26.9.18

Pensamientos recurrentes





Hay cosas que piensas de las que te deshaces enseguida, no crees que sean buenas, sospechas que te harán daño o que no dejarán que otras que se te puedan ocurrir fluyan y ocupen tus pensamientos. No tiene uno gobernanza sobre lo pensado. Por más que se desee, hay que claudicar, aceptar que irrumpan en nuestra cabeza cosas que no nos convienen. Son tan terribles que no es posible que puedas festejar que las venciste. Nada más pensar en ellas, vuelven. Incluso vuelven con más ahínco y permanecen más tiempo, causando un estropicio mayor. El pensamiento recurrente no tiene que ser malo en todas las ocasiones. Hay cosas que piensas que no tienen maldad alguna, pero hasta ésas, las livianas en peso o en hondura, desquician al más preparado. Fascina que una parte de ti escape a tu control, no se deje ordenar, no sucumba cuando la sancionas. Parece que existiese otro allá adentro y se entretuviese en perturbarnos, en desquiciarnos. Piensas en una novia que tuviste o en Epi y Blas o en los vampiros del cine mudo o en el cantante de Kiss o en tu madre vestida de lagarterana. Anoche pensé en Trump. Vino a mi cabeza su discurso en el atril de las Naciones Unidos. Ah horror de los horrores, todavía está ahí, no ha dejado de estar, yo creo que he soñado con él, aunque no pueda recordar ahora nada de lo soñado. Tendrá que venir otro pensamiento y desplazar al que ahora me molesta. Espero que sea feliz y no me altere mucho. Hay días que empiezan mal. Que el vuestro sea bonancible y no haya ningún pensamiento recurrente ingrato que lo derrote.

25.9.18

Mira tu catedral de pétalos sumergirse en la comitiva de la sangre

Fueron los tiempos en los que el poeta era una figura considerada dentro de la tribu, pero luego los bárbaros arrasaron la palabra, la redujeron a mercancía, la expusieron junto a los trofeos de guerra. No daban abasto los inventores de palabras. Andaban como locos nombrando lo que veían. Hubo días en los que inventaron dos palabras y días en que formularon cien. El mismo rey solicitó que terminasen el trabajo, pero a veces no había forma de entender al rey. Lo que decía no coincidía con lo que pensaba. Piensa en nenúfares y nombra manzanas, dijo uno de los poetas más apreciado. Pensamos en manzanas y nombramos reyes. Ese es nuestro desquicio. Es de tal magnitud el negocio de las palabras que hay quienes atesoran palabras en sótanos oscuros, a salvo del vértigo de la realidad. No permiten que nadie entre. Tampoco presumen de que las tienen. Por la noche bajan a verlas, las pronuncian despacio, se sienten durante esos instantes un dios. Sin embargo, lo que confiere una dignidad más alta y un rango de mayor fuste a los ciudadanos es el silencio. Consciente de lo falible de las palabras, algunos han decidido censurarlas. Prefieren callar a errar en lo que dicen. Se comunican con gestos. Los hay de una sofisticación encomiable. Existen coreografías que representan historias de batallas.Quien desea pedir que le dejen solo, mueve las manos, aparta el aire. Quien anhela el contacto carnal se palpa con delicadeza sus genitales, abre la boca y hace que su lengua vibre a izquierda y derecha. Hay veces en que basta uno de esos protocolos para que el otro sepa lo que se le está diciendo. Nube, cielo o lluvia han devenido en gestos que no hacen pensar en las nubes, en el cielo o en la lluvia. El gesto que representa el amor no hace referencia a nada que haga sospechar de la presencia del amor mismo. Tampoco la palabra cisne incluye dentro al cisne. Ni rosa oculta una rosa. Los que todavía recurren al uso de las palabras lo hacen de un modo nostálgico. Dicen, por ejemplo: Mira tu catedral de pétalos sumergirse en la comitiva de la sangre. O: Mi espada es una sílaba en la espalda del tiempo. En los festejos del equinoccio de la primavera se aprecian mucho los recitados de palabras. Los que las pronuncian no piensan en nada concreto, no se rebajan a unir lo que dicen con lo que piensan. Solo dejan fluir las palabras. Algunos, en mitad del recitado, alcanzan una especie de éxtasis. Se les ve temblar en el entarimado colocado en las aceras. El público, enfervorecido, salta o brinca o eleva las manos o aparta el aire o se toca obscenamente los genitales, en el deseo de que alguien se apiade o se enternezca y le ofrezca el comercial carnal que anhela. El poeta, pues son poetas la mayor parte de los provocadores, que logra un recitado más hermoso es llevado a palacio. Allí el rey lo acompaña a la Biblioteca. Es un lugar donde hay miles de palabras. Están cosidas unas a otras, en libros. Hubo un tiempo en que los libros cantaban la belleza del mundo o registraban el dolor de la muerte, pero ahora son solo objetos vacíos. El rey los mira a veces, sabiendo en secreto que la salvación del universo está encerrada en esas páginas. Los abre, los ojea, incluso recuerda el arte de la lectura y recita lo que los renglones le van contando. Luego cierra el libro y se toca el pecho, apretando su mano, con fuerza, contra el corazón, pero a veces no hay forma de entender al rey. Lo que dice no coincide con lo que piensa. Piensa en caballos en la tormenta y nombra sombras en los jardines. Ni la reina puede comprenderlo. Le coge la mano y él cree que lo está rechazando. Él la besa y ella, en el delirio que la perturba, cree que le comunica que está enfermo o que va a estarlo. Los caballos están perdidos en la tormenta, escribió un poeta. Fue un verso repentino, lúcido sin buscar lucidez que lo justificase, hermoso sin que la belleza animara a quien lo impuso delicadamente al mundo. Hay días en que parece que las palabras recobraran su lugar en el mundo. Hay evidencias que no sabríamos explicar, pero que nos causan alegría y hacen que por la noche conciliemos con más ahínco y armonía el sueño. A veces lo pueblan caballos y una tormenta lo cruza de lado a lado. Son sueños que después nadie recuerda. Ni siquiera una brizna de sueño acude si se lo llama. Los que reconocen lo soñado informan al rey. Se atropellan en lo que dicen, no tiene medida ni sentido lo narrado, pero el rey agradece el gesto y los besa en la mejilla o se despoja de la espada y los abraza. 


24.9.18

El largo verano



No parece que se acabe el verano, nos lo recuerdan a diario, a pesar de que bastaría abrir la ventana o pasear en las horas en que se aplica con más rigurosidad. Se le echará en falta cuando se eche encima el otoño de verdad, no el de ahora, que conserva todavía maneras de estío. Se sacan las prendas de entretiempo, pero seguimos vestidos como hace un mes. Quizá esta permanencia del calor sea culpa nuestra. No pensamos nunca a largo plazo, vivimos el hoy, siempre fue así, no hay esperanza de que cambiemos. Mientras las tramas de ciencia-ficción organizan hogares alternativos, planetas habitables, zonas de confort en el lejano e insondable cosmos, los que todavía vivimos aquí desoímos las advertencias de quienes entienden, pensamos que no es cosa nuestra, ni se nos ocurre especular con la posibilidad de que el mundo que dejemos sea cada vez peor y menos habitable del que nos dejaron. No siempre es la falta de cultura la que propicia estos desafectos. A veces concurre la falta de interés. Hay gente preparada y avisada sobre lo que se cierne que sencillamente no le da importancia. Que los que vengan apenquen, vienen a decir. Tenemos hasta mal atendida la casa propia, la de la ciudad en la que vivimos, que cuidamos poco o no cuidamos en absoluto. Sólo hay que pasearla y constatar lo sucio que está, la voluntad de que esté sucia por parte de algunos que no tienen miramiento alguno por evitarlo. Hubo algo que no se hizo bien con nosotros, no se nos contó con calma la película del futuro, nadie nos convenció de que el verano puede durar un año entero.
Summertime, Edward Hopper

22.9.18

Atlas

Mamá es un atlas y papá es un atlas.
En la lógica cartográfica,
en esa serenidad sin futuro,
los países son extensiones del alma;
el corazón, un terco milagro sin dueño.
Tengo el vicio pequeño de ir
de un lugar a otro con el dedo.
Repaso los ríos, voy perfilando
la longitud retorcida de las costas.
Pienso en la suma sencilla de accidentes geográficos,
en el inventario de ocasionales incidencias topográficas.
Pienso en papá yendo al trabajo al abrir el día,
en mamá poniendo en orden la provincia de la casa,
pero todos esos años ahora no existen.
El mapa fue calcinado por el olvido.
Arrasó las montañas, las redujo a silencio.
Las carreteras se pierden siempre página adentro
sin un cielo hondo que las vigile,
sin ardorosas estrellas ni secretas nubes.
No hay río, no hay un cielo azul e invisible en mi mano
al recorrer el azul de los ríos
y al acariciar las cumbres insinuadas en el marrón de la hoja.
Viajo solo, escribo solo, siento solo.
Está vacía la luz, no tiene pulso en su centro,
se ve cómo vibra y a cada latido se aleja.
El mapa de la infancia está abandonado
a su triste suerte testamentaria.
El insensato mapa de la felicidad
convertido ahora en la memoria del dedo que lo surca,
el dedo metafísico, el voraz,
el que escruta el alma dispersa en los perímetros
y la cuestiona y la hiere.
Los libros son mapas de un mundo a punto de ser revelado.
El corazón es un prodigio sin brújula.
Veremos las ciudades, pasearemos las calles nuevamente.
Es la memoria la que escribe.
Suyo es el poema, no mío.
No tengo propiedad sobre nada que revele.
He perdido la trama. Confundo los recuerdos.
Papá con su memoria de agua
Y mamá con la suya de espejos.
Toco el mapa y siento que regreso.
Me duele el mundo.
Siempre duele cuando no lo vemos.

21.9.18

Decálogo (III)

I
Hacer de vivir un secreto sencillo y puro y morir tal vez después sin misterios ni hondura, con toda la evidencia del amor varada en la voz como un canto que aspira, en la distancia, a ser himno.
II
Al alma la astilla el tiempo, su eco inasible de marcas muy dulces.
III
La vida la sé, su costumbre, el racimo de sangre distinta aventada a mordiscos mientras la piel alienta vértigos, funda prodigios, arde en calma, muere sin estrépito.
IV

Ser tan sólo el que observa, sin adelantar el gesto, ni ocupar con el verbo el aire.
V
Tan gacela, Sara, el tiempo en la almohada. 
VI
Fiesta nuevamente en el jardín. Han venido todos. Esta vez es posible Let it be.
VII
Desciende, cuerpo, a tu semilla.
VIII
Los días son números. Habrá de cesar el cómputo.
IX
Procura el amor alminares, báculos, palabras que explican el Big Bang, un poema de Claudio Rodríguez.
X
¿Quién no ha tenido una novia rusa, doliente y flacucha, que recita párrafos de Tolstoi?


20.9.18

Decálogo (II)

1
Vivir con absoluto desparpajo.
2
Ser poeta para qué si T.S. Eliot murió solo sin que una sola línea suya lograra poner cerco a la muerte, brida al vasto olvido.
3
A veces consiente una opulencia de olores la noche, oro suspendido en el aire, tristeza que de lejos anuncia la inútil contienda de los abrazos.
4
Los días fingen ser versos. La vida, literatura.
5
Hay una ebriedad invisible. La voz, trémula, percute el aire alucinado. Las palabras festejan la luz mordida, el eco frívolo, el tiempo tan breve. Se duelen, resaca adentro, rotas. La luz estalla en un adjetivo.
6
Qué almíbar en la sangre.
7
Anochece en el azucarero. Taconea, pasillo abajo, la tristeza. Se ven tan poca cosa sus perritos que, a la luz de las linternas, parecen algas.
8
El secreto donde aguarda es en la sílaba más oscura. Aire que herido a lo lejos pulsa la luz con su música ebria de fatigar los cuerpos. El amor se presiente y se deja amar y en el abrazo muere.
9
Arde lo que importa.
10
Las avenidas en Hollywood, de noche, siempre conducen a un desvarío. 

19.9.18

Decálogo


I

La caligrafía es siempre el cuerpo, su pulso herrumbrado, la sangre extraviada. Es al cuerpo al que le debemos rendir las mayores atenciones. El alma está sobrevalorada.
II
La luz codicia un extravío lentísimo de caballos en un sueño. La luz malogra el veneno de las sombras.
III
Tampoco es a morir a lo que los ríos acuden al mar.
IV
El tren medita perderse en una distancia de algodón. Yo me pierdo en tu alma.
V
El pecho nos lo acribillan las horas, el meticuloso y delincuente oficio del tiempo, con su fiebre, con su lenta orfebrería sin propósito.
VI
La memoria acaba siempre por aturdirnos.
VII
Arquero embriagado de dianas, el poema.
VIII
Qué galope se oye: silbo de poeta acuñando prodigios.
IX
Ya mismo el frío me azuzará sus perros.
X
Líbame un vértigo, amor, herrúmbrame un pétalo, turba mi hombría, deja ese libro de Kafka, no leas más, adoro a Kafka, pero Kafka no nos hará bien esta noche.

18.9.18

Cerdos


A Pascual Rovira, Anarcopatafisico Irrecuperable y a José Puerto Cuenca, con sincero agradecimiento.
Al cerdo le fascinaban las arias de Verdi. La culpa la tuvo el porquero, entusiasmado melómano. Usaba un amplificador a válvulas que se caía de viejo y unas columnas Edimburgh que pesaban cien kilos. No hubo propósito, ni gran aprecio tampoco, tan sólo la evidencia de que los gruñidos eran menos ruidosos o que, en ciertos pasajes, se le tornaban los ojos y daba unos brincos armónicos. Ninguna otra muestra de la gran música producía el mismo efecto en el animal. Con Wagner emitía unos gruñidos más toscos de lo normal. Con Gould acometiendo las variaciones Goldberg se ponía inusualmente nervioso, agresivo a veces. Días antes de que lo condujeran al degüello, el porquero le sometió a una escucha masiva de las arias de las veintiocho óperas de Don Giuseppe. Murió en el fango. Sonaba Aida, una de las últimas. Se cree que le sobrevino un infarto o un derrame cerebral. No se le hacen autopsias a los cerdos. No consta ninguna, al menos. El veterinario, informado del amor a Verdi del marrano, sugirió el suicidio. Recordó un burro que murió horas después de que finara su dueño, aficionado al jazz de Nueva Orleans. El porquero no lo abrió en canal, como suele con otros, no separó las piezas para hacer negocio. Le dio piadosa sepultura en una loma. Cuando escucha a Verdi no censura las lágrimas.

16.9.18

Cerdopoética

He aprendido (o recordado, no sé) en este fin de semana que la poesía lo abarca todo y lo impregna todo. También, entre otros deleitosos asuntos, que el tocino vive en fango y muere en vino. Hemos sublimado la animalidad del cerdo, su gozosa y aprovechada (y no suficientemente prestigiada) presencia entre nosotros. Agradezco a José Puerto Cuenca la invitación, él es el perpetrador (que no ideólogo, ese honor es de Pascual Rovira, asnólogo cósmico, aparte de magnífico y divertido anfitrión) de estos recitales. Dejo el poema con el que he contribuido al marrano acto y unas cuantas fotos.



15.9.18

Arquitectura


Goethe dejó escrito que la arquitectura era música congelada. Mi fascinación por las catedrales es, en parte, extensión de esa reflexión, que he leído hoy y no se me va de la cabeza. Uno puede prestar oído a lo que dicen los edificios. A su manera, secreta, sagrada o blasfema, nos interrogan, ofrecen un discurso para quien se acerque y escuche. Hasta las construcciones más humildes, en su sencilla pobreza, airean esa voluntad armónica. No se me ocurrió nunca tomar el oficio de la arquitectura. Hay decisiones que no se toman porque no se ofrece la oportunidad o no se es sensible o nadie cercano la tomó antes y nos animó. A la arquitectura la suple la poesía. Hay poemas que son casas en las que uno se refugia y se siente a salvo y confortado y también feliz. Creo que empecé a escribir poesía para transcribir esa música invisible. Percibo que hay un orden oculto cuando leo poesía o cuando la escribo. También sucede con la música. No hubo nada que me inclinara a aprender a tocar un instrumento en la edad en que se empieza ese adiestramiento o esa predilección. Habría escogido el piano. Hubiese sido un pianista incansable al modo en que ahora soy un escritor incansable. El hecho de que yo escriba es la opción alternativa al hecho de que no sea músico. Es la música la que anda siempre por debajo. No es relevante que no se tenga constancia de que fluye, pero lo hace: fluye sin motivo, avanza sin propósito. Con sólo tener la predisposición idónea, la música se hace corpórea, tangible. Puedes ir paseando y sentirla o cerrar los ojos en casa, en tu sillón favorito, y sentirla. El silencio no existe. Que se lo digan a John Cage. El corazón, cuando late, en ese silencio idílico y perfecto, ejecuta la melodía primordial. Parece que es posible escuchar la sangre yendo y viniendo por nuestro cuerpo. El universo es ruido, ruido puro en libertad. Si sigo en este plan temo que Coehlo crea que lo plagio. Son tiempos de plagio.

14.9.18

Un conejo

Vi un conejo muerto, se lo comían las moscas. Me tentó sacar el móvil y hacer una foto. Una vez hice eso con un pájaro, pero me turbó entrometerme, vulnerar esa intimidad. Ante la muerte ajena, se arredra uno, comprende abruptamente el vértigo de la existencia, su frágil equilibrio. Lo trágico es la intervención de las moscas, lo que malogra la dignidad del conejo son las moscas, ellas son las inciviles. Al hombre, una vez muerto, se le concede el rango de sagrado, se elabora con esmero el ritual de la tierra o del fuego y se procede al perdón (morir limpia todo expediente oscuro) y, en casos, con justificación o sin ella, al elogio. No entra en este relato el concurso de las moscas. No procede que afeen la comisión del sepelio ni que evidencien lo conocido, que el cuerpo va a lo suyo, más incluso cuando no tenemos gobierno de sus actos. El cuerpo se oxida. Todo es cosa de esos radicales libres y ese vicio que tienen de inflar de oxígeno nuestras células y envejecerlas. Química insensible.
Nos diferencia de todas las demás criaturas (conejos, moscas, pájaros) la voluntad de que no quede rastro nuestro una vez se detiene el corazón. Fuimos humanos cuando nos compadecimos de nuestros muertos. La misma fe proviene de esa necesidad de dar dignidad a los que amamos y nos dejan. Pobre conejo, huérfano de afectos, no hay quien se compadezca y le espante las moscas o le recoja y dé sepultura, pero no nadie se ofrece, ni yo quise. Así que tuve al conejo en la cabeza toda la tarde. Lo que hice fue suprimir las moscas, permití que se hospedara ahí, a salvo del rigor de la muerte. Ya no pienso tanto en él, no creo ni que sea bueno. Acabarán perdiéndose los dos: el conejo de verdad y el fabulado. Somos humanos porque seguimos recordando a nuestros difuntos. No les borramos, no dejamos que el olvido se apropie de ellos. Da igual que exista un lugar en donde reposen a oscuras, solos. Yo querré que el fuego camine conmigo, como en el hermoso título de la película de Lynch.

11.9.18

Ser poeta para qué

Ser poeta para qué
si T.S. Eliot murió solo
sin que una sola línea suya
-todas tan dignas de cántico,
todas de tan hondo pulso-
lograra poner cerco a la muerte,
brida al vasto olvido. 

El poema
El poema ha aparecido donde no debía. Perdido en un carpeta repleta de apuntes de Pedagogía. El azar nos dispensa así de cogitaciones excesivas. No nos va a dar migraña por indagar en las razones que lo mueven, pero de vez en cuando nos abastece de poemas antiguos, de besos perdidos, de palabras que hace años que no usamos y que amamos durante algún tiempo. A la vista los temas de Pedagogía y el amarillo confiado de la hoja, el poema puede llevar veinticinco años (treinta) en ese limbo perfecto. Podría haber seguido ahí veinticinco más o sobrevivir a su dueño y aparecer cuando uno no esté, dando evidencia de algo propio y clausurado. Escribir en un blog es confiar al mundo lo que uno va aceptando y lo que uno no va aceptando del mundo. Es una especie de rendición industrial del corazón a punto de desbocarse. Uno escribe cuando el corazón se le despeña en el pecho. Escribe a dentelladas. Comprometido con las palabras. No hay otro catón que nos coarte. 



Eliot
Y el poeta inglés, aquejado por los quebrantos de salud propia y ajena, ocupado en su banca Lloyds en cuadrar números, desoyendo a quienes le recomendaban reposo y consejo médico para no caer en la locura o en el tedio, revisó en París, a la vera del loco Pound, The Waste Land. Lo afinó, según aclaró más tarde. Afino yo ahora mi oído inglés, mi corazón anglófilo, mis deseos de que las enseñanzas en la lengua de Milton y de Chesterton me haga disfrutar con lo escondido, con lo que el traductor no capta. Porque el trabajo de traductor es uno de los más difíciles del mundo e incluso el mejor de todos ellos no satisface al lector exigente y se deja embaucar a veces por la sonancia secreta de las palabras, por el arrullo invisible de los verbos.



April is the cruellest month, breeding
Lilacs out of the dead land, mixing
Dull root with spring rain.
Earth in forgetul snow, feeding
a little life with dried tubers.
Summer surprised us, coming over the Stambergersee,
and went on in sunlight, into the Hofgarten,
and drank cofee, and talked for an hour.
Bin gar keine Russin, stamm' aus Litauen, echd deutsch.
And when we were children, staying at the arch-duke's
My cousin, he took me out on a sled...


T. S. Eliot, The Wasted land, 1. The burial of the dead.


Y suena tan bien el inglés cuando lo declama un nativo bien adiestrado y bendecido por el dios de la música...

10.9.18

Se escribe para que nos lean

Nada particularmente extraordinario en esto de escribir. Quizá la persistencia, ese tozudo contar lo que irrumpe, el volcado tenaz, la transcripción falible, pero leer también es un oficio de alucinados, leer es una forma de perdurar, leer es un manera de aplazar la muerte. Uno escribe para que otro lea. Lo extraordinario está en abrir el libro, el prodigio consiste en dejarse contar. Es esa voluntad, la del leer, la que lo justifica todo. Ahí reside lo extraordinario.

6.9.18

Torres




                                            (Fotografía: Emilio Calvo de Mora, Praga)

Antaño las ciudades se medían por la altura o la opulencia de sus torres. Hoy el indicador es la afluencia de turistas alrededor de ellas, la estadística de ocupación hotelera o la de subidas a Instagram o Facebook de sus rincones más pintorescos o estéticos. No es el hecho cabal de que se las admire, sino el añadido de hacer que esas torres perduren no únicamente en la memoria, privada y voluble, cuanto también en los registros pactados, en ese escaparate público del que falsamente se infiere cómo somos o con qué ocupamos el tiempo libre. Hace uno, frente a ellas, lo que los otros, toma las mismas imágenes, busca los mismos ángulos. No creo que haya nada puro, todo ha sido convertido, al registrarlo, en mercancía emocional. Exhibo yo mismo el defecto imputable a los demás, no difiero de ellos, en todo somos iguales. Únicamente varía  la cámara o el móvil usado, la calidad técnica o artística de la fotografía. En lo demás, somos piezas intercambiables, aunque no nos conozcamos ni hayamos intercambiado una sola palabra entre nosotros. Somos mercancía emocional, torres que se encuadran en la pantalla de una cámara que otro usa.


5.9.18

El buen soldado


                                             (Fotografía: Emilio Calvo de Mora, Budapest)

Se tiene una idea equivocada sobre la intendencia del soldado, se cree que es fácil cumplir lo ordenado, no salirse del plan que otros urden, adentrarse en la aventura de la obediencia, no discrepar, no pensar en si lo encomendado no tienes ni pies ni cabeza o si, bien al contrario, es un prodigio maquinado por una inteligencia absoluta. Lo malo de que te aposten en una garita no es que no puedes pestañear o rascarte la oreja o abortar con el alma misma una tos sobrevenida o un estornudo imposible de interrumpir. Lo malo de que se te encomiende esa vigilancia (más protocolaria que operativa) es la completa toma de conciencia contigo mismo. De pronto adquieres nociones de tu circunstancia personal que antes ni siquiera vislumbrabas. No mover un músculo, ninguno de los visibles, facilita mover los músculos que no se ven. Tal vez el soldado de esta garita de un edificio administrativo (lindante a un castillo en cuyo dominio se erige una imponente catedral) piense en dejar la milicia (es un honor hacer esa guardia, nos dijeron) o en ver la manera de escalafonar y conseguir un puesto de verdadero mando, no sé ahora exactamente cuál, hace mucho que hice el servicio militar y uno va perdiendo a conveniencia la memoria. Fascina su pose estatuaria, su absoluta entrega al papel que se le ha otorgado. Conforme el mundo avanza y se desquicia, más fascina aún. No sé si es cosa de otros tiempos lo de las guardias. Su fin, avisar sobre la inminencia de un ataque, ha dejado de tener sentido. El enemigo está en casa a veces, a espaldas del buen soldado. El enemigo, cuando se pone grosero y le da por atacar, no lo hace a pecho descubierto, siendo visto, sino ladina y ocultadamente. Tampoco podría nuestro servicial hombre hacer mucho si el ataque es masivo y las hordas bárbaras (el enemigo siempre es el bárbaro) asedian a cara de perro el edificio. Queda, en fin, en artículo de bisutería turística, en recuerdo de una época, en souvenir para que se le puedan hacer fotografías. Sigue insistiendo en la dificultad del desempeño de este oficio. Estar ahí solo contigo mismo, qué difícil debe ser.


3.9.18

Calles 2




                                                (Fotografía: Emilio Calvo de Mora, Praga)

Ya no se hacen calles como las de antes, no se piensa en las casas, ni en quienes las recorrerán arriba y abajo, yendo y viniendo o ocupándolas por el sencillo trabajo de pasearlas y demorarse en ellas. Algunas, en cambio, invitan al regocijo, hacen pensar en literatura, en lo que pudo haber pasado y tal vez no ocurrió o en lo que se nos escapa, por más que especulemos. Hay calles que de un lado de la calle se puede acceder al otro sin pisarla. No sé si esta ocurrencia arquitectónica podría extenderse y hacerse popular en los planes urbanos de hoy en día. Se pregunta uno en dónde habría de colocarse esa vía de tránsito, si sería del agrado de los vecinos (en un principio, por la novedad) y luego la reprobasen, decidiesen en reunión comunitaria que el pasillo o el puente, con los ventanales sobre la calzada, no tiene utilidad alguna o que, más bien, sólo acarrea problemas. No le vemos la belleza a las cosas, sólo buscamos su lado práctico.

2.9.18

Calles


Lo antiguo se ofrece a lo nuevo. La ciudad es un cuerpo. Crece, enferma, sana y habla para quien escuche.

(Fotografía: Sara Calvo de Mora, Viena)

1.9.18

Bohemia Rhapsody



Del antes tengo más conocido que del después, no hay discusión, no se tiene propiedad de lo que aguarda y acecha, tampoco debiera preocupar esa certeza, no va a ningún lugar de provecho, ni se pueden hacer planes, los desbarata el azar o los corrompe o los cancela. Del ahora se apropia uno de cosas sutilísimas, de lo tangible, sin esmero, sin que el adiestramiento oficie su trabajada liturgia, sin que la experiencia (a veces) influya u oriente. No somos nada, nada fiable, en todo caso. Vamos a lo que viene, nos resignamos a ese zarandeo ajeno, nunca propio, jamás propio, por mucho que uno crea que lo administra o que es suyo o que posee acta de su presencia, pero es en el viaje en donde más se reconoce uno. Debiéramos estar siempre viajando. Debiéramos no tener casa, no tener tampoco el ansia de ocuparla con objetos. Ayer pensé en cómo sería vivir en hoteles, cambiar cada cierto tiempo de residencia y, por supuesto, tener una cantidad escandalosa de dinero para despreocuparse de hacer algo más allá de lo antojado, de las conveniencias propias, que no se pueden o no se deben compartir, ni alardear de ellas. Fue retirada del pensamiento esa idea. No es sana, en el fondo. Quizá se asquee uno de esa molicie (una rutina en lo placentero, un dejarse ir sin fundamento) y anhele una obligación. Anoche, entre amigos, ganaba la opinión de que es bueno no tener a nadie cerca que nos marque plazos y evalúe lo hecho. El problema reside en que hemos sido educados en la creencia (firme y duradera) de que hay que hacer algo por los demás y que esa voluntad, al ser ejercida, nos dignifica. Está mal visto que uno diga que durante el verano no ha hecho nada, salvo (tal vez) sestear, beber con más alegría y pasear cuando empieza a anochecer, tampoco sabiendo con certeza a qué lugar ir, si tomar un camino u otro y, por supuesto, abierto siempre a cualquier improvisación o alteración del plan, sobre todo por el hecho de que no hubiera de antemano plan alguno. Sería fantástico (no lo hice) recorrer el Moldava por Praga, atravesar todos esos puentes maravillosos, mirar las dos orillas y perderse en la continuidad de las casas, en su fascinación sin descanso. Bajar más tarde en un pequeño atracadero, pagar lo que se nos pida (es una exigencia del turismo la de abonar sus deseos) y volver al hotel por cualquier calle, a sabiendas de que quizá no sea el camino más corto, ni el más recomendable para quien no conoce del todo la ciudad.
Fotografía: Emilio Calvo de Mora,Praga)