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12.8.20

Bosquianadas XIII / El jardín de las delicias


Estamos a lo que nos manden, sin que ninguna voluntad propia interfiera ese dictado o, a lo mucho, en circunstancias excepcionales, emitiendo tímidas señales de enfado. A pesar de que nos atruenen las palabras y sepamos que están mal elegidas, no vacilamos en esa obediencia más ciega que otra cosa. Somos un cuerpo manso el de los maestros, siempre lo he pensado. La nuestra es una mansedumbre feliz, una especie de convalecencia continua en la adversidad (normativa, sobre todo) y también una sensación de placentera conformidad. Imagino que la fábrica que nos mueve el cuerpo es la misma que hace funcionar la de nuestros alumnos. Engranajes, tuercas, motores. De ahí la paradoja consistente en ser un gremio de una beligerancia tenue y, al tiempo, batallar con fiereza contra los obstáculos, que suelen provenir casi siempre de la intendencia, da igual quién la maneje, es costumbre estar a expensas de las ocurrencias pedagógicas y administrativas del mando de turno. Son tantas las veces que hemos cambiado el modo de hacer las cosas que sorprende que alguna dure más de la cuenta y pugne por consolidarse y, en su aplicación, se le puede extraer algún beneficio. Somos tan felices en lo que hacemos (imagino que unos más que otros) que cualquiera desavenencia se acepta con entereza y no despierta inquina, ni siquiera ese ramalazo de ira con el que a veces se cambian las cosas a mejor. No tenemos más objetivo que el de cumplir (imagino que unos más que otros) y llegar a casa con la conciencia limpia y el trabajo hecho. Hace días que anhelo la vuelta a la escuela. Agosto (a pesar de la holganza estival) se está haciendo largo: debe ser la incertidumbre, que es otro virus al que no se le puede colocar una mascarilla ni buscarle una vacuna. Espero ese momento con un ansia nueva, que no conocía. El hecho de que ande en el último tramo de mi actividad laboral no hace que me haya acostumbrado al trabajo y crea saber qué hacer. Sigo nervioso a cada comienzo de curso. Me imagino que es el primero y siento en la boca del estómago una punzada nerviosa, un hormigueo teatral. Luego vendrán en tromba las noticias (están desde hace unos meses como un mantra lisérgico) y anunciarán la imposibilidad de que todo discurra como antaño a causa de la pandemia, que es una forma consensuada de caos. Los docentes escuchamos los últimos comunicados. Es la transcripción de una incompetencia, es el dictado feroz del torpe estado de las cosas. Quizá no estemos a la altura de las circunstancias. Son tantas las llamadas vacías que no se les hace aprecio. No se dan cuenta (no se dan, no se dan) de que la distancia social es (salvo que levanten colegios nuevos o contraten maestros en masa) es incompatible con la escuela. Así de sencillo, así de doloroso también. Lo que ha ido a más afuera y no ha sido atajado todavía (reuniones, contactos, fiestas, grupos) no se antoja que pueda controlarse adentro, en el confinamiento laboral de una escuela a tope de alumnos. Que los comunicados sean contradictorios (o atropellados o directamente incongruentes) únicamente agrava la sensación de desamparo. Ojalá septiembre desmienta todo este pesimismo y podamos abrir las aulas con normalidad y no ocupemos (ay) titulares en la prensa, largos debates televisados, camas en los hospitales, toda esa ristra de situaciones conocidas.

9.8.20

Bosquianadas XII / El jardín de las delicias

Hoy me he levantado con el ánimo extrovertido y me he puesto mantequilla en la tostada, aunque no la tenga prescrita como alimento recomendable. Es de buena marca y huele de maravilla al untarla sobre el pan. Para una vez que me salto las instrucciones calóricas prefiero no quedarme corto e ir al cum laude del exceso. No he encendido la televisión para no saber nada del rey emérito ni del Coronavirus. Se está mejor sin saber, lo he pensado muchas veces. El conocimiento dará las alas que prometen los eslóganes, pero siempre nos pasa como a Ícaro: el sol está cerca y volamos a ciegas, sin saber medir las distancias. Ni cerca del mar (que mojaría las alas) ni del alto cielo (que acabaría derritiéndolas). Dédalo tendría que ir escuela por escuela. Tener uno a mano que nos aconseje cuando creamos estar cometiendo alguna infracción o cuando haya evidencias de que no hemos sabido circular con la debida asepsia sanitaria. Porque no vamos a dejar de volar, intuyo, aunque el sol amenace la integridad del vuelo. El ámbito de la escuela es el más natural para ejercer esas maniobras aéreas. Piensen en cuando eran niños, en la bendita inmensidad del aire y del suelo, en la posibilidad de sentirse ingrávidos e invencibles. Imaginen que los confinan de verdad: no un aislamiento casero, sino exterior, ocupando las calles y los parques y la escuela. Porque eso es ir con la mascarilla, que es un paso previo a que se nos encapsule de pies a cabeza y nos dejen un intercomunicador con el que hablar. Vida insular la que se avecina, por mucho que unas estadísticas (las más optimistas) insistan en que no estamos como al principio y otras (las más cenizas) difundan la proximidad del nuevo confinamiento y la debacle completa del ecosistema social y económico (el asunto de la salud parece a veces una extensión de esos dos primeros, cuando debía ser al contrario). Así que nada de ánimo extrovertido. Lo del exilio del emérito es frivolidad apetecible, por más que algunos (aburridos) crean que habrá un advenimiento de las repúblicas infames del mapamundi. Lo que no es frívolo es que las discotecas chapen a las tantas (como si el virus tuviera un horario y no fuese dañino a ciertas horas) o que el aforo de los recintos vulnere con extraordinaria frecuencia las recomendaciones. Tal vez no seamos capaces de obedecer las normas si no es con la amonestación que sangre nuestro bolsillo. La economía es la única palabra a la que tomamos completamente en serio. Todo lo demás es una incidencia anecdótica, un episodio sin trascendencia. Así estamos. Ese es el estado anímico de la sociedad después de casi seis meses de pandemia. No vale que la palabra "brote" se haya alimentado de un prefijo y sugiera que no hemos escarmentado y vamos a una segunda parte de la historia. No tuvimos bastante con la primera. Volveremos a dar clase delante una pantalla. Cerrarán los comercios que todavía no han cerrado. Se vaciarán los parques. Saldrá en la tele Fernando Simón en cada parte informativo con las matemáticas del miedo. Nos confinarán otra vez, nos aislarán de nuevo. Abrirán las escuelas y se cerrarán al poco. Seguimos pensando que podemos volar, pero el sol está a ras de tierra. Menos mal que la mantequilla estaba exquisita sobre el pan caliente. Luego habrá quien venga y diga que frivolizo y me tomo a chacota lo serio. 

19.7.20

Bosquiniadas X / Visión del más allá / La ascensión al empíreo

No desear que las vacaciones se prolonguen hasta que sacien de verdad es engañarse a uno mismo, me dice K., salvo que no se sepa bien cómo administrar el ocio (en qué emplearlo) y sólo se complazca el ánimo en la rutina del trabajo. O tal vez ninguna holganza sacie del todo e imploremos una moratoria del estío, que viene a ser una dilación de la hora en la que tendremos que dar el callo (esa expresión contundente, ese martillo pilón de las responsabilidades) y hacer que la rueda siga girando y se encienda de nuevo la maquinaria de la costumbre. El problema estriba en que no sabemos ocuparnos de nosotros mismos, tememos el momento en que haya que esmerarse en complacernos. Porque hay placeres livianos que se acometen sin pensar mucho y concurren con una escenografía mínima, pero al final queda uno a merced de sí mismo y la cabeza empieza a ejercer de cabeza y nos hace las preguntas y nos embolicamos en las respuestas, que no llegan, no se nos instruyó, nos dieron otros instrumentos, pero no todos, algunos se buscan conforme se necesitan. Pero qué placer no dar con las respuestas, qué tiempo más maravillosamente perdido el de afanarse en dar con ellas y no alcanzarlas. Esa bruma deliciosa. Ese jardín de las delicias estival. ¿Ya están viniendo los ángeles tutelares para conducirnos a la luz? ¿Se oyen venir? ¿Baten las alas? ¿Recitan salmos consoladores?

26.6.20

Bosquianadas V / El jardín de las delicias / Tabla central


No sé si hay que ser docente a tiempo completo, tener esa conciencia del oficio sin interrupción. O cardiólogo o economista o guardia de seguridad a tiempo completo. Si cualquier trabajo que se tenga exige esa entrega continua, tangible. Si puede reprobarse aplazar esa condición laboral y no ser docente ni cardiólogo ni economista ni guardia de seguridad un periodo del tiempo al día o durante el rato en que no se ejerza. No sé otros gremios, pero el mío es particularmente peculiar en este aspecto. El maestro, salvo saludables casos, ojalá prosperen, es maestro en la escuela y en casa, cuando pasea en su esparcimiento y en sus conversaciones de barra de bar. De hecho, no son pocas (de verdad que no) las veces en que he escuchado de ellos (yo he caído también en hacerme vocero de esa especie) la pregunta absoluta: ¿qué pasará en septiembre? Parece que no hay vacaciones, por más que las merezcamos, dejadme que haga énfasis en esa idea, la de las vacaciones. Nadie cuenta qué hará en verano, cómo usará ese espacio de tiempo y si irá a la playa, a una casa rural o se quedará nuevamente en casa, por temor o por inercia o por la maravillosa sensación de levantarse y no tener que sentarse frente al ordenador y dejarse los ojos y la espalda en el desempeño digital de su oficio. 

Las cosas que a uno se le ocurre hacer en este verano probablemente no sean muy pensadas. A más se piensan, con más obstáculos tropezamos. Poseen la facultad de sacar imprevistos en donde únicamente se presentía un camino recto y, sobre todo, poco inclinado a que el azar lo haga serpenteante y, en casos, hasta meandro sin disimulo. Las veces en que con más entusiasmo se preparan suelen ser las que coinciden con mayores inconvenientes. De ahí que venga bien improvisar, no dar nada por sentado ni rubricado, no caer en esa costumbre de creer que lo más ansiamos está a nuestro alcance y que solo depende de nosotros abrir las manos y agarrarlo. Se escabulle: los deseos tienen esa facultad, la de no avenirse a consideraciones privadas que fantaseen sobre ellos, la de bajarnos de cualquier nube en la que nos hallemos. El docente, he aquí el sujeto objeto de toda esta colección de imágenes con su pie de texto (Ramón ilustra, Emilio escribe) tendrá, sin embargo, algo de lo que carecía en su quimera de voluntos apetitivos. Tendrá un pequeño intermedio en la faena, nada del otro mundo, aunque algunos les parezca que tenemos el trabajo perfecto. Ya conocen la frase: gana como un ministro, descansa como un maestro y trabaja como un cura. No sé de ministros ni de curas, así que me limito a explayarme con el oficio de maestro, que para eso lo conozco. Así que no tengo ni idea de lo que haremos en septiembre. Ya nos contarán, ya veremos. Este docente va a empezar a pensar qué hace a partir de la semana que viene. Sin rúbricas ni indicadores. Sin ejercicios de ampliación ni de refuerzo. Si me pongo a pensar mucho en la escuela de septiembre, me echo a temblar.

19.6.20

Bosquianadas II / El jardín de las delicias



En ciertas ocasiones, por hacer las cosas bien, se hacen sin pensar. Caso de que les diéramos el arrimo de la razón, probablemente no las haríamos. Cae uno en la sencilla cuenta de que algo dentro de ellas no cuadra, se escapa a la gobernanza de nuestro criterio, huelen peor que Dinamarca en los dramas de Shakespeare. Viene esto a propósito de la parte B, siendo el profesorado la A, en el contrato de la educación que con tácito consenso firmamos cuando el Buen Señor nos conminó a confinarnos y apartar nuestro oficio de sus escenarios habituales, asunto al que no se le debe dar ahora más importancia, ya se la dimos en su tiempo, estamos todos más que al tanto de las vestimentas de la extrañeza y de cómo se las gasta cuando abrimos la puerta y dejamos que invada nuestra casa. B es el discente, vocablo que siempre me sugirió un componente químico, una especie de vertido que emulsiona con otros y precipita la eclosión de un cuerpo nuevo. B es la incógnita de la ecuación diofántica (otro vocablo que me inspira cosas ajenas a su estructura profunda: en este caso veo ninfas en un bosque danzando al compás de una melodía tañida dulcemente por laúdes y liras). Hemos hablado tanto de A que no sabemos qué hacer con B. Ellos son los damnificados, no nosotros, los maestros. B es el que no tenía recursos. B es el que, teniéndolos, carecía de soltura para implementarlos. B es el delicado centro de todo este pandemónium en el que llevamos para tres meses. Habría que darles más tarde voz para que alivien su carga moral, esperemos que intelectual también. Dirán: no se nos consultó, no hubo nadie que nos instruyera, se daba por sentado que sabríamos. De hecho, en más de una ocasión, este cronista de sus incertidumbres ha constatado la pericia de sus alumnos cuando, ah vertiginoso Maelström (pobre Poe, qué solo debió sentirse), los arrojamos al proceloso océano de las tecnologías y les dijimos: ahí tenéis, no digáis que no mola. Pero mola poco o no mola nada. No ha habido regocijo, ni siquiera una brizna aunque sea diminuta de satisfacción por el trabajo hecho: no lo hay cuando el material rendido es frío, no es cálido al tacto, no huele, no tiene sudor, ni habría posibilidad de que el calor lo acariciase. Echen de menos ir a clase, están más que hartos de trabajos de una asepsia quirúrgica, tienen aversión al móvil, quién hubiera dicho eso. Hemos quedado en imágenes fluctuantes en una pantalla que continuamente muta. Hoy mismo he estado más tiempo del que hubiese deseado en aprender los manejos de un programa que usaré el lunes y del que (espero) no volveré a saber nada en el ancho y ampuloso trayecto de mi (ojalá) larga y dichosa existencia. Como no es costumbre en lo que escribo el uso de palabras malsonantes (coño, hostia, joder, mierda, en ese plan escatológico), no abriré hoy la veda, pero (como dijo Pascual Duarte) ganas no me faltan. No hay tal jardín de las delicias. Ni flores ni júbilos. Cerraremos el cuaderno de campaña en breves días. Lo alojaremos en un confín de nuestra memoria. Ahí te pudras. B lo meterá más adentro, ánimo les doy. Espero que alguna pequeña enseñanza haya pervivido. Todo lo que saquemos de este acceso al infierno (tampoco nos pongamos excesivamente sancionadores) podrá ser usado en la hipótesis de que el bicho de marras (me estoy conteniendo, con qué mansedumbre me alivio) vuelva a sus andadas y tengamos que instalar nuevos programas y aprender a usarlas. Yo lo que quiero es trabajar como siempre lo he hecho. Ya, ya lo sé. Ni yo ni nadie. Echo de menos la clase, estoy francamente agotado. Qué bonitos los adverbios cuando se colocan en su lugar idóneo.

18.6.20

Bosquianadas 1 / La extracción de la piedra de la locura


Ilustración: Ramón Besonías


Aflige pensar que este delirio laboral no traerá enseñanza alguna a la que aferrarse y de la que valerse para continuar, porque el trabajo continúa y habrá que dar con las herramientas con las que acometerlo. No se advierte que prospere ninguna fiable. De ahí que cuente más que nunca el humor, y con él, inseparablemente, la sabia frivolidad que lo alienta. Tiene esa postura moral mucho de mecanismo de defensa. Nos precavemos contra lo que no entendemos o contra lo que no podemos intervenir. Que estemos desbordados contribuye a que recurramos a él y así no nos vengamos abajo definitivamente y abdiquemos. Que estemos agotados nos autoriza a expresarnos con sana sorna o con legitima saña. Si se nos hurga, no hace falta que sea con las maneras medievales de la ilustración tomada con libérrimo talento por Ramón Besonías del iluminado y perturbado El Bosco, darán con pruebas palmarias de que hubo daño, cómo no, más del previsto y probablemente más del necesario. Habrá cansancio, habrá estrés, habrá indicios de la cruenta liza entre la obediencia y la insurrección. Como acatamos con probada mansedumbre el recado de enseñar que se nos confía, dejaremos que se nos inspeccione, no pondremos trabas: entren, comprueben, enmienden el roto si está en sus facultades. No cuenta el sacrificio, eso no es materia considerable, no habría con qué aliviarla. Hemos contribuido con firmeza a que no se detenga la maquinaria y prosiga su desquiciado empeño conciliador. Algo habremos hecho bien, a costa nuestra, siempre a cuenta de cada uno, cada cual con su voluntad y con su cuota de responsabilidad. Vendrá más tarde el peaje. Todo tiene precio. Ahí andará la piedra de la locura, tal vez convenga extraerla, ponernos de nuevo en danza con las propiedades docentes indemnes, creo que no habrá obstáculo difícil de allanar: tenemos los buenos propósitos intactos, no se ha deteriorado irremediablemente el instrumental habitual, el del amor al oficio, el de las ganas de que todo regrese a su ser, aunque no las tenga todas conmigo y convenga para mis adentros que esto de enseñar pide a gritos una revisión y probablemente tengamos que pensar otro modelo de enseñar, por si esto de la pandemia rebrota (es lo razonable, a lo que ve uno y a lo que deduce) y la escuela no vuelve a ser la que era. El personal reclutado a esa empresa no es importante: nunca lo ha sido. Gensanta. 

Jazz / 19 / Tete Montoliú

Solía decir que cuando se miraba al espejo veía un pianista negro. También que prefería un músico con el que tocara del que supiera que era ...