29.11.18

El arte

La única salvación posible está en el arte. Ni siquiera el amor nos salva. El amor es una extensión del arte. Es la belleza la que nos eleva. La miseria del hombre procede de la mediocridad. Es la cultura la que nos salva de la mediocridad. La única salvación posible está en la belleza, en la cultura. El amor es también una forma de cultura. La felicidad consiste en cierto tipo de conciencia sobre la belleza o sobre el amor. Se puede vivir sin estos ingredientes, sin que el amor nos salga al encuentro o lo busquemos nosotros o sin que la cultura, en cualquiera de sus disciplinas o en todas a las que podamos acogernos, sea parte de nosotros mismos, pero no se puede vivir sin la necesidad de belleza. O es un tipo de vida triste. Será entonces, habida cuenta de lo poco prestigiada que está la belleza, un mundo triste el que habitemos. Triste, inculto, feo

27.11.18

La escuela de la vida



Fotografía: Wayne Miller



Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria.
(Louise Elizabeth Glück)

Leí hoy que hay gente que no sabe qué hacer con su vida, pero sí con la tuya. Parece un chiste, una ocurrencia, pero hay que prestarle atención a todo lo malo que encierra. Tenemos el vicio de saber qué conviene a los demás o percibir con absoluta nitidez cuándo equivocan el paso, pero no el de mirar hacia adentro y obrar con la misma agudeza con la que procedemos con lo ajeno. No es algo que diga uno sin conocimiento. Hay ocasiones en que cae en la cuenta de que recomienda a los demás lo que nunca acometería en beneficio propio. Recuerdo eso de que todo el mundo va a lo suyo, menos yo, que voy a lo mío. A mis alumnos, cuando de vez en cuando charlamos de estas cosas, en clase de Ciudadanía, una asignatura estupenda que se da sólo en quinto y que extirparán ya mismo del glosario de áreas, les pido que piensen en cómo son, en si pueden decir qué hay de buenos en ellos y qué de malo. Tardan en sincerarse, no siempre arrancan con franqueza, pero lo hacen con decisión, abriéndose el pecho a manos llenas, no dejando nada oculto, permitiendo que los demás entren en su vida y la valoren. Es lo que tiene ser niño: se es cruel y tierno a la vez, se combina en armonía la inocencia y la tiranía. Sorprende que se culpen de no haber hecho lo que deberían, da igual que sea una tarea que debían entregar o una norma de aula que debían cumplir. 

Se le encomiendan a la escuela trabajos que las más de las veces deben ser abordados en casa. Nosotros sólo debemos cuidar de que no flaqueen esos valores con los que nos lo entregan, que ya deberían venir conformados cuando pisan el aula. Son tantas las tareas que se nos asignan que no sabe uno cuál priorizar y, por falta de tiempo, cuál apartar o, de vez en cuando, censurar incluso. Suelo decirles que lo menos importante es que sepan cómo analizar una oración, sumar fracciones con distinto denominador o pronunciar con pulcritud la canción que estamos aprendiendo en inglés, que es más importante ser responsables y valorar el trabajo, respetar a los demás y tolerar la diferencia que muchas veces nos separan de ellos. Me esmero, en lo que puedo, no sé con qué fortuna, en hacer buenas personas, a la par que enseño lengua o inglés o matemáticas. En ese esfuerzo por educar también uno se educa. No es algo que dejara de hacer, siempre hay oportunidad de hacer las cosas mejor y la manera en que tratamos a los alumnos nos hace pensar en si de verdad lo hacemos o tan sólo cumplimos con lo esperado, sin ahondar, sin dejar que esa educación impregne y cale. 

Hay maneras de combinar esos dos encargos, el de la formación y el otro, el de la educación. Creo que una parte fundamental de nuestro bendito oficio es ésa, la de educar, la de evitar que caigan en los vicios que se ven afuera y no insulten, ni agredan a quien no comparte sus ideas, ni hagan apresurados juicios de valor sin antes haber comprendido las razones que arguyen quienes no piensan como ellos o que tengan una idea de la justicia (o de la tolerancia o de la dignidad o del trabajo) que a veces no aparece en la medida en que uno quisiera. Es tan fácil (y tan recomendable) pensar distinto. Uno de los problemas de esta sociedad (me atrevo a decir que tal vez el más acuciante) es el de no tolerar lo diferente. Lo hacemos por pereza intelectual, por no ponernos en lugar del otro, por no evidenciar en demasía que nuestro comportamiento es circunstancial y no está sustentado por convicciones sólidas, de las que se defienden y (ahí está el problema) de las que puede uno prescindir, llegado el caso, si las del otro de pronto nos parecen admisibles, razonables, fácilmente integrables en nuestro constructo moral. Andan los gobiernos poniendo y quitando áreas, abriendo y cerrando acuerdos sobre qué ley será mejor para administrar con eficacia (y también con futuro) la escuela. Lo hacen a ciegas o lo hacen sin mirar bien, una de dos. En cuanto se estén quietos y dejen que una ley se asiente en su ejercicio y se consolida, esto empezará a funcionar. Mientras haremos probaturas, ejercicios malabares, bailes de salón para que todo parezca musical y divertido, pero no se harán las cosas bien. 
Tendremos (seguiremos teniendo) alumnos que no dicen buenos días por la mañana, ni levantan la mano para solicitar que se les permita decir algo; tendremos ciudadanos (hemos pasado del estado infantil o adolescente al plenamente cívico) que agreden a sus parejas, a las que en teoría aman y con las que encaminaron un camino de prosperidad sentimental juntos. 

Seguimos con la escuela: da igual la cantidad de programas que se implementen para que los alumnos sean educados, tolerantes, cívicos, respetuosos y conscientes de la dignidad de los otros, de su libertad (que no debe ser vulnerada) o de cualquier consideración de índole social o sexual o religiosa o política. Se puede cargar el horario de las clases con actividades que conduzcan a paliar todas esas desigualdades, pero no servirá para nada ese esfuerzo (a veces intenso, muchas veces baldío) si no se secundan en casa, en el entorno protegido de la familia, en esa cápsula de intimidad en la que se fijan tan indeleblemente los rasgos de la personalidad y que podrán ser consolidados en la escuela, pero no fundados en ella. Imagino que los países que de verdad progresan en estos logros sociales son los que tienen un sistema educativo en el que la escuela es concebida como una especie de templo del conocimiento y de la educación. Qué lejos estamos aquí de esa idea, con qué desaire y rechazo se ve la escuela desde fuera, incluso desde las familias que nos entregan su posesión más preciada, la de los hijos, la del futuro, pero no habrá éxito en ese depósito si la casa flaquea, si en ella no hay otra escuela que complemente a la nuestra. De ahí la importancia enorme de que padres y maestros hablen y se escuchen, expliquen y argumenten, tengan control del trabajo que tienen entre manos y no escatimen esfuerzos para que ese trabajo fructifique. Luego iremos a Marte o decidiremos que nuestra región ya no es del país al que perteneció o construiremos hogares inteligentes, pero el paso primero (más importante que los viajes estelares, las secesiones o la domótica) es dar los buenos días por la mañana, levantar la mano cuando uno desea hablar y entender que lo único irrenunciable es que seamos buenas personas, pero luchamos contra gigantes. Y tienen los puños cerrados y la ira les come. Están en las fronteras de los países, están en las cloacas de las ciudades, están en los despachos de los ministerios, están en las barras de los bares, están en el corazón de la tierra. Quizá vengamos al mundo con el mal en la sangre y todo sea una carrera de obstáculos por extraerlo o hacer que no campe a sus anchas y gobierne a su antojo. Todo está por empezar. Acabamos de abrir los ojos. La luz está conquistando el aire.
Que tengan un buen martes.

20.11.18

El cuerpo





Contra la idea de que hacer deporte asiduamente procura la salud que no se alcanza cuando no se practica está la de no aspirar a no tener más salud que la sobrevenida por la natural intendencia del cuerpo, que prefiere no complicarse, sino extenderse ontológicamente (digamos), no forzando, ni actuando a locas, procurando (me estoy volviendo loco con los gerundios) pensar lo menos posible en el cuerpo, en si de pronto no funciona como antaño y cruje con frecuencia o en si el dolor en el costado (que debe ser la edad) proviene de un exceso físico (alguno se concede uno) o ha aflorado azarosamente, sin que intermedie un proceder brusco, de los que suelen los deportistas y que, a la larga, me remito a lo que he visto y entendido, crean el problema que paradójicamente pretendían paliar. Así siento una especie de orgullo al decir que jamás me ha dolido una rodilla o que mi espalda no se ha contracturado al incurrir en algún desatino gimnástico. A lo sumo admito la conveniencia de andar, incluso la de apresurar el paso y casi parecer que uno está corriendo. No he corrido en la vida, no al menos de manera enteramente voluntaria. No ha terciado que correr me haya hecho llegar antes a algún sitio. En cuanto encuentre tiempo, me entregaré de nuevo a darle las recomendables vueltas al pueblo. Es cierto que viene uno como nuevo a casa. Se da una ducha como Dios manda, reposa en el sillón favorito, el de orejas, y se hinca un par de cervezas bien frías, sin que haga falta que concurse un plato de patatas de bolsa. Conozco un par de marcas excelentes. Se duerme mejor cuando se le ha dado un poco de tralla al cuerpo. Parece que se le dice quién manda, pero al final es él quien dice la última palabra. Da igual que seas un experimentado corredor (runner dicen ahora los anglófilos de mentirijilla) o que tengas un cuerpo macizo a base de pesas y espalderas en un buen gimnasio. Si naciste pa' martillo, del cielo te caen los clavos. Era buena la Orquesta Platería, pero no descentremos el asunto. He visto gente de vida sana a la que la enfermedad ha truncado altas y nobles expectativas de vida. Algunas de ellas muy cercanas, algunas irreparablemente perdidas, de las que se echan de menos porque se las amaba. Da igual que sea un ictus o un cáncer o un infarto. Si estás en el camino, te coge de la mano. No vale argumentar: yo me cuidaba, yo me cuidaba, de verdad, que no miento...
Es cierto que hay enfermedades que pueden prevenirse: se cuida uno de no abusar de carnes rojas o aminora la ingesta de cerveza o se retira definitivamente del tabaco o de las siestas de hora y cuarto. Hechas estas advertencias, basta certificar su obediencia. Nada de chuletones de buey, nada de cañitas con su tapa los viernes por la noche, nada de echar un cigarrito en la puerta de los bares. Estaría dispuesto (lo he jurado por las obras completas de Borges y por todo el blues del delta del Mississippi) a echar el cerrojo a esas licencias del alma, pero una voz interior (a la que debiera desoír, de la que debería desconfiar) me susurra sin desánimo que no hay certezas y que la desgracia (el infortunio, la desventura, la calamidad, la fatalidad) puede hacer nido en mi pecho y montar ahí su cuartel y campar a sus anchas, a pesar de que mi expediente esté impoluto y no haya incurrido en vicios excesivos. De ahí que descrea. Se siente uno bien en el descreimiento. Es un territorio goloso, sirve para un roto y para un descosido, como quien dice. Y si un día para mi mal viene a buscarme la Parca (cantaba el poeta Serrat) me encontrará feliz en mi desquicio, aunque severamente contrariado por mi retirada imprevista. Tengo absoluta confianza en la fortaleza de mi cuerpo. Llevo cincuenta y pico años domeñándolo, haciéndole andar por donde yo ando, comprometiéndole a aceptar mis pecados, poniendo todo el mayor empeño en que nos llevemos bien. No podemos estar el uno sin el otro. Los días en que lo miro con más adorable arrobo suele contrariarme y se pone a toser o a hacer que crezca (absurdamente) un dolor en el cuello. Me vale de poco que los galenos, cuando me miran por dentro, extraigan la conclusión de que mis estadísticas no siempre son las deseables. La sangre es una chivata. Yo no me emperro en demasía. Sé que llegará el día en que me ponga a buenas con mi cuerpo. Mientras eso ocurre (de verdad que no hay plazos, juro que no me preocupa de momento) sigo concediéndole las frivolidades que me exige. Porque es él el que me pide una Leffe rubia (o una Staropranem, soy muy checo y muy serio en estas cosas) con un platito de salchichón de Toledo cortado muy finito con unos palillos o una lata de berberechos: es mi cuerpo el que agradece que lo mime cuando le dejo echar una cabezadita después del almuerzo. Loco estaría si lo forzara a sabiendas de que no tengo otro con el que suplirlo. Es todo muy complicado. Quizá la religión inventó lo del alma para que nos despreocupáramos del cuerpo. Al fin y al cabo, lo entregarán al fuego o a la tierra. Está muy bien eso de que tengamos una vida después de ésta. Ojalá sea verdad. No tengo problema en admitir mi error cuando sepa que soy eterno. Lo único malo es lo mucho que echaré en falta mi cuerpo. La de satisfacciones que me está dando el puñetero. 

19.11.18

Las palabras de la luz



Fotografía: Emilio Calvo de Mora

Ayer hubo tormenta. Me gustan. Siempre me fascinaron. Por más que deseé que durara, pasó de largo con prisa. No así la lluvia, que no dejó de caer durante todo el día. A veces prorrumpiendo con más fiereza, sin hacer temer uno de esos diluvios que con frecuencia suceden; otras, las más, con recia mansedumbre, acrecentando cierta sensación de oficio mecánico, como si la lluvia supiese qué hacer y se aplicase en ese cometido. Hay paisajes que poseen vida propia, invitan a pensar que se exhiben de una forma u otra a capricho de su voluntad, un poco vanidosamente. Nunca son iguales, no se repiten, ni se llaman. Tenemos en ocasiones la facultad de percibir ese milagro. Miramos con tanta obediencia que no alcanzamos a ver por debajo. Miramos sin percutir, miramos sin determinación ni arrojo. Hay paisajes que aturden. No porque sean el colmo de la belleza y animosamente se impregnen en uno y lo turben. Son sencillos, no tienen más alcance del previsto, ni siquiera perduran en la memoria una vez que se han abandonado. Concurren, al mirarlos, la sensación de que no volveremos a verlos y, al tiempo, la de que tal vez algo maravilloso se nos escapa. Esa esa condición de lo etéreo la que nos marca, la dolorosa percepción de que hay una recompensa y no la vemos o de que la dicha anda agazapada entre los árboles o en el ángulo que deja entrever la persistencia de la luz de la farola entre las ramas. Queda el consuelo verbal, la insistencia del fuego de las palabras. Se acoge uno a contar lo que no ha podido registrar para que se produzca otro milagro, el de la poesía, que no siempre está a mano, por más que uno desee. Mirar conmociona. No es que haya verdad o mentira en lo mirado: lo que hay es vida. Bajo la advocación de la luz, en su regazo, ocupados en merecerla, pasan los días. Después de hacer la fotografía cayó con suavidad la noche. Se hizo completa muy poco después. La oscuridad lo zanjó todo. Fue como si el mundo se echase a dormir y soñara. Quizá haga eso.

15.11.18

Todo es luz



Fotografía: Emilio Calvo de Mora

Empieza a clarear el día. La luz irrumpe a su antojo, toma la entera extensión del aire y estalla en un vértigo de colores. Conforta ese esplendor sin propósito, la evidencia limpia de que todo está en orden, el misterio antiguo del sol ocupando la propiedad de lo oscuro y toda esta limpieza primitiva y pura dibujando un incendio en el aire. Lo mira uno con ansia, con respeto, con sobrecogido silencio. A veces se mira sin comprender, se ignoran los motivos, tan sólo cuenta el oficio de impregnarse de luz y dejar que bulla adentro. Una vez confinada, la luz surte, da el brío del que en ocasiones se carece. Es ella la que ordena los fastos del tiempo. Ella la que escribe y uno el que, fascinado, se esmera en leer. La vida es luz con el tiempo dentro, dejó escrito el poeta. Luz al amparo de más luz. Luz consecutiva y enfebrecida. La responsabilidad de la poesía es registrar la biografía de la luz. Lo oscuro es un incidente de la trama. Todo puro y mío. Vibra en mi pecho, esplende. Un clamor es el sol en los árboles; un festejo, el cielo. Es pálpito la palabra, fluido y pálpito; un abrazo de amor, su eco. Cruza un pájaro el cielo más próximo a mi corazón extasiado. Parece el único pájaro del mundo. Sus alas festejan el vuelo. Las bate con el entusiasmo de las cosas que se hacen por primera vez. Su determinación es la mía al trazar con mirada sus requiebros en el aire. Se pierde el pájaro en la distancia con una coherencia cartesiana. Está el azul recio, sólido casi, y ahora ya no es nada más que un brochazo pequeño y nervioso. El azul del cielo lo arrulla mientras se aleja. A lo lejos se oye bullir la ciudad. Se despierta con morosa obediencia. No la miro como si fuese una pertenencia mía. Temo que el encantamiento se diluya y la claridad decaiga. El cielo es una clausura sin término. Un festín de ojos es el aire.

14.11.18

Una historia de amor



Nacemos solos, morimos solos, pero todo lo que sucede entre medias huye de la soledad, se afana en no invitarla, la rehúye, no tiene ninguna voluntad por intimar con ella y, sin embargo, todo lo que se ama se ama solo. Está escrito en Alone, un poema de Poe, que nunca vio publicado en vida (And all I've loved, I´ve loved alone). En ocasiones se la busca, anhela uno que lo impregne, hasta la echa en falta cuando no está. Se la teme también. La soledad es el vacío. Venimos de él y él nos acoge al final. Contra la evidencia de que hay un desenlace se erigieron las religiones. Se les encomienda el lenitivo plausible, el de aminorar la crueldad de que tengamos una fecha de cese. La soledad es el motor del mundo, no el amor como quería Dante cuando escribía a su amada Beatriz. Es la soledad, su peso terrible, el que hace que abramos los brazos y el corazón. Todo por evitar que nos toque y nos nos abandone. A veces la soledad se comparte, se lleva entre dos, se conduce una vida entera con otro de la mano, recorriendo juntos el camino, aunque la soledad vaya en medio. Nacemos solos, morimos solos, hasta podemos quedarnos dormidos en el autobús, sin que nos importe que nos miren. Incluso es posible que lo hayamos hecho a posta. Hay quien lleva toda la vida soñando con otro al lado. Lo raro es que no sueñen lo mismo. Dormir juntos es una manera de amarse también. No hay religión que entienda eso. A lo sumo la poesía. Ella es la que está al tanto de todo.

10.11.18

El arte de vivir consigo mismo

No caer bien a alguien da una especie de bienestar moral. Se tiene la convicción muy privada de que algo nuestro no se acepta y podría ser manifiestamente mejorado y también otra, pública y difundible, de la que no importa alardear e incluso considerar irrenunciable. Al cabo de los años, los cincuenta entrados en mi caso, he aprendido a manejarme bien en ambas. Me agrada esa ambivalencia, me hace pensar en mí, asunto que viene bien siempre. No pensamos en nosotros mismos con la hondura deseable, no nos entusiasma, escatimamos esa conversación íntima, se la aparta, no hay valor para indagar qué hay adentro, si ese sujeto en apariencia conocido lo es verdaderamente. El arte de vivir consigo mismo abole el aburrimiento, dejó escrito Erasmo de Rotterdam. Casi cualquier cosa, menos caer en él, no saber qué hacer, tener que pensar en uno con la obligación de las circunstancias, no con la voluntad firme de quien desea hacer ese viaje interior a posta, por el placer puro y limpio de conocerse. Por eso viene bien (a veces) que alguien no nos soporte, no nos trague. Ese desafecto ajeno conviene en ocasiones: nos depura, nos hace actores de nuestra propia existencia, no figurantes, elenco pasivo, sin parte en el decurso de la trama. Nos permite escribir y leer, ser juez y parte. Luego está el lado generoso, el del amor o la amistad que podamos poseer de los otros. Intentar caer bien a todo el mundo tal vez acarree no caerse bien a uno mismo o no caer bien a nadie . Hay que amarse, apasionada e incansablemente. Uno se ama por mera cercanía, por el sencillo gozo de poder desamarse si conviene y disfrutar con l reencuentro. En ese trayecto se produce la vida, no en otro.

9.11.18

Historia de nudos



Son los nudos los que tienen las respuestas y no sabemos escuchar lo que dicen. A su modo, según engarcen su cuerda modestísima, los nudos entienden el mundo. Los hay de una reciedumbre infranqueable, nudos antiguos a los que les va bien la intimidad de los años y la promesa de la eternidad. Nudos que confían en la dureza de su estirpe, en su fortaleza sin desmayo. Otros, sin embargo, piden a gritos que le metamos los dedos y los liberemos. Un nudo liberado es una celebración de la justicia. El nudo manumitido de sus obligaciones es también una celebración de la vida, un festejo del tamaño de una catedral o de un cortejo de nubes que ocupen el entero cielo. En aprender lo que dicen los nudos se puede tardar una vida completa. Hay quien tiene oído y le basta recomponer la figura primera y romper el hechizo bizarro de las cuerdas. Nada más extender la cuerda, se oyen las palabras que la cuerda dice. Explica el dolor y explica el llanto. De la historia de cada nudo podemos inferir la historia de quien lo hizo. El nudo que yo soy todavía no tiene quien lo explique, como el coronel del trópico al que no le llegaban nunca cartas. Ni siquiera yo mismo, ocupado en comprender en qué rango incluirme, alcanzo a vislumbrar una brizna de luz. Sé que hay quien no sabe que es nudo igual que los árboles no árboles o la piedra desconoce su condición de piedra. Igual que las abejas, cuando liban la flor, ignoran que son abejas y que debajo, sumisa y lasciva, la flor se llama flor y es un milagro de la naturaleza. Ya digo que hay milagros que no permiten la posibilidad de escudriñarlos y tratar de comprender la razón que los mueve. No sé si yo soy un milagro. Imagino que lo soy en cierto modo. Que lo que hago a diario responde a un plan secreto que no me ha sido confiado. Sólo pensar que no soy dueño de mí mismo me hace discurrir con más perplejidad y termino abismado en una extraña convicción: la del asombro, la del bendito asombro, la del nudo que pide a gritos que lo liberen, la del libro que tan sólo anhela, en su interior marcado, que se le lea.. No saber qué nudo soy, no entender qué milagro me transporta, no poder entrar en esas intimidades del alma y, sin embargo, disfrutar con la ignorancia, hacer como que se vive mejor sin saber, sin entender, sin sentirse dueño de ningún secreto, sin honduras ni metafísica. A ciegas se vive mejor, hecho nudo firme a la espera de que alguien lo deshaga y nos explique quién nos anudó, a qué vino ese gesto bárbaro.  Tal vez el amor sea una de las formas más perfectas de deshacer el nudo de otro. Quien nos ama, nos desata, nos devuelve a esa pureza que continuamente zarandea la realidad. Escribir es una forma de desanudarme. Leer (cuando uno de verdad disfruta de lo leído) es una de las opciones más sencillas (y a la vez más complicadas, depende de qué se lea) para desatarse. Esta mañana (leyendo bien temprano unos cuentos de Saki) he entendido cosas a las que no alcanzaba antes de que lo leyese. Los buenos escritores lo que hacen, sobre todo, es desatar nudos difíciles. También puede entenderse que evitan que el azar haga nudos. No termino de aclararme del todo. Me oprime la cuerda. Que tengan un buen viernes. 

1.11.18

Halloween como amenaza / Libros y armas





I
América no es un país. América es un negocio. Uno integrado de modo que no se advierte la naturaleza enteramente comercial de la patria. Uno con la suficiente confianza en la superioridad moral de sus leyes como para desoír satisfechamente las leyes ajenas, las que ven con horror el hecho de que después de un tiroteo en una escuela se dispare (hay que cuidar los verbos) la venta de armas. Uno convencido de que el mal está afuera y que hay que defenderse de él fieramente. Uno que tiene a Dios en sus billete de dólar, un Dios en el que confía ciegamente y del que espera las mayores ventajas fiscales. Un Dios no muy distinto al que aquí se adora, aunque el americano tiene más fotogenia y se le aprecia más consideradamente, brillando en las homilías evangélicas con el gospel y con todos sus aleluyas. Quizá sea ésta la raíz del asunto, que se sienten bendecidos, que se saben (no sé por cuál extraña confidencia celestial) el pueblo elegido depositado en la tierra prometida, el lugar en donde nacen y mueren los héroes, los que forjan la épica del mundo, los que escriben las grandes páginas. Eso sí, los hijos descarriados, los que no calzan bien en la horma del establishment, barren a tiros a todos los que pillan a mano. Nada que objetar. Incluso la muerte da beneficios. Es más. Es la muerte la que da beneficios. Hoy es el día de la muerte y hay negocios que abrazan la festividad y la celebran. América (ellos se llaman América sin incluir ninguno de los otros países americanos) es un país joven y está en rodaje. Cuando el nuestro tenía su edad todavía no había nacido la Celestina. Quizá sea bueno, en el fondo, que ese rodaje como patria exija vaivenes, torceduras, invasiones, las perturbaciones de rigor que jalonan las páginas de los libros de Historia.  El arte de la guerra lo escriben los vencidos y los vencedores, los países invasores y los invadidos, todos hocican su bravura y su honor en su caudal de miserias y de grandezas. Las de ahora son guerras invisibles, en muchos casos. La que batalla Estados Unidos es sutil y lo impregna todo. Ayer celebramos (es un decir eso de que de verdad lo celebráramos) Halloween, que es un rito ajeno, en el que no tenemos nada nuestro, aunque los muertos sean los mismos y el fondo sea parecido. En la escuela se facilita y hasta se potencia que los festejos de Halloween no decrezcan, a beneficio de tiendas de disfraces. Aprender un idioma, el inglés, es también aprender su cultura, pero no imponerla a la nuestra, hacer que sea un fragmento más de la identidad de nuestra nación. La fantochada de Halloween será nociva cuando suprima la festividad de nuestros protocolos mortuorios y el Día de Todos Los Santos pase a mejor vida, cómo se dice. Podemos poner fecha a esa defunción: una generación, dos a lo sumo. Somos de castañas asadas, no de calabazas. Jack O’Lantern es un personaje irrelevante en nuestro imaginario popular. Aquí pedimos por Navidad el aguinaldo (la campaña gorda de la catedral se te caiga encima si no me lo das), no es propiedad nuestra el truco ovtrato, aunque compartan motivación y el español derive del original irlandés. Lo yanki (término despectivo) penetra por el cine, por los libros, por la música, que son ejércitos pasivos que hacen su oficio (el de colonizar) sin que el sujeto colonizado se percate, ni se sienta vulnerado. Ayer parecía carnaval el Halloween organizado en mi colegio. Era un desfile de monstruos del cine y, a falta de modelos o de pasta para adquirir los trajes o tiempo para hacerlos en casa, pasearon personajes nada lúgubres, de poco o ningún predicamento terrorífico. Está mal y va camino de ir a peor. Una cosa es entrar en la pantomima (explicar en clase el origen de Halloween, trabajar vocabulario, poner alguna cancioncilla de casas encantadas y otra, más lesiva, más aberrante también, hincarse de rodillas y convertir el colegio en un cementerio de Maine, a mayor gloria de mi amadísimo Stephen King. Conste que un servidor no ha puesto todavía el basta en la mesa del claustro, pero lo pondrá. Por hartazgo, por negarse a ser embajador de los muertos ajenos, aunque todos sean un poco de todos. No es que el mundo de hoy esté globalizado: la expresión más certera es que está americanizado. Es el negocio el que abre las puertas y deja que entre la mercancía. América es una franquicia, una del tamaño del universo. Nos la cuelan nada más abrir los ojos, nos la venden sin que tengamos la preocupación de que el producto comprado no nos hace más falta que el propio, que pierde en este litigio. Pierde porque no se difunde bien su contenido y su cometido. Estamos más al tanto de las novedades cinematográficas americanas (buenas en muchísimos casos, amo el cine norteamericano) que de las de aquí, que imitan sin éxito el modelo foráneo. Nuestro cine del Oeste (el épico, el universal) es el cine sobre la Guerra Civil. No sé cuántas películas sobre la Guerra Civil se hacen al año, pero deben ser muchísimas. Aturde su cantidad, reduce el impacto de incluso la más lograda. 

II

El Congreso de EE UU aprobó por primera vez la inclusión de la frase In God We Trust (En Dios confiamos) en las monedas en 1864 durante la Guerra Civil. Después se rubricarían en los billetes. Podían poner un Colt 45 en esos billetes. No desentonaría. El buen americano sabe que el rifle es el sustento emocional de su ideario patriótico. Fue el rifle el que hizo que se tendieran las vías del tren y la civilización se extendiera del flanco atlántico al pacífico, pero no fue un avance limpio, ninguno lo es. Se ocuparon las tierras de los nativos sin que prevaleciera respeto a las tradiciones. Las demolieron, crearon una especie de odio a la raza que todavía impera. Da igual que sean negros (que contribuyeron forzada y estajanovistamente al florecimiento económico del país recién construido) o indios o asiáticos. No dudo que se perciba  a diario el esplendor de la cultura y de la tolerancia y, al tiempo, su reverso, el paulatino e implacable avance de la barbarie, del odio al otro. Les protege Dios, les comprende Dios. Tienen de Dios cierta idea personalizada de propiedad. La suya excluye las ajenas. Les pertenece, protege y ampara. Dios salve a América, dicen los más envalentonados. Arrogarse el favor divino, en detrimento de otros solicitantes, siempre me pareció una frase lamentable. Hace del Dios en el que creen un sujeto caprichoso, que atiende a quien más le complace, como el padre que abraza al hijo pródigo y le hace desaires al descarriado, al que no obedece. El país de las barras y las estrellas es el país de los sueños, el país elegido por la divinidad para que la prosperidad, la bondad y la felicidad sean sus señas de identidad. Por eso venden armas como el que vende paraguas. Hay que ser un excelente comerciante para vender en el mismo mostrador libros usados y armas. También pudiera ser a la reversa y las usadas fuesen las armas y nuevos los libros. En el mismo lote. Sin fractura en el mensaje. Con una continuidad moral asombrosa. Luego está el país que inventó el jazz e hizo el mejor cine que conozco. Un país al que uno admira sin ambages por motivos culturales, por cómo ha manejado los hilos de la industria del ocio inteligente (lo de cultura parece que queda para conversaciones de más hondura, no ahora) y ha colonizado (sin que nos sintamos violentados por la injerencia, aunque haya ocasiones en que nos salga lo yanki por las orejas) al mundo entero. Creo que hace años escribí en esta misma casa un post en el que hablaba sobre la América que amo. No he dejado de hacerlo. Amo la América del cine negro de los años treinta y cuarenta, amo el jazz casi por encima de todas las cosas, amo la literatura de Mark Twain, de John Cleever, de Stephen King o de Raymond Carver, por citar los primeros que se me han venido a la cabeza. Hay tanto que amar en ese país que uno, en su prudencia, no lo mira mal, pese a que no faltarían motivos. Lo de Trump es un paso atrás, un gigantesco paso atrás, pero no deja de ser una enfermedad curable, de la que saldrán en cuanto la sensatez se asiente y los malos tiempos (son malos, están pasando) no hagan que el votante oriente la urna al extremismo, pero no es sólo Trump. Es un país gigantesco, se libran adentro suficientes batallas y se representan suficientes tipos de sociedad que da igual que exista un trump o un obama; en cualquier caso es un filón para cualquier sociólogo. Importa poco que se afinque allí o afuera. América es un escaparate enorme. No tienen el pudor de sus ancestros europeos: todo lo airean, a todo le dan difusión, les fascina que se les observe, da igual que empuñen una arma o una biblia, es lo mismo que pongan calabazas en la puerta de sus casas o trinchen el pavo en el día de Acción de Gracias. Todo es exportable, todo tiene tasa y tiene precio. El negocio es boyante. Sigue haciendo caja.