29.12.15

Lost hype



Se crean hypes. Una vez que un hype alcanza cierta cota de relevancia no hay vuelta atras. Un hype, una vez viral, es un big bang, una epifanía. Guardo en mi disco duro algunos hypes que me han desvelado. Noches enteras considerando la posibilidad de dedicarme enteramente a ellos o renunciar a su influjo y seguir practicando la vida rutinaria que solía. Un hype, si se trabaja bien, puede ocupar un sector virgen de tu cabeza. La mía, talludita ya, hecha a ir y a volver y a disfrutar del trayecto de ida y del de vuelta, necesita un reboot. Manejo estas palabras de poco asiento clásico porque no tengo otras más a mano. Esta noche he soñado que un hype, uno a lo Abrams, se asentaba en lo real, mezclándose en mis conversaciones de taberna (hace un rato que vengo de uno, bien abastecido y feliz como suelo) y adquiriendo el rango de verosimilitud con el que ya soy capaz de entablar un diálogo de tú a tú. Es como si la iniciativa Dharma, sigo con Abrams, se apostara enfrente de casa y a diario viese cómo se mueve la calle. Quien haya visto Perdidos sabe de qué hablo. Si la ficción se acuartela en la realidad estás en manos del caos. Ya he hablado del caos, pero nunca se habla lo suficiente. Estoy por abandonar el estado armonioso en el que me encuentro y librar la batalla definitiva con el reverso de la fuerza. El lado oscuro me llama. De verdad que hay días en los que uno no sabe a qué aferrarse. Lo peor, no lo malo, lo peor, es que un hype se te cruce por el camino, te mira a la cara, te mire fijamente encima, y discurras con él, lo integres en tus emociones y te pongas a almorzar pensando que en la siesta vas a flipar con todos los spoilers que te cuenten. Debería haber un mecanismo que prohíba que los spoilers invadan tu sueño. Luego buscaré una aplicación que maneje estas reflexiones y las tenga bien integradas en su cadena de ceros y de unos.

26.12.15

El orden aprendió del caos

El orden aprendió del caos. El mío va a trompicones. No se me da bien el orden y tampoco me siento a gusto en el caos. Si tuviera que elegir uno, elegiría el caos, el bendito caos, pero no sería bueno para los que me rodean. Me dirían cosas que no serían bonitas. Entiendo que es el orden el que hace que el mundo funcione. Sé que la gente ordenada, la que sabe dónde están las cosas y en qué lugar encontrar lo que andan buscando, son las que salvan el mundo. Y yo agradezco que haya gente así. Tengo buenos amigos que son un prodigio en eso, en el orden, pero yo admito que soy un aprendiz mediocre. Me cuesta, me duele a veces. Moriré, pues tal cosa tendrá que llegar, sin que el orden sea una de las virtudes que salgan en las conversaciones del velatorio que se me rinda. Dirán lo que quieran, no sé ahora qué podrían decir, pero la palabra ORDEN no saldrá. Conste que me esfuerzo, mucho, en serio, pero hay algo que no me cuadra. Todo lo que me gusta proviene del caos. Es en el caos, en el bendito caos, en donde mi alma goza. Es en ese caos en donde mi creatividad, la poca o la mucha que tenga, siento que brilla. No es que brille de verdad, cómo podría decir yo eso, pero yo la siento brillar, y disfruto con la luz que emite. Cuando vuelva el trabajo, que volverá, mi cabeza se recompondrá, hará las cabriolas que precise para integrarse en la (también) gloriosa rutina, la bendita rutina. De hecho hoy, para ir entrando en calor, estoy ordenando el cuarto en el que escribo. No es cosa de que yo ahora describa ese cuarto. Es un tributo a mi persona, a mi hiperbólica fascinación por hacerme de todo lo que me gusta, y no caben ya más libros, ni más discos, ni más películas. Así que hago espacio, busco huecos, ordeno rincones, le dedico la mayor de las atenciones, le doy el mayor de mis afectos, y luego cierro la puerta, miro la obra, pienso en cómo quedó y me tumbo, contento de lúpulos y de maltas, a echar la siesta. No tengo remedio,

24.12.15

Cuatro cuentos y una canción de Navidad / 2015




Tenemos una costumbre buena, la adoramos, festejamos su inicio y luego nos sentimos muy orgullosos de que no flaquee y los años la refuercen, hagan de ella un clásico. No hay Navidad, no la hay, sin que cuatro amigos (Marisa, Fran, José Antonio y un servidor de ustedes) escriban un cuento. No tiene que ser alegre, ni triste. Puede ser oscuro, puede ser melancólico. Incluso alguno habrá habido en el que brillara un poco la esperanza de que un mundo mejor era posible. No se si tal cosa ha pasado. Las cosas siguen a su aire, como si se obcecasen en contrariar la buena voluntad de los que nos empeñamos en que de verdad la felicidad resplandezca. Resplandecer: muy pomposo me ha quedado. No voy a corregir: resplandecer. Dejo aquí mi cuento, una parte de él, como todos los años. La empiezan a leer aquí y siguen a la página de José Antonio, mi hermano norteño. Él es el que pone en orden el caos. Y ahí, en su Antártida, que es mía también, leen la entrega de este año. Cuatro cuentos, cuentos. Y un canción de Navidad. Este año, sin que siente precedente, Wham!.


ASTRID Y EL BUEY TOSCO Y PANZUDO
por Emilio Calvo de Mora
Los días felices
A Astrid la queríamos porque era resuelta en las fiestas, no se cohibía, le daba palique a los nuevos y bebía como si le faltara el aire. En algunas ocasiones, en muy pocas, sumaba a esas virtudes la de encamarse con alguien. Dejaba la puerta abierta y miraba por encima del hombro del que la montaba, por ver quién pasaba por el pasillo, por hacer ver qué mayor era y qué desenvuelta. En todo lo demás, mostraba la misma resolución. Apenas callaba, aunque dejaba hablar. En los bares, cuando los ocupábamos en manada, iba de aquí para allá, sin detenerse más de la cuenta con nadie, sin dejar a nadie sin saludar o a quien contar o que le contaran. El pelo corto y rubio, cortado a lo tazón, los ojos azules, de los que era imposible no prendarse, le conferían un ascendente nórdico. Alta, de una altura imprudente para una mujer extraordinariamente guapa. Y un poco hombruna también en el andar, en algunos gestos, hasta en el modo en que se sentaba o en cómo cogía el cigarrillo, Siempre pensamos que no era Astrid, ni Ingrid, como a veces le decía; no se preocupaba de aclarar nada, incluso fomentaba toda esta bendita imprecisión. De Astrid o de Ingrid disfrutamos aquellos años de facultad. La amábamos todos. Unos más que otros, pero de los que la tuvimos cerca, todos hubiésemos hecho algún pacto con el diablo por ganarla y saber que ella correspondía a ese amor pactado. En el bar en el que ponía copas, uno de mucho tirón entre la casta universitaria, la apreciaban mucho. El dueño, un tipo gordo y sobón, de poco o ningún encanto personal, pero ladino como pocos en el negocio, la tenia bien mirada. Él sabía que íbamos a verla y que dejaríamos de ir si ella no estaba. Recién separado, por el modo en que la miraba, sospechábamos que él también se hubiese arrimado al demonio y le hubiese dado la mitad del negocio por hacerla dueña de la otra mitad que quedaba.

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22.12.15

Loterías

Es más que posible que sólo sea el dinero lo que nos iguale a todos, el afán por tenerlo, el vicio a veces de gastarlo. Todo lo demás pasa a un irrelevante segundo puesto en esa lista de adhesiones. Lo que fascina en este día, el día en que la suerte te abraza o te da de lado, es la sensación de que no importa nada de lo bueno o lo malo que has hecho, si has trabajado duro para labrarte un porvenir (eso que decían las abuelas) o si no te han dejado ni catar un trabajo y ver qué se siente. Importa el azar, la dulce certeza de que el destino ha estado a tu lado siempre, pero es ahora cuando te lo ha hecho ver. Viendo en televisión el carrusel de números, las impostadas y cantarinas voces de los niños y las niñas de San Ildefonso en el Teatro Real, se me ocurre que yo nunca seré uno de esos agraciados. Lo pienso cada año. No me quiere la suerte. Tendrá de mí la opinión que me perjudica. Justamente ésa. Porque la suerte tiene opinión. Es la que mueve los números. Caen como lo hacen porque ella los gobierna. La fe que no tengo en asuntos religiosos la cubro con creces en estas nimiedades del pensamiento ocioso. Qué se le va a hacer. Llevo tres días de una ociosidad que me está alarmando. Hasta he escrito un relato de los largos. No parece ni mío. Y estoy poniendo en orden lo que andaba desordenado. Luego me ocuparé de mí. Lo haré, ya que la suerte no me mira siquiera. Menos mal que estamos moderadamente bien de salud y el amor, eso si, me tiene entre sus soldados. De todas maneras, ojalá cambien las tornas este día soleado de números y de bombos. Ojalá a vosotros también.

10.12.15

Zapatos

Volver a casa despacio, demorarse en los escaparates de zapatos, pero no nos interesan los zapatos, sólo atisbamos el color, la horma, el brillo, pero no el zapato, casi nunca el zapato, que no está, que nunca ha estado a fuerza de ver únicamente el color, la horma, el brillo. Así ese zapato invisible del escaparate, fijados en todos nuestros sentidos, nos escolta a casa, pero la casa no está, permanece la puerta, el armario para el abrigo en el hall, un pasillo que se antoja siempre excesivo a cuyo fatigado término no es posible encontrar ninguna habitación, pero allí están los libros, los discos, el confort previsto, el refugio conocido, los amigos con los que se cuenta para escalar la dura cumbre de los días, la oscura casa de la noche. Charlie Parker y Milan Kundera esta noche.

9.12.15

La casa

Que la casa sería enorme para los dos lo supimos antes de entrar y verla en detalle. El agente inmobiliario se prodigó en atenciones, pero sobraron todas. Nos agradó esa ampulosidad, aunque por razones distintas. Ella tendría espacio para perderse. Yo para buscarla. No había que confiar en que un pasillo nos encontrara. La casa le dio a ella una felicidad nueva. Se entretenía en el oficio de mantenerla pulcra y presentable. Compartíamos una comida frugal a mediodía, antes de partir yo al trabajo. A la noche, en el regreso, la buscaba, sin éxito. La imaginaba en el sótano o en el ático. La veía en el salón haciendo punto o viendo revistas antiguas. Fantaseaba con la posibilidad de que el azar aliviase la soledad en la que vivíamosl En ocasiones, me lo confesó en cierto ocasión, aunque yo lo sospechaba, no cenaba. Nunca nos vinculó la cama, aunque alguna vez me confesó que era atento y que le complacía que yo fuese tierno y no me quedase después. Tampoco yo necesitaba ese trato de la carne, ni me entusiasmaba conciliar el sueño a su vera. Uno tiene vicios en el sueño que no desea compartir, o eso he ido creyendo en estos años. La casa consentía que no tuviésemos que acatar las convenciones y los hábitos tan normales en otros matrimonios. Anoche quise encontrarla con más determinación que otras veces, pero, al poco rato, me rindo y dedico el tiempo encontrado en esa rendición a ver la televisión o a releer alguna novela. Una vez quise de tal modo encontrarla que abrí todas las puertas de la casa. No di con ella. Esta mañana la he visto en la planta baja. La atareaba la ropa recién cogida del patio.  La oigo ahora cerca. Canturrea. Limpiar la casa es hacerla todavía más grande. Ella no lo ignora. He querido ver en estos signos de distanciamiento una evidencia de que ya no nos amamos. O de que hemos muerto y en la muerte el amor no acepta las rutinas que antaño le eran tan gratas. Me da a veces, cuando me aburro, por componer la figura de esa muerte alegórica en la que los amantes, tocándose, se pierden y, en el abrazo encontrado, se hallan y reviven. Estamos destinados a querernos así de esta forma tan quebradiza y fugaz. No hay deseo en ninguno de que esto deba preocuparnos. Ninguna voluntad hará que anticipemos el final previsible, ningún desenlace improvisado nos inquieta. Ya nos ha pasado antes y hemos salido. Es hermosa la certeza de que duerme en esta casa y de que, si grita o llora o se ríe, yo la oigo. Ella, por su parte, me mira con el afecto de siempre, me sonríe, me toca a veces la cara y me susurra al oído palabras que no confío en que nada entienda.

5.12.15

Bola de amor



Uno no sabe a veces las causas, ignora los porqués. Cuando se precisan, en el momento en que hay razones, todo empieza a desfilar más rutinariamente. No tengo nada contra la rutina, En ocasiones, la abrazo y me conforta. Otras, huyo de ella, la desprecio, me perturba, me hace sentirme mal conmigo mismo, que es una de las peores cosas que le pueden pasar a alguien. El amor que le profeso al cine proviene de películas como Bola de fuego. La vi una noche, no sé qué edad tenía, pero no más de diez o doce años. No era la primera película que me gustaba, pero fue la primera a la que le concedí esa atención especial que no había dispensado a ninguna. Algo parecido a lo que sucede con el amor, cuando llega. Hace mucho tiempo que no la veo. Lo que guardo de ella dudo que se contamine con lo que ahora me cuente. La tengo en la bandeja del DVD. Me la voy a despachar en cuanto cierre este post. Creo que volveré a entonces, cuando había visto algunas películas, aunque ninguna había prendido. Las cosas, al prender, adquieren un rango distinto, ocupan una dimensión distinta, se hacen íntimas. Esas son las verdaderas propiedades. Y todavía no alcanzo a entender qué hubo, qué se produjo para que Bola de fuego, del inmortal Howard Hawks, esté en mi cabeza casi plano a plano y recuerde con absoluta nitidez las voces del doblaje y los gestos e incluso, si me apuran, restos del diálogo. Es el amor. No puede ser otra cosa.

2.12.15

Lo que tenemos


Se sabe poco de lo que nos complace de verdad. Es más creativo el dolor. Hay más escrito sobre él, se tiene una noción más fiable de lo que nos duele, se crea un vínculo mas poderoso con quien compartimos una tragedia. Incluso conforta la sensación de alivio absoluto que produce su finiquito. No debería ser así, no habría que dejarse fascinar por lo que nos reduce. Al mal, cuando sucede, se le concede más atención que al bien. En cierto modo, pensamos más y pensamos con más ahínco cuando somos arrollados por él, cuando nos invade. Hasta podríamos decir que se afinan los sentidos y se pondera todo de un modo en que no lo hacíamos antes. No sucede así si es el bien el que acude. En la felicidad o en la alegria o en el goce, en esos momentos en que nos traspasa un ardor vivo, una especie de plenitud, nos bloqueamos, no pensamos, no le damos la entereza con la que despechamos su reverso. Ahora que vienen los días de estipendio salvaje, conviene pensar en si nos conforta adquirir, si las propiedades a las que accedemos, esos pequeños o grandes objetos, procuran que vivamos mejor. No hacen que sea peor vida; tampoco una particularmente mejor. Con lo que compramos, mantenemos una relación íntima, de una intimidad en ocasiones mayor de la que dispensamos a las personas que nos rodean. Se ama la casa de campo que adquirimos o el coche o el último modelo de móvil, al que le procuramos atenciones, afectos y mimos que no siempre aplicamos a las personas. Quizá sea el hecho de que, salvo que se estropee o pierda la configuración de fábrica, un móvil no nos va a mirar mal o no va a escucharnos cuando más lo necesitamos. Incluso han inventado una entidad fantasmagórica en el iPhone, de voluptuoso nombre, Siri, que funciona a modo de gran bola de cristal, contestando con formidable sentido del humor - mecanizado y programado y previsible a veces - a todas las dudas que le vamos planteando, desde quién ganó Wimbledon en 1976 a si Dios existe o la propia máquina, considerada como algo real, susceptible de padecer las humanas pasiones, tiene novia, a lo que responde que ella sólo siente circuitos, no un corazón, como el hombre de hojalata de la historia de Oz. Pero estamos cargando más objetos de los que podemos atender, más de los que sabemos atender. Nos sentimos bien - se trata de eso - cuando traemos a casa una televisión inteligente - no dudo que más que muchos de sus dueños legítimos . o esa chaqueta de cuero que siempre vemos en el escaparate y miramos con profundo arrobo. Al comprar, en el instante en que un objeto pasa a ser una extensión de uno mismo, en esos casos estrictos, se produce una extraña armonía entre el cosmos y el alma. No es una armonía espiritual, no puede serlo, no entra que lo sea: es una de esas revelaciones bastardas, de poco asiento en el espíritu, que terminan por compensar justamente lo que no poseemos.

Sólo es nuestro lo que perdimos, dejó escrito Borges. Es posible que también nos pertenezca lo que no tenemos, y vivir sea un enconado esfuerzo por apropiarnos de ese inventario de cosas dispersas, útiles unas, absolutamente innecesarias otras, con las que adornamos, en ocasiones, el vacío. Es un concepto curioso, el vacío. Hoy mismo, en un pequeño atisbo de vacío y de desubicación que he padecido, una ráfaga de vacío, por lo demás, he pensado en que no podría llenarlo con nada material. Lo acometí con cierta complacencia. Conseguí, en cierto modo, acomodar el vacío, hacerlo doméstico, robarle esa trascendencia que se le asigna, a voluntad o sin ella. Me reafirmé en la idea de que no tenía nada que pudiera derrotarlo. Nada que yo pueda coger o en donde pueda refugiarme, ninguna cosa que yo haya podido comprar o me hayan regalado. De pronto sentí una muy viva sensación de confort. Sentí (o creí sentir, ya digo que eran pensamientos fugaces, ideas peregrinas) placer en esa pobreza de pronto descubierta. No quise nada, sólo caminé, miré los árboles que jalonaban a mi derecha el paseo y aspiré con firmeza el aire de la mañana, el aire frío, que me alivió. Fui dueño del aire. Lo abracé, me abrazó, nos quedamos así los dos, hermanados, como en un dulce trance.