25.5.16

Viva el calambur

 A Luis Sánchez Corral, que
                               me dio clases de amor a la
                               Literatura. Ya no está.
                               A Juan Luengo, que siem-
                               pre hace fácil lo hermoso
                             .A Miguel Cobo, que me comentó la existencia del calambur.
Maestros los tres.


Dábale arroz a la zorra el abad es un palíndromo, o sea, se lee tanto a diestra como a siniestra: sin pérdidas, sin alteración. Creo yo que hay en esta hermosa lengua nuestra, tan boscosa y fértil, pocos palíndromos, pero ahí está la zorra, imán de ociosos. Hay quien se emboba con estos hallazgos: gente que consagra su talento o su versatilidad creativa en hurgar así la maraña del idioma. Llevo toda la mañana con el empeño (dignísimo, no me lleven la contraria) de dar con algún palíndromo nuevo: empresa baldía. No está uno inspirado, no le vienen las palabras, están acuarteladas bien lejos, como si hubiesen conspirado para no agradarme. Se me dio mejor aquel día en el que me propuse no pronunciar la “o” o ése otro en el que me prohibí tajantemente los adjetivos y entraba en a oficina, es un decir, yo soy maestro de escuela, con un desconcertante “días” que puso a un compañero de poco rizo imaginativo a mirarme con gana de mandarme a la santa mierda. Hay gente verdaderamente fascinada con estos juegos léxicos y se consagran a su revelación como quien predica el amor a la filatelia o quien fatiga las calles en busca de una señal que anuncie la gloriosa venida algún salvador de los cielos.  Juegos baldíos.
                                       
Dudo que estos ejercicios vayan más allá de la frivolidad: no dejan de ser malabarismos semánticos y no dan tal vez otro beneficio que entretener el café con los amigos o publicar, a beneficio de bibliógrafos de lo inútil,  Los mil mejores palíndromos de la lengua castellana. Ignoro si el turco posee también estas excentricidades filológicas, pero no tengo ningún motivo para pensar lo contrario. Manolo Villegas, mi amigo del alma, mi compañero de despacho, ya he dicho que soy maestro, se pierde en los diccionarios a la caza de vocablos raros. Tiene en casa miles de libros formidablemente instalados en anaqueles de grueso tomo. Entras en su casa, te invita a que abras una puerta, bajas unas escaleras y entras en un sótano. Al lado de donde aparca su coche abres otra puerta (te anima a que seas tú el que la abra) y ahí están los anaqueles, las baldas, las gloriosas baldas. Posee rarísimos volúmenes sobre la Mecánica de los fluidos, novelitas de Clark Carrados de esas de formato econónico y las obras completas de Galdós (a mí ese hombre me aburre mortalmente) y novelas a lo Corín Tellado. Creo que no es amor a la literatura lo que allí hay. Es una aberración sentimental en la que el libro ocupa todas las licencias más perversas. Me dijo ayer si conocía el hipocrás. “Ni idea”, respondí. “Es una bebida de vino, canela y azúcar”, confirmó con cara de haber descubierto algún planeta y tener delante la plana mayor del Nacional Geographic. “Una sangría menguada entonces", apostillé. Me sacó un tomo de una de las doce o quince o veinte enciclopedias que aloja allí, un poco absurdamente. Puso el dedo sobre la palabra y fue recorriendo la aclaración tipográfica. 

En adelante pediré hipocrás en los bares en lugar de té o de cerveza, bebidas excesivamente ligadas a una tradición que el lenguaje debe remozar. Manolo se ha obstinado ahora con los palíndromos. No duerme: le roba horas a los papeles de la oficina. Se abandona a la mitad las conversaciones ante la sospecha de que un palíndromo nuevo ande agazapado en lo que vamos diciendo. Llega tarde por las mañanas. Dice que coge el autobús en lugar del coche. Ahí puedo despacharme a gusto y buscar palíndromos, asegura. Yo soy feliz con mi hipocrás. Mañana me abstengo de pronunciar verbos en pasado. Ahí vamos los dos, en fin, felices, ufanos, conscientes de que éste es el mejor de los mundos y nos ha tocado a nosotros disfrutarlo. Anoche descubrí al calambur. Es una figura preciosa. Me tiene fascinado. Una de Xavier Villaurrutia dice así:

Y mi voz que madura
y mi voz quema dura
Y mi voz quemadura
Y mi bosque madura.


22.5.16

Laico

Es posible que mucho de los males de hoy en día provengan de calzar la palabra pecado donde únicamente debiera andar el zapato del delito. Lo que es una consideración literaria o metafórica (el pecado) rivaliza con lo que es un concepto jurídico, es decir, razonable, consensuado, social y cívico. Luego están los ministros que le piden a la Virgen de turno que interceda por España y haga que salga de marasmo que la engulle (públicamente, no en casa, en su ámbito privado) Seguimos en la idea de que lo laico va contra lo religioso. Y no es así, no es ése el espíritu. Lo laico es la preeminencia de lo político (público) sobre lo religioso (privado). Lo público, lo privado, lo secreto. He ahí los tres órdenes. Hablé el otro día con un amigo sobre una religión secreta, oficiada sin que intermedien otros. Él, creyente, practicante, me hizo ver que la dimensión pública de la fe es la que hace que la sociedad avance. Porque está unida. Porque la religión es eminentemente convivencia. No llegamos a ponernos de acuerdo. Disfrutamos (mucho) con la conversación. Estábamos de acuerdo en que el Estado no debería dejar ver nada que tenga que ver con adhesión religiosa alguna. Deberían esmerarse en que eso fuese así. Yo me esmero en mi trabajo en que no se trasluzca nada de lo que pienso en ese asunto. Siempre procuré trabajar laicamente, si vale esa expresión. Sin que se evidencia si comulgo o si no. Si rezo por las noches o estoy tramitando los papeles para apostatar. Una educación laica no hace ciudadanos ateos o agnósticos: hace ciudadanos tolerantes, con libertad de conciencia, respetuosos. Es eso, el respeto, lo que hará que este mundo gire en paz. No otra cosa.

21.5.16

La vida secreta

No sé quién dijo que llevamos tres vidas: una pública, una privada y una secreta. Se suele conceder este orden, probablemente sea el que interese puestos a convivir con los demás y cumplir con lo establecido, con las leyes que marcan el camino, con una idea de la moral que busca la cohesión y el bien común. De ésa, de la pública, no tengo mucho que decir. Quizá por ser pública, por ser explícita. La privada es cosa mía, dicho eso con cierta prudencia. Tener una vida privada (o deberíamos decir una vida privada satisfactoria) hace que la pública sea llevadera, en más o menos medida. Es de la otra, de la secreta, de la que se me ocurren más preguntas, la que más me inquieta o me perturba. Por callada, por obstinada, por exigente. La vida secreta negocia la existencia de las otras dos. La sombra, lo oscuro, hace que la luz no triunfe. La literatura, cierto tipo de ella, cubre la parte de vida secreta que no realizamos con completa satisfacción. Nos lo censura la vida pública o incluso la privada. Se nos dice qué debemos hacer, qué no. Hasta se nos advierte de las inconveniencias (algunas insoslayables) de acometer la práctica de alguna de las cosas con las que soñamos y que nuestra vida secreta estaría encantada de hacer. La vida secreta tiene incluso una especie de aureola épica. La trama de lo que hacemos de ella hasta parece que ni nos pertenece del todo. Como si fuese otro el que la ejecuta, como si no fuese incumbencia nuestra. De las vidas secretas vienen, en tromba a veces, las demás. De no haberla, de no tener ese rato en el que nadie sabe lo que haces, donde ni siquiera tú vislumbras el propósito de tus actos, se malogran las otras dos. El apetito por lo clandestino, por lo que no entra en lo ortodoxo, por lo que nos hace ser otro (siendo él mismo) es parte de esa naturaleza en ocasiones irracional que tenemos. No sé que parte de esa vida secreta mía es la que más enteramente me agrada. Supongo que la de escribir es una de ellas. Hay otras, se colige que hay otras. Quién no tiene una vida secreta, me pregunto. Ay del que no la tenga y todo sea evidente y nada quede a consideración exclusivamente suya. Quizá anden ahí los sueños para contribuir a que la tenga quien no tenga el perfil correcto. Todo lo que está lo suficientemente visto no asombra, dejó escrito Vicente Aleixandre. Pues eso. Hay que improvisar, hay que ir más adelante, hay que probar, hay que escabullirse y ver qué hay y cómo nos sienta. Cada uno aplica el cuento a su manera. Mi amigo K. se transforma leyendo novela negra. Es otro, de verdad. Hasta se le endurece el gesto. Sale de él la fiera que no acostumbra a mostrar. Hasta le da un aire a James Cagney. Lo juro.

17.5.16

Sobre el aburrimiento

Suele argumentarse que los lectores de libros de aventuras o los espectadores de películas de acción son malos lectores o son malos espectadores porque, llevados por el interés de la recompensa inmediata, ignoran el ritmo del argumento, su trabazón interno, se saltan capítulos, líneas, escenas, todo bajo la máxima de una especie de satisfacción express que en nada beneficia al verdadero entendimiento de lo que se lee o lo que se ve. Vienen a ser como los amantes o como cierto tipo de ellos, que van de cabeza al desempeño de lo genital (por decirlo sin brusquedades) y omiten el protocolo previo, el juego de la piel, toda esa fiesta de los sentidos. Nada de esto es tampoco ajeno al porno, género que suele consentir espectadores que perdonan el relleno accidental (digamos) para acceder al acto fundamental (valgan la rima involuntaria y el chiste involuntario) .En realidad, el cineasta del porno trabaja consciente de estos vicios y acepta otra máxima: no debe haber relleno o debe haberlo en cantidades insignificantes: el usuario es el que manda en el montaje, en la escritura de las escenas y, al final, tan sólo podemos observar lo esencial, la quintaesencia del género: la coreografía mecánica de los cuerpos, que cumplen a la perfección los patrones aprendidos. No aburrir, decía Howard Hawks: sobre todo no aburrir. A la vida le pasa lo mismo que al porno: a veces queremos que no se entretenga en lo prescindible y vaya a lo primordial, que se desembarace rápido de la trama secundaria y nos ofrezca, limpia y hermosa, la trama primaria, la que nos hará sentir mejores o más felices. Somos malos lectores: leemos mal. También vivimos mal. Esperamos que llegue el instante precioso, pero descuidamos todos los demás o los miramos de reojo, como no concediéndoles la importancia que tienen. Se la negamos en la mayoría de los casos. No aburrir, no aburrirse: todo lo que nos ocurre debería entusiasmarnos. Quizá porque no va a volver a ocurrirnos de nuevo. No, al menos, de esa forma. Pero desoímos toda esta didáctica sencilla, nos agriamos, caemos en ese vicio antiguo de creer que siempre debemos ser felices y andar siempre con la sonrisa en la boca. Lo mejor lo dijo Hawks: hay que procurar no aburrir al espectador. Si llega el aburrimiento, se derrumba todo lo demás.

16.5.16

Todo lo que está por decir

A veces caes en la cuenta de que no hemos dicho nada todavía, que toda la producción oral y toda la rendición escrita es una parte ínfima de todo lo que puede ser dicho o escrito todavía. Piensas que la novela no ha muerto, sino que está recién echada al mundo. Tampoco la música: hay géneros que esperan abrirse, darse, ocupar su lugar. Hay más huecos que espacios rellenos. La realidad es un juguete nuevo, siempre dispuesto a engolosinar al próximo niño que lo toque. Crees que todas las frases que has dicho hoy es la primera vez que son dichas. Que si alguien las usó en alguna circunstancia no es la circunstancia que hizo que las dijeses tú hoy. Estamos empezando, compañeros.

Percepciones

En el imaginario colectivo se instalan percepciones que luego cuesta quitar. Tenemos la idea de que la política es el lugar natural de la corrupción o de que importa más quién baje a segunda división que una guerra feudal en Nigeria con cien muertos o de que lo árabe es por naturaleza sospechoso o de que lo que no sale en las redes sociales no existe. Se tienen esas percepciones (la política, el fútbol, lo extranjero, internet) y no interesa que se extirpen.Yo creo que se cuece más negocio si están que en su ausencia. Todo se observa con la lupa de las finanzas. Si hace que la caja suba, es válido. La misma forma en que se organiza la cultura evidencia esta aberración de la que hablo. La percepción de que la cultura es lo único que nos salvará no está instalada en el imaginario colectivo, en el pueblo llano, en las calles de los barrios y en las salas de estar de las casas. Creemos (porque así nos fuerzan a creer, porque es más sencillo o porque requiere un esfuerzo menor) que basta con que nos entretengan. Se programan actividades lúdicas, de funambulismo, de pandereta, de circo, de fútbol o de copla para que el pueblo no eche en falta a los poetas o a los filósofos. El pensar no está de moda: está el producir. Quizá convendría (no sé, no sabe uno mucho de casi nada) que se montara una manera de conciliar la cultura con el entretenimiento. Hacer que los libros o el cine o los discos tengan un iva reducido. Hacer que la televisión retire la bazofia que acostumbra (unos canales más que otro, alguno de forma escandalosa) o que la emita en horarios tardíos (muy tardíos, a las tres de la madrugada, por ejemplo). Hacer que los políticos caigan en la cuenta de que en campaña electoral nunca hacen mención a la cultura. Hacer que la escuela sea el corazón de toda la maquinaria de la sociedad. Hacer que la idea pública del maestro sea todo lo honorable que ahora no es. En los años que llevo trabajando en el oficio (va para treinta) es ahora cuando más en declive está esa percepción primaria, la de la escuela, la de los que entramos a diario a trabajar en ella. Lo malo de las percepciones es que luego cuesta quitarle del cuerpo al que se acoplan. La cultura más visible en los medios de comunicación la de Saber y Ganar, en la 2, a eso de las cuatro. No me creo que una feria del libro a rebosar sea un marcador de que se lee más. Se está allí como se podría estar en otro sitio. Leer, se lee poco. Esa es otra percepción bastarda, la de los libros. Los países con mejores bibliotecas son los más avanzados. No los que tienen más banda ancha, ni los que poseen una renta per cápita más alta. De verdad que todo pasa por aprender a leer. No leer de un modo fluido o comprensible. Leer de verdad, leer con apasionamiento, leer como si no hubiese otra cosa mejor que hacer. Eso no está en el ideario patrio. No lo ha estado nunca, no tiene pinta de que vaya a estarlo.

15.5.16

"Un perro hambriento sólo tiene fe en la carne"




Tengo una vida interior, M. 
Me dice un amigo que escribo sin pensar en lo que escribo, lo que me hace pensar que hablo sin escribir lo que pienso. Hay conversaciones que convendría guardar, frases que te invaden y que después no sabes armar, como si tuvieses idea de su osadía pero no dispusieses del ardid que la trae de nuevo. Hace años llevaba una moleskine encima. La sacaba cuando prorrumpía una frase o una idea que me gustaba. Luego no echaba cuenta de lo escrito o no todo lo que debiera. Lo que no podía permitir era confiar en la memoria. Incluso el hecho de llevar la libreta bien alimentada de ideas o de palabras sueltas o de citas ajenas o de frases me hacía ilusionarme, pensar en que ahí se escondía un buen cuento o un buen poema. Ahora no tengo el pudor de entonces, pero recuerdo cómo me azoraba sacarla, coger el bolígrafo y manuscribir en ella. A M. le parecía una falta de educación. Me pregunto qué pensaría ahora, en este tiempo de smartphones y de whatsapps que interrumpen una conversación o que más fieramente la anulan a veces por completo. Tengo la sospecha de que también ella exhibe esa falta de educación. De esto que cuento hace más de veinticinco años. M. no leerá ni ese blog, ni he tenido jamás inclinación a hacerle ver que sigo escribiendo, aunque creo que en el fondo le agradaba esa exhibición mía de vida interior. Luego hay vidas interiores ricas y pobres. La que yo entonces portaba era fértil. De eso (de la fertilidad) estoy completamente seguro. El blog es una moleskine enorme. Hay textos que son principio de otros que luego no ocurren. Son otra exhibición de lo que ella llamaba vida interior. 


Cabeza
A veces uno se desahoga escribiendo, pero hay otras en las que ni escribiendo se desfoga del todo. Hay quien le da la vuelta al pueblo y vuelve nuevo. Quien cocina o hace punto o lee o se deja atontar por la televisión. Yo, a la primera impresión de que algo dentro no cuadra, me lanzo a escribir. Lo he hecho siempre. Suele funcionar, pero la escritura (la mía, al menos) no es una ciencia exacta a la que se le puedan exigir resultados fiables, valores inalterables, una especie de realidad  que la realidad no puede modificar, para entendernos. No sé cuántas toxinas quemo cuando agarro el folio en blanco o el editor del blog y largo lo que me atenaza las tripas y me hace hervir la cabeza a poco que la dejo ir. Lo malo de dejar que la cabeza vaya a su aire es que la invaden pensamiento impuros. No siendo yo muy amigo de la pureza, en un sentido estético o moral o incluso intelectual, parece que no es asunto malo la invasión de marras, pero me estoy dando cuenta, a día que pasa me doy más cuenta y más conciencia tengo de lo fiable que es mi percepción, de que luego cuesta mucho evacuar la parte tóxica, la grasa ética, todo ese zumbido que te ocupa la banda ancha del cerebro y no te permite centrarte en asuntos más livianos, en todas esas pequeñas cosas que uno se procura y que, al mezclarse, hacen que vivir sea una cosa estupendo. Y no lo es del todo, qué quieren que les diga. Desbarata la bondad de vivir el hecho objetivo de observar la ruina de algunos de los que nos rodean. Anoche me acosté pensando en Siria y en las guerras invisibles, las que no nos relatan con tanto detalle,  y me he levantado con un olor a metralla y a aldea devastada en la cabeza. Ya digo que el problema está en la cabeza. Si supiéramos cómo funciona no nos haría pasar estos malos ratos. Y encima no sirve ni escribir, habida cuenta de la cantidad de ocasiones en las que sí ha servido. La inspiración que me desata la escritura está vestida de mineros recorriendo España o de funcionarios quemados en su propia cuenta de ahorros. Capricho de esa voluntad antojadiza que exhibo últimamente, he pensado en escribir una especie de diario de la crisis. Dejaría de escribir sobre la felicidad de los paisajes o sobre la bendita presencia de los libros o sobre discos de Miles Davis que todavía no conozco. Inconstante como soy, no dudo que la abandonaría a poco que me encienda en demasía. Insisto en que ya no hay desahogo en este vertido personal de las palabras, pero tampoco sé dónde lo hay. Se va uno quemando por dentro. Se va torciendo todo un poco más cada día sin que tengamos a mano paliativos, placebos, pastillitas de colores con las que amenizar el descenso al infierno puro y duro que nos están vendiendo. Se agrave o se endurece o se enfanga el relato cuando entran a escena los políticos. Están ya en la palestra, en el púlpito, echando pestes unos de otros, contando el mundo para que sepamos lo que ellos pueden hacer para limpiarlo. Creo que no les voy a prestar atención en esta ocasión. Me valdrá la alforja antigua, la de los discursos que ya he escuchado, la de las cosas que va uno sabiendo y que no se borran con discursos nuevos. Son todos iguales, están cortados por la misma mala tijera. 



Días de viajes sin mover un pie
Dormir a deshoras no contribuye a un clima de modélica felicidad familiar. Lees cuentos de Chéjov a las tres de la mañana y te acuestas más feliz, es cierto, pero te acuerdas de ellos durante el resto del día y te cuesta hilvanar el traje de las cosas, esa rutina diminuta de asunto irrelevante que, trenzado a otro y a otro, viste la vigilia. El insomnio es un estrago al que se le puede sacar provecho. Sucede incluso que el provecho sea el que provoque el estrago. Como el animal que se alimenta de sí mismo hasa que se vacía. Pienso en Rilke y eso de que todo a lo que se entregaba se hacía rico, dejándole a él pobre. No hay creación a la que uno se entregue que no lo merme. Todo lo que nos enriquece cobra peaje. Cada pequeña cosa que hacemos exige su tasa. Ahora mismo, a poco de salir a la calle y hacer la compra en la tienda de la esquina, pienso en Chéjov y en el altísimo placer que anoche me procuraron sus cuentos, en su contar tanto en tan escaso despliegue de medios. Pienso en la derrota de hoy, en el sueño aplazado, en las cosas a las que me entrego y en cómo me desarman, en el trabajo que amo (cada día más, con más fuerza) y en cómo me hace rico y me despoja al mismo tiempo. No quepo en mí de gozo. Los domingos (si se miran con esta lupa que me he trajinado) son gozables. El de hoy es gris, es frío, es de los que hacen que te den unas ganas enormes de sentarte con todos los cuentos de Chéjov y no levantarte hasta que has despachado el último. Luego (pensado con calma) desechas que puedas ocupar un día entero leyendo. Lo he hecho, quién no, quien que ame la lectura. Días de viajes sin mover un pie. 

14.5.16

Shakespeare todos los días


Es posible que todo lo que se necesita saber sobre la vida esté en el teatro de Shakespeare. Lo dicen los que los han leído, gente muy de libros, muy de haber vivido también y de saber qué hay afuera, en el mundo. No hay cosa que se pueda pensar que antes no esté en el discurso de los personajes de Shakespeare. No afirmaré yo que eso sea cierto. He leído poco y quizá mal al bardo inglés. He visto adaptaciones teatrales y mucho, mucho cine con el reclamo fantástico de sus representaciones y he amado el precioso sonido de la lengua inglesa, la dicción de sus actores y actrices o la sensación, luego confirmada, de que está a punto de ocurrir algo extraordinario y de que vamos a asistir a esa circunstancia, impregnándonos de su dramatismo, llevándonos después a casa un pedazo de vida, la que no solemos despachar nosotros, la grandiosa, la que escarba en lo hondo y saca todas las emociones que es capaz de sentir el alma. El teatro, el buen teatro, posee ese don: el de impregnarnos de luz o de oscuridad, el de proveernos con absoluta eficacia de vidas que no nos pertenecen, pero que sentimos nuestras, como si de verdad las hubiésemos vivido o las viviéramos en primera persona en el momento en que asistimos a su representación. Lo que bace Shakespeare es darnos la palabra, está invitándonos a pensar que ese teatro ampuloso y trascendente, cómico a veces, nos cuenta algo que ya sabemos en el fondo. Su cuota de tragedia la cubren los informativos, la prensa, toda esa rueda infame de cosas extraordinarias que vemos a diario y de las que después no podemos, por más que deseemos, desprendernos. Uno se levanta comido por la corrupción, incendiado por la ira de la injusticia o arrebatado por el desprecio a la clase política, que en tiempos de Shakespeare eran los nobles, los reyes, los elegidos o los mimados por la fortuna. Las series de televisión están haciendo que Shakespeare no se lea, si es que es un autor leído, en el fondo. Es posible que esta oferta brutal acabe por aturdirnos definitivamente y no sepamos a qué acudir, qué píldora tomar cada noche, si la de la tragedia o la de comedia, si meternos en la piel de una amada despechada o en la del rey que se duele de la codicia doméstica. Y se acuesta uno sin haberse desembarazado de ese dolor con el que salió de la cama, sin creerse del todo que está en un escenario y lo que le pasa es parte de una obra que ha escrito otro, nunca uno mismo. 

13.5.16

Los porqués


Dejaron la silla porque habría alguna mejor adonde fuesen. O porque quedó la última y el camión de la mudanza estaba a tope. Cargaron con el resto. Lo embalaron, lo metieron en cajas, lo precintaron bien. Quien cerró la puerta no echó una última mirada. Tal vez las prisas por abandonarlo. El piso es un objeto, uno más. Igual que dejamos en el contenedor del papel los libros que ya no leemos o llevamos la ropa vieja a la beneficencia, dejamos los pisos. Dejan de ser propiedad nuestra y los suplimos por la propiedad nueva. Conservamos los recuerdos de lo que custodiaron. En ellos amamos y sufrimos, sentimos placer y dolor, reímos y lloramos, supimos que la vida es maravillosa o que no merece la pena preocuparse mucho por ella porque al final siempre nos pasa factura. Al inquilino que lo habite, al próximo al que le parezca bien la distribución de las habitaciones, la luz que dan las ventanas o el precio de la venta, le intrigará que se abandonara la silla. No contará con el teléfono. Seguro que anularon el contrato. La silla es otro asunto. Habrá un porqué para la silla y no lo hubo para una lámpara o para un sofá de tres cuerpos. La usó un anciano. Leería, miraría por la ventana. No es una silla especialmente lujosa. No debió ser ni cara. Una de esas sillas de despacho, de las que se pierden por la tela barata o por el cuero de mala calidad. Ni cuero sería. Plástico. Hasta plástico del menos fiable. Del resto no se podrá decir nada, pero se disfruta especulando. Una pareja recién casada a la que no le van bien las cosas. Un profesor sin plaza. Una mujer separada. Uno piensa en el objeto, en el piso, en cómo se transforma según quien lo habite. Son los objetos los que permanecen. Unas manos los cogen y otras los sueltan. Las palabras son también objetos. Las usamos, las abandonamos, hacemos que expresen lo que pensamos, proyectan lo que somos. Una habitación vacía, en un piso sin inquilinos, es una imagen de algo, expresa algo, proyecta algo. No sabemos el porqué de lo que percibimos, especulamos con todos los porqués. La vida es literatura portátil, de la de acarrear con nosotros y dejar en cualquier sitio y coger otra y soltarla cuando apetezca. Como pisos que se abandonan. Como las palabras que decimos. Como las que no. La silla es lo que genera la intriga. El vacío puro es menos narrativo. Es la silla la que hace que empiecen a acoplarse las piezas sueltas. 

12.5.16

Hay que ponerse a leer, hay que ponerse a escribir

Arreglando papeles, en uno de esos ratos en los que crees que ordenar las cosas harán que no se vuelvan a desordenar nunca, di con unos folios grapados que me ilusionaron mucho. No los tuve en consideración desde que los escribí. Sirvieron como guía con la que acudir mientras hablaba sobre libros y sobre escritores. En los años en que se me invitó para animar a la lectura a jóvenes de instituto nunca usé el mismo texto. Me parecía una falta de respeto. Me preocupaba hablar de libros y repetir lo contado el año anterior. Distinto lugar, distintos alumnos, distinto texto, sólo yo era el mismo, y ni siquiera estoy absolutamente conforme con esa afirmación. Lo que encontré. Lo que ahora transcribo aquí, supongo que fue una ayuda, pero rehusé leer. Aún a riesgo de que el acto se extendiera más de la cuenta (era una hora y media de cháchara, incluyendo la parte más nutritiva, la de foro o debate) decidí pillar una idea y explayarme sobre ella. Es un método estupendo o al menos a mí, visto ahora, me lo parece. Permite eludir el recitado o la confianza en que el tema se domina. Tengo la convicción de que es más el interés o la fascinación por los libros (el amor que se le profesan) que esa pedagogía que se presumía que yo poseía. Fue un placer tener un público tan volcado. Ellos tenían un orador novicio, prendado por el cometido encargado, y yo tenía un público entregado. No siempre se encuentra uno que la hora de Matemáticas ha sido reemplazada por una especie de conferenciante, imagino que dirían.

Quise hablar de lo malo con la misma voluntad que de lo bueno. Era mi intención ponerme del lado en que aparentemente estaban, en el de los no-lectores, en los que priman la propiedad de un videojuego a la de un libro, el lado (en definitiva) perverso, el que hay que batallar y contra el que (en muchos casos) perdemos. Leer es un acto peligroso, he recordado hoy, justamente con otros alumnos. Te puede hacer caer en un vicio irrenunciable. Les decía hoy que leer es una actividad de una intimidad absoluta. Hay muy pocas que posean ese rango de privacidad. Uno lee solo. Leer es un acto deliberado de soledad. No se precisa otro concurso, no se lee mejor por compartir lo leído. Se entra solo en la lectura, aunque se sale reconfortado, acompañado, robustecido.

El lugar del ofertorio libresco fue una biblioteca de instituto, de las bibliotecas que explican el amor de sus cuidadores y el desamor de sus dueños, los que dicen qué partidas van a esto y cuáles a lo otro. Las bibliotecas son lo otro, lo aplazado, lo que ahora no conviene tener al día porque hay asuntos de más calado. Es fácil pensar como piensa un político, pero no era éste el asunto, ni debe serlo. Es un texto feliz como feliz fue la mañana de marras, escuchado por un ciento largo de jóvenes a los que les habían birlado las Mates o el Inglés para escuchar a un charlatán. Es cierto. No paré de hablar, no dejaron de preguntarme tampoco. He ahí la belleza de este negocio nuestro. 



Texto

Leer no conduce a nada bueno. Leer es una actividad de riesgo. Ni siquiera garantiza la alegría. Leer es un despropósito. Leer es un disparate. Además leer cansa la vista. De verdad que no merece la pena dejarse los ojos en un libro. Quienes leen toda su vida llegan a viejos con gafas de pasta con el cristal como un culo de vaso. Otros, peor, ni gafas necesitan. Hay algunos libros, los de edición muy barata, que tienen una letra ridícula, como de cagadita de mosca. A esos no os acerquéis nunca. De verdad que dan más quebraderos de cabeza que otra cosa.Los libros no cuentan nada útil. De verdad que no. La calle es el mejor libro. Lo voy a decir otra vez: los libros no cuenta nada útil. La calle es el mejor libro. Además todo sucede más deprisa. Lo malo de leer libros (novelas, sobre todo) es que todo tarda mucho en pasar. Lo bueno, si es que hay algo buena, sucede al final. Incluso hay novelas que ni al final te dan la satisfacción de que algo bueno ocurra.

Si uno abusa de la lectura, puede ocasionar dolor de cabeza. El dolor de cabeza, si se repite, puede derivar en jaqueca. La jaqueca, si no se medica, deriva en migraña. Si uno va al médico y pide que le receten algo, hay cura, pero es muy lenta. No hay ningún fármaco que elimine la enfermedad de forma drástica. Otro asunto a considerar es que el enfermo, una vez que se recupera, no puede tener libros a mano. Ni siquiera la visión de un libro conviene. Las recaídas son terribles. Ahí está Don Quijote, el loco, apartado del mundo y de él mismo, hechizado por los libros de caballerías. La letra impresa es el veneno más fulminante. Peor que el veneno de todas las serpientes del mundo.

Leer da grima, da jaqueca, da hasta vergüenza. Leer aturde el sentido común. Leer envenena el alma, nubla la fe. Leer es una actividad de riesgo. Yo creo que leer incluso atonta un poco el cerebro. Un cerebro atontado es el primer paso. El siguiente es que se atonte el corazón. De ahí a ser una mala persona, una mala de verdad, hay una distancia pequeñísima. El mundo está lleno de gente con el cerebro atontado y el corazón atontado. Malas personas. Gente que lee mucho y que no duda de que todavía tiene mucho que leer. El que lee mucho solo quiere leer más. No le interesa la vida diaria, con sus rutinas y sus travesías, con su cesta de la compra, con sus paseos por los parques y sus terrazas en verano. Lo que de verdad le interesa a un lector son las grandes historias de los grandes autores y de los pequeñitos. La vida de verdad está en las novelas. Incluso acepto que alguien diga que está en los cuentos. La vida de verdad también está en los cuentos. Para leer un libro como Dios manda hay que aislarse del mundo. El que lee necesita un búnker, un refugio, una habitación a oscuras. Un libro, un buen libro sobre todo, vampiriza a quien lo abre. Los libros son los vampiros. Todos los libros llevan un Drácula entre las páginas. Los libros anulan la voluntad del que acepta el contrato de leerlos. No solo anulan su voluntad. También niegan la realidad. Ofrecen realidades maravillosas. Algunas son tan maravillosas que la realidad de verdad, la auténtica, es una cosa despreciable, irrelevante y de poco interés.

La realidad que está dentro de los libros engancha más que la de las calles y el salón de las casas. Lo único que supera a la maldad del libro es una biblioteca, que es una suma de maldades, una especie de arsenal en donde todos los artefactos bélicos están pulcra y metódicamente ordenados, dispuestos a ser usados a poco que alguien solicite su uso. Desconfiad de las bibliotecas. Incluso desconfiad de las bibliotecas familiares. Esas que están en casa, en una habitación con cortinas, con un armario enorme, en donde los libros se apilan como si fuesen trofeos. Incluso el noble negocio de las librerías me inspira poca confianza. El colmo del mal rollo es que te hagan pagar por leer. Leer es un vicio. Los vicios cuestan dinero. El dinero sirve para pagar caprichos. Ya lo sé. Pero insisto en que leer no es un buen negocio. Yo no conozco a nadie que sea feliz por leer libros. No existe una relación entre felicidad y literatura, igual que no la hay entre la felicidad y el ajedrez o entre la felicidad y la Liga de Campeones de los martes y los miércoles.

Uno es feliz por cien causas o por una sola, pero no tengo ninguna duda de que ninguna de ésas proviene de la lectura de un libro. Permitid que esté siendo tan sincero y tan crudo. De estas cosas hay que hablar así. Si no, mucha gente sale confundida. No hay que vender confusión. Ni libros, claro. Por mí pueden coger todos los libros y echarlos al fuego. Al fuego todos los libros. Al fuego La Iliada. Al fuego los libros de Julio Verne. Al fuego todas las novelas en las que muere alguien. Al fuego todas las novelas en las que no muere nadie. Al fuego todos los poemas de amor. Al fuego todos los poemas sin amor. Que se quemen todos los libros, unos encima de otros. Que ardan las letras. Las frases largas y las frases cortas. Que arda Pinocho y las novelas de piratas. Que se pudra en el fuego el tonto de Harry Potter y el secreto de la escoba que vuela. Que en uno de sus tontos vuelos, Peter Pan se caiga al suelo y se fracture la nariz. Que la paloma de Alberti no se equivoque más, hombre, que estamos ya un poquito cansados de se equivoque la paloma de Alberti. Que alguien encienda un fuego muy grande y eche toda las enciclopedias. Que arda la letra S y luego la T. Y después las vocales. Que no quede ninguna letra viva. Un mundo sin libros. Porque el libro no garantiza la felicidad, ni la alegría, ni siquiera que duermas por la noche y no tengas pesadillas.

Yo he leído decenas de libros que me han hecho tener pesadillas. Los libros no sirven para nada. No conozco ninguna utilidad y no he encontrado a nadie todavía que me indique alguna. Los libros no paran las balas en la guerra. De hecho hay gente que ha leído mucho y que ama los libros que las fabrican y las meten en los fusiles y luego salen a las calles y las disparan. Los libros no detienen las bombas en el aire. Pero fijaos en una cosa, en una cosa solo. En una guerra una de las primeras cosas que hacen los soldados es quemar las bibliotecas, incendiar los colegios, borrar todo rastro de las letras del pueblo al que desean destruir. Queman las historias del pueblo. Porque estamos hechos de historias. No somos moléculas. Ni átomos. Somos las historias que llevamos dentro y todos nos convertimos en escritores cuando las contamos. No hay escritores que no sean lectores de otros escritores. Uno de los trucos que a mí me funcionan como escritor, suponiendo que alguno funcione, es uno que consiste en pensar que soy lector de las historias que yo me voy contando. Soy raro en eso. Bueno, en realidad soy raro en más cosas, pero no era eso a lo que me llamaron. Cuando escribo un cuento, pocas veces sé cómo va a acabar. Tampoco los personajes que va a tener. Sale el cuento conforme lo voy escribiendo. Yo voy asombrándome de las cosas que me voy diciendo. Un poco raro, ¿verdad?

En lo que confío es en las palabras. Ellas tienen las historia que quiero contar. Coge una frase que le guste, que le guste de verdad, y sigo de un modo pausado. Hay un momento en que el cuento fluye. Uno imagina que lo está rescatando del fondo de su cabeza. Que lo rescata y lo pone a salvo, para que no se pierda.La literatura tiene algo de sueño. Uno se levanta y recuerda el sueño que acaba de tener, pero no lo aprisiona, no lo registra, no lo anota en un papel. El sueño se disuelva en la memoria como un azucarillo en una taza de café. Un escritor tiene algo de esto, de cazador de sueños. Suena bonito, ¿a que sí? Vivimos de cuentos. Los buenos y los malos, todos valen. Todos nos construyen como personas. Nos levantamos pidiendo cuentos y nos acostamos con cuentos en la cabeza. Cuentos de películas, cuentos de rumores que escuchamos en las calles, cuentos de novelas y cuentos de cuentos, claro.Y cuando dormimos, somos escritores todos. Escritores invisibles. Carpinteros invisibles. Cuando dormimos, la cabeza va a su aire y se inventa las historias que le da la gana. Historias. Creo que ya lo he dicho como cien veces. No hay ni un solo día en que no desee que alguien me cuente una. Da igual que sea en un libro o en el patio de un colegio. Historias. Que me den historias. Y me da lo mismo que leer no conduzca a nada. Que no garantice la felicidad o la alegría. Que los libros no cuenten nada útil. Quizña no sean cosas útiles, pero son hermosas y me emocionan. Quizá sea inútil haber conocido al capitán Ahab, que perseguía a Moby Dick, la ballena blanca. O a Gregor Samsa, el bicho que se inventó Kafka. O a Frankenstein, que era un replicante, un golem, un monstruo cándido y bueno en el fondo. O incluso a Harry Potter y su bendita escoba.

Voy a hablar unos minutos de Harry Potter. Harry Potter ha hecho más por los libros en la gente joven que muchos gobiernos de muchos países durante muchos años. Un aplauso para Harry Potter. (aquí los alumnos arreciaban en aplausos, como si fuese la primeravez que lo hacían) Hay que hacerle un monumento en el centro de las bibliotecas. En la sección juvenil, adolescente, vale. No vaya a ser que el lector adulto quiera un monumento a Frank Kafka o a Edgar Allan Poe y entonces tenemos conflicto. Pero son buenos conflictos. Ojalá solo nos peleemos por los autores que nos gustan. Y da lo mismo que los libros no paren bombas. Que te atonten el cerebro o te reblandezcan el corazón. No conozco viaje más hermoso que el que me dan los libros. Sí, ya sé que antes me he puesto cabezón y he dicho cosas muy malas sobre los libros. Era un truco.

¿Quién no se ha acostado con un libro, al amor de un flexo, en mitad de la noche, protegido por las historias que lee, transportado a otro mundo? Y todo eso en pijama. Bueno, o como duerma cada uno, que ahí no entramos en la charla de hoy. Los libros cuentan mentiras que me gustan. En la vida te mienten con tanta frecuencia, sin que lo esperes, te mienten a traición. Las mentiras de los libros es una mentira voluntaria. Cada uno escoge las suyas. La Literatura es la mentira más maravillosa del mundo. Solo tenéis que pensar que hay literatura desde que hay lenguaje. Lo primero que hizo el hombre fue contar las cosas que veía. Historias del fuego y de la caza, de los ríos y del invierno. Como no tenía palabras, dibujaba esas historias. En realidad lo que hacían aquellos hombres era una especie de cine de caverna. Cuando descubrieron la palabra y la escribieron, conquistaron el mundo. Conquistaron el mundo Al principio, historias simples. Yo salgo de la cueva. Yo me encuentro con el oso. Yo lucho con el oso. Yo mato al oso. Yo vuelvo a casa. Sano y feliz. Con la piel del oso. Luego fueron complicando la cosa. Solo tenéis que ver vuestros libros de Literatura, los que os recomienda vuestra maestra. Miles de años más tarde llegó la nimbus 2000, Harry Potter y el prisionero de la piedra filosofal o como se diga eso. Otro aplauso a Harry Potter. No se entusiasmen demasiado, por favor.

En la ficción se vive mejor. Incluso los que no leen nunca nada admiten esto que estoy diciendo. No conozco a nadie, de los que leen y de los que no lo hacen nunca, que haga ascos a que le cuenten una historia. Ya no te cuento si lo que está en juego es una buena historia. Así que los libros son mapas de la felicidad, mapas de la alegría, mapa de la pasión de estar vivo. Aunque no detengan las balas en el aire. Bueno, de casualidad alguna puede pararla. Depende del grosor del libro, claro. Yo no sabría vivir sin ellos. Tanto me gustan que a veces me da por escribirlos yo mismo. El colmo, vamos. La ventaja de escribir uno sus propias cosas es que puedes leer el libro que desees. Sólo tienes que inventarlo. Así que les pido un favor antes de contarles dos cuentos. Que lean mucho y a lo mejor, leyendo mucho, les da ganas de escribir. Pero si no escriben, no pasa nada. Leer es lo importante, aunque sea un disparate, una cosa inútil, canse la vista y se deje uno los ojos si la letra del libro es muy pequeña. Lo del dolor de cabeza por leer es mentira, claro. Ahora, leo los dos cuentos que he traído. Son muy breves. Nada, un suspiro de cuentos. Espero que les guste.

SE me ha olvidado decir una cosa muy importante. Todos los escritores, incluso los que dicen lo contrario, escribimos para que nos lean. No vale para nada un poema en un cajón o en un archivo del ordenador. Las palabras que no se dicen ni se escriben no son palabras.


11.5.16

Bodrio de España



En su origen, el bodrio era una sopa de desechos. La sorbían a manos llenas los mendigos, las clases bajas, el vulgo sin oficio y sin techo. El cuenco caliente aliviaba el frío y los mendrugos de pan y la escasa legumbre que animaban el caldo confortaban el estómago, que era un cuarto oscuro a donde no entraba nada. Fue brodio antes que el bodrio que ha perdurado y viene del alemán, significando sopa, sin más. Los bodrios de ahora no apuntan a la asistencia social, no tienen nada que ver con comedores que reparten un plato de comida, un postre sencillo y un café a los necesitados. Bodrio ahora es la política. No hay mejor palabra que explique en qué ha quedado. No hay a qué aferrarse, no existe consuelo, no dan tregua para que la esperanza ocupe su hueco y anime la cosa. El bodrio de ahora es que no se pongan de acuerdo ni para componer un acuerdo de ahorro en las elecciones que están por venir. Los bodrios de antes son la corrupción, los recortes, la idea de que los que nos gobiernan no saben acometer el desempeño del oficio que les encomendamos. Les da igual todo, no se arredran, no exhiben pudor alguno. Uno diría que hasta presumen de incompetencia. Lo mal hecho, lo desordenado o lo que abiertamente no gusta: ésa es la acepción a la que nos acogemos ahora. España es un bodrio, un plato grande de sopa con algún magro trozo de carne mal guisada o de pan duro. La cocinan, además, sin empeño. No le ponen esmero, no caen en la cuenta de la necesidad que tenemos de comer como Dios manda. Es duro aceptar todo lo que está pasando. Se acepta porque tenemos por aquí una manera de vivir a la que la inconveniencia no le incomoda como a otras. Sabemos sacar cabeza, sabemos ir hacia adelante. Sí, eso es cierto, pero duele. Duele y cansa a la vez. De verdad que cansa este ir a ciegas y no saber si el camino es largo o hemos llegado ya a algún lugar. Sin tener ninguna, en este limbo gubernamental que nos han regalado, no se vive tampoco mal. Hay quien dice que podemos seguir así el tiempo que haga falta. El caldo de la beneficencia, el que se daba a la puerta de los conventos a los desheredados y a los parias de la Historia, ha vuelto, pero ahora está en las redes sociales, en los telediarios, en la prensa, en el parlamento. Bodrio de nuevo. Y éste no calienta, ni conforta, ni llena el estómago cuando el hambre aprieta. Andan a palos, nos toman por tontos, creen que no estamos tomando nota. Lo malo (otra cosa mala a añadir) es que no tenemos la certeza de que los que vengan lo hagan mejor y esto funcione de una puñetera vez.

10.5.16

Tres dioses, cuatro, un kilo

Hay quien opina que se escribe de un solo tema: que ese argumento impregna todos los demás, por ajenos a éste que, en apariencia, parezcan. Yo, en lo que entiendo, después de treinta años de oficio callado y más o menos privado, escribo de Dios. Soy, en una medida estrictamente amateur, un teólogo. Ya sentenció Borges eso de que cada alma humana aloja un teólogo. Escribo un cuento sobre una infidelidad matrimonial y, en el fondo, es de Dios de quien escribo. Escribo sobre un hombre al que la suerte le es enconadamente adversa y es Dios quien inspira el relato. Escribo sobre la influencia del blues del delta en el de Chicago y la idea de Dios sobrevuela el texto, como si la misma divinidad cincelase su forma y censurase o acatase mi criterio. Hay veces en que percibo esa influencia. Otras, las más, gracias a Dios, no me doy ni cuenta y tiro al monte y saco la escopeta y me pongo a gastar cartuchos. La escritura es una especie de caza. No se sabe bien qué piezas traeremos en el zurrón, pero alguna hay a la vuelta. Anoche fue el pájaro el que me confió la trama. Un notario de provincias, soltero y ocioso, se deja engolosinar por una cabaretera. Le da su corazón y le abre su casa. Después de una rendición de las miserias habituales (él sabe que va a expoliarlo, pero no le importa; ella se encariña de él y promete no volver a robar nunca, nunca, nunca) se me aparece Dios en la cabecera de la cama. Se me aparece una frase teológica. Una especie de fraseo cósmico, una concesión a Janis Joplin en el blues que andaba componiendo. Ser un teólogo (amateur) no garantiza la existencia de la fe. Es más, yo me manejo mejor al no tenerla. No sé si entro en la categoría de teólogo ateo o agnóstico. Creo que me interesa la capacidad del personaje de entrar en colisión con todos los demás personajes posibles. Admiro su ubicuidad. Claro, es que es Dios, me dice K. Mi teología es narrativa, mi interés es metafórico. K. dice que cuide no molestar a nadie. Hay quien se ofende con nada y quien tarda en sentirse ofendido, pero al final todos te reprenderán, te dirán que no es asunto tuyo, ya que no crees. Es asunto mío, no hay otro asunto que me entusiasme más. Se ve a Dios en todo o uno cree percibirlo en cada pequeña cosa que se le ofrece. Dios en el verso en el que Kavafis pide que el camino sea largo y que ayer escuché muy bien recitado en la radio, en una emisora que sintonicé un poco al azar, cuando trataba de conciliar el sueño otra vez. Dios en la declaración de la renta que estoy a punto de hacer. Dios en el solo de trompeta con el que Miles Davis hace que So what avance y conmocione al que lo escucha. Dios en el ruido que la lluvia hace en la ventana justo ahora mismo. Dios en la nieve, en el agua de un aljibe, en el pezón de una activista de Green Peace (en cualquiera de ellos, en ambos). Dios (ya acabo) en mi pecho, alojado aquí dentro, como una canción triste o como un ritmo contagioso o como un soplo o como un bramido. Es Dios el que escribe estas palabras. No soy yo quien lo hace. Toda la literatura es obra suya. El cine entero está dirigido por Dios. Todos los actores, cuando representan el papel que se les encomendó, son el mismo Dios, avenido a recitar lo que otros han escrito, pero esos otros que escriben son él también o son Él también. A Dios, de ese Dios del que hablo, se le pone la mayúscula. Luego están los dioses subalternos, los rudimentarios, los que no alcanzan a emular a la divinidad. La idea de que Dios haya creado el universo en ese cómputo mágico de días y luego se echara a dormir me parece fantástica. No hay argumento más emocionante. Lo que pasa es que estamos acostumbrados. Llevamos toda la vida escuchando la palabra Dios en vano o la palabra Dios blandida como un martillo. No hay un deseable término medio. El término medio feliz de un Dios omnívoro y locuaz. Uno que de verdad se manifieste. Dios ha estado aquí, mira, ¿no te das cuenta?. O advertir la ausencia de Dios por la evidencia de ciertos signos. O que esté o que no esté en absoluto. Pero también vale la incertidumbre. Sobre esa idea, sobre la incertidumbre, se ha montado todo. Lo de montar es una reducción frívola, lo admito. Antonio, lo de montar es frívolo, ¿a qué sí? A mi amigo Antonio se le ocurrió darme un tocho escandaloso de cartas que yo les iba enviando a él y a su novia (luego mujer) Auxy. Ahora me doy cuenta de que toda esa prolijidad estaba guiada por la divinidad. No es posible que una sola persona transcribiera todo eso. Dios es el negro. Los caminos de la fe no me son ajenos, visto con calma el asunto. Yo soy de Dios como otros lo son, pero no ejerzo, no escenifico esa querencia o ese afecto o esa devoción. Por eso no me altera en demasía la idea de que un día, un buen día, caiga en la cuenta de algo a lo que todavía no he accedido y descubra que mi intimidad es creyente o que (definitivamente) no es nada creyente y descree con encono, descree casi patológicamente. Es mejor no entrar en los excesos, no caer en esos deslices del espíritu estresado. Se agotan las almas, se obturan, se gangrenan. Incluso prefiero que haya un Dios a que sean muchos y entre ellos se repartan la autoría y la planificación de la existencia. A uno se le acepta y se le habla con otro aire. No se le echa en cara el mal, ni se le pide que el bien triunfe. No creo que Dios deba entrar en ese negocio traicionero. El Dios que detrás de Dios la trama empieza tampoco es el Dios al que se le pueden pedir cuentas. Nada de pedir cuentas. Nadie es dueño de su existencia. Ni siquiera uno es propietario de lo que es. Es el azar el que gobierna, el que administra, el que al final hace que la trama dure un poco más o un poco menos. Porque no hay trama que dure para siempre. Eso es básicamente el final de todas las historias. Que nada perdura. Ni siquiera So what, que ya acaba. Empecé a escribir cuando empezó a sonar y se ha metido Freddie Freeoloader, otra pieza maestra. Dios toca la trompeta. No hay trompetista más experimentado. O no. Noto que me estoy soltando. Va bien. Todo está bajo control. Me duelen los dedos. Escribo todo lo rápido que puedo. 

9.5.16

Caligrafías

Me esmero, lo juro, en la caligrafía: derrapo, me escoro, me izo, avanzo, reculo. Llegará el día en el que escribamos turbados por el estro, en cenadores venecianos, hermosos, oscuros, o junto a surtidores que vierten azahar o la esencia de pinsapo de la que me habló una vez un amigo gaditano. Luz también. Luz y asombro juntamente. Porque la luz hace que veamos lo que tiende a estar oculto. La belleza tiene su heráldica secreta. Hace falta oficio para dar con su clave. No es asunto que se despache siempre a golpe de vista. El arte requiere un aprendizaje. Por eso me esmero en la caligrafía, en el traje, en la apariencia, en lo que me hace ser mejor y saber que avanzo, aun escorándome o reculando, da igual, el asunto es que haya trayecto y haya trama. Trayecto y trama. Todo lo que nos perturba nos hace mejores, nos hace más grandes, nos hace más sensibles. Esta noche estoy de una sensibilidad herida. Serán los fármacos. Acarrea uno ya más de lo que querría. La edad cobra sus peajes. O los excesos. 

Este texto se lo debo, aun mío, a mi hermano Antonio Sánchez Huertas. 

2.5.16

El alma, ah el alma

Al alma se la doma, se la aquieta, se le impone una disciplina y luego se saca a pasear como si fuese un perro, se enseña a los amigos, se les dice lo estupenda que es, lo bien que le hemos enseñado y después se vuelve a casa, se echa uno en el sillón de orejas, conecta el televisor y permite uno que se aquiete, que adquiera la calma con la que poder más tarde afrontar lo que la asedia. Porque el alma no puede estar siempre alerta, sensible, frágil, inquieta o curiosa. Necesita aplazarse, vencerse, dejarse querer por el silencio, que es una asignatura que no se da en las escuelas. Parece que es propiedad nuestra, pero no lo es. Tiene, a ratos, consideración hacia quien la tutela y da refugio; tiene también la bendita voluntad de hacernos creer que algo de ella es nuestro, pero es quebradiza, es volandera su naturaleza. Ni los filósofos han podido escribir con magisterio sobre ella. Ni las religiones, las que la inventaron, pudieron después sujetarla. Escribir hace que no importe todo eso.