31.12.17

En el mejor de los mundos posibles



                                                               Ilustración: Brieva


En esto de cerrar un año y abrir otro hay mucho marketing. En realidad no hay variación, ni mudanza, ni percepción fiable de que los astros se conjuren para abrirnos los ojos y hacernos más felices de lo que éramos. La infelicidad con la que se nos trajea a diario, esa sensación de que podemos vivir mejor o de que es otra y no la nuestra la vida que merecemos, decae cuando rivaliza con otra infelicidad mayor, de modo que una, la menos grave, baja de rango, se deshace a poco que pensamos detenidamente en ella. Creer que una fecha en un calendario va a conducirnos a una existencia más confortable o alegre o plena es un anhelo legítimo, al que propende fieramente el alma necesitada, pero no hace que se incline el favor del cosmos o de Dios o del antojadizo azar, tan ladino y cuco, tan irresponsable y volandero. De todas formas, no cuesta trabajo pedir en voz alta, audible y elocuente, que se nos concedan los favores y empecemos el año nuevo con abundancia de placeres, con la gracia de la bondad y con la bendición de todos los invisibles santos del callado cielo. Lo pedimos por si se nos escucha, quién sabe, por si lo solicitado cuadra en la trama celeste y se nos permite participar del festín de la dicha, ese cuento con el que nos hacían conciliar el sueño cuando pequeños. Es al dolor para lo que no se nos instruye. Estamos hechos para las dulzuras del mundo. No tenemos esa cultura, la del dolor. En su lugar, tenemos la cultura de la fe, y no necesariamente fe religiosa, da igual el credo y las imágenes, es la fe como asidero, como refugio, como bálsamo, como alimento, como placer también. Agrada tener fe, disponer de ese orden espiritual. Entrar el año es poner esa fe en danza, darle vuelo, izarla, hacer que concurra su concurso y de alguna manera haga escrutinio favorable en nosotros. En cerrar un año se tarda lo que en abrirlo, son estadísticas huecas, no sé si útiles en algo más allá de la invención del festejo o de su conciliación con la necesidad de que haya cosas que festejar. Hoy he tenido la confidencia de dos personas cercanas sobre su malestar por este exceso de armonía y de abrazos y de fraternidad. Desconfiaban, cada uno a su manera, de la filantropía y del amor, de la bondad y de todas sus zalameras criaturas. En el fondo, anhelamos la luz, la queremos a nuestro lado, son veneno las sombras. Y si usted no es feliz, se le obligará a serlo, esto es el goce perpetuo, este mundo es el mejor de todos los posibles, etc. Muy al contrario de lo que pudiera parecer, este servidor desea que el año que principia en unas horas sea bonancible y que la salud nos conforte. Lo desea sin saber si llegará a algún negociado de favores esta petición mía, si lo que yo pido tendrá más merecimientos que lo pedido por otro, si mi voz pequeñita puede oírse en las alturas, si de verdad todo esto cuenta para algo y tendremos ventaja en el reparto de dones. No sabe uno, nunca sabe, no tenemos a mano respuestas, sólo manejamos las incógnitas, son demasiado complejas las ecuaciones, no nos enseñaron a despejar las equis, son muchas las equis, estamos a punto de empezar de nuevo, será que al final lo que consuela es la ficción de que es posible empezar de nuevo y el uno de enero nos conforma. 

30.12.17

Frenadol blues

Andaba estaba mañana enredado en una página seria en apariencia en la que se contaba amenamente que unos científicos han descubierto que el tiempo puede fluir hacia atrás. Me iba entusiasmando con la idea de que el trasegar de las horas no fuese una línea continuamente lanzada hacia adelante cuando un anuncio de Frenadol rompió ese idilio mío con la ciencia. Como uno no está suelto en el manejo de la cosa cuántica y cuesta entender el mapa subatómico de la realidad, un anuncio a destiempo puede descolocarte del todo. Torpe como a veces soy, no supe apartar esa intrusión, no hubo manera de que el video de Frenadol desapareciera de mi pantalla, así que decidí cerrar la página, vinculada a un diario bien conocido, y clicar de nuevo, sobre todo por ver si la invasión publicitaria no regresaba. Baldío intento, inútil anhelo. Frenadol volvió por sus fueros, ocupó un cuarto de mi pantalla, me disuadió a las bravas del interés grande que me animaba, me impidió acercarme a la ciencia y entender la filosofía del tiempo. Ver Dark tampoco ayuda. Dark, ya saben, una serie alemana estupenda, una especie de Ministerio del Tiempo o de Stranger Things o de X Files, pero sin concesiones a la dulzura, muy cruda a veces, absolutamente desconcertante. En mis pesquisas matinales, tras ir al súper, ver a mi padre y arreglar un poco el cuarto de los libros, donde escribo y escucho a Brahms (el Réquiem inglés, una maravilla, una inyección de paz) he vuelto a la mecánica cuántica, sobre la flecha termodinámica del tiempo y sobre la madre que parió al big bang. De verdad que pongo interés, mucho la mayoría de las veces. Soy un frustrado estudiante de Ciencias que vio la luz en Borges, en Cortázar y en Lovecraft en la edad en que otros despejan incógnitas en ecuaciones muy complejas. Lo de Frenadol me ha dejado k.o. Juro que en adelante vuelvo a la poesía romántica inglesa. En esa epifanía de la realidad no hay temor de que se incruste un anuncio. Al menos de momento, quizá sólo por ahora, no tengo confianza en que todo se impregne de comercio, no habrá nada que podamos salvar de la quema. Ni siquiera la poesía, ni la filosofía, ni la remota esperanza de entender qué coño hacemos en este mundo.

La historia más hermosa del mundo / Un cuento navideño

Todos los años volvemos a Bedford Falls. Cada uno de nosotros lleva un cuento bajo el brazo. Este es el mío. Es la historia más hermosa del mundo, aunque yo la afee al transcribirla. No parece un cuento de Navidad y es probable que tampoco lo sea, pero al final hay un poco de luz y tintinean las campanas en el árbol y George Bailey sonríe. Los demás cuentos están aquí. Es posible que ya los hayan leído (José Antonio los volcó en Nochebuena) pero por si acaso, por si no tuvieron tiempo, por si todavía les apetece. 

LA HISTORIA MÁS HERMOSA DEL MUNDO
Fue Jorge el que encontró la pistola en el cajón en donde su padre guardaba los puros, la baraja de cartas y una petaca pequeña a la que no le faltó jamás buen whisky. No era un cajón que un niño abriese, ni ése ni otros. Jorge siempre había sido un chico discreto, no inclinado a meterse en líos, conforme con estar en casa y ver a los otros niños desde el cristal, abrigado con su batín de Mickey Mouse, el que le regalaron en el hospital  dos de las enfermeras que le habían cogido más cariño. En un bolsillo del batín cabía la petaca. Apretó bien la rosca de la botella de metal. Había visto a papá usarla a escondidas. Recordaba que era eso lo que hacía después de despacharse un buen trago: apretar bien la rosca, comprobar que no se derramaría en el cajón. La pistola entraba bien en el otro bolsillo del batín, pero no tenía instrucciones sobre ella. Ninguna, al menos, de uso inmediato. Disponía de su silla de ruedas (cómoda, último modelo, regalo de una tía a la que recordaba vagamente y de la que hablaban en casa que moriría sola y lejos), y podría, en caso de urgencia, esconder una de las dos adquisiciones, la petaca o la pistola o ambas, entre su cuerpo y el respaldar. No cogió los puros porque no le gustaba el olor, más tarde el agente de la policía diría que se los dejó porque no encontró un mechero a mano. Jorge tenía ante sí un sábado enorme con los padres afuera y una petaca de whisky y una pistola a su disposición.
Cristina, casi una más de la familia, la empleada del hogar, trajinaba en la cocina. En un día tan especial no haría horario completo. Laura le había prometido que a mediodía, en cuanto ellos llegasen de hacer unas visitas, podría largarse a casa. Víctor le tenía preparada una cesta pequeña. Una botella de cava, unos turrones, unos bombones. A Jorge le pareció bien empezar con Cristina. Ella tendría el honor de ser la primera en asustarse. Tenía tiempo suficiente. Sus padres llegarían sobre la hora de comer. Estaba recogiendo los platos. Una vez la escuchó quejarse sobre ese tipo de trabajos. Hablaba con amigas a escondidas en el jardín. Una vez escuchó a su madre quejarse sobre lo mucho que usaba el teléfono. Lo normal (decían) es que no tenga jamás el teléfono disponible. Si a Jorge le pasa algo, ella no se darácuenta. Estará de cháchara con sus comadres, contándoles lo mal que la tratamos. El padre no era tan severo. La apreciaba sinceramente. En los años en que servía en casa no había discutido nunca con ella, no se había presentado la ocasión. Ya lo hacía Laura, se bastaba Laura. Mientras no descubriera que se la tiraba, se conformaba. La primera vez lo hicieron en la cochera, en el asiento de atrás del Jaguar. No fue premeditado, vino así, no se piensas las cosas, dijo él después, no se levanta uno pensando en eso, yo amo a Laura, no soportaría que me dejase, no podría vivir lejos de Jorge. Cristina lloró después de subirse la falda y adecentarse un poco la blusa. Le creyó y creyó que era una buena persona. Mientras la montaba, en cada furiosa y nerviosa embestida, imaginaba a Laura reprendiéndola por no haber colocado bien los cubiertos en la mesa o por no tener bien planchada las camisetas de Jorge o por no mantener caliente el agua de la bañera sabiendo lo que le molesta al niño que esté fría. Pensaba en Laura montada por Víctor, pensaba en si disfrutaría o no. A ella no le pareció nada del otro mundo, pero le agradó la sensación de poder, la irrupción repentina de una novedad en la casa. Cinco años sin novedades queman mucho, le comentó a Luisa, su mejor amiga, con la que se desahogaba en el jardín cuando Laura se ponía impertinente o cuando Jorge la miraba con desprecio. Es un niño, pero es perverso, nadie parece darse cuenta, le ríen las gracias, pero yo lo he calado, sólo hay que fijarse en cómo me mira o cómo le responde a veces a su madre, le dijo un día. Cualquier día de éstos cojo la puerta y me voy,  le confesó. Lo del Jaguar hizo que lo pensara mejor. Tampoco le hizo ascos a un par de hostales muy retirados, en la periferia, a donde iban de cuando en cuando, sin hablar mucho. Nunca es fácil ser la sirvienta, nunca se sabe cuándo se cansarán y la plantarán en la calle. Se había acostumbrado al buen sueldo y al trabajo, no muy exigente, la verdad. Jorge era una criatura odiosa, pero hablaba poco, al menos hablaba poco. Sirvió en una casa en la que el niño no la dejaba a sol ni a sombra, como se dice.
Fue ella, Cristina, la que se despidió, agotada. En casa de los Alonso encontró un poco de lo que anhelaba. No al principio, no confiadamente, con la seguridad del que cree haber encontrado un hogar, pero sí un techo eventual y confortable. No le asustó ver a Jorge con la pistola cogida con las dos manos. Recordó las películas del Oeste y no le dio más importancia. Los niños juegan a ser pistoleros, hacen el ruido de las balas cuando salen del cañón y soplan la boca del arma cuando ha sido disparada. Lo de beber a morro de la petaca le pareció más inquietante. La habrá rellenado de agua. Es muy fácil pensar, conjeturar, inventar una realidad cuando la realidad no nos cuadra. Eso fue lo último que pasó por su cabeza. El disparo no amedrentó a Jorge. Lo celebró con un trago largo de whisky. Hasta eructó. Eso hacía papá a veces. Era de hombres. Más tarde, un agente dijo que lo normal habría sido acertar al cristal de la ventana o darle a la televisión de plasma que estaba un poco más arriba. El puto crío le dio en mitad de la frente, ojalá tuviese yo esa puntería, joder, comentó entre dientes, sin creerse a las claras qué se le habría cruzado por la cabeza al muchacho. Mamá cayó en la cochera. Las bolsas del súper estaban desparramadas cerca del Jaguar. Olía a sangre mezclada con ginebra. A Laura le encantaba servirse sus buenos gintonics tras el almuerzo o a media tarde o antes de irse a la cama. Hoy está todo cerrado, terció un segundo agente. Las tendría en el maletero del Jaguar, no sabemos de dónde vendría, pero sabemos que lo último que hizo fue coger esas bolsas. A Jorge no se le vio afectado, no hizo ni un gesto de arrepentimiento, nadie vio que llorase o se le empañasen los ojos. Uno de los forenses advirtió que estaba ebrio o todo lo ebrio que puede estar un niño de ocho años que se ha despachado una pequeña petaca. Huele a whisky que tumba, cerró un agente. El batín de Micky Mouse estaba sucio de vómito. Lo raro es que no se haya desmayadoYo conozco un chaval de unos amigos que casi la palma. La petaca vacía y la pistola fueron recogidas en las bolsas de rigor. Serían una prueba, la irrebatible, pero aquella historia macabra no tenía mucha investigación, ni tendría otras consecuencias que las funestas, las dramáticas, las que difundiría la prensa, golosa ante una historia tan atroz. El agente preguntó por la suerte del muchacho. Nunca había visto un perturbado de ocho años. Daba pena verlo en su sillita de ruedas, mirando a todos lados, ajeno al caos, casi bañado por un halo de bondad y de celestial ternura.
Víctor lloró por Laura y por Cristina. A Jorge le tocó el pelo, se agachó para ponerse a su altura y repitió tres veces la misma pregunta. Fue cariñoso con él, no se irritó, nada delató que estuviese contrariado o irritado. La perplejidad se entiende bien con el amor, y Víctor amaba a su hijo. No había dejado de hacerlo entonces. Sólo lamentó que no estuviese cerrado el cajón. Normalmente le echo la llave, agente, se lo juro, pero anoche Laura y yo tomamos unas copas de más, discutimos algo, quizá él nos oyó, no solemos hacerlo, pero a veces las parejas lo hacen, no bajé al despacho, no caí en la cuenta de que la pistola estaba a su alcance, juro que no fue mi intención, lo siento mucho. Llegó un momento en que no había nada más que hacer en la casa. Estaban todas las pruebas bien registradas, Víctor acompañaría a comisaría a su hijo en un furgón especial en el que podía meterse la silla de ruedas. Estaban a punto de irse cuando el agente se acercó a la chimenea del imponente salón de la casa. Estaba encendida. El fuego no sabe nada sobre lo que sucede a su alrededor, pensó absurdamente. En algunos de los crímenes que investigaba se le ocurrían preguntas peregrinas, imposibles de hacer en voz alta, de las que harían sospechar que estaban perdiendo la cabeza y si convendría apartarle del grupo de homicidios y dejarlo en un despacho a ordenar archivos o coger el teléfono. El fuego es un testigo ciego. Si le preguntáramos, nos lo contaría todo. Se rió por segunda vez. Estaba a punto de irse cuando vio el árbol de Navidad. Fue entonces cuando reparó que era Nochebuena.
No tener a nadie que le espere a uno hace que no haya fechas mejores que otras, sólo festejas el viernes noche si el sábado no tienes que levantarte temprano. Era un árbol de Navidad tan elocuente como la chimenea. Si él tuviera que comprar uno de ésos, no podría ponerlo regalos debajo. Los que vio estaban abiertos. Los elegantes papeles que los envolvían estaban por todos lados. Algunos cajas seguían allí, otras habían sido arrojadas lejos. Debió ser el muchacho, razonó. A él, recordó, le gustaba mucho más abrir las cajas que jugar con lo que contenían. De mayor le pasaba lo que a casi todos: festejaba más los preparativos que la celebración en sí. Distraído en esos pensamientos, no reparó del todo en la caja de las pistolas, una caja grande con un pistolero barbudo, de gesto ceñudo y desafiante. Le dolió que todavía estuviesen allí, en el suelo, ignoradas, sustituidas por una pistola grande verdad, de las que hacen el ruido que hacen las pistolas. Quizá lo único que deseaba Jorge era escuchar el ruido. Lo tenía en la cabeza, sonaba en su cabeza, todo sucede dentro de la cabeza, sobre todo si eres un niño en una silla de ruedas y nadie te mira, ni se preocupa de entenderte. Si se le obligara a defenderse, diría que sólo quería escuchar el ruido. Lo de bala no entraba en los planes. Eso no era culpa suya. Tampoco que la petaca estuviese llena o que el cajón, el puto cajón que abrió el puto crío, estuviese abierto. El agente lloró en el coche. No lo hizo escandalosamente. Se guardó de que nadie lo viera, pero no quiso reprimir aquella señal de humanidad. La estaba perdiendo, se estaba encalleciendo, suele pasar, es parte del trabajo, no hay quien lo evite, tarde o temprano terminas insensible, no te importa nada de lo que ves, no se te cuela dentro, pero no sucedió así. Mientras que se secaba las lágrimas, pensó en que no habría muerto nadie si no hubiese Navidad o estuviese prohibido fabricar armas de juguete. Al final, camino a casa, ya muy tarde, lloró de nuevo. Esta vez lo hizo con la resolución que antes no tuvo. Cuando se desahogó, respiró hondo y cantó un villancico. Se sorprendió al recordar toda la letra. Luego sonrió, cenó con apetito, puso la televisión y vio que ponían Qué bello es vivir. La vio de pequeño una o dos veces, su padre le decía que era la historia más hermosa del mundo.

29.12.17

900.000

Acabo de mirar el contador de visitas en mi blog y no sé qué decir, no tendría que decir nada, pero quizá baste con la gratitud. Hace mucho tiempo empecé a escribir en este blog. No creo que pensara que durara tanto. Lo abrí por escribir sobre cine y ahora (diez años más tarde) escribo casi de todo y es el cine al que menos invito. Tampoco sé cuánto más seguirá esta casa abierta. En ocasiones, por cansancio, por llegar a la conclusión de que no tenía nada remarcable ni necesario que decir, pensé en cerrarla durante un tiempo o de manera definitiva. Esa idea se me cruza un par de veces al año, pero la desecho con la misma intensidad con la que irrumpe. El contador me dice que hubo 900.000 veces en las que alguien la abrió. Es una cifra redonda. No es que hayan entrado 900.000 personas: son 900.000 las veces en que alguien (muchas personas, muchas veces) ha llamado al timbre o usado los nudillos para colarse y ver a qué se le invitaba. Hay amigos que están desde el principio. Hasta gané un hermano por ella. Algunos van y vienen y otros dejaron de venir por unas u otras circunstancias. No sé a quiénes nombrar hoy. Sé que están cerca, sé que yo también estoy cerca de ellos, no se entendería de otra manera si persisten (tantos años después) y siguen leyendo lo que buena o malamente se me ocurre. Al llegar al millón de visitas, los nombraré a todos. Hoy Gratitud.

The Crown / Segunda temporada



Ironía y también academicismo y la creencia en sí misma por encima de los corsés de la época en que nació, siendo mujer y no una mujer al uso de esos tiempos, sino una sin el arraigo literario habitual, esto es, de literatura hecha por hombres para ser leída por hombres,  y volcada a tiempo completo en su obra, en un puñado de novelas  en las que el amor era el motivo, aunque lo explicado en su discurso no era prudente ni mesurado. De Jane Austen tengo siempre la idea de que fue una avanzada. Por más que haya disfrutado Emma (a mi entender su culmen creativo) o Sentido y  sensibilidad, las novelas, o haya apreciado su volcado en películas, me quedo con lo más acendradamente inglés que exhibe, su costumbrismo. Ayer noche, viendo la excelente segunda temporada de The crown, pensé en Austen, en lo que Austen ha trascendido, en qué Austen tenemos aquí con la que contar para contarnos a nosotros mismos. 

De The crown sólo hay que emitir agradecimientos: con qué escasa materia narrativa se construye la serie y qué sensación de plenitud proporciona, qué precisión en lo narrado, cómo fluye sin brusquedades, sin que nada se eche en falta ni sobre. The crown es un regalo a la inteligencia, la que uno disponga, no defrauda al poco exigente (por supuesto) ni a quien la degusta con el ojo y la cabeza muy abiertos, cual gourmet. Lo de menos, en su declaración de intenciones, es la trama política, que la cruza inevitablemente: importa la humanidad de unos personajes abismados en el protocolo rancio y acartonado, muy impregnado de la apariencia, encordelada, por completo ajustada a la deferencia, al sostenimiento de unas tradiciones que, a la luz de los tiempos, no pueden permanecer ciegas e insensibles y contra las que batallan con voluntad y con temor también. Se aferra uno a ese estilo de vida por distar tanto del propio, lo acepta literariamente, por decirlo de alguna manera, considera que el fondo de todos esos personajes es el mismo que el del común de los mortales, los laceran parecidos o idénticos dolores, se congratulan de las mismas alegrías y concurren en ellos, por obra del excelente guión, también las mismas humanas frivolidades, no pudiendo ser (obviamente) de otra manera, cómo podría serlo, pero la serie (en eso reside su grandeza) hurga en lo humano, ahonda en lo humano, alcanza el grado de verosimilitud y de empatía necesario para que esa casa real (poblada por gente ajena al mundo, invisibles, alienígenas casi, por decirlo bruscamente) no se despeñe en la pompa que la circunda, en ese boato limpio y perfecto, sino que se arrime a las peripecias más llanas. Nada que no hubiese dejado escrito Jane Austen, por otra parte. 

28.12.17

El abrazo de los libros




 Para Juan M. , que era más de libros que de cine

Con la vida viene a suceder como con ciertas películas comerciales: que sólo entretienen, que se acaban olvidando, que nunca merecen el entusiasmo ni soportan el rigor de los años, el acomodo en ese espacio sentimental que es la memoria.  Con la política pasa también parecida cosa: transcurre las más de las veces inadvertidamente, solicita la atención de los ciudadanos cuando la prensa airea un caso o un ciento de corruptos o cuando toca tragar discursos y los partidos se encaraman en los púlpitos y hablan hasta el aturdimiento o cuanto unos pocos desquiciados proclaman y desproclaman una república, que no llega al grado de bananera por aprecio a las bananas. El descrédito al que ha caído la política no será fácil de enmendar. Tampoco hay indicios de que exista la voluntad de prestigiar un oficio noble y bastardo al tiempo, muy a pesar de quienes lo ejercen con honradez, me temo. Como tampoco hay otra vida a la que encomendar el alivio de las penalidades de ésta o al menos ninguna de la que podamos considerar con rotundidad su existencia, lo digo desabastecido de fe, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva, nunca acertamos en lo de saber si hacemos lo que debemos, si  salir a la calle y decir basta del modo más convincente posible, si debemos cubrir nuestra cuota democrática o política y meternos en algún partido, aunque únicamente fuese por limpiarlo, ya que estamos a diario contando aquí y allá lo sucio que está. Es suficiente con ver la pantomima catalana, esa escenificación infantil de la independencia, que no termina de contentar ni a los que la animan ni a los que la censuran. 

Hay quien se labra el porvenir y quien sencillamente espera que las cosas pasen. Sin más. Sin otro cometido que vivir. A lo mejor eso ya es bastante. Hay quien se despreocupa, quien no indaga, quien apenas hurga en la herida que le rompe adentro. Ninguna de esas indagaciones metafísicas impide acceder a una felicidad que otros, ahogados en cultura, en ética y en un ejército considerable de recursos racionales, no alcanza en su vida. No sé si la cultura ayuda a soportar el peso de los días. Porque los días pesan. Incluso los más livianos, los bendecidos por el júbilo y los que se arriman al ascua infinita de la alegría, ocultan la gravedad previsible, el dolor escondido en los gestos menos sospechosamente dolorosos. Pesan los días y se comba uno a fuerza de transportar esa carga y seguir en la brecha y dormir cada noche recopilando fuerzas para empezar un tráfago nuevo. No es ningún pesimismo existencial. Hace tiempo que no releo a Pessoa y nada trágico altera mi (ahora) rutinaria vida de maestro provinciano que busca huecos para pasear con la familia, ver el cine irrenunciable y tener todavía ánimo para no perder la costumbre de los libros, de la escritura o del jazz. Y a veces todo eso se pierde. Ni paseamos, ni vemos el cine que quisiéramos ni tampoco devoramos los libros como antaño o nos ponemos jazz tardes enteras. Se acuesta uno renombrando la dicha y encuentra placeres nuevos. Lo que duele es que algunos antiguos parezca que renquean, que no levantan vuelo y entonces es cuando dormimos más tranquilos, menos preocupados. A lo mejor es verdad que es mejor (mucho mejor) vivir sin metafísica, sin pensar más de lo convenientes, sin que acudan uno a uno o en pequeños grupos (suele pasar de esta última manera) los problemas, y no tenga uno paciencia para aquietarlos o para no darles mayor importancia. Prevalecen porque nos curten. Quizá sea así. Existen para que apreciemos con más énfasis el tiempo en que no parecen acompañarnos. 

Ayer, en una mala película de la que vi sólo un trozo, por caerme de sueño, por haberla puesto bien tarde, se quejaba el protagonista de haber sido un mal padre. Lloraba sin desconsuelo por creer que no había hecho lo que debía. Daba igual que la hija lo calmara, le insistiera en hacerle comprender que estaba equivocado o que, al final, no había nunca buenos padres a tiempo completo. Ni buenas hijas. Que se es bueno a ratos o incluso muy bueno muy fragmentariamente. O a la reversa. No es posible ser siempre malo, no dar nunca en el clavo, distraerse de manera continua del camino correcto y pendonear por el erróneo. Fue un diálogo pobre, no hubo hondura, zanjaron esa desavenencia sentimental con un par de abrazos y unas lágrimas y se dieron los dos por satisfechos con ese bálsamo insuficiente. Hace falta más filosofía, más metafísica, más teología. No únicamente la académica, la reglada por la administración de turno, sino la pedestre, la metafísica de campo, la que pasea por el interior y nos pone a pensar, aunque esa actividad (una de las que entrañan más riesgo) rompa y termine uno más roto que cuando empezó. Me encantan, por el contrario, esa películas nórdicas en las que los personajes hablan hasta que dicen incluso lo inconveniente. Siempre pensé que esos diálogos no cuadran con nuestro carácter sureño. Que en el norte (en todo ese norte simbólico) hablan más y llegan más lejos o llegan más hondo. Esta noche, si no empiezo muy tarde, me pongo una de Bergman. También las hay francesas que parecen suecas. El cine, cuando rivaliza con los libros, puede ser excelente o pésimo, no hay término medio. Un amigo, al que no veo, del que no sé nada, suele pasar, me dijo una vez que para ver una película en la que hablen mucho prefiere el abrazo de los libros, que por lo menos sabe que no habrá tregua y él pone las imágenes. Esta tarde voy a ver Star Wars, la nueva, otra entrega, con mi hijo. No espero que me cuenten nada que no sepa, pero seguro que me engolosinan el ojo, va uno a que le engolosinen el ojo o a seguir (lo tengo claro) alimentado los mitos con los que crecimos. Ya está uno a media edad, por decirlo rápidamente. No está la cosa para perder el tiempo con gilip0lleces. 

27.12.17

El hombre que guardaba un martillo en el frigorífico




"Tom Waits en directo suele hablar entre canción y canción y, en la grabación de un concierto en Australia, menciona a una mujer que él conocía que se llamaba Suzie Marlango. Cuenta que siempre vestía con jerséis de angora, calcetines de angora, zapatos de angora... Casi pensaba que estaba hecha de angora. Dice que después ya no la vio más, pero que siempre que ve una prenda de angora mira dentro a ver si la encuentra. Nunca supimos si era un personaje real o una invención de Tom Waits. Si fuera un personaje real, nos encantaría componer la música que escucharía Suzie Marlango"

(Pelayo, Marlango)

Antes

Hay algunos datos fiables que contribuyen al engrandecimiento épico de la figura de Tom Waits. Otros lo agrietan, lo empequeñecen, lo revisten de esa rutina de lo ordinario y de lo muy visto que vale para cualquier hijo de vecino. Basta un biógrafo exhaustivo, caído ante la altura del mito pero en posesión de material contrastado sobre la vida del cantante para consentir cierto relajamiento en el idilio con ese malditismo que siempre le rodeó. Hay una prótesis sobre el pasado de la bestia que se puede extraer del miembro y exhibir en circos y en galerias minimalistas, según convenga. Es la leyenda del bourbon contra los efectos balsámicos del té. Es el corazón en continuo júbilo creativo en los bares mugrientos contra el confort del nuevo status burgués ganado a pulso y convertido en cura tóxica. Es el combate que el crápula ha perdido contra el integrado. Detrás de estas inconveniencias biográficas, que no están en modo alguno diseñadas para hacer ganar estatura narrativa al biografiado, está su mujer, Kathleen Brennan, que lo mantiene a raya, sin ese bendito don de la ebriedad que le sacó del alma quebrada las piezas maestras de antaño. No es fácil custodiar la memoria de este hombre: se deja escoltar por malas compañías, bebe a morro, escucha música diabólica.

Barney Hoskyns acometió la hazaña de escrutar los signos del vagabundo Waits: los compiló, los hilvanó, esmeró la caligrafía obscena de los años con grumos del poeta salvaje y sacó al mercado un libro. Lo leí embelesado hace unos años. Se llama  La coz cantante: Biografía en dos actos. Lo edita Global Rhythm, tiene más de cuatrocientas páginas y sale por unos treinta euros. Hoskyns estuvo dos años husmeando en el sotano, registrando cajas abandonadas, cerrando bares favoritos del mito. Airea que Tom Waits es un tipo muy celoso de lo suyo: ya tenemos el personaje así que vamos a dejar en paz al hombre. "Una canción debe tener su propio sistema nervioso: la melodía es como el humo, el ritmo son las toses". Sabemos, a lo que ahora se lee en las reseñas periodísticas que provoca el libro de Hoskyns" que Waits guarda en el frigorífico un martillo, un bote de alcachofas y otro de pegamento. Sabemos que su voz orgánica no proviene del abuso de los licores de Tennessee sino de un catarro mal curado. Sabemos fue camarero y conductor de camiones de helados y que vendió aspiradores. Datos. Luego vino Bukowskial que agradece que le haya proporcionado la melodía de su vida.

La melodía es como el humo. El ritmo son las toses. Tom Waits tose, ruge, distorsiona el registro aceptable de una voz entendible. Pero la voz de Waits no precisa que se la entienda: es un instrumento al que ocasionalmente le añadimos el extra de las palabras, que dan un sentido mayor y agrandan (y cómo) el mensaje. Lo que Tom Waits canta es un lamento. Blues al que incorpora ramalazos conscientes y vividos de opereta o de cabaret o del primer rock antes de que se enfangara con las existencias del mercado. No tengo ningún disco favorito de Tom Waits: la etapa primera, cuando estaba ebrio y parecía un perro apaleado, es formidable. La siguiente es igual de abrupta y está calada hasta los huesos con el mismo catecismo de dolores y de aullidos. A mí me parece uno de los tipos más originales que ha parido el siglo XX. Con independencia de que haga música o de que escriba sonetos.

Ahora


La circunstancia disuasoria no existe: ayer acometí de nuevo la escucha de un disco de Waits (Rain dogs, 1985) Lo introduje en la bandeja del CD y me apoltroné en el sillón, mirando el cielo a través de la ventana. No sé en qué momento sentí la necesidad de apagarlo. Me aturdía la crudeza, por decirlo de alguna manera. Sentí (lo he sentido en más ocasiones) que el arrullo del amigo Waits era contraproducente, me hería, me dejaba tocado, ahí en el sillón, que Tom Waits debía dosificarse, guardarse para ocasiones en que no ande uno muy tocado, pero por otra parte, he aquí tal vez la parte más jugosa, permanecí en esa voluntad de dejarme impregnar y llegó un momento (Hang down your head o Time, muy a la mitad de la obra) en que todo fluyó con absoluto confort, era yo el izado, el conmovido, el transportado con mucho mimo hacia un territorio que no esperaba y en el que me sentí como en casa o como en alguna de las muchas casas que uno funda según vaya a un sitio a otro y busque un placer o busque otros. El de Tom Waits ayer, a media tarde, antes de salir a la calle y ver a mi padre y quedar más tarde con los amigos para contarnos cómo nos iba todo y beber en el fondo de un bar, muy arrimados y felices, fue un bálsamo, una coz dulce, un dolor necesario.

26.12.17

Hacia adelante

No se sabe qué contar, nunca hay un camino fiable, es la palabra la que lo hace avanzar todo, quien organiza el mismo relato de lo vivido o mejor de lo fingido. Escribir es dar a la paradoja de contar (que es en esencia tergiversar, arrimar el azar a lo narrado) un rango verosímil, que no haga despertar la sospecha de que se está especulando, concediendo a la historia la posibilidad de que desbarre a su antojadizo capricho. Escribir es hablar también. Uno cuenta qué hizo o qué hará y arriesga siempre y marra siempre. Todo lo que decide contar está fieramente sujeto a la realidad y la realidad no es nuestra, no es una propiedad que podamos considerar gobernada. Leer es un modo de comprender. Leer es disponer de un instrumento infalible. La vida, el argumento más valioso, es impregnada de literatura como puede ser manejada, no hay otra, no es posible desligarla de ese arrimo de letras, es en ese apresto de la ficción en donde vivir se adensa, cobra la pujanza que en ocasiones no posee, se erige como brújula, acepta el timón y avanza. De lo que se trata, a la vista del rigor con el que se nos abate en ocasiones, es de avanzar. Hacia adelante pues. Acabo la cerveza que me acaban de poner. La apuro en dos tragos. Espero que mi mujer se una, la espero en una terraza de invierno, sin que me haga flaquear el frío, descuidado, sin que me obligue la prisa, viendo la gente ir y venir, saludando a unos y a otros, charlando con los íntimos, alguno se ha acercado, con los eventuales, pensando en el sentido de lo que uno escribe, aceptando (a la larga todo es verlas venir y aceptar y aceptar otra vez) y en la necesidad de esta pequeña confesión que me hago. Ya viene, estamos sincronizados, ya no voy a escribir más. Pido otra caña. La tapa es de anchoas con tomate en una rebanada caliente de pan muy fina. Veo que al móvil le queda un pobre cinco por ciento de batería.

24.12.17

Flipando

Hay que flipar más y hay que flipar mejor. No hacerlo, ser mesurado en eso, no dejarse llevar, no esmerarse en flipar a tope, envinagra el carácter, lo entristece, lo entenebrece, incluso lo mustia y hasta enferma.

He visto gente flipar con un entusiasmo tan contagioso que de pronto he comprendido que únicamente flipando se puede alcanzar ese clímax de armonía con el que nada nos afecta y del que se puede valer uno para escalar la cumbre de los días y dormir a pierna suelta en el vértigo de las noches.

La manera en que uno flipa queda a consideración del esforzado ejecutante. No basta ver cómo lo hacen los otros o comprar libros que ilustren los procedimientos. Estoy por asegurar que no se logra jamás la destreza que otros oficios contraen a poco que se practican. Flipar es otra cosa. Quienes lo han probado no son capaces de sustraerse del placer que procura su práctica o del placer añadido, el que concurre cuando, una vez ha finalizado el flipe, uno advierte que el cuerpo funciona mejor y que la cabeza barrunta ideas que, antes de la exposición, no eran ni por asomo imaginables.

Yo mismo he flipado en colores y en blanco y negro. Flipado nada más levantarme o en ese instante en que el sueño se invita solo y los ojos caen como una persiana a la que se le ha roto el mecanismo que la mantiene fija, izada, permitiendo el ingreso limpio de toda la luz del mundo.

He flipado con conocimiento de lo flipado y flipado sin que me percate de nada y no tenga ni idea de los motivos de esa dulce epifanía. No sé con qué flipe quedarme, si con los conscientes y anhelados o con los acontecidos sin el concurso de mi voluntad, sobrevenidos como una fiebre o como un orgasmo.

Ha habido tantas y tan placenteras las veces en que he flipado que elegir una entre todas sería sacrificar la felicidad (una ilusión de felicidad tal vez) de que todas están a mi alcance y que puedo acceder a ellas con entera facilidad y dejar que me impregnen e invadan.

 El cuerpo, si se ha aplicado con solvencia, se resiente en ocasiones. Flipar continuamente es una imprudencia. No estamos hechos a esa irrupción mantenida de júbilos y de aleluyas. En esos momentos de decaimiento, advertimos que el cuerpo y el alma juntamente están indispuestos. Se tiene esa especie de lujurioso optimismo que consiste en dar toda derrota por útil y esperar con la más férrea de las convicciones que volverán ese cuerpo y esa alma a pronunciarse como solían y pedirán más y se lo daremos. Porque, no nos engañemos, nada hay como flipar.

Nadie podrá iniciarle si no se deja engañar un poco. Todo empieza así: en la percepción de que se vive mejor si se ha dejado uno engañar un poco. No hace falta que sea uno de esos engaños duraderos, de los que luego se confunden con la verdad por aquello de que los extremos, si son de calidad, acaban fornicando en las sombras.

Una brizna de flipe, convenientemente administrada, engolosina el ánimo más perturbado, aunque entra en lo posible que al final el ánimo perturbado acabe más turbado aún. Hay ocasiones en que flipar en demasía desbarata la cordura, la zarandea, la invalida para gobernar el mundo. Vidas descarriadas completamente, vidas arrumbadas al desánimo y al más desconsolado infortunio. .

El mérito estriba en saber con qué estamos tratando. Si el flipe es quien nos posee o somos nosotros los que nos valemos de cuanto ofrece para convertirlo en una propiedad más, no duden que una de las más valiosas. A mi amigo K. le sedujo la idea de flipar, pero le disuadí. Creo que no sabría entenderlo bien. Me reprendería después, sostendría que yo sabía qué hay detrás o qué hay debajo o hasta encima. Toda la posible experiencia que yo posea no es en absoluto transmisible. La idea de que yo pueda explicar con excesivo detalle un flipe me produce una tristeza y una congoja. No sé cuál de la
dos prorrumpe primero. Si la tristeza, si la congoja.

Sé que hoy he flipado cuatro o cinco veces. Yo flipo con una discreción absoluta. Se me puede ver con la misma cara mientras flipo que cuando no lo hago. He dominado la expresión para poder hacerlo en cualquier circunstancia, sin exhibición ni postrero. Lo disfruto más cuando alguien me observa fijamente. Es entonces cuando hago que empiece. No me pregunten cómo se hace eso, en qué instante se produce la primera evidencia de que se está flipando. Lo que sí sé es que el cuerpo entero lo aprecia y lo agradece.

Cualquier día de estos me concentro en razonar este pequeño caos sensorial y doy conferencias. Fliparé y cobraré por hacer que otros flipen. De verdad que en ese instante el flipe será doblemente. gratificante.

Flipen, por favor. Está noche puede ser la ocasión. Es nochebuena. Sean felices.

22.12.17

Woody Allen ha salvado mi vida muchas veces



Dice Woody Allen hoy en El País que sus defectos no son trágicos, sino patéticos, a lo sumo. La tragedia es una cosa muy seria, exige una trama bien trabajada, donde no falte ninguna circunstancia dolorosa y en la que los actores vayan de cabeza a un desenlace funesto. Tenemos a los griegos contándonos el alma humana como nadie lo ha hecho después, excepción hecha de Shakespeare tal vez. Dice otras cosas el bueno de Woody: que el humor le salvó la vida o que no le importa en absoluto qué piensen de él o de su obra. En lo que a mí respecta, en muchas ocasiones, Woody Allen salvó la mía. No me rescató de un río con aguas turbulentas que me arrastrara hacia una cascada, ni me operó con urgencia cuando la muerte me invitaba a seguirla, ninguna de esas cosas hizo. Fue el suyo un salvamento espiritual o moral o estético incluso. No únicamente Woody. Sería interminable la lista de gente que no conozco personalmente, con la que no he compartido un café o un abrazo o una conversación íntima, y que me ha salvado del tedio, al menos del tedio. De no ser  por el cine o por la música o por los libros, un servidor sería un hombre feliz, sí, por supuesto, mucho tal vez, pero lo es más completamente con la festiva injerencia de gente como Woody Allen o Jorge Luis Borges o Charlie Parker o Alfred Hitchcock.

Hubo un tiempo en que todas las películas de Woody Allen me reconciliaban con el mundo. Venían a ser un bálsamo, un reconstituyente o un tonificante o esas tres cosas juntamente, actuando en la raíz del problema (el que tuviese en ese momento, algunos ha habido) y reduciéndolo o extirpándolo de cuajo. También me hizo ver lo escasamente importante que es tener en alta consideración la consideración ajena. Ande yo caliente, más a lo campechano, vino a decir otra luminaria nuestra. Eso se entrevé en sus personajes: están tan aterrorizados por el qué dirán o por la impresión que causan a los demás que terminan haciendo mofa de esa preocupación, viviendo a su antojadizo capricho, sintiendo que esa vida que no les funcionaba del todo no tenía recambio, ni era propiedad enteramente suya, sino un préstamo, un obsequio del azar, un divertimento al que había que extraer el máximo placer posible. Eso lo he aprendido yo en el cine de Woody Allen. Da igual que algunas películas suyas no respondan fielmente a esta voluntad nihilista o epicúrea o cómica simplemente que yo aprecio en ellas, da igual que algunas de las últimas no hayan estado a la altura. Basta con las clásicas, con todas las que me hicieron sentir en paz conmigo y con mi existencia. Eso lo debe a Woody Allen en parte. Por eso entiendo que haya escogido el patetismo al dramatismo, puestos a elegir uno. Patéticos somos todos; trágicos no o no, al menos, continuamente. Yo también soy patético o lamentable o ridículo, he aquí perfiles a los que acudir. Todos somos patéticos o lamentales o ridículos en algún momento o en muchos o de un modo más continuado, en casos más extremos. Trágicos no tanto, que para ser trágicos, en los defectos o en los vicios, hace falta haber leído mucho a los griegos o a Shakespeare. Sí, Woody Allen ha salvado mi vida muchas veces, la ha rescatado del aburrimiento y de la liviandad, de la mediocridad y del desencanto.

21.12.17

Libros de urgencia, amores de urgencia


La mejor biblioteca es la de emergencia. A veces las muy pobladas, las que tienen baldas muy altas, cobijan o consuelan menos, no sabe uno a veces a qué acudir, qué volumen escoger, tientan muchos, hasta parece que los desechados pidieran ser tenidos en cuenta, solicitar que se les abra y atienda. Un libro no es un libro hasta que el lector lo abre: es un objeto entre los objetos, como dejó escrito en uno de ellos el buen Borges. A veces necesitamos un libro al modo en que se necesita un cuerpo. De hecho hay ocasiones en las que sabes que habrá un libro que te aguarda, uno fiable al que encomendarte, en el que perderte y posiblemente encontrarte, pero no habrá un cuerpo. La literatura es un amante duradero, del que no desconfías, al que le cuentes cómo estás y con el que conversas. Hay libros que no paran de hablarte. Anoche me confortó un pasaje de Benedetti cogido al azar, uno de esos cuentos de parejas que se aman sin saberlo o de parejas que es mentira que se amen o de parejas que no incurren en la banalidad o en el triunfo del amor, según se mire. Pensé en el amor ajeno y en el propio, en el todo el amor que es posible que yo sepa dar y el que pueda recibir. Pensé en toda esa felicidad que es siempre superior al amor o que actúa en un ámbito distinto, tal vez más íntimo. Se está enamorado un plazo corto de tiempo, no se pide más, no se anhela más, basta ese confort espiritual, ese trascender, ese sentir que todo cuadra y se ensambla alrededor nuestro. La felicidad funciona a otro nivel, no se involucra en lo espontáneo, en la presteza de lo deseado, sino que discurre con mayor mansedumbre, no se encabrita, no se atropella ni se desquicia. El amor, en cambio, debe ser fiero, debe evitar la quietud y la contemplación, debe encabritarse y atropellar y desquiciarse. En un libro, como en una persona, uno puede sentir el amor y la felicidad y también la ausencia de ambos. Cae uno fácilmente en matrimoniar libros y amor o libros y felicidad. De algunas novelas que he leído (Lolita, Moby Dick, Chesil Beach, El barón rampante, Tiempos difíciles, Cien años de soledad, Corazón tan blanco, Pedro Páramo, que ahora recuerde) conservo la satisfacción (duradera, fiable) de que puedo abrirlos por la página que se me antoje y recordar qué me contaron, cómo me consolaron, hasta qué punto -mientras los leí- fueron una parte de mí, una que no se ha extinguido enteramente y regresa a su antojadizo capricho, sin que yo a veces la reclame, como si dispusiera de voluntad propia y obrara a espaldas mías. Anoche, en el ebook que suelo llevar encima, busqué sin fortuna fragmentos de libros que me llenaron. Me molestó no poder pasar las páginas, no ir de una a otra, no sentir el peso de la tapa ni el grosor del volumen en mi mano. Se pierden todas esas cosas cuando recurrimos a una máquina y prescindimos del libro tangible, sólido, convertido en un objeto cercano, asequible al desgaste, pensado para ser tocado y exhibido. En la controversia sobre si un formato (el sólido, el que no lo es) se impondrá al otro interviene el corazón. Uno se inclina por lo que el corazón le reclama. Quizá sea cierto que en realidad somos dos, no uno que oscila, uno voluble, uno que asiente o disiente. Somos dos, somos la razón y lo que la razón no gobierna.

19.12.17

Dios es un anhelo poético

Pronto abrirá el día. Cuesta pensar que estuviese cerrado. No sabe uno bien cómo entender que de pronto exista algo que nada lo presagiara. El día, su irrupción, es siempre un prodigio, una especie de milagro. No por visto las veces bastantes se deja de sentir esa congoja, la de lo extraordinario, con la sensación de gratitud y de perplejidad también ocupándolo todo. Lo oscuro de la noche invita a la claridad del día. Salvo que haya trasnochado, cosa que últimamente no puedo permitirme,ay, siempre me gustó presenciar la entrada del día, la retirada de la noche. Creo que no hay parte del día que iguale en belleza a esta. El atardecer rivaliza con el alba pero pierde en la parte sentimental, en lo que siente el corazón recién despertado. Al romper el alba, al precipitarse la luz como suele, se imagina uno mismo que también se rompe y se precipita algo adentro también.
Tuve un amigo que pedía a Dios que le ayudara a escalar la cumbre del día que, al abrir el portal de su casa, se ofrecía a sus complacidos ojos. No era cristiano o decía no serlo pero ese rezo lo practicaba sin desmayo a diario y lo recomendaba por sus efectos saludables, decía. Lo probé unos días, quise andar ese camino suyo, por ver si diciendo a lo bajito esa plegaria mínima el día sería bonancible o dichoso o festivo. Lo hice a sabiendas de que no era un proceder mío, sino un anhelo poético. Dios es un anhelo poético.

18.12.17

Esto lo estoy escribiendo mañana





El secreto mejor guardado es el que no se comparte, pero en el jazz el modo de trabajar es otro y consiste, en muy apresuradas cuentas, en dar y en recibir, en tomar el papel de alumno y el de profesor, en aceptar el magisterio ajeno y en ofrecer el propio en la medida en que exista. Por eso Sonny Stitt anda en la fotografía como embelesado, atrapando el numen, exigiendo del aire la restitución pura del asombro, y Dizzy Gillespie, de pie, sopla su trompeta como si en el volcado de las notas expresase la ecuación que hace al mundo girar y al amor, invitado, observarlo. Porque el jazz, en esencia, es un triunfo del amor. Toda la música, a su modo, lo es, pero la que nos ocupa, la que a mí me fascina más especialmente, está hecha de materiales muy sensibles, de códigos muy limpios, de texturas que invitan a compartir, a no guardar secretos o a no pensar que algo de lo maravilloso de lo que somos capaces de hacer es únicamente nuestro. Hay un manto invisible que lo cubre todo. En una nota de Dizzy está otra que tocó Satchmo. En las de Satchmo están las voces de los negros en las plantaciones. El jazz es una celebración absoluta de la confianza, uno de esos extraños y fantásticos ritos en los que el oficiante y el oficiado se intercambian sus papeles. Sonny, absorto, está tocando lo que toca Dizzy. Lo está tocando en su cabeza, aunque no se oiga la música y no haya un solo músculo suyo percutido por el esfuerzo. Dizzy está dentro de la cabeza de Sonny. Está escuchando lo que toca en otro lado.

Hay un cuento de Cortázar que habla un poco de todo esto. Se llama El perseguidor. Lo publicó en Las armas secretas en 1959 y luego, reeditado, en el volumen El perseguidor y otros cuentos, a finales de los sesenta. En él, Johnny Carter, una especie de Charlie Parker ya muy pasado de vueltas, vive sus últimos días, acompañado por la  baronesa Pannonica de Koenigswarte, aquí la marquesa Tica; por Lan, su mujer y por Bruno, escritor que escucha el desquicio del músico y, en parte, el propio Cortázar, incorporado como protagonista. En uno de esos puntos de descalabro racional Johnny suelta la frase antológica: Esto lo estoy tocando mañana. El jazz, en cuanto arrebato místico, se toca siempre mañana. Se escucha también mañana. Esto que ahora estoy escribiendo lo estoy escribiendo mañana. En este plan de desacople temporal. Estamos todos entendiéndonos, ¿no?

El frío

el frío hacia adentro a nado ganando la herrumbre
el frío vulgar como la muerte cuando ocupa la entera extensión de la luz que la batalla, como un acto de fe pura, como una epifanía
oigo el frío majestuoso en secreto contando los días, el frío virginal que trae una lluvia invisible, un rumor oculto de heridas, el veneno primero con el que la vida nos enseña su saña ampulosa, su cuenta de pesares
el frío leyendo hace años a dickens, en verdad os digo, oh mis hermanos, que nada hay que haga sentir más frío que ser un niño de dickens en una edición barata de bolsillo, todo lo que uno lee es dickens, todo está ahí, íntegro, en el mejor de los tiempos, en el peor de los tiempos, en ese bucle de las cosas, que no se advierte, que no deja una huella y, sin embargo, perdura, no se desvanece jamás, está al alcance siempre, como un salmo, como un dios caprichoso y rudimentario que bosquejara el mundo y lo bosquejara otra vez y viese que está bien la obra, pero se diese un día, dos días, seis días, hasta que de pronto se comprende que ya no es posible más, entonces es cuando se produce el chasquido, todo lo demás no importa, no importa el vértigo, ni la fiebre, no todas las benditas lujurias del tiempo, el juez, el tiempo severo, el arcano y el inmisericorde, importa dios en su secreta atalaya, en su imposible distancia, dios deshecho y vuelto a hacer a conveniencia del poeta, que es quien al final conoce la trama primera y la última y modela el universo y lo agita y a ciegas, como aquel sin ojos y de manos precursoras, expande, el poeta manumitido de todas las divinidades, sublime el poeta en el centro exacto del numen
el frío es el abismo, el frío es una llama inversa, un fuego cansado de sí mismo y súbitamente convencido de que no tiene más que decir
el frío es metafísico
el frío es un diccionario oscuro y profundo, las palabras se escriben solas, cruzan solas el páramo, se ahondan solas, escribe uno con las palabras que no le pertenecen, como si otro escribiera, es un texto de otro, no le pertenece, leo algo que no es mío, no pertenece a nadie el texto, es un paisaje el texto, los paisajes no tienen quien los posea, dios en la altura bendice los paisajes, pero las palabras están en un rango más alto que los dioses, antes del big bang hubo palabras, el universo es un verso que se fue expandiendo, el big bang es un poema, el frío fue el paisaje primero, ese frío desconocido que no tenía quién lo padeciera ni lo escuchara, pero avanzaba como un cáncer, como plaga del antiguo testamento , como una orfandad de palabras a medio decir, como un sueño de peces y de ríos que bajan locos
el frío cuando no hay nada que hacer, ni nada que nos consuele, el frío brutal que no avisa nunca, todo ese frío que está aguardando desde que empecé el poema, ese más que ningún otro, el frío de antes, al salir y anhelar su peso desplomarse sobre mí y hacer que me sienta de nuevo vivo al modo en que lo está la luz, la esperanza de la luz, la dichosa inminencia de su abrazo
el frío es una república de lobos, el frío es un festín lírico
el frío de ahí abajo cuando me he tomado un café y he fumado y he pensado en el trasegar de las cosas y en la certidumbre de que vivir es siempre, siempre, siempre un festejo, en mi padre yendo de su corazón a su cabeza, aunque no sepamos las palabras con las que se cuenta el mundo y no sepa que afuera es diciembre y el frío lo ocupa todo

16.12.17

La niebla

La niebla es una incursión del arte en la realidad. Sucede a su gótica manera, irrumpe con su entenebrecido cuerpo de fantasma, derrota a la luz y cancela la idea antigua de los días y de las noches. Se la observa con respeto, sin saber bien qué artera obra guarda. Ahora, mientras me rodea, pienso en lo poco que se la estima. Queda a veces en mero recurso literario, en figura poética o narrativa a la que recurrir para desmontar el paisaje y aceptar su cambiante voluntad y su oscura inclinación a empequeñecernos. Se siente uno tan poca cosa cuando nos rodea que, nada más desvanecerse, al acudir el sol y reinar la claridad, percibimos la pujanza de la vida, la noticia sencilla de la bondad pura. La niebla es una cosa de la literatura.

12.12.17

La tarde

Está la tarde sin amparo y hace un frío convaleciente que parece medirse entre las luces que declinan. En una hora caerá con timidez la noche y se clausurará el azul ahora espléndido del cielo que fue gris y dio lluvia esta mañana. De eso hace mucho tiempo. El tiempo es un instrumento de la luz, un algoritmo ciego, un arcano que va de lo oscuro a lo oscuro, un acta de sombras y de fugas. Salen las palabras que no gobierno, todas las palabras, las clandestinas, las secretas, las que prorrumpen a su antojadizo capricho, izadas sin intención de bandera, tan sólo ofrecidas a la manera en que se ofrece el cuerpo cuando ama o cuando anhela que se le ame y lo cuiden. Estamos al cuidado de invisibles brazos, nos mecen, nos acunan sin que exista percepción de ese arrimo tierno y vivifico. El alto cielo azul o negro o gris con su impredecible paisaje tutela el paso. Cae la noche con parsimonia, con morosa voluntad de hacerse querer, con incertidumbre. Todas las noches son la misma primeriza noche. Todas las palabras, la palabra primera.

6.12.17

Contarse las cosas

Se tiene la idea de que estamos a la deriva y no hay rumbo ni brújula. También la de que no sabemos mucho de lo que nos aguarda, aunque se barrunten trazos y se vislumbren horizontes. Hay días en que se aclara todo un poco y días en que es lo turbio lo que dicta el color y dibuja el ánimo. En la incertidumbre, uno avanza, dice las palabras con las que prosigue y prospera y vaticina a sus adentros una felicidad en ciernes, tenida antes, considerada propia al modo en que también es propiedad la tristeza o el desamparo. Vendrán días de una dulzura que ahora no se advierte, consentirá la voluntad que parezcan de otros los pesares, no nuestros, ocurrirán los prodigios y nos mirarán a la cara. En la espera de esa epifanía agradece uno que anochezca. Parece que el mundo sigue ejecutando su terca coreografía. Se va la luz y el frío cobra un peaje llevadero. Son las palabras las que impiden que todo sucumba, ellas le dan cuerda al mundo. Escribo para que todo empiece nuevamente. Me cuento las cosas y las pienso mientras las leo. Ni siquiera tengo la certeza de que sea yo quien las escribe.

4.12.17

Un pie con un zapato que aprieta hace buena literatura

Las realidades improbables son las que más se disfrutan, pero siempre tiene que haber una brizna de verosimilitud, un asidero al que aferrar la credulidad y no dejarse caer sin más. La literatura es el asidero idílico y la realidad improbable que nos rinde, sea la que fuere, es la más disfrutable. Se trata de que la cosa impostada, la que se impone a lo real, no malogre la posibilidad de que la trama se desbarate al deslizar un elemento fantástico, un recurso narrativo que luego sea incómodo y sobre el que penda toda el equilibrio de la mentira. Porque siempre andamos mintiendo. Incluso cuando decimos la verdad, en el momento en que relatamos prolijamente lo que pasó, sin el concurso de la ficción, estamos incurriendo en una falsedad o estamos manipulando lo que sabemos, tal vez inconscientemente, pero al final lo que cuenta es lo que se lee o lo que se cuenta, de modo que no hay manera de que algo sea escrito o sea contado, siempre está ahí la invención, contaminándolo todo. Por eso las realidades probables, las que podemos reconocer inmediatamente, por familiares, por íntimas incluso, todas las cosas que hemos sentido como verdaderas, no son las que más convienen. Hace falta mentir. En el depósito de lo falso, de lo que no se ajusta a la realidad, está también esa realidad a la que se da de lado. Uno miente porque lo verídico no satisface con el mismo entusiasmo con el que lo hace lo fantaseado. 
Uno puede levantarse bien temprano, mirarse al espejo y echar mano de lo que sabe, de cuanto ha inferido a lo visto o de lo que se le ha dicho y no ha dudado. Podemos decir o no: 
Me llamo Emilio Calvo de Mora Villar, nací en 1966 en Córdoba, no tengo hermanos, mis padres son mayores y empieza a flaquearles la salud, tengo una mujer, un hijo y una hija, trabajo como maestro de inglés, tengo un blog, he publicado tres libros, he mantenido una columna en un periódico, bebo cerveza, escucho jazz, veo cine negro, leo poesía, me dejo la barba antes de navidad desde hace treinta años y me pelo al cero en verano, no tengo perro, ni conduzco ni tengo deseo de hacerlo, leo la prensa a diario, adoro las barras de los bares, me pierdo en el campo, sé apreciar el talento ajeno, procuro afinar el mío, tengo facilidad para disculparme, sostengo la idea de que no hay otra vida después de ésta, cuido a mis amigos y dejo que me cuiden también, no conduzco, nunca he hecho deporte alegremente, jamás he montado a caballo, tampoco soy de cartas en las sobremesas entre amigos, sufro con el mal que devasta al mundo, fumo con moderación, a veces incluso sin ella, no sé usar un taladro, nunca me ha preocupado la bolsa, tengo una saludable vida amorosa, me alegra que los míos medren en lo que hacen, prosperen, exhiban esa alegría sin pudor y la compartan, creo en la política a pesar de todo, me gusta escribir en los bares, me aterra la idea de que Trump sea reelegido o que el asunto catalán se enquiste en la prensa y en la calle. 
No decir nada de esto. Ni dónde naciste ni si te gustan las mujeres que leen a Kavafis. Estar en el mundo sin que nada tuyo sea relevante ni haga que los demás te observen o te traten o te juzguen conforme a eso que saben. Estaría bien que pudiéramos descubrirnos a diario. Hemos perdido la conquista de los otros. Sabemos que tenemos una mujer o un marido, padres, hijos, amigos, compañeros de trabajo, compadres de farra o esos conocidos, de los que nada sabemos, con los que nos cruzamos todos los días, yendo o viniendo a la escuela, saliendo del supermercado o tirando la basura en los contenedores. Pero no podemos dejar de ser lo que somos. Yo soy para muchos el que escribe en un blog o el que enseña inglés o el que habla con entusiasmo del cine que ha visto o el que camina con sus cascos pequeñitos de iPhone cuando camino solo. Soy lo que a veces dejo que se sepa de mí y, en otras ocasiones, lo que se cuela sin que yo lo autorice, lo que se manifiesta sin gobierno mío. Quizá sea ése el que finalmente triunfe, quién sabe. No importa, en todo caso. 
Luego está el otro, el de adentro, el que anda emboscado en otros asuntos. Está el descreído, el despistado, el feliz a destajo o el infeliz con intermitencias. Uno que miente con absoluta convicción en lo que escribe. A fuerza de escribir tanto, de contar lo que no existe, se tiene cierta inclinación a mentir. El otro día me descubrí en un desliz que no era tal. Dije algo que no era cierto. Supongo que no seré el único. Era la realidad improbable venciendo a la previsible. Era la ficción con su vértigo y con su fiebre apartando fieramente a la realidad. Era el deseo como un caos ganando terreno a las evidencias. No sé todavía el alcance de ese despropósito. Fui el primero, imagino, en advertirlo. No se me reprendió, ni se me anotó la falta. No es grave mentir. Lo es si uno lo hace porque no tiene nada mejor con lo que recabar la atención de los demás. En ese sentido, la literatura es una enorme mentira. Es lo improbable sobre lo fehaciente, pero siempre tiene que haber una brizna de veracidad. Se trata de que el engaño no sea tan enorme que invalide todo lo demás y no deje que la trama avance y los detalles, que son los importantes, lo que luego trasciende cuando la lectura ha terminado, prosperen. De todo lo que leemos solo nos quedamos con detalles, con escenas sueltas de un todo que se va perdiendo irremediablemente. Quedan palabras sueltas incluso, diálogos no siempre bien hilvanados. Y el ingenio recurre a la invención para completar las partes dañadas. Lo que no recordamos se cubre con lo que incorporamos para que no se vea el roto.
No debería decirse: 
Me llamo Juan Alberto Pérez Huertas, nací en 1976 en Toledo, tengo cuatro hermanos, mis padres murieron no hace mucho, los mató el cáncer, mi mujer me dejó por esa época, ahora anda con un instructor de yoga al que saca veinte años, tengo un hijo, está metido en cosas que no entiendo, lee prensa deportiva, mira sin que se note mucho los culos de las mozas cuando pasan, me habla poco y a veces me habla mal, suelo salir de paseo al campo, paseo y pienso, casi nunca llego a ninguna conclusión satisfactoria, luego cojo el coche y vuelvo a la ciudad, me paro en un estación de servicio, me tomó un café bien cargado y hojeo las revistas dominicales o el As, el As me dice que Cristiano Ronaldo está en baja forma, es un profesional como pocos, se cuida mucho y luego eso se nota en el campo, yo no me cuido, hace mucho que no me cuido, en realidad no me hace falta cuidarme, trabajo en una oficina, estoy sentado frente a un ordenador diez horas al día, como en treinta minutos, el bar de comidas caseras es limpio y no es caro, tienen una buena cerveza de grifo, allí conocí a Mónica, me habla con afecto, me mima en cierto sentido, cuando me sirve el postre me dice siempre algo que no tendría que decirme, Mónica es guapa y tuvo que ser muy guapa hace veinte años, me cuenta que está sola, que su pareja va y viene, no tiene padres, murieron de cáncer también, deberíamos vivir en un mundo sin enfermedades, le digo, pero no me escucha, hace falta algo más para que se fije en mí, debo tener una cara muy triste, yo siempre tengo la cara triste, Juan Alberto Pérez Huertas, el triste, el que no tiene esposa, el que vive solo, no es mucho, la verdad, ahora no me preocupa tanto, pero cuando Verónica se fue entré en una depresión severa, pastillas, sesiones con un psicólogo amigo de mi cuñado, no comía, no adecentaba la casa, no cuidaba mi higiene, me llamaron la atención en la empresa, Alberto, hueles como un cochino, tómate mañana el día libre y ven el martes como dios manda, te la juegas, no está la cosa para rollos depresivos, a todo el mundo le deja la mujer o el marido o se le mueren de cáncer los padres o se enamoran de la chica que le pone los postres en un bar de comidas caseras, son cosas que pasan, el mundo gira, el mundo siempre está girando, no nos mira ni a ti ni a mí, va a lo suyo, mueren reyes y nacen putas, llueve como si no lo hubiese hecho nunca y deja de llover como si no hubiese llovido jamás, dios está arriba, vigilando a su manera, el cabrón vigila de pena, dios no es atento con sus criaturas, debería vigilar su trabajo, deberíamos hacer un club de ateos, no como los que suele haber, el nuestro sería un club reivindicativo, ojalá dios existiese y fuese bueno y nos librara de indeseables y de cazurros y de gente pendenciera, viviríamos de puta madre, Juan Alberto, tú no estarías hecho polvo por lo de Verónica, tu hijo no estaría por ahí, perdido, haciendo la revolución con el dinero de su padre, metido en temas raros, ya sabes qué digo con lo de temas raros,  no me mires mal, es que lo vi el otro día y tenía una pinta muy extraña, andaba con otros que no iban mejores, no sé en qué anda metido, pero yo debo contártelo, Juan Alberto, por eso es mejor que mañana no vengas, te quedas en casa, ordenas tu cabeza, arreglas el piso, limpias los platos, seguro que tienes la cocina hecha un desastre, compras un poco de fruta, déjate de platos precocinados, dañan tu alma también, mi mujer decía que los males del mundo los fabrican en la industria de los platos precocinados, cuando mi mujer se fue con su hermana a un viaje a Santo Domingo y yo tuve que quedarme de Rodríguez viví todo eso que dices, me entra una depre severa, no sabía qué hacer, no tenía nada en el frigorífico, le dije que no se preocupara, que se fuese y disfrutase, yo me apañaría en el comedor de la empresa, pero luego me arrepentí, es muy triste comer solo, en un bar, en un comedor de una empresa, te pregunta todo el mundo, qué te pasa, Andrés, por qué comes aquí, tú nunca comes en la empresa, y debes contarles que tu mujer y su hermana se han ido a Santo Domingo, ya sabes, te dicen que a qué han ido, que si los chorbos en el Caribe la tienen así de grande, todo es muy patético, triste y patético, lo mejor es quedarse en casa, no tener que escuchar a nadie, pones la televisión y ves las noticias, los muertos de los terremotos y los parados del gobierno, los goles de Cristiano Ronaldo y la últimas películas que puedes descargarte con el torrent, puedes dormir en el sillón, ya recogerás los platos, esta noche los recojo, esta noche seguro, pero los días van pasando y se va acumulando el trabajo que no has hecho, y un día volvió Ana María con su hermana, abrió la puerta y me vio con barba de una semana, oliendo a cochino, el piso era un desastre, no te puedes ni imaginar, botellas de vodka, bolsas de doritos, latas de cerveza, Diogenes estaría contento conmigo, me dio un ultimátum, dijo que se iba al Zara a comprar unos trapos, que en tres horas estaba de vuelta y quería verlo todo como los mismos chorros del oro, así que dejó la maleta en la entrada y cogió el ascensor a la cochera, se montó en el bmw y tiró de american express un poquito más, las mujeres son adorables, Juan Alberto, pero tienen esas cosas, mandan, mandan y mandan, no hay manera de que no manden, incluso cuando no mandan, cuando parecen que están atentas a nuestras cosas y se avienen a lo que decimos, están mandando, mandan sibilinamente, deberían dedicarse a escribir y dar rienda suelta a esa manera de mandar, a los personajes se les manda bien, uno hace con ellos lo que quiere, los lleva a callejones oscuros, hace que los maten o que los hieran muy gravemente, si uno es bueno, todos los escritores son buenos en el fondo, no buscan el mal asi como así, buscan un mal suavizado, el que admiten hacia sus adentros, leí una vez una novela en la que el autor mataba al protagonista en la segunda página, pero se tiraba las otras doscientas contando la historia del muerto, dónde nació, qué le hizo delinquir, cómo birlaba a la ley, en fin, tú ya sabes, bueno, creo que mañana no vienes, Juan Alberto, te tomas el día libre, vendrás mejor, no lo dudes, sé de lo que hablo, llama a Mónica, la de los postres, dile que la invitas a un té en casa, antes de eso la limpias un poquito, que no sepa a la primera que eres un auténtico cerdo, eso debe descubrirlo después de que te la hayas tirado, ya sabes, tienes que decirme si está buena Mónica, a mí me gustan entradas en carnes, con buenas ubres, que haya donde perder las manos, ay, Juan Alberto, vamos a dejar de hablar, que me estoy poniendo como un toro, lo dicho, nos vemos, tú hazme caso, los amigos estamos para estas cosas, cuídate, por favor, vuelve entero, te estamos esperando, yo lo hice, ahora soy feliz y tengo el fútbol completo en vodafone
En lo que no es cierto hay más verdad incluso. En la ficción está el mecanismo que hace que la verdad se sostenga y tenga sus predicamentos sociales. No hacemos caso de quien miente, no le aceptamos en nuestro círculo de amigos, no le confiamos nuestras cosas ni le pedimos que nos aconseje cuando tenemos un problema. Al que miente se le aparta. Es el apestado, el que hiere, el que no merece ninguna atención ni aprecio, pero en cambio buscamos a los apestados en las historias que leemos. No queremos gente como Emilio Calvo de Mora Villar, tan previsible en todo, que profesa aficiones compartidas por tantos y que ejerce sus oficios, los de hijo, padre, esposo, amigo, maestro, con un empeño cartesiano, pero de poco fuste narrativo. No se puede sacar nada relevante de una vida a la que no le calzamos una horma más ancha o más estrecha, pero nunca la suya. El pie tiene que ir incómodo para que se de cuenta de las travesuras del camino. 
No debería decirse, y sin embargo decimos, y queremos saber más. A lo que nos inclinamos es a ser fisgones a tiempo completo. Lo que nos gusta es que la vida de los otros se nos muestre. Da igual que sea de modo íntegro, sin guardar nada, o que algo se nos reserve, con la esperanza de que nuestra sagacidad la desvele. No sabemos nada, y sin embargo queremos saber más: No me hiciste caso, Juan Alberto, tuvimos que tomar medidas, yo hablé con la jefa, le dije que estabas pasando por una mala racha, le conté lo de tu mujer, lo de Mónica me lo callé, luego me cuentas si te la tiraste o no, lo que importa es que te han largado, han pensado que no estás cualificado, no porque no sepas desempeñar tu trabajo, cuántos años llevas, diez años, no, once, eso es una vida entera, pero últimamente te has abandonado, tío, has caído y te has dejado caer, yo creo que incluso te ha gustado la caída, no me dirás que no se vive bien en la indigencia moral, sin pensar en qué comer o a qué amigos llamar, dándote lo mismo si tu hijo se estrella con una moto o si saca cum laude en la facultad, llega un momento en que mueres, aunque estés vivo, Juan Alberto, tú notas que tu corazón late, aprecias cómo te crece la barba, te duele el costado al subir las escaleras y tienes dolor de cabeza por las noche, un zombi registrado por el fisco incluso, un zombi al que no le importa nada, un zombi de segunda, porque los zombis que yo he visto en las películas, los que andan lento y tienen jirones de piel y se le ven los huesos, los huesos rojos, solo piensan en alimentarse, curiosamente solo piensan en seguir muertos, fíjate lo que digo, pero tú te has apartado de las cosas buenas de la vida y ahora estás ahí, en el limbo, en tierra de nadie, y ahora cuéntame si te tiraste a Mónica, cabrón.