30.8.19

Nudos

Son los nudos los que tienen las respuestas y no sabemos escuchar lo que dicen. A su modo, según retuerzan su cuerda modestísima, los nudos entienden el mundo. Los hay de una reciedumbre infranqueable, nudos antiguos a los que les va bien la intimidad de los años y la promesa de la eternidad. Nudos sin precisar instrucciones, nudos de piedra. Otros, sin embargo, piden a gritos que le metamos los dedos y deshagamos su esclava quietud sin movimiento. El nudo, una vez se descompone y libera de sus obligaciones es una celebración de la vida, un festejo del tamaño de una catedral o de un cortejo de nubes que ocupen el entero cielo. Se las ve danzar ahí arriba, festejando el aire. 
En aprender lo que dicen los nudos se puede tardar una vida completa. Hay quien tiene oído y le basta recomponer la figura primera y romper el hechizo bizarro de las cuerdas. Nada más extender la cuerda, se oyen las palabras que la cuerda dice. Hay palabras de angustia y palabras de esperanza. Explica el nudo el dolor y explica el llanto. De la historia de cada nudo podemos inferir la historia de quien lo hizo. El nudo que yo soy todavía no tiene quien lo explique, como el coronel del trópico de Gabo al que no le llegaban nunca cartas. Ni siquiera yo mismo, ocupado en comprender en qué rango incluirme, alcanzo a vislumbrar una brizna de luz a veces. Sé que hay quien no sabe que es nudo. Igual que la piedra sola en el camino desconoce su condición de piedra y desconoce su trama de tierra y lluvia. Igual que las abejas, cuando liban la flor, ignoran que son abejas y que debajo, sumisa y lasciva, la flor se llama flor y es un milagro de la naturaleza. Ya digo que hay milagros que no permiten la posibilidad de escudriñarlos y tratar de comprender la razón que los mueve. No sé si yo soy un milagro. Lo seré. Quién no. 
Imagino que lo soy en cierto modo. Que lo que hago a diario responde a un plan secreto que no me ha sido confiado. Sólo pensar que no soy dueño de mí mismo me hace discurrir con más perplejidad y termino abismado en una extraña convicción: la del asombro, la del bendito asombro, la del nudo que pide a gritos que lo liberen. No saber qué nudo soy, no entender qué milagro me transporta, no poder entrar en esas intimidades del alma y, sin embargo, disfrutar con la ignorancia, hacer como que se vive mejor sin saber, sin entender, sin sentirse dueño de ningún secreto. A ciegas se vive mejor, con mayor ilusión, hecha nudo firme el alma a la espera de que alguien la deshaga y nos explique quién nos anudó, a qué vino ese gesto terrible y hermoso a la vez.

29.8.19

La novela invisible



“Proyectos para cuentos y novelas, reflexiones sobre el arte y la vida, pequeños poemas y aforismos, recuerdos, esbozos, pasajes de ensayos, citas de autores y breves notas sobre lo ocurrido durante el día”.

Thomas Mann (tomada de Rafael García Maldonado)

Tenía un cuadernito rojo de anillas de pasta dura con el que salía a diario. Había días en que escribía frases sueltas, ocurrencias sobrevenidas sin que supiera cómo atajarlas. Días febriles y también estériles. Los febriles una parte del tiempo en el que paseaba o hacía cola en la charcutería o escuchaba la radio o tomaba café en una terraza. Al principio me cohibía sacar el cuadernito, delatar su presencia, hacer ver a los demás que una parte mía no estaba con ellos, lo cual no siempre era justificable pero tampoco algo que yo pudiera evitar, aunque aprendí a comedirme y a guardar memoria de esas pequeñas injerencias narrativas, que a veces solo eran ramalazos, notas sin cuerpo, destellos de una luz a la que todavía no había adjudicado un motivo o un cuerpo al que iluminar. No es un cometido elevado, no tiene más utilidad que la de registrar la realidad, más valdría a veces no hacer caso, ni oír el rumor que prorrumpe a su antojadizo capricho, apartando otros rumores, pesando en una balanza secreta el invisible valor de unos y otros. No siempre se atienden los que de verdad importan, no existe una brújula, no se tiene propiedad del mapa ni instrucciones para entender sus marcas. Luego no todos los apuntes prosperan. Algunos son cancelados. Son brochazos (rudos en ocasiones) que no tienen después continuidad, pero hay otros de los que uno se siente dueño, salen sin que haya corrección, no se les asigna un cuidado mayor, aparecen con esa voluntad torrencial de quien, en parte, es mero instrumento de una fuerza interior que no gobierna y que le empuja a escribir. También está disponible la memoria. Se escribe por muchas razones y una es la que proviene de lo que no existe, de cuanto ocurrió y se tiene a recaudo, mimado en esa oscuridad luminosa de los recuerdos.


No existe rito que propicie la escritura. Las palabras siempre están a mano. Unas van tirando de otras, se buscan, ajustan su brillo, administran el contorno hasta que ocupan el lugar que les corresponde. El hecho de que se las nombre hace que existan. Se incorporan a la realidad, la cincelan. Es posible que el texto ya estuviera y uno únicamente se encargara de apartar la bruma y adecentar las partes vistosas, las que más se impregnan y con más visible ahínco nos interrogan. Mann hizo de su literatura una crónica de las crónicas, un inventario pormenorizado del transcurrir del tiempo. La montaña mágica (inolvidable Hans Castorp y el sanatorio en Davos) debió alimentarse de esos apuntes. Unos con más fortuna que otros se integraron en el relato. No es una novela sobre las enfermedad, pero planea sin que se alerte sobre ella ni se le asigne una prevalencia. En las notas de Mann, las que propiciaron algo de su obra publicada, habrá otras novelas ocultas, invisibles. Me pregunto si en mis notas (ahora escribo en el móvil, ese es mi cuadernito rojo de anillas y pasta dura) estará mi novela. Ya la tengo casi acabada. Estoy pasando un bache, un revés, un agujero, un no sé qué me pasa, que ni yo mismo me entiendo, escribió Aute, ahora escribo yo. Tengo miedo de que acabe. También habla del tiempo y de la enfermedad. Hoy le busco título. Ninguno tan redondo como el de Mann. En la elección de los títulos intervienen circunstancias extrañas. Hay cuentos que provienen del hallazgo de un título deslumbrante, de los que te parecen perfectos y a los que intentas acoplar una trama pareja, pero te puedes tirar horas, reemplazando unos por otros, creyendo que uno ha superado la criba definitivamente para más tarde comprobar que ha caído y no te agrada, hasta lo consideras pésimo. No creo que hoy resuelva mi propósito, el del título para mi novela. Manejo tres, dos de ellos muy parecidos. No será ninguno de ellos, tendré la epifanía cuando me lo espere y me asaltará en el lugar menos propicio, no sé, en la cola de la charcutería (hace falta embutido en casa) o en la cama, cuando se te empiezan a nublar los ojos y la mente adquiere esa cualidad asombrosa de ver al tiempo lo velado por los sueños y lo revelado por la realidad. Sé sin margen de duda a quienes se la daré, esos primeros lectores que siempre serán temibles. Tengo tres o cuatro insobornables. 

28.8.19

La ciencia de amarse uno mismo



 A Manuel Guerrero Cabrera

La ciencia es también una obra de arte, se la puede mirar con el arrobo que produce la belleza cuando uno se esmera en apreciarla. Lo que suele pasar es que no siempre nos percatamos del prodigio. O que no todos tenemos el mismo canon. Hay quien se extasía contemplando una hoja emborronada de ecuaciones, quien ve en esa manifestación de la inteligencia matemática un objeto artístico, una especie de puerta que, al franquearse, conduce a la sublimación misma de la belleza. Lo mismo que se produce cuando observamos un paisaje invernal a la caída de la tarde o un cuadro de Velázquez, o cuando leemos un libro de poemas de Vicente Aleixandre o contemplamos una película de Kurosawa. Todo está ahí, a mano, ofrecido, a falta de que se franquee la puerta y se pueda apreciar enteramente, sin traba alguna, su contenido. Borges decía que todos éramos teólogos. Que, sin saberlo, todos ejercíamos una teología militante. Que pensábamos en Dios sin que se precisara creer o no en él. Del mismo modo, todos somos sensibles a la belleza. Sin que exista una voluntad, incluso sin una conciencia que la estabule y la juzgue, todos nos inclinamos ante ella cuando pasa. Un filósofo, no sé ahora cuál, no importa tampoco, dejó escrito que es la adoración a la belleza lo que nos convierte en criaturas inteligentes. Por eso la ciencia y el espíritu van de la mano, aunque parezcan divergir a veces. Quizá por debajo todo sean ecuaciones, vectores que se buscan y se encuentran y luego aplazan su abrazo y se alejan. Incluso química: a eso algunos reducen el amor, a la suma de unas moléculas con otras, a ese matrimonio de átomos que fornican en la sombra mientras tú estás paseando la ronda de tu pueblo o preparas un arroz con bogavante o despachas una Cruzcampo de tercio en la terraza. Lo registró Lorca  (Oficina y Denuncia) en su Poeta en Nueva York: debajo de las multiplicaciones hay una gota de sangre de pato. La poesía, cuando es buena, cuenta el mundo. No hay instrumento más eficiente, no cabe otro que haga abrir los ojos como ella. El poeta, al modo que el matemático, abre puertas, ofrece caminos para que podamos acceder a la belleza. Uno (el poeta) tiene esa voluntad de deslumbrar y sabe que las palabras, vertidas con la exactitud que requiere, descerrajan la oscuridad, la revelan, la hacen accesible y pura. Otro (el matemático, el científico, el empírico) carece de esa voluntad, no la tiene como precepto principal, pero al final anhela el mismo objeto, codicia la misma gema, la de la verdad, la del asombro, la que hace que el mundo sea un poco más entendible. Y tal vez los dos (el poeta y el matemático) sean teólogos, teólogos amateurs, sin el rodaje de los libros sesudos, sin la vigilancia de la filosofía, sin su tutela gloriosa. Hay un orden, pero aprendió del caos. Luego está la ciencia de estar con los demás, que tiene sus logaritmos y se deja a veces gobernar, pero no siempre y la ciencia de amarse uno mismo. No siempre sabemos, en ocasiones fallamos, no le damos el tiempo suficiente, ni la voluntad requerida. 

27.8.19

Peor es la sangre


Marc Riboud, Muchacha ofreciendo una flor a los soldados, Washington, 1967


Crispados vamos mal, se atropellan las palabras cuando se pronuncian, se escogen las más hirientes al escribirlas, hasta se eligen los gestos burdos, los que no fomentan ninguna conversación posterior, sino más gestos burdos. Tenemos una legión de ellos, todos a la espera de que los usemos, como si esperaran entrar en combate. Los vemos a diario, incluso no nos fijamos en ellos, a fuerza de familiares. Son estos los tiempos en los que llama la atención la bondad, la generosidad, el afecto y la concordia, cuando es el reverso de esa palabras nobles las que deberían producirnos la zozobra, el malestar y hasta el dolor. Estamos crispados, pero no es nada nuevo, llevamos un tiempo con las uñas sacadas, sin disimular la contrariedad, el hecho de que no es el mejor de los tiempos, ni el peor tampoco, añado yo (no es posible no pensar en Dickens) pero quizá ninguno tan tenso como éste. Los agoreros, que son legión también, vaticinan desastres; los que tienen fe en que todo medre y prospere, en cambio, confían en que se aplacarán los ánimos, se desconectara el defcon cinco de la irritabilidad social y volveremos a pasear las calles nuevamente, como quiso el poeta (la poesía es un arma de la belleza, un instrumento de la inteligencia) saludando a los vecinos, abriendo el pecho, dejando que entre el aire, pero el aire está viciado, lo vician a diario, unos y otros lo corrompen, lo emponzoñan, no se cohíben, parece que disfrutan enfangando el agua, cubriéndola de mugre. Hay mugre a tutiplén, no hace falta estar pendiente, acude sola, se aprecia sola. Ponga usted los informativos televisivos, abra un periódico, escuche la radio: he ahí la mugre. Están los barcos a medio hundir en el mar, están los que disparan en las iglesias y en las escuelas, están los que echan pestes del otro, están los que echan pestes de nosotros, que no sabemos nunca si estamos en un lado o en otro o es que en realidad es en todos lados donde estamos. Porque hoy pisamos esta luz del día (dudosa, más poesía) y mañana quién sabe si tendremos algo que pisar o habrá luz que ilumine lo pisado. Todo es circunstancial y efímero y frágil. Hay naufragios también fuera del océano. Civilizaciones que se van al carajo. Europa no es ya sombra de lo que quiso ser, no sé si alguna vez llegó a un clímax, una especie de punto álgido de consenso y de concordia a partir del cual asentar un modo de vida y un modo de sentir la vida. Estamos crispados. Una crispación suave a veces, de la que no se ve venir, pero de la que tenemos noticia exacta y sobre la que construimos el diálogo. Diálogo crispado, palabras crispadas. No se ahorran; bien al contrario, se cuenta con ellas, hay un esmero en elegir las más adecuadas, las que más laceren y perforen y rasguen. A veces no van solas, sino que se juntan con otras, quizá ninguna dañina, pero he ahí que cuando se combinan y ensamblan producen el efecto buscado, el de separar, más que el de unir; el de quemar. Son fuego y la llama se extiende. No sé a quién escuché en la radio la urgencia de que nuestros políticos cuiden el lenguaje que usan. Ellos, más que nadie: ellos, por la relevancia y la difusión de que lo dicen, pero no hay cribas ni oposiciones al cuerpo de la política, está abierto, llega cualquiera que haya demostrado cierto apasionamiento por unas ideas, sin ni siquiera haber demostrado que las entiende. La clase política (en general, hay apreciables excepciones, se aprecia nada más que escuchar a algunos) es desleída e iletrada. Que hablen con soltura e hilen las frases con vehemencia no evidencia nada. Sólo que hablan con soltura e hilan las frases con vehemencia. Hasta que no tengamos políticos de raza, se decía antes, no habrá bienestar entre nosotros. Es que no lo hay, no hay pinta de que lo haya. Ni siquiera han sido capaces de descrisparse y hablar por el bien mayor, no por el propio. Barren hacia adentro, las más de las veces. Por lo demás, todo bien. La gente pasea por mi calle, llenan la terraza del bar cercano, hablan sobre sus cosas, preparan el día de mañana, beben y comen y fuman y luego se van a la cama con los deberes hechos. Vivir es una cosa sencilla si nos paramos a pensarlo un poco. Lo complicamos más de la cuenta. Como no es nuevo, no hay nada más que echar un ojo a los libros de Historia para ver lo descerebrados que hemos sido, habrá que pensar que esta es probablemente una buena época, no la mejor, cuál podría ser, ya que en todas ha habido desmanes y saqueos, en todas prorrumpió como ella sabe la poderosa sangre. Al menos ahora (no en todos lados, desgraciadamente no en todos lados) tenemos la palabra, aunque esté crispada. Peor es la sangre, su comisión de lágrimas, el boquete grande que hace en el alma. La palabra, cuando se la acaricia, si se la trata con educación, hace que la sangre no se vierta y siga su ocupación secreta, la de hacernos estar de pie y andar, la de permitirnos vibrar con la música de las nubes en el cielo cuando arrecia la lluvia o cuando la tormenta desatina el silencio y lo convierte en una catedral en el aire. Todo eso hacen las palabras. De ahí que haya que pensar muy bien las que se dice, las que no. Hay palabras que no se dicen y funcionan como si hubiesen sido pronunciadas. Es el milagro del silencio. La muchacha con la flor ofrecida a los soldados calla. No hace falta que hable. No hay palabras tal vez para acompañar el gesto. La flor es el lenguaje.

Cuentos de Tokio



Ya no sabe uno si seguir amando los mundos sutiles, los ingrávidos y los gentiles, no sabe si decantarse definitivamente por el activismo o por ser el chico ostra, encapsulado, conversando con su sistema operativo, a riesgo de amarlo como el pobre Theodor, el protagonista de Her. No se sabe casi nada y lo poco que se cree saber se tambalea a diario. Hacen que zozobre, todos colaboramos tarde o temprano en esa operación de declinación y derribo. Quizá pase todo esto porque estamos saturados. Contra la saturación no podemos hacer mucho, salvo procurarse de vez en cuando una pequeña desconexión, un refugio pensado por el chico ostra, uno a medida, convincente, cálido, rico. Conviene, limpia, sana. Saber que existe ese abuso, el de la información, el de la plenitud en los medios, a lo sumo. Aceptarla, si no tiene uno demasiada gana de dar guerra. Caso de querer darla, está el activismo, pero no me veo en las calles, enarbolando pancartas, vociferando proclamas. Estoy en una edad en que las cosas se ven desde la periferia las más de las veces. No es bueno, aclaro. No me veo, no me sitúo, no logro posicionarme del todo, aunque haya alguna manifestación muy mía, en la que se dicen cosas que comparto. En lo más íntimo, prefiero ser el chico ostra, sin llegar al extremo de ser Theodor, por más que adore mis discos duros y el sistema operativo que los hace trabajar.

Admiro a quienes salen a la calle. Es una admiración sincera. Es posible que el futuro esté en las calles, ya es presente, y entonces yo me lo esté perdiendo. En casa, contemplando la realidad como espectador, se pierde uno la épica. El chico ostra, por variados motivos, no sale, no se involucra. Las ve venir, mala iniciativa. Theodor, por esos y por otros más retorcidos, tampoco sale, tampoco se pringa. Viven los dos en un mundo espiritual, de absoluto goce estético. En ocasiones les envidio. Ojalá pudiésemos vivir fascinados por la cultura. Que nada perturbase ese enamoriscamiento. Que los días fuesen intensos y felices al modo en que lo son ciertas novelas o tramas cinematográficos o que la música nos transportase a un paraíso completo en el que todo adquiere un sentido y el mundo gira armónicamente y la luz en el cielo brilla con un esplendor al que no estamos acostumbrados, un fulgor sin par, una especie de epifanía en la que todo está sublimado y perfecto.

Debemos ser chico ostra de vez en cuando. Incluso Thedor de vez en cuando también. No todo el tiempo, no es bueno ese encapsularse. Volver después a la realidad, entendernos con los primores de lo real, como quería el poeta, pero haber estado antes en el otro lado, haber perdido el tiempo absolutamente, haber convocado el mal y haber visto cómo nos corrompe (no puedo dejar de pensar en Walter White, en mi Walter White de la maravillosa Breaking Bad) o haber dejado que el bien nos tiente, saber lo firme que acude y rechazarlo con fiereza también, como si supiésemos que la bondad absoluta, en su concepto, es un mal en sí misma. El rato en que uno es bueno coincide con el que más expuesto se está al influjo del mal, que con más ardor penetra y hace casa adentro, donde creemos estar a salvo. No se está a salvo. Nunca se está a salvo. Walter White estaba a salvo hasta que le diagnosticaron un cáncer y decidió ponerse a hacer meta en el desierto, en una caravana, en peligro y feliz, y luego a colocarla en el mercado.

Admiro al walter white que todos llevamos dentro. No porque espere que en momentos de flaqueza saquemos el mal puro, si es que alguno está en nuestro interior, por si sirve par algo. Es porque la supervivencia siempre atrae, la llevamos dentro, la idea de que la adversidad nos convierte en héroes, en villanos, en emperadores de nuestra sangre. Lo que no hacemos nunca es seguir haciendo lo que hacíamos, ni siendo lo que éramos. Uno prefiere ser un Walter White (a ser posible que no delinca) antes que insistir en uno mismo, ser un chico ostra en algún momento de la semana, mientras afuera el mundo se entenebrece. El mundo lleno de trumps y de mafias. El mundo se entenebrece a diario. No lo había pensado hasta ahora. El mundo se entenebrece una barbaridad. Los walterwhites del inframundo han venido y están vigilando lo sutil, lo ingrávido y lo gentil. No tienen buenas intenciones. El chico ostra vuelve a su cuarto de vicios. Esta noche me voy a poner una película japonesa en blanco y negro. . El cine hace que salgamos de un mundo y logremos entrar
en otro. Hay billete de vuelta. Cuentos de Tokio.

26.8.19

Pedagogía



Al final importa  lo que nos perturba, esa aspereza en el ánimo o incluso ese asombro continuo, un poco entre la perplejidad y la fascinación, similar al que formula la fe religiosa, pero distante a ésta en lo puramente intelectual; no hay un vínculo más allá de la emoción estética, no existe una ligazón con la utilidad de lo observado. El arte no tiene utilidad alguna: solo nos faculta para la perturbación, nos enseña qué debemos hacer para que ese hallazgo sea más sólido y penetre de una manera más elocuente. Lo que no hay es una pedagogía de ese placer,  la que se airea en algunos suplementos dominicales de cultura no es fiable: a veces solo registra los acontecimientos, interesados las más de las veces; solo se adscribe al género del ensayo, poniendo énfasis en la bondad o en la mediocridad del producto, pero no insistiendo en los procedimientos para que ese placer sea verdaderamente democrático. Tampoco sé si ese oficio le incumbe a la escuela, si los maestros debemos preparar para que el ciudadano sea sensible y pueda valorar una pintura de Francis Bacon o un solo de trompeta de Miles Davis. No tenemos recursos, ni tiempo. Nos quitan la filosofía en los planes de estudios, nos arrebatan (en primaria) asignaturas fundamentales como la Ciudadanía, nos birlan la música. Dejan en la escuela la Religión: no la concentran en su lugar idóneo: las catequesis, los anchurosos salones de los edificios sacerdotales, los que no pagan IBI. No hay Bacon que conmueva si no nos entrenamos en su observación. La belleza, aceptando a Breton, será convulsa o no será, pero hay que conformarla, estabularla, entender que uno aprende a escuchar ópera al modo en que aprende a conducir o a cocinar unos callos con chorizo. Uno aprecia a Hopper al primer cuadro suyo que contempla; incluso puede deslumbrarse en esa primera instancia. El amor perdurable proviene de la paciencia. La experiencia es la que nos faculta para admirar el arte. Yo todavía estoy en el periodo novicio.

dios

dios no es de derechas, dios no es de izquierdas, dios está a salvo de la gramática del poder, dios no tiene que personarse, dios no cuida del rebaño, dios no sale en los títulos de crédito, dios se pierde en los arrabales, fatiga las calles del mundo, contempla el vértigo, bebe la fiebre del mundo, dios es un observador obstinado, así que no hay que buscarlo en los textos, no hay que ir a los templos y buscarlo en las tallas de los santos o en las vidrieras de las alturas, dios está en la pregunta y en la respuesta, dios es lo inefable dicho, lo inasible por fin atrapado, dios es la metástasis del mundo, creciendo sin brújula, prometiendo el paraíso y desoyendo la vida, dios tiene ese oficio ingrato, hacer que esperes, pero sin escucharte, dios no escucha, no está en su esencia escuchar, de dios tenemos la certeza de que escucha, pero no lo hace, no de un modo que podamos entender aquí abajo, entre la luz y las sombras, yendo de un sitio a otro, abrazando los cuerpos o estabulando los vicios, dios es de una hermosura asombrosa, no hay un pequeño indicio de belleza en el mundo en que no esté dios, no hay palabra en la que no se exprese, dios es un mapa del tamaño del mapa que cartografía, dios es el mapa y es el cartógrafo, dios es mi mano guiando el pulso de las palabras y es la altura y la hondura de los ojos que se desquician en el texto, buscando un sentido, negando un sentido, dios es kavafis en alejandría, dios es el aleph en el sótano de una quinta en buenos aires, dios es la calva del coronel kurtz en el infierno del mekong, dios es la melena de lady godiva cubriendo los pechos, que también son dios, los dos senos de lady godiva, que nunca hemos visto, son dios encima del caballo, que es blanco y también es dios, dios, dios en los logaritmos neperianos y en todos los cuadros puntillistas del sur de francia, dios en la boca de hemingway cuando se la abrió con una bala, dios en la absenta de poe, dios en el cielo sobre el mar de los sargazos, dios en la mecánica cuántica de las plegarias, en los goces del cuerpo, en la dulzura íntima de los sueños, en el crepúsculo, en los burdeles de Mesopotamia, en los caserones desvencijados en providence, dios el primigenio, el oscuro, el artero, los dioses debem procurarse un fondo lóbrego, lúgubre, fúnebre, un fondo de materia esdrújula, todos los dioses del pasado han hecho valer sus dogmas, han tenido sacerdotes, chamanes, gurús, gente de metáforas, poetas del arco celeste, el dios vampiro bajo la bóveda antigua de la noche, el gran dios de la semilla, hocicando sobre la negrura del sexo, invocando al demonio, pidiendo que venga, el demonio puro sin el que dios no valdría nada, mira uno al demonio, lo observa y le agrada el mal, dios es el mal que induce el bien absoluto, la palabra investida con los más altos honores, pero a dios se le exime del verbo, no se le pide la oratoria de los apóstoles, lo escribe después el poeta, lo rubrica en salmos, en la luz misma galopando el aire, en el aire copulando con las horas, vemos a dios como una epifanía, miles davis tocando so what, miles davis tocando round midnight, dios con sordina, dios bebop, el dios amancebado, manumitido, contenido a su pesar, porque no puede aparecerse, no puede dar constancia de su cuerpo, ni siquiera de la sospecha de su cuerpo, dios no tiene nada que pueda ser registrado, no registramos el ojo ni la voz, el dios sin el gran ojo, guiando al rebaño desde que se abrieron los campos, por eso buscamos a dios desconsoladamente, lo buscamos en los arias de verdi, en los perfiles del facebook, en la lengua de trapo, en los castillos del tiempo, en la panza del rey, en la música de los ancestros, ahí está, ahí se agazapa, ahí los días primeros, los abrazos principales, ahí él, ahí ella, no sabemos el sexo, no habrá sexo, lo nombramos sin saber cómo decirlo, lo pensamos sin saber cómo nombrarlo

25.8.19

Esta noche seré un elefante



Un elefante se balanceaba por la tela de un araña. Como veía que no se caía fue a llamar a otro elefante. Las historias que nos cuentan necesitan de elefantes reunidos en la osadía de que la tela de la araña los sostendrá e impedirá, a pesar de la evidencia, que terminen cayendo, con el paquidermo estrépito posterior. Es la historia la que hace que el elefante, a pesar del peso enorme, no se venga abajo y dé con el suelo. Ninguna de esas historias, por leve que sea, malogra el milagro de la narración. La literatura es un espasmo (lo dice con desparpajo y amor Eloy Tizón en su deslumbrante Herido leve) y también un sueño, uno dirigido y planeado (a medias eso de planeado) para deslumbrar al lector feliz y continuamente enamorado. No hay historia, por fantástica o absurda que sea, a la que no se le conceda verosimilitud al ser escuchada o leída, unas con más fortuna que otras, por supuesto.


Vivimos para escuchar historias. Es la ficción la que invita a pasearnos por los días y por las noches. No hay día en el que no sintamos el prodigio puro de la literatura. Da igual que sea escrita o que la percibamos oralmente. Importa escasamente que uno sea el que la recibe o que tenga la generosidad de entregarla. El escritor es, por encima de todo, una criatura hecha de generosidad. Porque las historias están ahí. Solo falta la voluntad que las hilvana y el genio, donde lo haya, que la engalane y la convierta en un cuento. Somos los cuentos que nos han ido contando. Somos el elefante arrodillado delante del niño, que lee. Las palabras salvarán al mundo. Si las mimamos, no tendremos que tener miedo. Quienes las ignoran, todos los que no piensan en ellas, serán los que no sean salvados. Esa es la salvación a la que deberíamos inclinar toda nuestra voluntad. La literatura viene a ser el espacio logrado entre las cosas propias de la rutina y las altas cimas de la belleza. Digamos que todo lo que hay entre la mantequilla caducada y los templos griegos (Tizón echa aquí mano de Virginia Woolf y cita Al faro). O la banalidad de un estornudo y la trascendencia (animal y también estética e intelectual) de un orgasmo.

24.8.19

Atajos

1
Uno necesita a veces la sensación de estar muy cansado o de sentirse muy triste. En esa composición dramática, pensar en la sensación de no estar muy cansado o de no sentirse muy triste. Lo mejor para soportar las situaciones insoportables es pensar que no duran nunca mucho. No con el mismo devastado ahínco. De hecho, en cuanto uno aprecia que duran mucho, las hace suyas, las padece de un modo dulce incluso, sin que en modo alguno se precise eliminarlas, censurar el cansancio, abolir la tristeza, todas esas cosas. Se vive con el dolor. Como algo más. Como algo propio. Somos de esa deliciosa y privada nación que reside en el interior de cada uno, aunque después uno se afilie a la periferia, conecte con las tradiciones, con las banderas o con los santos del pueblo, que no deja de ser un forma de convivencia feliz con los demás. El hecho de la religión, su existencia en el mundo, alaba la teoría de que una sociedad sin tradiciones es una sociedad herida, que no avanza. Compartimos las salidas de las vírgenes de los templos y los triunfos de nuestro equipo favorito de fútbol: todo se enreda en esa maquinaria popular, inexcusablemente conciliadora, de la que no acaba (aunque lo desee a veces) de despojarse el ser humano del todo. Tienen la misma función, miradas en detalle, las representaciones sociales de las cosas que amamos. Ya sea el Cristo del barrio o los goles de Messi.

2
Se vive para estar cansado y para procurarse el descanso. En la resaca se aprecia nítidamente el valor de la ebriedad. Sabe quien ha bebido el valor de la mesura, su dulzura moral, la función lúdica de perderse un poco, sin abandonar el camino, sin renunciar a la bondad del regreso. Bebemos en sociedad, bebemos en las tabernas, que son los templos antiguos de los afectos entre los vecinos y los accidentales visitantes. También en la comida, en la celebración festiva de la gastronomía, se produce ese lazo de cohesión. El pueblo que come, bebe y reza en comunidad suele resistir con más entereza las acometidas del azar, la fiebre dolorosa de las tragedias. Por eso se visita la barra del bar a poco de salir del entierro de alguien. En Andalucía, al menos aquí, se festeja la intimidad del duelo con una copa de vino. Podemos elaborar una metafísica etílica de la muerte. Todo lo que digamos a ese respecto redunda en la vida, indefectiblemente. Uno necesita morirse (figuradamente) para apreciar estar vivo. Todo esto lo he pensado muchas veces y lo he contado algunas, entre amigos, en una barra de bar, apurando cervezas, fumando (cuando se podía, ahora dan cuartel las terrazas) y sintiendo la vida en cada sorbo y en cada calada. Cada uno elige cómo vestirse para la fiesta o como desnudarse para el duelo.

23.8.19

John Coltrane y el origen del cosmos

El big bang  debió ser la primera tos de Dios, un Dios enfermo o un Dios solo al que se le ocurrió la trama primera de las cosas. El big bang fue todo lo que vino después de esa primera tos fundacional. O en lugar de tos fue un estornudo. Lo que hubo, a decir de los científicos que ahora dicen haber detectado las ondas del primer chasquido del universo, fue un temblor, un temblor sutil, una brizna de temblor, un sonido en mitad de un silencio absoluto, una luz en la oscuridad perfecta o un nanosegundo (será incluso menos de un nanosegundo) en el cómputo novicio del tiempo. Después de la tos o del estornudo o del temblor o de la luz vinieron todas las demás cosas. No tenemos capacidad para razonar ese parvulario primitivo, de verdades cuánticas y de incertidumbres teológicas. O será al revés: de verdades teológicas o de incertidumbres cuánticas. Creo que no entendemos casi ninguna, pero lo que importa es el viaje, la sensación de plenitud que uno encuentra en la duda, en todo ese marasmo de incógnitas a las que casi nunca damos respuesta. Son casi catorce mil millones de años para que yo hilvane mis asuntos y los registre mientras John Coltrane sopla como si no hubiese vida después de la última nota, cuando la canción termina y reina el silencio. El universo es como un solo de John Coltrane: no lo entendemos, no sabemos a qué obedece ese hilo de notas, pero nos perturba, nos acerca a la belleza, por más que no sepamos definirla. Está John Coltrane sincopado y cuántico, teológico y sucio, buscando en el alma el trozo de Dios que le explique el bang, la lluvia obstinada, el cielo azul, la carne débil y el aire espléndido. Dios sigue tosiendo, pero ya no le hacemos caso. 



Wagner y el origen del cosmos


I
La sangre está hecha de vértigo y de fiebre, está gobernada por el caos, no obedece a nadie. Siempre que veo sangre, pienso en el origen del mundo, en la luz primera, en el chasquido fundacional, en el instante sublime en que surgieron el escenario, los actores y la trama de la obra. Lo del autor no ha estado nunca claro. Fascina la voluntad de esa fuerza invisible, intriga que siga avanzando, incluso maravilla extraordinariamente el hecho de que, a decir de los que saben de estos asuntos, tenga un final. A la sangre es a la que hay que interrogar. Está dentro, en su oscuro centro, en su pulso secreto, el significado del amor y las razones del odio. Contra la sangre no hay nadie. No se puede gobernar la sangre. El mundo es una extensión, una poco fiable a veces, de la sangre izada como estandarte, cantada como himno, pronunciada como salmo. Creo que esto lo he escrito más veces, pero es la sangre la que escribe, se replica a sí misma, se contradice y luego desdice lo contradicho. Solo por asomarse al mundo. Solo por ver cuáles son sus dominios. 

II
Antes de la luz no fueron las tinieblas. En realidad no hubo nada que el poeta registre. Nada que después los predicadores aireen en los púlpitos, cuando inventan las gestas de sus dioses y los hacen volar, como fantasmas, por el templo. Antes de que nos contaran que se hizo la luz, mucho antes, solo podemos pensar que existió la nada. Una nada rutilante, pero esquiva, de poco afecto por las consideraciones narrativas. Todo lo humano procede de esa nada primera. De ella se extraen las metáforas de los juegos florales, los gritos de la guerra, el goce de los amantes, las palabras del profeta, la fragancia de los jardines, el peso sentimental de los muertos. Toda la felicidad y toda la tristeza. El bien entero y el mal completo. La melancolía. La fugacidad. Los vientos. La locura. La lluvia. El invierno. La esperanza. Es a la nada a la que se debería rendir los homenajes del espíritu. Es ella la festejable. Todas las catedrales del mundo son, en realidad, celebraciones de esa nada fundacional, que no es exactamente un vacío, sino la esencia absoluta de lo que no es, de cuanto no ofrece ninguna evidencia de que pueda ser o de que anhele ser. Luego debió producirse el espasmo, la chispa primera, ese instante insensato del que procedemos. Una vez que la nada dejó de ocupar toda la extensión del espacio y toda la dimensión del tiempo, habló Zaratustra. A Wagner le fascinó esta idea. Este verano escuché a Wagner, sonando en cien altavoces, en un esplendoroso jardín polaco y sentí que esa masa orquestal me hablaba y me pedía que la entendiera. En eso ando. 

22.8.19

Historias

De qué callada manera obran los años, con qué artera astucia nos saquean, pero el vaciado nunca es trágico. Uno admira incluso esa percepción de la tragedia, la sensación (a veces huidiza) de que todo nos incumbe o que todo ha sido hecho para nuestro exclusiva atención. Así leo esta mañana unos versos de José Ángel Valente y pienso en el poeta, en algún retiro doméstico, a salvo de la realidad o inapelablemente dentro de ella, escribiendo para que yo me levante esta mañana de jueves y lea, en unos minutos que permite la rutina de la mañana. Leemos las vidas que no son nuestras, el pensar de los demás, los sueños de otros. Los nuestros no satisfacen enteramente. Incluso no sabemos la trama que ocuparon. He intentado en vano rasgar esa tela también huidiza, la de los sueños, la del mío de esta noche. Había torres y un río caudaloso y un coro de niños en un alto, no consigo aprehender nada más, se me escapa, es posible que no regrese nunca, aunque imagino que los sueños se guardan en el algún lugar, están ahí por si en alguna ocasión una brizna de fuego los prende y prorrumpen y nos cuentan su historia. Será caótica, como debe ser, alocada, pero es la nuestra. Fuimos nosotros los que los construimos. Mientras acudimos a lo que los demás urdieron para explicarse el mundo. De una forma maravillosa somos todas las historias que nos han contado. Eso nos hace no ser saqueados del todo, no sentirnos vulnerados cuando los años nos reducen. Somos esa sencilla literatura. 

20.8.19

Una entrevista

  ¿Qué brebajes le tonifican?
Los vicios del pensamiento.
  ¿Cuáles son los vicios del pensamiento?
Los que lo predisponen al asombro y a la fascinación sana.
  ¿Para qué sirve el asombro?
Para que el corazón lata con un sentido o para ser deslumbrado por la realidad, que a veces se entenebrece.
  ¿Hacia qué se debe sentir fascinación?
Hacia la belleza y hacia la inteligencia, da igual el orden, incluso justamente ambas.
  ¿Hay algo más importante que la belleza y la inteligencia?
No, no lo hay. El amor, si me apura. El amor mueve el sol y también las estrellas. Lo dijo Dante.

  ¿Anda usted bien en el amor?
Nunca es suficiente, pero sé que amo y que soy amado. Son las certezas con las que uno se vale para levantarse cada día.
  ¿y de fe cómo anda?
Depende de qué hablemos.
  ¿Carece usted de fe?
No. Tengo fe en el asombro, en la belleza y en la inteligencia.
  ¿Y fe en la palabra de Dios?
Soy pagano en asuntos del alma. Adoro la metafísica, creo como Borges que la religión es una rama de la literatura fantástica. 
  ¿No hay más allá?
Siento que debo atender sólo a la evidencia, aunque a veces flaqueo. En lo evidente, el más allá es una metáfora, un desear quedarnos, un querer no irnos. La literatura es mi evangelio más cercano.
  ¿No siente usted que para no creer en el más allá no deja de escribir sobre ello?
Absolutamente.

  ¿Podríamos decir que siempre escribe de los mismos asuntos?
No suelo leer lo que escribo. Si lo hago, siento que no merecen ser leídos. Pienso que no me pertenecen una vez que los cierro. Escribir es un asunto más delicado de lo que parece.
  ¿Se imagina vivir sin escribir?
No podría.
  ¿Sin leer?
Tampoco.
  ¿Qué antepone?
No sabría de qué prescindir. No hay día en que no haga una cosa u otra. En todo caso, no se puede escribir sin haber leído. No hay escritor que no sea lector. No es posible la felicidad de contar a los demás sin la felicidad de que le cuenten a uno.
   ¿Tiene vicios a la hora de escribir?
No muchos. Escribo sin demasiados protocolos. No necesito ningún rito. Puede escribir en el móvil mientras espero que me atienda el charcutero. Tampoco tengo vicios en la lectura. 
   ¿Hay vida suficiente?
Nunca hay vida suficiente. Tres serían pocas, pero hay que aplicarse a que una nos colme.
  ¿No sería mejor que hubiese Derecha del Padre y se abriesen las puertas del cielo cuando uno abandona la tierra?
Depende de lo que nos aguarde en la eternidad.
  ¿Es el infierno concebible?
Si hay cielo habrá infierno
  ¿Cuál de los dos es más literario?
El mal siempre prevaleció sobre el bien. Toda la literatura es un inventario de penurias y de enfermedades. Las más del alma. Las del cuerpo son de menor apresto, pero también cuentan.
   ¿El hombre es malo?
Ha tenido que serlo, por su bien. La bondad es una debilidad, tal vez la más preciada. 
  ¿Qué pregunta ha echado en falta que le haga?
La de si soy feliz.
   ¿Lo es?
Mucho a ratos. 
  ¿No es posible ser feliz todo el tiempo?
No, ni siquiera tendría sentido. Acabaría la felicidad convertida en una rutina, despojada de matices. 
  ¿Se le puede sacar provecho al infortunio?
No hay mal que por bien no venga. Por una vez me acojo al refranero. Suele ser atinado. Es la sabiduría popular, que es sustanciosa.
  ¿Qué querría añadir para cerrar esta entrevista?
No se me ocurre. Es más difícil preguntar que responder. 


  




18.8.19

Volver




Con el placer de viajar se apareja el de echar de menos la casa de uno. No sucede siempre; ni siquiera ocurre de la misma manera. Tampoco porque salir de ella trastorne o tengamos una dependencia más severa de la conveniente, sino por la necesidad de cuadrar una rutina y aplicarse con denuedo a ella. También por sentir la cercanía de ciertos objetos. Más que las casas en las que vivimos, son los objetos que tenemos en ellas, de los que hacemos uso, aunque tan sólo sean útiles por tenerlos cerca y manejar la certeza de que podemos mirarlos o tocarlos. Al regresar se tiene la sensación de que los perdimos (no es así, no se produjo ocasión de perder nada) y de pronto han sido retornados, colocados en donde estaban, los libros donde los libros, el butacón de orejas junto a la cortina, delante de una lámpara de la que sabes cuándo fue comprada y los tonos de luz que ofrece y el que más te agrada para leer o para ver la televisión. No podríamos vivir sin todos esos objetos; vacíos tomados individualmente, pero ricos y fértiles cuando se disponen unos junto a otros, de modo que hasta cuesta cambiarlos de lugar, como si esa mudanza precisara de su consentimiento y nosotros, en el capricho, los hubiésemos forzado o como si a la manera de algunas de las mejores tramas novelísticas, cada pieza de la historia está donde debe estar porque no hay otro lugar más propio y necesario y así cada mueble o cada libro en cada balda o cada cuadro en los pasillos ocupa el sitio exacto, el que una vez decidimos; quién sabe qué razones nos mueven a hacer una cosa y no otra, bajo qué oscuro o luminoso designio pensamos como pensamos y no de otro manera. Hacerse a la nueva rutina no cuesta, se hace con diligencia y con gusto. Se echa en falta el trasiego de las excursiones, las calles que hemos paseado, las ventanas de la habitación en donde nos hospedábamos y las vistas que ofrecía o el ruido vigoroso de la gente yendo y viniendo, haciendo lo que uno, pero sin ser igual, no puede ser igual; de hecho es fundamental que no se parezca en nada a lo que hacemos nosotros. Alguien puede mirar contigo (el azar ha fabricado esa composición, la de un extraño a tu vera mirando el mismo río y el mismo puente que miras tú) pero son otros los ojos, no hay dos puentes iguales, ni el mismo río puede ser siempre un único río. De ahí que yo prefiera la palabra viajero a la de turista, aunque en ocasiones uno sea turista, es muy difícil substraerse de eso, no caer en los vicios de los demás y sacar el móvil y hacer la misma fotografía que millones de personas hicieron antes que tú. Viajar es ir muy lejos, aunque a veces sólo salgas a la acera de tu calle y camines un trecho hasta llegar a la siguiente. Hay quien va al confín del mundo y no se ha levantado del sofá de su salón. Sigue enchufado a su televisor, tiene puesta la ropa cómoda que gasta en casa y sabe qué hay en el frigorífico por si le da hambre o sed. Los viajes son siempre interiores. Es en la cabeza en donde se produce el prodigio. Cabe la posibilidad de que no haya chispa y no se prenda el fuego de viajar. Cuando lo hace, en ese instante majestuoso, todo el cuerpo se confabula con él y no hay desánimo ni cansancio, aunque acabes la jornada con los pies muertos. Son los ojos los que están abiertos, felices y abiertos. Lo maravilloso (lo que ahora mismo me hace sentirme muy feliz) es no renunciar a nada y, al tiempo, poder prescindir de todo. Por eso esta mañana he mirado mi casa como si fuese ajena. Siendo de otro, al recorrerla, al tocar los cojines del sofá o mirar los adornos en las mesas, parece todo nuevo y, sin embargo, cada pequeño objeto tiene su historia. Puede ser que hayan cobrado vida en mi ausencia (como los juguetes en la saga Toy Story) y estén en su interior encantados de que hayamos regresado a casa. Ahora estoy echando de menos el Vístula. Nunca creí que escribiría esa frase.

16.8.19

Iglesias polacas



En Polonia hay muchísimas iglesias. El polaco es creyente y es practicante de su fe. El comunismo no borró las creencias, bien al contrario. Ese fervor fue la reacción del pueblo sometido por el régimen soviético, de antigua tradición religiosa y más tarde quirúrgicamente extirpada por el aparato estalinista. Es curioso ver todos esos templos, centenarios en su mayor parte, abiertos al culto a casi cualquier hora del día y agasajados de fieles que entran y salen un momento y luego regresan a sus quehaceres.

De noche están iluminados. Se las ve de lejos, irradian su belleza, reclaman que se las visite y rece en ellas. Las vitrales, lujosamente policromados, invitan a entrar. Las torres, esbeltas, izan al cielo su vocación de anhelo, el de la fe, de la que carezco, tal vez desgraciadamente, no es cosa ahora de ahondar.

Adentro, en algunas en las que he entrado, se percibe una digna pulcritud espiritual que no malogra el hervidero de gente que pasea en las calles, ese ruido urbano que bulle como una sordina moderna, bebiendo jarras de cerveza y comiendo pierogis en los veladores. Se adquiere casi con brusquedad la sensación de haberse desprendido de un traje y vestido otro, no se precisa instrucción, ni el aval de la fe, pero cuesta pensar que su efluvio (sea eso lo que sea) no nos impregne. Tal es su celestial propósito: convencer, hacerte pequeño ante la majestad de la piedra y la elocuencia de las tallas.

Son, por lo general, no todas, algunas son de reciente apertura, tras la conversión a la democracia, basílicas recargadas a conciencia, barrocas con colmo, acéptese la redundancia, como si las manos constructoras hubiesen apurado adrede todas las imágenes posibles, todos los símbolos disponibles y los hubieran dispuesto para allanar el camino del hombre hacia Dios. Muy polaco Dios.

El altar no es la parte de más ornato. No hay pompa ahí, ni el fuste visible en los templos acostumbrados en España. Se basta la cruz y un pequeño, por funcional,  púlpito, pero el milagro de las iconografías te envuelve en cualquier otro rincón.

Consentido el ladrillo, por escasear la piedra, las Iglesias fueron derribadas y vueltas a levantar, daba igual que fuesen protestantes o cristianas, todas contestaban al deseo del diálogo espiritual, amplificado también con la presencia de sinagogas, pues la población hebrea fue abundante y no tuvo austeridad financiera, ni remilgos para que su mensaje calara, trascendiera y ocupara un lugar de culto entre los otros, no fuese que se difuminara y acabara desdibujándose y perdiéndose.

Abunda lo fantástico, conmueve esa destreza en traducir en imágenes (tallas, mobiliario, techumbre, columnas, bancadas, cuadros o estatuas) la pasión y la muerte de Jesús. Y no solo prevalece la ampulosidad barroca o la gótica: coincide con ella la arquitectura contemporánea, menos ostentosa y más ocupada en representar la protesta (el polaco es un sindicalista forzado por las circunstancias y por las contiendas sociales ) y hacer que se extienda por cada barrio, por pequeño que fuese.









Ciudades dignas




Tal vez no debamos tocar nada, dejar que el rigor del tiempo maniobre a su antojadizo capricho y estrague la limpieza de la madera y arruine la pulcritud de la piedra. Nada que enturbie la presencia de una puerta o una ventana en una calle. Ni siquiera un edificio entero, más ofrecido, diría uno que vivo, como si respirara y se doliese o se conmoviera o festejara su existencia, tampoco sabremos cómo. Se trata de preservar la dignidad, no creo que haya más. Hay algunas que tienen esa dignidad muy a pesar del aspecto que ofrecen. Es más: ganan en ella cuando exhiben el tráfago de los años. Se las mira con respeto. Cuanto mayor es su deterioro, más se cree en su nobleza y en la bondad de su oficio. Igual que las personas.

8.8.19

La discrepancia

Uno discrepa a tientas, como si a la vez que discrepara hiciese un cálculo de las consecuencias de esa disidencia y pesara qué mal podría acarrearle no haber asentido a tiempo o haber disentido tan a la ligera, sin esperar a que se tuviese una idea completa de lo que se le requería. Lo ideal sería darle un tiempo a todo, no caer en la la comodidad de las respuestas rápidas, las que se dan sin haberlas rumiado, sin que se asienten y tengamos de ellas un dominio mayor. En la vida, en su quehacer diario, hay montones de situaciones en las que se te exige que des un sí o un no y no es tan fácil. Querría uno (insisto en eso) prorrogar la respuesta, dilatarla, no dejarse llevar por las circunstancias, pero nunca obramos con esa cautela y respondemos. Decimos sí o decimos no y luego no hay manera de dar marcha atrás, ya no se puede volver al momento en que pudimos atinar, pero desbarramos, no se sabe bien por qué, tal vez por razones que fueron buenas entonces y ahora no lo son, vaya usted a saber. Discrepar es divertido, si se piensa. Tengo un amigo que lo hace por costumbre. Discrepa por no involucrarse, disiente por precaución. Hace bien, creo. Yo he intentado en ocasiones imitarle, pero no me sale, se me ve a la primera que hablo por hablar, lo cual no es recomendable nunca, aunque a uno le guste que los otros se explayen a veces y digan cuanto se les ocurre y de ahí se extraiga algo con lo que continuar la conversación o con lo que conservarla.

A mi amigo M. le sucede esto continuamente: discrepa, difícilmente se adhiere al decir del otro, aunque lo comparta a trozos. Lo que le fascina es la puesta en marcha del mecanismo oratorio, por decirlo de alguna manera. Se le ve alicaído si a todo accede y con todo está conforme: no es su ser natural, si es que tenemos alguno por ahí adentro. A M.. lo de disentir se le da muy bien porque llevo años practicando. Lo hace sin conciencia tal vez, pero se ha ido puliendo el oficio de los argumentos y hasta la textura de la voz y la composición de los gestos. En pocas ocasiones le he visto adherirse a una causa que no haya sufragado él. En la intimidad debe actuar a la reversa, imagino. No es posible mantener esa línea de acción a tiempo completo. Debe causar agotamiento. En casa, cuando no está siendo observado por ajenos, lo presumo paciente y conciliador, poco dado al combate dialéctico. Tal vez todo obedezca a un plan muy pensado consistente en exhibir dos perfiles: el que discrepa, el que diverge por puro regocijo intelectual y el otro, quizá no menos auténtico, el que coincide, el que conviene en todo y todo lo acata. Ignoro cuál de ellos está leyendo esto que escribo. Me lo dirá cuando nos escribamos. Hace que no le veo, vive lejos, no sé si ahora es otro y esto le parecerá extraño y desatinado.

5 fragmentos

Tarde con Faulkner
La caligrafía es siempre el cuerpo, su pulso herrumbrado, la sangre abolida.

Zoom
Un poco de despilfarro en las pupilas. Una lentitud de algas ocupa la tarde. Ancho, no obstante, me viene un párpado.

La rosa
En la luz está la belleza, el ampuloso oleaje de su cántico, la rosa breve y perfecta, la rosa que cifra el mundo.

Literaturas
Nada particularmente extraordinario en esto de escribir. Tal vez esa distancia quemada que las palabras imponen al discreto oficio de irse uno mansamente viviendo.

La inocencia
La inocencia posee su palacio de invierno, su jardín abandonado, sin columpios ni algarabía, sin presagios ni prodigios; su reino de este mundo.

7.8.19

Poema del caos

de repente el cansancio, 
los días persiguiéndose, 
la noche al acecho, 
la vida ha venido dispuesta a cobrar sus tasas, 
parece tarde, 
no hay un plazo, 
no podemos pedirle cuentas, 
la vida no escucha,
los años celebran su suicidio lento, 
luego nos vamos apagando, 
incluso nos apagamos sin haberse prendido enteramente la llama de adentro, 
hay vidas que se pierden a poco de haberse lanzado, 
vidas que nunca llegan a lanzarse del todo y vidas plenas, las menos, 
vidas como un fuego invisible, 
cercano, sublime por ser fuego, 
pero el cansancio lo ocupa todo, 
el cansancio absoluto, sin argumentos que lo justifiquen ante los demás, 
los demás nos ignoran, 
estamos solos, 
a lo sumo poseemos una cierta percepción del amor 
o del afecto o comprobamos, calle abajo, 
cómo nos saludan, 
en qué pequeña porción del vértigo del universo se nos concede un saludo, 
la evidencia de que existimos, 
quizá haya llegado la hora de las palabras, 
no las hemos usado lo suficiente, 
han estado desaprovechadas, 
no se las ha requerido con la suficiente convicción, 
no se han gastado en las cosas verdaderamente importantes, 
ni siquiera hemos escrito el poema, 
andamos a tientas, 
escribiendo amagos de poema, una especie de tentativa fiable, 
pero no es el poema, no está escrito, 
toda la literatura está en ciernes, 
todos los libros fundamentales no han sido escritos todavía, 
tenemos otros, pero no los que nos salvarán del caos, 
porque el caos acecha,
lleva acercándose desde que se fundó el mundo, 
está cada vez más cerca, 
hay quien lo huele incluso, 
quien advierte la barbarie del cuerpo, 
su escalofrío sin cordura, 
la fiereza de su fiebre, 
quien lo aplaude, quien lo jalea, 
el caos es un negocio, 
el caos es un juego, 
hemos perdido la noción de juego, 
los grandes hombres de negocios juegan con el caos, 
lo venden en los mercados de los pueblos,
lo presentan en sociedad, 
engalanado, jadeando amantes,
hay que haber vivido mucho para entenderlo,
hay que haber leído muchos libros para entenderlo, 
hay que estar muy alerta para rechazarlo, 
la literatura nos salvará del caos, 
por eso los grandes hombres de negocio, 
que son los que escriben los libros de texto de las escuelas, 
no desean que la literatura entre en el hombre, 
por eso reniegan de la filosofía, 
ningunean la música, 
todas las artes son perversas, son malignas, 
son engendros que malogran la vigencia del caos, 
que es el que hace caja, 
las monedas tintinean en el fondo del saco, 
el mundo libre está esclavizado por el saco, 
se oye a lo lejos, anda sin esmero, 
empujando, atropellando, 
sin mirar atrás, 
acercándose al lugar en el que reside el amor, 
porque el amor es el motor que mueve el mundo 
o porque el amor es el gran capitán de los poemas, 
el timonel de las estrellas, 
la luz copulando con la luz, 
la luz copulando con la sombra

6.8.19

poema big bang redux (con coda)

había un milagro sin aristas
una ventana desde donde los cuerpos son únicamente fuego y tienen ira en los ojos y una lanza oxidada en el costado


escribí el libro infinito de la lujuria
devoré un pubis ecuménico
un alarde de asteroides
un reino verosímil


aspiré el aire nuestro sin abril y floté espléndido
en ese desorden multiplicado
amé la blonda sublime del cuerpo profundo
amé el origen de las cosas
amé las mareas sobre las que un dios inventa naufragios


oscuramente amé
a todo le entregué el alma pura
también la sed
el deseo con su colmo de locura
el depósito antiguo de las palabras
el verbo al que alegremente le extirpamos la flor y el vuelo y queda en fuego manso
en la liberada costra que un día fue cáliz


el ángel dio un aviso
la luz se astilla
la sombra proyecta pájaros
todas las almas acuden
se instala la suprema evidencia de que algo verdaderamente importante va a suceder y vamos a contemplarlo
tengo desde anoche una fe absoluta en mis extremidades
tengo las certezas que nunca tuve
viene Dios
Dios el alegre, el bueno y el generoso, no su pensada suma de atrocidades
Dios esta mañana de agosto todavía fogoso
y Dios me busca
un extravío de tristeza
y la apartamos


hay tramas de muerte en la herida recién abierta
o vamos a llenar todo de amor
manso amor
la cópula perfecta entre el alma y la tierra
el cielo mismo a caballo de mis palabras
los vivos mirando la boca de la muertos
buscando la sílaba exacta tras la que la divinidad esconde su trampa antiquísima
y otra vez se enciende la memoria:
trae ayer desparramado
eco
mansiones para el júbilo


creo en las horas frágiles del día
en el camino humano donde la nieve cede al peso invisible de la mirada
creo en la gracia y rectamente procedo a notificar bajo notario su existencia
los poetas están en guardia
alerta la palabra
el tiempo de los poetas ha llegado
hasta muy tarde anoche en las alas del texto
labor de amor
el río asciende la noche
se me oculta la luz
todo es tangible
vagamente íntimo
en la sombra el gesto de ir a vivir sin que nada nos aturda


vivir así transparente
hondo
eco
abismo
el regalo efímero de entendernos
el vuelo manso del verbo sin contaminar
el verbo autista
el verbo considerado el principio motor de la carne
luego vienen los profetas
los salmos
el monocorde ripio de las almas que buscan un lugar arriba en el cielo perfecto de la salvación
luego vienen los dueños de las horas
saquean lo que ven
nada queda libre
sólo hay muerte
iglesias vaciadas
la dulzura del credo convertida en óxido
apocalipsis
el sueño de los perversos


todo lo que no se dice acaba por mordernos
tengo una fe absoluta en mis extremidades
en el miedo que me conquista el pecho y hace que mi corazón se desboque
se astille
se incendie
mirad el corazón astillado
el músculo convertido en objeto vintage
el vértigo hecho fiebre y luego la fiebre volada
al aire antiguo de los ojos que lo miran todo y a todo le extraen luz y en todo encuentran sombra
los ojos con vocación de bisturí
los ojos del artista que son los ojos del mundo
los ojos izados como un veneno cósmico
he aprendido a nombrar la dicha en las palabras
esta caligrafía de bruma sin brahms
ni mordisco
se hace polvo de estrellas
se hace escritura
boca
vagina
túnel
se hace fábula
un pequeño incendio bebop
que vence la oscura la rancia
la quemada historia de las palabras y asciende la tarde
hasta pesar como un adjetivo
sin romper todavía


miro hacia adentro
en la propiedad más oculta del tiempo
soy casi ahora y me queda toda la vida para desabotonarme del todo y tumbar mi cuerpo en la cosecha infame de las horas
todas matan
la última hora debe ser la hora de la poesía
morir debe ser entregar un último verso
en ti todos los versos se parecen a un único gran verso con sordina
el verso abierto con el que el universo celebra su festín de secretos


el martes a zancadas me preña el tedio
me dicta una voz en la que cuento mis miedos
un pequeño fuego apostado en las avenidas
una síncopa con colmo
un terrible solo de arpa en el fondo exacto del corazón
está la mañana cannonball adderley fugado en un bis
estamos en un vértigo de niebla
lluvia que invade un sueño


escribo porque pronto olvidaré lo que digo
el poeta todavía esnifa adjetivos
hilos de ternura a ras de sístole
toda la alegre construcción de la felicidad durante años entregados a la escritura
largos cabellos
el sótano está encendido
suena bossa nova filtrada
imagino la madre misma del poeta
cincuenta años largos enferma de tedio
no sabe leer no puede leer
los prodigios de las letras
la causa la desconocemos
el tiempo es un jesucristo con sordina
el tiempo es un jesucristo muy bebop
necesito un demiurgo
un crack en mística
un hombre con una corbata beige
con una corbata gris
todas las corbatas estropean la alegría


lo hemos visto juntos oh mi amor
la delicia de mirar amanecer juntos
la fria inerte dulce sucumbida clave de amor
en el parapeto de la cultura
hemos oído la misma canción
las veces suficientes
la primera vez en parís
la segunda en las favelas
era diciembre calculado
nos queríamos de forma sencilla
comprábamos periódicos
leíamos en las terrazas
al sol tomábamos café
el chico del café era sordomudo inteligente
no obstante leía ladrillos decúbito
el hombre lee en donde puede
he visto gente leer en el metro versos del corán
haikus
prosa cabreada del tiempo
dow jones
big fun


hemos liquidado el miedo
lo hemos escondido en un endecasílabo
la mampara es el jazz
nos escondemos detrás
mujer
tu cuerpo es un desagüe en donde me voy
arranca el tour de amor
la ipé de mi corazón es volandera
la ipé de mi corazón la saco a pasear
tiene el paseo luna
y el perrito de chejov
nos mira en un relato tradicional ruso
todo lo ruso es agradable al oído
el idioma es de una sonancia que no te revienta el pecho
no me leas a nietzsche en vernáculo
no me digas que miras el abismo y el abismo te mira a ti
porque no tengo tiempo
esta noche el exiliado el extravagante
el asunto principal la historia de la vida
el leiv motiv los fab four en la pared
baudelaire en la pared
la chica asiática muy preñada con pezones como dedales de costurera tuerta
me gusta el junk mail porque leo ahí la novela de la existencia
no tengo un tren de vida de algodón sin delincuentes
la ciudad era nocturno
era gas
pubs con blues seco
pizza a las cinco de la mañana
resaca margarita


hombre, no tengas cuidado
me dejas en la puerta que yo subo solo
me pongo un charlie parker
me pongo un stan getz
amor con la posibilidad de arrumbarlo después en un epílogo decimonónico
esta noche europa
paris londres
madrid
el personaje perfecto
en la ciudad
ideal
pegamos tropezones hasta navidad
en la tesis más fiable la república de las palabras no representa un peligro salvo que seas un subversivo
un tipo de esos de la derecha
carpetovetónica
no me vengas con panfletos
me dan migraña los panfletos
se quita solo el temor a que la cultura nos termine induciendo al suicidio
tío sam está ahí afuera
me duele el alma
la bestia políglota
avanza por las calles
recorre avenidas
no tengas miedo
me has entendido
no vayas a demostrar que el miedo te ha cogido bien
el miedo es una aventura lírica
la soledad es un agujero enorme
la pereza es un concierto de keith jarrett en osaka visto esta noche


europa acoge un puñado exquisito de poetas del jazz
no crean
no viene bill evans
el genio se quedó en sus toxinas
el timonel escora dulcemente
la memoria
tengo ancho un párpado
me adormece la tarde
olvídate de la derrota
la grúa pasta tu voz
extrae la palabra
el oído glauco
estreremecido punto en el que la voz suministra
su inventario de cautelas
importa el alma


comparo mi dicho con un eco
me miento
me invento
un mundo
se ofrecen dioses para tutelar mi ingreso en un cielo cinemascope
en vísperas el lance nunca sucede
el pensamiento dilata el trance
el cuerpo de la cortesana livia dulce
acaba de cumplir cincuenta
ya no acuden amantes
indagas
averiguas que el amor subsiste todo coronado
agua herrumbrada en todo caso
polen
eco
rizo del bello pubis
ya en declive como en una película de gloria swanson


fuera morir entonces
hermoso únicamente hermoso
es sólo es plumaje
el pájaro toma altura
perdura esto
el pájaro perdura
el desencanto trenzado
el menos doloroso
si anidan pájaros
en el pecho dulce
quebranto
tus dedos
naves
mi amor
te amo


qué hermoso es ver desfilar la tropa
arengan en una tribuna
los viejos caciques
las estrellas al aire
el júbilo la patria
los dioses propicios
la cosecha de muertos con la voz cedida
con la voz hundida
con la voz destrozada
por el peso del verbo cainita
el verbo púgil
el verbo ampuloso en donde existe un paraíso
lo mismo que kavafis cabafis kavaphis cavaphis
pide que el camino sea largo alguien jadea un pétalo
agosto esconde savia
trinos que confunden
alta advocación del santo loor
compartir la gloria
el dulcísimo eco donado en la noche
cómplice
en esencia


el astronauta aunque zurdo evita el trato
campechano
no está hecho para eso
es de otras miras
concretas volúmenes
que modulan el silencio
zubin
el peso de la orquesta
flaquea
así hablo zaratustra
así hubo un afán y después del afán hubo una panorámica del afán
el galán
el tiroteo
esto es cine
los arquetipos estipulan conductas
una literatura
escribo porque tengo los dedos limpios
verosímil orquesta
radio skanton
la pluma
el tiempo es un sinfín de silbos
próximos
oh nido
contribuye el músculo a adecentar el alma
la mano del azote
divino
el onanismo convertido en arte
como quería de quincey con el asesinato
como premisa válida
como baluarte
como paja bíblica


se desvanece el barco en la distancia
se pierde pues en la distancia
todo se deja manejar mejor por la fábula
en fuga
todos los niños de londres aman a peter pan
todos los niños de londres aman a peter pan
el formidable
en balde se diga moneda
salud
amor
te escribo precipitadamente
este galope enfurecido
este galope sucede como lluvia
este galope finalmente desemboca en poema
en viena urdida por los nazis
unas frases que arden
un viento que asiste al actor
en su papel principal súbitamente héroe
ardor más bien
el material disperso es la memoria
el hilo
el punctum
el verso armónico
despojado de retórica
en la geometría participan
los amateurs en la memoria
flipa un payaso
el rito sin usura
por favor sedúceme esta noche
si puedes ven sedúceme
esta noche esta noche
calma sobre todo
esta soledad de amantes
no vengas con los libros de kafka
bajo el brazo
dan migraña
ya lo escribí
con tal de perderme por todos mis sentidos
la voz se astilla


la verdad es que muero veladamente
por mis poros abiertos
rechaza la batalla
el fondo sin astros
el cuerdo contra el boxeador
sonado
el verso final
todo así la decadencia latina del amante apresado en el rockefeller center mientras afuera la banda toca gypsy woman varias veces
black magic woman varias veces
stairway to the stars varias veces
summertime varias veces
en la tempestad brinca dios
muda el inverno
su vocación de pestillo
eso es lo que ocurre
la voz se astilla
funda el amor
trozos de amor
repartidos por los trozos
antiguos como salmo
se invoca
se venera
se salva
el que reza
el apestado es el ateo
el descreído


ay
me he perdido en los mítines del alma
en contra de sí misma
tiendes la mano
la mano buena
la malade la mano mala
es que tiene vicios de mano libre
y entonces escribe a su antojo
obituario escena manzana
perdida en el cesto de una vírgen de teruel
recién traída a casa por un lejano primo entendido en macroeconomía
el mercado la crisis
el topo
el animal oscuro
el animal oculto
el bestiario de intenciones que no acaban de imponer un orden
el caos es el orden que se cansó de repetir un verso
en bourbon street
contra la voluntad de un elegido
algún precio ha de pagarse aunque sea por vivir tan a lo precario toda esta iluminación
este irse en cada gesto
en cada sílaba desde el musgo
hasta la rosa la de milton
vibrar en el sueño
morir


hay que ir muriendo el beso último
el astro numen
la nave como un rito se zafa del oleaje
nadie oye la proa cascada
el alma rota
dios sin aviso
sólo el timonel siente un ardor
un peso el naufragio inminente soledad entonces tan lírica
república de lobos
amparo de verbos
añicos de jaula
toda la impresión fiable del tiempo a dentelladas abriendo el pecho
los sonetos a la vista
todos los sonetos escritos durante los inviernos
con auster
con austen
con dick
no tengo confianza en que la literatura
incluso la más alta
me salve
estoy condenado
estamos condenados
con lo único con lo que contamos es con nosotros mismos
no hay paraíso
edén
escalera al cielo
huella de los siglos
me pierdo todas las cosas importantes
me quema esta rutina de cosas irrelevantes
el paseo con los invisibles
con todos los invisibles que me saludan y me cuentan la historia rosa y la historia gris
todas las historias posibles
oigo
razono
compendio
me esmero en no depender de las historias de los otros
me afino en contarme las mías
las comprimo
las mimo
las fuerzo a que me expliquen el cosmos
dios en las alturas
el dios en la sílaba
el dios plenipotenciario en mi disco duro
stan getz en bossa nova
tengo a stan getz en cascada
me revientan cien endecasílabos en el pecho
me cierro y me abro
tengo la impresión de que no he dicho nada enteramente todavía
escribo porque el aire es una palabra
escribo dios
charlie parker
john coltrane
en alphaville


no sé a qué atenerme con estas imprecisiones
si desbarro o me desbarran
si el corazón entero es cosecha
si me pierden las dudas y no avanzo y todo es oscuro
en la luz todo se adensa
oigo el frío hacia adentro a nado ganando la herrumbre
frío que gasta palabras
las sílabas del frío vulgar como la muerte cuando ocupa la entera extensión de la luz que la batalla
oigo el frío majestuoso en secreto contando los día
el frío virginal que trae una lluvia invisible
un rumor oculto de heridas
el veneno primero con el que la vida nos enseña su saña ampulosa y cabrona
frío leyendo hace años a Dickens
en verdad os digo
oh mis hermanos
que nada hay que haga sentir más frío que ser un niño de Dickens en una edición barata de bolsillo.


Coda
Escribir sin respetar o sin respirar. Siempre me gustó y, al tiempo, me contenía. Hay placeres culpables, debilidades íntimas. La idea es escribir y no parar de hacerlo. No dejar que intervenga el pensamiento. Dejar que las palabras fluyan. Ellas son las que se manifiestan. No son mías y tal vez lo sean más que otras. Es la poesía.