28.2.19

Galería de favoritos 27 / Charlie Parker




Charlie Parker tuvo que ser una criatura menesterosa y frágil, a pesar del corpachón que gastó en su escasa vida. Sabemos su legado: la música y la biografía de un artista absoluto. Sabemos los discos y el mito forjado por los aficionados, la trama de los días de Bird. Según quien escriba la biografía resulta una hagiografía al hilo de la leyenda o un sórdido viaje al fondo oscuro del alma de un hombre contradictorio, embocado a su saxofón, invariablemente tocado por el ala infame de la desgracia, sitiado por el numen y ahogado por la revelación de su don, que lo sacó del anonimato que suponía ser negro en Kansas City en los años cuarenta. Se fue a los treinta y cuatro años, la edad perfecta para construir un mito. No tuvo la suerte de ser un personaje normal como su amigo Dizzy Gillespie, que agotó la vida en Cuba, en Suecia, en los círculos del jazz exquisito, pero exento de la èpica de su amigo. Tal vez hubiese querido Parker desaparecer en el mainstream, tocar en Estocolmo delante de una colonia indecente de pijos con ínfulas de eruditos del bebop, ir de gira en un crucero (se me ocurre que podría ser el argumento de una estupenda película de aire distópico y mucho jazz de fondo).

Como Coltrane, como Evans, entregó su alma al diablo en un cuartucho de motel barato. Si los músicos de blues la entregan en un cruce de caminos, los músicos de jazz prefieren los clubs de luces mortecinas y ruido de cubitos de hielo en el fondo del vaso. Vivió de saxos prestado y locales cutres, pero el pájaro siempre elevaba el vuelo. El genio manumitido de toda las esclavitudes de la rutina, libre, ocupando el aire con su swing, elástico y sublime, retorciendo las notas hasta conseguir una pasta sobrenatural, un loco suicida -lo intentó varias veces - con el don de la ebriedad y de la belleza, ambas cosidas al mismo traje. Un cocktail brutal de toxinas provocó la demolición absoluta de un cuerpo estragado, torpe alojamiento de un espíritu excepcional. Neumonía, ulcera de estomago, cirrosis e infarto posterior: ése fue el dictamen médico, que creía estar viendo un hombre de sesenta años  (más tal vez) en un adulto de menos de cuarenta. El parte médico no registró su amor por el blues, su insobornable pasión por la música del voudeville en Broadway, su incontestable capacidad de improvisar y perderse en la bruma de su talento sin salirse un ápice de la emoción, del absoluto conocimiento de los patrones clásicos que le permitían escaramuzas geniales a los márgenes del tiempo, a la filosofía de la música. "Esto lo estoy tocando mañana", escribía Cortázar en sus labios. De hecho sigue tocando. Hay discos de Parker cada año: su producción es infinita. Como la Jimi Hendrix. Debieron grabar mucho, cantidades enormes de música que era enlatada y dejada para mejor ocasión. Cientos de tomas alternativas, leves variaciones, un soplo de más aquí, un receso en el solo allá. El paraíso del aficionado a Charlie Parker es precisamente esa entrega intermitente, que no siempre es relevante. Así que Cortázar en su El perseguidor lo contó inmejorablemente. Esto lo estoy tocando mañana, esto lo estoy tocando mañana. 

27.2.19

Galería de favoritos 26 / Humphrey Bogart



Fotografía: Richard Avedon



En ocasiones, conviene cierta contención en el rostro, prevenir que alguien confíe en que esa aparente naturalidad de los gestos vaya a facilitarle ningún tipo de acceso. Por eso la dureza, por eso la apariencia granítica. De ahí procede después el ánimo puesto que la cara es espejo de lo adentro y uno afecta indisolublemente a lo otro, aunque haya quien sostenga lo contrario y lo asiente con la ciencia y lo confirme con sí mismo. No hay día en que no encuentre gestos en los otros que después, estudiados en firme, dan crédito a lo que uno sospechaba. Las caras tristes, a poco que las estudias, informan de almas tristes. Las alegres, sin ese gasto psicológico, almas alegres. También hay excepciones, siempre las hay, hacen que vivir sea un asombro continuo. Es en el término medio en donde probablemente podemos encontrar las más entusiastas adhesiones al siempre alentador género humano, pero yo prefiero los extremos. Los prefiero, al menos, en la ficción, en la restitución de una literatura o de una buena historia contada en una pantalla de cine. De Bogart, aquí tan a punto de darte una hostia o de echarse a llorar, quién sabe, en el fondo, me quedo con sus personajes atormentados. Los otros, los más dulces, los rehúyo. Me aportan una cantidad irrelevante de placer, me llenan menos de lo que mis vicios querrían. Al vicio hay que abastecerlo sin pudor, darle esa punzada de lirismo violento, involucrarle en el relato del mal y acostumbrarlo a pensar que siempre hay tiempo de la templanza. Que en el rostro de Humphrey Bogart está el periplo de la entera raza humana. Ahí están los bárbaros invadiendo Roma y el bardo escribiendo el último verso antes de abrirse las venas y la luz precipitando su belleza en las cavernas absolutas del sueño. No vengan a otra cosa. Aquí, en su más elemental disposición, está el hombre. Con su miseria. Con la altura de su corazón. Con toda la evidencia del caos que lo carcome dentro. Con la ternura de los ojos. Vean, por favor, toda la ternura enmimbrada en esos ojos, la punzada del amor, el destello que produce.

La suya, la de Bogey, es la historia de un hombre pequeño con una astilla en el labio.
Hablaba como si masticara algo. Lo quemaron medio millón de whiskies. Lo leí el otro día y no se me ha ido de la cabeza. De la cabeza a veces no se van las cosas irrelevantes. Que medio millón de whiskies y un severo cáncer de esófago se llevara a este tío enjuto, cabezón, huesudo y arrastrado en el habla (hay que poner DVDs en versión original, tirar de subtítulos y disfrutar con su deje un poco gangoso y reptil, por lo de la astilla, presumo) entra en mis planes. Quizá porque habrá cientos de miles de tíos como él que se perdieron en el alcohol y dejaron este mundo temprano. Vi morirse a un amigo que se suicidió a base de gintonics y de blues a media tarde. No es una frase bien montada ni estoy en plan poético; así sucedió. Hoy he pensado en Bogart y en el suicidio asistido que supone ponerse ciego de alcohol desde que abre el día hasta que se despeña en el horizonte. Incomoda el fondo del vaso, perturba. Como si desde allí Bogey mirara y recriminara o pidiera, qué sabe uno, un vaso para él, para recordar viejos tiempos. 

Caso de que Bogart hubiese vivido algunos años más, habría tenido que mantener a su esposa (Lauren Bacall, que ya tenía medios para subsistir ella sola) y a su barman. El chiste no es mío, claro. Bogart tuvo ese aire canalla de chico de barrio que escalafona y se come el mundo desde su estatura pequeñita y su cara de estibador o de camionero: era de esos hombres que, cruzándonos con ellos en la calle, no reparamos en su rostro, en lo que ese rostro puede significar en la historia no ya del cine, sino del siglo XX. Bogart murió de una afección hepática o de un cáncer de pulmón o comido por alguna dolencia enorme y necesariamente mortal: no se veía salida distinta a una vida excesivamente escorada al exceso. "El camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría", escribió William Blake. Yo añado, mosdestamente, que se muere uno joven y sabio, y tampoco la acuñación es mía del todo: es el lema del rock, del pop, del capitalismo consumista y de ese siglo XX que acabamos de nombrar como envoltorio de la vida de este hombre irregular, imperfecto, curtido en mil batallas y conocedor, como pocos, de las artes de la buena vida. Rodando La reina de África ue, junto con John Huston, el único que no se vio aquejado por unas fiebres palúdicas o algo así, adquiridas por la ingesta del agua contaminada de la zona. Ni Huston ni Bogey bebieron una sola gota: se atizaban tragos de bourbon como sustituto de la no confiable agua. Y así vivió, entre la chulería y la modestia, porque parece que era un hombre sencillo, nada ostentoso con su fama, frecuentemente tímido y, en absoluto, embebecido de sí, como otros divos de la época, mucho peores actores, encima. Sus besos fueron considerados siempre buenos o de los mejores, y nunca fue un galán. Su labio partido, con una astilla dentro, le daba una voz profunda, gangosa, como perdida en un vértigo de dolores, pero venía que ni inventada a posta para darle a sus gangsters, a sus fuera de la ley, un aire de fracasado solemne, de héroe pobre que nunca llegará a casarse con la niña rica. Humphrey murió en decenas de ocasiones: no le importaba. ¿ Qué era morir en un film ? Vendrían otros. No estaba, en absoluto, pagado de sí, únicamente por su diálogo con Sam junto al piano en el Ricky's de la inmortal Casablanca o por su cháchara con Claude Rains en la niebla de aeropuerto al final de la cinta tendría un hueco, uno grande, en la Historia del Séptimo Arte, pero Bogey hizo más. Su ruda melancolía ha ocupado cientos de films memorables, cientos de pósters: era como el Brad Pitt, en feo, de los años cuarenta o cincuenta, aunque ninguna chavala quisiera presentárselo a sus padres. Su masculinidad ha alimentado una mitología inigualable: ningún otro actor ha cubierto como él ese sector, ese umbral finísimo entre el tipo corriente y el mito inalcanzable: él fue todo eso y lo fue en grado sumo. Tras ocho vasos de whisky estoy en plena posesión de mis facultades", decía.Esta noche me tomaré un bourbon en su nombre mientras coloco en el DVD El tesoro de Sierra Madre, que da un Bogart puro, perdedor e íntimo, héroe de nuestro corazón más humano, accesible y puro.


26.2.19

La realidad

1
Los datos relevantes son los que trascienden siempre. Oímos la biografía consentida, pero se impide accesar al material íntimo, al vuelo doméstico, al orden natural de los vicios que mueven la sangre. No soy lector de diarios: rehúyo ese contar fidedigno con el que algunos libros intentan venderse. Soy un voyeur emocional, una especie de intruso legal y deseo que el que narra su vida no la estropee ateniéndose a la verdad que la condujo. Escama esa verdad, por narrativa que sea. Prefiero, en ciertos casos, la mentira, un apremio de fingimiento, Soy de los que se turban con la rendición de los excesos y me aturde (me espanta, me aleja) el relato veraz, todo esos capítulos que pueden ser verificados. Por eso no leo muchas biografías. Hay a mano novelas como para morirse en sus páginas. Literalmente. A veces he pensado en eso, en la posibilidad de que la cultura (la literatura, la belleza del arte, en general) ocupen el lugar que no colma lo real, que  la felicidad a la que uno aspira en este mundo proceda únicamente de lo libresco, del épico (en el sentido de heroico, de mítico) universo cinematográfico o novelístico. Una vez suspendida la credulidad, el resto viene solo, en tromba, esplendoroso.  Es más: agradezco que se me suspenda de modo transitorio y se me instale, es un decir, en ese territorio inocente en el que creemos completamente lo que, en otras circunstancias, a ras de realidad, no aceptamos.

2
Fui un disciplinado alumno de Ciencias hasta que razoné la primacía absoluta de la ficción. Es más hermosa la metáfora que la ecuación. Aunque habrá quien sostenga que la realidad se construye metafóricamente y que las metáforas, vistas en detalle, diseccionadas hasta no poder ahondar más, son artefactos lógicos que celan en su interior algoritmos, enigmas vestidos de ciencia, pero extraíbles a un discurso poético, alentados por la magia de las palabras. Si no hay magia, si el asombro no está presente, no hay emoción ni hay aprendizaje. El asombro es el motor que mueve el mundo. Dante se lo contaría a Beatriz y le explicaría la semiótica del amor puro en estos tiempos del facebook. El asombro es el algoritmo que agita las tripas de la máquina, pero la ciencia es la que hace que yo ahora escriba.

3
Hace unos años refería Fernando Savater, en unas jornadas educativas organizadas en un instituto de mi localidad, que la ciencia, incluso la más árida y de más gris envoltorio, debía contar una historia. Que en la propia tabla periódica de los elementos, en su interior encriptado, debe haber una historia. Varias. Sigo pensando en eso casi  a diario.  No es estrictamente un pensar sino más bien un sentir, un hecho emocional que no se maneja por los mecanismos de la razón. Existo por variadas y muy convincentes razones, pero disfruto de esa existencia por la posibilidad de escuchar historias y de contarlas. Vuelvo al argumento inclasificable: al boscoso engendro de mis vicios. No tengo tiempo para asimilar todas las historias que quiero escuchar. Me falta tiempo para hacerlas mías. Es más: es posible que sepa encontrarlo, tal vez dé con la fórmula para estrujar los días, pero carezco por completo de la voluntad precisa para elegir con acierto y no perder el tiempo en toda esa medianía que en ocasiones nos circunda. ¿Todo el tiempo viendo películas de Ford o de Wilder o de Rossellini? ¿Leyendo aCortázar o a Poe o a Musil? ¿Escuchando a Bach o a Petrucciani o a King Crimson? Supongo que no. Espero que no. De esta apología encendida de la ficción y también de la belleza que encierra no se pueden extraer conclusiones excluyentes. No vale, en el fondo, nada ese manto de belleza que nos colocamos si no los acompañamos con otras vestiduras, las reales, las que no tienen nada que ver con las otras. Incluso, como dice K., podemos asilvestrarnos con un capitulito de CSI o moviendo el pie con una pieza de Madonna. Es de hecho mucho más sencillo. Requiere una involucración menor. Estamos destinados a involucrarnos cada vez menos en la realidad. La poseemos, pero no la soportamos. Cansa pensar. El que piensa, como decían Les Luthiers, en un número formidable, pierde. Las propias redes sociales, en la realidad alternativa que proponen, ningunean o anulan la de verdad, la que nos circunda. Cultura para todos en su horario habitual de las dos de la madrugada..

4
A uno le incumben escasamente cuatro o cinco frívolos vicios. Luego la vida consiente una biografía almibarada, triste tirando a muy triste en ocasiones. Adentro el tiempo incendia todas las mentiras. No buscamos la verdad: buscamos el significado. La memoria arde también. Arde imposiblemente. Se quema la infancia, el acné de los quince años, las primeros vuelos del alma novicia. Muere uno siempre en los títulos de crédito. Se advierte lo inapropiado del cásting, la falsa impresión de que algún tramo del metraje produjo asombro o júbilo en el espectador accidental que ocupa el patio de butacas. En el propio intérprete de su causa. Las horas, trémulas, fluyen. La euforia nos hace creer que hemos hecho algo verdaderamente digno de cántico. Mientras tanto las palabras informan de quiénes somos. La piel, el mirar, los gestos informan. Somos las palabras que decimos. Las que escribimos. Una respiración agitada, mineral y cruda, nos abre inextricablemente los pulmones, hace sitio al aire rotundo con el que el vivir nos tiene entretenidos. No hay más. Ni libros siquiera. Venimos solos y nos vamos igual. Estamos de prestado. Conducimos un vehículo que no conocemos y que no nos pertenece. 


Galería de favoritos 25 / Billie Holiday




Cuando nació Eleanor Holiday o Eleanor Fagan, su padre, Clarence, un guitarrista de jazz y trompetista frustado, un pobre hombre, como solía presentarse, tenía quince años. Su madre, Sadie, tenía trece y tuvo que aceptar un trabajo de camarera para cuidar de su hija. Nunca conoció a ese padre: conoció a muchos hombres que la tomaron como hija y ocuparon su lugar en el hogar familiar, que solía ser un cuartucho en la trasera de los bares o una habitación en una pensión barata. Cuando Billie tenía diez años, fue violada por un vecino. “Nunca tuve la oportunidad de jugar con muñecas” dijo una vez. “Comencé a trabajar cuando apenas tenía 6 años”. Fue internada en un reformatorio católico de la que sacó un lejano familiar que pagó las costas de los abogados. Pocos años después, pedía trabajo por locales de segunda categoría como bailarina. Esbelta, guapa, bien formada, no tuvo problemas para engolosinar a los dueños, que veían en Billie el reclamo perfecto para los blancos ricos y para los pobres negros. No duró mucho porque Billie Holiday quería cantar. En Pod's and Jerry's, en el Harlem más oscuro, en la calle 133, consiguió su primer contrato. Unos veinte dólares a la semana. Más propinas. Cuando cantaba "Trav'llin' alone" la concurrencia dejaba de parlotear y escuchaba. Sólo se oía ese tímido y característico ruido de cubitos de hielo tintineando en el fondo del whisky. Hay discos de jazz en los que se escuchan, pero nada como sentir esa pequeña música en un vaso de verdad, en un club de jazz de verdad.

En 1.933 Benny Goodman la vio cantar y la llevó a un estudio de grabación. Empezaba la leyenda. Este primer contacto con el micrófono no evitó que siguiese frecuentando algunos  locales de Nueva York. Iba de la barra al escenario y luego de vuelta a la barra. Tras Benny Goodman, fue la Orquesta de Teddy Wilson la que la adoptó como cantante. Hizo más de 70 grabaciones, formó una orquesta que llevaba su propio nombre e hizo giras por la Costa Oeste con Count Basie y Artie Shaw. Palabras mayores para una chica negra sin otro padrino que su espléndida voz. Sus ídolos eran Bessie Smith y Louis Armstrong. Es la época en que se codea con las eminencia del jazz de la época: Ben Webster, Johnny Hodges, Bunny Berigan, Roy Eldridge y sobre todo, Lester Young, con quien tuvo una relación por encima de las convenciones del jazz, pieza maestra dentro de la historia del género. Probó el cine en una película, "Symphony in black", delante de la orquesta del Duke EllingtonNo muy a gusto como cantante de big bands, empequeñecida con la tromba sonora de la orquesta, decidió probar fortuna sola. Tenía ya avales suficientes como para hacer lo que quisiera. Había desbancado a Ella Fitzgerald como "mejor cantante de jazz" según las revistas del ramo y se la disputaban todos los locales de los EEUU.

Firma con Commodore, un sello selecto, y graba lo que probablemente sean sus mejores canciones. Los nombres que vendrían después serían Norman Granz -el mejor productor de jazz del mundo- Miles Davis, el propio Louis Armstrong, con quien actuaría en una película ( New Orleáns", interpretando el papel de una sirvienta) o la sublime serie JATP ( Jazz at The Philarmonic, de la cual tenemos a mano excelentes discos), reservada únicamente para genios absolutos e indiscutibles. Esta es la biografía estrictamente musical. La accesible en cualquier enciclopedia. Hace no mucho leí una reseña no excesivamente extensa, pero estupenda, sobre Billie Holiday en un suplemento dominical de un conocido periódico nacional. Hay donde acudir, aunque también hay morralla, según he visto.

Detrás está la historia canalla, los episodios que marcaron su personalidad y modularon su voz en esa tesitura triste, en ese abandono dramático que ninguna otra voz ha sabido recrear nunca. En cualquier género. Su premeditaba sofisticación vocal adquiría suspiros, atenuaciones, impulsos, gritos callados, inflexiones roncas calcadas de su adorada Bessie Smith y hasta un matiz casi infantil en el timbre que le daba texturas a veces dramáticas, otras amargas como la muerte y, en muy contadas ocasiones, joviales y festivas.
Mucha culpa de este cambio en los registros vocales la tuvo Prez, su amigo Lester Young, con el compartió jam sessions históricas en Harlem y a quien se entregó para que tutelara su ingreso en el olimpo de las diosas del jazz. Lester la llamaba Lady Day. Billie lo bautizó President, luego, Prez. Ambos, curiosa y trágicamente, murieron el mismo año y víctimas de los mismos vicios. Estupefacientes. Heroína. Alcohol. Cocaína. Todo compuesto farmacológico que pudiera transportarlos fuera de un mundo que no deseaban, pero en el que estaban obligados a subsistir. Hay una canción ( I'll never be the same ) en donde ambos ejecutan las mismas notas. Uno al saxo. Otro con la voz. Gloomy Sunday, Strange fruit y Long gone blues fueron piezas maestras de esta química pura en todos los sentidos, el humano y el anfetamínico. La adicción a las drogas rebajó el caché de Lady Day. Su voz perdía la brillantez, pero el genio tiraba por otro lado y buscaba, en los rebajes, en la creatividad, el nuevo tono, una voz distinta que se adaptara a estos nuevos tiempos. Más míseros, menos glamourosos, adictivos y extraños. Casada y separada tres veces, sufrió maltratos por parte de al menos dos de sus maridos. Uno ( Joe Guy, trompetista ) era cocainómano. El amor que ocupaba parte de sus letras (desamores más bien) no ocupó nunca ninguna parte de su vida. 

Solía lucir gardenias en su cabello mientras cantaba en los clubs, que era donde verdaderamente ganaba dinero. Las compañías de discos la engañaban. Nunca se lucró por los abundantes materiales grabados que hiciera bajo distintas compañías. Con el final de la guerra, llegó su declive absoluto. Curas desintoxicantes en buenas clínicas (pagadas a veces por aficionados ricos, temerosos de que su musa del jazz se les fuese o por otros músicos)  y cuando el dinero escaseaba o nadie se lo prestaba tuv0 la soledad de su habitación, la del hotel que fuese, ese santuario en donde podía beber sin que nadie la molestase. Detenida por la policía muchas veces, Billie Holiday nunca volvió a subirse a un escenario como la Reina del Jazz, pero lastrada por una historia personal que muchas veces superaba el atractivo de su ya afectada y rota voz . La revista Metronome, la biblia del género, la recordó nombrándola nuevamente Mejor cantante de Jazz en 1.945 y 1.946. En esa época, renacida, curada de nuevo, grabó con Columbia los mejores temas de su carrera. Body and soul. Sophisticated lady. I've got you under my skin. En 1.958, con su salud ya irremediablemente pertrecha, regresa a Europa en una gira. Fue un sonoro fracaso. Murió en la habitación 6A1 del Metropolitan Hospital de Nueva York custodiada por un par de policías que debían vigilar que no consumiese heroína. Estaba atada a la cama.




25.2.19

Galería de favoritos 24 / Stanley Donen y Gene Kelly



Ilustración: Ramón Besonías

Uno ama el cine por causas tan sencillas de explicar que nunca se detiene en hacerlo. También hay otras, no las habituales, que no siempre son entendidas, a las que nos inclinamos sin tener razones que las justifiquen. Esas son las mejores. Lo que no entendemos es lo que perdura adentro. Somos menos cartesianos de lo que creemos. De hecho es en el asombro puro, en ese regocijo tan parecido al deslumbramiento que causa el hechizo del amor (hablo de esa primera punzada, en donde existe un verdadero apasionamiento. No hay películas que más adore que las que explican un mundo que me es radicalmente ajeno. Me pasa algo parecido con la literatura. Amar el cine negro es adentrarse en la espesura del alma, en el pecado, en la ración de maldad que no podemos airear en el trajín cotidiano. No matamos a nadie, no se nos ocurre, pero nos fascina que otros lo hagan y alguien se encargue de contárnoslo. Los que no entiendan el poder de la ficción no podrán entender que haya disfrute en la contemplación del mal, en su manifestación sensible, sea cinematográfica o narrativa. En ese hilo de las cosas, junto al cine negro, a su lado, sin que haya mucho que compartan, está el cine de ciencia-ficción y el cine musical. Si tuviera que elegir una escena que representara lo que es el cine cogería la de Gene Kelly bailando bajo la lluvia. No hay ninguna que yo atesore que pueda rivalizar con ésta en alegría pura, también en belleza. Gene Kelly la interpretó con fiebre y no es agua lo que vemos, sino una solución salina, mezcla de agua y de leche, todo para que la cámara registrase con nitidez la lluvia, que no es un elemento dúctil y va a lo suyo. Sin entrar en consideraciones técnicas (el sonido de los zapatos de claqué está amplificado por dos bailarines que hacen lo mismo que Kelly, frente a él, fuera de cámara) Singin´in the rain es una maravilla visual. La mitad de la película es estrictamente musical. La otra mitad es una historia sencilla, resuelta con sencillez. Lo que hicieron bien Stanley Donen y Gene Kelly (ambos dirigen) fue privilegiar los números de baile y elegir piezas antológicas. La vi en un cine de esos de arte y ensayo una mañana lluviosa de sábado. Entré sin estar muy convencido, salí con euforia. Lo maravilloso de que alguien baile es hacerte ver que tú no lo haces. Ni de lejos, ni siquiera sigue uno con fluidez los pasos de Gene Kelly, la manera en que mueve el paraguas, los saltos que da, la métrica casi poética de los zapatos sobre la acera, el matrimonio perfecto de la música con la coreografía. No siempre el cine musical contagia como aquí: volví a ver Siete novias para siete hermanos, también de Donen, no hace mucho, y sentí que no había pasado igual el tiempo con ella. Tampoco importa mucho. Son estados de ánimo. Van y vienen a su antojo. Hay días en que uno se levanta Gene Kelly y el mundo sonríe y todo está ahí para nosotros y días en los que no hay manera de que demos un paso sin que se abochorne el anterior. Ayer, al saber que había muerto Stanley Donen, fui sin dudarlo (móvil en mano, en un hueco entre un bar y otro, una parte del sábado fue de bares) a la escena en la que Gene Kelly se marca ese baile antológico y me hizo sentir bien, sentir mejor, sentir como si la música me invadiera completamente y los pies tuvieran vida propia. No la tienen, no se me puede atribuir ese don, el del baile, al que admiro, aunque lo observe desde una lejanía absoluta, la misma que empleo cuando escucho a Joe Pass tocando la guitarra o leo lo que hacen Humbert Humbert y Lolita llevados de la mano por Nabokov. Hay que admirar el talento ajeno, convenir que la vida que llevamos es mucho mejor gracias a él. Por eso me alegro de que exista Gene Kelly o que el telediario, en su remembranza de Donen, pongan una escena de Charada, una película estupenda que vi después por la noche, en homenaje explícito de Donen a Hitchcock. Se me ocurre que Hitch nunca hizo un musical. Debió ser inapetencia (es posible) o respeto. También ambas.



24.2.19

Galería de favoritos 23 / Frank Sinatra




Hay fotografías que registran todo el esplendor del modelo: captan una esencia, el magisterio de su oficio, cierta voluta invisible de rara perfección que incluso ellos mismos desconocen y que la cámara roba. Hay quienes, gozando de genio, no han sido pillados en un momento de esa vehemencia estética y quienes, no abundando en carisma ni en talento, tienen la bendita suerte de que un fotógrafo, tocado por el numen infinito, los salve del olvido y los eleve, merced a quien sabe qué inargumentables premisas, al olimpo mismo. Esta fotografía de Frank Sinatra en el estudio de la Capitol Records, cantando tal vez Love's been good to me o Angel eyes (que era una de sus favoritas) o I've got you under my skin (la mía) pertenece al muy escaso inventario de obras maestras en las que se matrimonian todos esos elementos infinitesimales que procuran, al final, todos ya hilvanados y en armonía, la perfección misma. Yo no me canso de verla. Además sé que detrás de la foto está la música: la que me ha hecho feliz y me ha entristecido, la que me ha zarandeado y me ha abandonado después sin atenciones, la que me ha dado más que mucha gente con la que comparto conversaciones y gestos. Eso tiene Frank Sinatra, eso (a dentelladas) da la música. No hay vez en que al escucharlo no sienta que todo cobra un repentino sentido. Entiendes lo que antes no, posees la convicción de que no importará perder esa revelación (la de la felicidad, aunque dure cuatro minutos a lo sumo) porque está al alcance, se puede volver a sentir, hace falta muy poco para que uno se impregne de ella y sienta cómo nos rebosa adentro y puja por salir, por el goce puro de las canciones. Las de Sinatra (cientos) son parte mía, me han acompañado en casi cualquier cosa que me haya sucedido, en las alegres y en las tristes. Era la suya la voz del consuelo y de la emoción. Creo que no se esforzaba mucho en cuidarla. Bebía, fumaba y gritaba. Cantaba como hablaba. Esto se aprecia nada más empezar a embocar una melodía. Escuchas a Sinatra y crees que te está hablando. No le suponía un esfuerzo, ninguno. Desde ser el frontman de Henry James y después de Tommy Dorsey en los clubs de Nueva York hasta los casinos de Las Vegas, Sinatra hizo de todo: fue político, fue gangster, fue rey. Para su muerte, pidió que pusieran una botella de Jack Daniel's en su ataud. Bebió una al día (treinta y seis tragos, afirmaba) en los últimos treinta años de su existencia. Hoy, nada más levantarme, he puesto un disco de Sinatra, un recopilatorio. Los domingos son de Sinatra. Huele a café y Sinatra se oye pasillo abajo. Hace un sol estupendo, pero Sinatra era más de las noches, como los extraños de la canción. 

23.2.19

Galería de favoritos 22 / Edward Hopper



Edward Hopper, Autorretrato



Uno quisiera estar solo en ocasiones, solo como están los personajes de los cuadros de Hopper, solo, sin el afecto poético de que existen los otros y que de alguna forma nos confortarán cuando los veamos y pedirán que contemos con ellos para lo que se nos ocurra, las cosas de los días, el apero de las noches, pero no podemos evitar dejarnos embaucar por la tristeza, permitir que nos conduzca y entenebrezca, a sabiendas incluso del mal que su mala administración puede ocasionarnos. Se tiene de lo triste esa percepción decadente, no hay placebo a veces, ni consuelo conocido. Hay tristezas en las que se confía ciegamente. Cree uno que habrá un rédito artístico. Como si esa hondura del ánimo de verdad abriera el numen o lo reformara o simplemente extrajera de su oficio las maneras más nobles, las de más fuste, todas las que sabemos que andan ahí, a escondidas, tutelando la belleza. No sé qué podríamos sentir si fuésemos un personaje de un cuadro de Hopper. Él estaba en posesión de esa inspiración. A lo sumo conocemos la pérdida, la sensación absoluta de abandono, la creencia de que el mundo está ahí afuera, girando, obstinado, terco, y de que nosotros, los que miramos una taza de café en un bar muy cutre de una estación de tren o los que miran por una ventana. Está en Hopper un estado de ánimo que ya hemos tenido. Él viene cuando nosotros vamos. De Louis Armstrong se decía que era capaz de pulsar cualquiera de esos estados con su trompeta. También Shakespeare. A Hopper le pasa lo mismo con un lienzo. La conmoción de la soledad o del silencio o del desencanto se distrae con el atrezzo en sus cuadros. Siempre hay una voluntad lírica, y también narrativa, poderosamente literaria, de que el escenario al cual se vincula la idea misma de la pintura desprenda la misma vida que los personajes que la pueblan. Es el vacío el gran tema y de él salen todos los demás. Uno está a veces vacío como lo están los personajes de los cuadros de Hopper, solo, no sabiendo con certeza qué paso dar después, si ir o pensar en el regreso, sin saber cómo contar a los demás o a uno mismo la dureza del trayecto, toda esa orfandad con la que se encara la consecución limpia de la trama. La pintura de Hopper te hace sentir esa parte que no aflora: gente a la que ves y que, sin decirte nada, te explican todo a lo claro, te susurran al oído, con ternura a veces, la mecánica de las cosas, el modo en que se entrelazan y acoplan, el sentido de la realidad o, en todo caso, una parte de él, la asequible, la que se puede comprender.

Hay cuadros que no son de Edward Hopper y parecen suyos. Cuadros y fotografías y fotogramas de películas y escenas de la vida real. Hay mucho Hopper en lugares en los que no se le espera. Hay también fotografías que le pertenecen sin que sepamos que se valiese de la cámara para contar el mundo al modo en que lo hacía con un lienzo. Lo extraordinario es esa intención narrativa que ofrece una historia de la que sólo sabemos un fragmento, ni siquiera tiene que ser el primero, tal vez uno alojado a la mitad o al final de la misma. Hopper hace cine sin que se hile un fotograma a otro. En cualquier momento podremos observar cómo el hombre sentado en la cama se levanta y recoge con meticulosidad sus cosas en la maleta o se desviste y se afeita morosamente o se asoma a la ventana y escucha el ruido de la realidad que no existe en su habitación de motel. Podemos observar la mujer que mira a través de la ventana el pasar de unos trenes. Imaginamos que desearía ir en ellos. la ventana es la clave por la cual accedemos al paisaje. Porque Hopper es un maestro en convertir en paisaje la habitaciones de los moteles. Un paisaje es un personaje que no reconoce la primacía de la trama, sino que va por libre e interfiere a la trama misma y, en casos excepcionales, se hace personaje y modela el devenir de los acontecimientos como si hablase o decidiera una posibilidad de entre otras. No sabemos nada del inquilino, ni tampoco del lugar en que se hospeda. Es una historia de fantasmas la que vemos. Hopper es el pintor de los fantasmas. Hopper los registra. No existe nada a lo que aferrarnos, no hay nada que pueda iniciar una historia y, sin embargo, ahí están todas las historias; en ese ensimismamiento que exhibe el señor de la fotografía, están todas las ramificaciones posibles. Como si fuese un Aleph, el infinito Aleph que mi temerosa memoria no abarca,  alojado en una carretera secundaria de la América profunda y en la quinta porteña de Beatriz Viterbo que anheló Borges. Se ve todo, a todo se le cursa trayecto, en todo se oficia la ceremonia de la memoria. El pintor de la soledad, le dicen. No sé si es soledad de verdad o lo es sin que acabe por doler. La suya es una soledad reposada, no hiere, no nos hace sentirnos más solos de lo que estábamos, pero infatigablemente nos provoca la sensación de que es nuestra. Somos todos los personajes que pinta Hopper. Estamos en ellos, los entendemos, sabemos qué piensan, nos pertenecen.

22.2.19

Galería de favoritos 22 / Chet Baker




Hasta que no cumplió veinte años Chesney Baker jamás había oído jazz o, al menos, nunca en directo. El deslumbramiento le hizo abandonar su pereza natural, la que probablemente nunca dejaría; entonces empezó a frecuentar a los músicos que habían alumbrado ese prodigio en su persona. De talentoso oído, a juicio de sus profesores del instituto, se inclinó por la trompeta. Antes de ser Chet Baker, estuvo en la milicia, de la que huyó alegando problemas psiquiátricos. Antes de ser Chet Baker, vio a Charlie Parker, ya próximo a morir, y concertó una cita para que el genio del saxo le apadrinara. Parker era el héroe de las jam sessions a las que acudía con el candor de la inocencia y la audacia de quien sabía tener algo bueno dentro. Me pregunto si alguien registró ese encuentro. Lo que sabemos es que Parker lo contrató para una gira por la Costa Oeste que llegó incluso hasta Canadá. Sabemos también gracias a los biógrafos de The Bird que el jazzman consolidado quedó prendado por la versatilidad y sensibilidad del jazzman novato. El aspecto de galán de Hollywood no matrimoniaba con la ausencia de glamour de muchos de los artistas más respetados de la escena del jazz. No podemos poner en una balanza a Oscar Peterson, a Thelonius Monk o a Art Blakey con la prestancia de Chet. Él era el niño bonito, el de los dientes perfectos. Luego se los partieron, pero esa historia vendrá al final. 

Gerry Mulligan se lo arrebató a Charlie Parker para su banda. Chet tiene ya 23 años y Gerry es la puerta al jazz remunerado, a las salas abarrotadas y a las sesiones discográficas. No en vano el saxofonista blanco había tocado con Miles Davis y con Gil Evans. Ahí fue cuando Chet guardó en la memoria su amor por el swing, el género que le había abierto las puertas de ese nuevo mundo musical, para ingresar en el jazz sofisticado y revolucionario del también joven Davis. A finales de 1.953 Gerry Mulligan es arrestado por tenencia de drogas. Chet no tardó en fijar el modelo Mulligan en su ideario de jazzman atormentado, lírico, entregado a las bondades de la vida del artista. Con el tiempo, Baker dejó atrás al maestro, al menos en el campo de las dependencias tóxicas. Downbeat, la revista cabecera en la crítica del jazz en la decada de los cincuenta, le proclamó mejor trompetista. A partir de este encumbramiento, Chet se hace el drogadicto absoluto que fue hasta su muerte. La lenidad de la justicia europea en asunto de drogas, comparada a la de los Estados Unidos, y el atractivo de tocar en el viejo continente lleva al músico a recorrer durante unos años un puñado de países. Que se sepa, España no era foco de ningún corriente jazzística entonces. Distinto caso es Francia, primero, e Italia o Alemania, después. De regreso a América, Chet perdió los dientes. La historia oficial (la que yo he leído en más ocasiones) es la que pone frente a su boca a unos traficantes que querían cobrar por el material entregado. Otra coloca al marido despechado. Ambas son posibles. Incluso coincidentes. Chet tuvo que recomenzar: tenía que adquirir una técnica nueva para soplar en la trompeta. Nunca tocó igual, pero la voz seguía sonando extraordinariamente romántica. Nadie jamás ha cantado como Chet Baker. Ha habido quien ha cantado mejor. Podría escribir aquí decenas de voces del jazz que dejan a Chet en un decente segundo plano, pero su sonoridad era reconocible, personalísima.

Quien ha oído una vez a Chet Baker cantar The thrill is gone o la soberbia My funny Valentine ya no lo olvida nunca. La canta acariciando la melodía, rehusándola a veces, como si la amara y, al tiempo, la detestara, no tuviera nada que ver con ella. La voz se queda registrada en el cerebro y el rescate sentimental la devuelve íntegra, como si tuviéramos el disco en la bandeja del reproductor o (ay) un viaje en el tiempo nos hubiese transportado a algún concierto en vivo. Muy limitada en recursos, su voz era de una textura bellísima, casi un lamento, más cercano a ciertas divas del jazz más lánguido (y no es un menosprecio) que al rudo vibrato de Johnny Hartman o el juguetón scat de Dizzy Gillespie, por citar a colegas de la época. Su promiscuidad tóxica le hizo fatigar submundos que en ningún momento rozaron su línea melódica, su infatigable amor por el jazz y al dinero que pagaba la droga que le hacía seguir tocando más jazz. Al contrario que muchos artistas que se convierten en drogadictos y vuelcan su tormento a sus creaciones, Chet Baker mantuvo hasta su muerte una coherente línea de trabajo y nunca abandonó sus standards, su inclinación por los tonos dulces del jazz incluso cuando arremetía sofisticadas y elaboradas improvisaciones más experimentales.

El arranque de los sesenta lo encuentra en un presidio en Italia. Las idas y venidas a Europa, donde grabó muchísimos discos con un repertorio sorprendente de jóvenes músicos daneses, suecos, italianos o polacos, entretienen su declive, que parece definitivo en 1.970. Durante cuatro años, Chet no existe. Lo imaginamos de hotel en hotel, viviendo en pisos de amigos, de prestado, durmiendo más que otra cosa, bebiendo y chutándose cuando la ocasión y el dinero se lo permitían. El músico ha desaparecido. En 1.974 regresa con su viejo amigo Gerry Mulligan, ya mayor, con esas barbas blancas y esa pose hierática, y Stan Getz en el Carnegie Hall. En 1.988 se cayó en extrañas circunstancias de la ventana de su habitación de hotel, en Amsterdam.

La primera vez que yo vi a Chet Baker fue en una portada de un disco cuyo título no recuerdo. Estaba distraídamente apoyado sobre un piano. Parecía un gentleman, un personaje buscado para adornar una portada, nunca el artista, jamás el genio detrás de la boquilla de la trompeta. La primera que lo oí fue en unas sesiones estupendas que el entrañable Cifu programaba en su Radio Nacional de España. Yo cogía cintas de cassette (recuerdo: TDK, Basf, Scotch) y me afanaba por registrar en tan frágil soporte (el mejor entonces, el más romántico aun hoy) las canciones seleccionadas. Cuando pude, compré los primeros discos. Otro recuerdo que tutelo con mimo fue un concierto que la segunda cadena de TVE  dio en una tórrida noche de verano. Era en color y el trompetista tenía calado un sombrero tejano. Su rostro describía los estragos de su crápula existencia. Me impactó aquel rostro deformado, visiblemente roto por el dolor y por la experiencia. Esta noche (otra vez, no es la primera de esta forma) estoy escuchando una de esas cintas magnetofónicas. Suena ahora la inmortal Milestones, melodía (por cierto) que abría y cerraba la radio del jazz del amigo Cifu. Qué tiempos.

Nadie canta como Chet cantaba. Ni siquiera gente que canta muy bien a lo Chet canta como Chet. En cierto sentido, ni siquiera Chet Baker mismo era fiable haciendo de sí mismo. Tenía caídas considerables, tenía oscuridades en la voz o dentro de su propia cabeza que malograban el esplendor de un talento único, irrepetible. Es que no hay nadie que cante como este astro inestable al que le pudo más el subidón de las hierbas que toda la música que estaba escondida en el corazón de su trompeta. Más personaje que músico a veces, Chet Baker se impregnó de ese aura de malditismo que persigue con frecuencia a los genios de cualquier disciplina artística y no salió indemne de ese fulgor que se arrogó adrede y con el que fue feliz, a su manera, y con el que hizo felices a los demás. Más tarde saltó (o lo arrojaron, quién sabe) de la tercera plata de un hotel de Amsterdam. Estaba en horas bajas, no tenía el oficio de antaño, ese  magisterio antiguo, trabajaba a destajo para pagarse los vicios y, entre medias, a caballo (nunca mejor dicho eso del caballo) entre una sesión discográfica y otra, tocaba en clubs de mala muerte, sin importarle en demasía si podía o no podía tocar. Siguió en la brecha hasta el final. Amó poco y le amaron mucho. No tenía la concentración para buscar el amor de las letras de sus canciones, las canciones de amor de su repertorio cantado, el sentimental. El bello Chet Baker, el Miles Davis blanco, nunca lo tuvo fácil. Nunca fue un embajador del jazz. Hay discos suyos que no merecen la pena, hubo conciertos en los que no respetó al público y salió herido de muerte o muerto sin ambages. En el escenario, era un déspota con sus músicos. No consentía que se saliesen del guión. Él casi nunca estaba en él. Lo de siempre, lo de las necrológicas: sigue vivo, suena cuando uno lo reclama, vuelve a engolosinarnos cada vez que hace que su trompeta hable o su voz, la más dulce que ha tenido el jazz, nos haga salir de este mundo y visitar otros. Él lo hacía a capricho. Se iba cuando lo deseaba, volvía después, más humano, más débil, enfermo. 

21.2.19

Galerías de favoritos 21 / Johann Sebastian Bach








Sin Bach, la teología carecería de objeto, la Creación seria ficticia, la nada perentoria. Si alguien debe todo a Bach es sin duda Dios.

(Cioran)

"Al oír la música de Bach tengo la sensación de que la eterna armonía habla consigo misma, como debe haber sucedido en el seno de Dios poco antes de la creación del mundo".

(Goethe)
Al principio fue el pecado, el peso hueco de la culpa, la baba oscura de los dioses. Luego se construyeron las catedrales. Una catedral se mide por el hambre y el padecimiento de quienes las construyeron y por la fascinación eterna que causa en quienes las miran desde afuera, embebecidos de pequeñez, convertidos en piezas de un mecano gigantesco que no se alcanzan a entender por mucho que crean o descrean. Yo me tengo por un descreído feliz y no albergo sustancia reprobatoria que me aleje de esa idea primaria, pero me inclino todo lo que puedo ante el asombro de las catedrales. Cuando las veo, pienso en el sufrimiento y en la injusticia, en Dios y en el hombre, en la fe y en su ausencia, en la vigilia de los siglos y en la absurda cuenta del tiempo. Y el hecho de que a veces estén cerradas conmueve más si cabe. Las catedrales no deberían cerrar nunca. Como si fuesen cajeros automáticos. Pienso en la belleza protegida, en toda esa opulencia cerrada al público, gobernada por el clero, que es un administrador ciego y torpe. No entienden lo que tienen a su cargo, no saben mucho más del templo en el que se postran que nosotros, incluso nosotros, los que no tenemos la homilía ni la derecha del Padre. Una catedral es una tentativa de infinito, un poema cósmico, un libro en el que caben todas las almas. El hecho de que existan justifica que haya Dios y la salvación sea el reclamo de las liturgias, que se obcecan en las mismas mecánicas frases. No hay frases, no debiera haberlas, debiera bastar el peso de las piedras, su volumen, la antigua nombradía de sus sombras y de sus luces. Bach es una catedral. Anoche pensé en todas las catedrales del mundo. Fui pensando con meticulosidad en las que he visto y en las que conozco de oídas o he admirado en libros o en películas. Bach es el hijo de Dios, su más adorado hijo, el primero y el elegido, una especie de Adán iluminado y fiel. Hasta se puede concebir la idea de que Bach es Dios o Dios es Bach. No creo que esté blasfemando. Nadie que crea en Dios me reprobaría. Se escucha a Bach y se escucha la respiración de Dios. La música religiosa, la sagrada, la litúrgica de la Misa en si menor, ennoblece mi espíritu, poco sensible últimamente. No sé si Bach ya estaba ciego cuando la compuso. Se dejó los ojos anotando las notas a la luz de un candil levísimo, dejó que la música fluyese por su cabeza y murió en la restitución de esa revelación, en la caligrafía de esa epifanía absoluta. A la puerta de todas las catedrales del mundo debiera haber un agradecimiento a Bach. Bach, esta es tu casa, te queremos, podría decir. Quizá un poco descuidada la prosa, pero son otros tiempos. Se inclinarían ante él todos los incrédulos del mundo. Habría legiones de descreídos que hincaría la rodilla y temblarían de gozo espiritual cuando suene Bach. No hay ninguno de esos espíritus que no sienta el esplendor de la música de Bach, su temblor fundamental,; él es el hijo favorito de Dios. Lo entendí anoche. Me vi solo, como alguna vez he estado, en una catedral, da igual cuál, hay alguna que me produjo más zozobra, la de Lugo, que probablemente no sea de las más reconocidas, pero ahí da lo mismo, uno hace suyas las catedrales, las convierte en una extensión de sí mismo, como si hubiese participado en su construcción, como si Dios le susurrara al oído trabaja, trabaja. En la oscuridad de lo insondable, Dios debe mimar a Bach. Él le compone oratorios, cantatas, suites, conciertos para violín, piezas para clave, motetes ...Le mirará y le dirá te amo, te amo, te amo. Una catedral es un cajero automático en el que no tienes que preocuparte del saldo. Bach es una divinidad a la que le convino tener (circunstancias del amor) dos esposas y veinte hijos, algunos de los cuales (eran tiempos duros) le tocó enterrar. No descuidó, apunte frívolo en una divinidad, el buen vino y cantidades masivas de cerveza (hay documentos que prueban la compra habitual de barriles). En lo demás, en lo que le hace humano, Bach fue un tesoro para la humanidad, uno de los más grandes. Tuvo la convicción de que su talento estaba consagrada a Dios y le rindió los tributos más hermosos posibles. El mundo es mejor con su música en el aire. 

20.2.19

Galería de favoritos 20 / Alfred Hitchcock


Ojalá toda la gente retorcida y perturbada del mundo lo fuese al modo en que lo fue Alfred Hitchcock. Gente que contuviese el yo díscolo o perverso o retorcido y lo arrojase, transfigurado, en una creación artística. Gente que antes de desnucar un gato o fisgonear en el correo electrónico de su pareja cogiese un folio en blanco y escribiese un poema de amor o un haiku, aunque marre en la métrica. Incluso estaría más que bien que en un arrebato de maldad se quitasen de encima el pudor y se pusiesen a bailar como lo hace Hitchcock. Da igual que le estallen los botones a la altura de la panza. Es lo mismo que uno perciba que la solución es risible y que más le valdría bosquejar el asesinato de un tipejo en un callejón o planear un crimen perfecto marcando M en el dial. Le queremos tanto.

19.2.19

Galería de favoritos 19 / Frida Kahlo




A Frida Kahlo se le negó el cuerpo. Lo quería para ser madre y no lo fue nunca. Tuvo un cuerpo inútil, a decir suyo, tuvo un cuerpo desobediente. Lo escondió en una cama, lo guardó de los demás, lo miró con desdén y dejó que lo amaran por ver si emergía, por si los amantes casuales lo hacían renacer, todo para que no le tuvieran lástima. Frida era invencible de cuello para arriba, era la mujer valiente en una época en que la valentía costaba más que ahora, pero no alcanzó la maternidad, no se la concedieron. Tampoco la bendijo la salud. Arrastró quebrantos y pesares una vida entera. Se quedó encinta dos veces y las dos se malogró el prodigio de que su cuerpo el cuerpo roto, alumbrase otro cuerpecito limpio y puro. Frida, la enferma, amó a muchos hombres. Los metió en su cama, los empujó y dejó que la empujaran. Diego, su marido de ida y vuelta, el que la admiró y la odió, no logró tampoco domesticar su cuerpo inmenso; tampoco sabemos si hechizó su alma. Ninguna de esas dos partes del todo llamado Frida fueron probablemente propiedad suya. Era infiel Diego Rivera y le aceptaban las mujeres por causas remotísimas, pero no por el atractivo físico. Una mujer despechada, una de sus muchas amantes, incluyendo entre ellas su propia cuñada, dijo que nunca antes se había acostado con una montaña y que no volvería a hacerlo. Pero hay montañas que hablan y cuentan historias fabulosas y pintan cuadros enormes como el nacimiento de un continente, cordilleras que van a la deriva de una vida a otra, de un cama a otra, de un cuerpo a otro cuerpo. El de Frida Kahlo fue una continua deriva, un desquicio del que jamás tuvo orgullo. Quizá por eso se pintó tanto, por aprisionarlo en un lienzo, por decirle quién mandaba. Luego la devastó la gangrena. Era Frida con una pierna menos, era Frida con la imposibilidad de ser Frida completa. La hizo añicos el dolor al que sólo encontró salida con el suicidio. No tuvo suerte en esa destreza, la de quitarse de en medio. Murió en un hospital, sin la épica que ella hubiese deseado; murió para que el Partido Comunista de México le echara una bandera roja por encima, para declarar al mundo lo roja que era y recordar que fue ella la que dio asilo a Trotsky, antes de que lo apiolaran con el beneplácito (o el auspicio) de Stalin.  De esa apropiación que ella no consintió vienen probablemente todas las demás y hoy Frida es símbolo de muchos movimientos, una especie de icono pop, una bandera en sí misma, más tras su finiquito en esta vida. 

Es posible que Frida Kahlo hubiese sido otra pintora (u otra persona, deslindada del arte, quién sabe) si no la hubiese visitado la enfermedad, la postración y el desencanto. La lucha contra el cuerpo no se gana nunca, debió aprender en el curso de los años. Es el cuerpo el que escribe la novela, no el que cree poseerlo, quien sospecha que puede gobernarlo, su dueño aparente. No hay gobierno tal. Vivimos a expensas del cuerpo, de que engorde o adelgace, de que se entenebrezca o brille, de que no sea del gusto del que mira o del propio, de que se ruborice cuando lo tocan o sea un búnker, un territorio cerrado a cualquier intromisión, y a veces (contaba Frida en una carta a una amiga) no hay placer mayor que castigarlo, infligirle una pena severa, la de no comer o la de hacer que no pare de moverse. La historia de amor de estos dos es una historia zoológica, etología pura: el elefante (Diego) no desea ser elefante y la paloma (Frida) se desdice de su condición de paloma. Se quiere ser otra cosa, siempre se desea ser el otro. No hay espejo que devuelva lo que uno anhela ver. Igual por eso el matrimonio del elefante y la paloma se volcó en pintar, en inventar espejos, en hacer que la realidad mute, se transfigure, adopte otro rostro, exhiba otro matiz. Son como dioses los grandes pintores. Yo no he pintado en la vida. No sabría. De mi cuerpo no hay necesidad de contar nada ahora. Se va tirando con él como se puede, se le va inclinando a que consienta mis vicios, se le educa para que no me contradiga en demasía, se le mima en la intimidad, se le dan las atenciones más tiernas, pero al final es un cabrón, uno sin mesura, hace lo que se le place, va donde quiere, me insulta cuando menos lo espero, me intimida a veces, me susurra que es él quien manda, aunque parezca yo el dueño y hasta en ocasiones tenga derecho a decir que lo soy.


18.2.19

Galería de favoritos 18 / Mario Benedetti



Uno lee o escucha de quienes saben que Benedetti fue poeta por obligación, pero fue obrero de cien oficios aparte del dudoso de la poesía, que compaginó con el de cuentista o con el activista de la izquierda, la enfrentada contra el poder en Uruguay, la que lo hizo también exiliado. Lo eligió la literatura a Benedetti, fue el medio por el que podría ser escuchado. En el fondo, no hay otro propósito de más hondura que ése, el de escribir para que se lea. Afuera de esa evidencia casi perogrullesca está todo lo que no es literatura y ahí no está este hombre sencillo, que mira con sencillez y escribe con una sencillez laboriosa, dando la impresión de que te está hablando. Si conoces la voz de Benedetti (yo la tengo ahora en mi cabeza) sus poemas y sus cuentos son recitativos, también su labor de columnista (recuerdo leer cuando joven sus artículos en El País) junto con los de mi admirado Haro Tecglen, en el bar Platanín, a la vera de la Facultad. Suele usar Benedetti el usted para llamar al lector, lo hace sin que suene forzado, no es que ponga es una distancia, ni que le respete más de lo convenido: recurre a ese protocolo porque no sabe mucho, por prudencia, por considerar que lo que escribe camina despacio y necesita su tiempo. De ahí también los versos cortos y hasta los títulos cortos en poemas que a veces son muy largos, pero que en su mayoría son brevedades, como los cuentos, una especie de balance del lugar que le ha tocado ocupar en la vida y desde donde otea y cuenta. Porque Benedetti es un contador, un descreído también en el contar. Que hable del amor no significa que esté enamorado, pero hay mucho amor en sus palabras: amor a la patria (de la que huye) o amor a Dios, en el que a su manera cree poco o no lo precisa. Su vocación es la de aferrarse fuerte a las cosas, su estremecimiento es el de todos, solo que él tiene el don de festejarlo con la música bendita de las palabras. Este extranjero universal, que recorrió los bulevares de medio mundo como si fuesen desiertos, pensaba en su país con recelo, un país a lo lejos, respirando con fuerza, alarmado, un poco roto, pero con el alivio de la esperanza a ras de calle, en las tiendas de ultramarinos, en los desnudos en las camas de los amantes, en las reuniones en las tabernas. Quiso que nadie se rindiera: él no lo hizo. Quiso que amásemos por encima de todas las cosas: él amaba a sabiendas de que el amor es siempre un desquiciamiento, un atropello o un desvarío. Fue el que dijo que cuando teníamos todas las respuestas cambiaron todas las preguntas. Fue el poeta de la mirada tirando a triste. Debía ser el desarraigo, que te come por dentro y hace que no tengas la sonrisa a mano. Aún así, Benedetti exultaba amor y alegría. Lo cantó Serrat (un disco homenaje maravilloso que puso a Benedetti en las manos y en los ojos de muchos): defender la alegría como una trinchera (creo recordar), defenderla con entusiasmo, como si fuese una bandera y dentro de ella hiciésemos patria.

17.2.19

Vicios

Uno se vicia con poco, no precisa instrucciones, ni tal vez destreza más tarde, cuando ejerce ese oficio y lo hace parte suya, como una extensión natural del cuerpo. Se debe tener un vicio, uno al menos; algo con lo que avituallarse cuando arrecia la penuria o el desencanto, un lugar fiable en donde explayarse. Quienes airean sus vicios también estaría bien que contaran con alguno privado, no confesarle. No porque perturbe a quien lo observa o induzca a pensar lo desatinado de su elección, sino por una sencilla opción íntima. Queda a beneficio personal todo lo que un vicio reporta. Tienen mala fama, se les imputan males que no siempre son justos. Poco o ningún predicamento en los que se esmeran en proceder con rectitud, sin desfallecer o haciéndolo con dolor, como si salirse del plan, el de la formalidad, acarrease un dolor mayor del que no es fácil zafarse. Se prestan a contradicción los vicios: en ocasiones consideramos que nos hieren o que nos prIvan de llevar una existencia armoniosa y ordenada. Yo adoro el desorden. Ese es uno de mis vicios. Los otros no interfieren en él: lo apremian a que no decaiga, lo jalean. Cuando he pedido orden, sucede con cansada frecuencia, ha llegado indoloramente, sin que su irrupción, anhelada, fije un patrón y uno se acoja a él y lo fomente. He sido más feliz en el vértigo, en la certidumbre de que uno es lo que es por esas pequeñas elecciones, las decididas y aceptadas, no las que acuden de afuera. Incluso en el orden, en su travesía, se busca esa anomalía. Como si buscásemos una imperfección cuando sabemos que estamos haciendo lo que se espera de nosotros. Hay quien amonesta esta opción, si la percibe: la sanciona por bien nuestro, les mueve el afecto o la amistad o el amor que nos dispensan. Hay belleza en esa ocupación insólita, no frecuente. Ama uno sus vicios. Hoy domingo tengo algunos al alcance. El de escribir es el más gratificante. Ahora no se me ocurre otro más placentero. Cuanto más escribo, más me afianzo en la idea de que la escritura es una extensión insobornable de mi cuerpo. Un vicio público, sí. Los privados, los más acendradamente personales, no necesitan ser registrados. La vida no está siempre en la literatura. En pocos minutos toca ver al Madrid. Uno es tan igual a tantos.

Galería de favoritos 17 / Katherine Hepburn



Fotografía: Richard Avedon, 1955


Una vez me preguntó un amigo si era capaz de escribir en cualquier momento: le interesaba conocer si la inspiración acudía en cuanto se la llamaba o se resistía, si se podía substraer uno de lo que le circundaba y centrarse en la escritura. Recuerdo la pregunta, no qué le contesté. En todo caso, podría hacerlo ahora, si me lo encontrara de nuevo. Le diría que no. No siempre posee uno iniciativa, no concurre el arrebato creativo (pongamos que sea un arrebato) y salen las palabras como si se hablasen, sin que una censure otra y, conforme se escriben, uno perciba que son esas las que más convienen a lo que se desea contar, aunque más tarde haya corrección (yo hago desgraciadamente poca y hasta a veces ninguna, vicio del que no consigo desprenderme) y el texto se mire al espejo y observe en qué flaquea o qué precisa para resultar mejor.  Cuando pude, le hice esa pregunta a Fernando Savater: recuerdo que le hablé de Borges y de Cortázar, por si entablábamos una conversación más larga (que no se produjo, iba con prisas el hombre, no fue cercano como yo habría querido ) y sobre la inspiración, requiriendo yo que me confiase el lugar de donde procedía. Se rió y me tocó el hombro, como si hubiese formulado la pregunta más difícil de contestar de todas. Probablemente lo fuese. Ahí es adonde voy. Katherine Hepburn, de haber sido preguntada sobre el origen de su inspiración, no habría sabido qué contestar. Ella era actriz a tiempo completo, no tenía que hacer forzamiento alguno. No hay otra, no al menos para mí, que tenga el don de la interpretación tan a la vista, como si fuera de las tablas del teatro o de la pantalla de cine también ejerciera ese oficio y no quedase nada de ella, de la persona. Es la actriz absoluta, el regalo que alguna divinidad aficionada a la mentira (la literatura es una mentira consentida, el teatro es otra, el cine lo es en idéntica manera, quizá más acelerada) hizo a la raza humana. Se dedicó a hacer cine cuando otros hacían películas. No tengo constancia de ninguna (no creo que haya visto todas las suyas) en donde se aprecie que sea remisa en su entrega, siempre está espléndida, nadie llena como ella una pantalla. Como me mueve la pasión, no me pongo ahora a pensar en otras que la llenan igual, ni voy a pensar en ellas, disculpad mi obcecación de hoy. También está la mujer detrás de las películas: la que contravino el modo en que las mujeres eran consideradas en el Hollywood dorado (tan de hombres entonces y más tarde y casi aun hoy) o el carácter indomable (como la fierecilla del clásico de Hawks) de su personalidad. Todo eso es un añadido biográfico, que uno conoce pero con el que no se desea contar. Tampoco el amor eterno con el eterno Spencer Tracy. Sólo estoy contando el tamaño de su cuerpo. Ocupaba toda la pantalla. Entera. Anoche (ya tarde, había dormido una siesta indecente) volví a ver Historias de Filadelfia. Fui feliz como sólo es feliz el que profesa no el amor al cine, sino incluso el amor a ciertas películas, el amor a ciertas caras, el amor a cierta manera de andar también.


16.2.19

Galería de favoritos 16 / Lester Young





Hubiese sido un magnífico secundario de cine negro, una especie de Peter Lorre negro con la tristeza abriendo paso a las balas, digamos. Pero Lester Young fue un saxofonista portentoso y no tuvo, que yo sepa, relación alguna con el cine negro. Sí tuvo una atormentada vida, una digna de ser escrita o llevada a la pantalla. Antes de que los títulos de crédito cierren el programa le veremos en un modesto retiro entregado sin rubor a la bebida. Lo mataron la incomprensión (quiso creer que era peor músico que Coleman Hawkins o que los nuevos valores del jazz blanco como Paul Desmond o Stan Getz) el whisky y el racismo. Se sabe que al ser reclutado para el ejército y negarse a ir fue arrestado y torturado por los mandos militares y que jamás aceptó que fue su condición racial  y no la negativa a cumplir el mandato del tío Sam lo que hizo que los mandos se ensañaran con él.  Poco se sabe de su vida, cosa que dificulta la biografía: Lester jamás se tomó en serio la vida pública del jazzman, la de la prensa, y se divertía a su manera inventando historias, contando episodios falsos que el periodista de turno compilaba a modo de nota frívola, a la espera de que en un momento surgiese el apunte sincero. Donde no confundía era en su fraseo, en la fina sonoridad de lo que, más que contralto, parecía un saxo tenor, en su delicada forma de expresar la rotunda vida del aire dentro de ese instrumento rocoso y viril. Pero el Lester Young que a mí me fascina es el que acompañó las grabaciones de Billie Holiday. He imaginado montones de veces (como un pequeño vicio de aficionado al jazz y también a las imágenes que el jazz va dejando a quien se mete bien dentro de su costra) al hombre bajito, armado de su saxo, trajeado como un dandy en invierno, siguiendo la gardenia del pelo de Billie, apostándose a su vera, sentado como esos patriarcas del flamenco hacen cuando sacan el arte en un patio con un aljibe o como lo hace el gran B.B.King cuando saca a Lucille todo lo que tiene dentro. En cierto modo a Lester le pasó un poco como le pasaba: le pudo el amor al dinero, el irrefrenable deseo de hacer giras y de comerse el mundo con su magisterio. Nada que objetar al rey del blues. Se puede ser un estajanovista de un oficio, echarle horas como si no hubiese otra cosa en el mundo, amasar una fortuna (que King repartía entre sus ex-esposas y el fisco) y no ofrecer en el trayecto la imagen de uno de esos avaros que guardan la calderilla debajo del colchón. 

Me fascina también fantasear con el músico de jazz recorriendo el país, de bolos, durmiendo en hoteles baratos, oliendo la cochambre y masticando nicotina, dejando la corbata en una percha de un armario indecente, junto al traje. No he visto todavía ninguna fotografía de Lester sin chaqueta. Está ahi en todos esos registros: erguido, desafiante, tímido en el fondo, pero exhibiendo nobleza, a sabiendas siempre de que su música era un regalo de un cielo que no le bendijo con otra felicidad que estas sencillas manifestaciones de la inspiración. Prefería tocar por libre, con grupos pequeños, a plegarse al criterio de un empresario o de otro músico con ínfulas. Por eso fatigó comarcales, durmió en moteles impresentables y ganó trabajosamente el dinero que lo igualaba con los grandes, con quienes se enfrentaba en sueños esgrimiendo el saxo, sacando repertorio y endulzando (lo suyo era un saxo dulce, una meliflua expresión de vigor, al cabo) el aire con las piezas de otros. Fue Billie Holiday quien le hizo Presidente, ese era su apodo, Prez. En una tierra de duques, barones y condes (decía) hace falta un presidente, y le nombró Prez a título vitalicio. Mientras tanto Count Basie estrujaba al genio y lo llevaba de un estado a otro, colocándolo en un lugar preeminente de la orquesta, pero a Lester le gustaban las pequeñas seccciones rítimicas, los grupos en los que él regentara la construcción de la música y marcara el camino por donde debían ir los demás, pero ni el todopoderoso Norman Granz, el productor de jazz más importante de la Historia, pudo complacerle como quiso y Lester se convenció de que no podría volar como le pedía el talento que amasaba. Daba igual que tocara con el trío de Oscar Peterson o que tutelara la parte operativa, la maquinaria más jazzística del chasis que envolvía el aparato vocal de la inmensa Billie Holiday: Lester Young se sintió un desplazado, sin que en casi ningún momento su jazz alcanzara las cotas que otros (Hawkins, por un lado; Getz o Mulligan por otro) ganaban a pulso en discográficas y en sesiones en vivo de más altos vuelos.

Entre el cool, el bop o el mainstream más orquestal, en plan big band multifacética, Lester Young condujo su carrera a trompicones. Se refugió en el alcohol como Parker o como Baker, como tantos. No le hizo falta entrar más adentro en la lista de toxinas: le bastó la botella, la serenidad complaciente del aturdimiento que produce el alcohol en la sangre, ese estado de sublime precariedad en la que el afectado cierra sus poros al mundo y abre su corazón al vértigo inconfensable del vacío. Se está bien en el vacío, debió pensar. En ese territorio mítico, que cada adicto construye a beneficio propio, Lester renunció a entender el mundo que no le entendía, pero nadie sale ileso de esa travesía insana. La suya concluyó antes de que cumpliera los cincuenta, después de haber registrado piezas inmortales, tras haber malogrado una meteórica carrera de sensibilidad y de honestidad profesional. Stan Getz grabó hasta que ya el cuerpo no le respondía. Me pregunto qué pudo haber sido del Lester Young que él mismo censuró, al que no permitió envejecer y seguir deleitando a los consumidores habituales de belleza. A propósito de todo esto, de la ida y de la venida de las adicciones interpuestas entre la música y la persona que la hace, piensa uno en la terrible maldición del talento, en cómo se malogra el genio puro y se despeña en esos vicios irreparables. Pienso también en el bueno de Dizzy Gillespie, en su inteligencia absoluta en lo concerniente al rumbo que debía tomar su carrera, que viene a ser el rumbo al que debía orientar su vida. Hay una escena maravillosa en Bird, la biografía de Eastwood dejó sobre la vida de Charlie Parker. Se ve a Parker acercarse a casa de Gillespie y tocarle, saxofón en mano, solo en la calle, ebrio de alcohol y de numen, la inconmensurable Ornithology. Dizzy le pide que se calme, le hace ver que tiene a su familia durmiendo y que la calle, a esas horas, no permite estas extravagancias. Quizá por eso Gillespie grabó y tocó hasta la vejez y la rendición de su talento está disponible en cientos de álbumes y en miles de conciertos. Lester no quiso tanto, no era tan exigente con la vida.