18.5.07

Las uvas de la ira : La epopeya de la tierra




1. El nacimiento de una nación.


Ahora que el cine ha superado su primera centuria, bueno será ( para cumplimentar esa urgencia de cuño reciente de hacer balances y componer loas ) recordar las dos tendencias sobre las que se forjó su matriz y su posterior aparato propagandístico. Por un lado, el cine de índole documentalista, unívoco, sobrio, naturalista, que filma la salida de obreros de una fábrica, pongo por caso, y por otro el cine de creación, émulo válido de la literatura, entretenimiento visual ( el audio llegó después ) para diezmar los bolsillos del obrero proletario y goloso de esos nuevos ocios que acaba de salir de la fábrica antes grabada. El arte debió venir después de esta primera vocación de invento para amenizar a las masas y procurarles, entre tanta miseria de siglo recién parido, un distraimiento, un estímulo poderoso para renovar la capacidad de asombro del ciudadano. Esta declaración de principios conviene para situar Las uvas de la ira en su contexto preciso. La película nace en un Hollywood esplendoroso que empieza a considerarse lo que luego ha sido: fábrica de sueños, industria de epopeyas más grandes que la vida del estilo Lo que el viento se llevó.
El nuevo público se debate entre sobrevivir a la Gran Depresión y sobrellevar el glamour de los nuevos tiempos, incontestable crisol de opulencia y de lujo. Es por esto por lo que el film pudiera no haber nacido: no haber sido pensado, producido y facturado en una época de temperamento tan frágil como fueron los finales treinta y principio de los cuarenta en los Estados Unidos. La premisa fundacional de la novela de Steinbeck en la que se basa ( y en añadidura el film de Ford ) es la crítica a la injusticia social, manifestada en los Joad, una familia de Oklahoma que emigra a la dorada California en busca de trabajo después de que la mecanización del campo les esquilme toda esperanza de progreso y de que una empresa les expropie sus tierras, ancestrales símbolos de su raigambre en el mundo.La ruina y el hambre les empujan al Oeste, la tierra de promisión idealizada por la nueva hornada de rumores que dibujan un Edén por descubrir para los valientes que lo abracen. En esto, Ford se siente cómodo porque, en el fondo, de lo que estamos hablando es de la presencia transfigurada, metamorfoseada, del western clásico con sus héroes inútiles que se sacrifican por ver nacer un país y ser ellos parte de esa fundación mítica.Este tufo a americanismo novicio todavía se nota en pleno siglo XXI, pero no nos salgamos de la línea argumentativa. No convedrán estos excesos tan gratos a este escribiente para que la reseña sea concisa y no desbarre con estas apetencias discursivas.



2. El viaje baldío


Las uvas de la ira es una rareza. No parece que fuese fácil hacer una película tan contemporánea, trabada en un tan escaso margen de diferencia cronológica sobre los hechos que relata: que retrate las miserias de un país y su precariedad laboral con tal grado de verismo.Es un film-espejo: una crónica descarnada de la Injusticia, esto es, de la ausencia de leyes para gobernar un país. Calificada como demagógica por los sectores más rancios de la crítica norteamericana, rebajada a melodrama de lágrima fácil, la película resiste todo análisis destructivo con su sobrio tratado de radiografía social de una época .Narra un periodo de la Historia desde la misma Historia: John Ford la lleva a término en mitad de una Depresión económica lacerante de modo que el film adquiere, en su génesis, en su contexto, un carácter preeminentemente testimonial, documentalista, trufado de una veracidad que la realidad no discutía porque era, en ocasiones, más cruda, más atroz que esta ficción de una familia que busca su lugar en el mundo tras haber sido desposeídos del que, en verdad, les pertenecía.Estos desposeídos, estos desclasados, estos parias de la tierra son los Joad del film. Personajes arquetípicos que se arrogan la compasión ajena, que no tienen nada y que tampoco desean mucho, pero que lampan por encontrar un sitio sobre el que edificar su nueva existencia.Tom Joad ( un sublime Henry Fonda que no ganó un merecido Óscar ) va adquiriendo una conciencia cívica y política, social y hasta sindical en su viaje hacia la tierra prometida. Hay una épica de la clase trabajadora emocionante, sentida.John Ford opta por un punto de vista realista: conviene a la trama desposeerla de toda artificiosidad. Lo que va a narrar el director es un desahucio, un éxodo, así qu e tiene que adoptar la técnica del road-movie, que entonces no existía ni como concepto. El discurso narrativo del film ( por ende, de la novela de Steinbeck ) es un canto a lo humano. Ningún Joad, ni el atribulado Tom, tan hermético en su atormentada complejidad de fracasado, busca un beneficio que no sea el amor, la ternura, el terruño ( más íntimamente ). Siendo John Ford un católico de militancia y un republicano declarado no cabe otra visión del asunto. Además tampoco fija un culpable de esta miseria. El culpable ( cuenta un personaje ) es un banco en Tulsa, pero allí sólo hay un administrador que hace lo que le dicen. A ése ( añaden ) no podemos ponerle una escopeta delante. Es un mandado. Un obrero. Otro. El viaje, finalmente, atropellado por las inconveniencias climatólogicas y de transporte ( !esa camioneta desvencijada donde cabe de todo y donde se agita un microcosmos tan intenso ! ), es baldío. El viaje a ninguna parte, que diría nuestro Fernán-Gómez. Un viaje que progresa hacia un destino que ya intuímos: corruptelas, engaños, racismo.California es Oklahoma, pero doscientas humillaciones más allá.Leí hace no mucho que Las uvas de la ira perturba, conmociona. Ésa es la definición perfecta a la que me adhiero. Estremece especialmente el barrido de rostros que la cámara de Ford ( con la muy precisa fotografía de Gregg Toland, luego colaborador de Welles en Ciudadano Kane ) hace en el campamento de ilegales, de su miseria sencilla y sin impostura, de los barracones infames.Ma Joad, al final, dice: "Somos el pueblo... Existimos siempre". Su hijo, Tom, el fantasma ( hay hasta un disco de Bruce Springsteen que retoma esta idea: de la espectralidad del héroe anónimo y fracasado de Tom Joad ) deambula un país cambiante, utópico, lírico, brutal que se representa con nitidez en la figura del predicador desencantado, que cuelga los hábitos y se agarra a la nueva fe, al activismo laboral que luego devino en lo que hoy entendemos como sindicatos. De la aclamada recepción del film en los Óscar de ese año ( mejor director para Ford y mejor actriz de reparto para Jane Darwell en el papel de la madre tierna ) se colige que los tiempos estaban cambiando y que América ( esa parte de América, más propiamente ) condescendía a mirarse el ombligo y declararse inestable, corrupta, pero también esperanzadora e ilusionante. Era un país por formar, metido en una guerra y renanciendo de un desastre económico devastador. Los Joad estaban ahí para levantar la bandera de su patria. John Ford, no lo olvidemos, era un patriota irredento. Ninguna adversidad les iba a incomodar en exceso. Por eso son héroes y por esa razón uno asiste a este espectáculo formidable con el corazón encogido y con la secreta idea de que el mundo, a pesar de sus frivolidades, de sus incontinencias y de su penalidad ( tanto penar para morirse uno, decía nuestro Miguel Hernández ) vale la pena y en el viaje, en el tránsito, está el gozo de la vida. La historia que vemos es la historia del hombre: de sus logros y de sus penalidades. Cine universal, imperecedero.

1 comentario:

Alex dijo...

El sobresaliente disco de Springsteen se metamorfosea con la película hasta ser irreconocible uno y otra sin el uno y la otra.

La película es suprema. Ford trató de rebajar la amargura de ésta en "El camino del tabaco".

Si es cierto aquello de que donde haya una injusticia él estará. Si es eso cierto, Tom Joad yo soy y somos todos.

Voces sin voz y estómagos sin pan.