31.8.09

Sigmund Spielberg



Esta versión de Steven Spielberg que le da un aire a Sigmund Freud ilustró mis años mozos de Universidad. La ilustración luego devino hartazgo y ahora me están ocupando un buen sitio en la estantería los textos, aunque (mirando las portadas, recuperando frases sueltas en páginas al azar) me vienen a la memoria ratos formidables de estudios compartidos con amigos con los que aún hoy cuento. Y mirando la foto no sé si es un montaje de Photoshop en el que un manitas de las teclas ha envejecido a Spielberg o es que entre ambos personajes del siglo XX cabalga un vínculo que los biógrafos no han visto todavía. Me quedo con Steven y dejo en la estantería a Sigmund. Prefiero Hook, incluso mala, que la mejor edición de La interpretación de los sueños. Si me oyeran mis profesores de Psicología me darían enteramente la razón. ¿Quién me quita la razón? ¿Es que este Sigmund Freud no es Steven Spielberg? Pero de verdad de la buena...

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30.8.09

El obispo de Almería, Lutero y AC/DC


Adolfo González, obispo de Almería, sanciona la Nueva Ley de Libertad Religiosa: le molesta que la elección religiosa sea libre y sentencia que no podemos comparar la fe cristiana con otras. Añade que su significado histórico la distancia de las demás y, en esa distancia, las reduce a mero instrumento de las modas, a capricho de quienes al amparo de sus creencias se afilian a corrientes espirituales de nuevo cuño, sazonadas Dios sabe con qué aliños, reducida a la metáfora visionaria o a la alucinación mediática de cualquier iluminado. Está el hombre en su derecho a sancionar lo que le venga en gana al igual que el creyente puede elegir la sustancia de su credo sin tener que abonarse a la ortodoxia, representada por la Iglesia (una de ellas, aunque la más relevante en la sociedad) a la que el señor González ha consagrado la salvación de su falible alma. A la fe, en este siglo XXI, la zarandean tempestades imprevistas: vivir en la mística de una vida interior trascendente no es patrimonio exclusivo de quienes precisan de una liturgia y de un fervor bíblico; es más: se podría hasta prescindir de la didáctica ecuménica y cumplir a rajatabla alguno de los mandatos de fuste de las tablas de Moisés. Lo que alarma de las palabras del primado almeriense es que ningunee a los otros. La otredad, en materia de raza o de clases, ha sido pasto de fanáticos que han inventado guerras para imponer su catecismo sobre el catecismo ajeno, por lo general falso, equivocado, manipulado.
No pienso como Lutero, que creía que “si hay un infierno, Roma está construida sobre él”. Es que no hay infierno. En esto es en donde marran los que se aferran a algún tipo de creencia religiosa: al modo en que los partidos se atrincheran y luchan unos contra otros, las religiones se conjuran para cercenar la relevancia de las que amenazan la primacía que se han ganado a golpe de Historia. Lutero creía en la existencia de un infierno: igual que AC/DC. Lutero, que era un adelantado, creó el mercado espiritual moderno al formular una alternativa razonable al monopolio de la fe. Y cada funcionario de su empresa, en el caso de que en verdad comprenda el alcance de su condición soldadesca, debe defenderla ante la competencia: criticar las estrategias que la rebajan, exhibir el rocoso fundamento que ha permitido su longeva vigencia y promulgar entre su feligresía las leyes a las que atenerse, aunque se enfrenten con las leyes que los gobiernos de turno, izquierda o derecha, no hay en perspectiva casi diferencia notable, escriben. El desacato, si es ungido por la fe, no es desobediencia: es objeción. Uno puede objetar casi a cualquier cosa: le basta que lo refrenden un puñado de obispos. Eso de diferenciar el pecado del delito es una minucia argumental, concluyen los objetores. Todo es pecado. El delito, a la luz de sus focos, es un capricho de los gobernantes. Y hasta puede que algunos sean ateos. Lutero y AC/DC compartían bando, pero no lo sabían.


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28.8.09

La pintura infinita: Hopper vs. Banksy



En 1.942 Edward Hopper pinta Nighthawks. En 2.007 Bansky reconstruye el cuadro y despeja la incógnita formulada por el maestro norteamericano al agregar al hooligan, exhibiendo sin pudor sus infames boxers de la Union Jack, al descerebrado, fofo y probablemente ebrio, el que rompe la mansedumbre de Hopper, sus personajes tranquilos, perdidos en la noche, refugiados en la quintaesencia plástica del bar americano, con grandes cristaleras que ofrecen su confort al transeúnte. Los diners, esos establecimientos que abren durante toda la noche y tutelan, sin franquear la intimidad de la soledad de cada uno, el insomnio de los clientes, esa costumbre cinematográfica que consiste en ignorar el decurso de las horas alrededor de un gintonic como decía Piano man, la hermosa canción de Billy Joel.
En el cuadro de Hopper hay una historia que el pintor se resiste a contar. Su incompetencia narrativa es la capacidad de fabulación del que mira el cuadro. Por eso Bansky, un revolucionario urbano, una especie de emperador subversivo que saca el museo a la calle, rehace la pintura de Hopper y le coloca el personaje ausente. En cierto modo los tiempos en los que vivimos prefieren cuadros ya resueltos. Como el de Banksy. Claro que también podemos continuar el guión abierto por el graffitero inglés y elaborar otro cuadro, otro fotograma, hasta completar una película que empieza, a lo visto, en 1.942, cuando a Hopper se le ocurre abandonar en la noche a cuatro halcones (hawk en inglés) y someterlos al rutinario despiece moral de la oscuridad, a su inflexible disección de las emociones. Y si arriba, en el cuadro primigenio, todo está por decir, insinuándose cualquier camino a partir de cualquier elemento integrado en la pintura, en la obra posterior, en la de Banksy, el hooligan descifra la ecuación y alerta sobre la posibilidad de que dentro del diner alguien pueda incomodarle. No sé, tal vez le molesta la paz convertida en estampa o el silencio únicamente roto por un jukebox en el que suenen las hermanas Andrews. O quizá está tan borracho que ha confudido la cristalera del bar con un espejo en el que se le devuelva, íntegra, sin amplificar ni menguar, su decadencia.



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26.8.09

Watchmen III


En cierto modo crecí con los cómics y aprendí a leer enroscado en las aventuras de Peter Parker o de Bruce Banner. Digo a leer y disfrutar de la lectura. Recuerdo cómo me apenó que las entregas semanales de Spiderman, en rutilante blanco y negro, versión Lee/Romita Sr. Debió ser hacia 1.977 cuando alguien decidió que el color festejaba más las piruetas circense de nuestro amigo el hombre araña en su caza de malhechores. Esa traición no disminuyó mi interés en exceso, pero comprendí que los mitos que uno va creando están en manos de comerciantes y que la maquinaria del negocio puede modificar los ritos del usuario, su altar privado, ese fervor tan parecido al religioso. Peter Parker en color, en blasfemo color. Muchos años después regresé al mundo del trepamuros vía mi hijo, que abrió los ojos hasta el desmayo con la primera de las películas de Sam Raimi. Y al tiempo, a medida que los blockbusters veraniegos iban sacando de inventario DC o Marvel las aventuras de todos los demás superhéroes, mi infancia iba regresando sin esfuerzo, recuperando a los 4 fantásticos, a Dark Devil o a La Masa: nostalgia pura en salas de cine, primero, y en DVD después. No sé si he sido un buen lector de cómics. Probablemente quede en un prudente término medio. Me conquistó después el libro, la novela, la poesía, otro tipo de literatura. Todo depende de las circustancias que te vayan rodeando y a mi me faltó un pandilla de frikis del cómics, los típicos amigos que discuten a pie de barra de bar, ya bien talluditos, con novia, casados o acendradamente solteros, las tropelías de los malvados de turnos y las hazañas de los superhéroes. A mí me fascinaban Kingpin, que nunca derrotó a Spiderman, pero llenaban las viñetas y alimentaba la imaginación de un niño sin hermanos, ávido de entretenimientos privados, deseoso de que un mundo paralelo a éste pudiera convertirse en refugio en casos de necesidad. Luego descubrí que no hacía falta que la realidad fuese pobre y flaca y triste. Incluso cuando la alfombra el júbilo siempre hay un hueco para abrir un cómic. Ayer terminé de leer el tocho de Watchmen. Nada más terminar me metí las dos horas largas del film de Snyder. No tengo ahora ánimo para la reflexión. Hay asuntos que no merecen que se diseccionen. No, al menos, inmediatamente. Hoy he disfrutado divagando con un amigo por teléfono sobre la metafísica del Dr. Manhattan y la amoralidad de El Comediante. En cuanto me desaturda, me explayo.

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24.8.09

Extraña fruta...


Cantar a Billie Holiday llevando sangre marfileña y sefardí en la sangre da discos como éste. Contamos entonces con la idea de que la sangre de uno dicta tonos de voz y afinidades estéticas. Contamos también con que a Billie Holiday la puede interpretar una de esas nuevas divas del jazz que nacen en Japón o en Alemania. Como si la voz de la señora del jazz, con permiso de Ella Fitzgerald, pudiese exportarse, embutirla en un recipiente distinto del que estuvo contenida y olvidar la dureza de la negritud, el canto desquiciado de un pueblo que cantaba o tocaba o bailaba para el pasado o para el futuro, pero no para el presente, que era una estación hostil en la que el pueblo negro, el silenciado, el vapuleado, el almaherido, malvivía a la espera de un paraíso, de un palacio en las profundidades de su corazón. Por eso me parece a mí que no se puede cantar en negro cuando te corren por la sangre otros colores. Y por supuesto no se puede cantar en negro si eres blanco aunque seas Joe Cocker en uno de sus arrebatos setenteros, no el Joe Cocker de ahora, comprado por las multinacionales, expuesto a las modas, viviendo del rédito infinito de su perfil más hondo. Puedes cantar a Billie Holiday, dedicarle un disco, sencillos tributos, aunque te llames Madeleine Peyroux y los críticos escriban que las voces tienen similitudes. Y al escuchar el disco de Laïka Fatien por segundo o tercera vez entiendo que no echo en falta el dramatismo existencial de Strange fruit, cuya cruda letra no entendía Billie al principio y que fue modificando conforme la metáfora oculta iba surgiendo a cada nueva interpretación. Eso, en el fondo, tiene el blues o el jazz cantado, que evita la dicción limpia o la exigencia de otros géneros (pienso ahora en el pop almibarado o melodiosa al estilo de Carole King o de Barbra Streisand) y hurga más adentro, buscando el espíritu, trazando líneas desde la epidermis hasta el territorio sagrado donde está el llanto y donde está la risa. Porque en el blues o en el jazz hay llanto y hay risa y las hay a capricho de quien ofrece su alma a quien escucha. Fatien no pretende cantar como Billie Holiday ni el oyente avezado o el neófito desea escuchar a Billie Holiday en la voz de Fatien, pero pensamos inevitablemente en las circunstancias en las que existió esa voz y cómo se fue perdiendo, ahogándose, diluyendo la parte orgánica en la parte orgánica, sobreviviendo y vendiendo el talento para abastecer el peaje de sus vicios. Quizá el ingenio y la inspiración, aparte de provenir del trabajo, acudan por la vía de la experiencia y haga falta tener sesenta años para escribir una buena novela y tan sólo veinte para pergeñar un relato decente. El tiempo es el que dicta las normas. En todo caso, escuchando Misery, este tributo (uno más) a la genial Billie Holiday, uno piensa en el numen, en la secreta chispa que ilumina a los genios. Y a pesar de ser un disco formidable y de que suene hondo y sincero, le falta esa chispa, ese extra de dramatismo y de vida cantada que Billie Holiday poseyó como seguramente ninguna otra cantante en la historia. Y admiro a Peyroux y a Fatien en el nuevo panorama del jazz o del soft jazz o como quieran llamarlo, pero vuelvo insistentemente, cada vez que oigo un tributo, al original, al trabajo del que procede esta aproximación, este digno (al cabo) sucedáneo.


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23.8.09

El valor del rostro

Hay autores que acomodan su gestualidad y sus facciones a la naturaleza de la obra que realizan. O es al revés: la obra discurre por los territorios que dictan esos gestos y esa cara. La cultura popular dice que la cara es el espejo del alma. También oí una vez que los perros se parecen a sus amos. Que hasta las casas, en su decoración, en la forma en que disponemos su mobiliario y la fisonomía de los objetos con los que las poblamos exhiben esa afinidad con sus propietarios.
Por ejemplo, Quentin Tarantino no podría hacer otra cosa que la que hace. Su cara de enfant terrible conduce a que sus films sean retorcidos paisajes de su muy particular concepto del entretenimiento audiovisual. Ese retorcimiento se aprecia a pie de foto: Tarantino siempre aparece desquiciado o en trance de desquicie. Woody Allen cumple este recetario improvisado sobre la sintonía entre el rostro y el corazón, por decirlo de alguna forma: las gafas de pasta, la cartografía hilarante del rostro. Incluso su voz y la que le imponen aquí en el doblaje cooperan para cerrar este improvisado bosquejo. Después de Allen y Tarantino he pensado en Peter Lorre, en Charles Laughton y en Willem Dafoe. Pero la sacudida cerebral, el hallazgo absoluto en esto de que la cara sea el espejo del alma o, dicho de otra forma, el alma moldee la cara y la ajuste a su capricho según el criterio de sus filias y sus fobias, de sus vicios y de sus rutinas, es la cara artesanal, totémica, esquizofrénica y desconcertante de Howard Phillips Lovecraft.




Lovecraft nunca dejó de pensar que la vida era algo espantoso y que entre sus costuras crecía el mal y emponzoñaba el aire y luego los pulmones y el cerebro. Quizá se afilió al tenebrismo y a la fantasía gótica. Su prodigiosa imaginación estaba abonada al desencanto así que no hubo en su prosa balbuceos líricos, campos de rosas para siempre y amores imposibles que se quiebran a la orilla del mar. El espanto y la velocidad con la que el espanto se propaga fue el tema monocorde del amigo Howard. El realismo minucioso de sus relatos le abrió todas las puertas posibles y legiones de seguidores (seguidores más que lectores) se abrazaron a la causa del terror cósmico y de las abominaciones innombrables. Lo atávico, lo primigenio, lo indescriptiblemente soterrado en alguna prehistoria sobre la nada podemos saber pero que todo lo encierra a modo de raíz única de todas las civilizaciones posteriores: ése fue el susurro que Lovecraft recibió y del que se hizo sacerdote máximo. La liturgia requiere soledad, abandono, casi una especie de desdén por todo lo mundano y una felicidad malsana al coquetear, aunque sea semánticamente, con lo prohibido, con toda esa costra infame de seres retorcidos que se arrastran, babean y poseen la voluntad de quienes advierten su presencia. Pero todo eso está en su rostro, en la petrea adquisición de ese hieratismo, en la certidumbre de que los monstruos están debajo y que el rostro está en tensión para que no flanqueen los obstáculos que el autor ha ido inventando para que la ficción no se entrometa en exceso en la vida y acabe por malograrla. De hecho los monstruos salieron de sus guaridas y el rostro del escritor se fragmentó. Por eso escribía: para conducir de nuevo al rebaño a su refugio.

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22.8.09

Watchmen


Álex me advirtió que el verano tal vez no fuese buena estación para entrar de lleno en Watchmen. Qué alegría más enorme desoír su consejo. Estoy fascinado, bloqueado, concentrado en una historia adictiva que me retrotrae (qué verbo más feísimo) a una época en la que leía cómics a diario, pero Watchmen no es un cómic. Leo en la contraportada que es una "novela gráfica". Pues muy bien. Las categorías y los estatutos semánticos a veces sólo aislan la musica que vamos a escuchar, la película que vamos a contemplar o el libro que vamos a leer. Watchmen es una novela. Una cuya trama no desmerece a otras a las que el común de los críticos de la ortodoxia rinde tributo y eleva a cánones tipo Bloom y zarandajas de suplemento dominical de esa guisa. Y disfruto pensando en el regreso al libro como a veces he disfrutado (sólo a veces) cuando uno tiene que dejar una novela para ir al supermercado, al trabajo o al médico porque le duele la tripa. Después del atracón gráfico iré directamente a la versión cinematográfica, de la que sé muy poco y a la que he intentado no prestar atención por bien de una lectura limpia del cómic. Y ahora, si me disculpan, cierro el blog, me sirvo una cerveza muy fría (otra para ti, Álex, ya sabes) y me cuelo en la historia otra vez.

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21.8.09

Blondas de verano Nuestro hombre en Génova...

La mosca cojonera de este ferragosto bubónico es el espía, al que aliñan con algunos extras en plan cinemascope para que el respetable público babee de gusto cuando el presentador del telediario le mire fijamente a los ojos y vomite la ración diaria de espantos. Es el espia figura literaria de mucho fuste y alcance narrativo con el que se puede hacer tochos tipo Millenium o mastodónticas tramas a lo Le Carre. Al espía, en la Historia de la Literatura, le va más el desplazamiento largo, los episodios. Los autores de más relumbrón prefieren la novela al cuento. En la vida pública pasa exactamente lo mismo. Un Caso Gürtel o similar asegura tiradas enormes de la prensa canibal. Un traje a lo Camps, que no es espionaje textil pero se arrima a este concepto turbio de política zarrapastrosa y vodevilesca, es carnaza para los tertulianos despiertos que ven en las facturas invisibles o en las comparecencias del acusado material para llenar columnas. Además está el verano, que no es estación propicia para los scoops.
El verano se deja manosear por cualquier noticia: importa zarandear el hastío sestero, la pereza connatural a la calina. Las tramas conspiranoicas entran bien en las maletas que nos llevamos de vacaciones: se llevan bien con los polos de marca y el Coppertone. Y uno saca en la barra del bar, en el chiringuito o en el paseo marítimo de los chismes que la política es un asco. A partir de ahí, barra libre para despotricar, que es un deporte sano como pocos. Estamos en verano. A falta de pelotazos yankis en el cine, que ha habido pocos y ciertamente malos, qué mejor que un poquito de ficción política, entreverada de espías y de aturdidos lectores, que no saben dónde entra el bloque publicitario. Igual hasta sale Lisbeth Salander, ustedes ya saben, y jaquea el disco duro del Estado. Eso sí que mola. Todo es un cuento. Bien contado, mal contado, pero cuento.

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18.8.09

Hitchcock en el confesionario



Papá Hitchcock fue un buen atormentado: sólo hay que ver la letra pequeña, el fotograma discreto y oculto, con la que manuscribía todas sus ensoñaciones plásticas y morales. En el trance que le ocupa (la foto es de Avedon) prefiguro que no sobrevuela el tormento habitual: la clarividencia racional frente a la sugestión cristiana, la Biblia frente al Daily Telegraph, la cruz en el altar frente al dolorosísimo tirón hormonal que causa una buena rubia en un plató. Todo eso queda fuera de la instantánea: papá Hitchcock no está rezando; tampoco entona labios adentro una plegaria. Yo creo, mirando a fondo, echándole un rato a husmear en la trastienda de la luz y en los pliegues del rostro, que está pidiendo perdón al timorato, al pacato, al triste de luces que no ve ,entre la morralla psicológica, las fugas, los claroscuros y las intrigas antológicas, el dolor cristiano de este hombre, su carga moral, ese limbo de lo humano en el que el artista explota como una estrella de veinte puntas. Le está diciendo:
Mire usted, señor espectador, es verdad que en mis películas he puesto al inocente frente a las cuerdas de la justicia, que he escondido monstruos en sótanos, que he intentado desbocar su corazón hasta hacerle pedir basta, pero yo en el fondo soy un atormentado, un teólogo al que le fascinaban los misterios del thriller moderno, un hombre a caballo entre Chesterton y Sherlock Holmes o entre la Highsmith y George Kaplan, aquel hombre invisible que jamás arrugaba sus trajes
. Así que deje usted que me excuse, entornando los ojos, juntando las manos, apretando el corazón mientras lata un puñado de maligna sangre.

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17.8.09

Pura sensiblería

Recuerdo haber oído de madrugada, atrincherado entre libros de Pedagogía, vasos de café y luz febril de flexo, New York City serenade, una canción de Springsteen del 73, cuando todavía no había registrado los himnos que hoy llenan estadios y su cara de boxeador novato no ocupaba la cartelería del star system. Recuerdo su piano catedralicio, ese crescendo que luego Howard Shore usó (sin empeño plagiatorio, imaginamos) en la banda sonora de la espléndida (lo es, años después) El silencio de los corderos. Hay canciones que no se pueden substraer del lugar en las que uno las escuchó por primera vez. Pasa lo mismo con ciertos libros: uno piensa inmediatamente en quién le habló de ellos o qué escaparate le hizo pararse y detener la mirada en la portada golosa, en el título, en la caricia de promesas insinuadas en sus páginas. La canción de Springsteen, la serenata a Nueva York, la escuché en casa de mi amigo Rafa Roldán, en San Cayetano, en la Córdoba que ya no paseo como antaño, ni que conozco como ciudadano antiguo de sus calles.
Se escapan así las cosas, se fuga la brizna de sentimiento puro con el que descubrimos la genialidad de una canción, el arrebato sublime de su melodía, que se hospeda quizá para siempre en el corazón. Y hoy al volver al disco de Springsteen caí en la existencia de aquellos años de Universidad y me sentí hospitalario con mis recuerdos y los dejé fluir hacia el territorio mítico de la nostalgia. Estaban Antonio, Rafa, María del Mar, Auxy y el piano catedralicio de la serenata a Nueva York inyectando sencilla melancolía a ese capítulo de la memoria. Salvo alguna deserción, tengo todavía a quienes me quisieron entonces y me alegra infinitamente (lo sé) que veinticinco años después, de alguna forma no despachable en palabras sin caer en la cursilería, me siguen apreciando todavía. Y uno es feliz en esos deslumbres, qué quieren que les cuente.
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Who faster?




No tengo en casa ni un solo libro de Biomecánica y es posible que no lo tenga en la vida. Tampoco hay ninguno de Fisiología. De épica hay cientos. Uno puede encontrarla en gestas diminutas que no levantan pasiones en los titulares y que pasan desapercibidas para el público. Yo creo que Usain Bolt no corre para la grada: lo hace porque no sabe hacer otra cosa mejor que ésta. Hemingway, del que ahora leo cuentos, no valdría para un bufete de abogados. Insisto en el hilo técnico: un abogado no escribiría como Hemingway. Así que la proeza de anoche en Berlín es, en el fondo, la venganza de la Historia: uno, a cuenta de las historias que no le han contado pero que ha leído con interés, entrevé la figura de Hitler y la sombra veloz de Jesse Owens. Y la locura continúa décadas después: el negro derrota a todos los blancos. Es más: no había anoche en Berlín un solo blanco en los tacos. Negritud y músculo libre, la derrota de los límites previstos en la biomecánica. Que otros glosen la naturaleza mítica de esa rebaja del crono: yo no tengo argumentos con los que ocupar los renglones. Me quedo con la plástica y con esa certidumbre de que el hombre es un ser sublime, privilegiado, que se crece a capricho de la terquedad de su empeño y que mejora con el tiempo, cosa que a la vista de cómo vamos tirando pudiera parecer una tomadura de pelo. El Jueves toca final de 200 metros. No se la pierdan: por la épica, por darle al Führer un corte de mangas étnico.

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15.8.09

Jesus, he knows me...


La de plegarias atendidas que debieron sentir estos pesos pesados de la cultura americana del siglo XX. Quizá ninguna exenta de tributos pecuniarios. Al tipo de la izquierda le bastó susurrar el dolor del pueblo llano con su voz profunda, entonar himnos de redención y convertir su cancionero en una especie de recetario popular para curar las heridas del alma. Nadie mejor que él para aplicarse su propia medicina.
Johnny Cash fue un tipo difícil al que el azar le bendijo con la gracia de saber cantar para los convictos y meterse en su dolor y hacerlo suyo. Eso no es fácil: cuando uno es una estrella del pop o del rock se adivina una capa de dramatismo impostado y otra, más abajo, de impostura controlada, financiada o supervisada o patrocinada por los que gobiernan los hilos del show business, que debieron frotarse las manos al descubrir que podían construir un idolo de masas con mimbres populares, con historias de la calle, con la sencilla rendición de su provincianismo, de su épica anónima.
Johnny Cash llevó el country y el folk a las listas de éxitos en donde triunfaba el rock y el pop y sacó del ghetto gremial, de las praderas íntimas y de los desvencijados caminos vecinales que se esconden de las grandes autopistas y tutelan el verdadero espíritu americano, el que no lastiman las multinacionales ni el advenimiento de la decadencia, instalada en las ciudades populases, en sus avenidas sobrecrecidas de decadencia y de venenoso progreso. A Johnny Cash, el de la izquierda, no le tembló la moral cuando se dejó querer por los vicios capitalinos y se entregó sin ambages al destrozo físico a base de drogas y de alcohol. Tal vez vio en sueños que ese descenso
al infierno podría inspirarle más y hacerle cantar con más aplomo, demostrando en cada sílaba (sólo él sabía hacer eso) el peso de su experiencia, la rica retahíla de dolores que habían socavado su hombría profunda, su tristeza inteligente y bien explotada.
El tipo de la izquierda es el reverendo Billy Graham, un iluminado de los caminos que alfombran el cancionero de Cash. Uno de esos tipos que cree haber visto a Jesús y haber recibido el mensaje de sus labios directamente a su oído interno, el que está más cercano al alma, uno de esos mesías de la América profunda que vieron en el mensaje de la fe la vía para escribir ceros en su cartilla de ahorros. Elevó el sermón apocalíptico a la categoría de arte y asesoró a varios presidentes de los Estados Unidos. Siendo un mozo libre de pecado y limpio de temores bíblicos, fue obligado por su padre a ingerir cerveza hasta que la vomitara. Así se forjan personalidades duras, hombres conjurados a vencer las veleidades del alma sin otro sostén que un libro de libros y un voz que les dicta pasajes sublimes de la historia universal de la salvación eterna.
En los Estados Unidos de América pasan estas y otras cosas: un reverendo se granjea el favor del pueblo y rige los destinos de un país de modo que hasta los presidentes lo buscan, le piden consejo y terminan por asistir a todos los sermones que esos iluminados recitan ora presos de una sacudida mística, no seré yo quién ponga en duda los vericuetos fisiológicos de la fe, ora agarrados a un deseo irrefrenable de ganar pasta gansa y manifestar al mundo el mensaje recibido en privado, en orgía doméstica.
Cash y Graham son dos iconos indiscutibles. A mí me habrían encantado compartir con ellos una mesa de bar. El abstemio Graham y el ebrio Cash compartiendo el texto íntegro de su misión en el mundo. Los dos tenían una: el trovador investido de la gracia de la comunicación total con su feligresía, vendiendo discos, llenando auditorios, prisiones, creando una imagen nítida de un american hero, el self-made man que se aprivisionó de cordura y leyó la palabra de Dios, vestida de country, insuflada de aliento testamentario, contando a cielo raso, en iglesias, en tugurios de comarcal, historias sencillas que llegaban al corazón primitivo, no tocado.
Graham prescindía del vozarrón lírico de su amigo Cash: se bastaba con manejar una sintaxis engolada. La fe, la que nos venden en esa visión simplista de los medios, se maneja con un cierto tipo de vocabulario, que prende con extrema facilidad el entusiasmo popular. Graham, a pie de barra, con el amigo Cash, debía explayarse, a golpe de whisky, fumando, dejando marchar las horas bajo la vigilancia de algún dios caprichoso y rudimentario, embutido en un traje de barra y de estrellas, supervisor sublime de la creación mitológica de un país.
Graham tiene su web a pleno pulmón: ahí están las plegarias atendidas y las que faltan por cumplimentar. Están los diarios del líder espiritual y el peaje del trance metafísico: abone usted unos dólares y su conversión se producirá con más fluído empeño. La evangelización del descarriado precisa de estas aportaciones. Cash también tiene su página en la red, y te planta en las narices, nada más abrirla, un epitafio, un hermoso trabajo de los diseñadores que demuestra a las claras la raíz nítidamente religiosa del trabajo de este hombre, su filiación final, el destino al que encauza su travesía vital, pero a mí, lector ocasional de biografías, atento escuchador de los susurros que las biografías cuentan a quien presta oído, me fascina esa foto en la que los dos hombres miran con cansado desafío al fotógrafo. Me fascina, sobre todo, esa cruzada emocional a la que se entregan sin desmayo, el recitado bíblico en actos multitudinarios, la gentil ayuda para recabar fondos, la novela misma de la salvación de sus conjuradas almas. Nada nuevo: nada que no conozcamos aquí, en esta lejanía, pero en España la fe no escribe en el Billboard o en los 40 principales y los reverendos, salvo chabacanos y aturdidos por el ruido mediático, no se prestan al comercio puro, a la cobranza de los parroquianos por vías excesivamente heterodoxas. ¿O sí?
Tampoco tenemos un trovador como Johnny Cash. Grahams debe haber a manta, aunque se visten con otros ropajes y actúan con otro playback.

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14.8.09

El dolor carece de metafísica


Para lo que no se está preparado es para el dolor: el extremo te aturde, te avisa de la distancia que existe entre el la vida y lo que la acosa, y esa distancia es infinitesimal: el dolor es un festejo del mal y un tara inútil con la que certificamos nuestra naturaleza falible, ínfima, imperfecta, y tal vez sea mejor que nos gobierne toda esa fragilidad física porque el dolor carece de metafísica. Es un trallazo, una bomba de relojería alojada en los bucles del alma o en las blondas abismales del puñetero ADN.
En la forma en la que uno afronta el dolor se muestra mucho de lo que somos. El dolor es un paisaje que el cuerpo inventa para desheredarnos del entusiasmo razonable de vivir. El dolor, contrariamente a lo que pueda pensarse, a pesar de tener vínculos científicamente probados, no tiene nada que ver con la muerte. Se puede morir uno dulce y mansamente sin que una sola brizna de dolor se acuertele en el cuerpo saliente. Y nos educan para temer a la muerte, pero no hay una pedagogía del dolor.
Las religiones incluso lo avalan como tratamiento contra los excesos mundanos. Ya sabemos que la fe es un potente afrodisíaco mental, una pastilla de gozo puro que espanta la bestia políglota que nos revienta por dentro. Hoy pensé en todo esto mientras que el dolor se hospedaba , soberbio, una pizca cabrón, en mi riñón y me contaba historias antiguas, transmitidas cromosómicamente, desde la fiebre primera de los tiempos hasta esta madrugada infame, inútil, qué quieren que les cuente, en la que he sido huésped incómodo de las Urgencias de un Hospital y en donde he comprobado, una vez que el dolor remitió por obra de la bendita química ,que estamos preparados para atrinchernos contra el dolor, pero no para salir de la tierra sucia de sudor y barro y hocicarnos contra él, enseñándole quién es el que manda en casa. El otro dolor, el moral, ése está más al día, nos invade con más frecuencia, se instala sin estruendo en el chasis, en el alma, en ese desprevenido refugio en el que somos limpios y nobles y razonablemente buenos. Y ahí estoy, extenuado, asustado, confiado en que el dolor se aburra y huya como sepa sin que el rencor o el peso de la costumbre le fuerce el regreso y me vuelva a desocupar de mis vicios, tirándome de cabeza, en mitad de la noche, por esas carreteras de la Junta de Andalucía, buscando analgésicos. Básicamente analgésicos.

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9.8.09

Atlas



Hay obsesiones que las dicta la razón y otras que provienen más directamente de la parte que con más fiereza se enfrenta a ella. Entrado como estoy en kilos, fondón en escorzo, en plano cenital y mirado desde el dedo gordo del pie, quizá debiera pedirle asilo estético a este ejemplar único de hombre reconvertido que se exhibe en la playa, atrincherado en los réditos de su jefatura excedente, lejos del vértigo monclovita y de los tejemanejes viscerales de la calle Génova. Debiera, insisto, en practicar tablas de gimnasia que conviertan mi estómago, blando y orográficamente convulso, en una perfecta plancha de acero. A lo mejor con los años cedo al instinto puro y duro de la especie y me reinvento entre abdominales y otras desviaciones de la pereza atlética a la que ahora tan triunfalmente dedico mi ocio. En ese caso no dudo que pondré en mi moleskine mental la estampa heroica del amigo José María, que todavía tiene tiempo para conferenciar allende los mares, perfeccionar su dominio del inglés (si eso puede ser posible) y esperar agazapado a que las circunstancias dentro del partido exijan el regreso de su más cuidado icono a la vista de que los oficiantes que ahora litigan por conseguir la confianza del pueblo no cuajan y se pierden en trifulcas de patio de vecindonas, en conspiraciones de novela de Le Carré, en todo ese barbecho político que espera al sembrador genial que lo haga florecer y estallar de luz a imagen y semejanza de quienes antaño lo elevaron al esplendor máximo. Y ahí estamos, agazapados, despachando a pie de playa los asuntos propios de la casta, ejerciendo de faro de la moralidad en Occidente. Yo, a distancia, observo, mido mis fuerzas, recapacito, conservo la templanza y confirmo mi absoluta fe en mis limitaciones. Es que me hicieron de otra pasta y no me educaron para otra cosa que la muy tímida y corta que soy.

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Todo va bien

Mantengo escasas convicciones en materia política porque la vida civil enseña a descreer de que un mundo mejor es posible y que podemos erradicar o al menos paliar las pandemias que lo desangran. Las últimas de esas convicciones caen sin estrépito y uno se malconvence de que el ser humano es un animal chusco en el fondo, que atina esporádicamente y exhibe altura moral y estética, aunque sean briznas, episodios sueltos de una novela cuyo desenlace es siempre terrible y alfombra de muertos los títulos de crédito. La política va dejando de ser un instrumento de lo razonable y de lo mesurado, de lo atenido a justicia y a equidad y se va enfangando de cuchilladas a traición y de mercenarios titulados, limpios de sospecha pero capaces de aliviar su tedio burocrático y su promesa de servidumbre social a beneficio de caja, la propia, que termina siendo uno de esos pozos sin fondo que ilustran los cuentos que abastecen de miedo atávico a los niños impresionados por la oscuridad. En política la oscuridad es el destino, aunque haya nobles obreros que empeñen hasta el alma por asear la cara al oficio y se obcequen en cumplir (sin más) la normativa y la confianza depositada en las urnas. En verano, la política nunca sale indultada: la atrofian más, la enturbian, la convierten en un sainete lamentable, en un ópera bufa, en un apaño resultón y hueco. Nada hay en la prensa política que llame a la ilusión, pero tal vez la ilusión no sea un componente intrínseco a la función política y aquí sólo se alegra y refocila el que recibe una prebenda, le arreglan las farolas de su calle o confía en que sigan las cosas como están porque incluso en tiempos de crisis puede seguir pagando la factura del plus y la banda ancha, las vacaciones en Torremolinos o el convite en la comunión de sus hijos. Quizá por todo esto algunos políticos alcancen en carisma y en glamour a ciertas estrellas del espectáculo. Por eso, aunque acepto que es un argumento muy liviano y simplista, Obama prende el corazón de una ciudadanía diezmada por los truhanes, hecha a que le malogren las esperanzas que brotan grácilmente de los programas electorales, convencida de que el gremio de los que gobiernan no está casi nunca a la altura de las circunstancias y, por último, consciente hasta el desmayo de que la culpa de esta tibieza en lo público nace precisamente en lo público, en la apatía de una sociedad acelerada, negada al entusiasmo, débil a la hora de envalentonarse y plantarle cara al vaciamiento progresivo del Estado del Bienestar, sea esto lo que sea, que yo no acabé nunca de entender cómo es posible que el despilfarro conviva con la precariedad o incluso con la pobreza más antológica y nadie se lleva, por lo menos, las manos a la cabeza y ponga freno al desmán. Cuando nadie me refiero al político sensible, al que le dimos instrumentos para vencer estas disfunciones del sistema, pero ay, ese político está más ocupadísimo en poner o en probar que hay micrófonos ocultos, cámaras chivatas, espías estivales que distraen del quebranto verdaderamente relevante: la miseria, la anuencia de que un poco de miseria es inevitable y de que un poco de despilfarro conviene para que la vida parezca que va de puta madre. Está uno un poquito harto y todavía hay fondo que llenar y más hartura que exhibir.
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6.8.09

Bill ficha por la Marvel



La prensa, en verano, viene flaquita, pero siempre hay titulares magros, frases antológicas, fotografías que te incomodan la digestión o hacen que no puedes descabezar el sueño después de una paellita en el chiringuito de la playa. Descubrimos que hay un mercado para la transacción de fluidos corporales entre famosetes y un ejército de operarios a pie de fornicio para extraer el documento gráfico explicativo. Se trata, en el fondo, de compensar el ferragosto informativo con la morralla frivolona que engolosina la parte más gris del cerebro, ésa en la que acumulamos el óxido de la realidad, la cochambre, el moho, todo eso que atenta contra el buen gusto pero que engorda la líbido y evita que caigamos en pensamientos de mayor hondura metafísica. Leemos, por ejemplo, que Kim Jong-il, el reyezuelo norcoreano, ha liberado a dos periodistas norteamericanas presas en su país merced a la injerencia mediática de Bill Clinton, que es el marido de la secretaria de Estado del Gobierno de Obama.
Clinton es un señor fotogénico, curtido en los entresijos de la diplomacia, que igual sirve para asistir a un concierto de Bruce Springsteen y cantar Thunder road tocado por la mística de su emotiva letra que blandir las barras y estrellas de su patria y entrar con toda elegancia en la misma entraña de la bestia y rescatar a dos conciudadanas sin verter una sola gota de sangre. El indulto descabeza al monstruo nuclear durante, al menos, un par de horas y exhibe la musculatura política de Obama, aunque la Casa Blanca se haya explayado en desmentir que el Presidente haya terciado en el asunto. Nunca entendemos las maniobras de estos paladínes de la política. Personalmente, no entiendo la política: entiendo algunos fragmentos, la trama deshilachada, las huellas que la política va dejando en la arena, pero no el peso que la crea. A mí Clinton siempre me cayó estupendamente. Y en esa ignorancia mía de la alta política, la empatía surge a nivel doméstico, a caballo entre las acometidas de saxo en pequeños clubs, entre amigos y todo eso, y la iconografía de la histórica mamada que la becaria le practicó a beneficio de columnistas desprejuiciados.
Clinton, en Corea, es un héroe de la cruzada humanitaria que Barack Obama está realizando urbi et orbe. A ver si le da al hombre por dejarse caer por el País Vasco y convence al colectivo etarra sobre la incoveniencia de insistir en el tiro en la nuca y en la bomba lapa debajo de los coches oficiales. El tirón mediático tiene esas cosas: hasta el más infame de los terroristas puede tener, debajo del blindaje emocional, un corazón que late, uno capaz de interrumpir la ira y bombear ternura, no sé, la que despierta Clinton cuando se pasea por las trincheras de todos los conflictos y abre su recetario de gestos, de frases. Esa sutil vara de mando debe exportarse a todos los confínes del mundo.
Gente como Clinton perfuma el verano de épica. Al caer la tarde, en las piscinas de los apartamentos costeros, las consuegras leídas, las que se levantan revisando la prensa y oyen por la noche las tertulias más enjundiosas, hablan maravillas de Bill, el campeador, le perdonan la infidelidad conyugal y concluyen felizmente la cháchara regalando al aire cómplice (suele pasar que en las piscinas uno lo oye todo si presta un poquito de atención) bendiciones a este caballero cabal, delfín de las causas nobles. Yo, por mi parte, me levanto de la toalla y me zambullo en la piscina, me hago unos largos (un par, no crean, no da la cosa para alardes ni tiene sentido mentir en este rinconcito de amigos) y me seco al sol sabiendo que los superhéroes de la Marvel, en estos tiempos de zozobra digital y caos analógico, tocan el saxo y en lugar de enfundarse mallas de colorínes exhiben trajes de Armani, muy caros, eso sí, aunque tal vez con la factura justificada, vaya a ser que también en las Américas tengamos un Camps desprevenido, inocentón, ignorante, burdo en sus pocos alcances, sin la cohorte de incondicionales que jalean el desliz textil, pero nuestros políticos, incluso los mejor vestidos, no se aprestan a estas cruzadas valerosas y echan agosto como pueden, capeando la crisis, inventando ventiladores, convidando a tinto de verano a quienes les piden cuentas. ZP, el reformador del reino, babea, alucina, se imagina en estas aventuras extremas de la diplomacia, se ve ahí, junto al líder pequeñito de esa franja del terror, contándole la teoría de la alianza de las civilizaciones, que es uno de esos relatos en los que se faja como Dios en sus nubes y levanta pasiones entre la feligresía progre. Démosle tiempo y unas mallas.
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