31.3.20

Maestros



No sé la de veces que he admirado esta fotografía. Hay pocas que me eleven más el ánimo cuando decae. Es una de las representaciones más sencilla de la felicidad que pueda verse. No sabemos de qué se ríen, no tenemos más información que la evidencia de que lo están pasando bien en un grado extremo, pero hay un trasvase entre la fotografía y el que la mira y se acaba inundado de alegría, que es una felicidad pequeña, de andar por casa. El oficio de maestro, el que ejerzo, del que vivo y el que me hace vivir, en cierto sentido, da la posibilidad de que asistas a momentos así. No se organizan, no están programados; tampoco hay una manera previsible de hacer que se produzcan, pero de vez en cuando ocurren y se alcanza ese sentimiento de complicidad absoluta, de alegría brutal también, en el que el tiempo de ellos -recién empezado a andar, limpio y puro - y el nuestro - ya avanzado, con sus muescas y sus rotos - se une. Digo que no es algo que suceda a diario. Quizá ni siquiera esté bien que suceda a diario. Todo lo que se convierte en rutina pierde su deslumbramiento, su capacidad de seducción o de fascinación. Y digo también que yo he visto muchos como éste. He visto cómo se dejan la vida en la risas, en los juegos; cómo transmiten paz y armonía y cien cosas más que no sabría contar ahora a los que observamos desde afuera. Y sé también que no es afuera del todo. Los maestros, que somos afortunados en tantísimas cosas, vivimos con ellos y somos, en parte, considerando la imposibilidad de lo que digo, niños o niñas que se ríen cuando ven en la pantalla algo que les gusta, cuando los juegos del patio son la única verdad del mundo, cuando la vida es limpia y es pura y es hermosa. Y eso es precisamente lo que nos han quitado. Han cerrado la escuela y abierto los ordenadores, que son una herramienta útil (mucho, a decir verdad) pero huérfano de afectos, fría y reacia a todo lo que es verdad y convivencia pura. Por eso irrita que andemos los maestros en estos días de confinamiento tan de boca en boca. Hacen mal en criticarnos los que hacen. No saben que, en el fondo, es a ellos mismos a los que se están criticando. Ignoran que es en nuestras manos en donde está el futuro de un país. Que seremos mejores o peores personas por los buenos o malos maestros que tuvimos. No todos serán sensibles, tal vez alguno se aparte y no concite la admiración ajena, pero la mayoría trabajamos con infinito amor a lo que hacemos. 

El maestro, el bueno, contagia felicidad. No creo que exista una transmisión de valores, formativos y cívicos, sin que la impregne la emoción de sentirse feliz haciéndolo, y los maestros nos sentimos felices en nuestro trabajo. Esa apreciación se nota más ahora, que no podemos asistir a él. El entusiasmo es el combustible de la educación. Educar es conseguir que la voluntad del niño, sus deseos, sus esperanzas, se amolden y se integren con los deseos y las esperanzas de la sociedad en la que está inmerso. Eso de la prosperidad y del mundo mejor que en ocasiones airean los políticos, henchidos de gozo, conscientes de estar diciendo las grandes palabras, no es un milagro, uno de esos prodigios del azar. El mundo, si va hacia un estado mejor del que posee, será por el concurso benefactor de la escuela, que es una especie de gran teatro en el que se mueve el maestro, que es un actor y desempeña todos los matices de la trama. Se adquieren esas formidables cosas si se van buscando desde edades tempranas, si la escuela, la escuela pública, de esa es de la que hablo, fija en su organigrama un pensamiento inamovible, uno que prime la imaginación, la originalidad, que fomente lo creativo frente a lo predecible, que haga madurar a quien estudia incitándole a confiar en el maravilloso juego que supone el estudio si lo hace con la libertad de la imaginación. Pero la escuela de hoy en día cree que la creatividad es un obstáculo, concibe al creativo como un elemento díscolo,  poco o nada integrado en la obediencia debida al profesor. Quizá se le respete más y se le observe más, con todo lo bueno que trae observar con detalle y registrar lo observado, si el profesor permite que el camino no sea únicamente el que marcan las pautas o el que cae del cielo invisible de la administración, tan obcecada en las estadísticas, tan alegre en ir dando palos de ciego. Los palos de ciego a veces sangran. 

Una de las obsesiones de la escuela es la de crear trabajadores del futuro, personal cualificado en el desempeño de los oficios que hacen que un país progrese. La escuela está pensada, desde donde sea que la piensen, para que restituya a la sociedad personal capacitado para que todo siga girando y no se rebaje jamás la formidable idea del bienestar. ¿Es malo todo eso? No, si se aliña con la diversión, si se viste con la originalidad, si se cocina con unos cuantos ingredientes traídos de casa, sin necesidad de que estén organizados en un papel colgado en un corcho. Si el maestro es feliz hará que lo que enseñe irradie felicidad, pero la felicidad del maestro, incluso la del más optimista y de una profesionalidad más orgánica, más pura y más viva, está continuamente zarandeada por quienes lo evalúan, por todos los que experimentan con su trabajo, con su amor indeleble hacia las disciplinas que trata de enseñar y con su absoluta convicción de que está en posesión de la verdad más redonda, la que menos se puede malograr por las embestidas de la injusticia o  las modas del poder, la de la escuela como un bien irreemplazable, la de una especie de santuario laico de conocimiento, libertad, progreso y cordura. Falta cordura en el mundo en el que vivimos. Si alguna vez se aprecia que ha vuelto será porque algunos maestros han contribuido a que acuda. Ahora que las escuelas están cerradas, pienso que nunca han estado más abiertas. Se habla de ellas como casi nunca se ha hecho. Se habla de los maestros también, lo cual no está mal. Por una vez no es para decir qué buenas vacaciones tienen o si alguno ha sido vapuleado por algún alumno díscolo. Disruptivo, dicen ahora, qué bien está cambiar la velocidad de las palabras, su concurso en la conversaciones.

Por eso me parecen bien el Google Classroom, el Skype, el Moodle  y cualquier otra herramienta habilitada para dar clase, todas contribuyen a que el marasmo no sea mayor, pero ninguna hará que un alumno ría con el corazón, mire al maestro con afecto, sienta que se le está llevando de la mano con respeto. Porque eso hacemos los maestros, muy resumidamente expresado: cogemos la mano de un niño y, pasado un tiempo, la soltamos. Ya la cogerá otro. La vida es una sucesión de gente que nos coge la mano y gente a la que se la cogemos. Nuestro trabajo es así de emocionante. La tecnología, la reclutada ahora para que este confinamiento no cancele el aprendizaje de un modo irreparable, es un milagro a nuestro alcance, pero no da con la clave verdadera, la del espíritu, la de los sentimientos. No se aprende si no hay emoción. Lo han dicho mil pedagogos y lo dirán mil más. Quienes no acepten eso, maestros, padres o cualquiera que entre en la discusión, están mirando hacia otro sitio o no han entrado jamás en una clase y han visto trabajar a un maestro. Lo que es un milagro cotidiano es la escuela. Ahora nos la han cerrado (consecuencia de esta anomalía que se ha cruzado en nuestras vidas) pero sigue funcionando. No estamos allí presencialmente, pero procuramos (desde casa) hacer que un poquito de ella llegue a las casas de nuestros alumnos. No es fácil, yo creo que incluso es enormemente complicado. De ahí que el trabajo se haya duplicado para los maestros. No es que echen menos horas de labor: son las mismas, repartidas de otra manera, organizadas de otro modo. Merecemos una consideración mayor en la sociedad. No la tenemos, en eso no hay duda. Quizá se nos acabe concediendo esa distinción moral. No, como en Japón, para que se nos reverencie cuando vamos por la calle como una autoridad de la sociedad, sino para que no se nos zarandee y desprestigie y piensen que nuestro oficio no es nada del otro mundo. Qué error. Nuestro oficio es uno de los más hermosos. Algunos salvan vidas, se ve hoy en día. Lo que se nos ha encomendado a nosotros es a construirlas, una vez que se han salvado, cuando han sido arrojadas al mundo y están perdidas y no hay una mano que las guíe. Ese es el contrato que hicimos cuando aprobamos una oposición y nos dieron las llaves de un aula. Ya mismo volveremos a ellas. 

30.3.20

Miedo







"¿El miedo? Ha influenciado en mi vida y en mi carrera. Tenía cinco años cuando lo descubrí. Era un domingo por la noche y mis padres fueron a dar un paseo. Estaban seguros de que yo iba a dormir hasta su regreso. pero me desperté, llamé y nadie respondió. A mi alrededor sólo existía la noche. Me levanté a la cocina, encontré un trozo de carne fría y me puse a comerla mientras me secaba las lágrimas"

(Alfred Hitchcock)

No sé cuándo descubrí el miedo por primera vez. Se tiene de las primeras veces una idea brumosa, que no siempre se ajusta a la realidad y se acaba corrompiendo, convirtiéndose en otra cosa, no siempre fiel a la que vivimos. Tuve miedo de un pasillo oscuro hace mucho tiempo. La aventura consistía en avanzar por él y lograr acceder a la puerta del dormitorio, abrirla, encender la luz y cerrarla. El miedo quedaba tras ella. No recuerdo qué edad tenía. Luego vinieron otros miedos, quizá no tan físicos. No era la cercanía de una presencia hostil que me amenazara, ni la ominosa sensación de que era inminente el advenimiento de algún tipo de catástrofe. En ese aspecto, fui un chico fuerte. No soy fuerte ahora, no como debería. No creo que haya nadie fuerte. El miedo que nos circunda es tan sutil que no nos desboca el corazón, ni nos sobresalta en mitad de la noche, pero tiene otras maniobras de intimidación. Tenemos miedo a no saber qué pasará mañana, eso viene con la edad. No es una angustia certera, no se le puede asignar un rostro o un discurso: planea alrededor nuestro, nos ocupa un rato la atención y luego se desvanece. Parece irse, pero anda por ahí, agazapada o bien a la vista, da lo mismo, alerta, pendiente de cualquier debilidad nuestra para abalanzarse de nuevo. Se tiene miedo al aire en estos días y nos quedamos en casa por mandato gubernamental. Tendremos miedo cuando abramos las puertas y salgamos. La calle será el pasillo de mi infancia. El monstruo andará ahí, no se impacienta, ni se distrae. Pero no es al aire a lo que le tenemos de verdad miedo, ni al virus danzando dentro suya. No es el miedo a infectarnos, no es ese el temor principal. Tememos que al abrir la puerta y salir en tromba a la calle, no todo sea tan feliz como esperábamos. Es miedo a que el ansiado regreso a la normalidad no cumpla las expectativas. Es a nosotros mismos a quien tememos. A nuestro alrededor solo existía la noche, como relata Hitchcock. Nos dejaron solos y nos despertamos, fuimos a la cocina y encontramos un trozo de carne fría, que engullimos mientras nos secábamos las lágrimas. La vida irá en serio más adelante. Mientras esa circunstancia concurre, la de salir, la de pasear las calles y volver al trabajo y a la rutina, seguimos confinados. El frigorífico está al final del pasillo. La noche está oscura. Nos vamos a poner más gordos. En el fondo, el miedo es un mecanismo de defensa. 

28.3.20

Galería de favoritos 112 / Thomas Browne





"Mientras otros se esmeran en la elección de un aire bueno y se preocupan singularmente por hallar una morada saludable, tú estudia el trato humano y sé juicioso en elegir tus compañías. Los aspectos, conjunciones y configuraciones de los astros, que mutuamente varían, intensifican o reducen sus influencias, no son sino las variedades de la conversación más cercana o más lejana de unos con otros, y son como la compañía de los hombres, por la cual éstos se hacen mejores o peores e incluso intercambian sus naturalezas. Dado que los hombres viven por ejemplos y de continuo están imitando alguna cosa, ordena tu imitación con arreglo a tu mejora, no a tu perdición. No busques rosas en el jardín de Atalo o flores sanas en una plantación ponzoñosa. Y como apenas hay nadie malo, sino que otros son peores para él, no tientes al contagio por proximidad ni te arriesgues a la sombra de la corrupción. Aquel que no haya sufrido tempranamente este naufragio, y en sus días juveniles escapara a esta Caribdis, puede tener un feliz viaje y no entrar en el puerto con velas negras. La conversación con uno mismo, o estar solo, es mejor que esa compañía. Algunos escolásticos nos dicen que está solo en estricto sentido aquel con quien no hay ningún otro de la misma especie en el mismo sitio. Nabucodonosor estuvo solo, aunque estaba entre las bestias del campo, y se puede decir aceptablemente que un hombre sabio está solo aunque esté rodeado de una turba de gente poco mejor que las bestias. Aquellos que no piensan, que no han aprendido a estar solos, se encuentran en una prisión para sí mismos si no están con otros, mientras que, por el contrario, aquellos cuyos pensamientos están en una feria prefieren en ocasiones retirarse en compañía, estar fuera de la multitud de sí mismos. El que necesita tener compañía tendrá necesariamente a veces mala compañía. Sé capaz de estar solo. No pierdas el beneficio de la soledad y la sociedad de ti mismo, ni te limites a conformarte, antes bien deléitate en ser solo y único con la Omnipresencia. Para el que está así dispuesto, el día no es inquieto ni la noche negra. La oscuridad podrá atar sus ojos, no su imaginación. Yacerá en su lecho como Pompeyo y sus hijos, en todos los puntos cardinales, especulará sobre el Universo y gozará del mundo entero en la ermita de sí mismo. Así, la antigua ascética cristiana encontró un paraíso en un desierto, y con poca conversación en la Tierra tenía una en el cielo; así, aquellos hombres hacían astronomía en cuevas y, aunque no contemplaban las estrellas, tuvieron la gloria del cielo delante de ellos"


Las vidas de algunas grandes eminencias del saber o de las disciplinas artísticas suelen ser escasas en aventuras, poco narrables. No poseen nada que las eleve sobre el resto y ni siquiera un ánimo bonancible logra extraer alguna incidencia que conjure el aburrimiento de su lectura. La de Thomas Browne es esa vida sin grandes sobresaltos, casi como la de cualquiera, pero la verdadera aventura estaba dentro de su cabeza, suele pasar. Leído como un Montaigne menos sistemático, no tan fresco, ni tan locuaz, Browne es un cumbre de cierta literatura grata de leer, pasada por la dispersión y por la emoción y cercana en lo íntimo. Es que a Montaigne se le ha de considerar deidad, no hay trono más idóneo. Se lee a Browne como si no hubiesen pasado cuatro siglos desde que manuscribiera sus textos. Me gusta porque escribe a la manera en que me gusta que se escriba. Las oraciones tienen que tener, no se pueden agotar en una sola lectura, precisa que se las respete y (paradójicamente) hurgue. Browne habla de religión y de sufrimiento, de la bondad del ser humano y de la desgracia de sus actos. Nos cuenta el mundo como si lo narrara en el convulso ahora. Una edición muy vieja encontrada en un saldo de baratillo me ha hecho volver a sus pesquisas morales. Hace como el detective cuando indaga en la trama de un delito: se hace acopio de las palabras y luego va componiendo la manera idónea de que enlacen y den un significado. Es la curiosidad la que mueve su ingenio. Escribió: "«Me contentaría con que pudiéramos procrear como los árboles, sin cópula, o que hubiese alguna manera de perpetuar el mundo sin ese trivial y vulgar modo de coyunda» No sé si la ausencia de una vida conyugal placentera le hizo fornicar con su prosa, a pesar de su cristiana concepción de las cosas. También tenía una alta estima a las Escrituras el buen Bach y trajo al mundo la progenie suficiente como para extender su semilla hasta el fin de los tiempos. No era hombre del altos vuelos humorísticos sir Thomas. Ser médico en aquella época (siglo XVII) no debió ser un jardín de risas y de música bailable«El prolongado hábito de vivir nos indispone a morir», escribió en una obrita sobre las costumbres funerarias a lo largo de la Historia. Hay instrucciones suyas que no place cumplirlas; otras, sin embargo, son deleitosos, dan el júbilo de las que adolecen las comunes, las despachadas por la rutina. En estos tiempos de encierro, leer a Browne es pedagógico. Lo dice bien claro: Aprended a estar solos. Pues eso. 

16 haikus neoyorkinos / Uno es de Manolo

1
El mar y el cielo.
Un avión a lo lejos.
Tarde en Manhattan.

2
Puente de Brooklyn.
Me da que Woody Allen
Lo está grabando.

3
Busqué en la nieve
los pasos de los otros
por si eran míos.

4
Prospera el frío.
Lo peor del invierno
Es que no acaba.

5
Es la catedral.
Adentro no está Dios.
Reina la Visa.

6
Torres en vilo.
¿Quién dijo miedo al vértigo?.
Hablan de nubes.

7
Medra allá arriba
la luz en su esplendor.
Templo del aire.

8
Sólo es ladrillo
el imperio del hombre.
Diez mil ventanas.

9
Puro embeleso
El del agua en la hierba.
Como un fornicio.

10
Pensé en las tizas
De cuando muy pequeño
Y sonreí.

11
Tiene el paisaje
Un aire de tristeza.
Clausura y frío.

12
El parque en blanco.
En la espesura.
Adentro habito.

13
Yo que un Monet.
Tú dices que un Rubens.
Será un Renoir.

14
El perro ignora
Las nubes en Manhattan.
También que llueve.

15
Me duermo ya.
Pero soñáré haikus.
Siempre contigo.  

16
Todo tu cuerpo es
Vigilia de la carne.
Fiesta del alma.





27.3.20

En un cuento de Raymond Carver


Fotografía: Gregory Crewdson

Hay algunos cuentos de Carver en donde no pasa absolutamente nada. Yo mismo tengo días que son como cuentos de Carver. Días invisibles, sin presagios ni acontecimientos relevantes, invertidos en la sola empresa de que transcurran ajenos a sobresaltos, construidos sobre la firme creencia de que lo asombroso y lo fantástico sucede siempre en las novelas, en los cuentos o en las películas. De una variedad temática notable, a pesar de que todo nos parezca cercano y familiar, son cuentos en los que se entablan diálogos de una intimidad absoluta. Se respiran, se siente cómo crecen, parecen criaturas vivas a las que puedes tocarle el lomo y apreciar la dureza de la piel o el subir y el bajar del corazón. No hay un propósito que privilegie al lector o que indague en la naturaleza metalingüística de la obra. Lo que hay es un raspado brutal de lo real, una constatación inapelable de la épica de lo cotidiano. Como si se taquigrafiasen las pequeñas fotografías que, hiladas, ensambladas unas a otras, forman la realidad.

A veces la vida parece un cuento de Raymond Carver, uno de los tristes, me refiero. Hay por ahí uno de ellos que parece extraído de un confinamiento. No recuerdo el título, creo que tampoco toda la trama, solo guardo la impresión de tristeza, la de abatimiento. En los cuentos de Carver las palabras tienen la virtud maravillosa de sobrar, a pesar de que haya personajes que pronuncian muchas. Si se presta oído (quien lee sabe qué es eso) se percibe que las conversaciones pesan, tienen un volumen, pero ninguna de ellas cuenta más que otra. Es cómo se manejan entre ellos, la idea de que cada pequeña pieza colabora con la que tiene más cerca para que esa tristeza trascienda, ocupa un lugar, hasta duela. Carver es un maestro en eso. Sus cuentos (esta mañana he vuelto a leer un par de ellos, no mucho, hay cosas que hacer por la mañana) te hacen pensar en los cuadros de Hopper. Son buena pareja los dos. Lo que escribe uno, lo pinta el otro. Podrían intercambiarse las disciplinas y ser Hopper el que escribe y Carver el que hace los cuadros. Crewdson es un Hopper de la modernidad, tiene el mismo aliento (fino y severo) de cartografiar cada elemento de la soledad. El primer libro de Carver que leí y la primera obra de Hopper que vi me debieron causar una impresión parecida. La de desamparo. Ninguno la busca adrede, no se arrogan esa autoría. Son inductores de una sensación duradera, de la que no se zafa uno con facilidad. Mi amigo K. sostiene que ve cuadros de Hopper al cerrar los ojos. Me lo dijo en la barra de un bar, no hace mucho. Si cierro los ojos, Hopper me los abre, dijo. 

Entra en lo posible que uno mire la realidad cinematográficamente cuando casi nunca miramos el cine desde la óptica de la realidad. En esto siempre acudimos a la antigua conversación sobre los dominios de la ficción y siempre confirmamos la injerencia de lo fabulado sobre lo real sin que ninguna de esas dos entidades posea privilegios de los que la otra carezca. El motel de carretera de la fotografía, al parecer sito en Carolina del Norte, es el mismo motel de carretera de cientos de películas y probablemente engrose unos pocos más de cientos en la historia. Pienso en Carver y en Hopper y en James Cagney y no tengo argumentos fiables para justificar estos tres prebostes de la cultura yankee. Sé, no obstante, que ejerce un hechizo difícilmente sobornable. A diferencia de los cuadros de Hopper que me gustan, aquí no hay personajes vacíos, infatigablemente solos, bebiendo, perdidos en alguna ensoñación, especulando sobre qué giro debiera dar el destino que les salve del caos al que han arrojado sus vidas. Todo eso está en los cuadros de Hopper y de alguna forma, solapadamente, está también en esta fotografía inflamada de tópicos, pero poética (a mi modo de ver la poesía) al modo en que hay lirismo en un cuadro de Sorolla (qué pena no vivir cerca de Madrid y no haber podido asistir a la celebración más reciente de su pintura) o en excursión a pie por la montaña. Soy un depredador de imágenes y son éstas las que devoro con mayor fruición: me conducen a la ficción pura, me incitan a fabular, me convierten en un demiurgo de mis vicios, me facultan (para bien o para mal) en el antiguo oficio de inventar o de mentir. Hay mucho que inventar viendo esta fotografía: en una de esas habitaciones se estará cometiendo un crimen, un rufián sacrificable estará contando el botín de algún asalto menor o una pelandusca con ínfulas de actriz será la felatriz incansable del típico viajante. El cine abastece de recursos narrativos y la imaginación completa el discurrir mental de todos esos fotogramas falsos. La realidad es también un fotograma hilvanado a otro y así hasta construir un rollo continuo. La vida es cine negro de muy alta calidad. Como el metraje es tan largo, el guionista intercala melodrama, pasajes románticos, escenas lúbricas, trozos de musical y hasta comedia barata. Hay quien vive en serie B y quien conduce sus días y sus noches en clave Bergman, en modo adusto y estricto. Hay quien se enfanga en tramas tarantinianas y termina en un callejón con un par de cuchilladas en el estómago y quien se muere sin sobresaltos como si fuese un personaje de una película del Ivory más victoriano. Quien espera que llegue el amor y confía en que alguien asome antes de que los títulos de crédito inunden la pantalla. 
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Cuerpo y alma



Sigo viendo a Nabokov corregir a Bernard Pivot en la televisión francesa cuando este le dice que es el padre de Lolita, una niña perversa, a lo que él contesta que no. Lolita es una niña a la que corrompen, son palabras suyas. Humbert es un señor inmundo, su oficio es la perversión., añade Nabokov, tocándose las gafas, no nervioso, pero sí incómodo con esa fijación en la paternidad, creyendo (tal vez) que le están acusando de haber creado un personaje abyecto, un pedófilo, lo peor que hay, se escucha al entrevistador. Ahora estoy mezclando la memoria de la entrevista real con injertos míos, conversaciones que se me ocurre que pudieron suceder, pero de las que no tengo certeza, de qué se tiene, pasado un tiempo. Lo veo también en una playa con un calzón a modo de bañador que le cubre más de media barriga y colabora a formarnos una imagen estrambótica del genio. De pronto estaba escuchando a Bud Powell (Woody Allen confiesa hoy en prensa que hubiese querido ser Bud Powell) cuando mi cabeza me ha impuesto esas dos imágenes. De un modo que no entiendo (me atrevería a decir que no habrá nadie que lo entienda) se ha suprimido la realidad que me circundaba (estaba asomado a la ventana, veía pasar unas nubes, me asombraba una vez más de que las calles estén vacías) y se ha impuesto esta otra, la de las dos fotografías de pronto sobrevenidas, irrumpiendo sin educación, cancelando cualquier otra ocupación que yo pudiera tener, insolentes y toscas, como ven. Nabokov hablando de Lolita, que fue real, tantas veces real, muchas más de las que él hubiese deseado, imagino, y Nabokov en esa playa, que no es una playa que yo pueda conocer. De hecho es una playa que dura un instante y solo está él, de pie en la orilla, con el bañador ridículo cubriendo un cuerpo extraño, parecido al de un hombre mayor al que le hubiese vencido la desgana y lo dejara ir a su aire. Tenemos una relación problemática con el cuerpo. Viendo a Nabokov, no se me ocurre que él sea el autor de Lolita: algo no cuadra, estoy desvariando. Como si la cara de Nabokov delatase una impostura, un fingimiento. Yo no soy Nabokov, dice esa cara. Miradme bien, no lo soy. El que escribe está por ahí adentro, no le interesa salir, dejadle, no le hagáis entrevistas, no le llevéis a la playa, no le calcéis ningún bañador con el que se le pueda hacer mofa. Haced eso. Limítense a leer, no quieran ir más allá, olvídense del nombre del autor y no deseen conocer nada más allá de lo que escribió. No quieran saber si era aficionado a cazar mariposas o jugaba espléndidamente al ajedrez. Si se casó tres veces (qué sé yo, para qué saber tanto) y no tuvo hijos. Si en el fondo hubiese querido ser Bud Powell y haber tocado en París la inmortal Body and soul. Se atropellan las imágenes en la cabeza, no sabes darles salida, no lo deseas tampoco. O son palabras. El porqué de unas y no otras, los motivos que te impulsan (es eso, un brío, un súbito ardor) a escribir o a tocar el piano. Bud está en otro confín de mi cabeza. Confinados los dos, los tres, los cuatro. Tantos.

26.3.20

Saber caerse

Hay veces en que uno sabe cómo caer. En otras no hay arbitrio de la voluntad. No hay un conocimiento previo, una decisión que anteceda al hecho mismo de caer. Tampoco es fácil todo lo que viene después. El arte consiste en premeditar la caída, en exponerse de un modo dramatizado, en no dar la impresión de que se improvisa o de que es el azar el que conduce las riendas de la trama. Deberíamos recibir instrucciones a ese respecto. Nadie nos dice la manera en que debemos caer, ni la de levantarnos. Ni la madre en sus consejos a poco de que entremos en la edad adulta: mira, hijo, te voy a contar cómo debes caerte. No hay nada de eso. Lo que cuesta  es levantarse a veces. Es tan costoso ponerse en pie que no duele la caída, sino la obligación de venirse luego arriba. Por los demás, por uno mismo, por cualquier causa que se nos ocurra, pero es lo correcto. Una vez caído, qué hacer, cómo organizar la rutina de las cosas. Abajo todo es feo, eso lo sabe cualquiera que haya estado tirado, quién no lo ha estado. Un rato o mucho. Gente que ha estado siempre abajo. Cayeron una vez y no se les conminó a izarse, se les vio bien desde arriba. Parece una pequeña historia de las clases sociales, pero no era esa la intención. No al principio, al menos, me estoy aclarando mientras escribo. No hay libros que ayuden. Sería suficiente un prontuario sobre modos de caer, un artículo en uno de esos suplementos dominicales o una conferencia en unas jornadas organizadas por un mutua de seguros. También sobre qué hacer tras darse contra el suelo. Caerse, levantarse. Volver a caer, levantarse de nuevo. Ese feliz bucle. 

25.3.20

Todos los héroes

Hay gente maravillosamente sensible y buena que, mientras agonizan, enseñan a vivir a los que asisten a ese desvanecerse lento y doloroso. Dan una lección de amor, se desvanecen con la suprema certeza de que el mundo seguirá girando a pesar de su ausencia, comprenden que han agotado sus días en la tierra y parten en armonía, si es que  podemos saber todas esas confidencias del alma los que quedamos en la travesía de la vida. Es un oficio hermoso saber irse, no molestar cuando toca desaparecer. No se nos educa en esa disciplina, no habrá pedagogía que instruya. Luego están los que dan esa vida para que otros no pierdan la suya. Quienes se embravecen y avanzan, a ciegas a veces, exponiéndose, ignorando adrede (con heroísmo) que el mal no tiene piedad y arrambla con saña. Son ellos, a pie de cama de hospital, los héroes de nuestro tiempo, no hay gratitud suficiente cuando alguien antepone tu bien al suyo. La única expresión que podemos formular es la de la gratitud, sincera e infinita gratitud por darse y, en ese acto, entrar en riesgo, saber que pueden caer. No es únicamente el personal hospitalario: hay gremios que actúan con la misma entrega, forzados por las circunstancias, conminados a servir cuando más caro y más peligroso es ese servicio público. 

Son días terribles, nos lo recuerdan a diario. Podemos estar a salvo en casa porque hay otros que están expuestos en la calle. Da igual que sea la cajera de un supermercado, los efectivos de los cuerpos de seguridad del Estado, el camionero yendo y viniendo, trayendo y llevando, el basurero del ayuntamiento o el agricultor, el ganadero o el pescador que salen a la intemperie, al rigor de la realidad, para que los mercados estén abastecidos y, por añadidura, lo estén nuestras despensas. Queda en un segundo plano todo lo demás. Cualquier consideración frívola sobre esta labor absolutamente encomiable sobra. Estamos en manos de otros, ahora más que nunca. Son los demás los que harán que abran las calles nuevamente, como cantaba Pablo Milanés. En una hermosa plaza (no liberada, como la cantada por el trovador, pero sí festiva y abierta al trajín de la gente) lloraremos por los ausentes, los tendremos en el recuerdo. Mientras no ocurra, en la confinada espera, en el acuartelamiento obligado, tendremos que salir a los balcones a diario, aplaudir a los que en la lejanía nos cuidan. Son muchos. Ellos son los que harán que sea posible el futuro; de ellos será la canción que tendremos que entonar en las plazas, cuando las abran, las ocupemos y hagamos del abrazo un himno y del aire un salmo. No sé si nos estamos haciendo más fuertes. Dicen que las penurias, las más duras con más fiereza, curten, pero aparejada a ese aprendizaje estará otro, el de la convivencia, el de pensar en los demás, el de hacer de la lentitud un nuevo modo de vida. Íbamos muy rápido. La velocidad era la consigna. Es la vida la que está esperando, pero también hay vida en este recogimiento. Debemos preservarla, cuidar de que no flaquee, ni se impaciente. Porque volveremos a pisar las calles nuevamente y entonces ya habrá tiempo de levantar otra vez las persianas echadas. 


24.3.20

Gracias, Uderzo




En la presentación de un libro, no hace mucho, a poco de que tocara que el autor me manuscribiera la dedicatoria, escuché a alguien darle las gracias. "¿Por qué?", preguntó el autor. "Por escribir", cerró un poco apurado el solicitante, al que se veía muy nervioso, como ardorosamente conminado a zanjar la conversación y, sin embargo, hacerle ver su gratitud. Es eso lo que siento hoy al enterarme de la muerte de Uderzo, el dibujante de Astérix. Me pasa cada vez que muere alguien a quien admiro, pero más que la admiración está eso, la gratitud. Se agradece el talento y la voluntad de difundirlo. Hay gente con un talento enorme que pasa desapercibida, gente que nos haría más felices y a los que, si viésemos por la calle, cosa que no ocurre nunca, tendríamos que tenderle con infinita sinceridad la mano y expresarle nuestro agradecimiento, decirles que nos han agasajado con su trabajo, hacerles comprender que una parte de nuestra intimidad les pertenece. Como somos prudentes, no los abordamos con esa determinación, pero qué alegre sería ese momento mágico. Astérix es una institución en mi casa. Lo ha sido para mis hijos y lo fue para nosotros antes de que esos hijos viniesen al mundo. En parte, aprendieron a leer con las aventuras de la aldea irreductible; no hay que desdeñar al Mortadelo y Filemón de Ibáñez. Entre los dos se pueden construir un recipiente perfecto al que ir arrimando todo lo que viene después. La cultura entra así, un poco a lo tanto, sin que apreciemos que nos estamos impregnando de ella. La felicidad contiene pedacitos bruñidos o sin bruñir de esa cultura de andar por casa, deliciosa y extraordinariamente emotiva una vez que el tiempo hace de las suyas y volvemos a los lomos de los libros de Salvat y vamos pasando con sonrisa inocente todas esas antológicas páginas. Ah, y no fue el coronavirus maldito. Ha sido la vida la que lo ha matado, cualquiera se pondría en su lugar. Tan mayor, tan generoso, tan maestro.

23.3.20

Esparcirse

Una de las manifestaciones de esta especie de redistribución topográfica de la vida es la soledad de afuera. La abundante literatura de ciencia-ficción anticipó ese declinar de la vida tal como la entendíamos. No es que se haya cancelado: lo que sucede es que la hemos transformado, convertido en otra cosa, separada de su ecosistema natural. En breve, si no es ya, entrarán los animales a las ciudades. Lo harán con infinita cautela, tendrán mil ojos, por si hay quien los aleje o los lastime. La escena no es nueva: la hemos visto en televisión. Osos y lobos muertos de hambre que invaden aldeas de montaña. Salvo que vivieses en esas aldeas, no era cosa que alarmase. Se contemplaba con la mirada que la ficción ha ido educando, la inevitable mirada del espectador. Porque la realidad que no nos incumbía era fagocitada como espectáculo, una especie de película extraída de la memoria, como si hubiese sido procesada ya y se nos encomendara de nuevo la obligación de contemplarla, pero ahora no es ficción, no es una trama de un escritor, no es el argumento de una de esas grandes producciones de Hollywood. Es dura la experiencia, mucho. A poco que se piensa con tranquilidad, apartado de la normalidad que pretenden crear las autoridades, a pesar de la cruenta evidencia de los hechos, uno cae en la cuenta de que son tiempos absolutamente extraordinarios. No saber cuándo acabarán hace que la travesía sea menos soportable. Esa incertidumbre no la sobrelleva igual todo el mundo. Hay quien planea una rutina y la acomete con pulcritud, sin salirse una brizna de lo previsto. También quien improvisa. Se nos da bien improvisar. Es el lado creativo, la parte lúdica de quien prefiere la épica, aunque sea una épica doméstica, diminuta, de poco fuste narrativo, escasamente publicable. Dentro de las calles hay más vida que antes, nunca hubo más, tal vez (cuando cese la guerra, así la llaman) recordamos episodios dulces, pequeñas gestas privadas que nos ayudaron a escalar la cumbre de cada día. Se hace difícil llegar a ella, hay días en los que temes flaquear, no tener entereza, dejarte llevar por el tedio. Ayer noche escuché a alguien (da igual quién) decir que llevaba bien el confinamiento, habida cuenta de que él era un hombre sin rica vida interior. Las personas más simples tienen la virtud de sobrevivir: actúan con promiscua practicidad. Se levantan, hacen la rutina de siempre y se acuestan. Incluso son capaces de no perturbarse en demasía si no hay rutina que acometer. Yo mismo, sin diferir mucho del grueso de la ciudadanía, tengo días en los que siento una placentera sensación de fuerza. Todavía no he flojeado, no ha decaído el ánimo, no se lo permito. Avanzo como puedo, hago catedrales con pequeñas piezas mentales que funcionan a modo de ladrillo. La cosa es poder guarecerme después, tener un refugio, saber que hay un lugar en el que poder aislarme. Escribir es pintar el alma, darle color o barniz o sacarla de paseo, ahora que no es posible echar a andar y esparcirse. Qué verbo más hermoso.

22.3.20

Galería de favoritos 111 / Cody Jarrett



Para siempre, enmarcado en la memoria cinéfila, James Cagney será Cody Jarrett, el mafioso de Al rojo vivo, el gangster atormentado y enmadrado, subido a un depósito en llamas y pronunciando su frase favorita: "Lo conseguí, Ma, estoy en la cima del mundo". Todas las madres pueden dar al mundo un hijo de puta, un cabrón con la boca torcida y el gesto fruncido, un demonio con avidez de sangre y absoluta impudicia. A vivir se viene a hacer el bien, pero hay veces en que se extravía el sentido común y se enfila un descenso precipitado al infierno mismo. Ahí está Jarrett, en esa caída. Lo está por determinación propia, la moralidad es un privilegio que no está al alcance de todos. A Cody no le preocupa irse a la tumba, eso puede ocurrir en cualquier manejo de las armas, en un descuido o en una fechoría mal planeada. Lo que de verdad le trae de cabeza es que su madre sufra. Crispado constantemente, Cody es un artefacto peligroso, una máquina concebida para que el mal irrumpa por todos sus engranajes. No es un mal que pueda explicarse, no hay manera de que se le haga entrar en razón, todo se conduce con artera precisión. Hay que vivir a tope, habrá que morir algún día. La idea que prevalece en Al rojo vivo no es el matón irredento, sino su inmaculada madre. No tiene mancha, no hay nada que pueda rozarle y herirla sin castigo. A la madre no se le ha dedicado el debido estudio. Las hay crueles, sin saber que lo son. Educan de un modo tan deplorable que enferman al hijo, lo apartan de la corrección y lo empujan al desquicio. Ahora se me ocurre la madre de Norman Bates y la depravada construcción de su anómala y psicótica criatura. También está Cersei Lannister, en Juego de tronos. O la madre de Carrie White, la más perversa entre todas las madres perversas, las que enarbola un crucifijo y tiene una parábola de la Biblia para cada pequeña circunstancia de la vida. La religión es un veneno, cuando no se sabe administrar su dulzura. En estos días de abatimiento, cuando estamos confinados en casa, abatidos o felices, según cada uno, a la espera de que se abra la veda y salgamos a la calle, Cody Jarrett es un icono de más envergadura. Representa el mundo en su más vírica naturaleza. El mal es un virus. No se sabe bien cómo encerrarlo, de qué manera hacer que no salga y reviente por aburrimiento, atrapado en una celda. Acabará fagocitándose. Si esto no se alivia en días (demos semanas, serán semanas), el panorama doméstico va a llegar a cuotas de desvarío alarmantes. Ojalá cunda la cordura.

Fingir

No se suele dar bien fingir, se entiende a la primera que quien lo hace ande eufórico o le coma la tristeza, es la cara la que habla, o son los gestos o su parquedad, sobre todo si uno es dado a ellos y se espera en los demás que los tenga. También te delata la conversación. Las hay elocuentes, de sobra sinceras, de las que de verdad tienen sustancia y las hay huecas, de poco fuste narrativo, las que se pueden alargar interminablemente, pero de las que no se extrae nada. Tal vez esas sean las mejores, la edad te hace pensar eso. No es que se finjan, no es que uno las debilite a posta o deponga el ánimo y apenas las cuide, dejando que vayan a su aire, sin que intervenga el esmero, ni el afecto con el que se pulen en ocasiones las palabras. Lo extraordinario es que son esas conversaciones las que sostienen el mundo. Da igual que un P., un vecino te cuente que ayer salió a pasear, compró la prensa (ninguna de esas dos cosas en estos días de confinamiento doméstico) y se encontró con J., y la charla deriva en J., y en cómo J. se separó de su mujer y se le ve en las terrazas con una que nadie conoce, la habrá traído de fuera, relata P., con los ojos grandes como de asombro o de perplejidad, absolutamente prendado de sí mismo, por airear la vida privada de los demás y no tener que sacar a relucir la suya, imagino. No conozco a J., así que escucho la narración al modo en que se adquiere la trama de las novelas, sin entrar en consideraciones personales, contempladas desde una distancia de seguridad, pero nunca la hay, al final caes en la trampa, te perturba la fragilidad de los demás, su descenso a los infiernos o te alegra y te hace llorar su felicidad, su repentino ascenso a la armonía y a todas las disciplinas de la dicha. Lo que hace mi vecino (es un decir, vive dos calles más abajo) es de agradecer. No se puede ser sublime sin interrupción, no puede uno contar asuntos de interés manifiesto en cada conversación, sacar a relucir la metafísica del alma o la tragedia griega o las bondades del amor conyugal. Así que hacemos como P., no es que se finja lo contado, no hay impostación, pero sí un brochazo grueso de simplicidad. No me interesa (pensé) que mi vecino me confiese si prefiere la carne poco o muy hecha o si su hijo pasa muchas horas delante de la pantalla del ordenador, a saber qué hace, me dijo, no sabes con quién habla, qué le cuenta, pero por otro lado no me atrevo a poner la oreja en la puerta, que la tiene cerrada, no está bien, ¿tú lo harías?, y de pronto advierte un ramalazo de franqueza, un repentino vuelco en el manifiesto rutinario de su existencia. Mucho más interesante la adicción cibernética del hijo que el gusto del padre en las carnes rojas. Al final nos conmueve la intimidad ajena, esa parte normalmente ausente, la que no se somete al escrutinio del otro. Nos reservamos las nuestras, no las ponemos en danza, evitamos que nadie sepa de qué pie cojeamos y desde hace cuánto tiempo. Lo del pie que cojea se reserva, cómo podríamos ser tan tontos de exhibir nuestra flaqueza. De ahí que finjamos en lo que podemos, aunque nos delate la cara mustia cuando por lo común es jovial. Estos días de recogimiento hacen que tengamos la sensibilidad a flor de piel. Si pudiéramos salir hoy mismo a la calle, mi vecino P. (es un decir, vive tres calles más atrás) me contaría que no es feliz, que su mujer le engaña con el panadero de la esquina o que él es el que la engaña con la mujer del panadero de la esquina. La cosa es engañar a alguien y poder contarlo. Esa satisfacción.

21.3.20

Creo en los abrazos



Dios estaba en las letras que esta mañana escogí al azar en el juego del Scrabble. No tuve que componerla: salió sin que yo forzara la unión de una letra y de otra hasta que se conformara la palabra. Luego no pude colocarla, deshice ese pequeño prodigio alfabético y coloqué las piezas que pude. No gané. Dios no estuvo de mi parte, ni siquiera me permitió incluirle en el tablero. Cuando se deja de creer en Dios, se cree en cualquier cosa, sentenció G.K. Chesterton. Cuando acabó el juego, miré al cielo, no era mi propósito dar con una señal, no la habría, por más que el día a esa hora mudaba a un gris del que no se ha desprendido en toda la tarde. Sentí un propósito, una especie de guía para acometer la dureza de estos días. No fue una iluminación divina, ojalá hubiese sido, no tengo el radar que sintoniza con esa emisora, pero de pronto adquirí la voluntad de creer en todas las cosas que me satisfagan. Creeré en Dios si es que encuentro placer en que me acompañe, no hay razón para que desatienda su llamada, si es que se produce y yo la percibo y la hago mía. Por lo demás, creo en los míos, creo en muchos a los que ahora no veo y que sé que abrazaré. Faltan abrazos, tendrán que venir, se están haciendo de rogar. Creo en los abrazos. Ahora que no nos los damos, creo más en ellos. Maquiavelo, tan taimado, tan retorcido, escribió que es fácil hacer que alguien crea algo: lo difícil es que esa creencia permanezca, introducir los mecanismos necesarios para que esa fe recién desplegada no flaquee y se consolide, incluso que adquiera lustre y se perfeccione. No sé por qué me he acordado de ella. La cabeza va por su lado y yo por el mío. Hay cosas que ella me insinúa y acepto y otras que, si yo no las amonesto, florecen y toman vida, pero también están las otras, las que se escoran de la razón e irrumpen a su antojadizo capricho. Hoy en el Scrabble vi a Dios en el tablero, pero luego no pensé en él. Habrá quien me contradiga y hasta quien asegure (es fe eso de asegurar sobre asuntos tan frágiles) que Dios sí piensa en mí.

No haber


No haber visto una película húngara en un cine de verano.
No haber leído a Mann en un balneario.
No haber escuchado la quinta de Mahler en un festival vienés.
No haber aprendido lenguas germánicas medievales.
No haber sido Jimi Hendrix en Woodstock.
No haber despachado mate con Borges en un zaguán porteño.
No haber tenido la voluntad de haber aprendido a tocar el piano.
No haber bebido bourbon con Bukowski en un tugurio de las afueras de Chicago.
No haber escrito un haiku en Japón.
No haberle dicho a Truffaut lo que tendría que haberle preguntado a Hitchcock.
No haber convencido a Robin Williams para que no se retirase tan pronto.
No haber escuchado las variaciones Goldberg tocadas por Michel Petrucciani.
No haber asistido a ningún concierto de The Rolling Stones.
No haber vivido en Londres, ni haber pensado en Wendy y en lo sola que está.
No haber terminado Ulises, ni haber tenido nunca voluntad de hacerlo.
No haber ganado unos juegos florales de provincia, no haber leído con voz impostada los versos más cuajados .
No haber conversado con Cortázar sobre cronocopios y famas.
No haber dormido en hotel Chelsea.
No haber sido instruido en las bondades del campo.
No haber tenido ninguna educación para el dolor.
No haber dicho tantas cosas que dije.
No haber escrito un cuento sobre elfos.
No haber sentido al oído la voz de Dios.
No haber estado en el delta del Mississippi, en un antro en donde toquen blues sucio.
No haber amado más, no haber comprendido que siempre es posible amar más.
No haber sido licántropo, no haber sido fantasma, no haber sido el hombre del saco.
No haber registrado los sueños que en ocasiones recobran su trama en mi cabeza.
No haber conversado con mi amigo Antonio sobre la bondad del género humano después de ingerir una cantidad escandalosa de cerveza.
No haber contado a nadie que amé a Kim Novak.
No haber visitado el Louvre, no haberme perdido un día entero en el Louvre.
No haber confesado a nadie que por la noche, cuando voy conciliando el sueño, elijo cuál fue el mejor momento del día.
No haber amado profundamente a la flacucha de la Hepburn.
No haber votado a Podemos, no haberme arrepentido.
No haber estrechado la mano de Antonio Muñoz Molina, no haberle dicho que admiro su constancia y su honestidad.
No haber caído en la cuenta de que quizá convenga dejar de escribir, no haber sentido de verdad la necesidad de dejar de hacerlo, no haberme convencido de que ya está todo dicho y que sólo me esmero en disimular el bucle en el que ando.
No haber tenido un foxterrier y haberlo sacado a pasear por la Gran Vía.
No haber haberme ido de casa con una amiga que me lo propuso.
No haber amanecido en Islandia.
No haberle dicho a Lynch que no me gusta Laura Dern.
No haber invitado a casa a Hilario Camacho y haberle dado las gracias por hacer poesía y cantarla.
No haber enjabonado a María Schneider en El último tango en París.
No haber bebido Staropramen en Praga en lo más crudo del crudo invierno.
No haber visto a Dios en los grumos del café.
No haber leído un poema de amor a mi amor de los quince años.
No haber tomado café con Benedetti, no haberle dicho que jamás nadie escribió tan bonito y tan sencillo.
No haberle dicho a Manolo Lara que mi libro suyo favorito era El invernadero de nieve (lo grande, a veces, tan pequeño) y no poder decírselo ya.
No haber tenido la oportunidad de decirle a Miles Davis que Kind of blue es una catedral igual que la de León.
No haber sido mejor persona de lo que soy y no saber si lo seré en adelante.
No haber visto la luna en la calle Bourbon.
No haber sido alumno de la universidad de Miskatonic, no haber paseado Arkham.
No haber bebido absenta, no mucha, con Poe en las últimas calles de Boston.
No haber visto la efusión de la divinidad en una ingesta masiva de cerveza en la barra de mi pub favorito.
No haber creído las epístolas, no haber escuchado su rumor trágico de milagros y de poesía.



Día mundial de la Poesía


Ilustración: Ramón Besonías

En la celebración de la poesía está la celebración del amor. No hay que anteponer nada al amor. Él está por encima de todas las demás consideraciones, pero una de sus herramientas más hermosas es la poesía. De hecho, la poesía lo impregna todo, hace suya cualquier circunstancia, no se arredra ante ningún obstáculo y subsiste a su maravilloso modo, a pesar del arrimo de trabas que la entorpecen y hasta la apartan. No son buenos tiempos para la lírica, menos estos que ahora vivimos, pero no los ha habido mejores. Es el tiempo en que hay más poetas que lectores de poesía. No es malo que así sea. El poeta escribe para sí mismo, cosa que no hace el que hace novelas o cuentos. Una vez ha hecho el poema, el poeta lo arroja el mundo, por si alguien lo acoge y entra dentro. En la poesía se entra, también en el amor. Es una cuestión física. Ambas disciplinas requieren de esa voluntad orgánica. Que celebremos en estos días de zozobra el día mundial de la poesía es conveniente, a pesar de que la poesía siga siendo un bien menor, una sustancia sentimental, un producto que vende poco. No se hace caja de ella y hoy en día a todo se le saca provecho monetario. Los poetas no bajan la guardia. Conozco a muchos, he tomado cervezas con ellos y no hemos hablado ni una palabra de poesía. Incluso prefiero a los poetas que no evidencian su oficio, ni a la primera citan a Baudelaire o a Luis Cernuda. Se descubre que son poetas sin mucho esfuerzo. No es preciso que hayan escrito poemas, ni que tengan libros publicados. Ni siquiera es necesario que declamen de memoria los versos fundamentales, todos tenemos algunos en la cabeza. Es poeta el que es sensible. Lo de la sensibilidad es condición sin la que no habría poesía, ni poetas. En cierta ocasión, vi cómo lloraba alguien de quien no tenía yo noticia de que leyese poesía, por más que la conociera. Es más, recuerdo que confesaba no tener la poesía entre sus (muchos) hábitos poéticos. Lloró sin consuelo. Siempre hay un poema que nos abre en canal, como si fuésemos animales en una mesa de despiece. Es un acto salvaje esa penetración, aunque las palabras acudan con mansedumbre y se cuelen con dulzura. La poesía es vaselina que mengua la brusca fornicación de las horas. Una vez acogidas y templadas, escuchadas con mimo y guardadas, ya no se pierden, son nuestras las palabras, forman parte de nuestra condición humana más íntima, hacen que vivir sea más gozoso. Quien lo probó, lo sabe.

20.3.20

El árbol de la vida





I/ Malick
Érase una vez hombre que vio el cosmos dentro de su corazón. En el corazón de este hombre visionario, un corazón henchido de luz, un corazón puro al que se le confiscó la brutalidad del latido y se le otorgó la facultad de mirar al mundo y de arrimar el latido del mundo al suyo propio de forma que al final, en el matrimonio resultante, el que acercase el oído al pecho no distinguiese entre una música y otra porque, a decir de este fantástico hombre, ambos latidos son el mismo y suenan como si fuese en verdad uno solo.
II/ El páramo sin luz
No creo que exista un cine universal, apto para todos los públicos, confeccionado para ser apreciado enteramente y de forma masiva por el espectador. En toda creación artística debe existir un pulso críptico, una especie de páramo en donde no crece la hierba ni azota la lluvia, donde el sol no ilumina la tierra ni la luna baña en oscuridad los árboles. La obra de Malick posee páramos, trayectos de niebla que turban a quien desea comprenderlo todo y se siente estafado cuando una brizna de trama se escapa a su intelecto. En El árbol de la vida se precisa una predisposición fílmica (por decirlo de alguna manera) que no todo el público está dispuesto a entregar. Es más: en El árbol de la vida hay tramos de metraje en donde incluso el espectador con más entereza y de más fina complicidad con lo que observa puede caer en un letargo de tedio y plantearse muy en serio la continuidad de ese contrato firmado previamente. Siendo una película manifiestamente luminosa (Malick ama el sol, Malick es un explorador celeste) uno no deja de sentir el peso formidable de la oscuridad. Será porque el universo es, en esencia, un lugar oscuro. Será porque el alma es también un páramo, uno de esos lugares que no es posible entender enteramente. El alma considerado como espectáculo de primer orden, esponsorizable, hecha también (si el lector lo ve conveniente) mercancía factible de concursar en bolsa.
III/ Malos tiempos para la lírica
Nunca estuvieron bien vistas las metáforas. La poesía, incluso varios milenios después de su gloriosa fundación, sigue siendo un bien menor. Lo que funciona a pulmón lleno es la narrativa en la que brille una historia. Malick carece de historia: no tiene inconveniente en malograr la posible historia entrevista en los márgenes y se obstina en registrar la naturaleza íntima del universo y conducirnos a la teoría de que es el universo el que guía nuestros pasos y que todos, al cabo, somos puntos de luz o puntos de sombra en el mapa cósmico. Lo que hace de El árbol de la vida la ambigua y frágil película que es está precisamente en su asombrosa ambición, en la fe absoluta que se entrevé a poco que uno entra en materia y percibe (entre el sofoco místico y la fascinación emocional) que está asistiendo a algo único. Quizá no algo extraordinario, tal vez no la obra maestra que algunos se empecinan en vender, pero sí (y en grado extremo) algo de una hermosa extrañeza, un arrebato de cordura teológica en un mundo al que se le extirpado el centro moral y va dando tumbos. La teología de Malick no es reprobable: no es de cuño católico ni se afilia a una iglesia concreta: es una teología seminal, primigenia, de un simbolismo que a veces duele. Por eso el film es un tesoro visual al que se le echa en falta un asiento más vehemente en lo terreno, un querer decir cosas sin tener que echar vuelo y buscar a Dios en el infinito.
IV/ Lo sublime y lo ridículo
En la celebración de lo extraordinario se exhibe la fascinación del ser humano ante la magia. Ese fervor hacia lo invisible, del que no es ajeno la religión, construye templos, levanta altares, iza símbolos y conduce (a capricho del asombrado) la vida hacia un destino trascendente. No sé si la película de Malick es trascendente. Ni siquiera sé si mi propia vida lo es. Sé que mi percepción del film perdura a lo largo de los días, se agranda, adopta formas diversas y acude a mí sin que yo se lo pida, transformada, haciéndose fuerte adentro, llenándome. Lo curioso es que la película no me llenó del todo: me llena el masticado que le hice, su digestión larga. El hecho tangible de su visionado, la rutina de sus fotogramas, no es relevante: lo es el apropiamiento que ha hecho de ella. En ese aspecto es la película que más me ha afectado de las últimas que he visto. Hace años que no percibo con esta intensidad la presencia de un libro o de una película en mi memoria. Su eco es ancho. Pero El árbol de la vida tiene muchos ecos. Algunos son defenestrables, no merecen perdurar, cansan, producen incluso cierta sensación de bochorno. Malick, el genio, el talento puro, el hombre escondido, apesadumbra, cansa, rompe.
V/ Fuera de campo
Se puede ver El árbol de la vida sin que Dios lo cruce todo. La liturgia formulada por Malick, el catecúmeno, la expresión íntima del filósofo sin filosofía, registra en fotogramas (ágrafamente) un prontuario de mandamientos. Algunos apelan a lo ecológico y otros, trufados de un simplismo new age, piden a voces que Bucay los escriba y venda millones de libros en las gasolineras del mundo. Pero esos mandamientos son sutiles, no están forzados, no imponen una doctrina: se limitan a apuntar las evidencias de esa comunión entre el ser y el universo. Malick captura esa esencia de lo cromático, de lo atmosférico, de lo puro al servicio de lo religioso sin vender libros de salmos. Se empapa de una solemnidad en ocasiones vacua, pero solemne al cabo. El espectador exigente, el hecho a andar por estos caminos del cine considerado como una expresión únicamente artística (borren la narrativa, quiten la historia, olviden el mainstream, den la espalda a la industria) encontrará en la películas muchísimos motivos de alegría. La quimera del director es la suya propia. La osadía del directo, incluso resuelta a veces con tibieza, es la suya propia también. El otro espectador, el que desea placer por encima de relleno espiritual, el que se sienta en la butaca anhelando disfrute y pidiendo a gritos evasión inteligente, palomitas con pedigree (si se quiere expresar así) saldrá molesto con el jodido Malick, preguntándose si no hubiese sido mejor salir a media película y deseando en la medida de sus posibilidades advertir a los otros del desvarío al que ha asistido. El árbol de la vida es una anomalía, es un desvarío, es un cuerpo extraño que la ha salido al show business y que está arrasando, más que en cines, en prensa, en blogs, en barras de bar. Como si hubiese vuelto Bergman.
VI/ Todos estamos conectados
Reina lo espiritual hasta el punto de que podríamos prescindir enteramente del texto y montar una obra muda, un ejercicio abstracto o incluso un documento visual sin engarce, al que se le ha retirado todo apoyo verbal y fluctúa entre la grandilocuencia paisajística (el cosmos es el gran paisaje) y la intimidad musical. Reina lo poético, pero es una poesía que no alcanza a emocionar como lo hacía (pongo por caso) Un nuevo mundo, la mejor película de Malick o incluso La delgada línea roja. En todo el cine de Malick (no he visto Días del cielo) hay esa sencillez, ese afecto sin complejos hacia lo natural, de modo que hasta las historias (las de amor, las de superación, las de descubrimiento) no son historias, es decir, relatos con un propósito narrativo, sin la intervención didáctica de la naturaleza, que se convierte en un tejido que todo lo cubre, en una urdimbre con una voz y con un propósito, en un modélico atrezzo, que Malick mima y eleva a la condición de personaje. Panteísmo filmado. Volvemos a esa obsesión (tamizada, prudente en todo caso) del hombre por el orígen de todas las cosas. Como si quisiera filmar el big bang y le salieran películas que hablan de soldados en Guadalcanal, de colonos en la tierra prometida o de padre e hijos que nacen y mueren en la América de los años cincuenta. Todo sirve para el fin que anhela: todo son pedazos de una misma unidad.
VII/ Padre Whitman
Dentro de la métrica del film está Walt Whitman, está el poeta en pos de la armonía, el poeta manumitido de la experiencia e izado al aire, respirando el mundo, inhalando el espacio celestial, convertido de pronto en privilegiado espectador de la Gran Obra de un Creador y zarandeado por todos los demás poetas en la creencia de estar zarandeando al único, al verdadero poeta del cosmos, al ungido por los estros celestiales, al señalad por la divinidad (sea esto lo que quiera que sea) para recitar los versos de la inmensidad. La mirada del poeta es la misma mirada que la del director. Observan con esmero, horadan el objeto, lo desmenuzan, lo integran con el pensamiento y hacen que el propio objeto sea parte misma de quien lo está observando. El panteísmo, ah juguetón Malick: la gloria infinita, la gracia, en fin, toda esa métrica sin endecasílabos de los santos varones del éter metafísico que ha llenado templos y ha fatigados imprentas.
VIII/ Tres cosas que pensé en mi butaca
Viéndola sentí que estaba asistiendo a un cierre, al finiquito de una obra. Como si Malick, sin airear a los medios que deja el cine, contase esa decisión de forma encriptada, envuelta en el artificio preciosista de esta obra rotunda, aunque irregular. Tan rotunda como irregular, diría yo. Sentí también que la crítica iba a demolerla o a endiosarla. Incluso que era un film para las escuelas de cine o para los cafés en las terrazas, cuando de pronto alguien coge el hilo de Dios y se pone la cosa trascendente. La tercera cosa que pensé, he aquí al espectador metido en la trama, pero pendiente de sus mundanas cogitaciones, es que a Sean Penn le vienen de perlas (y no es un halago) esas caras fúnebres, de acelga maniatada. Que es un pedazo de actor al que el tiempo ha agriado y convertido en un pedazo de actor agriado. Luego está Brad Pitt, que no suelta prenda sobre la trama del film en ruedas de prensa o en Cannes. En realidad no hace falta que el elenco (qué bofetada de palabra es elenco) cuente de qué va una película, pero vivimos en un mundo en donde todo se conduce por criterios financieros y ni el propio Malick, a pesar de su perfil cerrado y de su nombre hecho un búnker a lo Salinger, muy a pesar de que en algunos tramas parezca estar creando un testamento antológico, modélico, dejaría pasar la oportunidad de que todo hijo de vecino vea su catarsis fílmica, la imponente (por ambiciosa, por mística, por telúrica, por arcana) obra que ha regalado al público. La verdad que no sé a qué público. Ignoro si los años serán dulces para este árbol de la vida. Su presente es de una notoriedad brutal. Es la película de la entrada del curso cinematográfico.
IX/ Humorada a modo de intermedio
El árbol de la vida no es uno de los documentales más complejos de National Geographic. Tampoco intervino Bucay como asesor de contenido espiritual. Coelho pidió entrar en el comité de expertos cósmicos, pero alguien debió explicarle lo serio del proyecto y el buen hombre, sin inmutarse, apenas afectado, volvió a su laboratorio de aforismos. El peligro de la cinta de Malick es su inclinación natural al ridículo. Como cae menos de lo que uno creería, sometida su trama a la más severa de las consideraciones, se saca la feliz conclusión de que Malick es un genio.
X/ Una historia dentro
Se olvida con frecuencia, ensimismado uno en el relato cósmico, en la fundación misma del misterio, la historia doméstica, lo entendible, lo que no precisa desencriptarse, el cuento del american way of life representado por una familia menos convencional de lo que parece, con su patriarca severo, aunque fragil e incapaz de relacionarse con lo ajeno, de crear empatías durables, con su madre amorosa y cercana, pura o en vías de esa pureza, con los hermanos en apariencia felices, pero precarios y atormentados. A Malick lo que le importa no son tanto los personajes y su cruzada interior sino el incrustado del personaje en el marco en el que convive, el despojamiento progresivo de lo individual en aras de lo universal.
XI/ El vals de la mecánica celeste
Lo malo es lo que contra la ética, contra su ideal consensuado. En la obra de Malick, en este film más propiciamente, no hay una bondad y tampoco una maldad: hay un principio de incertidumbre moral, una voluntad maximalista, sin afecto por lo cotidiano, una totalidad súbitamente revelada, un discurso de magia y de fuegos de artificio, pero en esta dinamo está Zaratustra (ay, ahí veo a Kubrick, el otro Malick, aleteando, en espíritu, por el set de rodaje del film) con su barba milenaria, herético, sublime, fiero con coartada, reclutando adeptos, alambicando salmos, componiendo la sinfonía primera, la del big bang primario. Es la antigua batalla entre la luz y la sombra. En realidad no puede uno quedar al margen del discurso del director. No cabe la posibilidad de la indiferencia. Pienso en el Anticristo de Von Trier, en el Oldboy de Chan-Wook Park: pasa con estas escasas películas que no las miramos con los mismos criterios emocionales o puramente narrativos que el resto.
XII/ Viva el fa cuántico
Lo sagrado es también lo profano. Lo puro, en su extremo, linda con lo turbio. La rutina, extendiéndose, al prolongarse, cuando se asienta, engrandece cualquier pequeña desviación de su trazado. Si oigo mil veces seguidas la sencilla nota do y de pronto surge del vacío un sencillo fa, todo es fa. El do deja de existir. Mágica, paradójicamente, mi cerebro (mío en su entera falibilidad) no cuenta ya con el peso de la experiencia y sólo disfruta (ay) con la novedad, con lo que no avisa de su llegada e irrumpe, taladrando. En cierto sentido, El árbol de la vida es un fa maravilloso, un fa imposible, un fa cuántico. Malick es el demiurgo estajanovista de este pentagrama colosal, pero una vez que hemos comprendido (primero) y admirado (después) su propósito, dejamos de prestarle atención, lo reducimos a excentricidad. Y entonces: Viva lo excéntrico, viva este fa inclasificable.
XIII/ El ansia
Terrence Malick no lo puede todo, lo alcanza a registrarlo todo, no se empecina en responder a todo, no desea penetrarlo todo, pero hay momentos en su película en que es legítimo ponerlo todo en duda y pensar que, en efecto, lo puede todo, lo registra todo, lo responde todo, lo penetra todo.

XIV/ Tardaré años en volver a verla, pero no es verdad
He tenido una extraña paz y un desconsuelo enorme viendo El árbol de la vida. Me he sentido traicionado y reconfortado al tiempo. He contado en privado a algunos amigos (aquí en la blogocosa y en la calle tangible) lo difícil que es pensar a veces en lo que nos perturba. Y más que placer lo que he sacado en claro después de ver la película dos veces (sí,soy un obseso, sí, le robo horas al sueño y así me luce el pelo durante el día) es que es una de las películas más sorprendentes que he visto en toda mi vida. Sorprendentes y desconcertantes. Hay un desequilibrio hermoso en este arrebato de lujuria cósmica, una a veces inasequible voluntad de registrar en imágenes lo que quizá hubiese sido mejor registrar en palabras, en el texto. Ese es otro asunto. Si todo puede ser convertido en película. Si hay argumentos o ideas o fogonazos de creatividad que eluden el volcado en imágenes y se dejan querer más por la voluptuosidad formal e intelectual del texto. Mi cabeza no entra en estos meandros de lo audiovisual. Mi profesor José Luis Sánchez Corral, ay cómo le echo en falta de vez en cuando, pondría las cosas en su sitio. Y sí, habría disfrutado horrores con este fundido en negro sideral de un hombre, Malick, que tan sólo ha pretendido contarse a sí mismo las razones de la vida y de la muerte. Ya digo, un filósofo sin filosofía, un conferenciante de feria con una maleta llena de metáforas. ¿Que el talentoso Malick también la pifia y su carraca de prodigios a veces suena sin ritmo y produce sonrojo el sonido que produce? Por supuesto, oh lector. Soy razonablemente malickiano. Supongo que esa es la única vía de no salir tocado (emocionalemente) de esta orgía de significados.

XV El árbol de la vida en tiempos del coronavirus
Revisión: anoche me acomodé lo mejor que pude, y juro que me acomodé bien. Sentí que era el momento, no todos lo son. Volví a ver El árbol de la vida. Era otra visión, son otros tiempos. Así que la vi con la cabeza puesta en otras cosas o, al menos, yo creía que la vería con la cabeza puesta en otras cosas, pero no fue así, ni mucho menos fue así. La vi con absoluta entrega. El cine, el buen cine, a ser posible el cine difícil, hace estragos con la rutina: la derrota, inventa un universo nuevo, estamos en otra dimensión de las cosas. Pude comprobarlo.