30.7.19

Hacer y sentir

En cierta ocasión, un amigo me reprendió por no haber leído a Tolstoi, siendo yo, a su parecer, solo a desinformado decir suyo, un buen lector, uno que aparenta haber despachado a los clásicos o que, en la conversación libresca, favorece esa idea luego errónea, añadí yo. Él, curtido en Tolstoi, no lo era en Faulkner, advertí después. Ni en Cortázar, del que no había leído nada. No sirvió para nada hacerle ver lo parcial de su observación. Sostenía que no se puede amar la literatura y no haber leído, leído bien insistía, a Tolstoi o a Chéjov, a todos los clásicos imponentes como Proust o como Mann. El criterio de meter a unos y no a otros no lo aclaró o yo no recuerdo que lo aclarara. De eso hace mucho tiempo, más de lo que yo querría. Hay quien finge haber leído y quien, leyendo, no alardea ni le parece que deba airearse esa costumbre.
Me parece, en todo caso, que es muy difícil ese fingimiento, el de hacer verdad lo que no lo es, el de leer falsamente. Siempre hay quien acaba cayendo en la cuenta de que no tienes ni idea de lo que estás diciendo. Yo descubriría a la primera el que hablase de Borges gratuitamente, sin apasionamiento, soslayando justo lo que a mí me fascina de su obra, únicamente soltando lugares comunes, ya se sabe, ideas que se encuentran en el google a poco que indagas. El google lo rebaja todo, visto así. No hay materia que no puedas incorporar a las tuyas, si es que tienes alguna; ninguna que malogre tu puesta de largo en un foro sobre literaturas germánicas medievales o sobre la influencia del bebop en el jazz rock de Miles Davis. Se puede saber de todo lo suficiente como para no evidenciar que no hay nada de lo que sepamos mucho.
Quizá no interese apurar una disciplina, estar al día en ella, si el tiempo empleado en ese oficio impide que se adquieran, siquiera vaga o no profundamente, otras. Uno no precisa estar sobrado en nada; basta poseer unas nociones, unos rudimentos. Incluso se podría considerar la honradez de difundir que no se sabe nada de Tolstoi o de la caza del urogallo en la campiña inglesa y que se está abierto a resolver esa ignorancia. O no. Siempre he admirado a quienes prefieren aprender a enseñar. El oficio que practico me permite estar continuamente rodeado por gente a la que admiro. No hay ahí fingimiento, no cabe doblez, no existe la mentira, ni siquiera la realizada por no decir la verdad: hay que decirla siempre, hay que hacerles ver que son el futuro, aunque no lean jamás a Tolstoi, a Faulkner, a Borges, ni sepan quiénes fueron los Borbones o cómo funciona un acelerador de partículas. Basta que sean sensibles. Quizá baste con que sean sensibles y les fascine el mundo y todo lo que les reserva para cuando lleguen. Ya han llegado, ya están. Lo de la sensibilidad no tiene el predicamento que solía. Se la está zampando la corrección o la mesura o esa costumbre de contar qué hacemos (las redes sociales son arenas movedizas) en lugar de lo que sentimos.

29.7.19

Conferencia de pájaros

No sé dónde leí que no eran pájaros los que volaban, sino el mismo cielo el que caía. El aire tiene el cuerpo mordido. La luz es un vértigo de olores. Las alas festejan el vuelo. Los pájaros dan una conferencia magistral. Una nube es una catedral sin dios que la aliente y perdure. Dios es el arquitecto secreto. A veces se desentiende de sus criaturas. Por no aburrirse, por dejar que los pájaros amenicen el paisaje, por no dejar escrita el final de la trama invisible, la de la fe en los milagros del tiempo. 

28.7.19

hay un túnel

de lo que no me conforta, de lo que me excluye, de las mesas sin recoger en una terraza de un bar, de lo dulce, de la gramática de los abrazos, del cielo sin acabar de abrir, de las palabras a medio decir en un sueño, de los golpes que no suenan nunca y que aplazan la felicidad y dan al día el tono gris, el tono gris de los poemas tristes, el día en que uno escribe un poema triste ya no sabe cómo levantarlo, se aplica, se esmera y se esmera mucho, pero no se le van de la cabeza las palabras y el poema ronronea en la cabeza, que es donde están al final todos los poemas, yo tengo en mi cabeza todos los poemas que he escrito, los tristes son los que más duran, los que menos se dejan intimidar por mi voluntad de ser alegre y de poner la alegría en la ventana mientras suena una melodía pop, si no fuese por las melodías pop mi humor sería gris o no tendría humor, no lo tengo casi nunca, aparento que hay uno, pero es un humor de circunstancias, como una mosca que de pronto se para en el brazo y la violentas con un gesto, la mosca siempre huye, no hay quien la convierta en una mosca muerta o una mosca moribunda, me da lo mismo, lo que me importa es ir avanzando y no sentir que me distrae una mosca, una mesa sin recoger en una terraza de un bar o un pobre en la puerta del mercadona clamando justicia, pidiendo un mendrugo de hacendado, pero el pobre sigue ahí, a dos calles de aquí, y yo estoy escuchando pop, escribiendo en plan disperso, no sé si alguna vez me concentraré y escribiré con más hondura, sabiendo de donde parto y mirando al lugar a donde acudo, no va a ser posible, al menos no de momento, me voy a conformar con ir cerrando el post, con ir pensando qué cenar, porque hoy ha sido un día largo y mi cabeza necesita desconectar, perderse, no sé qué hace mi cabeza cuando yo no la administro, si me traiciona, si es la cabeza crápula o la admirable y entera, la que no se mete en problemas, la que se deja acariciar, la que lee a keats y escucha a shostakovich, la que acaba de ver the imitation game, un hombre contra sí mismo, una historia de amor, aunque la visten de otras cosas, en realidad todo son historias de amor, incluso las que no lo parecen son historias de amor en el fondo, es el amor el que lo cruza todo, el amor panteísta, ah el amor dodecafónico, el amor bebop, todo ese amor con el que miramos la luz al poner el pie en la calle y decir buenos días, buenos días, ayúdame, oh señor, a elevar la cumbre de este día, ni siquiera k. me reprueba, me conste que le gusta ese vicio mío de todas las mañanas al salir, al poner el pie en la calle, k. debe decir lo suyo también, quién no tiene un mantra interior, un recitado privado con el que saludar la mañana, da lo mismo que lo vistas de oración o de rap atropellado, pero son las palabras las que importan, las palabras grandes y las pequeñas, todas esas palabras con las que pronuncias tu lugar en el mundo, yo tendré el mío, hay días en que lo dudas, quién no lo duda, quién tiene esa certeza, yo no la tengo, cómo tenerla, ya termino, se acaba la historia, se cierra la luz, concluye por hoy la trama, fue buena, la llevé con esmero, no se me escapó de las manos, hay días en que se escapa, k., días que son muchos, días grises y días bastardos, en que no se escribe, en que el autor no tiene nada que decir o lo dice muy para adentro sin que se escuche, ni lo escucha él mismo, libros invisibles, pero hay que escribir en las calles o en la playa o en la cama, como aleixandre, como onetti, los sueños van de la cabeza a la hoja, hay un túnel

27.7.19

J.

Tuve un amigo al que le irritaba que se le diese la razón. Prefería la parte combativa, el cuerpo a cuerpo dialéctico, toda esa hostilidad educada que a veces entretiene las charlas en las terrazas de los bares. Era muy de bares, es cierto. Muy de hablar y muy de beber. No había ocasión en que dejara escapar la oportunidad de hacerse notar y caía bien a ratos, muy bien en alguna ocasión y mal, a su modo, en la mayoría. Yo le confesaba mi admiración y él me lo agradecía a regañadientes, huyendo como solía de los golpecitos en la espalda y de los elogios encendidos. No sé qué es de él, no he vuelto a saber nada suyo desde hace veinte años, más tal vez. Guardo el tono de voz, la airada forma de defenderse a sí mismo o de investirse como improvisado - y voluntarioso - defensor de lo ajeno. Echo en falta gente con ese carisma. No conozco nada mejor en el mundo que la posesión de un determinado tipo de conducta, sea del gusto de los demás o no, pero identificable, deleitable incluso. A los convencidos de que los problemas sólo malogran las relaciones personales, les presentaría a mi amigo J., les dejaría un par de cervezas con él, en una barra de un bar o en un salón doméstico, en la intimidad de las casas. Lo adorarían - como yo lo hice - o lo detestarían - como yo lo hice - .No he tenido interés en saber qué hace, si persiste en su admirable -por extrema, por honesta - forma de ser. Me hablaba de una novia que tenía con la que planeaba un futuro. Estoy por pensar que ese futuro no la incluye ahora. Se inclina uno a pensar que debe costar mantener una relación estable con alguien así. J. seguirá encantado consigo mismo. Continuará escuchándose. Se dedicaba básicamente a eso: a ponerse atención, a cuidar de que nada suyo le fuese enteramente ajeno. A veces estaría bien ser como J.. No a tiempo completo, no de una manera profesional. Me lo imagino ejerciendo en el campo de la política. No todos los políticos están encantados de conocerse: algunos (cuesta aceptarlo, pero no dudo de que es cierto) piensan las cosas antes de decirlas, no toman al ciudadano por tonto y se esmeran en cada pequeña cosa que hacen, por pequeña que parezca o que sea. Si el azar le pone a J. este texto delante, yo estaría más que feliz si se diera por aludido y anotara algún comentario. Tampoco me importará que no lo lea nunca. 

Viernes


Piensa uno en cómo ha ido el día, en si ha tenido algo por lo que recordarlo o no ha habido asunto de enjundia ni de alborozo, Piensa en instantes, en lugares, en las conversaciones, en los gestos; piensa en lo que hizo que sonriéramos o que nos achantáramos, en lo hermoso, en lo feo, y es a veces la fealdad la que triunfa, y lo hace de un modo grosero, acallando a la belleza, sometiéndola. Y el bien también se cohíbe en cuanto el mal aparece. Es el mal el ídolo de las mitologías. Las religiones, tan épicas ellas, tan enfebrecidas de metáforas, acuden al concurso del mal para justificar sus discursos. El diablo es el que se construye la narrativa del bien. A Dios, al buen Dios, el fabulado, el creído, el hacedor, el indispensable y el ausente, se le entiende por la cercanía misma del Diablo. Todo a lo que nos acercamos, movidos por ese afán de traducirlo todo a la luz o a las sombras, termina sacudido por esta idea, zarandeado a veces. Por eso el día ha sido bueno o ha sido malo, sin que se pueda introducir en la ecuación un término intermedio, una especie de incógnita voluble, algo a lo que agarrarse cuando acaba el jornada y piensa uno en cómo fue, en si estuvo Dios de nuestra parte, si es que está en alguna, o fue el diablo quien lo manejó todo a nuestra dolorosa contra. No valen, no se registran los términos medios, esa rutina maravillosa que a mi amigo Rafa Padillo le parece una bendición del mismísimo cielo. En todo caso, el de hoy fue un día sin cloro, por decirlo desatinadamente, por ingresar un punto de distorsión en la ecuación de las cosas. Viene bien de vez en cuando dejarse ir, no pensar en si esto o en si lo otro y apaciguarse y dar cuenta de lo acaecido sin que haya que pensar que algo trascendente bulle debajo. Igual no bulle nada, quizá todo es sencillo y lo que cuenta es irse uno a la cama únicamente con sueño y caer en él apaciblemente, con ternura, casi con amor ese gesto tan conocido. 

26.7.19

Elogio al elogio


Creo que se debería hacer un elogio al día, uno al menos. Se puede poner más o menos empeño y que salga un elogio menudito, como de compromiso, o uno resolutivo, saludablemente consistente, del que no quepa duda alguna de la convicción del que lo formula. Un elogio hacia alguien o hacia algo, un elogio que se entienda y al que se le puedan añadir líneas y no restar ninguna, pero no está el elogio de moda. En todo caso está su anverso. Propendemos más a poner el cuchillo en el cuello de la cosas y hacer como que estamos dispuestos a rebanar lo que se plante. Elogiar no es lo frecuente, ni lo recomendable. Parece que al elogiar se desprestigia el que lo hace. Hay una educación alrededor de este asunto: se mama (verbo horroroso, pero no encuentro otro más eficaz) desde las tiernas infancias. Como si fuese un signo de debilidad. No está el aplauso, el sincero, integrado en las formas cívicas, en los protocolos con los que convivimos. Se aplaude al tenor en el escenario de la ópera o al delantero que taladra la red del portero rival, pero se lo piensa uno si toca exhibir nuestro entusiasmo por el éxito del vecino. Se debería hacer un elogio al día, propongo. No elogios abstractos, de poco asiento en el trasegar de las relaciones sociales, sino elogios personales. Saber que hay cosas que se hacen bien y que nos toca vivirlas de cerca y saber quién contribuyó a que se concluyeran airosamente. Disfrutar en la celebración de la festividad ajena, hacer que esa celebración (en parte) tenga algo nuestro. Elogiar por costumbre, elogiar sin otro motivo que acostumbrarnos a ese placer sencillo. Yo ya tengo el mío. 


1979





En 1979 yo no era nadie, no había leído a Borges, no había sentido la visita del amor profano, no había probado el bourbon, no había cerrado bares con Antonio Sánchez Huertas, Heineken  no era una de mis palabras favoritas, ni tenía la convicción de que Dios era un personaje de ficción, uno con el que luego tendría una apasionada -y fértil-  relación sentimental. En 1979, Emilio Calvo de Mora Villar estudiaba octavo de educación general básica en Fray Albino. Mis amigos eran Manuel Serrano Mateo, Antonio Lendines Castro, Raúl Castillo Fernández, José Luis Cobo Martos y José Francisco Peña Ojeda. Es curioso de que de aquellos amigos uno sepa los dos apellidos y sepa que no se le olvidarán jamás. No recuerdo bien ahora de qué nos reíamos, si salíamos de parranda por el barrio los viernes, dándole patadas a las latas y azuzando perros, pero fue una infancia feliz y no tengo motivo para buscarle tres pies a ningún gato. En 1979, mi abuela vivía. Eso es importante también. La recuerdo como si no se hubiese ido. Uno tiene cosas a las que no renuncia, fragmentos de la memoria que se subliman, adquiriendo un rango épico, malogrando que el olvido se fije en ellos y los derrote. Yo tengo la fortuna de tener una memoria espléndida. Voy a decirlo otra vez: yo tengo la fortuna de tener una memoria espléndida, aunque flaquee a veces y me varíe la trama, pero quién podría decir que eso es grave. Recuerdo el olor de los sábados cuando la lluvia hacía pender la felicidad de cinco o seis amigos que solían juntarse en la plaza de Zaragoza para jugar al fútbol o a lo que sea, da igual, de verdad que da igual el juego, el asunto era jugar. En 1979 todavía no conocía a Auxiliadora Salido Rojas, ni a Rafael Carlos Roldán Sánchez. Escribo todos los nombres y todos los apellidos porque me sale así, como si no fuese yo el que los pronunciase. No sabía que María del Mar Portellano Díaz tenía un Alfa Romeo Sprint o que Antonio Merino Morales podía llegar tarde a una partida de ping pong por una severa indisposición etílica. Fueron los años en los que no tenía preocupación política alguna o los años en que empecé a considerar que estaría bien tenerlas y así poder estar más firmemente en el mundo. En 1979 no había Toñi, llegó más tarde, vino y me cogió la mano y no la ha soltado y me la agarra fuerte. Fue después, no mucho más tarde, cuando empecé a no considerar a Dios, ni la religión, ni la conveniencia de ir a misa por ver si allí encontraba algo que me reconfortara. No sé exactamente cómo, pero ahí empezó mi descreimiento, es cierto, ahora que lo pienso. En 1979 mi padre trabajaba a tiempo completo y mi madre no le iba a la zaga. Yo estudiaba sin excesivo entusiasmo. Todavía no había entrevisto mi futuro. Sólo sabía que me gustaba ir al cine con los amigos y escuchar discos recién comprados. No había placer mayor que el de desprecintar un disco o una cassette. La vida se detenía cuando los dedos retiraban el plástico. Luego la música era la que hacía que el mundo diese vueltas. Tiempos de Epic 2 y de La Gran Premiere, cintas que algunos de mi edad recordarán. El placer empezó a tomar cuerpo con Communiqué. Llegó la muchacha de Portobello Belle, los veranos en Fuengirola, el amor por Frank Sinatra, la decisión de ser maestro, el futuro y los hijos, ah los hijos, ellos no pueden despacharse en un escrito tan corto; luego apareció  el jazz como una bendición del cielo en el que no creo, el vicio de escribir, la costumbre de ver las películas de Hitchcock todos los años, El espejo de los sueños, la barba yendo y viniendo por mi cara. Después de Portobello Belle empezó a afinarse el oficio de vivir. No tengo ni idea de por qué todo arranca con este disco, pero arranca. Ahí empieza lo bueno. Que se haya maleado después no es relevante. Todo acaba por malearse. No hay asunto del corazón que no termine por escombrarse y perderse. La vida tiene esos peajes. Ahora, todo estos años después, pienso en lo feliz que he sido y en lo agradecido que le estoy al señor Knopfler y a su banda. Nada, pequeñas frivolidades de viernes muy de solaz y asueto. Nada que sea mío enteramente. Seguro que es parte de la historia de tantos. No somos originales ni en los recuerdos. Parecen cogidos de las memorias de otros. Como si nos los intercambiáramos. No es así, no del todo. Ahora me voy a la piscina con la familia. Vienen Sánchez y Salido. 

25.7.19

Otro a ratos





Berg escribió Lulú sin pensar en Mahler, pero a mí me recuerda a su séptima. No recuerdo cuándo escuché Lulú. Tampoco cuándo la séptima. Uno va olvidando las cosas. Quizá porque no son relevantes. Hay quien administra con mimo los datos. Cuándo hizo esto, cuándo lo otro. Si en el año mil novecientos ochenta y siete tuvo su primera revelación mística o en el ochenta y nueve encontró en otro cuerpo el verdadero sentido del cosmos. Soy de los que piensan que el cosmos está en los lugares más insospechados. No está ahí afuera ni está en los libros de los que entienden. Está adentro, en el corazón, en el alma, en todos esos lugares a los que los poetas les dedican su empeño. Ginsberg dejó escrito que los poetas están malditos, pero ven con ojos de ángeles. Ya no sé si soy un poeta. A maldito no llego, no cuadro en el perfil, se descuadra el emparejamiento cuando se me ve de cerca y se me conoce. Lo de los ojos de ángel, pues será cosa de ver, nunca sebe uno. No sé si he sido poeta a tiempo parcial, mientras desgranaba unos versos, o se es poeta a tiempo completo y todo agita el lado sensible y te explotan cien alejandrinos en el pecho. Uno trata de ordenar todo esto y desbarra. Una de las condiciones del escritor es no seguir una línea. Será desbarrar el estado natural del que escribe. Uno escribe y el lector, el eventual o el cómplice, encuentra los significados. Ahora mientras que el lector lee este texto, sube la mirada y me encuentra arriba del texto, cuando debería estar debajo o dentro. El poeta tiene su periferia y el lector, la suya. Me hago estas consideraciones sin que las suscite propósito alguno. No deseo saber. Me conformo con no dejar de hablar. Ayer me dijeron eso: que no había parado de hablar, pero no es algo que yo sepa medir, ni algo a lo que yo aloje una preocupación que de momento no existe. Ahora no me gusta Lulú. De Mahler guardo querencia por ciertos pasajes, a veces mucha, es cierto, pero yo casi no tengo que ver con quién los escuchó entonces. Quizá sea verdad que se va cambiando y siendo otro. Yo soy otro a saltos, otro a ratos. A veces soy otro de un modo obsesivo y otras, las más, me cuido de no alejarme demasiado, no vaya a ser que se esté bien lejos y se le tenga afecto a la distancia. Ya digo que voy olvidando las cosas. Unas más que otras. 

Santiago Apóstol



"¿Qué celebra uno cuando celebra su santo? Quizá la momentánea suspensión del hecho de que, en otras circunstancias, no encontraría uno ningún motivo fundado para invitar a desayunar indiscriminadamente a todo el mundo... En esto, el calendario católico funciona como esos cinco minutos de fama que Warhol quería asignarnos a todos. Sólo que, en este caso, ese intervalo de relativa notoriedad, de palmaditas en la espalda de los compañeros, besos de las compañeras y pequeñas atenciones familiares dura un día entero."


Siempre accedí a dejarme engatusar por las efemérides, no me incomoda esa ceremonia a veces importada, como de atrezzo o adorno : contribuían a desalojar el tedio y a imponer un tácito pacto con el asombro que, mirado en la distancia, sensatamente recordado ahora como una extensión excéntrica de esa misma rutina desahuciada, precisa la vida para no convertirse en una desdicha consentida. Tal vez por eso me sigo perdiendo en el cine y en la literatura: busco en las palabras y en las imágenes de los demás excursiones lejos del tedio, caprichosos viajes que circunvalan la mediocridad y hocican su discurso en la belleza y también en la inteligencia. Idóneamente en ambas, en cuanto ellas hagan concurrir para esa ceremonia de la felicidad.
En esa búsqueda legítima no encuentro razones que me disuadan para no disfrutar de las efemérides, que son (está muy bien razonado en el texto que abre el post) engaños mimados, la suspensión de la incredulidad. De pronto se te arriman los íntimos y los próximos y te hacen protagonista de un reality al modo en que nos los venden en la televisión: se aferra uno a la mentira de que la felicidad existe y está a tu alcance y se ha transustanciado en un libro envuelto en bonito papel de regalo o en un disco de jazz con libreto de cincuenta páginas y presentación en lujosa caja de cartón duro. Los cumpleaños intimidan siempre, pero al cabo festejan que pusimos el pie en el mundo y que vamos acortando en cada uno de ellos nuestro inevitable ingreso en la eternidad, de la que alguien (no recuerdo ahora) dijo que era estupenda porque se entraba tumbado.
Eso de los santos son otra cosa: buscan el vínculo católico (lo seas o no) y apelan a la existencia de un puro varón con nombre idéntico al nuestro que engolosinó las tardes de invierno de hagiógrafos y exégetas de la moral cristiana. Llamarse Skywalker o Naim o Phileas te sanea, en todo caso, el bolsillo: no tienes que invitar a desayunos ni apencar con las palmaditas penitenciarias y la cansina copla de que en la Antigüedad (suponemos que fue entonces) alguien deslumbró por las obras que hizo o por las que no hizo. Vaya usted a saber. Los caminos del Señor, aparte de inescrutables, son en ocasiones absurdos. La Fe es un camino angosto y uno se apaña para recorrerlo sin apuros. Eso o quedarse a la entrada, posponiendo algo tal vez ineludible.

24.7.19

Elogio de la luz


Fotografía: Pedro del Espino

El fulgor de la luz arracimada en los pétalos
se derrama con la claridad de un milagro
y es verdad la vida y se cuentan los prodigios
con que nos halaga a diario y nos cobija.

Así declama la naturaleza su virtud sin desmayo,
tiende su limpia maniobra de fragancias,
se deja invadir por el azul sereno de la mañana
y las buganvillas son catedrales en el aire.

Se recrea el verano en su majestad de belleza,
no hay secretos, todo es esplendor, nada huye,
está a la vista la quietud con su deseo adentro,
se escuchan los pájaros con su primor más novicio.

Mira cómo concurre el clamor, a qué altura se ofrece.
Déjate conmover por la fresca liviandad de los colores.
Abre el pecho, deja que lo estregue un cántico de olores.
Está el corazón a medio hacer y el aire lo va cubriendo.


22.7.19

Historia libresca del finado Monteagudo

En algunos cuentos de Borges, los personajes alquilan quintas de espaciosas habitaciones en donde no es imposible encontrar ejemplares de la Enciclopedia Anglo-Americana. Los pisos que se alquilan hoy en día carecen de este encanto libresco y únicamente podemos aspirar a que alojen revistas dominicales atrasadas, periódicos deportivos o novelitas rosa de tomo amarillento que, al gusto de los inquilinos o al albur del azar, han quedado abandonadas, a beneficio de las inclemencias del olvido, ofreciendo su alquimia de pasiones y de fugaces momentos de felicidad a quien habite la pieza.

Sorprende siempre cierto rasgo intelectual - o meramente estético - en el mobiliario arrumbado en las habitaciones. Tiro de ejemplos: un Paul Klee evidentemente falso, un disco rayado de arias de Verdi, un mantelito con blondas que prefiguran olas, un volumen de viajes australes al que le faltan paginas. Hay quien interroga el asombro ajeno con estos objetos singulares. Confía en que esa rendición literaria ilustre el perfil del inquilino y lo rescate del vacío y de la pérdida.

Mi amigo Gustavo Monteagudo, que murió días después de que un caballo alocado la coceara fatalmente la cabeza, gustaba asistir a las presentaciones de libros. Coincidíamos fortuitamente, charlábamos en el ágape y nos despedíamos con un seco apretón de manos. Como no tenía familia cercana ni amigos lo suficientemente íntimos - yo nunca lo fui, en realidad, aunque apreciaba su presencia - imaginé que en su pisito de alquiler habría evidencias de sus gustos literarios. Lo confirmé más tarde. Le excitaba sobremanera que un amigo le pillara embutido en su sillón, frente al ventanal, distraído en Baudelaire o en Rimbaud.

Nunca sabremos si los leía o no: jamás hablaba de literatura, pero no había ocasión en que no llevase un libro bajo el brazo o tuviese alguno intencionadamente abandonado en el taquillón de la entrada a su piso o encima de la cama. El caso era que supiésemos que leía y, sobre todo, qué leía (y luego dicen que las tildes carecen de importancia). El salto a los filósofos nórdicos requería de una situación especial. Una vez se llevó una "Exégesis del pensamiento cartesiano" de un autor noruego de apellido imposible al velatorio de una tía suya. A fuerza de cuidar con detalle estos exabruptos, Monteagudo acabó muy sobrado en lo que podríamos nombrar como "cultura erudita". Un día nos desarmó con una reflexión agudísima sobre la influencia de las escuelas pictóricas vienesas en el cromatismo de Picasso o cómo cierto viaje a la Italia profunda abrió a E.M.Foster un mundo de nuevas y exquisitas sensibilidades que, a la postre, inundaría su abundante obra literaria. Y yo sólo había visto las adaptaciones cinematográficas de James Ivory en cine, qué vamos a hacerle.

Este conocimiento no requería lectura alguna ni se garantizaba que Monteagudo discerniera entre un Monet y un Tolousse-Lautrec o alcanzara a percibir el sutil sentido del tiempo en Proust, ya saben, el café, la magdalena, todo eso que todo el mundo, sin leer a Proust, conoce de antemano. Prefería, no obstante, leer - o no leer, según se mire - argumentos livianos frente a la pesadísima enjundia de autores mayores, pero los años de perfecta simulación le condujeron a advertir que el efecto Schopenhauer era infinitamente más contundente y explícito que el efecto Salgari. Que citar a Mahler producía reacciones más intensas que nombrar el inventario doméstico de músicos abonados a la zarzuela. Nunca entendió este escalafonato en los matices, pero jamás se resistió a usarlos.

Tras la coz letal, Monteagudo abrió, sin voluntad, el piso de alquiler. El dueño dio con mi número entre sus papeles y convino citarme para aclarar y evacuar sus enseres. Días antes, premonición del fatal deselance, Gustavo confesó a un amigo común la posibilidad de que algún percance le ocurriese y el fondo de catálogo de sus anaqueles quedase expuesto a la voracidad de los curiosos o a la tristeza de las donaciones. Le agradaba pensar que el piso era suyo y poder cambiar el papel pintado o los mueble o que, el día en que dejase este mundo, todo quedara donde lo colocó. Sin variación ni mudanza. No le gustaba que las Obras Completas de Azorín, edición de Castalia, ocuparan un rincón escasamente iluminado de día y al que no llegaba de noche la luz de la lámpara, pero los sitios más golosos estaban inevitablemente ocupados por escritores que, a su juicio, en lo poco que logré extraerle, merecían más ese privilegio: Melville, Joyce, Flaubert, Malraux, Faulkner, Dickens, Calvino, Camus, Cela.

Todavía guardo fresco recuerdo de lo que vimos en el piso cuando acudimos a recoger algunas de sus cosas antes de que el casero lo preparase todo para un nuevo inquilino. Monteagudo había colocado sus libros por las habitaciones en lo que, a ojo de un desconocido, pudiese parecer obra del azar, pero nosotros sabíamos que aquel reparto no obedecía al concurso de la casualidad. Sobre la mesita de noche, un Espronceda. En el salón, junto al ventanal, Dante. En la cocina, mal apilados, junto a cascos de cerveza de litro a decenas, Poe, Neruda y Asturias. Tirado en el suelo, en la alfombra del recibidor, un ejemplar pisado de la Biblia con un par de anotaciones en El Apocalipsis . Poeta en Nueva York estaba sobre la taza del retrete. El Quijote, debajo de la almohada. Una fabulosa edición de los cuentos de Hemingway en el alféizar del ventanuco del cuarto de baño, expuesta al rigor del sol y de la lluvia. Poesía del 27 para la terraza. Ceso aquí el inventario.

Esta empresa absurda no puede ser fortuita: tampoco baladí o frívola. Monteagudo quiso decirnos algo con ese desorden de libros. Al modo en que a Alonso Quijano le perturbó el tino la lectura de las andanzas de los caballeros andantes, nuestro querido y tristemente finado Gustavo Monteagudo también fue aquejado por alguna fiebre de naturaleza enteramente libresca. He pensado que se dejó cocear como un exótico modo de suicidio. Ignoro si el caballo estaba al tanto. Nunca lo sabremos. Nada hemos perdido.

21.7.19

La mesura y el amor

No siempre conviene la mesura. De hecho, cuando abunda, se agria el carácter, se enturbia el ánimo, se emponzoña y corrompe, torna gris el gesto y ciega la mirada ; lo he visto, he constatado eso en los otros, en mí mismo. A lo que propende el espíritu es a excederse, a darse y exhibirse, a caer y a poner nuevamente pie e izarse. También está comprobado. De ahí que agradezca uno la comparecencia de la incertidumbre, esa rama del tiempo. Ella hace que la mesura flojee, pierda el paso, no argumente como suele, no nos aquiete y nos censure.
La misma incertidumbre nos instruye para que podamos comprenderla. Lo hace, sin que se perciba el arrimo o la atención. Nos confía las instrucciones, da cuanto se precisa para que no nos derrote. Es a la vez el mal y es el bien. Paradójicamente es la puerta y es su clausura. Es fácil venirse abajo, no obstante. Al no saber se le puede enfrentar el no tener que saber. Lo esperado, por más que conforte, acaba dañando. Es el sufrimiento previsible, el de carecer de brújula, el de no disponer de un mapa, uno fiable, que no deja nada por cartografiar. A veces se agencia uno ese mapa, lo creemos válido, lo es un tiempo y luego cancela esa utilidad y se pierde. La idea es canjearlo por otro.
Mi amigo K. sostuvo anoche que era la cultura la proveedora de ese mapa, el asidero de ese trayecto. Que la mesura era un instrumento, uno más, uno entre muchos. “La mesura es un estado eventual; si prospera, desaparece el sentido primario de vivir; conviene a ratos, por echar el ancla antes de avanzar de nuevo y dejarse ir”.
Hoy podría ser uno de esos días en que no se mida uno, no se guarde nada, exprese lo que buenamente acuda al pensar, que no siempre es difundible. No lo será. Acaba venciendo la mesura, a pesar de todo, su gobierno de apariencias, su cartesiana estrategia de orden. Está bien el orden. Lo anhelo, lo exijo a veces, cuido de que se quede cuando irrumpe, pero es gris el orden, a pesar de que uno reconozca su intendencia y su claridad. Lo otro, la ausencia de geometría, nos hace vibrar, sin embargo. Vivimos mejor cuanto más vibramos. Es resbaladiza esa idea, la de la vibración. El amor es la vibración sublimada. No se ama el orden, se le respeta, conocemos su conveniencia, pero amar es su reverso. Me corrige K.: “Amar es un ejercicio estudiado, no es una epifanía”. Se aprende el amor, viene a contar. La poesía ayuda: la belleza ayuda. También el amor es incertidumbre, a pesar del cálculo que se le haga, de si se pesa y da nombre. No hay (cerramos los dos) mesura en el amor, en amar, en amar el amor, me dice.

La perfección



El hecho de que haya días en los que no oiga ni una sola nota de Miles Davis no incomoda mi absoluta rendición a su genio, no modifica la certidumbre de que está a mi lado, atento a que le llame. Este obrero estajanovista de mirada perdida y apasionados diálogos con su alma a través de la trompeta hizo cientos de discos, se hizo acompañar de cientos de sidemen e influyó a cientos de músicos que influyeron a cientos de músicos. Una especie de facebook sin números binarios de por medio. Él anduvo siempre arriba, presidiendo la comunidad del jazz como llave para abrir la nueva sensibilidad del ciudadano moderno. Porque el jazz es la música clásica de nuestros tiempos igual que antaño el Barroco lo fue en los suyos. Escribir sobre Miles Davis es un placer: uno no necesita acudir a otro sitio que no sea el corazón y es ese músculo el que consiente las palabras y da la medida exacta del amor que se puede profesar por un músico.

Es cierto que hoy no he escuchado a Miles Davis, pero sé que no tardaré mucho. Tal vez mañana cargue mi bendito Ipod con A Kind of blue, el mejor disco de la Historia, (So What, Freddie Freeloader, Blue In Green, All Blues y Flamenco Sketches), y escuche So what, los ocho minutos más maravillosos que este cronista de sus vicios haya escuchado. Haré todo eso y me perderé como suelo en la perfección. Existe. Dura ocho minutos. John Coltrane "Cannonball" Adderley ,Bill Evans , Wynton Kelly... Es una catedral acústica. Una catedral dentro de otra. Como una Matrioska de sonidos. Escribo de nuevo. Escucho de nuevo. Buen domingo.

20.7.19

La cuchara y la sopa / Una reflexión sobre el bilingüismo en Primaria

Empezamos con lo obvio: el inglés es un instrumento lingüístico fundamental en esta sociedad globalizada. No teniendo todos el inglés como lengua vernácula, se colige que interese aprenderlo. Se hace con la voluntad de quien se le antoja imposible medrar en cualquier oficio sin que el aprendizaje del inglés concurse de un modo incuestionable, pero tal vez haya que remarcar la parcela nativa, la propia, darle el prestigio y la utilidad que está perdiendo. Quizá no convenga dominar una lengua extranjera y no tener dominio fiable de la propia, vestir a un santo desvistiendo a otro. De acuerdo que la implantación del bilingüismo es uno de los grandes retos del sistema educativo, pero lo inapropiado, en lo que las distintas mesas educativas no han sabido ponerse de acuerdo, es en encontrar el modelo menos lesivo, el que no deteriore las competencias de otras áreas a beneficio de la del nuevo idioma, que es (en cierto modo) lo que viene ocurriendo en la actualidad.
La bondad del bilingüismo se pervierte si su enseñanza privilegia el aspecto meramente memorístico sobre el dinámico, como se propugna desde la administración. Un nuevo idioma se aprende usándolo, sirviéndose de un contexto enriquecedor y significativo; no se aprende (o no de manera óptima) cuando se enreda con otro propósito, sea el área de Naturales o la de Sociales. El área intervenida pierde: el instrumento se convierte en prioritario, y no el contenido que estudia. Es como si la cuchara fuese más importante que la sopa. No se trata de que el profesorado que imparte estas áreas no esté lo suficientemente preparado, ni que le dedique muchas horas de trabajo, tanto en el centro en la que se le asignan y en casa, las que no ve nadie. Lo que hace que no sea enteramente satisfactorio ese trabajo es la dificultad intrínseca del mismo, la evidencia absoluta de que el alumno no adquiere un conocimiento de la asignatura y no acaba de cuajar en el sistema. Sobrevive a duras penas. Hay un registro académico impuesto sin criterios, un amasijo hueco en un currículum desquiciado por acúmulo de áreas. A veces se aprecia más o menos, según la madurez lingüística del alumno. No hay más.
La proeza del bilingüismo consiste en que seamos verdaderos hablantes de dos lenguas, pero una (la materna) se aprende cuando no tenemos conciencia alguna de que la estamos aprendiendo; la otra, la sobrevenida, la impuesta de algún modo, se aprende en un contexto rico, extraordinariamente rico: rico en experiencias lingüísticas, rico en situaciones de contexto, en las que hablar una lengua que no es la nuestra sea un hecho significativo, no un añadido que no posee verdadera entidad semiótica. Sigo pensando en lo cuestionable de enseñar sociales o naturales en inglés, enfatizando conceptos que no alcanzan una trascendencia lingüística reseñable (cómo se dice placa tectónica en inglés o jugos gástricos o clorofila) y que no se afianzan más tarde por la previsible (y luego constatable) falta de uso. Tampoco cuadra que se auspicie una enseñanza masiva del inglés, incrustada en otras áreas, cuando lo importante son esas áreas, áreas que rebajan su ámbito de influencia cuando se les asigna el segundo idioma como compañero de viaje. Añadido el hecho de que los tramos horarios del inglés se escatimen, se reduzcan a beneficio del nuevo diseño bilingüe. La voluntad política que exige la implantación seria del bilingüis falla cuando desatiende el horario de la asignatura de inglés, que paulatinamente ha ido perdiendo peso y se haya a remolque de sus hermanas menores, la enseñanza bilingüe en otras áreas, fundamentada en otras competencias. No hay que desvestir a un santo si se desea engalanar a otro, viene a decir el refrán.
Cuestionar el bilingüismo no es defenestrarlo, consignar tan sólo sus partes débiles y censurar las fuertes, las zonas brillantes, en las que resplandece. Estudiar en dos idiomas no es lo mismo que estudiar dos idiomas. Se quiso dar un salto mortal con la cosa del inglés y se introdujo a diestro y siniestro su ámbito de influencia. Se llenaron los pasillos de motivadoras cartelerías, se trajeron (se traen) nativos más o menos cualificados que asistían al titular del aula en el desarrollo integrado de las clases, se vendió que éramos un país moderno con escuelas modernas, con maestros modernos y alumnos modernos. Todo tecnificado, todo muy progre y europeo. Lo de la modernidad ha sido siempre un reclamo goloso: en ella se acoge lo bueno, lo que no es bueno y lo abiertamente malo. Quienes salen de la escuela con un inglés fluido y aceptable son los menos y, en la mayoría de los casos, hablan, escuchan, leen y escriben inglés con soltura porque tienen apoyo externo, religiosamente sufragado por sus padres, con profesores de inglés vernáculo, no los nacidos en Cuenca, en Córdoba o en Santiago de Compostela, a los que no se les puede echar en cara que no se maten trabajando y hagan todo lo posible para que sus alumnos tengan el ecosistema perfecto para que esa segunda lengua se reconozca, aprecie y, en última instancia, aprenda. He visto y veo estupendos maestros bilingües batallando en el caos de la normativa, ambigua y poco fiable, inclinada a la estadística mediocre de los pesos en el horario.
Una cosa es enseñar inglés y otra muy distinta excluir al español o rebajarlo en equivocados porcentajes y combinar en el área de Sociales, pongo por caso, uno y otro idioma, de modo que al final se prime el lenguaje usado para volcar los contenidos sobre los contenidos mismos. La cuchara y la sopa. De hecho hay un matiz argumentativo muy a tener en cuenta: los libros bilingües no se explayan en explicaciones, no es posible que suceda tal cosa, no pueden llegar adonde llegan los otros, los que se bastan con el español Siempre querré que un maestro explique el aparato digestivo en clase de Naturales sin que se afecte el relato vertido en español o sin que la injerencia del inglés distraiga de lo fundamental: que el alumno comprenda lo trabajado, sin tener que hacer un esfuerzo extra (a veces demoledor) en la traducción de la versión inglesa.
Se podría implementar un bilingüismo tan sólo ocupado en ofrecer un complemento lingüístico, no un corpus de contenidos, no un armazón teórico: para eso ya se basta el español, para eso tenemos desde tiempos inmemoriales áreas de amplio predicamento social y operativo. Bastaría (de hecho así es como funciona en muchos centros) un modelo bilingüe que se valiese de áreas no instrumentales, liberadas de la nomenclatura habitual. Hablar inglés, sí, mucho además, sobre todo mucho más, pero hablado sin que exista un propósito académico a su espalda, no con la espada de Damocles del área que pretende aliñar, al modo en que se hablaría en cualquier contexto que no fuese estrictamente escolar. Hay áreas idóneas para hacerse cargo de ese enfoque: Educación Física, Música, Plástica. Luego está la obligación de hacer costumbre el inglés hablado. El maestro, en su clase, en el pasillo, en el patio, haría que el inglés fuese un instrumento eficaz de comunicación. Incluso (puestos a dar por perdida esta liza) valdría unas sociales o unas naturales en las que el idioma colabore. Sería una colaboración matizada, reglada con esmero, exenta de la responsabilidad de que el idioma secuestrase él área, la estrangule, la acabe perdiendo.

Si se me pidiese que opinara sobre la valía del bilingüismo en la escuela diría que es necesario. No estoy contra el bilingüismo per se. Las aptitudes cognitivas del alumno son la que dan la talla, es en ellas donde las buenas intenciones normativas (quién duda que legitimas) decaen al no ser implementadas a satisfacción del idioma usado vehicularmente y del área comprometida en esa enseñanza. Uno es escéptico con la esperanza de no serlo, cree en la bondad del programa, sostiene la convicción que el rodaje es largo y precisa medidas urgentes para que funcione seriamente, bien embutido en el plan de centro, implementado sin el corsé de abastecer áreas cruzadas que podrían malograrse si se privilegia el idioma del que no proceden. Enseñar un idioma no puede instrumentalizarte a partir de un área. Un idioma ajeno lastra la adquisición de los contenidos de ese área. Se puede incrustar transversalmente. En mi experiencia de maestro de inglés, he apreciado que basta habituar al alumno a que el idioma extranjero fluya con libertad por todo el centro y se provean suficientes situaciones comunicativas en el idioma
.

18.7.19

Recato

Lo que no hay es recato. Lo acaba de decir una mujer no excesivamente estricta en el vestir ni en la compañía que la escucha. No tengo duda de que haya poco recato o ninguno, pero no todos podemos atrevernos a criticar cuando uno puede incurrir en lo sancionado. Yo no sabría reprobar, no al menos de viva voz, aunque tenga criterio y opinión formadas y hasta alguna vez, no espero que muchas, afine, coincida mi postura con posturas de más consensuado refrendo. Ve uno maneras que no comparte (ayer, en un entierro gente que parecía sacada de una película de Almodóvar cuando McNamara y la festiva movida) y es razonable pensar que tampoco las propias convenzan o sean las universales, como si tal cosa adquiriese rango popular y democrático. Lo del recato es fácilmente rebatible. No hay o lo hay abiertamente en un hipotético escrutinio, pero quién podría arrogarse el patrón y cómo se podría excluir de ser sometido a la misma criba a ojos ajenos. El muchacho de pelo naranja y camiseta de la NBA hasta las rodillas no es modelo, no casa con el atuendo mayoritario, pero es precisamente su osadía (la juzgada por mí) la que hace que podamos manejar muchas estéticas en la búsqueda de una sola a la que aferrarnos. Mientras yo escribo en mi Iphone, un señor mayor, vestido sin estridencias, llama la atención por leer una antología de poemas de Manuel Machado. Me ha mirado varías veces, somete a su juicio que yo ande emboscado en las teclas y de vez en cuando levante la vista y observe y escriba. Tenemos los dos un diálogo invisible o secreto o tácito. La avenida, estoy en el centro de Granada, es un alarde barroco y gótico y estival sobre todo que impide aburrirse. Podría estar la melena entera sin que flojee mi asombro, siempre tan dúctil y placentero. La riada de personal es un regalo y yo soy el agasajado. Uno es voyeur a veces o lo es siempre y en rara ocasión lo admite y hasta se regocija en ello. Todos lo seremos: no hay quien no evalúe y haga más tarde o en el preciso momento de la revelación acta de lo contemplado. Hay quien fotografía esa epifanía golosa y quienes sentimos la urgencia de escribir, por retener la vida y registrar su abrazo. Lo más disfrutable es la posibilidad de que uno también sea él escrutado, el expuesto. No sabremos si hay recato: lo que abunda es la diversidad. Bendita ella. Es hermoso el mundo así contado. Vamos bien, nadie debería cohibirse, ni censurarse. La muchacha que se acaba de sentar en un banco frente a mi y ha sacado el móvil está escribiendo. Fuma y escribe. Como yo. Igual luego el azar hace que lea este texto.

Jueves

1
A uno le gustaría que le explicasen el momento en que se desquició todo. Sobre todo por guardar una imagen, por salvar un trozo de trama. La realidad, al narrarla, al manejarla con los mecanismos de la ficción, se trivializa, se hace amena, adquiere un tono lúdico. La literatura salvará al mundo. Será la literatura la que luego registre el caos. No serán los analistas de mercado ni los politólogos quienes escriban la crónica del desquicio en el que vivimos: serán las poetas, serán los novelistas de novela negra, serán los que rapean en las calles.

2
El apocalipsis nos sorprenderá manejando un smartphone. Será curioso ver cómo se resumen en ciento cuarenta caracteres la caída de todo lo que conocemos. Facebook y Twitter son catedrales intangibles, templos de la liviandad y del murmullo. El feligrés, en estos tiempos de zozobra y de mamandurrias, es un abonado.

3
Soy rico en lo mío y pobre en lo ajeno. Me sigue fascinando, a pesar de lo quemado que está el mensaje, el carpe diem de marras. La vida se construye viviendo, que diría mi amigo Agustín, uno personaje manchego único, corto de entendederas, traído al mundo con una cilindrada mental menor de lo deseable, pero valiente en su modo de vivir, crecido en la adversidad, filósofo pedestre que, en una ocasión, preguntado por su hermano del alma (no de la sangre) Marcelino, solventó en una frase algunos de los quebrantos de la metafísica. "¿Y tú, Agustín, para qué vives?", le solté a las tantas, contentos los dos de viandas y de licores. "Pues yo vivo para seguir viviendo", respondió sin mirar, sin percatarse del alcance del aserto. O sí. Yo quiero ser Agustín de vez en cuando, pero no me sale.

4
Un aparte que me surgió anoche: me gusta mucho Jennifer Connelly. Hablo de la actriz y hablo de lo que mujeres como Jennifer Connelly representan. Durante una época mi Connelly de hoy fue Lauren Bacall, que es una criatura diametralmente opuesta a ésta, más cartesiana y de menos arresto volumétrico, pero de arrestos creativos y carisma incontestables. No sé bien a estas alturas qué cosa es el carisma. No sé cómo se cuantifica. Si se aviene a un medidor que lo registre. Hace que no la veo en cine, tendré que ver cosas antiguas.

5
Al verano se viene en cueros. Al invierno se llega forrado. Uno es más uno mismo cuando va vestido. Yo soy de invierno porque soy un tímido a pesar de que no lo aparento en absoluto. Uno afronta el invierno pertrechado de bolsillos. He paseado inviernos fantásticos con Chesterton en el bolsillo interior izquierdo del abrigo y Charlie Parker en el derecho. Una sinfonía de nobles distracciones para solventar el frío.

16.7.19

Los que se van

Fueron los años de la ignorancia y también de la felicidad, a veces van juntas las dos; la edad de los juegos, y con ellos, a su alegre lomo, tumultuoso y febril, el tiempo de las amistades eternas, las que no flaqueaban si la adversidad las tentaba, las dulces y las joviales amistades que invitaban a chapuzones y a excursiones, al lírico abrazo del tiempo, sin saber aún lo que aguardaba más tarde. Fueron los años de las tentativas y de las escaramuzas, del vértigo de los descubrimientos y de la bondad de las abrazos.

De la fatalidad se aprende después, viene sin que se la avise, no tiene protocolos, ni atiende a razones; se presenta a su antojadizo capricho, hace su oficio con imperturbable magisterio y nos tiene a su severa merced. Vive uno a expensas suya, apesadumbrado y frágil, feliz también, satisfecho de estar en el mundo y de disfrutar de cuanto ofrece, que es mucho y es nuestro . A la felicidad no se renuncia nunca. Por eso hoy, en el día en que nos ha dejado Antonio, poco antes de cumplir ochenta, pensé en la felicidad, eso le hubiese gustado; pensé en los años en el Sector Sur, en la avenida de Cádiz, en Fuengirola, en el Fontanar, en Fray Albino, en el fútbol de los sábados, en las primeras películas en VHS, en las tardes en la casa de Antonio estaba abierta (su casa era la de todos, Antoñita se preocupaba de que así la sintiéramos) para que sus hijos (los suyos, Rafa, Antonio, Sergio) y los amigos fraguaran su aprendizaje en la vida, muy despacio al principio, más rápido cada vez, más rápido, convencidos de que éramos dueños del mundo, aunque fuese un mundo fabulado, mullido y placentero. Estaba lleno de discos de Genesis y de Supertramp, de Coca-Colas en la terraza y de aquellos primeros libros de serie B de Clark Carrados y Joseph Berna, muy cutres y muy malos también, pero maravillosos entonces, aún ahora si pienso en ellos con la nostalgia que hoy, mal día hoy, me embarga.

A Antonio, como a mis tíos, los que no están tampoco, les debo la infancia, más les deberé, seguro que mucho, no puede ser de otra manera la deuda, la gratitud, la añoranza, la emoción del recuerdo, que acude sin titubeo y nos conforta y nos hace felices. Hoy es un mal día, vendrán mejores. No es edad de irse la suya, a pesar de que haya sido larga, vivida y trabajada, larga y festejada y compartida, ninguna edad lo es. Se le tendrá en la memoria, eso podemos hacer para que los que se van no nos dejen del todo. No lo hacen.

14.7.19

Domingo

Vuelvo a Chesterton: en su Ortodoxia reconocía una emoción que brotaba subconscientemente y advertía el hecho de que este mundo nuestro debía tener algún objeto verdadero, alejado a veces, no previsto ni retenible más tarde. Que la vida era un cuento y que, en tanto cuento, debía tener un narrador. ¿Quién me narra a mí? ¿A qué género pertenece la trama en la que estoy? ¿Será un subgénero? Igual es una trama romántica o un thriller o ambas o todas las tramas entregadas azarosamente. Me agrada el thriller, pero no tengo alma de Sam Spade ni mi perfil se arrima a la épica sucia de un callejón a oscuras en el que dos policías de paisano custodian el cuerpo obscenamente acuchillado de una stripper. (Ayer vi cine negro del bueno, una vez más) Bien pensado no tengo ni idea de en qué cuento estoy metido. Me lo pregunto en ocasiones. Sin abusar. Fantaseo con la posibilidad de revelarme contra el autor invisible que me guía. O con ser un personaje de Julio Verne o de Marlowe. Sólo que no los tengo a mano. Ni siquiera tengo la certeza de encontrarlos. Tampoco de que existan. Ahí andamos. Liados en metafísicas. Siempre estamos en metafísicas. Este blog entero (todo lo que escribo) es la extensión blasfema (o lírica, ojalá) de esa intriga teológica. Dentro de cada uno de nosotros hay un teólogo. Lo escribió también Chesterton. Borges remató que para serlo no es imprescindible la fe. Dos pájaros buenos. Uno descreía de un modo creativo, considerando que la construcción de la fe contaba siempre con ingredientes literarios, propios de la ficción, de tramas de género fantástico. El otro, el gordo inglés, veía una epifanía en lo divino, una que lo traspasaba al punto de que toda su inteligencia, y también su sensibilidad, estaba cruzada de parte a parte por la caligrafía de Dios, por las palabras susurradas por la Divinidad a su goloso oído. Borges conversaba con Dios, al que confería un aura teatral; Chesterton esperaba que Dios conversase con él, dándole una autoridad carnal casi, un espacio ontológico limpio, sin la traba de la ciencia, tan descreída también. Gana siempre la literatura, aporto yo. Incluso el feligrés, hablo del feligrés letraherido, consiente que Dios forme parte de la trama, solo que la Gran Trama, la trama celeste, la urdida en el principio de los tiempos y la trabajada en el trasegar de sus días. Hay días de metafísica, oh amigos. Hoy domingo también, Raúl. Abre el domingo con timidez pero ya ha tomado la luz y la ha hecho vibrar y expandirse sin pudor ni arredro. Ninguno de esos benditos días , no obstante, carece de ella, aunque no percibamos el rumor de los ángeles, el peso de las grandes palabras cayendo a plomo sobre nuestro estar en el mundo. Días de nubes con salmos, días huecos, días de feliz conversación con uno mismo, días caídos en desgracia o izados como una espuma salvaje. A los días los salvan las palabras, pensé anoche. Me quedé ahí, en ese pensamiento pequeño, que batalló por perderse conforme el sueño me iba venciendo hasta que caí en él sin la certeza de haberlo perdido, conciliado en la trama del sueño, cancelada sin saberlo la vigilia. Volvió a poco de abrir los ojos esta mañana. Pensé ahí, nada más pisar la luz del día, en Borges (suele caer una borgiana al alba a veces) y en Chesterton, en el texto que empecé hace tiempo. Ningún texto está enteramente terminado cuando lo rindes a quien lo lee. Está ahí, a la espera de que se le engorde la panza. Ojalá los altos astros me sean favorables. Borges, acabo, dijo de Chesterton que no había página suya que no contuviese una felicidad. Ningún día la censura del todo, añado yo. Los días avanzan a su antojadiza bola. Algunos con más extrañeza que otros.

Lovecraft nuevamente



A mi modo de ver, en este mundo no hay nada más misericordioso que la incapacidad de la mente humana para relacionar todo lo que contiene. Vivimos en una plácida isla de ignorancia rodeada por los negros océanos del infinito, por lo que no estaba previsto que viajáramos lejos. Hasta ahora las ciencias, que avanzan cada una en su propia dirección, no nos han hecho demasiado daño. Pero un día la suma de todos esos conocimientos inconexos nos ofrecerá un panorama tan aterrador de la realidad y del pavoroso lugar que ocupamos en ella que, si no enloquecemos ante esa revelación, huiremos de su luz letal hacia la paz y la
seguridad de una nueva edad oscura”
H . P . LOVECRAFT, La llamada de Cthulhu, 1926”
(Tomado del libro que tengo entre manos: La Señal, Maxime Chattam)


Cada poco vuelvo a Lovecraft. Tengo sus libros en las ediciones baratas y de letra pequeña de Alianza. No me desprendo de ellas, a pesar de que la vista flojea y hay cansancio y torpeza cuando los retomo. Ayer no adquirí una edición deslumbrante de sus obras completas, pero terminaré haciéndome de ella. No retiraré los tomos antiguos. Algunos están deteriorados. Tienen la vida que les he impregnado como lector. No hay libro leído que no posea esa huella luminosa. Luego están todos esos libros que conocemos y en los que no hemos entrado aún. Algunos por pereza o por no disponer de otra vida consagrada únicamente a la lectura. Es romántica esa ocurrencia mía. Aún así hay veces en que lamento (brevemente) esa inoperancia y alargo las noches emboscando la vigilia en un libro. Lovecraft es de los míos. Fue lectura juvenil y precoz y festiva, a pesar del temor a avanzar y llegar al destino previsto. Bendito él.

Domingo

Vuelvo a Chesterton: en su Ortodoxia reconocía una emoción que brotaba subconscientemente y advertía el hecho de que este mundo nuestro debía tener algún objeto verdadero, alejado a veces, no previsto ni retenible más tarde. Que la vida era un cuento y que, en tanto cuento, debía tener un narrador. ¿Quién me narra a mí? ¿A qué género pertenece la trama en la que estoy? ¿Será un subgénero? Igual es una trama romántica o un thriller o ambas o todas las tramas entregadas azarosamente. Me agrada el thriller, pero no tengo alma de Sam Spade ni mi perfil se arrima a la épica sucia de un callejón a oscuras en el que dos policías de paisano custodian el cuerpo obscenamente acuchillado de una stripper. (Ayer vi cine negro del bueno, una vez más) Bien pensado no tengo ni idea de en qué cuento estoy metido. Me lo pregunto en ocasiones. Sin abusar. Fantaseo con la posibilidad de revelarme contra el autor invisible que me guía. O con ser un personaje de Julio Verne o de Marlowe. Sólo que no los tengo a mano. Ni siquiera tengo la certeza de encontrarlos. Tampoco de que existan. Ahí andamos.  Liados en metafísicas. Siempre estamos en metafísicas. Este blog entero (todo lo que escribo) es la extensión blasfema (o lírica, ojalá) de esa intriga teológica. Dentro de cada uno de nosotros hay un teólogo. Lo escribió también Chesterton. Borges remató que para serlo no es imprescindible la fe. Dos pájaros buenos. Uno descreía de un modo creativo, considerando que la construcción de la fe contaba siempre con ingredientes literarios, propios de la ficción, de tramas de género fantástico. El otro, el gordo inglés, veía una epifanía en lo divino, una que lo traspasaba al punto de que toda su inteligencia, y también su sensibilidad, estaba cruzada de parte a parte por la caligrafía de Dios, por las palabras susurradas por la Divinidad a su goloso oído. Borges conversaba con Dios, al que confería un aura teatral; Chesterton esperaba que Dios conversase con él, dándole una autoridad carnal casi, un espacio ontológico limpio, sin la traba de la ciencia, tan descreída también. Gana siempre la literatura, aporto yo. Incluso el feligrés, hablo del feligrés letraherido, consiente que Dios forme parte de la trama, solo que la Gran Trama, la trama celeste, la urdida en el principio de los tiempos y la trabajada en el trasegar de sus días. Hay días de metafísica, oh amigos. Hoy domingo también, Raúl. Abre  el domingo con timidez pero ya ha tomado la luz y la ha hecho vibrar y expandirse sin pudor ni arredro.  Ninguno de esos benditos días , no obstante, carece de ella, aunque no percibamos el rumor de los ángeles, el peso de las grandes palabras cayendo a plomo sobre nuestro estar en el mundo. Días de nubes con salmos, días huecos, días de feliz conversación con uno mismo, días caídos en desgracia o izados como una espuma salvaje. A los días los salvan las palabras, pensé anoche. Me quedé ahí, en ese pensamiento pequeño, que batalló por perderse conforme el sueño me iba venciendo hasta que caí en él sin la certeza de haberlo perdido, conciliado en la trama del sueño, cancelada sin saberlo la vigilia. Volvió a poco de abrir los ojos esta mañana. Pensé ahí, nada más pisar la luz del día, en Borges (suele caer una borgiana al alba a veces) y en Chesterton, en el texto que empecé hace tiempo. Ningún texto está enteramente terminado cuando lo rindes a quien lo lee. Está ahí, a la espera de que se le engorde la panza. Ojalá los altos astros me sean favorables. Borges, acabo, dijo de Chesterton que no había página suya que no contuviese una felicidad. Ningún día la censura del todo, añado yo. Los días avanzan a su antojadiza bola. Algunos con más extrañeza que otros. 

12.7.19

El ayer

A Maria Teresa Ferrer, por las charlas accidentales, por su luz, por el tiempo amarrado a ellas.


Está uno a medio hacer, siempre se tiene esa percepción, no se presume ni hay queja fiable de ella, y cuenta esa precariedad, es de uso diario, nos fortalece incluso ese saber a medias, no tener pie firme ni suelo conquistado. Tampoco ayuda la memoria, ese juguete un poco tirano a veces, resuelta en guiarnos o en hacer perder asiento, tan a la suyo ella, sin que podamos darle el manejo que nos plazca o sin confirmación de que obra a voluntad nuestra al modo en que la mano se mueve si se lo ordenamos o la boca articula las palabras que elegimos decir, aunque haya otras y las escogidas no siempre sean las oportunas y cabales. Avanza uno a tientas, entenebrecido o iluminado, hay constancia de la injerencia de la sombra y del concurso de la luz, pero es ajeno el camino, no cuadra a lo previsto como se querría, se escora a su antojadizo capricho y nos perturba o nos conforta con aleatorio y no sabido manejo.
María Teresa Ferrer García se le da siempre bien conversar. Tiene ese don, se esmera en escuchar y en afinar en lo que escuchar trae más tarde: en detener el tiempo, en bosquejar (no hace falta más) un mapa de la realidad, el que procuran la edad y la experiencia. Hoy fue la memoria de lo que hablamos. De si es un recurso invariable o la moldea el azar y es ese azar el que manuscribe su trama. Nosotros estamos a lo que se le ocurra. Tiene sus vicios, se hace prodigiosamente a ellos, los usa y los deshecha, les da amparo y techo y más tarde los arrumba, los muda a otra cosa, que no se sabe bien qué es, tal vez el olvido, del que sabemos menos aún, es su designio y es su brújula, confundirnos o, peor aún, eliminar lo que hicimos, fuese lo que fuese, darle la posibilidad de no haber existido, aunque haya pequeñas briznas, todas deshilachadas, inconsistentes, que piden a su manera que se las devuelva a la realidad y puedan durar más de lo que lo hicieron, asunto al que tampoco se le puede dar veracidad ni tal vez legitimidad.
Sin embargo, qué milagro es la memoria, a qué altos prodigios nos eleva. La tiene uno de los que amamos y nos arrebataron, la mimamos, la sublimamos, la hacemos fuerte aun cuando en ocasiones flaquea y amenaza con diluirse, con perderse, pero pugnamos por amarrarla, se vive a veces para que ese libro (cada uno el suyo, algunos compartidos con otros) no perezca y caiga al malhadado olvido y parezca que nada de lo recordado pueda ser certificado, tasado, rubricado o catalogado a beneficio del futuro, que traerá otras historias, las inevitables y las necesarias, algunas parecidas a las difuminadas, otras opuestas, como si fuésemos otro y nada tuviésemos que ver con él yo que fuimos y del que no deseamos desprendernos.
Pienso en mi padre, en su memoria evanescente, masacrada por la enfermedad, borrada sin pudor ni miramientos, extirpada quirúrgica y homicidamente. La suya es la edad del desvanecerse, nada que decir en eso, pero duele la representación de esa fuga brusca en él, irreparable y oscura. En ocasiones reconoce una canción o sonríe con aliviada lentitud si algo de lo que se le dice aviva el ascua del fuego sin extinguir aún. No mucho más, ese destello tímido de tiempo recobrado y compartido a su enferma manera. De ahí la narrativa de la memoria, una cierta obsesión por mi parte en entender y en entenderme.

11.7.19

Noir



A la realidad la sostiene la intriga de no saber qué viene después, si todo se ajustará a lo previsto, si es que uno prevé y tiene una trama especulada o intuida, o será el asombro y la ignorancia, las dos juntamente, las que harán el viaje con nosotros. No sabemos qué pasajero nos acompaña. En esa incertidumbre, en ese advenimiento de la oscuridad, encendemos las linternas, caminamos a tientas, aguzamos el oído, pero podríamos no hacer nada de eso, sino dejar que ocurra cuanto esté por ocurrir, no hay manera de que podamos gobernar el concurso del azar, ni intimar con él o considerarlo nuestro. Sucede así en las películas o en las novelas de cine negro. Hay una inminencia de peligro, una evidencia anticipada por quien observa y que ignoran los que ocupan la trama. No bastan las linternas, no dan abasto a iluminar las zonas turbias, que no son casi nunca las reales, las que puede apartar una luz insistente, sino que están adentro y ahí no alcanzan linternas.

10.7.19

El canto de las hormigas / Algas

1
 Nada ha comenzado todavía
2
Desde el barco se ve un disparo
3
Me dejo invadir por minuciosas algas
4
Arde lo que importa. El fuego es el limbo perfecto.
5
El secreto aguarda en la sílaba oscura tal que un dios.
6
Puse anoche a Scarlatti en la cena. A mi hija le sentó mal la tortilla de espinacas. Scarlatti suena a gaseosa ida, me confesó en los postres.
7
Descender nuevamente a la raíz, hondura cartesiana del misterio.
8
Un tren de algodón descarrila en mi sueño.
9
La luz mordida, su eco.
10
Al alma la astilla el tiempo.
11
En la noche sin aristas obscenamente galopo un cuerpo, un verbo, un resto de luz antes de que la vigilia clausure su festín de polen.
12
Yo lo que tenso es el plectro del alma.
13
Rumor de sábados muy dulces en las calles de la infancia.
14
La luz fluye desde la respiración primera, leve pulso, signo animal, único testigo fiable de las horas.
15
El tahúr enamorado de su manga
16
Anochece en el azucarero. Taconea pasillo abajo la tristeza. Se ven tan poca cosa sus perritos que, a la luz de las linternas, parecen algas.

Monstruos


No hay que fiarse nunca, hay que evitar dar las cosas por sentadas. El corazón es un cazador solitario (alguien lo escribió) o somos malos por naturaleza o el bien escasea o el infierno somos nosotros o los monstruos están al acecho debajo de la cama. A poco que nos fijemos, si le dedicamos el interés suficiente o el azar nos halaga con una de sus revelaciones, advertimos que todo viene a estar cortado con las mismas tijeras y que un patrón las guía y son las mismas manos las que las mueven. Otros dicen que en todos los trabajos se fuma, es un refrán, lo he oído muchas veces. Al cerrar el día pensamos en todo lo que hemos visto. Traemos a la memoria una conversación o una escena o un paisaje o un olor entre los olores. Pensamos en qué fue lo más valioso, en si algo de verdad fue hermoso y lo alentó la belleza o la bondad o ambas juntamente sin que una desdiga a otra. Qué fue lo que nos conmovió, si tuvimos la suerte de que algo de verdad nos conmoviera. Si el monstruo no lo era tanto o si las preocupaciones no lo fueron tanto más tarde, al volver a ellas y pensarlas y ver si todavía pesaban y nos herían. Cosas así. El cielo se pondrá azul y el aire moverá las hojas de los árboles. Con menos intención poético, mañana hará más calor, lo han dicho en la radio, no hace falta que lo digan. Estos días de fresco son una bendición y somos pesimistas por naturaleza también. No hay que fiarse de nada, pero el verano matará al marciano antes que la nicotina del Marlboro.

Conversaciones II

A K. le contraría que le desoigan, a quién no. Hace al principio como que no le molesta, pero en el fondo le incomoda, hasta irrita. Se enfurruña adentro, se ve cómo se agita, aunque se arredra y mide los gestos. Cuando no ocurre, cuando abandona la prudencia, más veces de la cuenta, frunce las cejas, suspira, hiperventila, mira hacia otro lado si hablan los demás y no se da por aludido cuando lo apremian a que se involucre en la conversación, si le exigen comba, pero una vez que K. se percata de que no le permiten meter cuña a su desaforado antojo, desconecta. Se evade. K., invisible. A veces es tan evidente esa renuncia que se produce un ligero vacío, una tentativa de ausencia. La conversación sobrevenida más tarde flaquea, se diluye, las frases son cada vez más cortas y acaba desvaneciéndose, herida, como si la hubiesen lanceado y tuviese un boquete en el costado por donde mana la copiosa sangre. Es un vicio antiguo el suyo, irremediable y de poco o ningún lustre. No conozco a nadie que se ofenda (es ofensa a su ver) tanto ni nadie, que una vez plenamente ofendido, toma el mando de la conversación y, sin decir una palabra, la corrompe con más eficacia. Además no se esfuerza mucho. Basta con un suspiro, basta con fruncir las cejas. Un mirar, un no hacerlo. También uno en ocasiones se ve apartado, quién no. No se encorajina tanto, no ve mal, es un lance de lo hablado, todo el mundo tiende a hablar más que a escuchar, ese es el pecado, esa la falta tan habitual. Ayer K. estuvo callado más de la cuenta. Hay días, dijo, en que no hay nada que decir. Nada dicho por otros que merezca atención ni opinión válida.

8.7.19

Orden

Hay lugares en donde uno no ha estado jamás y  de los que nunca ha salido, personas que no conoce y sin las que no podría vivir. Esa es la paradoja. Incluso libros que no ha leído, pero a los que confía la restitución de la más alta de las satisfacciones. Uno vive conforme a muy pocas cosas y muchas de esas cosas, vistas en detalle, podrían suprimirse sin que nada relevante acabara perdiéndose. Solo es nuestro lo que perdimos. Siempre queremos saber cómo continúa la historia. No nos satisface la trama servida. Todo es provisional. Nada es duradero. 

Bonancible

Hubo un tiempo en que me encantaba la palabra bonancible. La usaba en cuanto podía. Para lo que me gustaba, la usaba poco. Había situaciones en las que, sin venir a cuento, la sacaba, la aireaba, la exponía a la consideración de quienes me escuchaban. Hay palabras que hablan del que las dice más que una frase o un parlamento entero. Te puedes tirar una noche entera hablando sobre los desahucios, blandiendo argumentos de fuste, sin que te hagan ni puñetero caso, pero ah si dices bonancible. En el momento en que la palabra escapa de su jaula y se iza en el aire como un arresto de campanas todo el mundo se queda mirándote y algunos, los más osados, los más sensibles también, la repetirán sin estruendo, como si fuese la primera vez que la escuchan. Lo hermoso de las palabras está en que ensamblan bien entre ellas. Lo hermoso es que suenen primerizas, hagan que el asombro (el fonético, el semántico) percuta adentro y reverberen como si fuese una brizna obstinada de eco en el aire. Si no calzan las palabras, ladran. Hay palabras de un estruendo insoportable que, movidas de campo, adquieren un melifluo pulso de junco al que el viento mece y engalana. También al contrario: palabras de una deliciosa sonancia, de las que sustancian lo más dulce y sereno y apacible, que se embrutecen y afean si son reproducidas sin esmero, cosidas a otras con las que no congenian. Está el mundo de las palabras así de caprichoso para los que las amamos. Prefiero dejar mis excentricidades semánticas para los posts. A veces cuesta meter bonancible en una frase, hacer que se mantenga y no flaquee en su desempeño. Hoy debo decirla al menos dos veces. A ver cómo se nos da la empresa. 

7.7.19

Díptico

I
Uno no es de lisonjas, no las da ni se ofrece a darlas; las pocas que inadvertidamente se aventuran no cuajan, flaquean en el propósito que se les asigna, dan la evidencia de que se han construido descuidadamente o que nos arrebató el entusiasmo y no supimos dar con las palabras correctas, las cuadradas y cabales. Tampoco he sido aficionado a dar pábulo al rumor. Al rumor lo alimentan los cuervos, escuché o leí una vez. Lo que se escucha, lo confiado y lo cabal y lo estricto, no siempre nos convence. Le damos la atención mínima, el crédito más pequeño. Somos crédulos con dificultad, somos inocentes muy raramente, me expreso en un plural concesivo. O lo creemos todo fervorosamente y abrazamos la causa ajena. Tampoco sabe uno a qué atenerse, en qué postura sentirse cómodo, no hace falta tal vez la comodidad, está bien la zozobra, el no tener un pie en el suelo o ninguno. Hay quien se nos cruza con intención de permanecía y quien ocupa el instante únicamente y apenas nos escucha y solo se cuida de escucharse a sí mismo. Quien a la primera nos conmueve y del que sabemos con certeza que no olvidaremos, aunque no sea asiduo en adelante y lo sepamos de fiable antemano. Hay quien nos ama sin que lo percibamos. A quien le profesamos ese amor y no lo aprecia o no se percata. Quien no duda en insistir para que le abramos el corazón y quien se aplica en tener el suyo desconsoladamente abierto. Quien la pifia a poco que haga y quien lo borda sin gasto ni esfuerzo. Quien es excusado por mucho mal que produzca y quien nunca será alabado por más que triunfe. Se viene a este mundo con esos privilegios, los de caer bien, los mejores considerados, o trae uno esa condena, la irreparable, sin que se pueda borrar esa marca natalicia, sin solución ni apresurada enmienda. Hay quien cae en gracia y quien es gracioso, suele decirse. Hay quien se apura ante una leve contrariedad y quien reclama las grandes por probarse. Hay quien se ahoga en un vaso de agua y quien se divierte braceando muy mar adentro. 

II
Está el domingo tranquilo, la calle está vacía, la cruzan algunas coches y viandantes envalentonados, ya no es hora de ponerse a andar, salvo que no haya remedio, no lo habrá. La tarde está invitándonos a no tener de ella mucho conocimiento; en verano, las tardes (al menos las tardes en mi tierra) no tienen el pedigrí de la noche o de la mañana recién inaugurada. Es lo que no me gusta del verano, que se le van quitando tramos, se le acorta, dejamos sólo los momentos en los que el sol no nos fustiga. Porque eso es, en muy resumidas cuentas, lo que ocurre: el sol haciendo su oficio y nosotros, a la manera que cada uno inventa, buscando la sombra, tratando de escapar, deseando que podamos salir y pasear y no tener que lamentarlo más tarde. 



Conversaciones

Antonio Sanchez Huertas, a Auxy Salido, a Toñi, conversadores fieles
Hay conversaciones que no se empiezan por evitar otras. Hablar con los demás a veces se asemeja a una partida de ajedrez en la que uno busca un fin y habilita los instrumentos para abordarlo. Las palabras son piezas que se mueven. Las que dice quien escucha son piezas que confirman o modifican las nuestras. No buscándose ganar partida alguna, se obstina uno en alargar la trama o se las ingenia para que venzan las pacíficas tablas.
Hay conversaciones que se ganan y otras que se pierden. No siempre nos anima ese bienestar de jugar por jugar. Juego es, al fin y al cabo, sea cual sea el propósito que abre la liza. Se nos ha educado a tal fin, al del anhelo de una victoria o de una derrota, no al sencillo juego de la convivencia, sin que intermedien los rigores de una batalla. Se teme que nos conozcan, nos guardamos más de la cuenta, somos reservados por naturaleza, guardamos bajo muchas llaves la propiedad de nuestra existencia. De ahí que hablemos con prudencia, sin mostrar todas las cartas, sospechando que el otro también procederá de idéntica manera.
Hay conversaciones absolutamente vacías, no conducen a ningún sitio, no tienen propósito, nacen sin sustancia, tan sólo merodean la realidad o la reducen a su expresión más sencilla, cuando no la más burda, pero es en ellas en donde reside la semilla, desde ella se expande la luz, lo que hace que todo permanezca y fluya. El vacío, en lo que se dice, no es siempre sinónimo de nulidad. Se puede preguntar a alguien por lo que hizo ayer, sin entrar en el detalle, sólo por ocupar el tiempo o por reivindicar cierta hegemonía, perdida a veces: la de la cantidad sobre la calidad. No todo lo dicho debe ser relevante, no es posible que todo lo que decimos tenga ese rango de trascendencia. Se cuenta lo primero que viene a la cabeza. No siempre sabemos ordenar las cosas, lo que se nos ocurre, la conversación que deseamos entablar.
De vez en cuando se relata lo baladí, lo que no prospera en la memoria y se acaba arrumbando. Se explica qué desayunamos y cuándo, lo que vino al sueño recién clausurado e incorporamos a tientas, frágil y precariamente a la vigilia; se explaya uno en decir el tiempo que hace que no sale a pasear o el excesivo que ha dedicado a ordenar un habitación en la que militaba a sus anchas el caos. Son las conversaciones sin metafísica, las que no tienen el afán de otras con más fuste. No se habla del corazón, no se le nombra, tan sólo se enumera el inventario de cosas que pueblan la realidad y se nombran terrazas de verano, pantalones cortos de verano, gente que vimos, noticias que supimos, discos que escuchábamos a los dieciséis o personas que nos confesaron tal o cual debilidad.
Hay conversaciones casuales que avanzan a saltos, con titubeos, pero que acaban a lo grande, con festejado ímpetu. No hay un propósito, no existe la voluntad de hacer que trasciendan; ni siquiera, mientras ocurren, se dan en quienes la entablan la percepción de su brillantez. Entra en lo posible que tampoco se perciba cuando finalizan. Se dan de manera natural, se incorporan al aire o a la memoria sin fricción, no perturban, tan sólo suceden, como la luz cuando baña los objetos y dice de ellos lo que no está lo suficientemente a la vista. Luego regresan, el relato íntegro con sus pausas y sus gestos, bien atesorada en la memoria, por si valen más tarde y podemos recuperar ese esplendor semántico, con toda su épica domestica.
Somos ese caudal azaroso de cosas que hemos contado o se nos han confiado. Lo baladí y lo glorioso. Cuando flaquea el recuerdo, lo acicalamos, le damos presencia y fulgor, cuerpo y claridad. Por eso hay que darse en todas las que ocurran, en las conversaciones livianas (quién dice que lo Sean, qué criterio fiable las rubrica) y en las de más hondura, que sobrevienen a veces y hasta hieren. Todas alimentan, a todas les debemos algo de lo que secretamente somos.