20.9.17

Zoología fantástica / Loros

Al loro que compré en Estambul le gustaban las literaturas germánicas medievales. Ponía unos ojos de loro entusiasmado cuando le recitaba en voz alta las gestas de Beowulf o los funerales de Héctor, el domador de caballos. Contrariamente a lo que se puede esperar de un loro, el mío no repetía con la gracia previsible las frases que yo decía. No se le veía nada que moviera a la gracia al modo en que los de su especie suelen. Su única evidencia de una inteligencia superior a la de otras criaturas era la de abrir los ojos con pasmosa desmesura. Se diría que estaba allí mismo, en la batalla, blandiendo la espada, empapado de sangre enemiga. Si un día me daba por cambiar de tercio y leer en voz alta, como suelo hacer, otro género, qué sé yo, poesía romántica o cuentos policiales, mi loro expresaba su disconformidad y emitía unos ruidos tan poco soportables que tenía que mudarme a otra habitación a continuar la lectura. Tampoco aceptaba que yo cantara, cuando me da por cantar, o que yo le recitara alguna frase ocurrente con objeto de que la repitiera. Era el mío un loro de costumbres peculiares. Su predilección, la única que yo advirtiese, era la épica medieval. Bastaba observar cómo se agitaba en cuanto el episodio narraba una cruenta batalla a la vera de un río o el ajusticiamiento de algún reyezuelo caído en desgracia. Esta mañana mi loro ha muerto. Estaba en el fondo de la jaula. Tenía un sencillo corte en el cuello. Temo que se ha suicidado. No me cabe otra explicación. Debió tener una pesadilla, me ha dicho mi madre, que es la que lo cuidaba. A mi corto entender, debió sentirse desplazado. No son buenos tiempos para las líricas medievales. Creo que ha muerto por disconformidad con la época en que le tocó vivir. No se me ha ocurrido reemplazar con otro loro.

19.9.17

Zoología fantástica / Moscas

A las moscas no se les pide jamás explicaciones. Se tiende a apartarlas o, caso de que incordien en demasía, matarlas con absoluta contundencia. Mi mano lo sabe. He diezmado a conciencia su población en enormes tardes de verano. No hay (o no había) molestia mayor que su zumbido en torno nuestra. No incurro en exageraciones si declaro ahora que odio que una se pose en mi brazo o remolonee pesadamente sobre mi cabeza. No siempre nos escolta la fortuna. Hay veces en que erramos. Hace poco, seriamente contrariado, lancé un manotazo contra una de esas moscas molestísimas. Mientras el buen doctor me la ensayaba en Urgencias, una mosca se posó sobre la mano sana. Medí la consecuencias de reventarla con el yeso recién colocado, pero renuncié. Seguí, fascinado, su vuelo por la consulta. En el fondo admiraba su osadía, ese atrevimiento animal y primario. Referí al médico que fue una mosca la que me causó el percance. Le confesé mi obsesión, no escatimé empeño, me esmeré en hacerle comprender que hay ocasiones en la que manda el instinto. Le pedí que me hiciera entrar en razón. Temía (temo todavía) que en adelante no tuviera freno y una mosca o un puñado de ellas me enloquecieran. Primero sacrificas una mano, luego la otra y finalmente no te arredras cuando está un juego tu cabeza. Sinceramente conmovido por lo que le dije, el médico quiso compartir conmigo que él también sufría el mismo mal. Recuerdo que nos miramos como ni a veces se miran quienes se aman. Sentimos el alivio que no podemos encontrar en nadie. Me confesó, en verano, cuando abundan, apenas sale. Va al trabajo, se encierra en su despacho, mantiene bien cerradas puertas y ventanas y después vuelve a casa, conecta el aire acondicionado y deja que corran las horas sin otro deseo que le acuda cuanto antes el otoño y pueda pisar las calles nuevamente. Todavía hoy pienso en su confesión. La siento mía y, al tiempo, me parece ajena. En cierto modo, le he tomado aprecio a las moscas. hacen que me discipline. Gasto las horas de ocio en casa ideando maneras de atraparlas. Me valen los botes de tomate que compro en el súper. Son ideales. Probé con botellas, pero no me entusiasmó esa altura estilizada, ese afinamiento al final. El bote de tomate es idóneo. Apenas los compro, vacío su contenido en el fregadero, los limpio con ahínco y dejo caer las moscas que afanosamente voy capturando. Al principio metía una por bote. Me fascinó que fuesen dos. Paso tardes enteras ensimismado frente a ellas. A veces creo que entro en el bote y vuelo con ellas. Les enseño mi brazo enyesado. Les cuento, aunque no se me escapa que inútilmente, la pasión que les profeso. No llega a ser un enamoramiento, no es amor lo que siento. En cierta ocasión, pensé en liberarlas, en ver qué hacían, si alguna volvía de manera voluntaria al bote. Las moscas muertas las dejo al fondo. A las demás parece que no les importa, aunque he notado que no se posan sobre ellas, las evitan, quizá piensen a su modo que el poco tiempo de vida del que disponen van a emplearlo en buscar sin descanso una salida. Ellas, las caídas en combate, serán mártires, pienso. Uno de estos días iré al médico. Le contaré lo de mis botes, le diré si quiere venir a casa y observarlos conmigo. Tal vez desista de su odio. Esta mañana he liberado a una de ellas. Abrí la tapa y esperé a que saliera. No lo hizo de inmediato, se demoró, probablemente creería que la fulminaría se abriese camino libremente. No sabemos nada sobre las moscas. Hay días en que deseo que alguien me haga entrar en razón y días en que no me interesa que nadie me disuada de mi empeño; días en que las ataco con furia, aún a riesgo de lastimarme una mano o una pierna, y días en que sólo me dedico a hacerlas entrar en mis botes y siento que la armonía me abraza y me reconcilio con el mundo y conmigo mismo. Quizá seamos legión los que amamos y odiamos a las moscas. Amor y odio juntamente, quiero decir. No vamos por ahí alardeando, declarando airadamente que en verano somos más felices porque tenemos moscas con las que entretenernos. Es posible que seamos muchos, por qué no. No sólo el médico que me enyesó el brazo y yo. No tiene sentido que seamos únicamente los dos. Se acerca el frío, temo que no pueda esperar a que prorrumpa el verano y anuncie su vértigo de moscas. Ahora me arrepiento de haber aniquilado cientos de ellas. No tienen culpa, no saben que son moscas, no tienen conciencia de su condición de insecto. Tampoco nosotros sabemos fiablemente qué somos. Si el mundo es un bote de tomate y alguien desde lejos nos observa entre el miedo y la fascinación o entre el amor y el odio. Si los reveses del destino, todas las tragedias que nos circundan, las que más atinadamente nos incumben, no serán sino manotazos de alguien, golpes que persiguen nuestro abatimiento. 


Zoología fantástica / Caballos y perros

Cuando despierta, ya no llueve. La envuelve el olor a tierra mojada y remolonea en la cama, tapada hasta la nariz, acomodando todavía el cuerpo a la espera de que el sueño regrese y pueda concluir lo que no recuerda. Del sueño, o de lo que se ha salvado del sueño, recuerda una puerta y también (brumosamente) un jardín detrás de esa puerta. Conversaban alrededor de una mesa unos cuantos amigos de cuando ella era más joven. Uno, que fue novio suyo entonces, hablaba de perros, de lo nobles que eran. Otro decía que el caballo era el animal noble de la creación. Un tercero, distraído, no apreció que un perro le venía encima, lo derribaba y lo mordía con saña en los brazos y en la cara. Sólo ella se le acerca, aparta como puede al animal y le pregunta, preocupada, cómo está, si se duele algo. Ahí acaba bruscamente el sueño o la parte del sueño que milagrosamente ha recordado. Al despertarse oye unos ladridos. Vienen de afuera. Deja el confort de la cama y se asoma a la ventana. No ve nada. Vuelve a refugiarse entre las sábanas y se lamenta de no saber cómo acaba la historia. Si su amigo se repone, si la conversación añade un animal de más nobleza que el caballo o que el perro. Entonces escucha un caballo relinchar afuera. No es un sonido que pueda confundirse con otro. Además parece que le están incomodando. Como si pugnara por zafarse de un jinete indigno, uno que lo vejara o que lo lastimara. Nada embargo, le concede la presencia de un caballo o de un perro. Así que se acuesta nuevamente. Antes de conciliar el sueño reparador, el de los perros, el de los caballos o cualquier otro que la alivie de la pesadumbre que la embarga, coge un libro que tiene en la mesita de noche. Hace días que no lo lee. Lo abre con delicadeza. Sabe qué le espera. A poco de que se le cierren los ojos, cree escuchar otra vez relinchos y ladridos. Decide no levantarse. Incluso el olor a animal impregnado en el aire no la fuerza a dejar la comodidad dulce del sueño. Al concluir ese limbo impreciso de caballos y de perros, se asea sin prisa, prepara un café reparador y enciende la televisión. Nunca lo hace, pero ese día piensa en qué pasó en el mundo mientras ella soñaba. El presentador refiere que un camión que transportaba caballos se había empotrado en un casa lindante con la carretera. Los perros muertos se cuentan por decenas, añade. Los gerentes de la perrera lamentan lo ocurrido y piden a las autoridades que investigue si el conductor iba bebido o sólo fue un desgraciado despiste. Es entonces cuando decide acostarse otra vez. Cree que podrá deshacer la tragedia si la sueña. Quizá no escuche ladridos ni relinchos.

18.9.17

Zoología fantástica / Hormigas

La hormiga cubrió la distancia que la separaba de mi zapato en una tarde entera. La vi avanzar sin desmayo. Tampoco sabría ahora decir si le costó o no. Sé que se plantó allí delante y no se movió en un par de horas. Mientras que ella se desplazaba, yo leía. Nunca había sentido esa compañía tan insignificante. La de la hormiga avanzando, acercándose poco a poco al sillón en donde estaba muy cómodamente instalado. En esa tarde, concluí la novela. Era buena, sin ser magnífica. Me encantó la manera en que la trama iba desquiciándose sin que se desmoronara la entereza de los protagonistas. Uno de ellos, uno particularmente obcecado en alcanzar su destino, conjurado a esa meta a riesgo de su propia vida, moría fortuitamente nada más conseguirla. Uno no puede llevar de la mano a los protagonistas. Pensé que ésa era la voluntad del escritor, que es un dios en lo suyo, si se piensa con detalle. Dolía que ahí concluyera la novela, que no hubiese una posibilidad, por pequeña que fuese, de que otras circunstancias de la trama me sacasen de la tristeza enorme que esa muerte imprevista me había causado. Fue entonces, al concluir la historia definitivamente, cuando la emoción de esa pérdida irrecuperable hizo que se cayese el libro al suelo. Aplastó a la hormiga, la redujo a una mancha en el suelo. No fue voluntad mía. Fue el azar, por pensar algo.

17.9.17

Zoología fantástica / Vacas

El pastor se queda dormido con el libro de Kafka en las manos. El libro termina cayendo. La vaca se acerca y lo olisquea. Le da fuerte con el hocico y ve con interés que no se rompe. Le vuelve a arrimar con más vehemencia. Está toda la vaca en ese gesto. Ni una parte pequeña de ella queda fuera. Entonces abre la boca y empieza a buscar el modo de comérselo. No sabe qué sabor tendrá, pero siente cabeza adentro que comer el libro que no puede romper es un modo de vencerlo. Se la ve con entusiasmo, se aplica en la mordida, en la ingesta de las hojas. De pronto bizquea, da arcadas, mueve arriba y abajo la cabeza y suelta un eructo no muy sonoro, la verdad, pero que despierta al pastor. No es la primera vez que escucha a una de sus vacas soltar un eructo, pero nunca había visto ninguna que tuviera unas alas de insecto en el costado.

Elogio íntimo del infierno




   A mi amigo Francisco Machuca
El infierno en el que creo está en Melville, en Ahab, en la ballena blanca.
Está en Conrad cuando dibuja un río y hace que la oscuridad lo atraviese.
En la mentida inocencia de Perrault y de los hermanos Grimm.
En el hombre sin atributos de Musil.
En la primera mañana del mundo para Gregor Samsa.
En el Maelström de la cabeza.
En las ensoñaciones de William Blake.
En la oscuridad de las catedrales.
En los festejos bastardos de la carne.
En el cine negro de la RKO.
En la memoria infinita de Funés.
En el club de los suicidas de Stevenson.
En las resacas de Bukowski.
En el barril de amontillado de Poe.
En la vida cartesiana y triste de Benjamin.
En Derry cuando llueve en 1958.
En el festín de los lobos.
En la cara oculta de la luna.
En la infamia del desquiciado Hyde.
En Mann con asma baviera.
En Beatriz perdida en un círculo concéntrico.
En Morel inventándose una isla.
En el desquicio sin rimar de Leopoldo María Panero.
En el rey del que Shakespeare hizo un dios.
En Dios permitiendo el caos, la miseria,
permitiendo a Shakespeare.
En la crónica del submundo de Orfeo.
En Ripley tomando café en una terraza de Florencia.
En Maquiavelo y Montesquieu, hablando morosamente.
En la soledad de Peter Pan.
En Walter White en una caravana en mitad del desierto.
En las cartas que escribió Bram Stoker
En los dioses primigenios que pueblan las calles de Providence.
En la oreja tirada al césped en Blue velvet.
En el trago de veneno que se aplicó Rimbaud.
En las carreteras secundarias por las que Humbert Humbert huye con su Lolita.
En Pessoa, que reemplazó a Dios, escogiendo al Hombre.
En el veneno en la boca del muerto.
En la carne débil, en su fiebre insalubre.
En el desquicio de Panero antes de que se lo llevasen todos los demonios de la ginebra.
En la absenta a la que se encomendaba Baudelaire.
En todas las derrotas.
En todos los naufragios.
En todas las oraciones.


salmo

A veces digo salmo y el aire lo ocupan columnas de humo que izan su vientre atrofiado de vírgenes y de astilla de santo. A hurtadillas digo salmo una vez más y el pecho se me abomba y una oquedad como de óxido se adensa en mi boca y la quiebra. Digo salmo finalmente y una usura de agua oscura y de ceniza antigua y altiva invaden mi corazón ya un poco alga que grita desde adentro y me arenga. De lejos me vienen las palabras que nunca digo y me confunden. Oigo cómo me van contando fábula, eco, cuerpo, historia, esa previsible ración de espanto que el día alumbra al clarear en lo alto. La noche está sola y un caballo está galopando un sueño.

15.9.17

Una piscina con palmeras y amantes hindúes


Uno toma distancia de lo que no le conviene, lo mira de lejos, adquiere la percepción de que no hay nada que le fuerce, nada que lo apremie o que le reconcoma. Sólo está la sensación de si hemos hecho bien y no hubiese sido de más conveniencia flaquear, dejarse llevar, poner en claro las ideas para luego arrumbarlas, darles puerta, hacer que no pesen dentro de la cabeza y campar por ahí sin que duela la conciencia. Caso de que no exista conciencia alguna, las horas pasan con más notoria frugalidad, se expanden, crujen, vibran, elevan su condición de espuma, nos confortan o nos sangran, pero es sangre con más vida que la que fluye en la oscuridad de su cauce, dentro del cuerpo, que es un tirano. El cuerpo es quien nos bendice y también quien nos condena. La cabeza es un vigilante jurado. Está ahí a ver qué pasa, por si se desmanda la escena o por si se estanca y no avanza. Todo lo que viene después (el cansancio, el pecado, la certidumbre de que el fin se aproxima) es materia secundaria. Cuenta el júbilo, sólo eso cuenta. Si yo escribiera un diario, sólo consignaría los episodios felices, las andanadas de alegría, toda esa trompetería dulce del corazón cuando late desbocado y amenaza con desbordarse, con salirse del pecho y danzar a sus anchas, festejando el ala el mismísimo vuelo, pero no sucede nada de esto, no al menos de un modo fiable, duradero. A veces dejamos que el cuerpo mande y obedecemos sus necesidades. Da igual lo que la cabeza decida, no importa que se obceque en censurarlo todo, en zanjar las veleidades, en poner coto al vértigo y a la fiebre. El placer es vértigo y es fiebre. Hay días en que uno piensa en estas cosas y otros en que ni se le ocurre. Días que aplazan las consideraciones metafísicas y días en que todo es cavilación y hondura. Los demás no entienden estas cosas. Uno tampoco entiende al otro. Son monólogos. Toda la filosofía es una fiera batalla entre la luz y la oscuridad, pero no se entrevé quién sale victorioso. Somos ángeles y somos demonios. Cuando estamos iluminados, sabemos a qué inclinarnos, tenemos noción de lo que de verdad nos alivia o lo que más nos deleita. No sé si esos otros de los que hablo caen la cuenta de estas cosas, ignoro si se entretienen en estas ocurrencias. Todas son frívolas, si se escuchan con atención, si se leen en detalle, amigo mío.

En un poema de Houllebecq había palmeras y amantes hindúes. También una piscina en la que el poeta hubiese querido pasar tres años. Quizá fuesen más. No presumo a estas alturas de memoria. Se ha empequeñecido, ha ido perdiendo esa pujanza primeriza en la que uno era capaz de recordar detalles irrelevantes como si fuesen la sangre que mueve el corazón del cosmos. No es la edad, no es algo de lo que ahora yo me queje. Debe ser el cansancio, debe ser este decaimiento lento y sin estridencias con el que trasiego últimamente. La belleza será convulsa o no será, sentenció Breton. Esta noche creo que voy a leer unos poemas suyos. A ver si dicen lo mismo que dijeron cuando me deslumbraron. Probablemente sean distintos, aunque sean las mismas palabras. Es casi seguro que no serán los mismos poemas, cómo podrían serlo. Tampoco son iguales todos los viernes. Hoy ni he apreciado que irrumpa como suele. Nada que no repare el sueño. 



14.9.17

El cofrade secreto

En cierto modo,  el tiempo en que uno escribe es tiempo en el que no lee, pero no hay vez en que escribir no sea también un acto de lectura. Uno escribe y sanciona lo escrito, lo reforma, lo estira, lo desmonta para recomponerlo después. Hace todas esas en la cabeza, no las plasma en la hoja, no las conforma en el texto o no es enteramente necesario que lo haga. Es en la cabeza en donde está la escritura. No sabemos qué hace que elijamos unas y desechemos otras, de qué modo (secreto, íntimo) se ejerce esa censura privada, la que se esmera en cuadrar una idea con el armazón lingüístico que mejor la expresa o el que, según qué intención tenga, la haga más hermosa. El lector, en este sentido, es una especie de escritor perezoso, ajeno a los rigores de la escritura, uno que no precisa del registro de las palabras. Mientras leemos, somos el lector primero, el fundacional, el que hizo el esfuerzo de dejar constancia de lo pensado. Cuando leo a Tolstoi, soy Tolstoi. No hay escritor que haya muerto del todo. Todos existen en cuanto alguien los lee. Ese diálogo (presumo) debe ser la eternidad, una especie de cielo inverso en el que todo permanece, en donde nada se pierde o se reduce. 

Cada libro, en cierto modo, es la historia particular del lector que lo abre. No existe como libro hasta que alguien formula el rito maravilloso de imponerlo a la realidad. Antes de ese acto mágico, cuando todavía no existe la voluntad de abrirlo, el libro es un objeto entre los objetos, como diría Borges o un fantasma, como diría Cela. El aburrido trabajo de contable de Kafka o de Pessoa seguro que consentía libros secretos dentro del abrigo. El otoño que se cierne es propicio para esas escaramuzas. El libro se convierte así en un objeto clandestino, en un espejo furtivo de nuestra propia incertidumbre ante la vida. Se trata, al cabo, de nunca ir solo. El lector es una especie de enemigo acérrimo de la soledad. Busca siempre refugios, lugares donde otros desamparados facultaron las actas de una cofradía única, ajena al tráfago de las prisas del mundo vertiginoso que hemos inventado. El cofrade secreto, héroe de sus fugas, flipado con la bondad del botín, no precisa correligionarios que le aplaudan los gestos, los títulos y los pies de página abiertos en cada capítulo, en cada pequeño trozo. Él es ala y él es vuelo. 

13.9.17

Cientos de libros más tarde




Hay desórdenes que los causan los libros. Daños a veces poco reparables, fracturas que se acarrean de por vida y con las que trasegamos, sin que se las pueda retirar o hacer que duelan menos. De hecho hay vidas que discurren con absoluta normalidad, nada las importuna severamente. Poseen en propiedad tragedias pequeñitas, cuentos cortos que terminan por sepultarse en el olvido. Nada del otro mundo, ya saben. Se dice de ellas que están más inclinadas a la tristeza que las otras, que las impregnadas de riesgo, las que se visten de tragedia. Son los libros, en algunas ocasiones, quienes se encargan de cubrir esa orfandad. Tuve un amigo escandalosamente feliz, ocupado en ligerezas la mayor parte del tiempo, poco o nada preocupado de los temblores del mundo. El azar le obsequió con una templanza admirable. No se alteraba en público y, a lo que contaba, lo hacía lo justo en privado. Fueron los libros los que le expulsaron de ese paraíso emocional. En ellos descubrió lo mal hecho que está el mundo. Fueron ellos los culpables de que se perturbara. De pronto cayó en la cuenta de que hay amores imposibles o de que la gente se suicida a las primeras de cambio o de que morir no es lo peor que puede pasarte o de que la soledad es un cáncer. Comprendió que la vida, en ocasiones, no rivaliza con la ficción, ni se le acerca. Al menos su vida, la suya pobre y rica a la vez, de tan corto y medido vuelo siempre. De él guardo esa impresión. Ni los años, los muchos que hace que no le veo, han borrado ese desconcierto. Los libros, dicho de una manera brusca, le malearon, lo zarandearon, lo instalaron en un agujero que ni pensaba que existiese, del que salía como si nada, pero del que ya no pudo substraerse. Tienen los libros ese veneno dentro. No todos, quizá muy pocos, pero algunos de esos libros son armas de perversión masiva. Hacen que te cuestiones todo, que a todo le asignes una duda razonable. En cierto modo todos somos, en parte, ese amigo mío deslumbrado (y al tiempo enfermado) por los libros. Quien no haya sentido esa punzada no ama la literatura. Se limita a leer, que es un asunto noble, pero no más relevante que pasear en bicicleta, recoger setas en el bosque o cocinar platos italianos. Cada libro es, en cierto modo, espejo de quien lo lee. Extrae del lector lo que ni él conoce. Hay libros que desasosiegan, libros que conmocionan, libros que destrozan. Cada libro hurga en quien lo lee a la manera en que se le hurga a él. El abismo te mira también. Quizá mi amigo sensible, ése que descubrió a Pessoa en un bar de Cádiz, lea esto ahora, quién sabe, entra en lo posible. Tal vez sepa que es de él de quien hablo, aunque hable de mí y nos incumba a todos. Juan, somos del tamaño de lo que vemos, escribió Pessoa. Éramos grandes entonces, no hay que pensar que no sigamos siéndolo ahora, tantos años después, cientos de libros más tarde. Tengo un par de amigos o tres que, siendo también muy de Pessoa, saben de qué se habla en estas líneas, conocen esa quemazón, han apreciado el desencanto y han regresado, indemnes, al gozo, a la luz, al abrazo limpio de los que amamos. Ellos nos reconfortan, nos rescatan, hacen que podamos volver a dejarnos atrapar por la literatura. En ellos está nuestra casa, por ellos la cuidamos a diario. 

11.9.17

Día primero de escuela

Contra la voluntad de perdurar está la de no contener deseo alguno de que nada dure más de lo preciso. He encontrado gente que anhela pasar desapercibida y otros que, a poco que se les incita, hacen valer su firme convicción de que han venido a este mundo para hacerse oír y dejar huella. Gente rotunda cuando manifiesta su voluntad de que se le escuche en todo momento o de producir en los demás cierto tipo de admiración. Gente que cree con vehemencia que han venido a este mundo a dejar huella y se obstina en no desaprovechar ninguna circunstancia que haga medrar ese propósito íntimo e irrenunciable. También la otra, la que hace las cosas sin que se detecte el orgullo que les produce hacerlas e incluso hacerlas muy bien y advertir que los demás lo saben. Imagino que todos enseñan algo. De ésos tengo algunos cerca, por fortuna. Se aprende a diario, se enseña a diario. No sabemos a quiénes les damos algo o los que nos lo dan. A veces, si concurre el azar más propicio o está uno alerta o sensible, percibe que está aprendiendo o que está enseñando. Hay días en los que no se produce ni una ni otra cosa, días que transitan con pereza, como empujados por un viento gris y deshilachado. Los otros son los que importan, los que hacen que cuadre todo. Se trata, al final, de que todo cuadre, es posible. Esa sencilla cosa, una especie de ensamblaje. Uno perdura cuando enseña. No hace falta tener esa certidumbre constantemente en la cabeza. Basta con ejercer el oficio, con disfrutarlo, con poseer la voluntad de enseñar, sí, pero la de aprender también. Se aprende todos los días. No hay ninguno en que algo no te pula, no te forme, no te haga mejor persona. Quizá, en el fondo, baste finalmente con eso: con hacernos mejores personas. Ese es el verdadero trabajo, el más difícil de acometer, el que más obstáculos interpone, también el más gozoso cuando se franquea. Hoy empieza el colegio, se abren las clases. Toca enseñar y aprender. Se espera también, aunque no hay confirmación fiable, ni esperanza certera, que no se nos importune mucho desde arriba, que los que piensan y deciden cómo funciona este asunto estén en lo suyo, en lo nuestro, en permitir que hagamos nuestro trabajo lo mejor posible. No faltará entusiasmo, no tendremos pereza. A ver si de una vez por todas se entiende en esta sociedad nuestra que el futuro empieza hoy, empieza en la escuela y está, en gran medida, en nuestras manos. Que les vaya bien el día. 

9.9.17

Mi pequeño sí privado



Cuento entre mis aficiones la de procurar no renunciar a ninguna. Cuando me atiborro de antibióticos, prescindo del alcohol o cuando la alergia me colapsa los pulmones, una vez al año, por mayo, retiro el tabaco hasta ocasión más propicia. Una de las más queridas aficiones, una que no hay médico que rescinda, es la de las palabras.  Prueba uno el sabor de la palabras y ya no desea ningún otro sabor. No hay otro que se le parezca. Estrujen un adjetivo y verán cómo sale otro igual que de la panza de John Hurt salía un alien. El lenguaje tiene estas cosas: cree uno que lo tiene dominado y de pronto un adjetivo se resiste o sale díscolo o se pone a roznar como un asno o a balar como una oveja y entonces no tenemos esa certidumbre de saber con qué andamos trabajando. Las palabras son, en este caso, piezas sensibles que no se dejan manosear por cualquiera, ingredientes de un plato delicioso o de un brebaje tóxico. Recuerdo mañanas enteras arañando palabras, buscando cuáles convendrían, con cuáles armaría la frase y la dejaría expuesta, creyendo la mentira de que no sería posible limarla más. Una de esas aficiones que me gusta mantener es la de la curiosidad semántica. No hay mejor libro que  un diccionario. Puestos a dejar que se nos desboque la imaginación, podemos asegurar que dentro de un diccionario, ni siquiera del mejor ni del más premiado, están todos los demás libros. Está Lolita, Lo-li-ta, la pieza maestra de Vladimir Nabokov. Están las obras completas de William Blake, que era un visionario metido en letrista de copla de la época. Está Borges y sus laberintos, la rosa de Milton, los tigres en la noche. Dentro de los diccionarios, en su alambique de placeres, están todas esas cosas, las que sabemos, las que nos esperan. Está Conrad, está Lovecraft, está Cortázar. Son atlas en los que perderse. Cogido anoche uno, comprobado su peso, fascinado por lo que tutelaba, reparé en epistolar. Abrí una página por limpio azar y di con ella. Se me ofreció, no sabe uno bien qué la forzó, no hay tampoco necesidad de entender esa gobernanza oscura. Mantuve epistolar en mi cabeza, pensé en todas las cartas que he enviado, en las que recibí, en que ya nadie escribe cartas, ni siquiera de amor. Yo he escrito muchas, tengo memoria para recordar que he escrito muchísimas cartas. Lo hice por amor a quienes las recibían y por amor a la escritura y también por amor a mí mismo. Hay épocas en las que uno se ama con más vehemencia; otras, según qué nos aqueje, en las que renunciamos a ejercer esa querencia doméstica y nada de lo que hacemos nos parece bien y nada de lo que hacen los demás nos parece bien tampoco. No hay gozo que dure, ni dolor. En el diccionario están las palabras que usó Shakespeare. Debe haber una combinatoria mágica que las arracime y de las que se extraiga una composición que exhale belleza. Todas las palabras de amor lo son porque están calzadas con otras que las completan y mejoran. Si releo este texto y lo escribo de nuevo, elegiré otras palabras, será otro texto, no éste. Quizá por eso no releo lo que escribo. De hacerlo, no lo volcaría, no lo expondría, no daría mi anuencia, mi pequeño sí privado. Ha sido un día largo en exceso. Extraño casi todo el tiempo. Tal vez no haya sido el mejor que pueda recordar, pero he llegado a su finiquito con una sonrisa.

Atlas


Mamá es un atlas y papá es un atlas.
En la lógica cartográfica,
en esa serenidad sin futuro,
los países son extensiones del alma.

Tengo el vicio pequeño de ir 
            de un lugar a otro con el dedo.
Repaso los ríos, voy perfilando 
la longitud retorcida de las costas.
Pienso en la suma sencilla de accidentes geográficos,
en el inventario de ocasionales incidencias topográficas.

Papá yendo al trabajo al abrir el día.
Mamá poniendo en orden la provincia de la casa.
Todos esos años ahora no existen.
El mapa fue calcinado por el olvido.
Las carreteras se pierden página adentro
sin un cielo hondo que las vigile,
sin ardorosas estrellas ni secretas nubes.
No hay ríos, no hay elevadas montañas, 
no hay un cielo azul e invisible en mi mano
al recorrer los ríos y al acariciar las montañas.
Está vacía la luz, no tiene pulso en su centro,
se ve cómo vibra y a cada latido se aleja.

El mapa de la infancia está abandonado 
a su triste suerte testamentaria.
El insensato mapa de la felicidad
convertido ahora en la memoria del dedo que lo surca,
el dedo metafísico, el dedo voraz, 
el dedo que escruta el alma dispersa en los perímetros.

Los libros son mapas de un mundo a punto de ser revelado.
Veremos las ciudades, pasearemos las calles nuevamente.
Es la memoria la que escribe. 
Papá con su memoria de agua 
Y mamá con la suya de espejos.
Toco el mapa y siento que regreso.
Me duele el mundo. 
Siempre duele cuando no lo vemos.


Atlas no pudo entrar en Curso de Escritura Automática. Lo dejo aquí, por consideración a los otros, con los que fue alumbrado

8.9.17

Cosas que no te incumben


Hay días de una mansedumbre muy tierna. Ves lo que te rodea como si no te incumbiera, aunque actúes y te ofrezcas y nada se distinto a lo de ayer o a lo de siempre. Es el principio de incertidumbre de Heisenberg que le gustaba tanto a una amiga mía. Todo lo que tocamos se corrompe o se ennoblece, añadíamos. Depende de qué mirada apliquemos. Ni siquiera es algo en lo que intervenga la voluntad. Lo arruinamos o lo embellecemos como si nos guiara la mano el azar. No tengo tiempo para escribir como querría de todas estas cosas. Dejo notas, fragmentos, lineas a las que volver. Viene uno al blog de vez en cuando y se explaya en cinco minutos, cuenta lo que se le ocurre, se desahoga (imagino que al final escribir es una especie de evacuación unánime de todo el cuerpo) y sólo importa que el texto fluya y se envalentone solo, como si no fuese ya cosa mía y no tuviese sobre él ninguna responsabilidad. De hecho, al releer lo que se ha ido escribiendo por aquí o por otros lados, no tengo la conciencia de que esa incontinencia sea mía, la contemplo como ajena, escrita por otro, leída con la misma fascinación o idéntico repudio. Cosas que no te incumben y, sin embargo, no puedes vivir sin ellas. 


7.9.17

La cosecha

Confía ciegamente en la cosecha. Empapada de gozos, loca de lujuria, la cosecha alumbra prodigios, la cosecha desoye la admonición del augur, la cosecha previene al hombre de dioses rudimentarios y caprichosos, la cosecha escala el corazón y prende una luz en su altura más limpia. En la cosecha residen las virtudes, la plenitud absoluta del amor, el libro de las horas, la noticia de la belleza y la evidencia del tiempo al abrirse paso sobre el ruido y sobre la ceniza. No hay nada que no esté gobernado por la luz de la cosecha. Nada a lo que la cosecha no alumbre. Incluso la oscuridad, en su plenitud, posee la luz en su secreto seno

6.9.17

Ornithology

en noches como ésta 
una hemorragia 
cándida y dulce 
vacía mi cuerpo, 
desaloja primero la voz, 
luego me arresta 
en el hueco del sueño, 
ahí hago 
sutiles navegaciones elementales, 
cubro distancias de azúcar, 
paisajes de plástico, 
extensiones que a mi paso 
se ondulan y arquean, 
se pierden en un punto y súbitamente 
aparecen luego en otro, 
turgentes, plenas, 
respirando con un pulmón de dios 
el aire sublime de toda esta pereza increíble, 
esta soledad ahora ya pura 
o será el whisky,
el viejo whisky abrazado de nuevo ahora,
la luz delicada del flexo en los cubitos 
y la lengua flambeada de vértigo,
Charlie Parker ahí detrás 
en los Bowers and Wilkins 
soplando como un condenado 
mientras afuera la noche 
se ofrece lasciva

5.9.17

El amor

Hay veces en que no aparece nadie, recorres las calles, las mides y reparas en quién las pasea contigo, en quien camina a tu vera, en la acera de enfrente, detrás o delante, te fijas con atención en ese tropel anónimo que camina junto a ti, pero no es nadie , no son nadie, no hay con quien puedas contar, nadie que te asombre ni te moleste, nadie a quien saludar o que salude, nadie del que después guardes un recuerdo, aunque sea uno breve, uno del tipo que dura un instante y luego se diluye entre los demás recuerdos y toma de unos y de otros rasgos y gestos hasta que no tiene entidad alguna y entra de bruces en el olvido. Lo que se registra y lo que se abandona están en ocasiones tan extremadamente cerca que no se entiende el porqué de nuestra inclinación a elegir y salvar y sacrificar. Hay veces en que aparece alguien. No tiene que ser alguien a quien veamos por primera vez, nadie que nos fascine o nos enamorisque. Se puede incluso afirmar que en muchas ocasiones es alguien a quien conocemos bien o incluso a quien conocemos mejor, pero aparece como si fuese la primera vez, lo vemos como si no hubiese nada suyo en nuestro interior, cuando lo tenemos todo o lo ocupa todo. Debe ser el amor, será el amor, vamos a pensar que es el amor.


4.9.17

Soy legión


Weegee, Multitud en Coney Island, New York, July 1940


No hay manera de saber la razón por la que disfrutamos las mismas cosas. Deberíamos tener gustos individuales que nadie comparta. Cada uno una debilidad íntima, que no sea la de los otros o que no despierte el mismo interés, ni siquiera interés alguno. En cierto modo el hecho de que exista esa afición común, la de ir a la playa o visitar un museo o escuchar un concierto de música sinfónica, hace que no seamos tan exigentes, se diluye la responsabilidad, se rebajan las expectativas, de modo que no es tan importante que la playa no sea la que esperábamos o que el museo no tenga los cuadros que deseábamos ver o que el concierto no tuviera los intérpretes idóneos. Se comparte la decepción y esa división hace que el daño no sea tan evidente o que no haya ninguno incluso. Cuando pienso en qué tengo yo que sea enteramente mío, de lo que posea una propiedad de verdad privada, que no suscita la inclinación o la devoción ajena, no encuentro nada a lo que acogerme, ninguna cosa que me apasione y de la que tenga la sensación de que es rara o de que no alienta el favor popular. Hace poco, antes de que se derrumbara a peso el calor sobre mi pueblo, salí a pasear escuchando sinfonías. Esos paseos sinfónicos (Dvorak, Mozart, Sibelius, Brahms, que recuerde) no me dieron más placer que los ocupados con el jazz de siempre. Todo parece que conduzca a un estado de normalidad que, en cierto sentido, no me entusiasma. Prefiero la periferia, me siento bien lejos del mundanal ruido, ocupado en sentirme hospitalario conmigo mismo, consciente de que todos estos años de trasegar con mis manías han tenido alguna utilidad de la que ahora pueda extraer algunas más, por ver de qué soy capaz. Si podré entrar en contacto con el budismo o con el cine ruso del primer tercio del siglo XX (del otro, salvo el gran Tarkovski) o con el nihilismo o la paleontología. Si dejaré de sentir alegría cada vez que escucho valses de Strauss y me aficiono a la tristeza de la sinfonía número 5 de Mahler, que aprecié hace años y a la que vuelvo con absoluta prudencia. No conviene ingresar en la tristeza si no es estrictamente necesario, no está siempre uno con esa voluntad un poco excéntrica, en la que se administra a conciencia la pesadumbre, por ver cómo encaja, por observar de primera mano sus efectos. Uno es muchos, no somos el mismo a tiempo completo, no es bueno ni siquiera que seamos únicamente esa unidad estable, indivisible, como hecha un grumo sólido. Qué placer ser los demás, probar a ser otros, exponerse a las costumbres ajenas, darse sin que nos demos de verdad, involucrarse a medias, como guardando una porción personal en la confianza de que podamos sacarla y andar de nuevo a nuestro paso, al aprendido, al probado durante años. Qué enorme placer salir de nosotros mismos a capricho y saber el camino de regreso. Ser el que lee de noche a Baudelaire (anoche nuevamente Las flores del mal) y también quien pasea a solas su pueblo y ser dos personas diferentes y que ninguna sepa nada de la otra. 

2.9.17

La pedagogía del dolor

En la idea del placer concurre también la de no padecer dolor. Quizá interese ocuparse seriamente del gozoso término medio: esa certeza un poco brumosa de sentir una especie de armonía en la que nada nos entusiasma ni nada nos derrota. Uno busca afanosamente el placer y, cuanto más ahínco usa, más alienta que se sienta la poderosa irrupción del dolor, con más nitidez se percibe su acometida y más fundadamente se le teme. No hay conveniencias fiables a las que asirse, tampoco un procedimiento que lo disuada. Se está a su entera merced. La pedagogía del dolor es quizá la materia de la que tenemos menos avances. No sabemos qué urdir, no poseemos instrumentos fiables y certeros, no están cuando el dolor prorrumpe con la vehemencia que en ocasiones suele. Anhela uno zanjarlo expeditivamente, compone una súplica íntima y luego, cuando no observa alivio, por puro desahogo, la airea, la vocifera a veces. Quiere que cese, quiere que el mundo regrese al estado previo, cuando existía esa armonía dulce en la que alma y cuerpo no sufrían asedio alguno, cuando todo era, si no placentero, sí normal. Es una trampa eso de la normalidad. Lo es porque se nos ha educado para buscar incesantemente el placer o la felicidad, y esos dos conceptos son quebradizos, frágiles, huidizos. 

Por fortuna, si el dolor mengüa, nos manejamos bien con el olvido. Se rebaja el estado de alerta, se limpia la zona vulnerada y se tiene esa percepción (falsa, sobrevenida artificialmente) que consiste en confiar en que todo volverá a su cauce y que el veneno no nos emponzoñará de nuevo. Nada más equivocado: vuelve más tarde, lo hace con absoluta indiferencia a cuanto urdimos en la contienda. No se busca el dolor, ni tal vez se le deba rehuir si acude. Su compañía es tan lógica, tan devastadoramente lógica, como su apreciado reverso, que es su ausencia. No hay nada con qué compararlo, ni nada que rivalice con el mal que siembra. Ni la muerte lo iguala. Porque la muerte es una especie de dormir sin que haya sueños ahí adentro. Duele sobre todo el dolor de los demás, de todos a los que amamos. No aceptamos que sufran, cómo hacerlo. Llegar a aceptarlo es la gran asigna pendiente. También lo es de quienes lo padecen. Ni la cultura, tan basta, de tan hondo brillo, ni la belleza zurcen el roto que infrige el dolor. Somos de una fragilidad asombrosa. Estamos arrojados a ese fuego larvado e incansable. Ahora que amanece y vuelven los colores y laluz todo lo cubre se calma uno un poco, piensa que es posible aprender a sobrellevarlo. Lo piensa brevemente. No dura mucho esa pequeña reflexión sanadora. 

30.8.17

El vuelo

Me decía ayer José Antonio que no hay tiempo para casi nada de lo que de verdad nos gusta. No le rebatí, no encontré con qué, no pude discrepar, me dejé llevar y asentí y pensé en Rilke y en eso tan afinado que escribió sobre lo ricas que se hacían las cosas a las que se entregaba y lo pobre que le dejaban a él. Discrepar está bien, incluso es estimulante. Tengo un amigo que discrepa siempre. Lo hace por el placer de la confrontación, por dejar sentada una hostilidad liviana de la que después poder liberarse alegremente a poco que renuncia, cuando intermedia un gesto amistoso y te hace ver que todo era un pequeño teatro y que, en el fondo, a pesar del gasto enorme en palabras y en tiempo, pensaba como tú, sin variar un punto el fondo de la diatriba. A pesar de eso, pensando en ese amigo, no discrepé cuando José Antonio, ayer noche, por teléfono, me expuso (sin amargura, es cierto) su imposibilidad para crear, su marasmo, esa especie de campo de batalla en el que su ejército de un solo soldado libra un combate contra el mundo. Ese deseo, mío también, era ése: el de envalentonarse con la realidad, el de hacer que no se inmiscuya tanto y deje paso a la creatividad. Sin ella, sin lo que nos procura, andaríamos enfermos él y yo. La dolencia sería sutil, no del rango de dolor de otras más severas, pero igualmente sufrida, llevada adentro como quién acarrea un peso que lo lastra. Llegarán mejores tiempos, serán propicios, nos harán más fácil el vuelo.

29.8.17

Hablar mejor, escuchar mejor

Uno habla mejor cuanto más percibe que lo escuchan. No importa toda la razón que se le dé a Hemingway cuando dijo que necesitamos pocos años para aprender a hablar y toda la vida para aprender a callarnos o algo así, no tengo a mano la cita. Creo que necesitamos ser escuchados en mayor medida que la necesidad de escuchar a los demás, lo cual es una paradoja tan siniestra y de tan brutales alcances que así nos va. No levantamos cabeza, el género humano digo, porque todavía andamos engolosinados con nuestra labia doméstica, con las palabras que nos piden a gritos ser aireadas, con las ocurrencias que exigen curso y timbre y desean con vehemencia ser compartidas, lograr su desembarco en los cuatro puntos cardinales, que son tres, el norte y el sur, como dejó escrito Huidobro en el precioso prefacio a sus Cantos. El mal no es una condena bíblica, no es un pago que estemos haciendo por algún desliz que tuviéramos en las edades pretéritas: se tiene del mal esa idea un poco metafísica, como sacada de una narrativa apocalíptica, pero una de sus bazas más fiables es el mismo hombre, el que se atropella cuando habla, el que prefiere su discurso (el que ya conoce, el que ha ido rumiando desde que abrió los ojos al entero mundo) antes que el discurso del otro. Porque el otro es el enemigo, se mire como se mire. Siempre hay un momento en que elegimos ponernos a salvo, aunque ese acto condene a quien lo desea a la vez que nosotros. Las guerras no las causa la tierra, ni el agua, ni la propiedad de los dioses: son el resultado de hablar más de la cuenta o de escuchar menos de lo deseable. Cuando abrimos la boca tenemos la obligación (absurda, por otra parte) de decir lo mejor de lo que somos capaces. Tenemos que dar lo mejor de nosotros mismos incesantemente. Se nos ha educado para triunfar, no para ser buenas personas o amar al prójimo o a la naturaleza o al ruido que hace la lluvia cuando repiquetea como un pájaro enfadado contra el suelo. Esas cosas están bien. Está bien la bondad, está bien la luz del sol y el agua de los ríos, está bien la lluvia, pero por encima de esas tiernas y hermosas consideraciones está la voluntad de quedar bien en todo lugar, de sobresalir, de hacer ver a los demás que hemos aprovechado cada minuto de nuestra formidable vida y que vamos a emplear con el mismo empeño la que nos quede en no salirnos de la senda y seguir dejando claro al que se nos cruce quiénes somos. Y hablamos mejor si tenemos la certidumbre de que se nos está escuchando. El arte de escuchar es el que salvará al mundo del caos al que incesantemente se abisma. Todos los políticos del mundo se obstinan en cuidar su lenguaje, en hacerse entender, en saber qué palabras usar para convencer y convencerse también, en una especie de juego especular, pero debieran aprender ese otro arte, el de abrirse de oídos, el de templar el ímpetu de explicarse y disfrutar el de comprenderse. Ninguna de estas cosas que pienso en esta mañana de martes un poco gris que se ha levantado en mi pueblo suena a nuevo, ninguna se cuenta ahora para poner remedio a nada. Yo mismo caigo en el error que ahora desgrano. Me envalentono y me explayo, cierro las orejas y abro la boca y se me atropellan las palabras como si las cargaran dios o el diablo, da igual quién de los dos, seguramente los dos, según el rato del día y la intención con la que hablemos. Escribir es también un ciego acto de desobediencia. Escribimos para que nadie nos calle. Mientras uno escribe, en ese rato de silencio o de ruido interior, allá cada escritor lo que elija para retratarse, tenemos la seguridad de que no vamos a ser interrumpidos. La literatura es una maquinaria diabólica. Las palabras, si nadie las escucha, un arma de destrucción masiva. En ocasiones, lo son incluso cuando se les concede audiencia y se las escucha. Que pasen un buen día.

27.8.17

Papeles antiguos


Poniendo en orden las cosas que no lo tenían, he descubierto una carpeta en la que guardé (imagino que fui yo, esas cosas son más de mi padre, que guarda todo lo que publico) recortes, reseñas, artículos. Para mi sorpresa, el domingo me ha traído unos cuantos. Me parecen ajenos, no tengo la impresión de que sean míos. Ni siquiera parece que sea yo el que aparece bajo el poema, fotografiado en el mismo diario, recuerdo, en los tiempos en los que tenía mi columna dominical. Ha llovido mucho, se suele decir. Ahora vuelve a llover. Será quizá ésa la razón por la que ha salido todo esto. La tierra tiene razones que la razón no entiende. Era joven, era prudente, era otro.





La siembra fue publicado en el suplemento que Cuadernos del Sur dedicó al III Encuentro de Poetas Andaluces, en el que participé. Abril de 1987.



Tres discursos breves para combatir la muerte se publicó en el homenaje a Juan Bernier que Cuadernos del Sur, el suplemento cultural del Diario Córdoba, hizo en noviembre de 1.990

26.8.17

Miedos


No hay miedo que el tiempo no derrote. El del tiburón de la película de Spielberg, observado con detalle, destripado, explicado para quien no alcanzara a entender, no impone, no eriza el vello, ni hace que, como entonces, abramos la boca y sintamos una punzada en la nuca y la amenaza de sueños terribles en los que, no se entiende bien por qué, se nos deja en alta mar y el monstruo nos ronda hasta que decide dar el ataque letal. La realidad siempre se explica a sí misma. Primero amedrenta, intimida, le busca la vueltas a nuestra cabeza para encontrar con qué apariencia nos vencerá. Conforme crecemos, canjeamos unos miedos por otros. Lo que antes nos aterrorizaba, ahora nos hace sonreír. El miedo es el mismo, no ha mutado, ni se ha adornado con otros trajes más espeluznantes, ni se ha sofisticado su puesto en escena: somos nosotros los que no somos los mismos. Nunca lo somos. No sé qué tengo en común con quien fui hace todos esos años o si el de ayer, sólo ese plazo corto de tiempo, no habrá cogido una senda inédita y se esté alejando, dejando atrás la parte mía que yo consideraba irreducible, íntima y sólida. Somos de forma incesante muchas personas embutidas en una sola. No se elige a cuál recurrimos, no hay voluntad en esa deriva vital. Podremos elegir, decidir con qué esperanzas viviremos, pero el azar es el que nos asigna el miedo y el que nos lo retira, ocupando otro nuevo el hueco desalojado. Ahora el tiburón terrible no causa pavor, se queda en un objeto sentimental, adquiere el peso de las cosas vencidas, las que no duelen, no hieren. 

25.8.17

No son buenos tiempos para Douglas Sirk


De mi edad hacia abajo no hay mucha gente que sepa quién es Douglas Sirk o Merle Oberon o Charles Laughton. La edad de oro de la televisión era la que programaba ciclos de cine negro o de la Hammer o de Alfred Hitchcock. Lo de ahora es negocio cainita, todo se cifra en la pasta que genera, no se considera al espectador como un destinatorio inteligente; es más, se rehúye ese perfil noble, el de la inteligencia, y se embadurna todo de mediocridad, de zafiedad, de burdas representaciones de la realidad. La televisión es, más que nunca, entretenimiento, sí, pero rebajado hasta lo inadmisible, considerado como una borrachera a la que luego hay que cuidar, de la que después se hace balance y se busca una sublimación de la resaca. Se nos quiere ebrios e insensibles, se nos educa para que no pensemos en demasía, porque el pensamiento está reñido con la televisión. La maquinaria del dinero no matrimonia bien con Douglas Sirk o con Merle Oberon o con Charles Laughton. Ninguna de esas referencias podrían distraer (he aquí el cancerígeno verbo causante de este sopor) como lo hacen los programas que aseguran una audiencia alta y unos ingresos pingües.

Quizá todo empezó cuando unos cuanto lumbreras de las cadenas descubrieron que cuenta más la realidad que la ficción. Así que trajeron a los platós a la clase baja y a la media y a la alta y les dejaron airear sus miserias y sus alegrías. Fascinaba esa sencillez democrática, esa exhibición impúdica del alma humana. Fuimos todos grandes hermanos y grandes gilipollas también. El ideal era aturdir, hacer que la mente se eclipsara con ese vértigo irresistible de asistir en primera fila al obsceno desfile de las vidas ajenas. En el fondo nada distinto a lo que hacía Douglas Sirk, un genio en el melodrama, un iluminado en la restitución elegante de las pasiones del género humano. La sobriedad, la distinción y la elegancia del director alemán exigían la preparación de la que adolecían las nuevas generaciones. No se aprende a disfrutar la cultura si no se expone uno a ella. Así de sencillo, así de contundente. Claro que cualquiera puede ver esta noche Escrito sobre el viento o Imitación a la vida. El problema, uno de muy trabajoso arreglo, es que no sabemos que esas joyas del cine existan, no tenemos el bagaje cultural que se precisa para elegir, se nos ha educado para que nos conformemos con la parrilla de contenidos que interesan a las grandes compañías y a los patrocinadores que las sufragan. De hecho no elegimos, no se produce el festivo momento en el que uno, de entre una variedad de posibilidades, escoge una sola, piensa con apasionamiento el porqué de ésa y no de otra o, mucho más sencillamente, se deja llevar por el instinto o por la voluntad de dejarse sorprender y se decide por una un poco al azar, tentado por la aventura del riesgo.

No se ve una derrota a corto plazo, se impone la idea contraria incluso: la de que esto irá a más y los perros que nos muerdan serán más fieros todavía. Está la constatación brutal de que importa más el nuevo look de Cristiano Ronaldo que la última novela de Javier Marías. Lo grave no es ese hecho en sí, la victoria de la frivolidad; quizá una nueva obra de Marías no recabe una atención masiva, pero no entra en cabeza bien amueblada que se le dé cobertura a un asunto de poco fuste, de tan liviano interés como puede ser el nuevo peinado de un astro del balón o el novio recién estrenado de cualquier cantante de verbena. Se orquesta con mimo toda esa rendición pública de nimiedades, se le da el peso informativo que no se concede a quien sí lo merece. Lo terrible es que luego, una vez se amainen los estragos, si es que tal cosa sucede, no podremos volver atrás, no se podrá regresar a los tiempos en los que la televisión programaba ciclos estupendos de gente absolutamente desconocida. Dejarán de ser desconocidos precisamente cuando se les exponga públicamente, cuando un lumbreras con talento elija a Douglas Sirk en lugar de a Steven Seagal. Que no pueda hacerlo una cadena privada es entendible: se deben a sus cuentas, viven de sus anuncios, sólo desean medrar, cotizar en bolsa, ocupar todos los trending topics del día. Y he aquì el problema: que podamos entenderlo. Que el mundo esté como está y todo esté en manos de unas cuantas grandes empresas. Ellas son las que colonizan nuestro gusto, las que nos calzan en la cabeza lo que les place calzarnos, las que nos dicen qué libros debemos leer o qué música debemos escuchar. Los raros son los de Douglas Sirk. Ya quedan pocos. En un par de décadas, si no menos, nadie sabrá quién fue, ni habrá visto sus melodramas magníficos. Nadie con la edad en que deben escucharse ciertos diálogos tendrá la oportunidad de que se le entregue uno como éste. Pertenece a Tiempo de amar, tiempo de morir, una película soberbia, llena de amor y de vida, filmada con esmero, artesana en estos tiempos en los que lo artesano es un obstáculo; en estos tiempos de HBO y de Netflix y de plataformas televisivas de pago, que son (ay) la única vía para que uno pueda meterse su ración favorita de melodrama. Pagando, claro está.

Ernst Graeber.— ¿Dígame, profesor, existe todavía algo en lo que se pueda creer? 
Profesor Pohlmann.— Sí, existe. 
Ernst Graeber.— ¿Qué es? 
Profesor Pohlmann.— Dios. 
Ernst Graeber.— ¿Sigue usted creyendo en él? 
Profesor Pohlmann.— Más que nunca. 
Ernst Graeber.— ¿Sin el menor asomo de duda? 
Profesor Pohlmann.— Claro que las tengo. Si no hubiera dudas, no habría necesidad de la fe. 
Ernst Graeber.— ¿Cómo se puede seguir creyendo en Dios con lo que está ocurriendo aquí? 
Profesor Pohlmann.— Dios no es responsable de lo que nos pasa. Y sí nosotros ante el de nuestras torpes y mañas acciones.
Ernst Graeber.— Si eso es cierto, ¿qué responsabilidad tengo yo, profesor? Quizás nuestro pueblo está sufriendo este castigo por haberse apartado de todas sus creencias. Las que practicaban nuestros padres y que todos hemos olvidado. He de tomar una decisión, profesor. Necesito saberlo. 
Profesor Pohlmann.— Nadie puede tomar esa decisión por usted. Ni si quiera su maestro. Cada hombre tiene que decidirlo por sí mismo. Pero primero hay que enfrentarse con la verdad, por horrible que sea. Se pierde la guerra, Ernest. Y lo más terrible es que la perderemos antes de que el país haya encontrado su alma



22.8.17

Mi padre sueña con caballos


El problema es no saber dejar la mente en blanco, no tener a mano nada con lo que cerrar toda intromisión externa. Anoche, cuando forcé un poco, apareció en mi cabeza un caballo. No estuvo antes, ni duró mucho una vez que aprecié su corpulencia, pero malogró esa voluntad mía de clausurar cualquier pensamiento y censuré el vacío, lo aparté con parecida firmeza a la que usé cuando lo anhelaba. Después quise entretener el silencio que me rodeaba con imágenes extraídas de mi infancia. Fui atrás y, no pareciéndome bien el tramo escogido, más atrás todavía. De pronto vi a mi madre en una playa. Estaban mis primos, estaba mi abuela. El mar era de un levantisco fiero y pictórico y de pronto pensé, apenado, en esos cuadros japoneses en los que se representa abrupta y pendenciosamente. No hubo manera de retirar esa irrupción viril, que arruinó de un modo lamentable mi escena familiar y marítima. Cuando el sueño me abrazó, antes de caer rendido, en ese limbo dulce que te ocupa, noté que la mente se emblanquecía, adquiriendo el tono neutro o aséptico que con tanta vehemencia busqué antes. Lo demás no me pertenece. No
Supe, al despertar en mitad de la noche, con qué transité ese sueño, qué paisajes visité, quiénes me acompañaron. Desé, inútilmente, que hubiese habido caballos. No tiene uno intendencia en ese territorio, no se le ocurre cómo gobernar ese país de su propiedad. Nada más de uno que lo soñado y, sin embargo, nada tan ajeno. Me gustaría pensar con qué suela ahora mi padre. Si habrá caballos o lo poblarán los sobrinos o tendrá ese mar antiguo y sentimental de los setenta. Ahora tiene que aprender a recordar. Le han borrado las palabras, se las contamos con paciencia, con dulzura, con infinito amor.

15.8.17

Elogio y refutación del orden


En parte, sin entrar en consideraciones serias, me encanta ser desordenado, pero hace unos años, en un día cualquiera de verano, me pillé un rebote considerable cuando no hubo manera de que diera con un disco de Charlie Parker que no tenía registrado. No abdiqué, insistí, me calmé como pude y encontré otro de Parker que me alivió. Fue entonces cuando me propuse inventariar los discos y las películas que hay en casa. Abrí una base de datos, me armé de paciencia y metí con ardoroso fervor todos los títulos y el lugar exacto en donde dar con ellos. Rehusé meterle mano a los libros. Fue una decisión razonada, fue un acto deliberado y asumido. Prefiero no saber si Benedetti está a la vera de Melville o si La Celestina comparte anaquel con Poeta en Nueva York. Cuando deseo releer un libro, paseo la vista por las baldas, me recreo en los lomos, saco uno con el que convivo un par de semanas (suele ser ése el tiempo en que despacho un libro) y lo restituyo después a su sitio, que bien podría ser otro, no es importante esa quebradiza estancia. Amo el orden, pero me roba el tiempo que puedo disponer para disfrutar de las cosas que ordeno. Por otra parte, el orden excesivo abotarga el ingenio, lo reduce ostensiblemente. No lo digo yo, lo dicen psicólogos de fuste. El desorden implica libertad, y ésta fomenta la creatividad, vienen a decir. En todo caso, quizá interese que un poco de orden acuda de vez en cuando. Puestos a ser completamente sincero, admito que el orden o el metodismo o la creencia en que organizados se vive mejor es más productivo para la sociedad, hace que la sociedad prospere con más firmeza, pero no para uno mismo. Da igual que de pronto no sepa dónde está el disco de Charlie Parker acompañado por una orquesta de cuerdas (uno con un dibujo soberbio en la portada, recordaba). Da lo mismo que en lugar de escuchar ese disco en concreto termine por colocar en la bandeja del reproductor otro que, por una u otra razón, me ha convencido de igual manera. Mi amigo Rafa me refirió el placer que contiene el momento en que de pronto das con el disco anhelado, esa plenitud absoluta, o la felicidad (leve y pasajera, como todas) que supone encontrar un disco que no sabías que tenías. Quizá valga la pena el desorden únicamente por ese hallazgo. También se puede afirmar (con cierta contundencia) que el tiempo invertido en ordenar a veces no es rentable, no aporta ningún signo de mejora en la calidad de vida que andamos buscando. No sé si el ideal es la mesa de Einstein. Parece que estaba así cuando el científico falleció y así alguien quiso registrarla en honor suyo. En lo personal, en el ámbito doméstico, soy un desordenado eficiente. Sé con más o menos certeza dónde andan las cosas, aunque llevo casi toda mi vida con una especie de culpa por no poseer una certeza mayor o incluso una absoluta. Me aterraría ese control total, ahora que lo pienso. De todas formas, en la otra mitad del escritorio tengo abierta la base de datos y me he levantado metiendo algunos pocos discos que anoche, fatigado, ya no quise registrar. Cuando en un año o en dos o en diez desee escuchar Charlie Parker with strings sólo tendré que abrirla y teclear el nombre. Dirá que número tiene y yo sabré en que balda o en qué funda buscarlo. Ahora, cuando cierre el editor del blog, antes de desayunar, me lo pongo bajito, para no despertar a los demás.


13.8.17

El blues del kraken / un paseo con viejos amigos / un poema automático

 I
me preguntaron si había previsto la luz,
me preguntaron si estaba la lluvia, el olor de la lluvia, el paisaje después de que llueva,
el tiempo que tarda la luz en rodear por entero una palabra y gobernar su tránsito por los días,
me preguntaron si en la creación de la sombra había procurado esconder un milagro sin aristas, un libro con un corazón dentro,
una ventana desde donde los cuerpos son únicamente fuego y tienen ira en los ojos y una lanza oxidada en el costado,
escribí la trama infinita de la lujuria, 
el pulso de las grandes palabras, 
devoré un pubis ecuménico, 
un alarde  de asteroides, 
un país verosímil
y aspiré el aire nuestro sin abril y floté espléndido,
en ese desorden multiplicado amé la blonda sublime del cuerpo profundo, 
amé el origen de las cosas, 
amé las mareas sobre las que un dios inventa naufragios, 
oscuramente amé también aquí la sed, 
el depósito antiguo de las palabras, 
el verbo al que alegremente le extirpamos la flor y el vuelo y queda en fuego manso, en la liberada costra que un día fue cáliz, 
amé los limones duros de
el ángel dio un aviso, la luz se astilla, 
la sombra proyecta pájaros, 
todas las almas acuden, 
las almas con su templo, el templo con sus dioses puros,
se instala la suprema evidencia de que algo verdaderamente importante va a suceder y vamos a contemplarlo, 
tengo desde anoche una fe absoluta en mis extremidades, 
tengo las certezas que nunca tuve, 
tengo todo el amor disponible, 
el amor ocupando el centro cartesiano de la semilla,
viene Dios esta tarde todavía fogosa, 
me busca un extravío de tristeza, 
hay tramas de muerte en la herida recién abierta o vamos a llenar todo de amor, manso amor, amor primordial y limpio,
la cópula perfecta entre el alma y la tierra, 
la cópula alada, 
la gran cópula de los músculos muertos, 
el cielo mismo a caballo de mis palabras, 
los vivos mirando la boca de la muertos, 
buscando la sílaba exacta tras la que la divinidad esconde su trampa antiquísima, 
y otra vez se enciende la memoria, 
trae ayer desparramado, 
eco, mansiones para el júbilo, 
creo en las horas frágiles del día, 
en las horas elementales por las que discurro y me esparzo,
en el camino humano donde la nieve cede al peso invisible de la mirada
II
creo en la gracia y rectamente procedo a notificar bajo notario su existencia,
los poetas están en guardia, alerta la palabra,
el tiempo de los poetas ha llegado,
hasta muy tarde anoche en las alas del texto, 
labor de amor, 
el río asciende la noche,  
la noche vibrando como un adjetivo en su plenitud de oro,
se me oculta la luz, 
todo es tangible, vagamente íntimo, 
en la sombra el gesto de ir a vivir sin que nada nos aturda, 
vivir así el regalo efímero de entendernos, 
el vuelo manso del verbo sin contaminar, 
el verbo autista, 
el verbo considerado el principio motor de la carne, 
luego vienen los profetas, los salmos, 
el monocorde ripio de las almas que buscan un lugar arriba en el cielo perfecto de la salvación, 
luego vienen los dueños de las horas, saquean lo que ven, nada queda libre, 
sólo hay muerte, 
iglesias vaciadas, la dulzura del credo convertida en óxido, 
el sueño de los perversos, 
todo lo que no se dice acaba por mordernos, 
tengo una fe absoluta en mis extremidades, en el miedo que me conquista el pecho y hace que mi corazón se desboque, se astille, 
se incendie, 
mirad el corazón astillado,
el músculo convertido en hueso,
el vértigo hecho fiebre y luego la fiebre volada al aire antiguo de los ojos que lo miran todo y a todo le extraen luz y en todo encuentran sombra, 
los ojos con vocación de bisturí, 
los ojos del artista que son los ojos del mundo, 
los ojos izados como un veneno cósmico, 
he aprendido a nombrar la dicha en las palabras, 
son mis ojos los que escriben,
esta caligrafía de bruma sin brahms, ni mordisco, se hace polvo de estrellas, 
se hace escritura, boca, vagina, túnel, 
se hace fábul, un pequeño incendio bebop, que vence la oscura la rancia, 
la quemada historia de las palabras y asciende la tarde, hasta pesar como un invierno severo o sin romper todavía, 
miro hacia adentro , en la propiedad más oculta del tiempo, 
soy casi ahora y me queda toda la vida para desabotonarme del todo y tumbar mi cuerpo en la cosecha infame de las horas, 
todas matan, la última hora debe ser la hora de la poesía, 
morir debe ser entregar un último verso, 
en ti todos los versos se parecen a un único gran verso con sordina, 
el verso abierto con el que el universo celebra su festín de secretos, 
el lunes a zancadas me preña el tedio me dicta una voz en la que cuento mis miedos, 
un pequeño incendio bebop acecha en las avenidas, 
una síncopa con colmo,
un terrible solo de arpa en el fondo exacto del alma, sí, sí
III
estamos en la niebla,
en la lluvia, que invade un sueño, 
escribo porque pronto olvidaré lo que escribo,
el poeta todavía esnifa adjetivos,
hilos de ternura a ras de sístole, 
toda la alegre construcción de la felicidad durante años entregados a la escritura.
me pongo un charlie parker, 
me pongo un stan getz, 
ya no acuden amantes, indagas, 
averiguas que el amor subsiste todo coronado, 
agua herrumbrada en todo caso, 
polen, eco, rizo del bello pubis, ya en declive como en una película de gloria swanson, 
fuera morir entonces, hermoso únicamente hermoso, 
es sólo es plumaje, el pájaro toma altura, 
perdura esto, el pájaro perdura, 
el desencanto trenzado, 
el menos doloroso, si anidan pájaros, en el pecho dulce, 
quebranto, 
tus dedos, naves, mi amor, te amo, 
qué hermoso es ver desfilar la tropa de los músculos rotos, 
arengan en una tribuna,
lo mismo que kavafis cabafis kavaphis cavaphis, 
pide que el camino sea largo,  
alguien jadea un pétalo, 
junio esconde savia , 
trinos que confunden, 
alta advocación del santo loor, 
compartir la gloria, 
el dulcísimo sonido donado en la noche, 
cómplice en esencia
IV
el astronauta aunque zurdo evita el trato, 
no está hecho para eso, es de otras miras, 
concretas volúmenes, que modulan el silencio, 
zubin, el peso de la orquesta flaquea, 
así hablo zaratustra, 
así hubo un afán y después del afán hubo una panorámica del afán, 
escribo porque tengo los dedos limpios, sí, ah sí, los dedos limpios,
el alma limpia,
no tengo brizna alguna del barro con el que se me hizo,
está el hombre frente a su espejo,
colocando las piezas, midiendo las piezas, solo, solo,
verosímil orquesta, radio skanton, la pluma, 
el tiempo es un sinfín de silbos próximos, 
oh nido, contribuye el músculo a adecentar el alma, 
la mano del azote divino, 
el onanismo convertido en arte como quería de quincey con el asesinato, 
como premisa válida, como baluarte, como paja bíblica, 
se desvanece el barco en la distancia, 
se pierde pues en la distancia,
todo se deja manejar mejor por la fábula, en fuga, 
todos los niños de londres aman a peter pan, 
todos los niños de londres aman a peter pan el formidable, 
en balde se diga moneda, 
salud, amor, te escribo precipitadamente este galope enfurecido, 
este galope sucede como lluvia, 
este galope finalmente desemboca en poema, 
en viena urdida por los nazis, 
unas frases que arden, 
un viento que asiste al actor en su papel principal, 
súbitamente héroe, ardor más bien, 
el material disperso es la memoria, 
el hilo, el punctum, el verso armónico despojado de retórica, 
en la geometría participan los amateurs en la memoria, 
flipa un payaso, pide que todo flote, alardea de globos que no son de este mundo,
el rito sin usura, por favor,
V
sedúceme esta noche, si puedes, 
ven, sedúceme esta noche,  
esta noche calma sobre todo, 
esta soledad de amantes, 
no vengas con los libros de kafka bajo el brazo, dan migraña, 
ya lo escribí, con tal de perderme por todos mis sentidos, 
la voz se astilla, 
la verdad es que muero por mis poros abiertos, 
rechaza la batalla, 
el fondo sin astros, 
el cuerdo contra el boxeador sonado, 
el verso final, 
todo así la decadencia latina del amante apresado en el rockefeller center,  
mientras afuera la banda toca gypsy woman varias veces, 
black magic woman varias veces, 
stairway to the stars varias veces, 
summertime varias veces, 
en la tempestad brinca dios, 
muda el inverno su vocación de pestillo, 
eso es lo que ocurre, la voz se astilla, 
funda el amor trozos de amor repartidos por los trozos antiguos como salmo, 
se invoca, se venera, se salva el que reza, 
el apestado es el ateo, el descreído, 
ay me he perdido en los mítines del alma, 
en contra de sí misma, tiendes la mano, la mano buena, 
pide el poeta vibrar en el sueño,  
morir, hay que ir muriendo el beso último, 
el astro numen, 
la nave como un rito se zafa del oleaje. 
nadie oye la proa cascada, 
el alma rota, dios sin aviso, 
sólo el timonel siente un ardor, un peso,  
el naufragio inminente, la soledad entonces tan lírica, 
república del kraken, 
amparo de verbos, añicos de jaula, 
toda la impresión fiable del tiempo a dentelladas abriendo el pecho, 
los sonetos a la vista, 
todos los sonetos escritos durante los inviernos, 
no tengo confianza en que la literatura, incluso la más alta, me salve, 
estoy condenado, estamos condenados, con lo único con lo que contamos es con nosotros mismos, no hay paraíso, edén
escalera al cielo,
huella de los siglos, 
me pierdo todas las cosas importantes, 
me quema esta rutina de cosas irrelevantes, 
el paseo con los invisibles, 
con todos los invisibles que me saludan y me cuentan la historia rosa y la historia gris, 
todas las historias posibles, 
oigo, razono, compendio, 
me esmero en no depender de las historias de los otros, 
me afino en contarme las mías, las comprimo, las mimo, las fuerzo a que me expliquen el cosmos, 
dios en las alturas, el dios en la sílaba, el dios plenipotenciario en mi disco duro, 
stan getz en bossa nova, tengo a stan getz en cascada, 
me revientan cien endecasílabos en el pecho, 
me cierro y me abro, 
tengo la impresión de que no he dicho nada enteramente todavía, 
escribo porque el aire es una palabra, 
escribo dios charlie parker
john coltrane en alphaville,
no sé a qué atenerme con estas imprecisiones, 
si desbarro o me desbarran, si el corazón entero es cosecha, 
si me pierden las dudas y no avanzo y todo es oscuro, en la luz todo se adensa, 
oigo el frío hacia adentro a nado ganando la herrumbre, 
frío que gasta palabras, las sílabas