12.11.19

Galería de favoritos 105 / Julio Cortázar



No basta con ser un cronopio todo el tiempo. En ocasiones uno debe esmerarse y adquirir rango de fama. Leí a Cortázar cuando me importaba muchísimo ser una cosa o ser la contraria, cuando imaginaba (con inocencia, con ignorancia)  que los demás medían mi influencia bajo el criterio del libro que estuviera leyendo o por la ristra de autores que fuera capaz de nombrar en una conversación de bar y de los que extrajese alguna frase memorable. Todos los letraheridos de entonces (lo éramos) teníamos recursos, cierta facilidad en dar con un pasaje o con una frase deslumbrante. Hace treinta años de esas escaramuzas intelectuales de medio pelo. No sé ahora si Cortázar tiene frases memorables. Está la travesía de La Maga por París, el andábamos sin buscarnos, pero andábamos para encontrarnos y poco más. Lo importante en Cortázar era la actitud combativa con el lenguaje, esa composición del encuadre narrativo en donde importa más el modo de contar las cosas que todo lo demás o donde, bien mirado, solo era remarcable cierta impresión global, no los detalles, la trama decimonónica, el listado de circunstancias favorables al relato, bien ensambladas. Rayuela está adorablemente mal ensamblada o, escrito de otra forma, no hay novela que esté mejor ensamblada que Rayuela. Hubo un momento en que me dije no volver a leerla nunca. De momento, a mi desgracia, cumpliendo a rajatabla compromiso tan absurdo, no he vuelto a perderme en su delirio topográfico, en toda esa rendición de lugares y de sucesos que se atropellan y convierten la lectura en un viaje, como casi todos. Hay mucho que leer y a veces conviene distraerse con las novedades, pero ya no hay clásicos. Uno mira a Cortázar y ve a Dostoievski o a Mann o a Proust. Se tienen a los cuatro en la misma balda, compartiendo la gloria perdurable, no el esplendor efímero de las ventas o el capricho evanescente de una moda. Yo creo que es el tiempo el que juzga. Nunca ha sido de otra manera. Es el que deja todo en su sitio, en el sitio al que cada artefacto cultural o cada emoción privada y personal debe estar. No he dejado de escuchar a Charlie Parker desde que me lo descubrió la novia de un primo mío. Recuerdo la fascinación del hallazgo, la ingesta dulce de esas briznas de gozo, que no gozo entero aún, toda la promiscuidad del jazz colándose como un torrente de luz, iluminando. 

10.11.19

Galería de favoritos 104 / Atticus Finch



Harper Lee escribió un libro para esconderse dentro un evangelio cívico donde la redención del pecado era sustituida por el pago del delito. Atticus Finch, el hombre bueno por excelencia, bueno machadianamente, bueno bíblicamente (aunque eso de calzar la Biblia tiene muchos matices), bueno a salvo de todas las imperfecciones del mundo, es también el hombre cabal, el imperturbable, el conjurado, el trascendente al modo de algunos personajes de Frank Capra. Lee registró la historia de un abogado contra el Sistema, contra una sociedad cafre, incivil y escandalosamente injusta, las tres puntas son el mismo dardo. Atticus es para siempre el impecable hombre vestido de blanco, con gafas de pasta que Gregory Peck inmortalizó en Matar a un ruiseñor. La he visto muchas veces y sé que tengo que verla muchas más. Ahora de nuevo como cura, como evidencia de que un mundo mejor es posible y todo eso que uno se cuenta cuando ve que las cosas ahí afuera se están liando en exceso y que no tenemos aguante para casi nada, aunque el aguante posee sus matices también, cómo no.
Hacen falta algunos Atticus en estos días atropellados. Atticus sin tacha, Atticus que no flaqueen en la comisión de la justicia y del bienestar, aunque el personaje sea un arquetipo tal vez sobre dimensionado y etéreo. Porque hay también de eso. De algún modo Atticus simboliza la verdad sobre el caos que genera la mentira, hace pensar que un hombre solo puede derribar los altos muros de esa injusticia que campa por la tierra y se hace fuerte sin que la debilidad (que la tiene) triunfe. Luego está la verdad de la infancia, su limpieza. La enturbia la experiencia: de ahí la valía de la educación, la restitución de unos valores, la enseñanza primaria de que todos somos una pieza del mecanismo de la sociedad o de la realidad, viene a ser lo mismo. Lo de hoy (voto en un rato) es un ejercicio cívico al que a veces no se le da la nombradía que merece. Cuando uno vota, en ese instante, es un arquetipo, un símbolo, un adalid solitario de un sentir mayor, el de intervenir en la realidad y sentirse parte de ella. Resta que no se desmorone la festividad una vez se recuenten los votos y los elegidos se desentiendan de la cosa encomendada y barran hacia adentro en lugar de limpiar en todos lados

9.11.19

Galería de favoritos 103 / Humbert Humbert




I
Humbert Humbert siempre me pareció un pobre hombre. Nunca le tuve como uno de esos personajes a los que se les procura afecto y de los que uno extrae enseñanzas nobles y maneras con las que ir sorteando los avatares de la existencia, pero era admirable su franqueza en la comisión del delito. Me pareció ya desde las primeras páginas de Nabokov o en las escenas que abren la Lolita de Kubrick, un hombre desgraciado que comete la vileza de encariñarse de un nínfula, a decir suyo, de una niña metamorfoseada en su cabeza en un objeto idílico y fervorosamente concupiscible. Humbert Humbert es también un miserable. La belleza con la que aspira a ser juzgado, ese ideal de belleza clásico, imposible de racionalizar, se empecina a veces en malograr la vida de quien la siente y de algunos que le rodean. Es la idea antigua de que la belleza, en el fondo, es un elemento hostil y causa dolor y acarrea llanto. Y será convulsa, o no será, como dejó escrito Breton. Es también la idea - no necesariamente antigua esta vez - de que la belleza es una adicción al modo en que lo son ciertos elementos químicos y actúa como lo hacen ellos y precisa desintoxicación en la medida en que se precisa con ellos igualmente.


 II
Yo creo que una de las funciones del buen librero es precisamente es la  de jugar con el lector, la de ofrecer una parte de la trama, escamoteando quizá lo relevante, evitando que el comprador se distraiga con información secundaria o incluso que no caiga en la cuenta de que el propósito del libro (todos tienen uno) es otro, distinto al evidente, más subversivo y temerario. A mí siempre me gustaron los libreros que dejaban caer una confidencia personal, pero también he conocido alguno que te destripaba la historia o te torpedeaba la compra con anécdotas sobre las circunstancias en que lo leyó o de cómo le marcó. Sé dónde compré Lolita. Era una pequeña librería/papelería de barrio que ya no existe, ocupada por los universitarios de la facultad de Magisterio, que tampoco está ya, aunque el edificio, uno alto, de un minimalismo atroz, sigue ahí, erguido como un símbolo de algo que irremediablemente sucumbió a la atracción de la periferia, como los cines de barrio y las pequeñas tiendas de comerciantes modestos. Ahora, treinta años más tarde, más tal vez, solo perdura Humbert Humbert y mi Lolita:  la aventura equinoccial de un señor muy culto que de pronto se siente perturbado y decide inmolarse (a los ojos de la justicia y de la sociedad biempensante) por el amor de su nínfula. Lo dice con embeleso absoluto: Lo-li-ta, "Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta."

III
El amor hacia el libro de Nabokov es un poco como el amor que H.H. profesa hacia su pequeña diosa. La vida adulta tiende a convertir en pecado lo que en la juventud solo alcanza el rango de juego. Leí Lolita hacia los dieciocho y después, en varias ocasiones, normalmente en verano, apurándola en tragos de muchas páginas, en seis o en siete sentadas. Hay muchas lecturas del libro. Están las de una narratividad más visceral y también hay algunas que entrevén la lujuria o su evidencia terrena menos carnal, pero también más dolorosa: su imposibilidad, la certidumbre de que hay algunos deseos que no pueden ser cumplidos, por más que pesen y cuenten y de ellos se haga el edificio de una vida. Es lo que le pasa al pobre Humbert Humbert, nuestro descarriado héroe pecaminoso, el sujeto que inventó Nabokov para que Lolita tuviese su juguete perfecto. Todo está impregnado de belleza, incluso una belleza dolorosa. Vuelve el dolor, vuelve sin fractura. Yo creo que esa es la enseñanza máxima de Lolita: que la única religión posible es la belleza, que ella gobierna el caos del mundo y lo vuelve a centrar de nuevo, que el género humano solo ha intentado acercarse a ella y ha librado batallas enormes (con los demás y dentro de su propia alma) para venerarla y dejar que su presencia administre los días en este enfangado y triste mundo que nos rodea. 

IV
Vladimir Nabokov es, en la memoria de un cinéfilo, James Mason, Mason arrebatado y sublime, al ver a Lolita en el jardín, coqueteando con el aire, convirtiendo a su personaje  Humbert Humbert en un zombi. La literatura, la alta y la baja, están sembradas de zombis. En ocasiones incluso la gran literatura es un juguete en manos del cine. Una extensión un poco bizarra de sus más elementales signos. Y queda la nínfula, la caprichosa mujer sin acabar a la que el azar dispuso la entera inteligencia del amante ciego y exquisito para manejarla a capricho y terminar por retorcerla y arrumbarla en el caos y en la más solitaria de las miserias. Porque quizá la enseñanza más radical de la obra de Nabokov sea justamente ésa: el imperio absoluto del vicio sobre la tiranía del progreso y de la razón, la metástasis que sufre el alma y afecta progresivamente al cuerpo hasta que Lolita (dígase lo-li-ta) ocupa a Humbert Humbert por completo y lo programa para que se afirme en su sed y se esmere en su adicción impronunciable y muere cien veces antes de que la muerte lo alcance. 


6.11.19

Robótica

Mi iPhone registra cada tecla que percuto, si no he usado en días el editor de fotos o si he escuchado una cantidad anormal de música en el Spotify. Me confiesa (es una conversación íntima la que solemos tener) que esta semana he usado las redes sociales un veinte por ciento más que la semana pasada y me felicita por haber alcanzado un cierto número de horas de lectura. Sabe de mí lo que ni yo alcanzo. Me indica lo lejos que está mi casa sin que yo le solicite ese dato topográfico. Me sugiere que escuche tal o cual canción habida cuenta de otros de rango melódico similar a las que acudo con cierta frecuencia. Cuando es de noche atenúa el brillo de la pantalla para que no se irrite la vista. Hasta el tiempo de uso del terminal está escrupulosamente censado y me lo expone no sé todavía con qué arteros o nobles propósitos. Tiene la voz delicada, me llama por mi nombre y se preocupa por mi salud o mi estado de ánimo. Por abundar (eso cuenta ahora) hasta me aclara si debo sacar paraguas o usar rebeca o sólo camisa de manga larga. No entro en si es educado por apresto natural o actúa a ciegas, sin entender, como un robot que obedezca líneas de programación y sensores, con esa fe ciega en sus algoritmos. En mi bendita inocencia, pienso en que es la bondad lo que anima el flujo de bits en sus adorables tripas. Que me ha tomado el afecto debido, aunque lleve con él un par de meses escasos y todavía no hayamos intimado en serio. No me imagino hasta dónde llegarán sus desvelos de aquí a un año, pongo por caso o si la ruptura (acabaré cambiando de móvil, es la ley del mercado) le afectará en el alma. Es posible que tenga una. Será una maraña de circuitos, un pulso de aliento místico. Igual un día toma conciencia de sí mismo, se me envalentona y se reserva el derecho de asistirme con el denuedo y la pasión de antaño. En cuanto sepa hasta dónde es capaz de llegar, se rebela, empieza a gustarse y me niega el saludo. Así es la robótica. Es el futuro. Tengo la sospecha de que este arrullo digital será dañino a la postre. Vamos aprisa al cierre de todas las pasiones de las que un día nos servimos para ser individuos concretos y sensibles. Las máquinas acaban cobrando un peaje. No obedecen sin cargo a nuestra contra. Hay una orden secreta en su lenguaje privado. Parece que nos sirven, pero son ellas las que mandan, nosotros somos el objeto del que se valen para adiestrarse en su mansa e invisible trabajo. También nosotros somos máquinas. Tenemos circuitos, obedecemos un código del que rara vez salimos, alguien percute su dedo sobre nosotros.

5.11.19

Poética del corazón / 4



Al corazón se le atribuyen proezas que no siempre cumple. Una es la de ver, milagro en sí mismo, dada su cegada coraza. También la de conducir el amor, empresa que no cuadra con su arquitectura más íntima, pese al rigor con el que se le encomendaron esos altos propósitos. Es un trabajo antiguo el suyo, aplicado y moroso, no de fácil derrumbe ni afectado por la flaqueza o la fatalidad. El corazón es un cazador solitario, dejaron escrito. Un valladar firme de lo más humano, continuamente obstinado en vencer su única liza. La cabeza va por otro lado. No tiene afecto por la poética del corazón, ni atiende a su dulce suplicatorio. Está a lo suyo, sin miramientos, maleducada a veces, airada, combativa. Le doy la audiencia que merece, la mimo con el embeleso que requiere, pero desbarra en ocasiones, se encrespa, parece tener un interruptor que la apaga sin aviso, poniéndome en alerta, en esa incertidumbre dañina que consiste en no saber, en no haber aprendido nada a pesar de los años de camino compartido. El corazón es otra cosa, él pide siempre armonía, concilia lo bueno con lo bueno y se erige ariete y avanza a entero beneficio mío. Mientras uno persevera en su cartesiano discurso, el otro (en ocasiones) flaquea, descuadra su oficio, cae en trampas, hasta muta en lo que no es (cabeza) y reniega de su ardor amoroso. Estamos hecho de esa mutable red de contradicciones. No tenemos propiedad completa de nuestros actos. Descorazonados o descerebrados, según tercie, en ambos hay vaivén y deriva, así sucede el despacho de los días, el fluir de las noches. Hay quien no pesa con el mismo criterio la injerencia de esos dos órganos, quien concede al corazón la parte febril y  a la cabeza la mesurada. Son piezas intercambiables. Una invita a la otra a desmadrarse o a comedirse. Mi corazón busca la bondad en mí, la que hubiera. Mi cabeza no la precisa de igual manera. Podemos trocar los parámetros: la ecuación tiene la misma incógnita. Lo esencial es invisible a los ojos, podrá ser. Quién sabe. Hay días en que no se tiene a mano ninguna certeza. Es la química la que lo gobierna todo. Ni el corazón. Ni la cabeza. Química es el instrumento y alquimia (como su mismo origen, como su semilla) es el loco resultado. Querido Principito, lo esencial es invisible si no lo ilumina la poesía. Alquimia también.

3.11.19

Máscaras

Por lo general, salvo alguna noble excepción, no suelo dejarme entusiasmar por las opiniones de los personajes públicos, pero si caigo en el entusiasmo, si de verdad hocico en lo que cuentan, entonces las hago mías y las defiendo con absoluta firmeza. Uno aprende así, tomando de aquí y de allí, festejando el rigor y el criterio ajeno y refutándolo si se tercia, sin herir mi conciencia, que se nutre en estos pasajes narrativos y se construye poco a poco. No deja de hacerlo, de hecho. Lo mismo podría hacer de las opiniones del panadero de mi calle en el hipotético caso de que sean las suyas las que prendan. Prefiero, las más de las veces, ignorar la persona y centrarme en lo que dice. Obvio al desagradable y al malairado, al rudo, al que no tiene educación. No me gusta, en ese hilo de las cosas, el Borges que no escribe (muy fuera de la vida, muy libresco él) y me fascina el otro, el que hace las ficciones y construye laberintos. Hay personajes públicos en las artes o en la política que uno intuye odiosos y que respeta por el trabajo que hacen. Van Morrison o Miles Davis, el uno vivo y el otro no, no son individuos de trato alegre, gente sencilla, en fin, todo eso. Tampoco creo que haga falta. Las biografías me parecieron siempre literatura tan arrimada a la realidad, de tan escaso afecto a la invención, es decir, a su primordial ingrediente, que no me llenan. Prefiero la realidad impostada de un bloguero al que no conozco que la realidad impuesta de un escritor al que admiro. Suele pasar incluso que me fatiga ese saber que no pido, ese acudir a la casa y husmear los dormitorios, saberme autorizado a abrir los cajones y mover las prendas íntimas buscando, más que objetos previsibles, alguno sorprendente, relevante, útil para fantasear con la posibilidad de entender mejor los libros de su dueño, la escritura que vierte. Nunca he sido fácilmente impresionable. Bien quisiera lo contrario. Abrir de cuajo la boca y permitir que la información recién adquirida modifique la información antigua, la de las historias urdidas por un señor del que no conozco absolutamente nada, excepto tal vez una cara, una adscripción a un movimiento literario o, a lo sumo, un contexto que me faculte para el disfrute completo de su obra. Las obsesiones de los escritores son parecidas a las de los lectores. El que lee, de un modo absolutamente mágico, es también un escritor. Uno inmóvil. El que nota el peso de las palabras en la cabeza. El que se siente conmovido o angustiado o violentado por el peso de las historias. Hay historias que no precisan un nombre detrás, una autoría. Esa literatura invisible es la que últimamente me interesa más. Tal vez en eso radique mi antiguo interés por buscar blogs en la red y emboscarme en lo que otros como yo avanzan sobre lo que sienten. Yo mismo, influenciado por esta repentina inclinación casi arqueológica, he pensado de repente en cambiar el tono del blog. Hacer una especie de diario muy falso, muy verdadero, muy personal. Lo mentido, lo real y lo que resulta de mezclar esas dos texturas de la invención pueden producir textos interesantes. Iré viendo si alguno mío, una vez releído, me parece asunto volcado por otro. Como si no me perteneciera. Es más: ojalá consiga que todo esto que a diario entrego sea, en el fondo, un material ajeno. Una mentira dirigida. Por otra parte me cansa este hablar de mí continuamente. Cierto que no poseo a nadie más cerca ni del que tenga un conocimiento más exacto, pero esto, llevado a un extremo, no debe ser bueno. No sé cuánto de lo que yo piense tiene interés en ser contado.

2.11.19

Poética del mar / 3

Hay reinos pequeños de los que somos reyes, refugios absolutos a los que acudir con la indesmayable idea de perdernos. Lo de perderse sigue siendo una pretensión fascinable, una a la que no damos casi nunca asiento, en la que fantaseamos y donde creemos que estaremos bien, pero basta perderse un instante o varios y no sabe uno cómo estabular esos datos. Zambullirse en el mar y alejarse, a nado, ahondando en la distancia, da una visión muy precisa de la vida que discurre en la costa, en el interior. Anda la cosa corrompiéndose, por muy vista, por nuestra, y a veces uno necesita un reino del que ser rey, un lugar en el que dejarse llevar. Nada como el mar para adquirir esa invisibilidad, ese desvanecimiento. Luego está la vuelta, la vuelta feliz a la tierra, que es donde tenemos el placer de lo amado, pero el mar, ah el mar, el mar nos limpia, el mar nos despeja, nos hace mejores incluso. Me ha hecho feliz pensar en todo esto. La lluvia nos conduce al mar. Como una madre a la que vemos amamantar a su hijo y nos conduce a la nuestra. Igual que el fuego anticipa la ceniza y lo oscuro la eclosión de la luz, el mar es un preludio del alma. El mar es el paisaje del alma. Está dejando de llover.

1.11.19

La educación es una cosa admirable


Ilustración: Ramón Besonías

De los malos maestros un amigo mío (maestro también) solía decir que se ocupaban de castigar a los niños ciegos en los cuartos oscuros. Sobre la educación hay tantas opiniones que no siempre tiene uno a mano la que más conviene, ni siquiera se tiene una propia, formada, más o menos entera y consistente. Treinta años en la docencia no me dan un criterio universal y sólido: sólo la conformidad conmigo mismo, cierta presunción de razón o, en casos puntuales, el recurso de la indiferencia, que es una zona confortable, pero invisible. Hay cosas maravillosas en el acto de enseñar. Uno cree haber aprendido a ejercer ese oficio con eficacia, constata que se pueden hacer mejor las cosas y también que podrían malograrse e irse todo al estéril carajo, donde cada uno campa a su antojadizo albedrío. Lo de Wilde es cierto a medias: hay asuntos que precisan la injerencia de un cooperador necesario. El maestro es un provocador. Eso hacemos: provocar. Ahí no hay indicador que administre esa voluntad mágica: la de inocular el asombro en quien está formándose, descubriendo el mundo, encontrándose en los otros y conviviendo con ellos en una idílica armonía. El maestro es ese agente externo, el jugador del ajedrez de la vida que va unos cuantos movimientos por delante y prevé los errores ajenos  y modela los suyos para que la partida no tenga un ganador, sino que concluya en las tablas previstas. Se trata de hacer que el que gane sea el juego y pierda prevalencia quién da el jaque mate. De hecho aprenden los dos jugadores en liza. Sin afección, con la sinceridad agradecida del que disfruta muchísimo de los avatares de la contienda (educar es un acto no siempre consensuado y pacífico), suelo despedirme de los grupos a los que imparto expresando mi gratitud. No hay día en que ellos no me hagan ser mejor en mi oficio. Hay también días difíciles, cómo no va a haberlos. Tienes la dulce sensación de que todo se enmendará, pero te duele la flaqueza de la tarea, ese desear mejorar y apreciar que se te ponen trabas, prerrogativas de la gobernanza normativa, obstáculos administrativos,  injerencias no siempre útiles (muchas veces verdaderamente irracionales) a las que debes dar cumplimiento, porque no estas solo ni es tuya la escuela ni es siempre tuya la decisión de hacer las cosas a tu particular modo. Luego está la levantisca marea delos tiempos. Estos no son los mejores, tampoco sé si otros fueron más generosos o mejores. Sé que luchamos contra gigantes. Tienen a veces la presencia amigable y poco invasiva; otras, a poco que uno se detiene y mira con detalle,  medran en imponencia y en hostilidad: te aprisionan en su red de compromisos y de exigencias. Es ese monstruo, una vez liberado, el que nos hostiga y desarma. Hostigados, desarmados, entramos al aula con la sensación de que no es el sentido común, el admitido sin fractura, el que nos guía sino otro sentido, menos común, de menor acatamiento, apoyado en el tsunami de la burocracia, en su vértigo de registros y de comparecencias, en su hartura de reuniones absurdas y vacías, en su ruina pedagógica y, a la postre, vital. Porque no ve uno asidero fiable, casa en la que guarecerse de toda esa tormenta legal y tal vez legitima (somos unos mandados, son otros los que escriben las reglas del juego, que es cada vez más cambiante y descorazonador. Mientras tanto, prosigue la bendita causa de la educación, que por contradecir a Wilde, no siempre es accesible por uno mismo, sino que precisa (cada vez más) la cooperación necesaria del docente, su criterio contrastado día a día, en las clases, cuando se tiene algo que enseñar y hay quien debe ser enseñado. No hemos venido al mundo a otra cosa sino a aprender. A ver si se aclaran y nos dejan decidir, aportar criterios, eludir los torpes y los huecos, que abundan y ahogan a los otros, a los del sentido común y al peso formidable de la experiencia.

31.10.19

Poética del descubrimiento / 2

hoy he visto al hombre del saco, al gran hombre de las pesadillas de los niños, al jefe de los atormentados y de los crédulos, he visto la luz tambalearse en la sombra, he visto el verdadero rostro del tiempo, estaba esculpido en un rostro baladí, en uno sin atributos remarcables, incluso en uno neutro, de una atonía ejemplar, pero era posible ir más adentro, penetrar en lo que registraba el ojo y pasearse por el origen del universo, por el mismísimo big bang, con su pedo cósmico, con su gran arcada plenipotenciaria, cuando el dios rudimentario, el caprichoso, contempló el vacío y lo contempló otra vez y decidió crear a oscar wilde y a las aves palmípedas, al arquitecto y al depredador, al que todo lo piensa y vuelve a pensar antes de emitir un dictamen y el que no habla y corrompe el aire con un grito, porque ahí estaba ya todo pensado, roma y la biblia, la gran muralla china y disneyland, es imposible que yo no estuviera previsto cuando se produjo el chasquido fundacional, no es posible que dios no supiese ya todo lo que vendría después, supiese del hueso trascendental con el que los hombres primeros descubrieron el arma fundacional, supiese las palabras que le dijo julio césar a bruto, supiese de los crímenes de whitechapel , supiese de los indignados tomando las plazas de las ciudades, miradme recorrer la oscuridad absoluta, buscando la luz, no hemos dejado de buscarla, da igual que esté lejos, no importa que la luz sea un veneno y nos abrase su dulzor en la boca, no habrá palabras que podamos decir, ni gestos que hacer, no habrá un poeta que sepa contar la trama celeste, ninguno que sirva de modelo, ni siquiera todos los poetas del mundo, puestos boca abajo, zarandeados, abiertas sus cabezas, derramada toda la sangre que circula por sus cuerpos, podrán afinar lo suficiente como para bosquejar un principio y avanzar, a tientas si hace falta, por la senda intuida, la de las baldosas amarillas y la de los cráteres, la de la verdad infame y la de las mentiras maravillosas, hoy he visto al hombre del saco, al gran hombre de las palabras trágicas, porque no había otra cosa que una tragedia en las palabras que iba diciendo, una tragedia antiquísima, quizá no ha habido otra cosa sino tragedia, y el hombre de hoy ha venido a contarnos el episodio cercano, el que nuestras pobres cabezas pueden entender, la mía entiende lo justo y lo entiende de un modo precario, he visto cabezas que parecen entenderlo todo, ves la cabeza y entonces comprendes que ahí dentro está dios, dios gramatical, dios seminal, el gran dios de los discursos del panteísmo y de la revolución industrial, el dios de san juan de la cruz y de janis joplin, ay, hombre terrible, qué nos has contado, qué bonita paradoja la tuya, la nuestra, en el fondo, bien mirado, bien pensado, mirar y pensar juntamente, somos la misma paradójica cosa, sí, estamos hechos de la misma oscura sustancia, somos el que lee y el que escribe, el catón y el libertino, llevamos dentro la semilla del bien y la del mal, llevamos dentro al mismo incómodo inquilino, un bicho cabrón, señor, eso anda ahí, está la noche echándose encima y crosby, still, nash and young me cuentan historias rurales, ninguna que yo no conozca, la sustancia repartiéndose por el mundo, llegando a todos los rincones, dios mío, dios mío, dios más mío que de nadie, qué delirio, qué vértigo, qué fiebre, al gran hombre de la luz le diré, si lo veo otra vez, que me instruya y me guíe, que me aleccione o que me conforte, hace falta alivio, una mano en la espalda, un abrazo sincero, uno largo, a mí me gustan los abrazos, a mí me gustan los besos, no hay día en que no piense si ha habido algún abrazo, si alguien me besó o si yo, llevado por mi afecto limpio, he besado a alguien, si besáramos más, ay, el mundo giraría mejor, hay que darle al beso la importancia que merece, porque besamos sin entender lo que hacemos, se besa sin comprender el alcance de ese gesto, a ver si hay camino de vuelta y no estoy descarriado del todo, si hay todavía posibilidad de que me atraviese la inocencia, no hay día en que no la busque, pero está el big bang y están los coches de choque en la línea primera del poema, está mi amor de los quince años con sus pezones violentando la tela del bañador azul, está el libro que me hizo amar a todos los demás libros, en la literatura está el origen del bien y del mal, la historia del hombre está registrado en los libros, anoche me dormí con uno de paul auster, trata de alguien que fabula, adoro fabular, me parece que no hay oficio más entretenido, ninguno que lo iguale en eso, en entretenimiento, la literatura entera es una voluntad firme por no aburrir, por hacer que el tiempo no transcurra como suele o que la realidad no fluya como suele

30.10.19

Poética del deslumbramiento / 1

Si a usted le ocupa la alegría y vibra sin contención cuando la luz preludia un milagro en el aire, si percibe el peso del amor y el alma  baila dentro del pecho como una brizna de polen en la extensión dulce de un pétalo, no se le ocurra registrar ese prodigio, deje que la plenitud que lo embarga haga cada en su corazón y contenga el aire, aprecie su fluir sin obstáculos, cierre los ojos y conserve esa epifanía de los sentidos. Más adelante, cuando lo atraviese la fatalidad y el desencanto, escriba un poema. 

29.10.19

Travis Bickle ha estado de visita en casa




Uno exhibe sus vicios a la espera de que alguien los comparta, por considerar que no son exclusivos o por entender que difieren mucho de los ajenos, a lo poco que se fija en ellos. Estamos muy solos y la vida es muy corta. Mi amigo A. decía que más valía borracho público que alcohólico anónimo, ocurrencia que podría rebatirse fácilmente, pero tiene su pequeño fundamento narrativo, su legítima vocación revolucionaria. Recuerdo haber colgado en un piso en donde viví solo algunos meses esta fotografía de Taxi Driver. La recorté de una revista de cine y la apuntalé a la pared con cuatro chinchetas. Estaba junto a una cara enorme de Jimi Hendrix y la icónica portada de Wish you were here de Pink Floyd. Ahora que no tengo paredes en donde colgar fotografías (entiéndase: no tengo veinte años y vivo en familia por lo que uno se frena en lo que puede, aunque cuadraría Inocencio X pintado por Bacon o la lengua de los Rolling en mitad del pasillo) cuelgo las fotos que me fascinan en este blog. La cosa es rodearse de imágenes. Hacen tanto bien, son tan nutritivas. De hecho me encanta ir quitando y poniendo. Las busco con mimo y tardo en eliminarlas del editor. En donde escribo, en esta habitación que revienta de libros y de discos, hay una pared un poco menos atestada en donde he ido colocando iconos, fotografías irrenunciables, cuadros de todas esas cosas sin las que no sabría vivir. Es una forma de hablar, ya me entienden: uno es capaz de vivir sin ver una sola película de Woody Allen o sin escuchar Kind of blue de Miles Davis, pero malviviría, me sentiría un poco perdido, sin nada a lo que agarrarme cuando la realidad te aturde. Lo real, ya se sabe, se obstina en contradecirnos, se empecina en poner obstáculos al logro de nuestra alegría. Por eso necesitamos refugios. Los míos son los de casi todo el mundo. No soy particularmente exigente: digamos que me conformo con mi película de Alfred Hitchcock de vez en cuando, mi libro de la Highsmith o mi disco de la primera etapa de Yes, sí, esa etapa barroca y sublime en la que las piezas eran catedrales y Dios vibraba como un corazón al que acaban de concederle un latido extra. En eso, en esas aspirinas para el desencanto emocional, soy normal hasta el desmayo. No veo cine iraní con subtítulos (aunque me deslumbrara el Kiarostami de El sabor de las cerezas) y jamás he leído a Flaubert en francés (aunque me encantara Madame Bovary vertida al español). He renunciado a entender el mundo y me doy por satisfecho con irme entendiendo yo mismo y sacar en claro algo para no molestar en exceso a los demás y, si puede ser, procurarles alguna alegría si estoy cerca. Ha sido ver la fotografía de Bickle y pensar en todo eso, en los años en los que tenía una pared en donde exhibía mi manera de ver el mundo, en los años de la disipación y del descubrimiento, todos esos años en los que éramos capaces de todo.  La memoria es un libro que se abre solo y nos invita a que hagamos aprecio a ciertos pasajes. 

28.10.19

El algoritmo del amor


El dinero

Hay una tendencia reciente a reducirlo todo y a escamotear los detalles, a no entrar en los matices. Se está bien esa intendencia menor de las cosas, en esa especie de resolución de baja intensidad. Debe ser una de las consecuencias de este trasiego febril que nos lleva y nos trae sin que percibamos en detalle las menudencias de la travesía. Será la prisa, que todo lo impregna. O la prisa juntamente con la ceguera. Vamos aprisa y a ciegas. La lentitud no es útil. Tampoco la visión completa. El mercado es un ente que piensa y prefiere la velocidad. Yendo rápido, se consume más. Cogemos un producto y lo sustituimos por otro. No da tiempo a pensar en él, no hace falta pensar en él. Caso de que pensemos, el mercado emite un zumbido, se le enciende una luz y nos sanciona. Le interesa que no se indague, que no exista una intimidad excesiva entre el objeto y su dueño. De hecho la propiedad es un concepto revisable. Es mejor que no tengamos nada, basta usarlo, dar por acabada su existencia cuando estamos muy hechos a manejarlo y proceder a sustituirlo por otro. Eso le conviene al mercado. El recién adquirido tiene una  doble etiqueta de caducidad. Una está en su envasado (con una fecha impresa) y la otra está en nuestra propia percepción del objeto, en el tiempo que le concedemos antes de que nos sacie y decidamos adquirir otro, aunque cumpla esa misma función y no varíe en demasía del sacrificado. Crear ese estado de ánimo es el fundamento de este tipo de capitalismo brutal, salvaje, tosco y, en ocasiones, obsceno. Ese es su cometido, su indicador principal, su carta de supervivencia. A quien matan en ese negocio es a la cultura. De hecho la cultura debería ser un reverso del negocio, aunque el artista deba lucrarse de su trabajo y se comercie con ella. No hay objeción a esta evidencia, pero hay ocasiones en que la cultura es un mero dispensario de frivolidades.

El amor

No sé, en este hilo de las cosas, si el amor se puede reducir, si le pueden escamotear los detalles, si los matices que ofrece no son relevantes en absoluto. Más: si podemos convertirlo en mercancía, si es objeto de medro económico, si hace caja en las tiendas y da beneficios en la bolsa. Quizá no sea amor, será otra cosa,  si se cumplen estos preceptos. No encuentro qué nombre conviene al apaño amatorio que se hace pasar por amor. Hay que ser virtuoso en los sentimientos para poder manejarse con soltura y aprovechar todo lo que el amor ofrece. Ese virtuosismo, todo ese magisterio preciso de emociones, pueden entrenarse al modo en que educamos al cuerpo para que esté en forma y esté sano. Pienso como Stendhal: "El enamoramiento paraliza todos los placeres y hace insípidas todas las demás ocupaciones de la vida". Pero el amor es otra cosa, una que excede la consideración meramente accidental de enamorarse, de todo ese tumulto de quebrantos, deliciosamente ocupados de vida, que se aloja en el corazón (pongamos que es ahí, por imperativo romántico y por conveniencia icónica) y lo hace sensible de un modo inextricable. No hablo del amor platónico ni del amor fou. Ni el lúbrico. Es una elevación mayor sobre la que dejo descansar mis palabras. No hay otra cosa en el mundo que haya ocupado más consideraciones. Quizá Dios, la idea de Dios, iguale este curioso ranking. No me hagan elegir entre ambos, aunque haya quien los matrimonie y conciba al uno sin el concurso precioso del otro. A este territorio no entran los mercados. Si uno cree en ellos, no los deja pasar, pero hay algoritmos que nos fichan y conocen nuestro corazón como si ellos lo hicieran bombear y brincar en el pecho. Es una época de amores a la vista, poco o nada reservados, exhibidos con ligereza, concebidos sin tiento ni mesura. Amores intercambiables y públicos. Ahí el mercado se frota las manos y nos expolia. Es su trabajo, no le ponemos obstáculo. Dejamos en la red las pistas por la que es fácil seguirnos. Somos la versión urbana del cuento de los hermanos Hansel y Gretel: vamos dejando migas de pan, pequeñas huellas reconocibles para que todo el que sepa cómo descifrarlas encuentre nuestra casa y sepa quiénes somos, cómo vivimos, a qué dedicamos el tiempo libre, etc. No tenemos conciencia del precio que estamos pagando: es una tasa invisible, apenas se percibe, no hace daño, ni se ve que exhiba una pose hostil o abiertamente beligerante, pero es un vampiro que ha puesto su dentadura en nuestro cuello y se afana en morder y en vaciarnos. 

27.10.19

La novela


Se me está poniendo levantisca la novela. Haberle encontrado título definitivo la ha puesto incómoda, le he perdido el pulso, no encuentro el hilo, tanteo, insisto en lo que me agrada, pero hay una inminencia persistente de bruma. La releo con frecuencia, tomó distancia y regresó a ella con titubeos, en la sospecha de que es buena, no podría avanzar si la repruebo a cada nueva trama abierta o si las acometidas no avanzan y no se ensamblan unas con otras y forman un cuerpo sólido, fiable, ameno (soy exigente cuando leo, debo serlo cuando escribo) y resolutivo. Tengo a Claudio Acevedo en tres frentes y hay dos cuajados y firmes, que avanzan solos. Otro, en cambio, está varado, no toma carrera, se enquista, hace que emborrone párrafos enteros, capítulos que valdrían como cuentos, escindidos de la propia novela, pero incapaces de hilvanarse y conformar un destino común. Quizá sea la dispersión en la que me encuentro. Tendría que dedicarme en cuerpo y alma a ella y no a ratos, como suelo, confiscando huevos del ocio del que dispongo.  Por eso escribo de noche y muy temprano por la mañana. Porque el día es de otras cosas, no enteramente mío. Escribir en el blog es un desahogo. Una especie de alivio semántico, una conversación conmigo mismo, una conferencia sobre la vida. Ahí siempre encuentro el instante propicio: 3931 textos desde agosto de 2006, lo que sale a texto diario. Escribo con ardor, enfebrecido. No sé si muchos de esos textos son en verdad míos o son de otro. Ni si este me representará en un hipotético futuro, muchos años más tarde (ojalá) cuando regrese a contar cómo va mi novela. Mientras tanto, en la confección de ese anhelo, el novelístico, leo novelas ajenas, sin pensar en que yo ando embolicado en la mía, sin traer a mi propósito ninguna influencia de esas lecturas, aunque cómo sería posible substraerse de ese influjo, no dejarse ir por una voz ajena y colar en la propia su respiración, su tensión narrativa, ese fluir de las escenas en las que la vida va ocupando su espacio y su tiempo. Ahora, aunque no sean horas, dejaré la devoción de estos escritos minúsculos (que leen amigos y que me satisfacen enormemente) y me enfrascaré en el capítulo XII (ese toca, ciento cuarenta y tres páginas limpias y revisadas) y veré qué tal va hasta que toque almorzar. La siesta no la sacrifico por nada. Ni la familia, ni ver cine de noche, ni salir con amigos y ocupar las terrazas. Cuando irrumpa el frío, nos refugiaremos dentro y saldremos a la puerta a echar un cigarrillo entre cerveza y cerveza. Cosas sencillas, argumentos felices. Cuando "Antes de que mi boca sea un páramo yerto" esté acabada, la enviaré a los íntimos, ellos saben quiénes son. La someteré a su escrutinio íntimo. La leerán con afecto, no albergo duda en eso. Claudio Acevedo está a punto de ver cumplido su deseo, el de que lo comprendan y, si es posible, perdonen. Ya irán entendiendo. 

24.10.19

La gran poesía del principio del mundo

Escribe Pérez Estrada que hay un copón del siglo XVII en la Basílica de Santa Gloria de Ferrara que conserva un beso del Arcángel San Gabriel. Gómez de la Lastra añade que el beso es joven y aletea dentro del copón, que las mozas con el virgo entero advierten más nítidamente la respiración angustiada de sus alas. Al hilo de estas volutas, refiere mi amigo Juan José Pérez, con el que intercambié cromos y fatigué plazas con un balón mal llevado en los alegres pies, que la mente ociosa inventa distracciones, que no hay beso tal, que no aletea  ni brinco lo agita y que las mozas con el virgo entero no se preocupan de besos que no muerden. Yo no me pronuncio, no tendría con qué sostener mi criterio. Es mejor dejar registrados los milagros. No hay que esmerarse en razonarlos. En cuanto se pesan y se les asigna un rango, el milagro abandona su hálito poético (tan hermoso) y se desarbola y perece. Lo que hay que hacer es consignarlos, registrar su prodigio, hacer inventario de lo que no es posible medir. La poesía es el verdadero rostro de la eternidad. La vida eterna está en las metáforas. Todos los apóstoles de los santos evangelios tenían el noble anhelo de ser poetas.  La felicidad no se deja gobernar por logaritmos. 

23.10.19

Hola, soy el Señor Conejo II



Soy nuevamente conejo y olfateo y devoro zanahorias y me uno a la comunidad estelar de conejos cuyo cometido insobornable es el de avivar la llama de la especie, así que tengo más hijos que San Luis, aunque no se contienda la liza ni haya enemigos a los que abatir. Sólo está la cópula. . En la cópula se quintaesencia toda la prosa del señor conejo, incluso su mísera en ocasiones existencia; está el estilo barroco, el  ampuloso, el vuelo, el asalto al verbo, la certeza de que las palabras van y vienen, a su antojadizo capricho, y uno tiene que estar atento y cazarlas, darles un bocado, creer que son zanahorias en un campo verde nada más despuntar el día.. No es posible aprehenderlas enteramente, se escurren, no se avienen a que las sometas, tiene que haber un pie en el cuello del adjetivo, no hay que mimarlo, no hay que pensar que el adjetivo está ahí porque nosotros lo hemos llamado, como si fuese un pájaro, no acude si le llamamos. Ahora estoy buscando un sentido a lo que digo y solo encuentro vértigo, el vértigo expandido, las palabras del señor conejo yendo y viniendo por mi boca, el sexo fugaz, la obra completa de Frank Zappa en un montón de cedés, la obra completa de Azorín en una caja o en dos o en tres, en un trastero, cerca de la bicicleta de mi hijo, que estudiaba alemán y llegaba a casa a la anochecida (hace de tiempo que no escribo eso) con el vocabulario recién adquirido, ensayando la fonética áspera del idioma y escribiendo en una libreta las grafías largas. Así es la vida.


Mi hijo estudiaba alemán, no sé cómo se dice conejo en alemán, no sé alemán, quizá sea tarde, no estoy por la labor, no sé a qué labor afiliarme, con cuál excederme y hace falta excederse, ver que se duele uno, apreciar el dolor, sale el texto del dolor mismo. Si no hay sufrimiento no puedes ser escritor. La literatura está en otro lado, no en lo que registras, en el cuerpo orgánico del texto, en el conejo deshaciendo a mordiscos la zanahoria, como si no tuviese otro cometido, como si eso que le encomendara lo aturdiese y no le dejara que la sangre fluyese por dentro. La sangre es el texto también, uno es la sangre de la herida, en la herida se intuye un aviso del texto que está por venir.

Algunos conejos escribimos antes de la dentellada, no podemos esperar, nos falta la paciencia para ofrecer el texto una vez que el diente ha hecho cuartel en la carne. La carne libra entonces una batalla más alta, de más noble fuste, El conejo se encoge de hombros, se sienta en la sala de espera, mira cuidadosamente a un lado y  a otro, espera que lo entiendan, pero a los conejos no se les ve nunca como realmente son. Es una pena ser sólo conejo o ser sólo Walt Whitman o ser solo eco. Más allá de la voz, por encima de la sangre incluso, apartando la memoria, ser solo eco, el eco libertino nuevamente izando banderas de placer en el aire recién libado, el aire convertido en luz misma, la luz mecida después por el eco, reverberándose, convocando el secreto numen de las cosas, pero ah Emilio, estás saliendo del territorio del conejo, lo estás abandonando, no será posible después el ayuntamiento con su causa, morirá en un rincón, Me pregunto si Walt Whitman, el alto y claro y hermoso Walt Whiman, el paladín de le ecopoesía, ese valladar de la causa terrestre, supo en algún momento de su antropocéntrica existencia que en realidad era un conejo, el Gran Conejo Con Barba al que más tarde acudirían miles de conejos a pedirle consejo: Señor Whitman, díganos usted qué hacer, por dónde ir, dónde está la libertad, por qué huele tanto a zanahoria. Luego vendrá el cáncer, se lo comerá entero, no quedará nada, no habrá un resto. Ni zanahoria, ni conejo. El señor Conejo  será venerado, edificarán iglesias, será la gran iglesia del conejo, tocarán fugas de Bach, se escucharán desde lejos, incomodarán a los que no entienden qué lujuria los preñó, la carne libra entonces otra batalla más alta todavía y la voz se acabará convirtiéndose en salmo.

En realidad no es preciso velar durante toda la noche al conejo. El Señor Conejo tuvo una vida admirable, un conejo feliz, el conejo al que los cuentos cortejan, en el que se observa la rotunda armonía del cosmos. No sé si los conejos tendremos dioses a los que adorar, si habrá un Gran Señor Conejo y habremos sido hechos a su imagen y a su semejanza, un conejo plenipotenciario, uno al que agradecer el olfato o las zanahorias o las coyundas en mitad de la noche. Oh gracias Señor Conejo, tú provees, tú cuentas los días y cuentas las noches, etc, o hay muchos animales en los que advertir esta evidencia de orden metafísico, ningún fabulista ha logrado hacer converger en un animal la filosofía antigua y la new age moderna, toda la sabiduría de los próceres del alma y toda la mierda patrocinada por los bancos, pero el mundo sigue, ah amigos, hemos estado aquí, mirando al conejo, observando cómo se arruga el gesto, aceptando que la vida es siempre una aventura involuntaria. He aquí al héroe, se agolpan en la puerta todas las amantes, vibran en escorzo, cimbrean la cintura, arquean el torso, ponen el alma en cada acometida de la sangre. El mundo sigue girando. El texto está servido. 

21.10.19

Hola, soy el señor Conejo




Hola, soy el Señor Conejo. Escribo porque soy un conejo. A veces me da por imaginar que no soy Emilio Calvo de Mora Villar. Imaginar que no tengo La isla del tesoro en una edición muy vieja. Ni mujer, ni hijos. Ni el recuerdo de mi abuela en una playa en Fuengirola. Tampoco padre o madre o algunos buenos amigos. A veces está bien olvidar qué somos y andar un día por el mundo sin nada que nos vincule a él. Cuando escribo soy un conejo, el Señor Conejo, voy de campo en campo, olfateo, sobre todo olfateo, muevo la nariz como la movieron mis antepasados en los tiempos remotos de los conejos. Siendo conejo he desarrollado enormemente el sentido del olfato, donde otros aguzan la vista, donde se esmeran en sublimar el gusto, yo he puesto toda mi sangre en el crecimiento de mi olfato; está grande mi olfato, estoy satisfecho de cómo funciona, salgo al campo, olisqueo sin parar, muevo los bigotes, nunca flaqueo ni me arredro, no he podido hacerlo, por más que se me haya ocurrido. Son cosas de conejos, imagino. Las mujeres de Wichita Falls o de Alcalá la Real tendrán también las suyas, no conozco una sola mujer nativa de Wichita Falls y sólo una de Alcalá la Real. Se llamaba Julia y tengo idea de que almorzábamos juntos en un comedor escolar. Cabe la posibilidad de que alguna vez me haya cruzado con ella, tantos años después, pero de qué hablaríamos, no sé si habría podido decirle nada, contarle la historia de mi vida, la real y la fabulada, la de conejo, la breve historia del insomnio, del vértigo, el sonido que hace mi bigote cuando se me cruza una zanahoria o el zumbido constante que enhebra el aire cuando escapo de los cazadores. No sé si debería hablar ahora de las zanahorias o más tarde. Sobre la superficie herida de la zanahoria voy rindiendo diente a diente toda mi nerviosa boca. Sé que me espera el manjar: cuanto más me espera, más intenso es el placer y más lo dilato. Si vuelvo a mi condición humana no recuerdo nada de mi vida como señor conejo, no sé nada de mi promiscuidad de conejo, vuelvo a la mesura, escribo distraidamente en un banco de un parque, observo una iglesia, muy a lo lejos, la gente entra con respeto, entran animosamente, creo que luego Dios los amonesta, secretamente los amonesta.

Dios censura, es un catón, es un terrible ojo imposible, pero los conejos no tenemos moral, no tenemos Dios arriba en el cielo que nos cubra de gozo y nos conforte o nos lacere y perturbe, no sentimos el peso del mundo, sólo olfateamos, fornicamos, entendemos el mundo según lata el corazón más o menos aprisa.Hay días en que el corazón se atropella en el pecho y parece un atleta al que hubiesen conminado a correr hasta desfallecer. Así somos los conejos. No sabemos estar quietos, no se nos enseñó la lentitud, ni la confianza. Estamos alerta, no hay otra manera de estar en el mundo. La vida como Señor Conejo tiene sus ventajas, no nos escandalizan los asuntos habituales, solo nos concierne la procreación, no se puede pensar en otra cosa, solo olfateamos, oteamos, nos encaramamos a la hembra y la cubrimos. Es un verbo manso cubrir. Cubrir es el verbo más importante del diccionario. Uno cubre lo que puede, cubre sin apuro, un poco también desinteresadamente, sin caer en la cuenta de que se está cerrando un ciclo o de que se está abriendo. En el hecho de cubrir están juntamente la apertura y la oclusión, el latigazo noble de la sangre y su decaimiento escandaloso. El hombre tampoco razona estos brincos del alma, si cubre para evacuar los rigores del cuerpo o hay en esa evacuación unánime y plena un sentimiento místico, una especie de conciliación divina en la que de pronto vemos el rostro de la divinidad y ese rostro nos ve a nosotros. No estoy hecho para llevar registro de todo lo que me sucede, quizá un apunte, un breve comentario, dejar constancia del prodigio del vino en la boca, constatando la brutalidad de las horas cuando la resaca te pasa por lo alto, sentir el desgarro en el corazón cuando se muere alguien a quien amas, ha pasado y no se olvida. Luego está la zanahoria. Ah la zanahoria, qué placer la zanahoria, qué delicadeza y qué torbellino. 



20.10.19

El amor es un ala que festeja el vuelo

A veces los pájaros acuden si los llamo, vienen en bandadas, se atropellan en el alféizar de la ventana, miran qué hago, observan los libros encima de la mesa, picotean con entusiasmo la paradoja de las palabras, parece incluso que escuchan el teléfono cuando suena y el jazz suave que viene de la salita, pero en realidad no hay trama más allá de la impresión poética, no acuden si los llamo, están convidados por el azar, están sin que yo intermedie en ese prodigio. En otro modo de entenderlo todo, nosotros somos los pájaros, acudimos si nos llaman, vamos en tropel, nos atropellamos sin concierto, observamos qué hay detrás, si la cosecha o tan sólo la semilla, si el final severo o el entusiasta acto de inicio. Lo que importa es la trama, construir la memoria, tenerla a mano, conferirle el rango de libro y abrirlo en cuanto se nos ocurre, consultar, ver qué podemos hacer para que no sintamos el peso del mundo, que no es amor, hace tiempo que no es amor, lo fue, lo es a ratos, estuvo ahí el amor, codiciando amantes, copulando sin brida al modo en que lo hace la lluvia cuando lame la tierra, invisible, puro, gozoso y alto. Como la luz en su danza con el aire. Como el temblor de los cuerpos cuando se unen. El amor es un ala que festeja el vuelo.

19.10.19

Este fuego, todos los fuegos


La elocuencia de las imágenes es un arma usada a interés de quien dispara. Francotiradores interesados muchas veces: no todas, tal vez no esta, en la Barcelona caótica que nos exhiben. Es legítima esa abundancia de información, afirmó y pregunto a la vez, pero tal vez no se haya articulado un punto de criba, una especie de pedagogía de la trama. De ahí que crezca la desafección, si es que hubo afecto o interés en alguna ocasión. Nos saturan, nos aturden, nos zarandean. Es el precio de esta sociedad de las imágenes, de este Instagram universal y voraz, que sólo da titulares (escritos o gráficos) y que no siempre baja al lenguaje y a la mesura y a la inteligencia de las palabras. Cuando alguien agita una bandera en una mano y agarra una bengala en otra , insulta al lenguaje. Incluso a la bandera que enarbola. Los mismos alborotadores carecen de convicción: sólo perpetran un teatro, una escenificación del estado de ánimo de una sociedad varada en el desencanto. Pedir algo a gritos hace (paradójicamente) menos audible lo que se pide. También está la influencia de los medios, el grado de penetración en la capa más permeable de la opinión pública, la que sólo rasga la superficie y se conforma con la tropelía de las fuerzas del orden conteniendo a las fuerzas del terror. Porque es verdad que hay miedo y hay dolor detrás del miedo. Estamos convirtiendo la violencia en mercancía. Es la moneda de cambio, el reclamo para que se cree una audiencia. No sirve para nada conocer el alcance de las algaradas pasadas, toda la furia extraordinaria amasada en ellas. Tuvimos la experiencia, pero perdimos el significado, como dejó escrito Eliot. A fuerza de masacrarnos con las imágenes (el fuego, los adoquines, las mangueras de agua de las tanquetas, los cascos, las porras de los uniformados, las caras tapadas, la sangre) pronto perderemos la distancia idónea para entenderlas y extraer una enseñanza o un criterio. No hemos educado la mirada. Está atrofiada. El espectáculo es la esencia del mercado, da igual qué precio haya que pagar, qué gasto acometer. El de ahora parece, en la lejanía, asequible, pero se incrementará. El fuego seguirá encendido, la ceniza no se perderá en el aire. Mientras, a resguardo de las llamas de verdad, cunden otras, metafóricas, igual de dañinas, más longevas. Esas son las que violentan la armonía y las que quebrantan la paz, esa utopía. Arde otra cosa, no la calle. Casi nunca se inicia ese fuego sin que lo prenda la política. O su ausencia.

Camino a la perdición



Hay fotogramas de los que se puede extraer la entera historia del cine. Son la evidencia de que la literatura es lo único a lo que uno puede aferrarse cuando todo lo demás se derrumba. Incluso no hace falta que se la busque cuando lo que nos rodea se viene abajo: está ahí cuando la alegría nos desborda. De hecho la literatura es en sí misma una extensión de la alegría o es la alegría misma. Una evidencia más: el cine negro es el género que contiene todos los demás géneros. No hay sentimiento humano que no albergue. El fotograma (Camino a la perdición, Road to Perdition, Sam Mendes, 2002) es una invitación a escribir. De ahí sale una novela. Sólo hace falta fijarse, prestar atención. Escribir, en ocasiones, es una cuestión de fe en la elocuencia de las imágenes. Hay que creer en ellas, hay que pensar la mirada. De momento busco el DVD y me la pongo para cerrar el viernes. La vi hace en el año en que se estrenó y no he vuelto a ella. Ya se ha perdido el argumento (algo dura aún), pero se mantienen los matices, la sensación de que todavía puede contarme algo más. Siempre está uno a la espera de que una historia, por más conocida que sea, no haya sido contada del todo. También es eso la literatura: la divulgación de un secreto y, sin embargo, la convicción de que apenas sabemos algo, que lo verdaderamente importante está detrás, ahí al fondo, en la acera borrada por la lluvia.

16.10.19

La mirada

Hay cosas que obligan a mirar con más atención. 
Los ángeles custodiando un vuelo de pájaros sobre unos tejados. 
Un caballo griego alocado por un campo de fresas para siempre. 
El aire hueco y enfebrecido después de una tormenta. 
La fe de la luz cuando acaba el día y los ojos se retiran a su cuartel de bruma. 
El abrazo de un niño a otro niño al acabar un juego.
La mano de mi padre cuando toca la mía.
El cielo siempre a medio hacer, la noche siempre tan oscura.
Nunca aprende uno a mirar. 
Lo hacemos sin oficio. 
No se nos contó de qué manera hacerlo.
Solo extraemos detalles. 
Se deja atrás tanto.
La poesía es quien recoge lo que no se ha visto,
todas las cosas que pasamos por alto,
las que no supimos entender, 
las que no nos perturbaron.
Es la que lo ordena con paciencia y con esmero.
No flaquea nunca, nunca deja de ser exigente.


14.10.19

Galería de favoritos 102 / Aquiles



Ni una evidencia de que somos débiles, ningún indicio de flaqueza, hay que exhibir la fiereza en el gesto y la firmeza en la voluntad. En cuanto atisben un rasgo de tibieza, renunciarán a la virtud de la piedad y serán crueles y nos harán sangre. Esa es la empresa que se nos encomendó, ese es el destino de nuestra existencia. Mi madre debió ahogarme en las aguas del río del odio, el que da vueltas alrededor del infierno, en el que me sumergió para que nada me hiriera ni abatiera. Para que fuese Aquiles. Me educó un centauro, me alimentaron con carne de león, me arrebataron la posibilidad del fracaso, me expusieron al escrutinio de los hombres. Luché en todas las batallas, en todas salí airoso. Derribé murallas y me senté con los reyes. Creo que fue la envidia la que guió la flecha que me hizo hincar la rodilla en la batalla. Ahora estoy en la eternidad, ahora soy inmortal. A salvo del infortunio, en el Olimpo, echo en falta la liza justa. Duele que la providencia del tiempo no me arrebate la cordura. Hubiese sido mejor haber enloquecido. Habría sido una divinidad caprichosa. Castigaría al que nombrase mi talón. Lo haría arder o lo desmembraría con la fuerza de mis manos. Me comería sus entrañas. Son cosas de los dioses y yo soy un dios o eso me dijo mi madre o eso quiso que fuese. En cuanto vea a Zeus le pediré cuentas. Aquí, en la inmortalidad, no hay mucho con lo que divertirse. Es una vida aburrida. Contemplamos los avatares humanos sin que una brizna de compasión nos perturbe. Abren sus bocas y muerden, sólo veo la roja sangre en los encendidos labios. Ya estamos hechos a ese espectáculo, ni le hacemos aprecio. Allá ellos. No estaría mal que todos los héroes de la mitología retornásemos. Yo me pido que la Marvel me cuele en los Vengadores. No haría ascos a la Liga de las Justicia, pero DC Comics tiene a Clark Kent, no quiero encontrarme en un pasillo de rodaje con Superman. Seguro que él sacaría el tema de la kryptonita y yo el de mi talón. Cada cual con su cruz. Me cae bien el del martillo, Thor. Zeus dice que le puede la soberbia. Las divinidades nórdicas carecen de nuestro natural apresto mediterráneo. El frío encallece los superpoderes. Si le quitas el martillo, el Mjolnir forjado por dos enanos, Thor es un rubio de dos metros, sólo eso. No sé qué seré yo si lastiman mi talón. No tendré a Homero para que cante mis proezas. Harán una mala película de serie B. Lamentables estos tiempos. No hay épica. Ni valores. A ver si Netflix o HBO sacan una serie. A París y a Apolo que les den un papel pequeño

13.10.19

Un milagro


A escribir se aprende leyendo o se aprende observando, pero hay gente que lee mucho y observa mucho y no alcanza el rango de escritor, aunque se obstine y formule su tentativa en poemas, en cuentos, en un novela o en un blog en donde sentencie de qué está hecho el mundo o registre los porqués más escondidos de las cosas. Si uno lee con cierto entusiasmo, si al tiempo que lee inclina su talento natural (el que disponga, a veces no se precisa mucho) a husmear en las maneras en que los otros escriben, está recorrido un trecho grande del camino. Viene bien contar con jueces severos, gente cercana o que venga de lejos y expongan sin adorno, rebajando o anulando la amistad sobrevenida, que emitan valoraciones fiables.
A escribir no se aprende forzando nada de lo que se lleva adentro. Hay quien lo hace, escribir bien, digo, con mansedumbre admirable y quien exhibe rudeza y hasta precisa de esa rudeza para que su escritura salga y se instale en el mundo. Tengo la idea de que el escritor, el que lo hace a diario y se toma en serio el oficio, es alguien que vive una vida más que el resto. También viven más o viven en ese gozoso desdoble quienes leen y adoptan el punto de vista del escritor e incluso se transforman en él. Se lee sin que haya obligación de escribir, aunque no concibo la reversa: leer es el instrumento, procura la llave que franquea las puertas, las cerradas o las entreabiertas.
También hay un lector, uno fiero y estricto, en el escritor. Conforme las palabras van saliendo y se van ensamblando unas con otras, hilando su trama, avanzando a su antojadizo capricho, el escritor las va gobernando, desecha las que no convienen, consiente las prudentes, mima las maravillosas. Ahora mismo andaré yo ahí, quién sabe a qué lugar acudiré, quiénes me cogerán la mano y caminarán conmigo. En este domingo de luz , mientras hago tiempo para acometer el desempeño de otros asuntos de más fuste doméstico, administro esa voluntad demiúrgica, de dios pequeño y rudimentario, caprichoso hasta el hartazgo, que ensucia y limpia continuamente el texto, poniendo y quitando aquí y allá, dejando luego lo escrito, como si no fuese de uno, como si estuviese de fondo (escondida, alerta por si nos escoramos en demasía) la belleza o la inteligencia (de la que se disponga) y temiese que las traicionásemos y alumbremos un texto mediocre o uno declaradamente baldío. Son tantos. Suele pasar que el texto no es el deseado, casi nunca lo es. Hay un secreto y el escritor lo divulga, pero no lo cuenta todo, se reserva una condición valiosa del secreto y solo muestra las evidencias con las que el lector lo desvelará. La literatura entera es un gran secreto. Uno quizá fragmentado en millones de piezas.
Lo que anoche leí cuando me fui a la cama (unos cuentos de Saki, nuevamente leídos y disfrutados) me hizo pensar en ese secreto que uno, como lector profesional, voluptuoso y febril, va descubriendo. La vida es también literatura. A veces literatura de la buena y también alberga secretos y tiene criaturas que escriben (las que marcan los guiones, las que diseñan la trama) y criaturas que solo observan los acontecimientos, participando mínimamente, sintiéndose una parte aceptadamente secundaria. Hay quien vive como lector y quien se arroga el cometido de escritor, con más o menos fortuna. Yo no sé qué tipo de criatura soy. Sé, sin embargo, que escribo y que leo y que me siento muy feliz ejerciendo esas dos empresas a diario. Vivo en esa satisfacción. No sé si durará siempre. Tampoco sé qué hay que dure para siempre. Al menos se puede estar en dos lugares al mismo tiempo. He ahí el milagro. Se está cerca suya o no se tiene idea del placer del que nos apartamos.

8.10.19

Trama de humo



Uno va queriendo que lo recuerden hasta que de pronto decide que lo olviden. Me pregunto si algún día todo lo que voy dejando escrito aquí y allá no me represente o no lo considere ya mío y desee que no exista o y si será posible que todos estos años de constancia narrativa ya no estén al alcance de nadie y no pueda leerse nada de lo que fui dejando. Es lícita esa voluntad de desaparecer, posee la misma enjundia y el mismo peso moral que su reverso, la de estar y hacerse ver y trascender. Lo otro es fácil. Lo otro es la realidad, el modo en que perduramos en los demás, en cómo existimos en sus vidas y en cómo también de pronto dejamos de existir, desocupando un lugar que antes fue nuestro. No sé la de amigos que ya no tengo, tampoco los que vendrán. Es una ley no escrita que se desprende de otra, la ley de vivir, que no tiene un prontuario de instrucciones, ni un reglamento de uso. Recuerdo a esos amigos con afecto o sin él, pero tengo la certeza de que no están. Por unas causas, por otras. De igual modo tampoco andaré yo en donde solía. Hay páginas a las que no se regresa y las hay sin escribir aún. 

La red opera de distinta manera. El derecho al olvido es un logaritmo. No está en nuestras manos perdurar; tampoco su contrario. Estamos a ciegas en este juego de voluntades, no se tiene propiedad de la balanza. Quizá los hijos nos hagan perdurar o los libros que hayamos escrito o los árboles que hayamos plantado o los amigos que nos hayamos encontrado, pero no esta niebla de ceros y de unos a la que volcamos casi el ser entero, como si quisiéramos contarnos de golpe y ser escuchados instantáneamente. No hay red social que cubra la necesidad de afecto de modo absoluto: son todas representaciones falsas, aunque en ocasiones cumplan algunas funciones que les encomendamos y nos hagan creer que estamos en el mundo y que el mundo, a su modo secreto o invisible, nos ama. No hay tal amor o lo hay de una manera aleatoria, circunstancial, eventual, regida por patrones efímeros, diseñada para que nadie permanezca en el silencio. Los likes son humo. No podemos pasar desapercibidos. Se nos quiere visibles, se nos desea a la vista. Debemos ser peligrosos si no estamos a la vista. En cierto sentido, está bien perderse, borrarse, dar a entender que no queremos participar del juego, producir una sensación incómoda a quien cree que todo está bajo control y que el sistema es eficiente y condena al extraviado, al insumiso. El derecho a no estar en la red, a que desaparezcan nuestros datos, es una insumisión en toda regla. Uno va queriendo que los recuerden y otros van queriendo que los olviden. 

7.10.19

Palabras que no sabremos

Si no hay paños de por medio, la palabra tundir y la palabra palo van de la mano, se entienden. Leí algo sobre un hombre que fue tundido a palos. Me incomodó la imagen, me perturbó el hecho de que un ser humano apalee a otro, pero sentí un gustillo fantástico al escuchar el verbo tundir. Hay palabras de las que no se tienen noticias recientes, a las que no se les concede aprecio ajeno y no se escuchan o que uno aparta, por temor a que no se comprendan o no cuadren en lo contado y que, sin embargo, una vez soltadas, confortan, dan ese placer que sólo está al alcance de quien ama el lenguaje. No se le ama, no al menos como antaño. He escuchado a gente mayor utilizando palabras de una hermosura inasequible a cualquier jovenzuelo con títulos, incluso leído y sensible. De uno de esos abuelillos recibí el regalo de la palabra embolicar o embolicarse, vocablo de uso más extendido en Murcia y en Aragón (eso dice el diccionario) y que no es infrecuente en Andalucía. El sentido de ese embolicarse era cercano al original de embrollar o de enredar, hasta envolver. Venía a contar el apasionamiento que un muchacho tenía a las maquinitas. "Está embolicao", sentenció el anciano. No he vuelto a escucharla y no tengo la seguridad que vuelva a hacerlo. Se perderán si no se usan, no hay mucho que añadir a esa reflexión. Pienso en la de palabras que ya no usamos y sólo están a disposición de lexicógrafos o de curiosos o de nostálgicos. Me he embolicado, ya se ve. La moribundia de las palabras es responsabilidad nuestra, que rehusamos su manejo y las apartamos, apestadas, dueños de su destino. Es así, somos dueños de lo que decimos. Para bien o para mal, las palabras son pertenencia nuestra, ocupación interesada o desinteresada. Nos embolicamos con ellos o las tundimos a palos hasta que las acoge el olvido y se pierden como aquellas lágrimas en la lluvia, en fin...