31.1.19

Galería de favoritos 3 / Jorge Luis Borges


                                                            Fotografía: Richard Avedon


Caigo en la cuenta de que ha tenido un exceso de Borges. No debe inferirse que no hubo exceso de otros. A veces se tiene cabeza para mantener más de uno e incluso atenderlos con esmero y hacer que concurran otros. Todo con tal de no perder el hilo de las cosas. Lo de Borges fue el hilo primero. Tiré de él casualmente. No vino nadie a decirme que lo leyera, ni vi a nadie leerlo. Ni siquiera sabía quién era ni lo que escribía. Creo que fue un libro de Alianza, en su colección de bolsillo. Me pareció inquietante el título: El Aleph. Sin saber cómo, las palabras nos invaden y no manera después de apartarlas. Se quedan ahí adentro, hacen fortaleza, continúan sin que tengamos certeza de ellos. Acaban volviendo, se presentan por las buenas, no piden permiso. La propia palabra Borges es una de ellas. De él, al principio, en las traseras de sus libros, me fascinó la cara, no la joven, un poco como todas, sino la de anciano, cuando lo devastó la ceguera y se le estragaron un poco las facciones. Es curiosa la manera en que entramos en la literatura o en las pasiones. Es una brizna de sentido común la que invita a entrar, pero luego no hay nada que pueda considerarse fiable. A Borges lo sigo leyendo treinta años después. No sé si es releer lo que hago. Probablemente no. Me parece que son primeras lecturas lo que en realidad no lo son. Le pasa a Borges como al jazz: que tiene aristas nuevas, puertas que hemos visto, pero a las que no hemos accedido, un poco por no haber sabido y otro poco por saber que podíamos franquearlas más adelante y que lo que contuviesen (algún prodigio, algún laberinto, alguna aventura) continuaría esperándonos. Borges espera siempre.

Copio de nuevo el poema que escribí hace años sobre Borges. Le añado líneas cada vez que lo releo. También las quito. Es un poema que no acaba nunca. Por eso lo añado ahora tal vez.


BORGIANA

El tigre, ebrio de rayas y de hondura,
el laberinto de los efectos y de las causas,
el azogue en el infinito espejo,
el alba en una quinta porteña,
el fuego que purifica,
la conversación entre jazmínes,
los nombres de los libros no leídos,
Whitman en un bosque, pensando en Dios al mirar un árbol,
los arduos alumnos de Pitágoras,
el tiempo feliz de las espadas,
la delicadeza del ocaso en un desierto,
el Ganges, donde todos los seres humanos nos hemos bañado,
el Golem, la arcilla primordial, el poeta vacío,
la trivial creencia de que moriremos enteramente,
el jardín de senderos que nos bifurcan,
la rosa de Milton, su tacto al despertar,
todas las permutaciones invisibles de la ficción,
los poetas menores de una perdida casta de poetas,
los reyes antiguos en sus tronos de odio,
la espléndida bondad de los adjetivos,
el hoy fugaz y el ayer ya eterno,
el olor acre de la sangre en la noche,
Homero y todos los griegos cabales,
la alquimia secreta que inventa un dios en el oro más puro,
los arquetipos y los esplendores, 
el destino de ser siempre uno mismo y saberlo,
los ángeles hablando con Swedenborg por las calles de Londres,
la ilusión de que existió un principio para todas las cosas,
la muerte de un hombre en el campo de batalla,
el épico sueño de soñarse,
la gloria inversa del traidor en su postrer patíbulo,
un libro entre los libros,
un río inconcebible ahondando su cauce en la memoria,
los días persiguiéndose,
la fiera en el negro crepúscula, acechando,
el otro en un banco a la vera de un río, fabulando,
la Inglaterra tejida en pesadillas y en torres gloriosas que miran al mar,
la custodia preciosa de las palabras,
el eco de Virgilio en el Ulises,
la luz encendida que nadie ve salvo Dios
la ardua escritura de un evangelio apócrifo,
el elogio de la sombra,
el secreto centro del cosmos, que es una sílaba de la divinidad,
el álgebra hermosa y la cábala dramática,
el consabido y no apreciable manejo de unas destrezas al coronar la vejez,
el plano del universo bosquejado por Schopenhauer,
la triste lluvia en el frío mármol,
la luna ajena y la que te persigue,
los haikus del amado Japón,
Abel o Caín dictando un cuento infinito,
Shakespeare descendiendo al corazón del hombre,
el alma cautiva en el frágil cuerpo,
el hidalgo hechizado por caballerías y por amores,
el ciego indice de cosas que no alcanzó,
el amor, del que se ocultó o del que huyó,
la sangre gaucha, su fe en el mate, la patria más íntima,
la métrica metálica de las sagas normandas,
la fantasía de Coleridege con una flor como prueba,
el eco marcial del apellido paterno,
la cierva que cruzó un segundo el sueño y no volvió jamás,
los prólogos y los epíligos monumentales de los libros,
el goce interminable de la memoria, que trae batallas antiguas y trae oro en un cuenco,
el puñal impaciente de Marco Junio Bruto en la pluma del bardo inglés Shakespeare,
un escritorio de caoba que guarda unas cartas de amor que nunca se mandaron,
las comunes frivolidades del vivir y la certera brasa de la muerte,
el convergente, divergente y poliédrico Aleph en un sótano en la calle Garay,
el emperador chino que mandó quemar todos los libros anteriores a él,
la línea de Verlaine en la memoria de un bibliófilo,
el mar registrado en una runa,
el imposible fervor del sexo,
la historia íntima de la infamia,
la felicidad que precede al caos,
la diversa enumeración de prodigios del mar,
la clepsidra en un cuento antiguo,
la memoria y el olvido de los muchos días,
el sur para velar a un muerto,
la sórdida noticia de una venganza leída en un periódico,
el eclesiastés recitado en la oscuridad,
el hierro de los clavos del judío,
la errancia y el refugio de un poeta,
la patria en su pompa de mármol,
el Islam, siglos de espadas, disciplina y agua,
el hábito de un aljibe,
los ayeres como si fueran uno solo,
el goce de los laberintos,
las trompetas del día final escuchadas por un teólogo,
la música, en donde es posible que estén las demás artes,
las vastas enciclopedias de los hombres,
el panteísmo, ah el inevitable panteísmo,
la ballena blanca en la oscuridad de su dueño,
los pulcros hexámetros latinos que tutelan el ingreso en un sueño,
la suma de todas las cosas que hacen al hombre ser un hombre,
el peso de la moneda en la boca del muerto,
el cofre de joyas en el patio del soñado,
las sílabas en las que se esconde el nombre de Dios,
todas esas sutiles cosas, y otras que no sé y otras que no nombro,
son las que le hicieron ser Borges.


Escribí esta borgiana en un patio encalado, emboscado de pinos, y a la vera del mar, en Marbella, hambriento de libros, gozoso en todo lo demás, perdido en mi memoria y en un deseo absoluto (no más adjetivos, ninguno es bueno) de volver a leer todo Borges. Como tributo cuelgo este poema. Pido (como Kavafis) que el camino vuelva a ser largo. No me importa no llegar a la última línea. No se acaba nunca el libro. Es de arena. Eso es. Es de arena. Algunos alumnos míos ya saben que soy de Borges. Con lo pequeños que son. 

The Beatles en la azotea


Ayer hizo cincuenta años que The Beatles subieron a la azotea de Apple Records y dieron su mítico último concierto. En poco más de cuarenta minutos y después de tres años largos de no tocar en directo, The Beatles decidieron hacer algo que nadie esperaba y decir adiós en ese gesto inédito.



En "Curso de escritura automática" (DeTorres Editores, 2017) hice un poema sobre estos cuarenta y tantos minutos.



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ABBEY ROAD


Me gustan los Beatles
en la azotea de la Apple
haciendo un salmo,
la literatura rusa,
los tankas de Borges,
las cantatas de Bach con mandolina,
los cuartetos de cuerda de Brahms,
la palabra alambique,
los mcguffins de Hitchcock,
la cara inflada de Satchmo,
el dolor cuando acaba,
el olor a gasolina,
los parques a la caída de la tarde,
la luna sobre la calle Bourbon,
los posos del café,
los vasos anchos para el whisky,
el cielo antes de que rompa en lluvia.

Me hago cargo
de que no puede estar uno la vida entera
en estas distracciones.
Caigo en la cuenta
de que las horas cobran sus tasas,
el arancel previsible.

Se queda uno en la periferia,
en la luz limpia de la dicha pura.
El tiempo es el buey desollado del cuadro de Rembrandt.
Lo ves a diario aunque no lo veas nunca.
Tampoco vi a los Beatles en la azotea de la Apple.
Fue su último concierto. Tocaron Get Back.
El rock and roll para el tráfico,
pero Scotland Yard censuró el concierto.
Siempre está la autoridad haciendo que sintamos
la culpa, el pecado, ese arrepentimiento de lo que no hemos hecho.
Siempre hay alguien que te estropea la fiesta.

A veces no sabe uno a qué atenerse.
Si al sentido común o al correr de la sangre.
Si al vértigo o a la fiebre.

30.1.19

Dibucedario de Ramón Besonías 19 / Z de Zurbarán


Por Zurbarán sabemos que no hace falta sufrir para alcanzar la gloria, ni que la adusta evidencia de la pobreza es la constatación de que quien la exhibe está más cerca de la santidad y recibe de ella la efusión de su bondad. Las santas vírgenes de sus cuadros no tienen mística, ni su cara está cruzada por ningún sufrimiento. Dios las espera con sus mejores ropajes también. Es la versión aristocrática de la eternidad, en la que los elegidos tienen el alma limpia, han vencido la tentación y probado los dones de la pureza. Contra la voluntad de su padre, la después Santa Casilda escondía en sus ropajes los alimentos con los que pretendía socorrer a los cautivos cristianos, pero el milagro hizo que tornasen rosas y  así no fuese descubierto el apaño y se truncase el heroico gesto. Los milagros no sólo suceden en la periferia del alma, sino en su centro más hermoso, en donde se concita la belleza y la dignidad más altas. Las santas de Zurbarán no se arredran frente al mal, ni les causa daño, no se les estraga el rostro. Visten con distinción, saben con qué tapar el cuerpo, esa casa en la que se guarece el espíritu y en donde batalla a conciencia las embestidas continuas de la adversidad. Las tinieblas no son de este mundo, parecen decir las bellas damas. Sólo la belleza puede apartarlas, es ella a la que se le encomienda el oficio de que flaqueen y perezcan finalmente. Seguro que el Santo Oficio reprobaba la osadía del pintor. No era visto que una santa no lo pareciese. Debía serlo y confirmarlo en cada gesto, en cada pequeño detalle de sus vestiduras, todas decentes y estrictas, ninguna atrevida ni suntuosa. Santa Casilda no parece de ese mundo, ni probablemente de este tampoco. Ya no hay santas, no se prestigia la santidad, vista uno con estilo y opulencia, a la moda o lo cubran las más modestas ropas, justo las que no distraigan del oficio principal, las que más cuadren con la comisión de los milagros.

29.1.19

Dibucedario de Ramón Besonías 18 / G de Gartantúa




No sabe uno si es más de Pantagruel o que de su padre, Gargantúa. Los dos tienen a veces ascendencia en mi carácter. Lo primero que fascina es su contundencia fonética, esa sonoridad ya poco traída. Ya no hay nombres con esa vehemencia, no se estilan, serán exclusivo festín de aficionados a la novela francesa del siglo XVI (o cervantina, pongo por caso, y, con más atino literario, los que disfruten (hemos disfrutado) de Rabelais, creador de estas dos criaturas extraordinarias, pantagruélicas, valga la forzada redundancia. Tampoco hay fabulaciones en las que se despeña la escritura y se hace zafia y grotesca, no al modo incivil en el que se menosprecia el lenguaje o se escatima la riqueza léxica, sino cuidando con esmero la construcción del relato, mimando a los personajes, dejándolos campar a sus anchas, ir a su antojadizo capricho, convertirse en el arquetipo de lo que precisamente se desea zaherir, que es la moral de la época, su hipocresía, todas las convenciones puritanas de la sociedad en la que vive Rabelais, sabedor (como poco) de la importancia de la literatura como ariete inquisitivo, venenoso. No habiendo caído enteramente en el regocijo de los cinco libros de la saga pantagruélica (por decirlo con doble sentido) me quedo con la impresión que me produjo antaño (hace quizá demasiado tiempo) la lectura de las aventuras (más son las desventuras) de este gigante bueno en el fondo, que arrambla con todo lo que se pone por delante y engulle con absoluta voracidad (en eso el autor es explícito y muy certero) las bondades de la carne y del espíritu. Ahora no hay mucho gigante, los que se dejan ver o hasta los que se exhiben no gastan los rudimentos de los de antaño, son personajes que dan miedo por circunstancias que no precisan del concurso del tamaño, ni del apetito, aplicado el apetito a cualquiera de sus gustosas artes. Son gigantes de otra pasta, por decirlo a la moderna manera: se creen dueños del mundo, lo son en muchos casos, pero sólo desean poder, esa cosa abstracta y abyecta a veces. No quieren zamparse niños en la puerta de las escuelas (que es donde más daño hace la ingesta de los infantes a ojos del pueblo) sino impedir que crezcan o que se eduquen. Perpetúan así su reino, aseguran que su descendencia tendrá el mismo predicamento social. Ahora estoy escuchando de fondo (se oye la tele desde la cocina) cosas de gigantes, historias de lo que dicen y consecuencias de lo que hacen. Yo soy más de Rabelais o de sus hijos, da igual cuál. Al menos tenían buen corazón, no pretendían hacer el mal, sólo padecían los voluntos de su instinto.

28.1.19

Dibucedario de Ramón Besonías 17/ Y de Yellow Submarine



El peor disco de The Beatles, a decir de cualquiera, pero el primero que yo tuve, en rutilante vinilo, sin que me echara abajo la cinematográfica cara B, instrumental, sin que una sola canción me pareciera ni remotamente parecida a ninguna otra que yo pudiera haber escuchado. Así que apliqué todo mi ímpetu en la A y la machaqué una y otra vez (como suele hacerse cuando algo entusiasma y tienes pocas cosas que de verdad te entusiasmen, discos en este caso y en aquella época) hasta que resultó inaudible. La película la vi mucho después. No tengo ningún recuerdo suyo salvo el de no sentirme decepcionado del todo. Al submarino amarillo tal vez se le ha dado más cobertura de la precisa, pero es nuestro, nos pertenece, hemos surcado los mares de verde (sea of green) y hemos vivido bajo las olas (beneath the waves), lo cual no es cosa desdeñable. Nuestros amigos están a bordo, sí, los que viven en la puerta de al lado. Se ve hasta una banda tocar. No creo que el surrealismo naïf de Lennon y McCartney precisa más elucidación. Es una pieza cantabile, sin mayor oficio. Llevamos la vida entera tarareándola.

27.1.19

Dibucedario de Ramón Besonías 16 / S de Saxo


Lo que de verdad impone es el contrabajo, aparte de un piano de cola. Charles Mingus era un contrabajo en sí mismo, aunque recorriera los aeropuertos del mundo portando el suyo, rivalizando con él en desmesura. El piano es mi instrumento favorito. No encuentro en los demás los matices que encuentro en él. Bill Evans o Michel Petrucciani o Keith Jarrett (tres de los grandes) tocan el piano como si sus dedos cortejaran una piel ajena o, llegado el caso, lo violentan como si esos dedos anhelaran extraer algo que ninguna delicadeza podría hacer emerger. Hasta ahí bien. Es una especie de confesión exprés sobre mis inclinaciones en lo tocante a instrumentos, pero el saxo es otro asunto, va por otro lado. Lo ideó Sax cuando deseaba hacer un clarinete con mayor presión sonora y la misma dulzura. Hubo una época en que trataba de discernir el soprano del alto, el tenor del barítono, pero tampoco me apliqué más de la cuenta. Aclamado por Berlioz o por Rossini (nació a mediados del siglo XIX), fue sin embargo relegado a un plano secundario en la música clásica. Lo sacó de su ostracismo el jazz. También las fiestas de pueblo o las de barrio. La de amores que habrá sellado indeleblemente. Es un decir eso de lo indeleble. El saxofón (es más sonoro su nombre completo, no el apócope) es el Bolero de Ravel o la Rapsodia en blue de Gershwin o Cuadros de una exposición de Mussorgski, que recuerde ahora, pero también es One step beyond de Madness, esa locura en la que los pies no pueden estarse quietos un momento. Adoro esa canción. La he puesto en mis sesiones ocasionales de DJ en festejos domésticos, ustedes ya me entienden, cuando los amigos nos ponemos a bailar y dejamos que todo lo demás cobre una importancia menor o no tenga importancia alguna. Cuando uno quiere es muy de ska, pero ahora prefiero a mi saxofonista favorito, con permiso de Ben Webster o John Coltrane o Stan Getz. ¿No oyen de fondo a Charlie Parker?

26.1.19

Dibucedario de Ramón Besonías 15 / W de Woody Allen


Las malas películas de Woody Allen me parecen buenas. Hasta hay días míos que no soporto y a los que debo la gratitud de que existan. Woody Allen, a pesar de las habladurías, es una parte de mi galería de personajes honorables.  He escrito personaje a sabiendas. A veces pienso que Woody Allen no es un ser real, un individuo que toca el clarinete, titubea al hablar (en el cine y en la realidad, se desquicia con su madre, ama el sexo casi por encima de todas las cosas, piensa en la muerte sin que eso le arredre su afán de vivir, adora a Ingmar Bergman, está enamorado de Manhattan, mete cuando puede un rabino en sus comedias, se vuelve loco con el jazz de las grandes orquestas de los cuarenta y ocupa titulares por razones que no tienen nada que ver (o sí, a ver cómo podría saber yo algo más de lo que se me cuenta) con la imagen que exhibe. No es todos esos woodyallens y es todos ellos de un modo maravilloso y proteico. No hace la misma película, a pesar de lo que algunos entendidos proclaman. Cada una de sus películas, incluso siendo la misma, es diferente. Yo las he visto todas, algunas más de una vez. Va para doce años que en la cabecera de mi blog (El espejo de los sueños, un diario de jazz, cine y poesía) mantengo la imagen de Manhattan. No la cambio. Estará ahí hasta que cierre la página y no escriba más. No la quitaré nunca. De algún modo, cada mañana, cuando escribe en ella, me siento en Manhattan. Iré algún día.

25.1.19

Dibucedario de Ramón Besonías 14 / N de Noir


No se debió escuchar mucho a Strauss en Viena en la Segunda Guerra Mundial, imagino. Tampoco en los grises años posteriores, cuando se parceló la ciudad y alambraron las calles. O tal vez ande uno equivocado y los gramófonos de la época sí que gastaban los discos de valses: un poco para atenuar el ruido de las bombas o de los disparos y otro poco para provocar la ilusión de que la ciudad era una una continuación de parques y de palacios, con la intromisión bastarda de algún burdel o de una taberna de artistas o de psicólogos. Una vez acabó la guerra, Viena se convirtió en una ciudad de fulanas y de soldados: fulanas rusas, americanas, francesas y alemanas y soldados de esas mismas estresadas y combativas nacionalidades, mancomunadas todas en la vieja ciudad de los bailes de salón y la pompa de la aristocracia. Ahí es donde llega Rollo (Holly en la película) Martins, un tipo que escribe novelas baratas del Oeste bajo seudónimo, como una especie de Clark Carrados de la Guerra Fría. Tiene pocas libras en el bolsillo y la promesa de que un amigo le dará un trabajo. Viena no es un idilio de ciudad, pero no se arredra, hace lo que puede, pasea por la nieve, bebe, se enamora de la novia de su amigo, a quien entierra dos veces. El Tercer Hombre no es sólo un noir maravilloso, sino una maravillosa historia de amor en la que quizá nadie acaba siendo amado. Suele pasar. La noria del Prater observa desde arriba, gira y observa.