26.4.12

nuevo curso de escritura automática / redux

me preguntaron si había previsto la luz
el tiempo que tarda la luz en rodear por entero una palabra y gobernar su tránsito por los días
me preguntaron si en la creación de la sombra había procurado esconder un milagro sin aristas
una ventana desde donde los cuerpos son únicamente fuego y tienen ira en los ojos y una lanza oxidada en el costado
escribí el libro infinito de la lujuria
devoré un pubis ecuménico
un alarde  de asteroides
un país verosímil
aspiré el aire nuestro sin abril y floté espléndido
en ese desorden multiplicado
amé la blonda sublime del cuerpo profundo
amé el origen de las cosas
amé las mareas sobre las que un dios inventa naufragios
oscuramente amé
también aquí la sed
el depósito antiguo de las palabras
el verbo al que alegremente le extirpamos la flor y el vuelo y queda en fuego manso
en la liberada costra que un día fue cáliz
el ángel dio un aviso
la luz se astilla
la sombra proyecta pájaros
todas las almas acuden
se instala la suprema evidencia de que algo verdaderamente importante va a suceder y vamos a contemplarlo
tengo desde anoche una fe absoluta en mis extremidades:
tengo las certezas que nunca tuve
viene Dios
esta tarde todavía fogoso
y me busca
un extravío de tristeza
hay tramas de muerte en la herida recién abierta
o vamos a llenar todo de amor
manso amor
la cópula perfecta entre el alma y la tierra
el cielo mismo a caballo de mis palabras
los vivos mirando la boca de la muertos
buscando la sílaba exacta tras la que la divinidad esconde su trampa antiquísim
y otra vez se enciende la memoria:
trae ayer desparramado
eco
mansiones para el júbilo
creo en las horas frágiles del día:
en el camino humano donde la nieve cede al peso invisible de la mirada
creo en la gracia y rectamente procedo a notificar bajo notario su existencia
los poetas están en guardia
alerta la palabra
el tiempo de los poetas ha llegado
hasta muy tarde anoche en las alas del texto
labor de amor
el río asciende la noche:
se me oculta la luz
todo es tangible
vagamente íntimo
en la sombra el gesto de ir a vivir sin que nada nos aturda
vivir así transparente
hondo
eco
abismo
el regalo efímero de entendernos
el vuelo manso del verbo sin contaminar
el verbo autista
el verbo considerado el principio motor de la carne
luego vienen los profetas
los salmos
el monocorde ripio de las almas que buscan un lugar arriba en el cielo perfecto de la salvación
luego vienen los dueños de las horas
saquean lo que ven
nada queda libre
sólo hay muerte
iglesias vaciadas
la dulzura del credo convertida en óxido
apocalipsis
el sueño de los perversos
todo lo que no se dice acaba por mordernos
tengo una fe absoluta en mis extremidades
en el miedo que me conquista el pecho y hace que mi corazón se desboque,
se astille
se incendie
mirad el corazón astillado
el músculo convertido en objeto vintage
el vértigo hecho fiebre y luego la fiebre volada al aire antiguo de los ojos que lo miran todo y a todo le extraen luz y en todo encuentran sombra
los ojos con vocación de bisturí
los ojos del artista que son los ojos del mundo
los ojos izados como un veneno cósmico
he aprendido a nombrar la dicha en las palabras
esta caligrafía de bruma sin brahms
ni mordisco
se hace polvo de estrellas
se hace escritura
boca
vagina
túnel
se hace fábula
un pequeño incendio bebop
que vence la oscura la rancia
la quemada historia de las palabras y asciende la tarde
hasta pesar como un adjetivo
sin romper todavía
miro hacia adentro 
en la propiedad más oculta del tiempo
soy casi ahora y me queda toda la vida para desabotonarme del todo y tumbar mi cuerpo en la cosecha infame de las horas
todas matan
la última hora debe ser la hora de la poesía
morir debe ser entregar un último verso
en ti todos los versos se parecen a un único gran verso con sordina
el verso abierto con el que el universo celebra su festín de secretos
el lunes a zancadas me preña el tedio me dicta una voz en la que cuento mis miedos
un pequeño incendio bebop acecha en las avenidas
una síncopa con colmo
un terrible solo de arpa en el fondo exacto del alma
está la tarde cannonball adderley fugado en un bis
estamos en un vértigo de niebla
lluvia que invade un sueño
escribo porque pronto olvidaré lo que digo
milton en alphaville 
el poeta todavía esnifa adjetivos 
hilos de ternura a ras de sístole toda la alegre construcción de la felicidad durante años entregados a la escritura largos cabellos 
el sótano está encendido 
suena bossa nova filtrada 
imagino la madre misma del poeta 
cincuenta años largos enferma de tedio 
no sabe leer no puede leer 
los prodigios de las letras 
la causa la desconocemos 
el tiempo es un jesucristo con sordina 
el tiempo es un jesucristo muy bebop 
necesito un demiurgo 
un crack en mística 
un hombre con una corbata beige con una corbata gris
todas las corbatas estropean la alegría 
lo hemos visto juntos oh mi amor 
la delicia de mirar amanecer juntos 
la fria inerte dulce sucumbida clave de amor 
en el parapeto de la cultura 
hemos oído la misma canción 
las veces suficientes 
la primera vez en parís 
la segunda en las favelas 
era diciembre calculado 
nos queríamos de forma sencilla
comprábamos periódicos 
leíamos en las terrazas
al sol tomábamos café 
el chico del café era sordomudo inteligente 
no obstante leía ladrillos decúbito 
el hombre lee en donde puede 
he visto gente leer en el metro versos del corán 
haikus 
prosa cabreada del tiempo 
dow jones 
big fun 
hemos liquidado el miedo 
lo hemos escondido en un endecasílabo 
la mampara es el jazz 
nos escondemos detrás 
mujer 
tu cuerpo es un desagüe en donde me voy 
arranca el tour de amor 
la ipé de mi corazón es volandera 
la ipé de mi corazón la saco a pasear 
tiene el paseo luna 
y el perrito de chejov 
nos mira en un relato tradicional ruso 
todo lo ruso es agradable al oído 
el idioma es de una sonancia que no te revienta el pecho 
no me leas a nietzsche en vernáculo 
no me digas que miras el abismo y el abismo te mira a ti 
porque no tengo tiempo 
esta noche el exiliado el extravagante 
el asunto principal la historia de la vida
el leiv motiv los fab four en la pared 
baudelaire en la pared
la chica asiática muy preñada con pezones como dedales de costurera tuerta 
me gusta el junk mail porque leo ahí la novela de la existencia 
no tengo un tren de vida de algodón sin delincuentes 
la ciudad era nocturno gas pubs pizza a las cinco de la mañana 
resaca margarita 
hombre no tengas cuidado 
me dejas en la puerta que yo subo solo 
me pongo un charlie parker 
me pongo un stan getz 
amor con la posibilidad de arrumbarlo después en un epílogo decimonónico 
esta noche europa 
paris londres 
madrid 
el personaje perfecto 
en la ciudad 
ideal 
pegamos tropezones hasta navidad 
en la tesis más fiable la república de las palabras no representa un peligro salvo que seas un subversivo 
un tipo de esos de la derecha 
carpetovetónica 
no me vengas con panfletos 
me dan migraña los panfletos 
se quita solo el temor a que la cultura nos termine induciendo al suicidio 
tío sam está ahí afuera 
me duele el alma
la bestia políglota 
avanza por las calles 
recorre avenidas 
no tengas miedo 
me has entendido 
no vayas a demostrar que el miedo te ha cogido bien 
el miedo es una aventura lírica 
la soledad es un agujero enorme 
la pereza es un concierto de keith jarrett en osaka visto esta noche
samsung cuarenta pulgadas 
europa acoge un puñado exquisito de poetas del jazz 
no crean 
no viene bill evans 
el genio se quedó en sus toxinas 
el timonel escora dulcemente 
la memoria 
tengo ancho un párpado 
me adormece la tarde
olvídate de la derrota 
la grúa pasta tu voz 
extrae la palabra 
el oído glauco
estreremecido punto en el que la voz suministra 
su inventario de cautelas 
importa el alma 
comparo mi dicho con un eco 
me miento me invento 
un mundo 
se ofrecen dioses para tutelar mi ingreso en un cielo cinemascope 
en vísperas el lance nunca sucede 
el pensamiento dilata el trance 
el cuerpo de la cortesana livia dulce 
acaba de cumplir cincuenta 
ya no acuden amantes 
indagas 
averiguas que el amor subsiste todo coronado 
agua herrumbrada en todo caso 
polen 
eco 
rizo del bello pubis 
ya en declive como en una película de gloria swanson 
fuera morir entonces 
hermoso únicamente hermoso 
es sólo es plumaje 
el pájaro toma altura 
perdura esto 
el pájaro perdura 
el desencanto trenzado 
el menos doloroso 
si anidan pájaros 
en el pecho dulce 
quebranto
tus dedos 
naves 
mi amor 
te amo 
qué hermoso es ver desfilar la tropa 
arengan en una tribuna 
los viejos caciques 
las estrellas al aire 
el júbilo la patria 
los dioses propicios 
la cosecha de muertos con la voz cedida 
con la voz hundida 
con la voz destrozada 
por el peso del verbo cainita 
el verbo púgil 
el verbo ampuloso en donde existe un paraíso 
lo mismo que kavafis cabafis kavaphis cavaphis 
pide que el camino sea largo alguien jadea un pétalo 
junio esconde savia 
trinos que confunden 
alta advocación del santo loor 
compartir la gloria 
el dulcísimo eco donado en la noche 
cómplice 
en esencia 
el astronauta aunque zurdo evita el trato 
campechano 
no está hecho para eso 
es de otras miras 
concretas volúmenes 
que modulan el silencio 
zubin 
el peso de la orquesta
flaquea 
así hablo zaratustra 
así hubo un afán y después del afán hubo una panorámica del afán 
el galán 
el tiroteo 
esto es cine 
los arquetipos estipulan conductas 
una literatura
 escribo porque tengo los dedos limpios 
verosímil orquesta 
radio skanton 
la pluma 
el tiempo es un sinfín de silbos 
próximos 
oh nido 
contribuye el músculo a adecentar el alma
la mano del azote 
divino 
el onanismo convertido en arte 
como quería de quincey con el asesinato 
como premisa válida 
como baluarte 
como paja bíblica 
se desvanece el barco en la distancia 
se pierde pues en la distancia 
todo se deja manejar mejor por la fábula 
en fuga
 todos los niños de londres aman a peter pan 
todos los niños de londres aman a peter pan 
el formidable 
en balde se diga moneda 
salud 
amor 
te escribo precipitadamente 
este galope enfurecido 
este galope sucede como lluvia 
este galope finalmente desemboca en poema 
en viena urdida por los nazis 
unas frases que arden 
un viento que asiste al actor 
en su papel principal súbitamente héroe 
ardor más bien 
el material disperso es la memoria 
el hilo 
el punctum 
el verso armónico 
despojado de retórica
en la geometría participan 
los amateurs en la memoria 
flipa un payaso
el rito sin usura 
por favor sedúceme esta noche 
si puedes ven sedúceme 
esta noche esta noche 
calma sobre todo 
esta soledad de amantes 
no vengas con los libros de kafka 
bajo el brazo
dan migraña 
ya lo escribí
con tal de perderme por todos mis sentidos 
la voz se astilla 
la verdad es que muero veladamente 
por mis poros abiertos 
rechaza la batalla 
el fondo sin astros 
el cuerdo contra el boxeador 
sonado 
el verso final 
todo así la decadencia latina del amante apresado en el rockefeller center mientras afuera la banda toca gypsy woman varias veces 
black magic woman varias veces 
stairway to the stars varias veces 
summertime varias veces 
en la tempestad brinca dios 
muda el inverno 
su vocación de pestillo 
eso es lo que ocurre 
la voz se astilla 
funda el amor 
trozos de amor 
repartidos por los trozos 
antiguos como salmo 
se invoca 
se venera 
se salva 
el que reza 
el apestado es el ateo 
el descreído 
ay 
me he perdido en los mítines del alma
en contra de sí misma 
tiendes la mano 
la mano buena 
la malade la mano mala 
es que tiene vicios de mano libre 
y entonces escribe a su antojo 
obituario escena manzana 
perdida en el cesto de una vírgen de teruel 
recién traída a casa por un lejano primo entendido en macroeconomía
el mercado la crisis 
el topo
el animal oscuro 
el animal oculto 
el bestiario de intenciones que no acaban de imponer un orden 
el caos es el orden que se cansó de repetir un verso 
en bourbon street 
contra la voluntad de un elegido 
algún precio ha de pagarse aunque sea por vivir tan a lo precario toda esta iluminación 
este irse en cada gesto 
en cada sílaba desde el musgo 
hasta la rosa la de milton 
vibrar en el sueño morir 
hay que ir muriendo el beso último 
el astro numen 
la nave como un rito se zafa del oleaje 
nadie oye la proa cascada 
el alma rota 
dios sin aviso 
sólo el timonel siente un ardor 
un peso el naufragio inminente soledad entonces tan lírica
república de lobos
amparo de verbos
añicos de jaula
toda la impresión fiable del tiempo a dentelladas abriendo el pecho
los sonetos a la vista
todos los sonetos escritos durante los inviernos
con auster
con  austen
con dick
no tengo confianza en que la literatura
incluso la más alta
me salve
estoy condenado
estamos condenados
con lo único con lo que contamos es con nosotros mismos
no hay paraíso
edén
escalera al cielo
huella de los siglos
me pierdo todas las cosas importantes
me quema esta rutina de cosas irrelevantes
el paseo con los invisibles
con todos los invisibles que me saludan y me cuentan la historia rosa y la historia gris
todas las historias posibles
oigo
razono
compendio
me esmero en no depender de las historias de los otros
me afino en contarme las mías
las comprimo 
las mimo
las fuerzo a que me expliquen el cosmos
dios en las alturas
el dios en la sílaba
el dios plenipotenciario en mi disco duro
stan getz en bossa nova
tengo a stan getz en cascada
me revientan cien endecasílabos en el pecho
me cierro y me abro
tengo la impresión de que no he dicho nada enteramente todavía
escribo porque el aire es una palabra
escribo dios charlie parker
john coltrane en alphaville
no sé a qué atenerme con estas imprecisiones
si desbarro o me desbarran
si el corazón entero es cosecha
si me pierden las dudas y no avanzo y todo es oscuro
en la luz todo se adensa
oigo el frío hacia adentro a nado ganando la herrumbre
frío que gasta palabras
las sílabas del frío vulgar como la muerte cuando ocupa la entera extensión de la luz que la batalla
oigo el frío majestuoso en secreto contando los día
el frío virginal que trae una lluvia invisible
un rumor oculto de heridas
el veneno primero con el que la vida nos enseña su saña ampulosa y cabrona
frío leyendo hace años a Dickens
en verdad os digo
oh mis hermanos
que nada hay que haga sentir más frío que ser un niño de Dickens en una edición barata de bolsillo.




24.4.12

La vida en la frontera


  "La construcción de muros y fronteras se ha convertido en una especialidad arquitectónica –y en un género literario- por sí mismo. La muralla es la exacerbación de la frontera. Su objetivo es múltiple, no sólo impedir que los de afuera nos vean –y nos deseen-, sino enturbiar el paisaje y quitarnos la tonta idea de que quizás los bárbaros al otro lado de la verja no son tan distintos a nosotros (…) En contra de lo que hubiésemos creído después de 1989, los muros no han perdido su vigencia, sino que se han multiplicado. (…) Estas barreras interiores ya no asilan a un país de otro –tarea fútil-, sino señalan la única frontera que importa en nuestros días: la que separa a pobres de ricos”

Jorge Volpi 



I/ Paisaje





Nada de lo que se ve desde el espacio exterior induce a pensar que en el interior, a ras de tierra, seamos tan bárbaros. Al azul idílico lo violentan sus inquilinos. Lo malogra la creencia de que lo nuestro es apreciablemente mejor que lo ajeno. Que el dios al que nos arrodillamos es el único dios verdadero. Que la tierra que pisamos es nuestra por delegación cósmica o por herencia ancestral. Que la lengua en la que odio y en la que amo es la que me distingue de quienes no la conocen. Que mis inclinaciones deportivas están por encima de cualquiera otra consideración moral. Que mi color de piel me abre puertas cuando hay otros colores que las cierran. Que la cultura que manejo me hace un privilegiado. Que la visa con la que pago mis vicios es la única patria a la que no renunciaría. Encallados en esa rutina orgiástica de principios vitales, vivimos o malvivimos, compramos o vendemos, confortablemente insensibles (como decía la pieza de Roger Waters), levantando fronteras, izando banderas, construyendo búnkers, apilando barricadas, quemando libros, linchando hermanos, inventando guerras, envenenando las palabras. Todo así bien desmadejado, arrumbado, en la grisura de lo enfermo, contaminado, frágil. Al azul idílico lo perturban los mercados. Está el mercado ahí, viril y telúrico, escribiendo la Historia, levantando fronteras, izando banderas, construyendo búnkers. El sueño del Estado del Bienestar (una cosa vaporosa, inasible, quizá metafórica) yace en un código binario, en un línea de texto alojada en un servidor de un compañía de telecomunicaciones. Hemos sustituido los palimpsestos medievales por los discos duros encriptados. Los secretos se guardan en lugares cada vez menos hermosos. Yo, poco o nada inclinado a mirar las catedrales como santuarios ni como templos de verdad y de luz, admiro la belleza que tutelaban. Quizá por eso, por esa filiación estética, penetro en ellas con absoluto fervor, despojado de fe, pero investido de ese profundo amor que se le profesa al arte y al misterio, a la esencia de lo oscuro. Pura metáfora, no crean. El mundo entero, visto desde el limbo cósmico, es una línea de texto, una compleja y cruel, una escasamente defendible. Basta hurgar en las crónicas que la relatan. En las fronteras que la fragmentan. Pero nada (al cabo) más absurdo que los muros de los cementerios: los de afuera no desean entrar y los de adentro no pueden salir. He aquí la sustancia paradójica del alma humana.


II/ Retrato




Viva lo tribal, viva lo viral, viva lo feudal, viva el capital. Lo que ha traído la globalización es esa paradoja inédita. Que convivan (en régimen de conflicto las más de las veces) lo folclórico con lo supradigital, la cesta de mimbre con la onda expansiva de los blogs, la caligrafía esmerada del aprendíz con los barbarismos semióticos del usuario de smartphones, constituye el mérito de una sociedad abocada a corregirse o a mutilarse, a continuar avanzando (sin perder las señas de identidad sino incorporando señas nuevas) y creando, a medida de ese avance, evidencias fiables de que cualquier tiempo pasado fue peor. A pesar de las hambrunas y de las guerras, de los muros que continuamente levantamos para compartimentar nuestro establo, ningún mundo fue mejor que éste. Ninguno tan infame, en su bondad; ninguno al que se le puedan imputar tantos delitos (tantos pecados añadirá quien así lo estime, no yo) y sobre el que se puedan contar (orgullosamente) tantos prodigios. A lo mejor al palestino que se encarama al muro para plantar la bandera de su patria (volada, ninguneada, convertida en argumento de teletipos y en festín de morbosos) no opina de esta manera y cree (en su derecho, alguno habrá) que el mundo está mal hecho, que precisa una voladura controlada (de hecho, bárbaramente, sin mediar el concurso de la razón, la practican como arma) y que solo les queda, ay, la poesía, la metáfora, el dolor convertido en canción de campamento, en crónica gris de ese mapa gris en el que les ha tocado vivir. Malvivir, quise decir. Pero hay muchas palestinas, muchos hombres trepando a un muro, contando la pena que les traspasa. Mi amigo K. sostiene que el verdadero muro está en el interior. Lo levantamos a poco de nacer, sin que lo pensemos, un poco por voluntad del azar y otro poco para defendernos del dolor mismo de haber sido arrojados al mundo. Y no hay otro, le replico. No tenemos otro.

20.4.12

Lo que se va quedando en el camino



Lo peor de los recortes es la sensación de robo que producen, el ultraje a una serie de principios largamente asentados en la sociedad, de los que nos valemos para diferenciarnos de las bestias o de los pueblos bárbaros del mundo. Igual esta crisis nos está barbarizando. Lo previsible es que nos hagamos al merme y le demos la razón a los sastres que hemos votado. El traje, a fuerza de restarle tela, está quedando en poca cosa, apenas cubre, no da la talla, cuesta entender qué nuevo uso debemos darle ahora. Dicen los que obran la rebaja que las situaciones extremas requieren medidas extremas. No poseo la información que ellos manejan, ignoro el roto de la caja y me queda grande el manejo de los números del Estado, pero alcanzo a entender las penurias con las que de un tiempo a esta parte convivimos. Las siento en carne propia; las contemplo, un poco turbado, otro poco perplejo, en la ajena.

De lo que se informa en cada comparecencia de los ministros de los cuerpos afectados (Sanidad, Educación, Servicios Sociales) es del tamaño del cáncer, de la metástasis invadiendo los hogares como una plaga biblica. No hay tregua en ninguna de esas intervenciones dramáticas. Una mala antecede a otra de daño mayor. Supongo que se va uno curtiendo en desastres, anulando el asombro, zafándose del dolor cuando lo ve venir en la idea de que el dolor, al compartirse, se desvanece, se convierte en otra cosa, pero no en dolor, no en esa sustancia infame que punza el cerebro y lo derrota. Vamos a mal, pero seguimos escarbando. Tenemos una idea exacta del alcance del daño, pero nos aferramos a la Champions League, al circo que nos venden, a las pastillitas de colores con las que amenizar la travesía de la derrota. Supongo que alguna vez regresará el bienestar robado. No sabemos con seguridad quién lo traerá. No creo que sea este gobierno ni otro y lo que creo es que estaremos muy tocados para apreciarlo. Insensibles, hechos a padecer, anestesiados contra todas las formas del mal posibles, impelidos (qué remedio) a vivir en una resignación continua, aceptando la herida en la confianza en que no se malogren del todo los órganos internos.




Y poco más que añadir a este volunto de jueves larguísimo en el que hubo disculpas borbónicas, endecasílabos con su cesura y autobuses volviendo a casa cargados de hijos cansados y felices. Disculpará el amable lector que no me arranque en virguerías argumentales. No tengo yo competencias si me sacan de mi jazz a la caída de la tarde y de mi cerveza con los amigos los viernes por la noche. Espero que esa rutina no mengüe en las alegrías que me da, no se arredre y se esconda, dejándome al descubierto, huérfano de mis vicios, en la intemperie, como el personaje de El Roto de la viñeta de arriba, con sus muñones antológicos y su verbo incendiario, con su cara de muerto premeditado y vacío. Wert, en la foto de más abajo, le da un aire a uno de esos cómicos de las malas películas españolas de los setenta. Le falta ir detrás de una sirvienta por los pasillos de la regia finca de sus ancestros. Tiene aquí una cara que me provoca un pánico terrible. A pesar de la descomposición y de la sonrisa. O incluso precisamente por eso.

17.4.12

Un Bartleby con un ipod

Leí una vez que son las menudencias las que hacen de vivir un oficio hermoso. No tengo ninguna duda de que lo es. Por encima de las tragedias y de los recortes, de la pena que a veces invade el corazón y lo enferma, vivir es siempre una fiesta. Una a salvo de la fea tarea de recoger los vasos, una luminosa y alegre como una de esas canciones pop que engolosinan las terrazas de los veranos, una fiesta del tamaño de todas las fiestas, una de las que no precisa que se engalane el local ni que se haga acúmulo de alcohol ni de discos bailables. Tengo yo menudencias formidables, asuntos de una liviandad escandalosa sin los que podría vivir, aunque (como Bartleby) preferiría no hacerlo. Menudencias que ocupan horas dulces y horas tristes, menudencias que distraen el tiempo y lo visten de una rutina amena. No soy de los que se aburren e incluso advierto cierto agrado en la mecánica de las cosas previsibles, en la cómoda certidumbre de que mañana pediré un café en el bar de costumbre, leeré la prensa deportiva (ojalá haya ganado el Madrid al Bayern, a pesar del desagradable Mourinho) y revisaré el correo electrónico en mi teléfono inteligente. Es lo bueno de este mundo mal hecho. Que tienes un teléfono inteligente y te puedes echar a dormir la siesta. Confías en que te informe de cómo van las cosas por ahí afuera. Quizá interese el adentro, pero en esta sociedad interesa sobre todo la periferia, todo ese vértigo de causas y de azares encantado de ser patrocinado por el mercado. No sé si soy un ingenuo integral. En ocasiones conviene la ingenuidad, el dejarse llevar por el corazón y no poner a funcionar la cabeza a tope. Las veces en que me obstino en ser racional y en aferrarme a la lógica salgo siempre malparado. Tiene esto de vivir esas contrariedades. No saber nunca qué camino tomar, cuál eludir. Hoy mismo, de vuelta a casa, ensimismado en mis cosas y en la música que alojo cada mañana en mi ipod, pensaba en la belleza inexplicable de la rutina, en su mal vendida apariencia de daño, en la campaña que se monta a diario para desmontar toda posibilidad de que brille y gane, entre los curiosos y los adeptos, el prestigio del que todavía carece. Pensaba en toda esa suerte de ingredientes fantásticos que alicatan el aire de júbilo y procuran, a quien lo aspira, la alegría sencilla del que, esperando lo poco, consigue lo mucho. Luego está la posibilidad de la isla, como la novela, el peso monumental de la realidad, que te coge del cuello y, en ocasiones, mientras aprieta, te mira a los ojos y te cuenta quién es la que manda. Pero es posible que esa escena dantesca sea un extra esquivable y gane uno en experiencia, en inteligencia y en dignidad si no se deja tumbar y devuelve la mirada y la tumba. Mañana me engancharé a mis cascos, pisaré las calles nuevamente, como la canción de Milanés, y leeré a esta hora, ya caída la tarde, este post por si me desdigo y corrijo unas líneas o lo borro entero.

15.4.12

Los milagros en los tiempos del google




De entre los muchos oficios que llenan los mercados y las almas me atrae el de teólogo. Quizá lo que me fascina de ese desempeño sea el hecho de que maneja asuntos sutiles, hermosos, impregnados de cultura y de diálogo. Ser teólogo es un privilegio intelectual y, como dice Borges, no es indispensable la fe, pero todavía no conozco a quien no haya formulado (pública o privadamente) un mapa de la eternidad en el que Dios ocuparía el lugar más destacado. Yo mismo, teólogo pedestre, he caído en ese laberinto fantástico y muchas de esas veces en las que he caído he pedido (al azar, a la suma de azares o a ese Dios en el que uno no esté del todo a gusto) que no me levante. Emboscado en la metafísica, empapado de todas esas construcciones filosóficas, he pasado algunos de los mejores ratos de mi vida. Algunos de esos buenos ratos de charla amena y festiva han girado en torno a la teología, al cosmos infinito y a la posibilidad de que esta vida pida a gritos otra en la que descansar (eso dicen algunas religiones) y redimirnos, en la que perdernos a la derecha del Padre, salvados ya para siempre de los estragos de este mundo cruel. Como Borges, me interesa la fe y prescindo de ella. Me interesan de un modo estrictamente literario (o metafórico) los padecimientos de Cristo en la cruz o la escritura de los evangelios. El teólogo, en fin, es una especie de detective de las ideas trascendentes, un sabueso de cosas abstractas, una mente a la que lo real le afecta (en ocasiones) menos que lo espiritual y al que se le atribuyen facultades intelectuales asombrosas. Lo que todavía no he entendido del todo es que la jerarquía de la Iglesia ande echándolos a patadas de sus congregaciones. O todo es cuestión de celo, y se expulsa al que se aparta o discrepa. El teólogo no es, en esencia, un creyente. Se puede uno involucrar en un modo de vida cristiano sin firmar un contrato de fe ni aceptar sin vacilación los exabruptos (muchos) que la Santa Madre Iglesia va aireando por los medios de su cuerda, en los púlpitos de sus templos, en las plazas de las ciudades, cuando las visitan los Papas o se llenan de fieles festejando sus cosas. Y uno de esos teólogos, pero de los académicos, no los amateurs reclutados a pie de calle, es el que hoy en El País, expone lo previsible, deja al examen público lo que fomenta el diálogo, aunque ese acicate encuentre el muro de la doctrina. Dice Andrés Torres Queiruga que los teólogos de ahora no creen en los milagros. Supongo que miran las metáforas e indagan en la hermenútica. Por eso me inclino a mirar con afecto y admiración al teólogo, al defenestrado por la curia y al que todavía sigue en nómina, al que de pronto, en este enfebrecido siglo XXI, le declaran hereje. Uno creía que esas cosas ya no existían. Borges, el bueno de Borges, relacionaba cultura con teología. No sé qué pensaría de todo esto. Si la cultura impregna al nuevo Santo Oficio o son otras cosas las que lo agitan. Si de verdad andan buscando a Dios, poniendo el oído a lo que dice, o malogran ese hermoso cometido fiscalizando al personal, a los suyos, con los que comparten el credo. No les entiendo. No son de este mundo.

13.4.12

Cortázar, Valente, Nabokov y todos los demás


Todo sigue felizmente en desorden, pero el primer impulso es coger unas cajas y meter los libros que ya no leemos y coger más cajas y meter los discos que ya no escuchamos. Una vez que hemos llenado montones de cajas y hemos aliviado el desorden se procede a inventariar meticulosamente el material sobreviviente. Entonces advertimos que la habitación sigue reventando por todas las paredes y ya no tenemos cajas en las que meter más libros ni más discos. El siguiente impulso es cerrar el cuarto con llave y abrir otro cuarto donde comenzar una nueva vida de libros y de discos. Todas las mudanzas son, en el fondo, pequeñas infidelidades. Lo que duele en el traspaso libresco es no saber dar con el tono adecuado. Como si las estanterías exigiesen un cierto modo de ocuparlos. Como si se cometiera algún pecado si hacemos mal el trabajo. Y no sabemos si hacemos bien al encerrar a Cortázar con Kundera, a Canetti con Salinger. A Shostakovich con Robert Johnson. A Gloria Fuertes con José Ángel Valente. Si el Nostromo estará al final bien cerca de la Estrella de la Muerte o los jardínes de los senderos que se bifurcan aceptaran la licencia de que Alicia los pasee y saque enanos de debajo de la falda.. Si la voz lisérgica de Janis Joplin y el almíbar vocal de Chet Baker harán buen matrimonio. Si las ubres cósmicas de las divas de Russ Meyer no terminarán por escandalizar el pudor eduardiano de Chesterton. Porque todo estará encerrado en esas cuatro paredes. Ocupándolas. Sentenciándolas. Convirtiendo ese espacio en una obra más de la que uno, humildemente, se declara autor y a la que le profesa un amor más allá de lo reconocible.

Si en algún momento echa en falta unos poemas de Poe (Annabel Lee me llama de cuando en cuando ) que están en la otra habitación, la que cerramos con llave y abandonamos a una soledad eventual y terapeútica, si la necesidad apremiay uno siente que debe iniciar el regreso, nada más sencillo que buscar la llave y abrir la pandora de los recuerdos, pero a mi edad, lejos del spleen romántico y comido ya por muchas fiebres inconfesables, conviene tal vez abrir un cuarto nuevo e ir administrándolo (esta vez) con cierto rigor. Salir una mañana y comprar el primer libro. Colocar en un anaquel espacioso, que no esté combado, y mirar el lomo y la pasta, que puede ser dura o blanda. Abrir sus páginas mientras haces tiempo para salir al trabajo y visitar el episodio en el que Quinn o William Wilson busca a Stillman, que ha renunciado a la vida o que parece que ha renunciado a la vida en el fondo. Los años repiten gestos y la memoria se parece sospechosamente a la habitación que estamos engordando. Al final no es posible desmantelar la memoria y empezar de cero y no saber quién es Humbert Humbert ni cómo se dejó atravesar por aquella dulcísima maraña de espinas. Cómo la trémula y enfebrecida Lolita (mi Lolita, mi Lo-li-ta) logró engolosinar el temple de un hombre en su edad perfecta, a salvo (en apariencia) del estrago del los amores inaceptables. No sé si Nabokov querría que su obra maestra esté bien a la vista o querría, bien al contrario, que la subiese al quinto anaquel, en la altura en donde están los libros que se leen menos, los que piden menos consultas o los que guardamos como el tesoro al que se le aplican más cuidados y afectos. Le daría igual. Solo le gustaban las mariposas.

11.4.12

Los venenos habituales

Le voy teniendo un afecto menor a las novedades. Ni tenía antes argumentos para disfrutar con ellas ni ahora los tengo para declinarlas. Tengo, en todo caso, vaivenes, una especie de querencia volátil hacia los asuntos que se improvisan, los que gobierna el azar y en los que uno no posee regencia alguna. Me incomodan cosas que antes me entretenían. Me atraen las que en otras ocasiones me enervaban. No poseo una idea exacta sobre si estas apreciaciones mías las comparten los otros. La tengo yo, la acepto como buenamente puedo y me voy acostumbrando, entre la perplejidad y la anuencia, a lo que va saliendo de este giro caprichoso de mis asuntos. K. observa que esa desafección es un indicio de que me hago viejo. Me insinúa chistosamente la posibilidad de que lea El Quijote o de que juegue a la petanca en el parque. Envejecer, le contesto, es un signo de buena salud. Lo de la edad es una estadística, una convención numérica, una manera más de que se nos estabule. Etiquetados, convertidos en cifra, se nos controla mejor.

Se envejece desde que el aire rasga los primeros pulmones. Todas las horas hieren, pero es la última (ay) la que mata. Los 46 que cumplí el pasado día uno de abril no me pasan factura o no al menos del modo en que debieran hacerlo. Salvo algunos achaques, que tenía también hace dos lustros, se me puede considerar sano. Más que la caída del pelo o que la barba sea blanca (las dos cosas se atienen a la estricta verdad) lo que se me antoja preocupante es esa debilidad mía que consiste en no saber a qué atenerme cuando dispongo de tiempo libre. No tener certezas absolutas sobre en lo que emplear las horas de esparcimiento. Es que yo me esparzo con desperpajo, sin que el veneno del aburrimiento se me envalentone y altere. Ocupo más en decidir qué hacer que en realizar lo que he dispuesto. Esa inconveniencia malogra una felicidad mayor. Ese contratiempo me indispone para acometer con mayor placer las cosas a las que me entrego, que son muchas y a las que confío para (como decía el poeta) elevar la cumbre de los días. Algunas de esas cumbres imponen. De ahí la necesidad de avituallarse bien por ahí adentro, de saber con qué alimentarse y en qué dosis administrar los venenos habituales. Tengo muchos. Los adoro a todos.

 Anoche (viendo un capítulo suelto de una serie, Varg Veum, un detective noruego que no lleva nunca armas) me preguntaba (sin verbalizarlo) si no sería más provechoso enchufarme una película de Fritz Lang o abrir la novela (estupenda) en la que ando ahora emboscado (Suerte, de mi amiga Bárbara Blasco, inédito todavía, confiado a mi lectura graciosamente). No estar jamás contento con nada, declinar lo nuevo, considerar que la rutina (la mía no es en absoluto gris, he aprendido a decorarla) es una casa que me acoge y que aspiro a que me cuide cuando, ya en otra edad, más noble y provecta, encorvado, perdida en parte la memoria y ganado sin adjetivos el descanso, piense en qué gasté los años, cómo merecí el amor de los otros y el mío propio. Sobre todo me fijo en esto último, en si me quiero lo bastante o soy un descuidado conmigo mismo y me desatiendo en cuanto me distraigo.

4.4.12

Que la vida iba en serio...

A cierta edad uno vuelve al temblor primerizo de las fiestas de la adolescencia. Los bailes lentos. Janis Ian susurrando At seventeen. Minnie Ripperton como un pequeño colibrí diciendo que te ama. Peaches and Herb reunidos en un abrazo cósmico. All night long. Here comes the sun. Congratulations. Fiestas a media luz. It's a little bit funny this feeling inside. Vasos largos y discos rotos. Promesas que parecen runas en el corazón.. La línea de flotación de la cordura. There's a sign on the wall but she wants to be sure. Tabaco y blues en una barra de bar mientras afuera, melindrosa, la noche no termina de escribir su rigurosa novela de azares y riesgos y pensamos, afectados por el exquisito vapor de los licores, que el mundo acaba en la voz de Muddy Waters y en el sabor dulzón y áspero del último trago de gin tonic.

Después: Me sobresalta la barba en el espejo. El cansancio en los ojos. El tráfago de los días me tiene desarmado. Estoy cansado de este vicio mío de pecar en las mismas obscenas cosas.  Que la vida iba en serio se descubre siempre tarde. Jaime Gil de Biedma acude en ocasiones a la conversación. Recuerdo entonces su cara de vividor de balneario, su vida milagrosa en Filipinas, ya se sabe, juventud, bendito tesoro, y versos. Es tarde para consagrar la vida a otra que no sea vivirla. Pero los días poseen su palimpsesto. Su caligrafía esmerada debajo de la caligrafía. Como un sueño dentro de un sueño.