30.5.19

Hablando de literatura y de vida en el IES Diego de Bernuy de Benamejí


No tiene uno entre sus costumbre la de que lo agasajen. Las pocas veces en que sucede ese halago se procura corresponder con gratitud, se expresa ese agradecimiento con el mayor esmero posible en el deseo de que dure poco la celebración y finalice el arrullo al que uno accede sin convicción, sin que se crea merecer también. Sólo después se aprecia el alcance de ese festejo. Es entonces cuando más lo agradece, cuando con más cariño lo recibe. Y toda esa concurrencia de pequeñas felicidades suceden a veces. Sucedió ayer. No sólo fue que un buen puñado de alumnos de Bachillerato mantuvieran la atención y preguntaran sobre la cuestión de leer y la cuestión de escribir y uno se sintiera como pez en el agua, hablando de lo que más le gusta y sintiéndose feliz por esa pequeña epifanía. Todas las cosas pequeñas acaban convirtiéndose en grandes a poco que uno piensa en ellas y descubre que el mundo está a salvo, no se va a perder por mucho que los instagrams y los youtubes amenacen el negocio doméstico de sentarse a leer o de coger un hoja en blanco y escribir en ella lo primero que se te ocurra. Así que el día de ayer estuvo colmado de placeres. El programa de Escritores Docentes de la Junta de Andalucía hace algo estupendo: lleva la literatura a las clases, hace que un escritor (uno lo es, aunque solo sea por lo mucho que escribe) se acerque a los lectores. Lo que no podré olvidar nunca es que un escrito mío (una parte de él) se tatuase en la pared de uno de los patios del centro. Estará ahí, hará que algunos que lo vean a diario se cuestionen las costuras de lo real y los pespuntes de lo fantástico, la realidad y el deseo, contando con las incertidumbres de Cernuda. Es gratitud lo que siento. A Antonio Jesús, por el afecto y la conversación, por los Clash y por Watchmen, a Lola, a Toñi  y a Ana, por hacerme sentir como en casa, aunque fuese la primera vez que pisaba ese instituto. Ahora es un poco mío.

29.5.19

Un limbo

No sé en qué parte de mi infancia descubrí que la realidad tiene costuras fantásticas. La cuestión de que a veces sea al revés, esto es, que la fantasía tenga costuras reales, llega más tarde. Lo que primero irrumpe es esa revelación. Es a partir de ella de donde se compone el adolescente que luego mudará en adulto. Le damos a veces poca o ninguna impotancia a la fantasía, pero tiene el mismo peso que su anverso tangible y mesurable, la realidad. Creemos en Dios porque una parte de ese milagro sensitivo no se ha ido del todo y continúa irradiando su halo de metáforas y de ingenios imaginativos dentro de la cabeza. No conozco a nadie que desdeñe una buena historia real, fundado con preceptos cartesianos, narrada sin que nada extraordinario suceda. En cambio, conozco a mucha gente que reprueba el concurso de la fantasía. No creen en que existan dragones o haya viajes en el tiempo o los monstruos más implacables acechen en las esquinas y tengan el aspecto de un señor corriente, de esos a los que nunca les prestarías atención si te los cruzaras en la acera o estuvieran a tu vera en la cola de la charcutería, pongo por caso. Ayer soñé que el mundo que dejé por la noche no era el mismo que se me ofreció por la mañana. Eran otras las calles, otros los modelos de coches (muy soviéticos, muy de guerra fría) y hasta mi mujer tenía otros rasgos, aunque su voz era la misma, cosa que me alivió mucho en la narrativa del sueño y pude continuar de asombro en asombro. Lo más llamativo es que nadie parecía percatarse de mi existencia. No me reconocían. A pesar de que les saludaba, no demostraban la cercanía que yo daba por cierta. He despertado con una congoja terrible, apurado y decidido a comprobar que las calles siguen como las dejé (la mía a medio terminar de hacer, llevan cuatro meses las obras, no lo entiendo) y que los rasgos de mujer son los mismos. No tengo mucha más información. No tengo la facultad de quedarme con todo lo que sueño. Traigo retazos, esbozos, mapas sin terminar, aproximaciones de un mundo que no me pertenece. La realidad tampoco es propiedad mía. Funciona como los sueños. Estás en su trajín, pero no tienes nunca la certeza de que seas el que decide qué hacer en él. Tenemos la sospecha de que hay cosas que se nos escapan y también la de que hay cosas que, muy al contrario, dependen enteramente de nuestra voluntad. El territorio más atractivo es el que se sitúa entre ambas circunstancias. Ese limbo.

28.5.19

El alfabeto invisible

Conocí a alguien que compraba libros con alegre frecuencia. Observado el hecho de que no fuese lo libresco asunto escogido en sus conversaciones y, cuando terciaban por voluntad ajena, no participara nunca, le pregunté sin disimulo si le gustaba leer, curiosidad mía que zanjó con entusiasmo. No leía. Adujo una razón convincente y otra peregrina. Alegó que los libros requerían el tiempo del que raramente disponía, no se arredró en restar importancia al hecho fundamental de que ese ingente puesto de libros no fuese usado, ni tampoco se desprendió que se afanara por encontrar el modo y la biblioteca mudase de espléndido objeto decorativo a fuente de uso y disfrute. Siendo esto lamentable, más lo fue constatar que no tuviese propiedad alguna de esos libros. Un volumen reciente y costeado de Rayuela, no más esplendoroso que mi amada y vieja edición de Alianza, se exhibía entre Bucay y un volumen que animaba a conocer tus zonas erógenas. Busqué con interés si tuvo la ocurrencia de agenciarse algo de Borges, pero no lo encontré. Sentí un raro alivio. A una perplejidad le suele acompañar otra que rivaliza con ella. Un pasmo trae uno de más asombro. Se envalentonó, una vez ofrecida su colección de libros, a mostrarme la de discos. No tan abundante, era también numerosa. Estaba ordenada en orden alfabético. Cien o tal vez más vinilos. Era esa época, no la posterior, la del disco compacto, mucho menos atractivo, huérfano del encanto del tamaño y del romanticismo de los discos. Los escuchaba, confesó. Esa intimidad revelada me recompuso. Lo malo (lo terrible, debo añadir) es que lo hacía en ese orden, el alfabético. No sé en qué mes fui invitado a su casa. De ser enero estaría escuchando Abba y en junio quizá maniobrara con King Crimson, que están a mitad del abecedario. No podremos saber qué alambicada locura le obligaba a respetar estas rudimentaria mecánica, la de las audiciones tasadas, previstas, concebidas como una cadena en la que un engranaje promueve el funcionamiento de otro. Hace muchos años que no lo veo, no tuve con él excesivo roce, pero era de trato fácil y se prestaba a todo con agrado. Lo que hiciera en su ocio no tendría mayor relevancia si no hubiese escuchado anoche en uno de esos programas de radio en los que la gente se confiesa y airea su rica o pobre vida interiora una mujer que hacía exactamente lo mismo. Razonaba que era peajes, lugares que le esperaban, satisfacciones más amadas cuanto más previstas. En realidad, yo soy así, si me detengo a pensarlo con calma o usted, amable lector, si considera pensarlo también. Sé que el viernes a mediodía, cuando salga del trabajo, iré a tomar unas cañas con los amigos. Casi estoy por asegurar qué tapa pondrán o si leeré el periódico deportivo si a los demás se les ocurre retrasarse. Sé cómo se organizan mis días. Con cierta frecuencia, cambio una ficha en la dinámica de las cosas, tiro hacia donde ni yo mismo espero, por hacer otra cosa, por contrariar a la rutina, por no parecerme demasiado a lo que antaño me pareció ajeno a mí, alejado de lo que sea que sea mi modo de proceder, mi ir y venir por las letras de un alfabeto invisible al que le debo ineludible obediencia y hace que me levante y haga las mismas cuatro o cinco cosas hasta que irrumpe el almuerzo y más tarde otras cuatro o cinco (seis, siete, hay días intensos) hasta que toca la cena. Así que lo extraño sería escuchar a Led Zeppelin antes que a Bill Evans. El pasar del tiempo no ha hecho que levante mi pequeña amonestación moral al hecho de que aquel individuo (pongamos M.T.) no desprecintara los libros, los dejara expuestos con la clausura del plástico. Eso sí que me duele todavía. El afecto o hasta el amor a una biblioteca no se ejerce únicamente en la propia, se extiende a otras, que se dan por nuestras, en un acto de bondad cultural como la sentida cuando te agrada un cuadro que ves o una novela que has leído y crees que el autor (el pintor, el novelista) ha pintado o ha escrito para tu exclusivo goce, como si fueses el único que va a apreciar la pintura o a enredarse en las letras de la novela. La vida es una novela en la que no sabes la evolución de su trama. Si una mañana el tenido por protagonista es en realidad un personaje enteramente secundario o si la enfermedad, que no aparecía en las pongamos primeras doscientas setenta páginas, se instala en la doscientos setenta y una y enmaraña todo lo que sucede a partir de ahí, lo emborrona y entenebrece. También puede suceder que la novela prospere en festejos, en esa alegría sencilla de las cosas que no percibes de inmediato, mientras concurre su efecto, sino más tarde, de noche, un poco antes de irte a la cama, mientras ves la televisión, y luego de una manera más reveladora al acostarte, mientras tratas de conciliar el sueño. Que tengan ustedes un buen martes.

24.5.19

Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio...

 si lo que vas a decir no es más bello que el silencio
(El úlitmo de la Fila)



No hay que contar mucho de uno mismo a los demás. Nada que exceda la narrativa modesta de los pequeños vicios.  Todo lo que ahondes, ese exceso que se da sin rubor, el desprendido con ardor y entusiasmo, acaba por venirte en contra y herirte. Lo mejor es decir lo justo, no excederse, explayarse únicamente en las anécdotas o en afinidades triviales, en si te enamoraste bien joven o tardó el amor en hacerte débil, en si te agradan los días grises o te entristecen, en decantarse por las películas de guerra o por las románticas, cosas así, nada que diga más de la cuenta de lo que somos, lugares comunes. Nada más allá de contar la manera en que ocupas las tardes o decir el bar en que sirven el mejor café del pueblo o relatar aquella ocasión en que llegaste ebrio a casa (sólo estoy achispado, aclaraste tú) o cuando aprobaste las oposiciones o diste el defectuoso primer beso. El tiempo que tardas en contar tu vida es tiempo de menos que tienes para vivir lo que no haría falta contar. Es mejor que sean los otros los que argumenten y razonen, los que no dejen nada por decir y a nada le pongan reparo en airearlo, hasta lo más privado, lo que perturba escuchar, lo que no hace falta saber. En realidad, es poco lo remarcable, lo que de verdad ha de ser contado, pero hay quien no sabe estar callado y lo larga todo con más o menos encanto, con mayor o menor credibilidad. A quien escucha le molesta que te abras en demasía. No es agradable saber tanto, piensan ellos, mientras tú, caso de que seas de esos, les enseñas el corazón y explicas lo divino y lo humano, cuando caíste, cuando te levantaron o si fuiste tú el que puso pie y arrimó la voluntad para erguirte. Hay que desconfiar de quien deliberadamente te lo da todo y te lo da sin la reserva prevista, la que tú opondrías en el intercambio, la razonable. Es un arte maniobrar bien en esa destreza, la de la desconfianza. No creer es una disciplina dura porque hemos nacido crédulos. Nos han contado que hay un Dios y un cielo, unas normas que cumplir y un orden que velar. Hay quien, por el contrario, no suelta prenda nunca, jamás actúa con naturalidad, obra con cautela las más de las veces, del que no sabemos nada y al que sin conciencia de la entrega le ofrecemos todo. No eclosiona con ellos el afecto, aunque en ocasiones sintamos por ello una especie de cercanía. Uno anda ahí en medio, sin afirmar una postura, ni bosquejarla siquiera, convencido de que tratar con los demás es un conflicto que debe afrontarse. No hay otra, no es posible que exista una posibilidad alternativa. Estamos en ese escenario, somos los actores de ese teatro. Los otros son los de ahí al lado, con los que te cruzas a diario o los íntimos, los amigos de toda la vida y los recientes, la famila. Además nos enredamos en contar en el formato erróneo, caemos en el vicio de dejar constancia de nuestras conversaciones en redes sociales. Ayer vi a alguien andar delante mío en completo estado de desquicio. Hablaba al móvil, imagino que enviaba un mensaje de audio. Faltó poco para que un coche se la llevara por delante. La mujer (mi edad, poco menos) no se inmutó y continuó su parlamento. Dejó de ir al lado suya y seguí yo mi camino. Al volverme, por comprobar si estaba todavía de cháchara, no la vi inmediatamente. Fue más tarde, en un cruce. No había soltado el móvil. Estaba escribiendo a la espera de que el rojo mudara a verde en el semáforo. Temí por ella, lo juro. Lo único que pensé, una vez la perdí de vista, fue en lo insoportable que debía ser una conversación normal con ella, en si saldría ileso o afectado de manera eventual y pasajera o continua. No sé qué contaría, a quién daría el beneficio de todas las revelaciones.

22.5.19

El viaje de leer

I
La idea que se tiene de la memoria es siempre falible. Cree uno que existe una propiedad de lo registrado, pero todo se deja contaminar por la imprecisión, por el veneno del olvido. Lo que no se recuerda no importa. Es maravilloso que nuestra memoria esté invadida por todas las demás, por las palabras que no hemos dicho y por las historias que no hemos vivido, no al menos en primera persona. Somos todas esas revelaciones ajenas, somos esa azarosa suma.  Por eso leemos. Leemos para que dure más la memoria. Para que lo que sabemos no enferme, ni sucumba a la pereza. Por hacernos creer que hemos estado en lugares fantásticos, algunos a los que ni siquiera nuestra imaginación alcanza. Por ser otros que no podríamos ser jamás. Esos otros que hacen lo que nosotros no podríamos hacer. Los que aman a sabiendas de que los matará el amor o los que triunfan y el amor los viste y los calza con entusiasmo. Por eso necesitamos la imaginación de los otros, la fantasía de los que escriben para que podamos vivir las vidas que no nos pertenecen. La memoria se construye leyendo. O viendo cine. Todo lo que la realidad no nos ofrece y está codificado en los libros, en las películas. 

II
 No habiendo estado nunca en Nueva York, la siento mía. Conozco calles, plazas, miradores. Habrá quien haya venido a Córdoba y posea de la ciudad, la mía en este caso, una idea que no he adquirido jamás yo mismo. La lectura es una especie de viaje absoluto, uno que se emprende en soledad. Igual que no podemos leer en pareja, ni se hace una lectura con un grupo (sí, se hace, las hay muy buenas, pero ésa no es forma de leer, no lo es) tampoco deberíamos viajar con otros. El verdadero viaje debería ser siempre solitario. Uno viaja solo. Llega solo, camina solo y regresa solo. Como la vida misma. Recuerdo un personaje de Updike, no sé de qué obra, que era capaz de vivir enteramente con sus recuerdos. No precisaba ninguno más. Le valía ese inventario. Venía a decir, de verdad que está esto en bruma, como si la misma memoria me estuviera poniendo a prueba al saber que escribo sobre ella, que incluso no se precisaban una cantidad enorme de recuerdos. Bastaba con unos pocos. Si el memorista estaba instruido, haría por adornar lo que flaquease, dándole la veracidad que no poseían. Al final, no se trata de haber vivido algo, sino de que alguien te lo haya contado con la suficiente eficacia como para que parezca que en verdad lo has vivido tú. Eso es la literatura. Quien la probó, lo entiende.

21.5.19

La mecánica celeste


A la mecánica celeste no la comisiona de halagos la razón, no la asiste de gozo la ciencia, no la alumbra de júbilos el improbable dios de los hombres. La mecánica celeste es el objeto puro del sueño de todos los poetas. Todos son teólogos. No hay dios que no tenga al menos un poeta que lo sublime y haga que, en el prodigio de la escritura, exista. La poesía es el instrumento de la divinidad. La religión es un género literario.

20.5.19

Una invitación al amor

No estamos hechos de otra cosa que de dolor: el dolor mueve las palabras, ensucia el pensamiento, atrinchera su garfio cabrón en las dulces estancias del sueño y te levantas con el pecho abierto, encallecida el alma, notando el peso inconmovible de la sangre rota; el dolor acompaña las fiestas de cumpleaños, escolta la juventud al tedio, se manifiesta en la música y troca el arpegio más emotivo en ruda música de fondo; el dolor cubre los cuerpos de los amantes mientras se entregan a la celebración horizontal de la carne; el dolor empuja el feto a la luz; el dolor mueve el corazón y también las estrellas; el dolor es el itinerario exacto de las horas; el dolor discute con el tiempo la autoría de nuestros quebrantos; el dolor zanja a cuchilladas las pasiones; el dolor se anuncia en el neón fugaz de las once de la noche; el dolor acude sin que se le llame; el dolor azuza la tristeza; el dolor corrompe las metáforas; el dolor amarillea los recuerdos; el dolor percute la noche como un taladro melancólico; el dolor mancha el traje del domingo; el dolor asfixia la luz en los rincones; el dolor es un blues. 

Como escribía aquí un amigo "el dolor mueve más hilos que el amor, y eso sí que duele". Eso es: la letra de un blues. Voy a llamar a Robert Johnson antes de que algún marido afrentado lo defenestre. Voy a contar hasta tres y esperar al dolor con respeto; vendrá fiero, vendrá firme, vendrá ciego: será el dolor telúrico, el dolor místico, el dolor cósmico, el dolor esdrújulo que la vida exhibe en su travesía de tiempo. Pero no es un dolor que amengüe ni es un dolor que frene: es el dolor del parto y el dolor del muerto, el que se atrinchera en la carne y vuela el pensamiento; es el gran dolor sin protocolo que estimula al que crea. No hay gozo sin dolor: lo ponían todos los azulejitos de souvenirs en las calles de Santiago de Compostela, lo cuenta el trovador en su letanía de pueblos, lo sabe el poeta cuando da con el verso exacto al que acecha desde años y nunca se muestra puro. Es el dolor de la carne cuando nace y el dolor con el que crece y hasta el dolor con que se vence. Y no es un dolor triste ni éste es un texto que duela: se trata de contar de qué está hecho el mundo y entender entonces la razón por la que besamos la alegría y nos entregamos con ardor al júbilo sencillo de irnos queriendo los unos a los otros, sin aristas, sin cordajes, sin brida ni retorcimiento. Querernos para sobrellevar el dolor, que es miedo y es tiempo. Irnos (ya lo he escrito) queriendo mansamente para estar fuertes para cuando el dolor acuda. No estamos en otro oficio que éste: el de distraer las horas para evitar el duelo. Y van los años cerrando su viejo trabajo de rueda, y van las palabras semillando el tiempo venidero con besos limpios, con abrazos tiernos, con todo lo que no huela a dolor y con cuanto no traiga miedo. Porque estamos hechos de amor y es el amor el que todo lo despeja. Ya ven, un blues de lunes, nada, un arrebato de verbos.

18.5.19

Una invitación a la alegría



Hay un momento en el que uno debe elegir entre la realidad y el deseo. Como coinciden en menos ocasiones de las que se quisieran y el tiempo no tiene criterio ni corazón, urge la elección, apremia postularse, afiliarse con convicción a un lado de la balanza, incurrir en el riesgo, afrontar seriamente el modo en que vivir sea lo más parecido a un festejo. No recuerdo a quién leí que la memoria es un truco para no perder lo que se ha vivido.

También es estimable zafarse del pasado, acometer con el más fiero anhelo  el presente y esperanzarse en que el futuro no nos arruine ninguno de los planes urdidos para andar esa travesía incierta. El truco podría consistir en prendarse de la belleza, cubrirse con ella, contar con ella para perderse o para encontrarse, apreciar su plenitud y su esplendor. No sé si ésa es la vía para sanar los rotos que vivir produce. No sé mucho o sé bien poco, la verdad. Sólo poseo algunas certezas y ni siquiera las considero una propiedad fiable. Suelen mudarse, viran a su contrario, lo cual es una manera lúdica de reinventarse a diario y no caer en esa autocomplacencia dañina del quien lo tiene todo claro.

Ahora que abundan las terapias del yo, los prontuarios sentimentales de escaparate y conferencias de psicología exprés, dudo que haya un resurgimiento sincero de la humanidad sensible, si es que alguna vez existió tal cosa. Utopías calzadas al pie del discurrir de la Historia. Hay infinidad de formas que describen la felicidad y dudo que ninguna quepa en un texto. Son muchos los textos. Muchos los argumentos, las tramas de lo vivido y de lo ocupado en vivir. La realidad y el deseo son paradigmas complementarios, logaritmos de una ecuación cuyo propósito nos es ajeno.

La religión planea las respuestas, pero la fe tampoco obra siempre a carta cabal los prodigios. Marra en lo fundamental, no responde a todas las preguntas. Quién las responde, me interrogo. Los que de verdad la profesan son afortunados, poseen una bola extra en el cajón de la máquina.
No se puede solicitar, no hay un método. El deseo es la sublimación del amor. Se puede amar a Dios y desoír el amor profano, el pedestre y diario.

Se repite uno sin viciado entusiasmo estas instrucciones, las protege del arbitrio infame de la barbarie que nos asola, cree falazmente en su bondad, pero decae el ánimo, no funciona al antojadizo capricho de la voluntad. Por eso hoy al comprar poesía (Manuel Vilas, Raymond Carver) he sentido el alborozo de esa felicidad. Soy un lector de poesía más que su débil obrador, soy un feligrés al acecho de la inminencia de la epifánica irrupción de la belleza, que es un trasunto tangible del deseo.

Arde lo que importa, así que no nos vence el fuego, ni nos intimida; camina con nosotros, como pedía Lynch, nos escolta, nos da esa comisión de pérdida que va indisolublemente de la mano de cualquier evidencia de ganancia. El juego premia al que comprende que no hay ganadores ni vencidos. Que únicamente importa estar en el elenco de elegidos. Que vivir es construir el templo y derribar los altares. Que morir no es una consideración relevante. Que la naturaleza de la trama es inasible a la razón. Que la realidad es un festín. Que el deseo, se aplace o se pierda o se alcance, es la sublimación pura de la existencia. Que hoy sábado, con mis libros en la bolsa, volviendo a casa, estoy celebrando la belleza, hocicado groseramente en ella, feliz por el milagro de las palabras, convencido de que esta luz de la terraza en la que escribo es una extensión de mi cuerpo, una invitación a la Alegría.

En mis cascos, de fondo desde que empecé a escribir en el recurrido iPhone, escucho la tercera sinfonía de Górecki. Paradójicamente una de las piezas más tristes (y hermosas y liberadoras) que he escuchado nunca. Canta Beth Gibbons, alma de mis adorados Portishead. Ahora voy a poner pop. El sol de hoy en Córdoba huele a música pop.

Galería de favoritos 98 / Charles Simic



No hay manera de aplicar con tiento el oído y tratar de escuchar si de verdad las tijeras están haciendo su oficio. Quizá no haya evidencia de que las tijeras han hecho su trabajo y el escenario está lleno de cuerpos desmembrados o de árboles cortados. Charles Simic hace una poesía negrísima, las más de las veces. Sus poemas parecen tramas de un cuento de Lewis Carroll pasadas por la turmix de la CNN. Cuando se hace de noche la realidad contiene más trazas de ficción todavía. Y si uno lee las páginas de esa historia que él cuenta  pareciera que ha transcurrido en tinieblas con unas tijeras campando a sus anchas, abriendo surcos en la carne limpia, alfombrando con sangre los nobles campos de la luz sencilla de los buenos sentimientos. Hay días en que me viene a la cabeza  este poema de Simic (Juguetes aterradores / Frightening toys) y en las tijeras del azar escribiendo la editorial de los tiempos.

 La Historia hace sonar sus tijeras
en la oscuridad,
por lo que al final todo acaba
sin un brazo o una pierna.

Pero, en fin, si eso es todo
 
lo que tienes para jugar...
¡Esta muñeca, al menos, tenía una cabeza,
y labios encarnados!

Calles desiertas, casas de madera,
 
sucios escaparates:
sentada en los peldaños,
una niña en camisón le hablaba.

Parecía un asunto serio.
 
tanto que la lluvia quiso oírla,
y cayó sobre sus pestañas,
y las hizo brillar.


Simic, que es un irónico o un metafísico de a pie o un escéptico metido a lírico, hace una poesía deslumbrante. Una de esas poéticas que convienen en tiempos convulsos. En realidad es el poeta más útil que he leído recientemente. La poesía no tiene que contar la realidad, tiene que contarse a sí misma, pero no podemos soslayar que está hecha de palabras. Palabras humanas, palabras falibles. Eso contando con aquéllo de que la poesía es siempre un arma cargada de muchas cosas y ahí entra cada uno para investirlas con los dones que se precisen para que no pierda comba en la administración de la realidad, pero no puedo evitar la imagen purísima, incluso en su tosco principio de tragedia, de las tijeras en mitad de la noche, del mundo venido a pique, de las banderas ahogando la boca, de los juguetes rotos como constancia del aire muerto.

Anoche, al llegar tarde a casa, después de pasear unos bares y pasear dos calles, abrí a Simic y vi que las tijeras siguen en su ruido patético, en su ir abriendo las carnes y el alma. No supe anoche si el alma es al final la más dañada en estos juegos patrióticos, si las fronteras y los idiomas hacen de tijeras de podar y quien sale al final perjudicado es el jardín interior, la bienandanza (que decía un amigo mío), la bondad como un ingrediente y no como un recurso. Pero son malos tiempos y no se ve que vayan a ir a mejor.

 

17.5.19

Galería de favoritos 97 / Wim Mertens / Maximizing the audience (1988)





 A Ana Pérez, porque también fue educada en estas delicadezas

La educación es un concepto preciso o impreciso. Se usa con alegre frecuencia, sin caer en la cuenta de que hay pocas palabras que contraigan una responsabilidad mayor o, dicho de otra manera, pocas palabras tienen más peso. Nos educan sin que se esté al tanto de esa tarea, un poco a la ligera, si se me permite. Hay cosas que uno ve a diario y con las que convive que se quedan adentro, no hay manera más tarde echarse afuera. Así abrimos la boca al masticar porque no ha habido nadie que nos haya advertido de lo inconveniente o maleducado del gesto. Lo contrario, cerrarla cuando ingerimos comida y la pasamos al tracto digestivo, depende de que se nos explique a tiempo su conveniencia y, más importante aún, que uno acepte y haga suya la máxima, como si la hubiese rumiado y parido a solas, sin la intervención ajena. Somos peculiares en ese aspecto. He conocido los suficiente alumnos como para saber de qué hablo. Hay algunos que se dejan llevar y puedes ir con ellos al lugar que elijas; otros, bien al contrario, se resisten, no son dúctiles, precisan un empeño mayor. Los hay que no van a ningún lado, por acabar el recorrido, y los hay que no paran de moverse y de entusiasmarse por la jacarandosa y provechosa trayectoria. Dicho esto (parezco un político en campaña) hay algunos discos que marcan más que otros. No tienen tal vez el pedigrí de los grandes, aún siéndolos, pero se hacen parte nuestra, aunque nos tiremos años sin sacarlos de su funda y ponerlos. En cierto modo fui educado con éste. A la luz de ese disco, conformado a su esencia, andando yo por los veinte, crecí y me relacioné con los demás. No recuerdo hablar de él con  casi nadie, cosa que me apena, pero lo escuchaba con frecuencia. Mucha, si lo pienso con más detenimiento. Contemplado tantos años después, entiendo que así fuese. No sé qué mal alivió o cuál cura ahora. Maximizing the audience es una obra terapéutica, un bálsamo, un refugio, uno de esos discos medicinales que uno se pone en el cielo de la boca y va masticando, en la creencia de que algo hermoso subsistirá en la deglución, de que la belleza extraña que tutela invadirá la pequeña tristeza con la que se consume. Lo escribió por encargo, fue un disco que ocupaba el lugar de la periferia en una obra de teatro poco convencional (El poder de la locura teatral, no recuerdo el autor) en la que clarinetes y saxos sopranos pugnan por hacer material lo que no lo es, en mostrar lo que de otra forma siempre estaría oculto. Esa es la función de la música, por otra parte. Lo de maximizar a la audiencia queda a consideración voluntariosa del escuchante. No es un disco fácil, no desea serlo, he ahí la paradoja de Mertens en casi toda su obra. No hay nada fiable a lo que encomendarse en él. Seduce porque de alguna forma te anula como oyente. Te anula o te compromete, te borra o te fideliza. Incluso ambas cosas juntamente, sin solución aparente de discontinuidad. Como una de esas canciones que suenan a hora de fondo antes de que empiece el viernes. Jamás una música de apariencia tan fría alcanza un rango de calidez tan alto. Wim Mertens, que es estajanovista el hombre, es un genio tímido. No importa que saque un disco al año desde hace 40, por lo menos. Es tímido, él es como su música. A veces grandiosa; otras, por más que uno anhele que se explaye, recogida, como una especie de caricia en la arteria aorta. 


Pienso ahora en el imborrable Ramón Trecet, que puso en órbita a este caballero en España. Pienso en mi amigo Safo, Rafael Torres en todos los demás aspectos, en cómo circulaban los discos de Mertens de su casa a la mía, en cómo adorábamos la irreprimible sensación de lujuria sonora de esas melodías atípicas. Pienso en todo lo que sucedió entonces y en lo que está sucediendo ahora. Pienso en el concierto suyo que vi en el Gran Teatro de CMertens sigue publicando a tutiplén. No veo al Safo. Trecet no sé dónde anda. Menos mal que tengo el disco del amigo Wim en tres -cada uno a su modo- lujuriosos formatos. La primigenia cinta de cassette, el vinilo y el CD escoltan el minimalismo, maximizado, lo conservan a refugio de mí mismo incluso. Piensa uno en todos esos libros y en esos discos a salvo del tiempo, ambarizados, alojados en un limbo precioso de objetos perfectos. Todos tenemos alguno, algunos tenemos cientos. Los míos son invariablemente libros, películas, discos o fotografías. Todos exhiben la rara perfección de mis vicios. A todos les encomiendo la posibilidad de que mi alma se salve del horror que la circunda. ahora. Hay que tener la conciencia tranquila para paladear esta ofrenda un poco religiosa y un poco blasfema también. Se tiene que tener el corazón muy puro para meterse dentro de la música. Y a veces se da ese placer, entra uno, penetra bien adentro, empuja y acaba colmado y colmando. 

16.5.19

Galería de favoritos 96 / The Police / Regatta de blanc (1979)


Nunca se ama el punk si uno no ha llevado su uniforme de combate, bebido hasta caer de bruces y sentido la anarquía como el traje primario del poco cerebro que se tenga. Los tres tipos de The Police debieron amarlo poco porque a la primera de cambio lo dejaron de lado y cruzaron al género mainstream, esto es, esa argamasa en donde cabe el rock fundacional, el pop y hasta el reggae calculado. Regatta de blanc fue la apuesta ganadora de una banda de mucho talento que no quería quedarse con la etiqueta del punk suave de Outlandos d'amour, su tarjeta de presentación un año antes, incluyendo la maravillosa Roxanne. El reggae para blancos (es gana de querer traducir, porque no siempre es deseable) es una contundente mezcla de géneros en el que planea con autoridad el rock físico y directo. Recuerdo ir como poseído por una atracción animal a la tienda de discos de entonces (Fuentes Guerra, calle Cruz Conde, Córdoba) y pagar las seiscientos y pico pesetas de 1980 y volver a casa con la cinta en el bolsillo. Estaba yo en el último curso de EGB y tenía ya una nutrida colección de cassettes. Regatta de blanc ayudó a que Breakfast in America (Supertramp) o Discovery (The Electric Light Orchestra) no anduviesen solos. Entre las tres, quemé el cabezal de arrastre del modestísimo Sanyo que mi padre tenía a medias conmigo. Recuerdo a mi amigo José Peña Ojeda comprar Regatta de blanc en el momento en que yo compré mi ejemplar. No era posible vivir (que cada lector saque la conclusión filosófica que más cuadre con sus vicios juveniles) sin tener Regatta de blanc. Había que levantarse escuchando Message in a bottle y acostarse escuchando Bed's too big without you. Como los medios técnicos eran de una pobreza conventual (en el hipotético caso de que sigan existiendo conventos pobres) el disco fue comprado de nuevo (esta vez en lujurioso vinilo) cuando la conjunción de todas las bonancibles estrellas del generoso firmamento tuvieron a bien premiar mi paciencia y dejar por casa un modesto equipo Sony. Creo que todavía puedo sobrecogerme al pensar en el delirio de poseer una aparato como aquel. Ninguno posterior rivalizó en entusiasmo con ese Sony primerizo. Al disco de The Police le siguieron Communiqué de Dire Straits, Discovery,  Breakfast in America nuevamente (las cintas quedaron de vistoso souvenir del pasado) y The Wall de Pink Floyd. y Long Distance Voyager de The Moody Blues.  Eran esos, no otros. No  me falta ninguno. La memoria, tan huidiza en otros asuntos, es fiel en la restitución de esos objetos mágicos. A mi prima María Luisa le encantaba la cara A más que a la B. A mi amigo Segura, sin embargo, le podían las piezas más punk: Deathwish (muy a lo Who, veo yo ahora) o Contact o Landlord, la cara B de Message in a bottle. Los singles del álbum solían traer como reverso piezas que no estaban incluidas en el álbum. Entonces Sting no era Sting todavía. No había subido al peldaño alto el estrellato y hecho jazz, samba, madrigales y reggae. No hacía falta saber cómo se llamaban. El placer consistía en poner la aguja del brazo fonográfico sobre un corte o sobre otro. Porque llegó una época (anticipándose a la locura de los CDs) en la que lo que se hacía con más frecuencia era ir de una a otra, Recuerdo a mi abuela reprender mi impaciencia. No puedes dejar el disco entero, te comen los nervios, así vas a terminar por romperlo, me decía.

15.5.19

Galería de favoritos 95 / Annabel Lee






Poe nombra a los alados serafines del cielo en su declaración de amor a Annabel Lee. Los serafines, en la escala celestial, están en un peldaño superior a los querubines. No contaminados de las humanas pasiones, sorprende que estos ángeles tengan celos de la hermosa Annabel Lee, la que se llevó un viento en una oscura noche, la que reposa en un sepulcro junto al mar ruidoso. No habrá amor más poderoso, ninguno en el que el amante repose con la amada durante las noches cuando arrecien las olas en las rocas y haga frío en la tenebrosa noche. Quizá por eso un viento le heló el corazón, sospecha el poeta. Por ser un amor más grande que el amor. Por rivalizar con la pureza de las armonías arcangélicas. Ya no hay amores como el del poema de Poe. No hay Poe. Da pena pensar en él, en su desdicha. Es una pena de poco peso. A veces cree uno que el mismo Poe es un personaje de Poe. Lo es Annabel Lee o William Wilson o el mismísimo Arthur Gordon Pym. Cuando se lee mucho (nunca se lee mucho, es un decir eso de leer mucho) uno cree que el autor es también una parte de la trama. Se inmiscuye en ella, se impregna de todas. Una de las cosas que deberíamos hacer es renunciar a las biografías. No sirven para nada, sólo entorpecen el curso de la literatura. Annabel Lee siempre estará muerta en nuestra memoria. Poe siempre estará delirando por las calles de Baltimore. El poema de amor más hermoso de la literatura o uno de ellos, al menos, permítaseme, es también uno de los más tristes. Es un epitafio. El amor y la muerte, el Eros y el Thanatos del recurrido Freud, pueblan la literatura, la conforman al modo en que ocupan la vasta geografía de la vida. Al final todo es un recuento febril (y gozoso y terrible también) del tránsito por los días.



14.5.19

Galería de favoritos 94 / Coronel Kurtz



Este hombre es un dios, pero la deidad vive sola, piensa sola, se duele sola la debilidad de sus hijos. La felicidad consiste en la presencia de un intruso. El dios en su laberinto se explaya en el relato de la proeza de su reino. Le cuenta al intruso que la soledad hiere y, al modo en que la soledad humana lo hace, termina enloqueciendo a quien la sufre, aunque el herido sea un dios. Estos días he releído a Conrad y me he prometido que en cuanto la tenga a mano, no será pronto, creo, me meto una dosis de Kurtz, una de Coppola, una de helicópteros ametrallando valkirias, una de Jim Morrison contando que se acerca el fin. Al final del viaje está Kurtz, está esa locura suya de hombre convertido en el único hombre o de dios convertido en un único dios. A Willard, un Caronte moderno, le dan orden de que entre en el infierno y cace al desertor. El Mekong es el Aqueronte. El barquero conduce su propia barca. Cada que el inframundo abre sus fauces suena música hippie. Es una emisora de radio en la jungla. No hay muchas. Sólo la escuchan los elegidos, los que van a morir o los que van a enloquecer. Kurtz libera a Willard. Le dice: márchate, no has visto nada, no contarás nada, no has dado conmigo. Willard se queda allí, aunque regrese. Ha sido ganado a la causa. Ya no es héroe, ha sido despojado de sus atributos heroicos, se ha convertido en un adepto, en un parroquiano, en un sirviente.  La fascinación por el coronel Kurtz en Apocalypse Now es continua: no se arredra, gana conforme la trama avanza. Desde que se le nombra (él es el huido, el coronel que decide abandonar su tarea y desaparecer en la selva) hay una especie de atracción blasfema hacia ese personaje. No es pura, no es limpia, a eso me refiero. Kurtz es real y es onírico. La realidad que le circunda es difusa, no se sabe bien si es una alucinación colectiva o es propiedad únicamente de quien la contempla y la cuestiona. 

13.5.19

Galería de favoritos 93 / Federico García Lorca / Poeta en Nueva York (1940)





Leí Poeta en Nueva York cuando leer Poeta en Nueva York es más un deslumbramiento que la lectura de un libro de poemas. Supongo que fue uno de esos libros que me hizo pensar en escribir. Lorca sueña un toro de agujeros y de agua y el lector, embelesado por las palabras, hechizado por las imágenes, se deja conducir hacia donde las voces reclaman su siete y estrechan el cerco a los pastores que rugen. Hay cosas que se dicen y quedan en la memoria por adjudicarles un significado. Otras, que lo tienen limpia y cartesianamente, no se aprestan a ese juego, se acaban perdiendo, no funcionan como instrumento para cuestionarse la realidad o para divertirse con ella. El surrealismo fue eso, en esencia: un juego, una discusión festiva sobre las posibilidades expresivas y dramáticas de la poesía. A veces escribir sin que tenga sentido lo que se escribe es la mejor forma de que escribir tenga algún sentido. Sacerdotes idiotas, venid a mi templo de la tenacidad, dijo el hombre que andaba hacia atrás, el enano de David Lynch entre cortinas rojas de puticlub. La poesía entra para siempre o se escapa para siempre. Lorca, buscando mozos en los puentes del Hudson, escribió un reclamo eterno, un poemario a salvo de todas las incertidumbres. O entra uno en lo que se va diciendo, en el texto roto de adentro, o se queda permanentemente fuera, mirando a quienes entran, preguntándose qué pueden encontrar en la enfermedad de las palabras, en el vals de los dedos. Voy por mi propia sangre hacia la tuya, vas desde la sombra hacia el agujero por donde se arrojan los enamorados. A un amigo, antaño, cuando los libros eran puertas, le di Poeta en Nueva York con la idea de que no iba a devolvérmelo. Sería un regalo, una forma definitiva de estar cuando no pudiéramos vernos. No sé en qué lugar andará el libro, si estará al servicio de los eventuales, si él volverá de cuando a cuando a revisar versos sueltos o si no ha vuelto a abrirse. Los libros cerrados informan sobre la vida de quienes no los abren. Los besos que no se dan no sabemos dónde van. Estarán en algún lugar, como cantaba el cantautor. Y ahí está el rey de Harlem con sus cocodrilos sin ojos. Ahí el hijo Juan perdido por los arcos del viernes de todos los muertos. Ahí los caballos con su luna detenida en la crin. Ahí el vals con la boca cerrada, el te quiero con una costra de cardo seco, el pulso del amor con su luz sin campanas. Ahí los judíos por el East River vendiendo música de cámara, comprando caricias, suspirando el foxtrot de las primeras novias. Ahí el agua ya paloma. Al cristito de barro no le han terminado de cortar todavía todos los dedos. La luna con sus abanicos. Los maricones con sus libros de Kant. Las furcias con su Wall Street Journal. Las resonancias de carne de molusco. Los pergaminos de los tambores. De regreso al mundo compartimentado, al regulado, al que tiene hojas con datos, al que se le puede diagnosticar un cáncer, uno echa en falta al pastor por los riscos del verbo, al rey de Harlem por la punta de un temblor con swing.



12.5.19

Galería de favoritos 92 / William Blake




De Blake dejó dicho Borges que murió cantando. La poesía es cántico antes que otra cosa, anhela ser cantada, enunciada como si fuese un vuelo y cogida en el aire y escuchada con todo el cuerpo. Hay poemas que se impregnan como si fuesen orgánicos. Los hay de una fogosidad verbal tan intensa que son carnalidad pura, transverberación dulce de algún espíritu alado que sólo se deja atrapar cuando aplicamos todos los sentidos. Es la miel untada en el cuerpo o es la sangre. Es el viento que caracolea y nos mece y es el fuego cuando nos corrompe. Es la luz antes de que la haga flaquear la sombra y es también la sombra cuando reina y ocupa el espacio y lo entenebrece. Blake fue un poeta que escribió como si le fuese la vida en ello. Casi literalmente. No sólo escribió. Blake fue un pintor de talento rival a la escritura. Fue también un visionario, una especie de receptor de algún tipo de epifanía que a los demás les estaba vedada y que él (pintando o escribiendo) restituía, plasmaba en poemas o en lienzos. Confiado a la salvación universal de la especie humana, haya pecado o no, merezca la vida eterna o sea el infierno su residencia duradera, Blake fue un lector voraz de la Biblia. No hay poema suyo que no tenga alguna ascendencia bíblica. Leídos de corrido, lo que hice anoche, me pareció estar leyendo los evangelios. Tampoco tengo de esto una idea clara ya que no he sido nunca un lector habitual de las Sagradas Escrituras, pero todo rezuma santidad, rezuma mística, incluso rezuma ese caos que toda religión conlleva en sus doctrinas. La de Blake es una poesía bautismal, parece que ha sido escrita sobre el vacío, como si nada anterior a ella hubiese podido influenciarla. Es a la vez novedosa y romántica, cuando el romanticismo es una consecuencia de muchas consecuencias, un término lírico consumado. Borges (volver a Borges es muy fácil) lo comparaba con Walt Whitman. Su tigre arde en los fuegos de la noche, haciendo que el poeta se devane en dar con la mano precursora de su simetría. También hace una pregunta de una lucidez absoluta: ¿fue la misma mano la que creó al cordero y al tigre? La misma nos la hacemos nosotros, persuadidos por su hermosa elocuencia. El tigre febril penetra en los sueños, nos hace prevenirnos, pero miramos con delectación su hermosura, la divina composición de sus trazos, el loco hechizo de sus ojos. Quizá el cordero piense lo mismo antes de que la criatura más hermosa del universo se la zampe y cierre de cuajo toda interpretación posterior de la belleza. No siempre es fácil leer a Blake. Hay tramos suyos que resultan ásperos, sentimos que no disponemos a mano  de todos los elementos de la lectura  y confiamos únicamente en la belleza de las palabras, pero perdemos la comprensión. No hay que entender todo lo que se lee, me dice K.. Por eso hay un poema para cada lector. De ahí que Blake sea un poeta de ahora. Él es la armonía perdida del paraíso, él la concibió en su cabeza e hizo que los pájaros trenzaran su melodioso canto mientras las aguas de los ríos fluían y el cielo estallaba en azules y en ángeles. No llegó a ser Swedenborg, al que admiraba, pero continuó su relato de la creación hasta que cesó la canción de los pájaros.

11.5.19

Galería de favoritos 91 / Pink Floyd / The wall (1979)






Un niño al que Santa Claus olvidó. Tigres liberados. Trincheras en bruma. Relojes Mickey Mouse. Nicotina en los dedos. El padre ausente, segundo teniente del Octavo Batallón de los Fusileros Reales, Compañía C. Una habitación de hotel. Está encendida la televisión. Las persianas están echadas. Un canal pone una película de guerra. Los días más felices de nuestra vida, los que elegimos y guardamos. Traed a los chicos a casa. Han estado en el frente y han cumplido. Madre está en el jardín echando una cabezadita mientras papá muere Francia. No necesitamos educación. Ni sarcasmos en la clase. Eres otro ladrillo en el muro. No te sorprendas si el hielo se abre. Madre cuidará a su hijito. No va a a consentir que ninguna guarra se lo arrebate. Papá voló sobre el océano dejando sólo una instantánea en el álbum familiar. Era tan apuesto, era tan cariñoso. Hasta el viejo Rey Jorge ha mandado a mamá una nota. Condolencias. Sentidos pésames. Hombres como el suyo levantan un país como el nuestro. No permitiremos que cambien nuestro modo de vida. Un héroe que no va a regresar para llevar a Pink al parque y columpiarle en las mañanas de sábado del crudo invierno. Pink es un niño tan sensible. Adiós, cielo azul. Las bombas reventaron los tímpanos y la esperanza. Maestros de esposas psicópatas. Mamá no te dejará volar, pero podría dejarte cantar. Mamá te tendrá sano y fuerte. Mamá, ya he empezado a construir el muro. Soy una estrella del rock. ¿Quieres ver la tele?¿O conducir por una autopista vacía? No me dejes ahora. Es uno de mis días malos. No necesito drogas que me calmen. Ni brazos que me rodeen. Adiós, mundo cruel. Inglaterra, mataste a tus hijos en nombre del deber. No tienes derecho, nunca lo tuviste, eres una mala madre. Los gusanos se comieron su cerebro. No dejaron nada. Todos necesitamos un héroe. ¿Hay alguien afuera? Tengo un libro negro con mis poemas dentro. Trece canales de mierda en la tele para poder elegir, pero cuando te llamo no hay nadie en casa. Tengo una cuchara de plata en una cadena. Tengo un deseo urgente de volar, pero no sé dónde.¿Alguien se acuerda de Vera Lynn? Traed a los niños a casa. No les dejéis solos. Pink, puedo aliviar tu dolor. Ponerte en marcha otra vez. Dime dónde duele. Tus labios se mueven, pero no oigo lo que dicen. Estoy confortablemente insensible. El espectáculo debe continuar. Papá no va a volver. Nadie te va a dar la mano en el parque. Ya espero los gusanos. El juicio de la madre patria y del Dios justo que todo lo ve y nada perdona. El muro es ya demasiado alto. Algunos niños recogen botellas en la calle. Los sábados por la mañana son un túnel que lleva directamente a las trincheras. Ladrillos en camiones de juguete. Sueños que no fueron verdad. Secretos contados. 

10.5.19

Galería de favoritos 90 / T. S. Eliot






Y el poeta inglés, aquejado por los quebrantos de salud propia y ajena, ocupado en su banca Lloyds en cuadrar números, desoyendo a quienes le recomendaban reposo y consejo médico para no caer en la locura o en el tedio, revisó en París, a la vera del loco Pound, The Waste Land. Lo afinó, según aclaró más tarde. Afino yo ahora mi oído inglés, mi corazón anglófilo, mis deseos de que las enseñanzas en la lengua de Milton y de Chesterton me haga disfrutar con lo escondido, con lo que el traductor no capta. Porque el trabajo de traductor es uno de los más difíciles del mundo e incluso el mejor de todos ellos no satisface al lector exigente y se deja embaucar a veces por la sonancia secreta de las palabras, por el arrullo invisible de los verbos.



April is the cruellest month, breeding
Lilacs out of the dead land, mixing
Dull root with spring rain.
Earth in forgetul snow, feeding
a little life with dried tubers.
Summer surprised us, coming over the Stambergersee,
and went on in sunlight, into the Hofgarten,
and drank cofee, and talked for an hour.
Bin gar keine Russin, stamm' aus Litauen, echd deutsch.
And when we were children, staying at the arch-duke's
My cousin, he took me out on a sled...


T. S. Eliot, The Wasted land, 1. The burial of the dead.


Y suena tan bien el inglés cuando lo declama un nativo bien adiestrado y bendecido por el dios de la música...

9.5.19

Galería de favoritos 89 / Harvest / Neil Young (1972)



Siempre vi a Neil Young más como un trovador que como una estrella del rock, De hecho sus discos rezuman ese aire folk que le da mano al country ( o viceversa) que no comulga con las masas, ni las precisa para avanzar y ganar su sitio. Los trovadores recurren a la poesía, no le piden al ruido que acompañe al verso al modo en que lo hace el rock. Neil Young, al menos tras dejar a Crosby, Stills y Nash, fue el mejor en ese papel, el de contador de historias. Tenía algo de lo que el Dylan de esa época carecía: una visión más cándida del mundo, un concepto rural de la música. No es que Young haya sido un gran poeta (Dylan lo fue, Dylan lo es) pero es voluntarioso, dice las palabras con convicción, habla sobre problemas de la calle, habla sobre el amor, habla sobre la soledad. Young es el poeta menor que tiene la misión de difundir la gran poesía y no ha dejado de hacerlo en los últimos cincuenta años. A las guitarras no se les exige que se tensen y extraigan el sonido más rudo, sino el delicado. Las melodías son fáciles de tararear, pueden llevarse en la cabeza y usarlas a capricho, cuando estás conduciendo (si no las tienes a mano en la guantera) o cuando esperas en la cola de la charcutería. Seguro que alguien de tu edad te dice: "También te gusta Neil Young, ¿verdad?". Hay canciones suyas que son eso que llama la memoria sentimental, que es un conglomerado caótico de recuerdos, influencias, modas y revoluciones y que sirve de brújula amorosa o de foso con cocodrilos para que no penetren las hordas de la mediocridad. Harvest es también una crónica o un diario. El trovador narra las penurias de la sufrida clase media, describe la dulce elocuencia de sus vicios. Neil Young tuvo muchos. Siempre llega una época en que te pesan los vicios y te pesan los muertos. Los vicios propios. Los muertos ajenos. Neil Young es un ángel sordo, un viejo gruñón que parece salido de una novela de William Faulkner. 

Cada yonki es como un ocaso, dice una canción de Harvest. Neil Young fue un yonki vocacional en una época en que se drogaba todo el mundo.  Ha visto morir a muchos amigos en el camino y ha perdido la audición en casi todas las orejas, las visibles y las no que lo son, pero sigue haciendo discos magistrales y tiene una legión de adeptos que le consideran un dios a la altura de Bob Dylan, de Van Morrison o de Leonard Cohen, los últimos de una época que sigue ejerciendo su magisterio y de la que tardaremos (espero) en salir. De Harvest no se sale nunca. Se vuelve contagiado por su intimidad lírica, por todo ese puñado de himnos que siguen ahí, alojados en tu cabeza, volviendo de vez en cuando y haciéndote ver que no se ha perdido nada enteramente todavía. Que sigues incrustado en el año en que un amigo te dejó un disco (un vinilo, por supuesto) con una portada de poco vuelo plástico, pero hermosa en su espartana hondura. Luego está el disco que se guardaba dentro. Harvest es Nashville con Johnny Cash y su programa televisivo de country y es también la sombra de James Taylor y la de Carole King. Es la muerte de su amigo Danny Whitten, el guitarrista de Crazy Horse, días después de salir del estudio, el divorcio y la llegada de una nueva relación amorosa y el nacimiento de su hijo Zeke, fatalmente aquejado de una parálisis cerebral. Pertrecho, enfermo, Young facturó un disco monumental del que se han despachado millones de copias. Tocó sentado, baldado por su dolor de espalda y por su dependencia de muchos fármacos, y también (dicen) tocó llorando. Luego se negó a reproducir en las giras el material de Harvest. Solo accedía a tocar alguna pieza (The needle and the damage done, mi favorita) y casi siempre a regañadientes. Yo lo escucho reverencialmente tres o cuatro veces al año. No lo busco a posta: suele dejarse caer como si entre los dos (el CD alojado en una estantería que precisa unas escaleras) nos conociéramos. Con los discos y con los libros, con los objetos que los tutelan y los conservan a beneficio de sus dueños, pasan cosas extrañas. Como dicen Millás, los objetos nos llaman. Harvest ha estado hoy nuevamente en mi cabeza. He tenido el corazón de oro y he visitado Alabama. Sin salir de casa.

8.5.19

Galería de favoritos 88 / Bill Murray






Debe haber cientos de ellos, pero en esencia son el mismo. Bill Murray convertido en tipo asqueado del mundo o en galán venido a menos o en presidente de los Estados Unidos de América o en mafioso con cáncer terminal. Creo que hay pocos actores cuyo rostro se ajuste con más honradez al papel que se le encomiende. Parece que no va con él, no es cosa suya la trama, ni los gestos, ni siquiera imposta la voz y, sin embargo, nada va más con él.  Ninguno, que yo piense ahora, cuya forma de actuar exige menos. Como una especie de Antonio Resines americano. Lo que yo creo es que Bill Murray no es un actor. No al menos uno al modo en que entendemos el oficio de representar un personaje en una ficción. Bill es un privilegiado, una de esas personas que poseen una vida interior tan sumamente rica que obtienen de ella lo preciso para desplegar los matices de esos personajes en los que se cuela en todas las películas que ha hecho. Me gustaría ver un Bill Murray haciendo de Sherlock Holmes o de Hannibal Lecter o incluso un Murray transfigurado en Samsa, justo en el momento en que sale o entra del bicho repugnante que inventó Kafka. También un Murray mutado en el mismísimo Kafka, en el padre del insecto. No hay película suya que no haya disfrutado, aunque fuesen malas o no entrasen en mis consideraciones estéticas o narrativas. Solo el hecho de verlo en la pantalla reconforta. 

7.5.19

El bostezo de los cocodrilos


Las grandezas teme, oh alma
C.K.

Lo que no hay es paciencia, la hemos dejado atrás la paciencia, hemos pensado que ya no va a ser útil nunca más la paciencia,  porque en el vértigo se vive mejor o se vive más rápido que en ella, que es tornadiza y de pronto irrumpe en prisas o de pronto cae en la pereza. 

La fiebre del ir y la del volver lo ocupa todo, ocupa las plazas, ocupa las palabras, los gestos; hay sueños acelerados, besos que no se llegan a dar nunca. 

La velocidad es lo único que importa, velocidad y llenado, volcar en un cajón todo cuanto encontremos, echar los capítulos de la serie que estás viendo, la confidencia del amigo, la lista de la compra, las palabras que alguien recuerda que dijiste, abrir el cajón, demorarse en la visión de lo que contiene el cajón, pero no usar lo que hay, no saber qué manos amorosas lo facturaron, en qué privada fantasía cobró cuerpo lo que hemos ido arrumbando ahí dentro, en el cajón. 

En cierta manera la velocidad hace que nunca haya cajones suficientes, no esperamos a llenar uno cuando ya estamos buscando otro que tener a mano, no sabe uno cuando tendrá que usarlo, no podemos ni imaginar que no esté, cuando la velocidad es la que manda ahora, no hay otra medida de lo que somos y la espera no vale. 

En la espera la cabeza bulle, una cabeza que bulle es un peligro si no se posee cierta experiencia, en el manejo de cabezas que bullen, no pensar a veces es un refugio maravilloso, vivir es siempre moverse. 

Lo que no se mueve no es vida, aunque la gobierne el confort y la mimen los astros de los libros antiguos, por eso debes continuar moviéndote, debes hacerte sólido en los desplazamientos, exhibe seguridad, mejora la calidad del paso, merece el vértigo, no se te ocurra pensar en parar, no haces nada en lo quieto, solo es una distracción esa quietud, un remanso, un vacío y el vértigo es más productivo, la paciencia no importa, no te dejes nunca engolosinar por quienes la venden como algo bueno. 

Las religiones son un paso atrás en tu aplicación, las religiones te embelesan, las religiones te hacen parar a escuchar. 

Las palabras son el veneno, no te pares nunca delante de un predicador, te va a comer la cabeza, hará que bulla, hará que explote, hará que sangre. 

Los predicadores son charlatanes, han aprendido una sintaxis, conocen un vocabulario, están enseñados a decir las palabras que el miedo desea escuchar. 

El cielo no existe, el infierno no existe, sólo hay vértigo, la línea que se adentra en el horizonte, el humo que se adensa en el horizonte, la oscuridad, a lo lejos, cercándolo todo, avisándonos de que después de haberlo recorrido todo es el paso el que cede, no andas, no avanzas, el corazón se para, la cabeza no se extasía con la sangre que la hace pensar, incluso esto que escribo sale a borbotones, lo dirige el vértigo, lo escribe el vértigo, carece de la corrección, lo corregido malogra lo verdadero, voy escribiendo, voy pensando o quizá sea al revés, piense, escriba, como el jugador de ajedrez pienso en la siguiente jugada, en cómo llegar a mi destino, pero no sé nunca con certeza los movimientos, los voy acometiendo conforme la trama va avanzando y hay tramas espesas de las que uno no sale jamás, tramas livianas, tramas de osito de peluche en la cama de una niña en mitad de la noche. 

Soy el caballo que corre hasta que se le pudre el corazón o hasta que revienta sus pulmones. No hace falta salir a la calle, enfilar la acera, ir buscando las afueras y correr de verdad, correr como te han dicho que corras, no es ése el correr del que hablo, o no lo es del todo, puedes correr mientras lees a Kavafis. 

En casa, en tu sillón de orejas, lees a Kavafis, escuchas a Prokofiev. 

Tu cabeza lee a Kafavis, pero Kavafis no es el fin. 

Yo te voy a decir lo que es Kavafis: es un escenario, uno entre muchos.

El argumento lo pones tú, el vértigo es tuyo, no finges, es verdadero. 

Estás en Alejandría mirando cara a cara al dios, mecido por la comparsa invisible, tanteando la luz, sintiendo cómo te invade a cada verso que lees. 

Afuera todo es extraño, dentro es donde persiste la bendita intimidad de tu fiebre. 

Estás enfermo, cómo envejeces, no necesitas cura, vas directo al final, pero el trayecto es hermoso, después llega la punzada. 

La belleza llega en ese trance, no la ves hasta que el cuerpo siente la punzada. 

Ahí está, después de la punzada nada es lo mismo, ni siquiera tú eres el mismo. 

Los amigos te ven, te escuchan, les cuentas cómo fue ayer el día, si el trabajo te agotó lo habitual o si en el bar en donde tomas el café no tuviste el periódico, como de costumbre. Son las costumbres las costuras del traje, todo se derrumba si hay un mal pespunte, si cambia el guion, pero la belleza arde, oh alma, por eso tú respiras, porque la belleza es la que escribe el guión de todo lo que observas, incluso la fealdad es una extensión suya a la que alguien encontró un sentido. 

La belleza no la entiende todo el mundo. 

Anoche escuché a Charlie Parker en un supermercado, estaba de fondo, no entendí cómo la gente no dejaba de echar cosas al carro, dejaba de comprar cerveza, lejía, pan de molde, bayetas, leche semidesnatada, croissants, cintas para el pelo, after shave, cinta de lomo, queso Comté, gamba blanca, donuts, cerveza checa o berberechos y se ponía a escuchar a Charlie Parker r en mitad del pasillo, en silencio, no vaya a ser que algo se pierda y no se registre toda la belleza, pero no pasa, eso no pasa nunca, ni yo hice eso que ahora me parece tan normal,  es que no hacemos cosas que llaman la atención, cuidamos de que no nos miren mal, estamos siempre cuidando de que no nos miren mal, hacemos lo posible para que nos miren bien, para encajar, para ser una parte relevante de la tribu, no una apartada, ni la parte prescindible, la que da miedo o la que no se entiende,  solo debemos hacernos entender y el bueno de Parker era un incomprendido. 

Todos los jazzmen lo son, el jazz no permite que alguien equilibrado lo toque, rechaza al ortodoxo, vengan los desquiciados, 

Estoy aquí, he venido a que me expriman, saquen de mí lo que nadie ha sacado hasta ahora, hagan que gima como nadie lo ha hecho hasta ahora. 

El oficio del jazz es gemir y hacer que quien lo escucha, en lo que pueda, en lo que sepa, gima también. 

El  bebop es un gemido, uno tangible, audible, un aullido de gemido, un aullido de oro puro, eso es el jazz, pero ahora tengo sueño, me he levantado muy temprano, suelo hacerlo, es lo que hago. 

Mi cabeza lee a Kavafis. 

Hay poemas de kavafis que no salen nunca, están ahí, aunque no se tenga la certeza de que está o no se divulgue ni se confiese a alguien. 

Yo tengo un poema de Kavafis en la cabeza, no tiene sentido airear esas cosas, en realidad qué hay que tenga sentido contar, no hay nada importante que contar y sin embargo todo es digno de ser contado, el oficio del que escribe es contar, es darse, es no dejarse vencer por el silencio, ya lo he contado muchas veces. 

He dicho que contarlo es una manera de recordarlo y de no decaer, sobre todo no hay que decaer, no hay que flaquear, no hay que venirse abajo, no hay que permitir que el silencio lo impregne todo, no hay que dar por hecha la luz.
La lu es la inminencia de luz.

La sombra es la inminencia de la sombra.
Todo sucede a ráfagas, todo está en esa danza entre la posibilidad de que no suceda y la tangible, la de la presencia, la cartesiana y la que puede ser percibida y convertida en mercancía de los sentidos, en instrumento de la belleza o del conocimiento.

Es tarde o es temprano, no es ninguna de esas dos cosas y es ambas a la vez.

El tiempo no es una medida que nos sea útil.

Ni el bostezo de los cocodrilos.