógrafo (mi padre, supongo) sin interés alguno en dañarlo. Como diciendo: te puedo matar, pero la pistola es de juguete. Como aligerando la gravedad del gesto con un mohín parvulario, con una evidencia de lo frágil que en ese edad puede llegar a ser uno. Más tarde la edad hace sus estragos, se cobra sus peajes, nos cuenta: te puedo matar, pero las palabras con las que te amenazo son de juguete. Como aligerando también la gravedad del texto con una posdata frívola, con una de esas golosinas que con frecuencia nos pone en los labios para que, al mordisquearla, al sentir cómo se funde con la saliva y explota en la garganta, apreciemos el gozo de las pequeñas cosas. Las grandes, las relevantes, las que siempre aparecen en los libros de Bucay, en esos prontuarios de dietética moral, nunca aparecen en las fotografías. Se registra lo pequeño. Se guardan las cosas que apenas molestaron. Más tarde es cuando las entendemos. Hoy es cuando me he sentido John Wayne y he disfrutado la mentira. Vuelvo a la idea primaria: al yo de un año perdido en un álbum de fotos. Al final los años son indicios de una evidencia a la que accedemos de forma frágil, sin la entereza de lo aprehensible, carentes del fulgor de lo real. Lo real esplende. La memoria es un cocktail de mentiras a las que aligeramos de tragedia. Solo es nuestro lo que perdimos, dejó escrito Borges. No sé la razón por la que caigo en Borges en textos como éste. Supongo que llegó el primero. Como los primeros amores. Me voy a refugiar en un verso de Bukowski. En Philip Roth contando las bondades de beber mucho, en la feliz eucaristía del alcohol. Hoy me hace falta esa rudeza absoluta.  Me vacío y me lleno. Bailo sobre el abismo.


Texto remozado / Reduxing (se dice así) de la malherida (pero viva todavía) Barra Libre. Se añaden líneas, se omiten otras. Justo lo que mi amigo P. me pide siempre que hago cuando escribo. Que revise, que revise, que lo lea y me lo cuente a mí mismo de nuevo. A ver qué opino. 

13.4.14

Cosas en las que creo y de las que no me aparto / Redux con polen en las calles



Creo en la intimidad de los relojes.
En el prevención del dolor.
En la ebriedad de los abrazos.
En los ojos de Bette Davis.
En el tacto de la arena.
En el blanco de una hoja antes del poema.
En el efecto curativo del amor.
En los afectos.
En las manos de Bill Evans.
En las salas de cine cuando se apaga la luz.
En los patios de recreo en las escuelas.
En los domingos cuando llueve al borde de una novela de intriga.
En la cruzada contra todos los tercos del mundo.
En los sonetos de Góngora.
En el bourbon amable de las noches.
En la lluvia ofrecida como un regalo.
En la HBO.
En las palabras de los niños.
En el verbo promiscuo del sexo.
En la longevidad de la luz.
En la lujuria semántica de las metáforas.
En el vértigo dulce de la fonética.
En el progreso.
En todos los libros que amaré y que no he leído.
En la historia del Minotauro contada por Borges.
En los sueños y en lo que traemos luego cuando despertamos.
En los hoteles a pie de playa.
En los veranos en Fuengirola, cuando todavía no conocía a Kafka.
En las road movies.
En los riffs de los setenta.
En el choco de Punta Umbría.
En la verdad, doliendo incluso.
En la mentira, aunque me hunda con ella.
En el olor de los libros.
En la soledad presentida en las calles.
En los músicos de jazz que te hablan al oído.
En George Bailey.
En las minutos que preceden al sueño.
En una librería que había cerca de la Facultad de Magisterio, en Córdoba.
En la luz del flexo.
En el poder liberador de las palabras.
En la independencia moral del hombre frente a la religión.
En la inspiración.
En los altares, aunque no vea en ellos dios alguno.
En el trabajo terco que sirve a los demás.
En los amigos del Norte.
En las canciones de amor.
En los conciertos al aire libre.
En los versos de Walt Whitman.
En el cine negro.
En los cuentos breves.
En los abrazos largos.
En las calles de mi infancia.
En los viajes de fin de curso cuando tienes doce años.
En el arrepentimiento.
En la cordura.
En la certeza de que un mundo mejor siempre es posible, aunque sea mentira.
En la luna en la calle Bourbon.
En el agua en un aljibe.
En las barras de bar, en todo lo que siempre te reservan.
En los amores imposibles que terminan en tragedia.
En la dulce pereza de las siesta.
En la rapsodia bohemia.
En las erecciones imprevistas.
En la mansedumbre.
En el desaliño que precede al orden.
En los cuentos de fantasmas.
En la imperfección.
En el león de la Metro.
En la hermandad de las estrellas, sea lo que sea eso.
En las nubes arriba en el cielo.
En la oscuridad de una sala de cine.
En el desprecintado de un buen disco recién comprado.
En la bondad de la gente a pesar de que sea escasa y dure poco.
En la imaginación.
En los diálogos de Woody Allen.
En los paseos marítimos.
En la RKO.
En Bach, sí, en Bach, en Telemann, en todos los de esa cuadrilla.
En los escaparates reventones de libros.
En las ninfas de los ríos.
En las brújulas del alma.
En la Verve.
En John Ford.
En el instinto.
En la firmeza.
En la caída de la casa Usher.
En el Rey Amarillo.
En los bares de A Coruña.
En la duda.
En los prodigios del azar.
En el azar mismo.
En que los demás crean en el dios al que yo no alcanzo.
En los poemas que te sacuden, en los que te acompañan siempre.
En la espuma de la cerveza.
En los amigos, en lo que me dan, en lo que les doy.
En la risa, en la sonrisa, en la carcajada, no importa el orden, de verdad.
En el llanto.
En la noche casi por encima de todo.
En el alto y luminoso idioma inglés de Shakespeare.
En Leonard Cohen adaptando a Lorca.
En Russ Meyer, en todas sus ubérrimas divas de ubres generosas.
En mis alumnos, cuando se ríen.
En el saxo catedralicio de Coleman Hawkins.
En las tribulaciones de Nabokov al inventar a Lolita.
En Gil de Biedma en las Filipinas.
En Poe, perdido, en las últimas calles de la absenta.
En mi mujer y en mis hijos.
En el coro operístico de la rapsodia bohemia.
En mi ipod cuando va pletórico de blues.
En los muertos de todas las novelas de serie nera.
En las bestias míticas de Lovecraft.
En la panza barroca de Lezama Lima.
En las calles del barrio de la Villa en Priego de Córdoba.
En la vuelta a casa por el judería en los ochenta.
En las vueltas del aire.
En la nieve limpia que cubre los coches en mi calle.
En la ciencia por encima de los salmos.
En el bendito gozo de abrazar otro cuerpo.
En el ajedrez, en las partidas con mi amigo Marcelino.
En las calles de Londres, donde nunca he estado.
En las piscinas del verano.
En las mantas del invierno.
En los días ebrios.
En la melancolía.
En Peter Pan.
En Billy Wilder.
En las ecuaciones de segundo grado.
En la evidencia del amor cuando no lo esperas.
En el rumor del invierno en la ventana.
En los sultanes del swing.
En el vals para Debbie.
En Billie Holiday.
En el insomnio de la sangre.
En la belleza de las heridas.
En la obediencia de los días.
En lo mágico cotidiano.
En el novicio temblor de sentirse amado.
En los excesos.
En la nieve.
En el asombro.
En la modestia.
En los tigres.
En las repeticiones.
En los laberintos y en los espejos.
En el vértigo.
En los abismos.
En la profanación de los altares.
En el diario minucioso del alma.
En lo inasible.
En la disidencia.
En esa leve comezón que anuncia el júbilo.
En la felicidad sencilla de un solo de trompeta.
En el pudor.
En todas las vidas improbables que no tengo.
En Thunder road.
En el río de Heráclito.
En los himnos sin letra.
En las resacas.
En los poetas.
En la ternura.
En el olor a libro nuevo.
En las posadas a mitad de la noche.
En los regalos.
En el vuelo de la carne alegre.
En el frío.
En las rosas.
En las lagartijas en los muros.
En los trampolínes.
En las turbaciones.
En las perplejidades.
En los asombros.
En mi hija cuando habla con veneración del inglés y de sus prodigios.
En los preliminares.
En el oleaje.
En los jadeos.
En las distancias.
En los domingos vibrando en un kiosko.
En las fugas.
En el despilfarro.
En la pureza.
En la impureza.
En las imprecisiones.
En los jinetes, vastos y nocturnos.
En las palabras que arden en los diccionarios.
En los nombres.
En los goles de Zidane.
En la gloria de saberse póstumo.
En los íntimos avatares de la felicidad.
En la manga del tahúr.
En los periódicos, en los bares, con un café, sin que nada te distraiga.
En la blonda de la novia.
En las libaciones de la razón.
En las alucinaciones.
En la épica de los perdedores.
En remotos pájaros improvisados.
En las tramas de Hitchcock.
En los fuegos artificiales.
En el néctar libado a conciencia.
En Summertime, when the living is easy.
En el confort de los trenes.
En un concierto de Pat Metheny en La Axerquía hace más de veinte años.
En los patios de Córdoba.
En Kafka, en Samsa, en los dos algunas veces.
En Funés El Memorioso, al que siempre le tengo envidia.
En las biografías de los héroes.
En el Renacimiento.
En la cubierta del Potémkin.
En amigo Antonio Sánchez, mi hermano.
En la anuencia del cuerpo.
En Grecia, en Roma, en todo lo que heredamos.
En los palacios abandonados.
En la imprevisiblidad, en la previsibilidad.
En un violín tocado muy lastimeramente.
En el orden secreto de las cosas.
En el invisible andamiaje de las horas.
En caballos desbocados en un sueño.
En las sílabas del tiempo.
En la cordura.
En el cansancio.
En la mécanica celeste.
En las fuentes en el campo.
En la obscenidad, en todo lo sucio que esconde.
En lo frívolo, en todo lo burdo que esconde.
En la sangre.
En el cine de espías.
En las novelas victorianas.
En las novelas de viajes en el tiempo.
En la voz de Jeff Buckley cantando Hallelulah.
En la voz de Rufus Wanwright cantando Hallelulah.
En Yesterday cantado por Ray Charles.
En las trincheras contra el fanatismo.
En los superhéroes de la Marvel.
En el escenario de un teatro.
En los asedios galantes.
En la pompa y en la circunstancia.
En el polen.
En las gacelas en un cuadro.
En El Circo del Sol.
En el discreto oficio de irse uno viviendo.
En Humphrey y en Sam.
En todos los papales de glorioso secundario de Walter Brennan.
En todos los papeles de glorioso secundario de Peter Lorre.
En todos los papeles de glorioso secundario de Basil Rathbone.
En los secretos, en la epifanía absoluta de su revelación.
En los palimpsestos.
En la caligrafía del deseo.
En el ayer, por lo que me cuenta.
En el mañana, por lo que me contará.
En los misterios, que hacen la vida absolutamente dichosa.
En la fragilidad.
En Stan Getz filtrando bossa nova.
En el cinemascope.
En los veranos con mi tío Alberto en el Figueroa.
En Sunset Boulevard.
En el sur.
En el norte.
En los vicios, sin los que no somos nada más que criaturas tristes.
En Oliver Twist.
En Roberta Pedon.
En los cromos del Atleti, que quién sabe si volverá esta noche a ganar cosas.
En el corazón tan blando, en la lengua tan generosa.
En el alambique formidable de los sueños.
En la pólvora.
En el fuego.
En el festín de los ojos.
En mis ojos abiertos como lunas perfectas viendo a Queen en 1985.
En los malabarismos de Burt Lancaster.
En la zozobra.
En las walkirias.
En Coppola sobre el Mékong.
En John Coltrane en el Village Vanguard.
En las volutas barrocas de Bach.
En un tren de algodón que anoche descarriló en mis sueños.
En la noche en las afueras.
En el libro que ahora estoy leyendo.
En el día de mañana.
En la mujer que yo quiero, la yunta y todo eso.
En la farándula.
En la lucidez.
En los viernes.
En el azul.
En la inteligencia, en sus ruinas.
En las alfombras, en las cortinas, en las bufandas, no sé en qué orden.
En el tabaco eventual, en el obstinado a veces.
En las imprudencias.
En las algas.
En las películas de tiburones.
En Charles Laughton.
En las hélices.
En Robert Louis Stevenson.
En las hadas.
En Scarlett Johansson.
En el piano de Sakamoto improvisando la feliz navidad de Mr. Lawrence.
En mi hijo tocando esa pieza en su modestísimo teclado.
En las repeticiones.
En todas las que he dejado escrito en este volunto de domingo de ramos.
En mis Bowers and Wilkins.
En la soledad cuando se busca.


El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

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