23.4.17

Celebrando el Dia del Libro



Miguel Carrillo Martínez hoy está leyendo. Lo ha puesto en su muro de Facebook. Y yo, entre salidas y entradas, leeré. Porque hoy es el Día del Libro. Porque hubiese dado lo mismo que no lo fuera. Leer, a pesar de todo, quizá con conduzca a nada bueno.
Leer es una actitud de riesgo. Ni siquiera garantiza la alegría. Es un disparate. Además cansa la vista. De verdad que no merece dejarse los ojos en un libro. Hay algunos, los de edición muy básica, muy barata, que tienen una letra ridícula, como de cagadita de mosca. Ésos son los peores.
 Los libros no cuenta nada útil. Hay quien ha padecido terribles dolores de caberza por abusar de las lecturas. Me lo han confesado. Un dolor de cabeza mal tratado puede derivar en jaquecas, en migraña. Si uno va al médico y le pide que le receten algo, le dice que hay cura, sí, pero lenta. No hay fármaco fiable que elimine el daño de forma drástica.
Otro asunto a considerar, uno no baladí, es que el enfermo, una vez recuperado, no puede tener libros a mano. Un solo libro a la vista hace que flaquee y recaiga. Ahí tenéis a Don Quijote, el loco, apartado del mundo, de él mismo, hechizado por las andanzas caballerescas. La letra impresa, sigo con mi hilo, es el veneno más fulminante.
Leer aturde el tino, emponzoña el alma, nubla la fe, agría el carácter, atonta el cerebro. Un cerebro atontado (o desquiciado o extenuado) es el primer paso. El siguiente es que se atonte o desquicie o extenúe el corazón. De ahí a ser una mala persona, mala solemne, hay una distancia pequeñísima.
Porque quien lee mucho, sólo desea leer más. No le interesan los asuntos de la vida diaria, con sus rutinas, con sus travesías, con su cesta de la compra, con sus paseos por los parques, con sus terrazas de primavera. Lo que de verdad le interesa a un lector son las grandes historias de los grandes autores. A faltas de grandeza, pequeñas historias de pequeños autores. El tamaño no siempre es vinculante.
La vida de verdad (lo sabe el que lee) está en las novelas. Incluso acepto (hoy que celebramos esto de los libros) que alguien diga que está en los cuentos o en la poesía. Para leer un libro como Dios manda hay que aislarse del mundo. Se precisa un búnker. Un refugio a salvo de las bombas.
Un libro, un buen libro sobre todo, vampiriza a quien lo abre. Los libros son los vampiros, lo he dicho alguna vez, achispado o sin achispar. No hay libro que no tenga un Drácula dentro. Los libros anulan la voluntad del que aceptar el contrato de leerlos. No sólo anulan la realidad: en ocasiones la niegan. Ofrecen realidades maravillosas. Algunas, de tan maravillosas, rebajan los primores de lo real y no nos hechiza la verdad de los árboles y de la luz en las ramas.
La realidad de los libros rivaliza con la otra. No se puede afirmar con rotundidad que una tenga más armas que la otra. Es malo todo esto que digo. Lo único que supera la maldad del libro es la maldad de una biblioteca, que es una suma caótica u ordenada de maldades, una especie de Babel diabólica en donde se almacenan y catalogan (por lo que pueda pasar) todos los libros. Insisto en que leer no es un buen negocio, no trae a cuenta. Yo no conozco a nadie que sea feliz por leer. Felicidad y literatura no están casadas. Ni siquiera flirtean o tienen escarceos galantes. Tampoco la hay entre felicidad y ajedrez o felicidad y Liga de Campeones o felicidad y tercios de cerveza. Uno es feliz por cien causas o por una sola, pero no tengo duda de que la lectura no es una de ellas. Al menos, no la capital, la verdaderamente relevante.
Esta sinceridad mía, cruda y áspera, es razonable, a poco que lo piensen. De estas cosas hay que hablar así. Si no, mucha gente sale confundida. No hay que vender confusión. Ni libros, claro. Por mí pueden coger todos los libros y echarlos al bendito fuego. Al fuego todos los libros. Al fuego La Iliada. Al fuego Borges completo, con su Funés el Memorioso, su Aleph, su Jardín de senderos que se bifurcan y su Libro de arena, al fuego todas las novelas en que muere alguien, al fuego las novelas en las que no muere nadie, al fuego todos los poemas de amor, incluso ése de Neruda de me gustas como callas porque estás como ausente, al fuego los poemas que no tienen dentro ningún amor.
Amontonad los libros, levantan una montaña de ellos y prendedla fuego. Que se quemen. Que ardan las letras. Las frases largas, las cortas. Que arda Pinocho y El capital. Que arda el Evangelio según San Mateo y los diarios de Ana Frank. Que se pudra en el fuego el tonto de Harry Potter y el valiente de Atticus Finch. Que la paloma de Alberti no se equivoca más, por Dios. Que el fuego se coma las enciclopedias.
Y también echad los ebooks. No son libros, pero hacen su mismo oficio. Un mundo sin libros es un mundo más feliz. Porque el libro no garantiza la felicidad, ya lo he dicho. Ni siquiera produce que por la noche duermas plácidamente y no se te acerquen las pesadillas.
Yo he leído centenares de libros que me han hecho tener pesadillas. Los libros no sirven para nada. No conozco ninguna utilidad. No creo que tengáis alguna que podáis contarme y con la que podáis convencerme. Hay gente que ama los libros, los lee, los guarda primorosamente en casa y después salen a la calle y son violentos y buscan pendencia como el que busca una sombra en verano.
Los libros (además) no detienen las bombas en el aire. Una vez que empiezan a caer, siguen su destino inapelablemente. En una guerra una de las primeras cosas que hacen los soldados es quemar bibliotecas. No es algo que piensen. Todos sabemos cómo funciona un ejército. Luego incendian los colegios, borran todos rastro de las letras del pueblo que desean aniquilar. Queman las historias del pasado. Los que los mandan, los dueños de las guerras, saben que estamos hechos de historias. Somos las historias que llevamos dentro y todos nos convertimos en escritores en cuanto empezamos a contarlas.
No hay escritores que no sean lectores de otros escritores. Vivimos de los cuentos de los demás. Los buenos y los malos, todos se aceptan. Todos nos construyen como personas. Nos levantamos pidiendo cuentos y nos acostamos con cuentos en la cabeza. Y al dormir, en cuanto conciliamos el sueño, se nos llena la cabeza de cuentos nuevamente. Somos escritores cuando dormimos. Somos escritores invisibles, carpinteros invisibles.
No hay un solo día en que no haya escuchado una historia nueva. Da igual que sea en un libro o en un paseo o en un banco de un parque. Y me va a dar lo mismo que leer no conduzca a nada. Que no garantice la felicidad. Ni la alegría. Que los libros no cuenten nada útil. Quizá sea inútil haber conocido al Capitán Ahab, que perseguía a Moby Dick, mi ballena favorita. Quizá sea inútil haber conocido a Gregor Samsa, el bicho que inventó Kafka. Vaya tipo raro, Kafka. O Frankenstein. Qué voy a contarles de Frankenstein, que era un replicante, un golem, un monstruo cándido y bueno en el fondo. Al final va a dar lo mismo que los libros no paren las bombas. Que atonten el cerebro o reblandezcan el corazón, ese pobre zarandeado.
No conozco viaje más hermoso que el que me proporcionan los libros. Ninguno tan cómodo, por otra parte. ¿Quién no se ha acostado con un libro, al amor de un flexo, en mitad de la noche, protegido por las historias que lee, transportado a otro mundo, izado más arriba, mecido, conmovido, amado?
Los libros son maravillosos, ahora sí puedo decirlo. He ido merodeando esa verdad, pero ahora es insoslayable, debe decirse, airearse. Mienten con absoluto oficio. Los libros cuentan las mejores mentiras que conozco. En la vida se nos miente con tanta frecuencia, sin que lo esperes, sin que lo merezcas, que está bien elegir qué mentiras nos confortan más. Cada uno, al coger un libro, escoge la que más le place. La literatura es la mentira por antonomasia. Sólo tenéis que pensar que hay literatura desde que tenemos lenguaje. Lo primero que hizo el hombre fue contar las cosas que veía. Historias del fuego, de la caza, de los ríos y del invierno. Como no tenía palabras, dibujaba esas historias. En realidad lo que hacían era una especie de cine de caverna. Luego le pusieron voz a la imagen. Hasta música, supongo. A partir de ahí, sin pudor, sin echar atrás, empezaron a conquistar el mundo.
Al principio se contaban historias simples. Yo salgo de la cueva. Yo me encuentro con el oso. Yo lucho con el oso. Yo mato al oso. Yo vuelvo a casa. Yo traigo la piel del oso. La cosa se complicó más tarde. Primero fue el combate con el oso, después el encuentro con los dioses. Cuando descubrieron que la realidad no era suficientemente épica, tiraron de efectos especiales, por decirlo de alguna manera. Entonces adornaron el relato, lo inflaron de magia, lo convirtieron en mítico. A falta de ocio de más lustre, se buscaron poetas, narradores, gente de facilidad de palabra y de memoria prodigiosa. Se les encargó el registro de las hazañas. La tribu precisaba alguien que consignara esos milagros.
Cuando muchísimos años después se inventó la imprenta, nació de nuevo el mundo. El objeto más maravilloso que hemos construido ha sido el libro. Aunque no detenga balas o incluso aunque las espolee y cuente cómo fabricarlas y contra quién usarlas. Hoy toca leer. Mañana también. Traigan un oso a casa. Cuénteles a su familia que el combate fue a muerte y volvieron con el trofeo al hombro.
Y ya saben, si Christopher Lee lee, Stan Lee lee y Bruce Lee lee también, ¿por qué no leen ustedes?

21.4.17

Presentación del "Curso de escritura automática"





Ayer disfruté de una noche única. Tuve cerca a muchos a los que quiero y me quieren. Fue un acto sencillo, familiar, íntimo. Calixto Torres hizo que todo fuese perfecto. Me acompañó en la mesa de autores Maria Pizarro, poeta entusiasta, sincera y libre. Se leyeron poemas, hablamos de muchas cosas, no sólo de poesía. Rafael RoldánMamen Mo y Antonio Sanchez Huertas y Miguel Ángel Matamoros pusieron estupenda voz a cuatro de ellos y yo mismo me envalentoné (o fui envalentonado) para que recitara alguno. Al final hasta pude con dos. Hoy lo recuerdo todo con infinita gratitud. Uno escribe por muchas razones, pero una de ellas es la de juntar a los amigos y darles besos y abrazos. Después nos fuimos de tabernas por la Córdoba que echo de menos. Nos recogimos tarde, sin entrar en más consideraciones. Mi "Curso de escritura automática" ya tiene lectores. También se escribe para eso.

10.4.17

Confío en la lluvia

Confío en la lluvia, dijo el director de la orquesta. Cuando los músicos comenzaron a tocar, el agua arreció y el sonido parecía comportarse como si él mismo lo condujera por el aire, haciéndolo que repiqueteara o que brincase, que se detuviese súbitamente o se izara hasta que culminara en un estallido. La pieza duró poco más de un minuto. Hubo que echar mantas sobre los ejecutantes y alguien dijo que se habían echado a perder algunos instrumentos. Al director se le veía una sonrisa que no deseó disimular. Habló con algunos espectadores, apretó algunas manos. Luego miró al cielo y buscó nuevamente una explicación que no necesitaba.


9.4.17

Intentado recordar un día mejor...

A la música se le atribuye el consuelo con más declarado oficio que cualquier otra disciplina artística. Posee la virtud de sanar lo que anda enfermo o de abrillantar lo que no exhibe, en apariencia, vistosidad o empaque o vigor alguno. No es algo que haya que forzar en demasía, no se precisa un adiestramiento, no hay nada que impida que el menos dotado iguale en sensibilidad al que más la frecuenta, a quien está acostumbrado a que le visite y lo impregne. He encontrado en la música placeres que no he vislumbrado en nada que mi voluntad pueda acometer o que el azar pueda entregarme o restituirme. La bondad de su influencia no es discutible en modo alguno. Es un asunto incontrovertible, que no se deja manosear o rebajar o convertir en un asunto baladí o frívolo. Se puede estar mal (mal adentro y afuera) y sentir que el cielo entero está derribado sobre nuestra cabeza y abrir los ojos y apreciar la belleza de una melodía, advertir que cala y por un momento, aunque sea transitorio, el mundo vuelve a cobrar el sentido que ya no poseía. Para que todo esto cuadre y se aplique, como una especie de posología que contuviera el uso de un medicamento, no se precisa un género, un tipo de composición o un determinado estilo tímbrico. Da lo mismo un aria de Bach que una canción pop de Madness. Un arrebato pop o un cuarteto de cuerda de Brahms. Todas las variantes, cada una en su registro, responden con completa eficacia al cometido que se les encomienda. Esta pieza acudió anoche. La escuché en un coche abierto, aparcado junto al mío. Dentro había una pareja, parecía que discutían, pero no podría asegurarlo. El pudor hizo que no llegase más lejos. A veces pienso que la realidad es una representación teatral a la que uno asiste, de modo que no pienso en si soy atrevido al aplicar mi atención a beneficio de comprensión de la trama. Lo que sí me llevé de ese pequeño acto fue esta maravillosa banda sonora. Madness es una de las bandas de antaño, de las primeras, de las que uno tiene como favoritas cuando empieza a tener bien marcados los vicios y sabe que son irrenunciables. Sé que todavía hacen discos, quizá menores, como si hubiesen perdido la habilidad antigua de hacer canciones perfectas. De eso se trata. De que algo sea arrebatadoramente limpio, ofrecido sin compromiso alguno, con la seguridad de que nos sentiremos reconfortados al escucharlos, vivos y sublimes también, elegidos para degustar incansablemente la belleza. Que sea bueno el domingo.

7.4.17

Rayuela y aledaños




En una época en la que leía una novela tras otra, incluso varias a la vez, atropelladamente, sin pensar que ese consumo pantagruélico pudiese rebajar mi salud o afectar al desempeño fiable de otros asuntos que ocupaban entonces mi vida, alguien me dijo que leyese Rayuela, la anti-novela de Julio Cortázar, la novela en la que los amantes se buscan y no se encuentran o se encuentran un poco sin buscarse. Entonces sólo había disfrutado de algunos cuentos, aunque sabía de la importancia de Rayuela, había escuchado o leído comentarios altamente favorables, cuando no encomiásticos en un grado soberbio. Me causaba un respeto enorme el grosor de la historia, ese tocho intimidante del que no sabría uno salir o al que costaría mucho entrar. Creía (un poco idílicamente) que leer Rayuela era menos importante que decir que la había leído. Se leía por el placer de nombrar las lecturas.A K. le parecía inadmisible que alguien mintiera, en general, pero se encrespaba más cuando el motivo del engaño era de índole literario. No comprendía (ni yo tampoco) que se exhibiese el gusto por tal o cual corriente novelística o que se airease lo maravillosos que eran las novelas de Proust sin que el dueño de esas afirmaciones hubiese abierto alguna de ellas, sin que supiese ni siquiera la trama o el estilo de la escritura o la compostura moral de Charles Swan y de Odette de Crécy. Se tiene ese gusto por aparentar, por dejar dicho que sabemos o que la materia de moda es favorita nuestra.

A propósito de las rayuelas de mentira que tenemos en la cabeza, recuerdo a cierto compañero de trabajo que tuvo el detalle de invitarme a su casa para tomar una cerveza de mediodía. A A.L. se le fue la mano en los botellines y, llevado por su hospitalidad, me condujo a su lugar preferido de la casa. Era una habitación enorme, bien iluminada, recuerdo ahora. Allí tenía sus libros (no muchos, los suficientes, no era a lo visto un mal lector) y sus discos. Me fijé en los vinilos. Estaban colocados de modo alfabético y abundaba el rock. Había obras de King Crimson, de Led Zeppelin o de Jethro Tull. Siendo yo entonces ya un buen aficionado al jazz, entreví en las baldas atestadas de discos alguno de jazz. Creo que había uno de Charlie Parker o de Louis Armstrong, no estoy seguro. Como no habíamos hablado ni una sola palabra de jazz, le inquirí sobre si de verdad le gustaba y qué tipo de jazz escuchaba. Sostenía que no le importaba lo más mínimo. Adujo que siempre está bien tener algunos discos de jazz en casa. Por si a un invitado le apetecía de pronto un poco de swing (creo que lo dijo así) tras cenar o a media tarde, apurando un café. No expresé entonces mi asombro: le recomendé adquirir algo de Herbie Hancock. No tenía pianistas en su catálogo. Te viene bien un disco de Ella Fitzgerald o de Billie Holiday. Tampoco tienes nada de Brahms. Hay unos cuartetos de cuerda magníficos. Prueba la canción protesta.  Una vez se me ocurrió probar con Stockhausen. De verdad que me interesaba la música aleatoria. En una conferencia sobre jazz a la que asistí hace tiempo, alguien me dijo que a Miles Davis y Karl Heinz Stockhausen tuvieron la feliz idea de hacer algo conjuntamente. No eran tiempos en los que encontrar la música que te apeteciera escuchar fuese fácil (no había streaming, ni Big Data, ni el bendito Spotify) así que tuve que buscar en una Biblioteca. No duró mucho el interés. Renuncié, opté por no forzar. Por otro lado, quizá no le di tiempo, no supe tener la paciencia, no confié en que me visitara el numen y divisara entre la bruma de esas notas arcanas una brizna de belleza. No vino, no estaba, no entendí.

6.4.17

Borges más humano

                                                          Fotografía: Rogelio Cuéllar


Al parecer a Borges no le incomodó que un fotógrafo le pillara en el mingitorio de la Escuela Preparatoria de San Ildefonso, en México, en donde acababa de pronunciar una conferencia. Ciego como estaba, al escuchar el ruido del obturador al registrar la instantánea, se limitó a decir que había un duende haciendo travesuras. El tono (a decir del propio Cuéllar, el fotógrafo) era de complicidad por lo que se sintió autorizado a repetir varias tomas, por si alguna era verdaderamente buena. Borges debió confiar en el pudor del improvisado periodista, en su profesionalidad a la hora de difundir la toma si en ella se mostrase una intimidad demasiado explícita. En realidad, no es una imagen que tenga alguna utilidad, salvo que deseemos inmiscuirnos en la privacidad misma del escritor. No entiendo esa inclinación un poco promiscua que consiste en adentrarnos en donde no hemos sido invitados, en un cuarto de baño, en una cama o en un paseo dominical, pero es ésa la tendencia actual. Interesa conocer al autor, no tanto entender su obra. Queremos saber si Borges es aficionado al fútbol o si en casa calza zapatillas de paño o duerme en pijama historiado o en pelota picada. O si escribe nada más levantarse o cuando declina el día. Quizá no se debiera saber quién escribe, se podría eliminar la voluntad de anhelar la información periférica. Sólo leeríamos, escucharíamos la historia que otro pensó por nosotros. De alguna forma es el lector quien finalmente cierra la escritura. O no se cierra nunca, yendo más lejos. Se abre a poco que indagamos de nuevo en ella. Esa idea sería del agrado de Borges. No el Borges que evacúa la vejiga en un servicio de una escuela o el que abusa de las carnes rojas en los almuerzos o el que escucha el tango en una quinta bonaerense. Ninguno de esos borges es de nuestro interés. Nada de esa exhibición de vicios domésticos contribuye a que su obra escrita mejore o empeore, brille o flaquee. A lo que se nos enseña es a sentirnos autorizados a inmiscuirnos en esa privacidad, a requerir de quien la detenta una parte sensible o por qué no toda. Si hablo en primera persona, no negaré que en ocasiones (quizá más de las debidas) hurgo en esa intimidad, paseo sin pudor por su territorio cerrado. No es algo que se premedite, no buscamos la satisfacción espuria, un poco bastarda, sí, sino algo creativo, no sancionable: saber más de quien nos fascina, que no haya dependencia suya a la que no podamos acceder. De ahí que este Borges que orina sea relevante, se incorpore al material icónico del que ya se dispone y hasta adquiera un fuste al que no alcanzan otras imágenes oficiales, las del Borges en los pasillos de las bibliotecas o el Borges sentado en una butaca, mirando sin mirar del todo, perdido en esa bruma suya de dios en su laberinto.

1.4.17

El Danubio



La literatura de verdad no halaga, no conforta, no cura: es un veneno, una sustancia incómoda, una que no da tregua, ni siquiera permite un respiro. Claudio Magris (leo ahora El Danubio) sostiene que es el malestar el que la hace válida, el malestar como principio a partir del cual indagar en la realidad, cuestionarla, convencerse de que la narrativa suscita un diálogo, no un parlamento transmitido sin que exista un interlocutor hostil. La idea del Danubio, trazando una línea sinuosa por un continente entero, representa Europa, que no es la cuna de la Literatura, pero sí su hacedor más valioso. De Europa hay que salvar el Danubio. su idea globalizadora, la del río que hermana países y los convierte en una especie de sucesión no necesariamente caótica de costumbres. Somos, al cabo, huérfanos en materia de patrias. No hay razón por la que no hayamos podido nacer a uno o a otro lado de esa corriente de agua larguísima. Quizá la cultura no sea el conocimiento de las materias sino la habilidad (la competencia, dicen ahora con más pomposa novedad) de saber comprender lo que nos rodea, la facultad de razonar esa realidad y manejarnos cívicamente (he ahí el problema de Europa en estos días) en ella. El Danubio ha entrado esta noche en mi cabeza, lo he surcado, ha tirado de mí, me he sentido transportado por sus aguas. Creo que incluso sonaba el vals de Strauss de fondo. A los lados, mientras me desplazaba río abajo, se sucedían las ciudades. Las veía iluminadas a lo lejos, emitiendo un fulgor hermoso, invitando a que abandonase la singladura (eso era, imagino) y las pasease. Fue un sueño europeo que provino de haberme dormido con el libro de Magris sobre el pecho. Hay libros que se incrustan en uno. Libros de los que nos impregnamos y que incorporamos (sin forzar ese matrimonio) al sueño. Leí una vez que nos parecemos a los que los demás ven en nosotros. Que de alguna forma la idea que proyectamos y que rebota hacia nosotros es la que creemos que mejor nos define. Europa es la idea que se tiene de Europa. Es el pasado glorioso; también su infierno, el laberinto de batallas y de infamias que cincelaron su carácter, su lugar en el mundo y en la Historia. Hoy que tantos problemas la cubren debemos pensar en la belleza que custodia, en la inteligencia que ha construido. No es que uno ame las patrias, ni que crea que podemos salvarnos si adoramos a un mismo Dios o escuchamos con piadoso fervor las notas de un himno o besamos los colores de una bandera. No hay esa filiación en mi boscosa manera de entender el mundo, pero de alguna manera admiro que alguien posea una identidad, un sentir, un proceder ante los otros o ante sí mismo. Está bien esa proyección y está bien que se refuerce o que incluso se pula. Europa precisa encontrarse de nuevo a sí misma. Ahora que algunos socios desertan, necesita fortalecer los lazos con los que no han sucumbido a la fuga. Tenemos más en común que en contra. La misma literatura nos lleva de la mano a través de los siglos. No nos deja varados, nos empuja, nos iza, nos propone un viaje y nos espolea a que lo acometamos sin miedo, pero nos avisa: no saldréis indemnes, no hay libro que uno lea que no actúe por dentro y reforme a su antojo lo que a su paso va hallando. Europa es una especie de buen libro del que cuesta salir o que anhela no salir de nosotros, como si tuviese vida y decidiese, a nuestro favor o en nuestra contra. No nos halaga, no nos conforta, no da soporte o alivio, pero sin embargo es dentro de su ámbito donde encontramos el camino, ese sendero que nos conduce al confort y a la paz, a la convivencia y a un sentir compartido.