30.4.19

El día del Jazz



No sé si hubo antes y hubo un después, pero la irrupción del jazz en mi vida, aunque no sepa consignarle una fecha, es tan relevante como otras fechas a las que les doy la más alta importancia y a las que acudo cuando debo contar lo bien que me va en ella y lo feliz que soy. Las tres cosas son singularmente ciertas: la vida me ha tratado bien, soy feliz y amo el jazz. De hecho hay días en que uno admite la incertidumbre y se apesadumbra y consiente que el desánimo le derrote; hay días en que eso de que es feliz no es cierto del todo, pero quién podría decir sin sonrojarse (las mentiras sonrojan) que es feliz a tiempo completo, feliz como quien dice que es asmático o hincha de su equipo de fútbol favorito o alegre consumidor de cerveza checa. A todo soy capaz de adjudicarle una traba, pero el jazz es fiel, sé que está cuando lo preciso, no me contradice, me conforta cuando los ánimos flaquean y los iza con mayor pujanza incluso cuando se encabritan y parece que no hay nadie que rivalice conmigo en bienestar y en armonía. Al jazz le tengo esa devoción que otros le tienen a su religión, sin que esta osadía reduzca lo más mínimo el valor que tiene la religión en sí, aunque yo no la tenga a recaudo en mi alma y, en ocasiones, tenga la certeza de que no la tendré nunca, por más que sienta el impulso de abrazarla y de hacer que me acompañe los años que me resten de vida. Con lo que no titubeo en apasionamientos es con el jazz. Lo escucho a diario, siento que si no lo tengo a mano los días son incompletos, no están revestidos de la misma confortable prestancia. Así que tengo que escribir algo sobre jazz en el día en que se festeja su existencia. Juro por la trompeta de Chet Baker o por el saxo de Coleman Hawkins o por el piano de Bill Evans o por las baquetas de Art Blakey o el contrabajo de Charles Mingus que no tenía constancia de que la fecha señalada fuese la de hoy. Mi amigo Ramón me la ha recordado. Me ha dicho: Emilio, yo te doy la entrada y tú empiezas la melodía. Nos llevamos bien los dos. Tanto Ramón y un servidor como el jazz y un servidor también. El año que viene tengo que explayarme más. Me he quedado corto. El día del jazz ha sido un día muy largo en otras consideraciones y tengo más cansancio que otra cosa. Me voy a preparar un disquito para redondear el festejo. Creo que Kind of blue valdrá, valdrá Miles Davis. Ya sé, siempre cogemos los mismos discos, pero es tan bueno.

Poema bautismal


Despréndase de todo lo que sabe, 
borre los registros del corazón, 
piense en usted como si acabara de ser presentado en sociedad, 
nadie le conoce, a nadie conoce, 
abra los ojos, 
haga un acta somera de lo que acaba de ver, 
empiece por la luz, 
sienta su fiereza, 
siga con los árboles y con el agua y con el alto cielo en la bóveda celeste, 
no escatime un ápice de atención, 
todo está ahí por usted, 
deje que el aire fluya adentro, 
no se permita el desaliento, 
apártelo como quien rehuye el fuego, 
apreste la voluntad al delirio de los sentidos, 
imprégnese de júbilo, 
está a mano, no se le resistirá cuando lo anhele, 
convoque el numen secreto de las cosas, 
hágase a la idea de que todo lo que contempla está ahí para que usted lo gobierne, 
siéntase hospitalario consigo mismo, 
cuide de que toda esa riqueza recién alumbrada no se deshaga cuando irrumpa la sombra o cuando sienta abatirse el deseo, 
no flaquee, ni se amedrente si la adversidad lo cerca y merma, 
piense en la belleza o en el amor, 
ámese con ardor y con disciplina, 
ámase por encima de todas las cosas,
por encima de los demás y de los dioses,
ámase con dedicación absoluta, sin merma ni desánimo,
nombre al corazón albacea de sus sueños,
no escuche discursos grises, ni los diga usted,
lea panfletos de alegría, escriba las jaculatorias del entusiasmo,
no se despierte con la retórica del que lo ha visto todo,
que todo está por ver y la función acaba de empezar,
dese los caprichos que lo iluminen, 
verá que cuanto más luz desprenda más luz acudirá y con mayor festejo será suya, 
arrumbe el dolor con el que será herido a poco que avance el paso, 
tenga la certeza de que no habrá dos días iguales, 
que el único templo en el que postrarse lo llevamos a cuestas, 
y que depende de nosotros que sea acogedor o nos repruebe y haga sufrir, 
que venimos sin nada y marchamos sin nada, 
que la travesía es prestada, 
que al final nada es nuestro. 

29.4.19

Galería de favoritos 84 / Freddie Mercury



A Freddie Mercury le desocuparon del cometido al que estaba naturalmente predestinado y le redujeron al papel bufonesco que él mismo solicitó a beneficio personal y del que, por unas y otras razones, no pudo salir, por darle altura lúdica a su paso por este mundo, por festejar o por festejarse, que no son la misma cosa, o por ser una estrella del firmamento del rock, propósito que alcanzó absolutamente. No se privó casi de nada (amaba la cerveza, los gatos, el vodka, los Silk Cuts, el sexo y subirse al escenario) y esa falta de mesura le pasó factura. El peaje fue el cese de la actividad, la rendición final, el finiquito de la astracanada, la cortina cayendo y el show cerrándose con su exquisito inventario de placeres y de quebrantos. No fue en la intimidad, a lo leído, un descerebrado que se despeñara en ningún abismo de promiscuidad y de toxinas, pero navegó las aguas que se le antojaron y no tuvo reparo en evidenciar que de esa navegación tumultuosa se extraía la felicidad contagiosa de su música, de su entrega total hacia quien asistía a sus monumentales conciertos y se empapaba de Mercury hasta el desmayo acústico y el colapso óptico. Era un showman completo como quizá no haya habido otro. A ese disciplina mediática se agrega con facilidad el resto de bondades requeridas para ser la estrella del rock and roll que fue. Y lo fue mayúsculamente. Lo vi en Marbella junto con May, Deacon y Taylor en el tour A kind of magic. Eran años de descubrimientos y de prospecciones en lo personal, de ir a buscar sin saber qué podía encontrarse, de salir a buscarse uno, un poco como todo el mundo con esa edad, pero esa experiencia, el concierto en sí, contemplado a escasos diez metros del escenario, solo (nadie de los míos quiso venir), sin otra compañía que mi devoción por la banda y la certeza de saberme espectador de un momento sublime e irrepetible, está todavía presente, tantos años después. Recuerdo cantar la rapsodia bohemia a pulmón perdido. Recuerdo cómo se me saltaban las lágrimas al escuchar las primeras notas de Love of my life. Recuerdo una limusina escandalosa de la que bajaron los miembros de la banda en un lateral del estadio en donde tuvo lugar el concierto. Recuerdo la sensación de estar viviendo un momento irrepetible y tener conciencia de que ninguno se parecería a ése que estaba a punto de suceder y que, conforme avanzara, iría desapareciendo, un poco como pasa en todos los demás instantes que vivimos, que no regresan, que se entregan a la memoria o al olvido, según voladizo y v0luble capricho. Me voy a poner un café. Esta mañana escucharé Bohemian Rhapsody. También My melancholy blues. Fin de la jaculatoria. 

28.4.19

Los buenos días

Hay personas a las que nada más conocer se les concede la más alta estima. Se festeja esa concesión festiva, hasta se alardea de ella a terceros, por el placer de expresarla, sin que se busque confirmación ajena ni aplauso. También sucede a la reversa y es el impresentable el que conoces, paradójicamente presentado; concurre entonces la voluntad inversa, la de no contarlo, no caer en ese regalo, no difundir nada de cuanto supimos, no dar vuelo a quienes nos perturbaron o nos molestaron o nos insultaron. Es más sano hablar de la bondad, dar ese vuelo a los que nos agradaron, evitar en lo posible dedicar tiempo a difundir el lado dañino. Así el mal no tiene recorrido, no hacemos de transmisor de su discurso enfermo. Hasta sienta bien hablar únicamente de lo bueno. Nota uno que respira mejor. Aprecia el aire entrando y saliendo gozosamente por los pulmones. Se sonríe a lo bobo, no teniendo noticia fiable de la causa de nuestra repentina alegría, pero convencido de que le ha sido confiado un secreto precioso, una especie de confidencia que nos enriquece. La bondad debe incluso hacernos más longevos. Damos los buenos días a los demás con agrado porque una parte de ese saludo la guardamos nosotros y nos conforta. Cedemos el paso o damos las gracias en absoluta convicción de que somos nosotros los agasajados, los invitados al festín de las buenas maneras. De las otras nada queremos saber, no nos conciernen, se las deberían desoír, no darles ni crédito ni asiento. Cuanto más se repiten, más verdad poseen; si se omiten, cuando se silencian, se les cancela la posibilidad de que se explaye su mensaje (se viralice, dicen ahora). No siempre puede uno cumplir esta condición. Hay veces que nos sobrepasa la mala educación ajena, la que en ocasiones también es nuestra. Caemos en lo que criticamos, se da con infortunada frecuencia esa circunstancia no buscada, ni alentada. Cuenta la concurrencia favorable, de la que nos abastecemos, con la que se avitualla el alma. En estos tiempos de zozobra espiritual (no es religiosa mi observación) deberían prestigiarse las buenas formas. Ellas nos salvarán de la barbarie y de todas sus franquicias cotidianas. Ellas harán que no proliferen los odios. En ellas depositamos la esperanza, que es un trasunto de la felicidad. El día de hoy es festivo, es el día de las buenas maneras, el día de la confianza en la esperanza, que también es una extensión de la armonía. Se emplea poco la palabra armonía. Hoy es el día de la armonía. Salgan a votar, expresen su conformidad o su disconformidad, no se queden con ninguna historia dentro, manifiéstenla. Cojan el papel y métanlo en la urna. Es una manera de hacer que prospere el bien. Cada uno elige el suyo, no puede ser que uno sea el legítimo en el escrutinio de la razón, pero no se puede quedar uno en casa, no hay celebración más maravillosa para la ciudadanía que la de hoy y, probablemente, la de darse por las mañanas los buenos días y hacerlo con el gesto sincero y la voz firme.

27.4.19

Galería de favoritos 83 / Ben Webster



Qué grande es este señor: su saxo tenor condujo mi bautismo en el fascinante mundo del jazz. Junto a Coleman Hawkins y Lester Young forman la triada de oro del saxo tenor en el jazz. Es el romántico por excelencia. A la muerte de las big bands - pongamos los años cincuenta - se empeñó en pasear su magisterio sonoro por todo el mundo. Tanto paseó que acabó muriendo de pie, tocando en un club en la ciudad holandesa de Leyda, cerca de Amsterdam, lejos de su Kansas City natal. Como otros músicos, su diáspora artística y comercial le hizo ciudadano nórdico. De todos sus discos, que son muchos, me quedo con Reunion blues, un sobresaliente repaso a los standards del jazz con la inestimable escolta de Oscar Peterson en el piano, pero en jazz no hay exigencias, ni ránkings; tampoco el estimable, en otros géneros, estudio de influencias y de arraigo en listas de éxitos y en radio-fórmulas. Ben The Frog, (La rana), Ben Webster es uno de esos músicos entrañables, capaces de enviarnos al cielo con el fraseo suave de unas líneas de Body and soul o Sophisticated lady. La vida precisa fidelidades absolutas, amores inquebrantables, ajenos al concurso gris de los días. Este señor que sopla su instrumento contribuye a la felicidad de este cronista de sus (muchos) vicios.

26.4.19

Galería de favoritos 82 / Alida Valli







Fue la novia de Harry Lime alejándose del cementerio en la bruma nostálgica de la cítara de Anton Karas, pero pudo haberse dejado amar por Holly Martins. Fue Anna Schmidt para Carol Reed pero también fue la musa de Hitchcock o de Visconti o de Antonioni o de Passolini, que ahora recuerde. Vuelvo a El tercer hombre: entre la tristeza sin aristas de Martins y la navaja encendida de Lime, yo me quedo con Anna. Por las calles de Viena. En blanco y negro. En una mañana muy lluviosa de navidad en Córdoba, vi por primera vez a Alida Valli. Luego he visto algunas películas en las que esta dama italiana del cine ponía su rostro enigmático, duro, hermoso como un adjetivo en la nieve (Senso, El proceso Paradine, El grito) pero nunca tuve esa sensación de plenitud óptica absoluta. Anoche, ojeando una revista de cine, apareció esta fotografía. Contaban que había muerto. Una revista antigua: ya hace unos años. Entonces busqué El tercer hombre. No la vi entera. La tengo completa en la cabeza. Busqué el final. La cítara. El cementerio. Joseph Cotten, el novelista de serie B, el derrotado. Alida. Era muy hermosa.

25.4.19

Galería de favoritos 81 / Randy Newman




Got some whiskey from the barman,
got some cocaine from a friend, 
I had just to keep on movin'
'til I was back in your arms again.

Guilty, Randy Newman



I/ El autor

Randy Newman es una anomalía, una fractura del sistema que se ha ido consolidando en el paisaje hasta pasar desapercibida. En todo caso, Randy Newman es la referencia absoluta del consumidor de anomalías, de quien pasea a la caza de lo asombroso, de lo que no se amolda a la rutina y se esmera en la disidencia, en lo puramente creativo, en lo sencillamente sincero. Randy Newman es uno de los más sinceros músicos que yo haya conocido. Quizá haya otros y lo sean en más agreste escala, pero uno tiene sus debilidades y este tipo, al que el azar no le premió con su físico o un rostro con carisma, que no se arrimó a las alfombras de la fama ni a los mercados de la pasta gansa, se ha granjeado el aprecio de una hueste fiel de feligreses de su arte.

Quebradizo, esquivo al ruido, como sacado de un tugurio con micrófonos que huelen a cerveza, amigo de cientos de camareros, gourmet del bourbon y de las resacas, Randy Newman oficia como pocos la litugia del artista que enreda hasta extremos a veces insoportables la ley invisible que ensalza el arte y destruye al artista. Rilke lo escribió hace mucho tiempo: Todo a lo que me entrego se hace rico y a mí me deja pobre. Uno se imagina al genio contratado en un local en unos de esos sábados por la noche que el cine americano ha elevado a la categoría de género en sí mismo.

No busque el amable lector optimismo. No está la fragancia dulce del pop que ameniza los viajes por carretera, consumiendo kilómetros, superando pasiajes. El escenario perfecto para degustar la obra de Randy Newman es justamente ésa: la del bar comido de humo de tabaco, alegremente ocupado por una clientela tan quemada como el encargado de hacerles olvidar la costosa travesía de los días. Por eso a Newman se le emparenta con la noche, con lo oscuro. De letras estremecedoras en ocasiones, ungido por el desencanto, Newman se ha convertido en un fijo de las galas de Hollywood. Pero no sospechen que ese desliz burgués le haya borrado un ápice la sonrisa tabernaria, la creencia en que sólo es posible crear canciones de amor cuando el corazón está destrozado o cuando te han dejado solo, arrumbado en la barra de un bar o sentado frente a un piano, servida ya en la madera la copa, habiendo llamado al numen y recibiendo a golpes de ginebra barata ramalazos de talento, puros espasmos de inspiración.

Tiene un asombroso parecido al noble gremio de esos seres grises, impersonales, exentos de glamour que pasean las aceras, entran en la librería y compran al lado nuestra el mismo libro que estamos comprando nosotros. Pero Randy Newman es un genio, uno de perfil bajo al que le incomodan las efímeras volutas de la fama y que no saca un disco cada año ni está en la lista de esa gente influyente tipo Bono a los que la MTV secuestra, explota y desecha. Uno de esos tipos maravillosos que están tocados por la secreta varita de la inspiración y facturan canciones hermosas que contribuyen a la felicidad ajena. En gran medida, el romántico de Newman sólo busca ser un crooner y pasear su escasamente fotogénico garbo por el Caesar's Palace de Las Vegas o venir a Marbella y tocar en alguno de esos hoteles de muchas estrellas a donde acuden, en verano, George Benson, Julio Iglesias o Lionel Richie, astros del firmamento del pop o del jazz o de lo que les apetezca hacer, aunque infinitamente menos accesibles y de un repertorio infinitamente menos sentimental. Lo que canta Newman es la purga de su corazón herido. Lo que hace Lionel Richie, al que le acepto algunas canciones de su esplendor post Commodores, es la rendición profesional (no lo duden) de un puñado de temas ajenos, universales, tan eficientes como huecos, que arrasan en las radio-fórmulas y topan el Billboard. Newman jamás ha vendido millones de discos. Igual le apartó del estrellato su excesiva filiación a sus vicios. Los mismos que a tantos antes e idénticos a tantos por venir.

II/ La canción

Guilty es una de las canciones más hermosas y más descarnadamente escritas que he escuchado. Sin duda.


Pienso ahora en Tom Waits, el santo bebedor Tom waits, en su máscara de borracho lúdico, el alegre bebedor de una lucidez insultante, el histrión capaz de llenar un club privado y encender el corazón de sus íntimos pero que nadie imagina en un escenario en el lugar que luego va a ocupar el crooner profesional, el precintado con oro,Michael Bublé. Jamie Cullum es otra cosa, no crean.

Apestar a ginebra constantemente te puede convertir en un maldito, pero acaba pasándote la inevitable y lacerante factura moral y física. Por eso Guilty es una confesión maravillosa y suena como si la cantara para ti y nadie más supiese de que existe. Eso lo consigue muy poca gente y sólo puedes creerlo en un muy reducido puñado de canciones. Está Randy Newman contándote que está hasta las trancas de whisky, pero que tiene el suficiente coraje como para sentarse en una mesa, manuscribir el dolor que siente y convertirlo en una pieza maestra de la música pop del siglo XX. Y hubo unas cuantas.

La impagable versión de otro santo bebedor (Joe Cocker) no desmerece en absoluta de la de su autor. Cocker cuenta la misma jodida historia, el mismo dolorido puyazo en el alma. Nada que ambos no hayan vivido en carnes propias. Admiro la sobriedad de Cocker porque es un hombre que se ha bebido la mitad de las destilerías de la sacrosanta Escocia. Da igual que luego se vendiera al dólar y comprase finca en Malibú. Es lo mismo que abomine de las drogas o que sólo beba zumo de pomelo. Antes de esa caída en dulce picado al mainstream de la pasta hizo inmortales canciones. You are so beautiful bastaría para que pasara a la historia de esa música del ampuloso siglo XX. Heartaches...

24.4.19

En campaña



Declino la oferta electoral, la repruebo, no me siento representado, ninguna cabeza de cartel tiene cabeza ni atisbo en lo que dice ningún cartel, no me considero a salvo, ni hay en todos esos discursos televisados garantía de que la falta de educación que exhiben vaya a ser retirada cuando las urnas les den las carteras y los sillones. Dicen lo que un opositor cuando se la juega en un examen. Fingen la vocación, se ve a las claras, se constata a poco que uno afina la atención el desajuste entre lo que manifiestan y lo que se desprende de su trabajo. No coinciden. Si no tuviéramos memoria, seríamos felices, seriemos crédulos, pero a la vez que uno escucha, rumia lo sabido, pone frente a los discursos de estos días la labranza de todos los otros días, todos los que se malograron y todas las cosas que no se acometieron, bien por ineficacia o por pereza, bien por desinterés o por chulería. Estamos a expensas de cuatro (cinco, a fuer de precisos) experimentados oradores (iba a escribir charlatanes) que se ganan la soldada hilando oraciones complejas, repitiendo mecánicamente consignas de partido, eslóganes de los creativos que tienen a sueldo. El desafecto gana estos días: estaba larvado, oculto, hibernado, pero irrumpe cuando se ponen en campaña y alardean de la bondad de su causa y de la males de la ajena. Hacen eso. Deberían prohibir que un partido cite a otro. Que no lo nombre. Ahí estarían en el elemento idóneo, el de la proclama de sus aspiraciones para que tengamos paz y bienestar y no ándenos tan enojados (iba a escribir encabronados) cuando abren la boca y recitan el cuento de la lechera o el del lobo o el de la criada. Por mucho que desista uno, por más que no se vea representado, no se quedará en casa, irá a votar, expresará su opinión, la que más le cuadre aunque ninguna tenga la cobertura completa. No hay ninguno que me lleve donde quiero, pero alguno deja más cerca que otros. Tampoco podemos confiar en que unos cuantos minutos de iluminada retórica (la de anoche y la anterior en televisión) nos fidelice o nos haga de pronto adeptos, súbitamente convencidos. La convicción es diaria, se sustenta en el transcurrir de los días, en el depósito de las esperanzas y en cómo se cumplen, se aplazan o sencillamente se eluden, por inalcanzables, por utópicas.

23.4.19

En el día del libro

La mejor manera de festejar los libros es leyendo. Todas las demás, siendo buenas, unas más que otras, no alcanzan el tumulto interior que se produce cuando se lee. Es tumulto y es aventura. No hay quien lea y salga indemne. Leer perturba, pero es el tipo de perturbación que se anhela; la que, una vez probada, no puede ser retirada, ni rebajada. No hay nadie que lea por las mismas razones que los demás. No existe argumentos que puedan compartirse, ni siquiera los hay similares. Hay quien desea que le corroboren lo que piensa (para que otros confirmen lo apropiado de su pensar) y quien sólo desea que se lo refuten (para que otros confirmen justamente lo contrario). También el que pendula entre una opción y otra y en ocasiones persigue que se le asombre  y todo sea novedoso y, en otras, que se le respete la parte de verdad que le vale para seguir avanzando y aceptar que el mundo gira y él gira dentro. No hay dos lectores iguales. El mismo lector, según el día, hasta obligado por el libro en el que ande, puede ser varios lectores a la vez. El amor infinito a un autor desquiciado puede ser emulado por el amor infinito a un autor prudentísimo. Uno tiene a recaudo esa nómina de amigos a los que no conoce, de los que tiene tal vez una información errónea o ninguna. Porque todos los escritores que me han hecho feliz han sido un poco amigos míos. Me han confiado lo que piensan, con mayor o menor claridad, con más o menos ocultamiento; me han confiado el relato de sus alegrías o de sus pesares y yo, más agradecido que otra cosa, he cuidado de que ese relato no se pierda del todo y prospere en mi memoria y me haga desear más. Cuando se lee siempre se desea más. No soy amigo de festejos literarios, no soy asiduo de ceremonias en las que se presentan libros, pero siempre leo lo que festejan esos libros. No sabría pensar en mí sin imaginarme leyendo. No es nada que otros no practiquen más afinadamente que yo. No me exhibo aquí para que nadie envidie mi vicio. Hay quien lo profesa de un modo al que yo no sabría acercarme. Creo que tampoco querría. Hay veces en que leer mucho hace que vivas menos. Esa es otra parte de la historia. Hace falta tener tiento, no excederse, no dejar que los libros lo ocupen todo. Ni siquiera podemos depender de ellos, pero no siempre sabe uno gobernarse, ni falta que hace.

Galería de favoritos 80 / El buscavidas / Robert Rossen (1961)



Tal vez haber sido boxeador hizo que Robert Rossen fuese un director de cine con madera de pugilista fracasado o movía la cámara como si alojase un derechazo en el aire o tratase de noquear al rival con un buen directo a la tripa. También fue comunista. Así que tenemos un ex-boxeador y un comunista que desentonaba en el Hollywood del glamour, de Cole Porter y de los trajes de fiesta en salones alfombrados de swing y de champán. Luego fue llamado por la HUAC, el Comité de Actividades Antiamericanas. Un director conjurado a retratar mundos subterráneos, júbilos marginales y vidas embocadas al desastre tenía que ser un tipo peligroso. Además En cuerpo y alma y El político no eran especialmente dulces: las dos vienen a contar que el mundo es, por naturaleza, trágico y que conforme uno escalafona en la toma de responsabilidades en él más va abandonando la ética y más se escora a la corrupción y al desasimiento de los nobles ideales que marcaron su idilio con el futuro y con todo lo bueno y bonito que tiene la vida. Rossen bajaba al ring o a los despachos comidos de nicotina y de mobiliario deprimente de los partidos políticos para escriturar su decepción. Los palos que nos llevamos en la vida no se escriben: se escrituran. Se llama a un notario que dé fe de nuestra desolación y se guarda el testimonio en una caja de caudales para que alguien, treinta años después, compruebe lo encabronados que estuvimos o lo poco felices que fueron nuestros días en la tierra. Rossen filmaba con mala leche para que las generaciones venideras asistieran, impávidas, entre la tristeza y la admiración, a su guignol gris, a su estampa costumbrista de la América profunda ésa de la que hablan todos los directores americanos en algún momento de su filmografía. La de Rossen es una América de boxeadores y jugadores de billar, de políticos con grandes bolsillos y ética desmontable.

El compromiso político le hizo dejar los Estados Unidos, una vez que se negara a dar los nombres de los compañeros de juergas ideológicas. No habló de John Garfield, con el que le unía el calzón corto y los guantes y también la arena de las palabras, ese farragoso terreno en el que los que detentan el poder no quieren entrar por temor de perderlo. El político pierde la inocencia en su recorrido laboral: Starks, un estupendo Broderick Crawford, termina corrompido, desencantado, hospedado en el mismo cuartel de vicios y de pecados que él mismo criticaba a pie de un carromato, carente de la oratoria con la que engañará en el futuro pero investido de sinceridad y de poder de convocatoria. McCarthy le hizo las maletas. Grabó en Italia, España, México y hasta las islas Barbados. El regreso a su país (1.961) fue apoteósico. Volvió a hurgar en las mismas heridas. El buscavidas es una obra maestra absoluta. Una de las mejores películas de la Historia del Cine. Sin paliativos. ¿Qué hay dentro de esta película? Honor quizá. Vida a secas. El campo de batalla de antaño metamorfoseado en un simulacro moderno.

Los bajos fondos huelen a cerveza caliente, a humo rancio de tabaco negro y a sudor. Añada el curioso lector un mesa de billar y una potente luz que la ilumine, un nutrido grupo de hombres vocacionalmente ociosos y tal vez una música de jazz de atrezzo y ya tenemos el marco perfecto para una película de cine negro. Si ponemos un vaso de cristal fino de boca ancha bien relleno de Jack Daniel's o de algún buen whisky de malta pues entonces la escena es sencillamente perfecta. La dama que hace tiempo que dejó de serlo, escote generoso, falda estrecha, uñas pintadas y muy largas, merodea la partida y espera que su galán le dedique una mirada, una bocanada de humo o un guiño cómplice. La vida, en ocasiones, precisa miradas, bocanadas de humo, guiños cómplices si uno ha perdido en el camino la estima y la esperanza de que algo bueno pueda sucederle. La mesa de billar, como la arena del circo, como el ring, como las barras de los bares, es la quintaesencia de esos bajos fondos.

Hay que ver a Jackie Gleason, el gordo de Minnessota, moverse alrededor de la mesa con su cuerpo asombroso, mover el palo y parecer, en todo momento, que va a derrumbarse o que el corazón va a reventarle es asistir a una clase magistral de cómo mover una cámara y cómo hacer cine. Punto. Minnessota Fats no es sólo el nombre de un personaje: es también la marca de un famoso y reputado palo de billar. También hay en Madrid, me contó un amigo, un club de billar con el nombre rimbombante y mitológico de Eddie Felson.

El buscavidas no es únicamente el personaje mítico de Eddie Felson, El rápido, El Relámpago, un perdedor, un antihéroe antológico. Es la historia de la búsqueda de la pureza, de la perfección. Da igual que Rossen ponga el énfasis en el ring o en la mesa de billar: el instinto es el mismo, la voz es la misma. Se trata de hombres amorales o de una moralidad de contención, pintada del color del dinero o de la épica de la supervivencia. Pícaros, tahúres, enfermos de amor, desencantados, villanos domésticos, pardillos y buscavidas sin alma: la abigarrada fauna que Rossen emplea en ese teatro gris que es la mesa del billar, territorio mítico y metáfora soberbia de la vida. El tahúr está enamorado de su manga.

Personajes secundarios absolutamente imprescindibles: el "toro salvaje" Jack LaMotta, que hace de barman; George C. Scott, como esa especie de proxeneta del taco; Piper Laurie como la autodestructiva dama enamorada del perdedor Felson...Jackie Gleason nunca estuvo mejor. Piper Laurie lo borda. Paul Newman (qué riesgo escribir esto) hace el mejor papel de su vida.

22.4.19

Galería de favoritos 79 / El ángel exterminador / Luis Buñuel (1962)



"Durante el rodaje de «Viridiana» me encontré con el escritor José Bergamín, quien me dijo que se proponía escribir una obra de teatro con el título de «El ángel exterminador».Yo le dije que era un título magnífico y que si iba por la calle y lo veía anunciado, entraría a ver el espectáculo. Como Bergamín jamás escribió la obra, le escribí pidiéndole los derechos del título. Me respondió que no necesitaba pedírselos, pueto que esas palabras aparecían en el Apocalipsis." Así explicaba Buñuel el origen del título.

Tiene algo de inglés o debiera tenerlo. En todo caso, El ángel exterminador es una película europea, aunque se pensase y grabase en México. La historia que cuenta (una historia dentro de otra, una especie de bucle anárquico, paradójicamente) se hubiese realzado más si los actores y el escenario hubiese sido eduardiano o la hubiese escrito Wilkie Collins o la mismísima Agatha Christie, pero ninguno de los dos era surrealista y hubiesen terminado por arrojar el libreto a la chimenea mientras se acababan el té. 

El servicio de la casa de la calle Providencia se va, la deja sola. Llegan los señores. Han estado en la ópera. Tienen ahora que contarse cómo fue, expresar lo mucho o poco que disfrutaron. En cuanto se dan cuenta de que no pueden salir de esa habitación empiezan a envilecerse. No lo hacen inmediatamente: van cobrando peso el pecado y la culpa y llega un momento en que no hay nada de lo que fueron cuando entraron en la habitación. Son otros, actúan como otros. El hecho maravilloso es precisamente ése: la demolición de las convenciones, su reemplazo por otras más atávicas y viscerales. Lo que no nos cuadra es lo que de verdad importa: un oso paseando por la casa o la piedra arrojada a la ventana. Tampoco deseamos que salgan. Cuando lo hacen, no nos sentimos aliviados. Hubiésemos preferido que la tragedia (un poco de comedia, un poco de farsa en ella) durase más. De ahí que vuelvan a quedar encerrados cuando, al dejar la casa, van a misa y comprueban que no pueden salir de la iglesia. 

El azar no obsequió a Buñuel con la fe: tampoco convino. Esa suerte de intolerancia en materia teológica conformó una obra única que vino a representar, en parte, el convulso panorama político e ideológico de la España de la que Don Luis fue forzado a huir. Todo ese agitado ideario de apostasía militante y anarquía estética tienen están formidablemente escritas en El ángel exterminador, que vale tanto como vehículo estrictamente cinematográfico que como perfil de una personalidad compleja tallada en la adversidad y en cierta escuela de libre  y creativo pensamiento ( Lorca, Dalí, Alberti ).

La habilidad enorme de Buñuel (y el riesgo infinito que contrae) es hacer verosímil una situación enteramente absurda, rayana en la sinrazón: un nutrido grupo de comensales, invitados por los burgueses Nóbile no pueden (de forma literal) salir de una habitación por más que ninguna evidencia física les impida un acto tan elemental y simple. El curso natural de esos días de encierro les reviste de un salvaje instinto de supervivencia que choca frontalmente con el protocolo y las educadas y civilizadas maneras que exhibían antes del desquicio de la situación.

El ángel exterminador es la crónica de una naufragio. De hecho la obra en la que libremente se basa se llamaba " Los naúfragos de la calle Providencia", nunca escrita, pero prefigurada en la mente de Buñuel y de Luis Alcoriza, su mano derecha en toda la experiencia mejicana. Y debemos entender la película como un naufragio y cómo los supervivientes deben aprender a comunicarse para lograr salir del encierro y abandonar la isla / la habitación. Hubiese sido mejor hacer la historia en Inglaterra (contaba Buñuel) por cuanto la sociedad allí es extremadamente educada, en un sentido aristocrático del término, y toda esa educación y refinamiento convenía muchísimo a la trama del film, que venía a ser la simple idea de que, en condiciones adecuadas, el ser humano es capaz de lo más perverso, aunque se le atribuyan ( por naturaleza, por cultura ) las cosas más sublimes. Nada nuevo.

El ángel exterminador es un retrato de la decadencia humana, pero tamizada o enriquecida  por evidencias surrealistas. Quizá el pánico, el temor a la muerte o la soledad sean residuos de una forma surrealista de entender la realidad. Hay filósofos cuya absoluta escritura gira en torno a la idea de lo absurdo que es la muerte: la vida es una inercia, vivir es un continuo, y no un continuo que puede ser (ilógicamente) fragmentado, mutilado. Los invitados son seres deplorables, superiores en un sentido casi nazi del término: todo el esfuerzo de Buñuel escudriña hasta lo imposible el aborregamiento de una aristocracia culta, embebecida y altanera, que desprecia toda forma ajena a su beneficio, a su estricto protocolo.

Puede parecer una tomadura de pelo a quien asista a la película con un exceso de espíritu crítico (o cinéfilo). Hay que querer ir más allá y entender que Buñuel hizo una bufonada, una astracanada, un descenso al bochorno de que el mundo tenga gentuza encopetada que mira de refilón a los demás por el mero hecho de se distintos, inferiores, a decir de ellos.

Se puede ver El ángel exterminador como broma donde la dramatización es mínima (esto me lo contó mi amigo Francisco Machuca).Todos los personajes se resignan, en el fondo, al cautiverio que les ha tocado. También los que están afuera se resignan, parece decirnos Buñuel. El conformismo hace que la sociedad no cambie, cuando debiera cambiar a diario, aunque fuese imperceptiblemente. Vista anoche nuevamente, pensada otra vez, me fascinó como la primera ocasión. Asistí con credulidad al espectáculo de la alienación. Vi con absoluto pasmo el decadente escenario al que hemos llegado,  el ensimismado refugio de la gente ocupada en ella misma, sin la menor traza de ver qué hay más allá de sus narices, por si algo de ese allende pueda sobrecogerles o hacerles pensar en el otro, en el amor o en el sufrimiento ajeno. También creí entender (eso es nuevo, no fue algo que supiese antes) que la poesía será la que nos salve. La poesía como un instrumento que no sabemos usar, pero del que no podemos deshacernos si deseamos entender algo o entendernos mínimamente. 


21.4.19

En tiempos de luz



Siempre estuvo mal vista la luz. Se la reprendió cuando en alguna ocasión, se la llamase o no, acudió a iluminar lo que andaba a oscuras. Se tiene de ella la idea de que fue siempre a contracorriente, luchando contra quienes la miraban de reojo, por temor a que todo se viese a las claras, por ese temor ancestral de los que detentan el poder a que los demás pueden acceder a ese desempeño. No hay religión que no se haya protegido de ella. Cuanto más se ven las cosas, menos funcionan los mitos. No hay orden político que no la haya tenido en vigilancia y en custodia, si hiciera falta. Por otra parte, no hay progreso humano que no haya contado con ella, ninguna manifestación del talento del hombre se hizo a su espalda, sin contar con su inestimable concurso. En épocas de antaño (y no hace tanto, no se olvide esto, no hace tanto) la luz era la primera a la que se ponía en entredicho, no se le daba crédito a los avales con los que se presentaba. Nada de cuanto hubiera hecho tenía validez para que acometiera la empresa de hacer cosas nuevas. La novedad no es bien recibida. No hace mucho tiempo de todo esto. La oscuridad sigue ganando adeptos, los fideliza con sus cuentos de suspense y de intriga, con su novela de banderas y de sangre. No es igual prender la luz que prenderla. Acudir a ella para que alumbre que arrestarla. Ahora que vienen días de barullo político antes de que vayamos a meter la papeleta en la urna (sublime ella, que no falte nunca) habría que recordar el peligro de que nos quedemos a oscuras. Que todo lo que hemos construido se venga abajo y tengamos que comenzar de nuevo. Que los bárbaros y los ignorantes hagan prevalecer la barbarie y la ignorancia. Que tenga predicamento la apatía. Que si unos pocos prefieren la precaria luz de unas velas no tengamos que renunciar a las bombillas.

Galería de favoritos 78 / Sunset Boulevard / Billy Wilder (1952)




1. "Sigue siendo maravillosa, ¿ verdad ? !Y sin diálogos! "


La historia de Sunset Boulevard está narrada por un muerto al que vemos nada más hilarse la trama flotando en una piscina historiada de una mansión de Hollywood.  El muerto se llama Joe Gillis (William Holden) y es la voz en off del escritor de segunda fila, comido por las deudas, que se refugia accidentalmente en la mansión de Norma Desmond (Gloria Swanson), una diva del cine mudo, enajenada, alimentada por la nostalgia y psicótica en su decadente soledad. 

Sunset Boulevard, aquí El crepúsculo de los dioses, es un tesoro para el devoto coleccionista de imágenes del Séptimo Arte. A Scarlett O'Hara de Lo que el viento se llevó jurando con una puñado de tierra en la mano alzada, contra el ocre horizonte, jurando que no volverá a pasar hambre o al Rick de Casablanca con el inspector francés consintiendo el principio de una gran amistad mientras un avión parte en la niebla, sumamos a Norma Desmond bajando la escalinata de su imponente casa para ser detenida por la policía entre flashes y focos. Como una diva en un festival de cine. Antes hemos visto un travelling antológico: una caravana de coches de policía que se acerca a la mansión con esa voz en off relatando: "Sí, esto es Sunset Boulevard, Los Ángeles, California. Son alrededor de las cinco de la madrugada. Es la brigada de homicidios, completada con detectives y periodistas. Han informado de un asesinato en una de esas enormes casas de la manzana 10.000. Podrá leerse en las ediciones de la noche, lo dirán por la radio y se verá en la televisión porque una vieja estrella está implicada, una gran estrella... ". La voz se detiene ante su cadáver, en la piscina. Nunca antes el cine se había atrevido a contarnos el final con tanto explícita crudeza: el protagonista es el muerto.


2. "No necesitábamos diálogos. ¡ Teníamos rostros ! "


Wilder tenía, en palabras de William Holden, cuchillas de afeitar en el cerebro. Igual convenían para sacar a flote la película, que nació silenciada y se grabó en secreto. El director engañó a Meyer, el productor todopoderoso del Hollywood de la Metro y del glamour, diciéndole que era otra, y con otro argumento, la que estaba siendo filmada. La razón proviene de la propia naturaleza transgresora del film y de su propósito carnalmente homicida, canibal casi. Narraba el ocaso del cine mudo y se cebaba de forma ácida y sangrienta en los modos de Hollywood, en sus patéticos códigos de vida y en el anquilosamiento de la industria del cine, que prefería no arriesgar por mor de la corrección política y del agrado del nunca demasiado exigente público.

El guión de Wilder y de Charles Brackett pervierte la estructura clásica de la escritura cinematográfica. Quizá por primera vez de un modo tan contundente. No es sólo el hecho de que sea narrada por quien ya sabemos que ha muerto sino también por la voluntad de hablar del cine dentro del cine y de hablar con acritud, ásperamente, sin pelos en la lengua. Esta metalingüística, formidablemente desarrollada después por los hermanos Cohen en Barton Fink, se refuerza con la inclusión acertada de pesos pesados del cine mudo, préstamos generosos, para dar más verismo a lo contado. Está Erich Von Stroheim (mítico director alemán de la cinta Avaricia, 1.927 y Cecil B. de Mille, padre en nómina de ese cine primerizo que salía del laboratorio para inundar pantallas, que aquí hace de sí mismo, cómo no, con su natural y curioso modo de vestir, botas altas y ademanes de cazador en un safari).


Salpimentado de fatalismo, el guión es puro cine negro o cine negro aligerado con un drama griego, aunque Wilder aligera algunos tópicos de uno y de otro y se convence de que quizá un retrato muy impúdico de Hollywood, que él conocía bien por su etapa de guionista, podría no convenir para que el film tuviese el beneplácito de los jefes. Su osadía consiste en abofetear al Hollywood clásico, aristocrático y fetén y no se arredra Wilder en tirar de repertorio también clásico y aristrocrático y así asistimos a una partida de cartas asombrosa con Buster Keaton de jefe de naipes o los ya citados Von Stroheim o De Mille. La sordidez en lo narrado o el continuo recurso del flashback, una novedad en la forma habitual de contar las cosas en el cine de entonces, dan al film un tono artístico: como si Wilder hubiese notado que aquel material, en sus manos, podría revolucionar la Historia del Cine y apartarse del común producto del mainstream de la época.

No hay nada escabroso en la relación sentimental de Norma y Joe: el esplendor de la diva, su creencia en que ese brillo todavía late, y el fracaso del guionista (otro guiño a la mediocridad del guionista mercenario de los peores films de la propia Metro en la época) no adquieren nunca una entidad autónoma, sólida. Norma es una víctima de la tecnología (luego el video mataría a la estrella de la radio o el instagram suplantaría las portadas de las revistas de glamour, pero eso es otra historia) y se recluye en una mansión: se ata a la viejas bovinas con sus películas famosas, se embadurna con todos los aceites del mundo. La cosmética, el maquillaje, nos informa del verdadero trastorno de Norma Desmond: no es el cine, no es el abandono del ruido de los flashes y de las claquetas, es el tiempo, el inaplazable, ése es el que causa el desquicio. Los años han devastado su cordura. Vive con quien fue su primer marido y que ahora es el mayordomo perfecto, cínico y eficiente. La llegada de Joe, que representa el mundo exterior, destapa su ansias dormidas por reverdecer la fama fugada, el ruido de los flashes y de las claquetas, el tiempo recuperado tal vez.


3. "¡ Aún soy grande; es el cine el que se ha hecho pequeño!"


El crepúsculo de los dioses, junto quizá a Ciudadano Kane, es la película que más bibliografía ha suscitado. Wilder quiso a Greta Garbo, pero ya retirada, rehusó el ofrecimiento. Mary Pickford, otra gloria silente, exigió más de la cuenta. Quería un biopic al uso y un film sobre el ocaso de un arquetipo. Mae West, aquella lagartona ávida de machos, alegó que ella era más joven que la Norma Desmond del guión. Gloria Swanson, empujada por George Cukor, fue la elegida. La transición del mudo al sonoro la llevó mal y se retiró a vivir de las suculentas rentas apareciendo en teatro, en radio o en la nueva reina, la televisión. Para Gillis, antes de Holden, desfilaron Montgomery Clift, que adujo que sus fans, legión, no le perdonarían que flirtease en pantalla con un esperpento arrugado. Fred MacMurray, del agrado de Wilder, fue rechazado por Meyer. Gene Kelly no vio una película de estilo reconocible en su vertiginosa carrera. William Holden no era considerado por el director un actor competente. Incluso en una revista le atacó frontalmente diciendo que era un mediocre actor de serie B, pero acabó aceptando y se rindió ante su soberbia interpretación. Pero entre todos, es Gloria Swanson la que da sustento dramático al film: la que lo mantiene intacto, quien ha grabado en nuestra memoria de cine su cara estirada, sus gestos de loca exquisita, el glamour y el patetismo, la locura sublime y también el amor olvidado. Bette Davis hubiese sido una Norma Desmond fantástica, apunto yo. El repertorio de matices gestuales de la Swanson es el inventario habitual de todas aquellas actrices del mudo, que decían con una mueca lo que luego necesitaba dos verbos y nueve adjetivos. Su desfile perfecto de tics ha pasado a la historia del cine.

4. "Fuck you"

Una curiosidad: El crepúsculo de los dioses (O Sunset Bouleard, como se prefiera) tuvo un pase privado previo a su distribución. Es lo natural. Louis B. Mayer, el jefazo de la Metro, se acercó a Wilder y le espetó: " Usted, cabrón bastardo, ha desprestigiado a la industria del cine. La ha arrastrado por el lodo. Ha mordido la mano que le convirtió en alguien y que además le dio de comer. Deberían alquitranarle, emplumarle y arrojarlo del país.". Wilder sólo le respondió: "Que te jodan".
Otra: La idea primera de Wilder era hacer que la película comenzase con el cuerpo de Joe Gillis en el mortuorio, debajo de la sábana,... hablando. Fue convencido por parte de Buckett, su alter-ego en la escritura, que aquello iba a hacer que todo fuese tomado a chacota.
Addenda o posdata o lo que faltaba: sólo por la imponente bajada de Gloria Swanson por la escalinata cuando va a ser detenida vale la pena la película. Esa imagen perdura en la memoria de este escritor como el cielo azul o como la luna recortada en los tejados de mi casa. Sabemos, encima, que ha matado quizá para que por última vez los focos la miren y los flashes de los periodistas parpadeen como balas. Leí que todos los reporteros de esa escena no eran actores, sino reporteros auténticos.

Coda
Y luego está el muerto formidable, el cadáver parlanchín, que da en su parlamento un ácido repunte de sana ironía, de crudeza limpia.

20.4.19

Galería de favoritos 77 / Tubular Bells / Mike Oldfield (1973)



Se le tiene a Mike Oldfield el afecto suficiente como para que no se vea comprometido por ninguna de las flojedades con las que suele ocupar el espacio creativo en el que fue un absoluto maestro. En mi caso, se lo perdono todo. Da igual que haga un disco de cumbias o uno de tradicionales irlandeses tocados con ukelele o que se autoplagie sin que exhiba una brizna de rubor, por desperdiciar el talento. De hecho no hay ningún disco suyo que no haya escuchado con reverencia, apreciando los destellos de genio y, en la misma medida, repudiando (con más ímpetu, con mayor ardor) las partes blasfemas, todo lo que nunca debería haber hecho y que, sin embargo, hizo. En lo personal, sigo en ese hilo de las cosas, Mike Oldfield fue una especie de sacerdote en esa religión primitiva y sensorial en la que uno entra cuando deja la adolescencia y acomete la edad adulta. Hubo una época en que existía este disco en un lado de la balanza y todos los demás, por buenos que fuesen, en el otro. Creo haber escuchado cien veces (cien son pocas) Tubular Bells. En mi casa, teníamos hasta sesiones de audición. Nos sentábamos en la mesa camilla de mi dormitorio (era amplio, tenía sitio para ese esparcimiento) y poníamos el disco. Mi amigo R, dijo en cierta ocasión que el final de la parte primera debía haber sido colocado al final de la segunda, asunto de la mayor importancia que yo asentí sin que me temblara la devoción ni flaqueara mi adoración absoluta. Se adoraba a Mike Oldfield por razones que no pueden explicarse. Fue la primera obra completamente instrumental (hay graznidos y grullidos, hay carraspeos y sorbidos pero eso no entra en el capítulo vocal, con letra y peso lírico) que yo escuché. Todavía no conocía a Stravinski ni a Mozart. No tenía ni idea de que existía Beethoven, salvo las obligadas escuchas en el instituto, cuando la profesora de Música nos ponía fragmentos de la novena y se exponía en el entarimado, entre arrebatado de éxtasis puro y comprometida con el orden de la clase, que n0 comprendía los fulgores del discurso sinfónico, ni falta que hacía en aquella edad dorada, tan revolucionaria e ignorante. Mike Oldfield fue el primer Mozart o el primer Shostakovich. Todavía hoy pienso en esa idea cuando se me ocurre escuchar Tubular Bells. Lo hago con frecuencia, no dejo mucho tiempo entre una escucha y otra, y en todas sale esa anuencia agradecida, la de la pedagogía, como si Mike Oldfield hubiese sido la puerta que me hiciese acceder a otras muchas. como si Tubular Bells hubiese sido el principio del amor a la música. 

El disco era inagotable, no se cerraba por más que se lo obligara; no cansaba, por más que se forzara. Hay veces en que uno entra en un disco o en un libro como el que entra en una catedral y se deja abrumar por la piedra o por la altura incontestable de las bóvedas. Tubular Bells es una catedral del siglo XX. Una a la que se accede con la reverencia de lo sagrado. No hay año en donde yo no peregrine a su interior y me postre al modo en que el feligrés lo hace ante la cercanía pristina de sus dioses. La liturgia no precisa una disciplina excesiva. Ninguna que provenga del corazón la precisa. A mí, en los treinta que llevo escuchándolo con absoluta devoción, no se me ha presentado jamás esa necesidad. El disco, a diferencia de tantos que se ajan con el tiempo y exhiben sus malas costuras, a pesar de lo buenos que nos parecieron de primeras, se ha mantenido maravillosamente íntegro en estas convulsas décadas. No me interesan (o lo hacen a título de curiosidad) las campanas posteriores, todos los discos que el zorro de Mike Oldfield hizo para que las monedas siguiesen tintineando en el fondo de la taza. No me interesan más allá de la memorabilia a capricho de coleccionismo. Ninguna de las razones con las que se pueden componer el elogio perfecto entran en las que convoco para justificar mi amor por las dos caras de este disco pletórico, inmarcesible, referencial. Amor puro al que no se puede sobornar. Gloria al glockenspiel.

19.4.19

La lluvia




Ha arrancado a llover como si el cielo reventase ahí arriba y dejase caer cada pedacito suyo. Ni siquiera es agua lo que cae, sino ruido. En casa, asomados a las ventanas, contemplamos el prodigio de la lluvia como si no hubiese ocurrido antes y fuese ésta la primera vez y diese miedo que llueva. La luz se ha entenebrecido y no sería de extrañar que irrumpiese la noche de cuajo. Ahora se oyen truenos. Es el mejor día de todos los días posibles. Lamento y comprendo que otros no compartan esta inclinación mía. En ocasiones, he dicho que ojalá me hubieran nacido cántabro o gallego. Soy un ser pluviométrico. Creo que me crezco cuando el cielo cae sobre nuestras cabezas, como decía mi adorado Obélix. Cuando escampe (me encanta la palabra más que el mismo hecho que evidencia) no saldré a la calle, no hace tarde de salir a la calle, pero lo he hecho otras veces y he paseado las calles con el olor a lluvia recién caída y he sentido que el mundo empezaba a girar de nuevo. No es algo que uno sepa explicar; de hecho no hace falta que deba explicarse. Las cosas que se aman no se explican, sino que se dicen y que cada uno saque la consecuencia que le apetezca. Cuando llueve como ahora me dan ganas de poner un disco de Wim Mertens. No tengo ni idea de cómo funcionan esas cosas. La cabeza va a lo suyo, como la lluvia.

Galería de favoritos 76 / Ignatius Reilly



"Cuando un verdadero genio aparece en el mundo, se lo reconoce por este signo: todos los necios se conjuran contra él".
Jonathan Swift

Ignatius Reilly tiene un pijama de franela y lee filosofía medieval en la cama mientras su señora madre le prepara unos huevos con bacon y le anima a que se levante y busque trabajo. Ignatius no se cosca, no se da por aludido, elude cualquier responsabilidad que le distraiga de su verdadero oficio, que es la holganza y la cruzada contra el género humano en general, incluyendo a quienes han padecido irritación de colón y los que no, a los que han leído la Biblia en latín y los que no la han leído en ningún idioma, a los que gimen y a los que ríen, sin que exista consideración que pueda salvar a ninguna de esas individualidades de su verborrea desquiciada e intelectual. Su padre, John Kennedy Toole, se suicidó a los 31 aplicándose el humo del tubo de escape colado por la pequeña ranura que dejó en su Plymouth. Era 1969. En 1981, La conjura de los necios, la novela que causó el sacrificio, se publicó y se hizo una pequeña (irrelevante) compensación estética o moral o intelectual. Las novelas nacen siempre sin certezas. No ya la de los lectores, que es un escrutinio soberano, sino sin la de la imprenta. Nacen, se difunden entre amigos y no prosperan, no alcanzan ni siquiera la balda más humilde de la librería más pequeña.

Ignatius Reilly tiene un vocabulario formidable. Lo emplea con absoluto magisterio, no incurre en expresiones usuales al vulgo y se empecina en que ninguna traba, ni lingüística ni de otra índole, le aparte de la gesta literaria de su Cuaderno Gran Jefe, en donde consigna sin vacilación ni flaqueza, la demolición de la sociedad tal y como la conocemos, arrogándose el noble título de Historiador Único de esa circunstancia. La rueda de la fortuna había aplastado la clavícula de la Humanidad, escribe gozosamente, aplaudiéndose él mismo (esto es magnífico, se apresura a decir entre línea y línea) y exhibiendo su propia condición humana: glotona, desquiciada, enciclopédica y, las más de las veces, misántropa o, más afinadamente, con más alegre denuedo, misógina. Por lo demás, Ignatius es feliz en su desacato al orden, en su vida beligerante y anárquica. Todo lo confía al ingenio lingüístico, a todo le impregna su cinismo, que es una extensión culta de su inmadurez. Ignatius, a pesar de las facultades con la que fue alumbrado, es un paria de la sociedad, uno de esos espíritus sin ocupación que pendonean aquí y allá y únicamente necesitan que se les alimente (ahí tenemos a la madre, peculiar donde las haya) y procure las atenciones domésticas más rudimentarias.

Ignatius tiene por cabeza un globo carnoso al que aprieta una gorra verde cazador. No habiéndose cortado el pelo cuando debió hacerlo, carece de orejas, tapadas por la abundancia capilar y por las orejeras de la dicha gorra. Un protuberante bigote negro lo hace mayor, pero los ojillos delatan una infancia sin acabar, asunto de la mayor importancia en el deambular quijotesco del personaje. Unos generosos pantalones de tweed disimulan las carnes fondonas. La camisa, franela del mismo hilo que el pijama, hace que sude copiosamente, más cuando arrecia el calor de la primavera o el rugido feroz del inclemente verano. Por lo demás, Ignatius cumple con Dios y con las modas, a decir del propio Toole, su padre. No sé de dónde saca que ese atuendo, el descrito (franela, gorra con orejeras y recio pantalón de tweed) cree la impresión en quien lo mira de que estamos ante un personaje de rica vida interior. Siente desasosiego a poco que las variadas circunstancias lo cercan, de modo que reclama que su madre lo transporte a casa y lo libere del tráfago de la gente común, que no está a su altura y de la que en mayor o menor medida rehúye. El barrio francés de Nueva Orleans está lleno de gente de poco fiar. Gentuza podría la palabra idónea, la que más cuadra en la composición de este enfoque rápido sobre nuestro sujeto.

Ignatius tiene la debilidad de la carne y acomete con fruición un poco ya desmotivada las satisfacciones que le exige. Se alivia a mano, cuando puede, sin que esa desviación del recto proceder, según diría su madre, le cause mayor perturbación. Le preocupa más su vientre abombado, que le dará un susto cualquier día, a poco se descuide o incluso haciendo caso de los consejo maternos y comiendo a las horas pensadas y no permitiendo que toda esa basura de hamburguesas y perritos calientes le perfore el estómago y le haga engordar lujuriosamente. Un medievalista como él podría prescindir de los peajes del cuerpo y valerse únicamente de su privilegiado cerebro, pero no hay manera de que ese anhelo metafísico se cumpla, no es posible librarse de las ataduras de la carne sin que su adorada cabeza se vea seriamente afectada. Oh Fortuna (dice en un tramo de la historia), oh Deidad Ciega y Desatenta (grita) dime qué murmuras sobre mí, atado estoy a tu rueda (recito de memoria, no será así el comercio de las palabras), no me abandones, cumple conmigo, hazme sentir la bondad de tu gracia, etc.

Ignatius no sería Ignatius sin el patrullero Mancuso y sin su novia Myrna. Tampoco sin su adorada madre, Irene. Ellos tampoco serían quienes son (Mancuso y Myrna e Irene) sin el atribulado concurso de nuestro exótico héroe. Con ella tiene la más hermosa relación epistolar que uno pueda recordar en la literatura que ha leído. Mancuso merece texto aparte, por lo hondo de su bonhomía, por sus precarias habilidades profesionales. Hay mucho spin-off en La conjura de los necios, la maravillosa única novela de J.K. Toole, la que le hizo quitarse de en medio, al no verla en circulación. Nueva Orleans es el centro del cosmos. Ignatius es el pequeño demiurgo. Fue Reilly quien mató a Toole, podría decirse. Hay personajes contra los que sus creadores sucumben. Parecería que sucede más comúnmente a la reversa. El autor es el sacrificado, él es quien se aparta y da paso a su creación. Como un dios al que su obra le ha causado un daño terrible o cuyos resultados le parecen prodigiosos o lamentables, no cabe el término medio.