23.5.07

Keane: Peripecias de un alucinado





Angustia: ésa es la palabra. Podemos, en todo caso, encontrar sustantivos que digan lo mismo, pero de otra forma. Desesperación. Impotencia. Keane es también esquizofrenia. Podemos, en todo caso, encontrar sustantivos que digan lo mismo, pero de otra forma. Paranoia. Locura. La vida puede ser maravillosa, como vocingla el repetitivo y cansino comentarista del fútbol en La Sexta, pero la vida puede ser un caos, un sufrimiento imposible de soportar. Esto es lo que Lodge H. Kerrigan ha hecho: filmar el sufrimiento, darle contenido visual a una idea que ha preocupado a cualquier creador en la ancha y longeva historia de las emociones y de los sentimientos humanos.
Se prescinde de todo lo accesorio para imprimir al relato la fluidez necesaria y que el espectador no se distraiga en razonamientos sobre cómo sucedió o en disquisiciones sobre la pertinencia de acudir a este o a otro método que ilumine las pesquisa: ¿ qué es lo que sucede ? Que Keane, el atribulado protagonista, ha perdido a su hija en la estación de metro. Todo lo demás es el titánico esfuerzo por encontrarla, pero el pesimismo lastra cualquier opción de éxito. Parece, durante gran parte del metraje, que la tarea es imposible. Que la niña no va a ser encontrada. Además Keane es un enfermo mental, un ser al que no siempre podemos pedir que actúe con ejemplaridad; un ser del que ni siquiera estamos seguros de que tenga claro lo que realmente está sucediendo. En este sentido, Kerrigan eleva la condición de lo subjetivo a obra de arte porque hay momentos en el film en los que nos sentimos Keane y perdemos el norte de la realidad al querer ( aunque sea mental, ficticiamente ) convencernos de que no es cierto.
La desolación, el desencanto, la tristeza de Keane le hacen fatigar la ciudad, contaminarse de su oferta sucia de drogas, sexo y confusión. Es el precio a pagar por el error que ha cometido. Porque nada de lo que Keane encuentra es divertido ni tiene asomo de que pueda conducirle al difícilmente imaginable final feliz que, en el fondo, todos deseamos.
No todo es locura y vértigo. El infierno de la búsqueda consiente recesos mansos: lugares para el abandono, remansos en donde Keane se encuentra a sí mismo como nunca jamás creyó poder encontrarse. Luego la realidad raspa estruendosamente esta superficie blanda de sentimientos puros. El ruido lo devuelve al territorio infame de la culpa.
La gloria es para Damian Lewis, un actor en estado de gracia, que hace verosímil su arriesgado papel, en el que no hay ningún momento de respiro y en donde la cámara hurga en su intimidad emocional como un fino bisturí que diseccionase con premiosa pulcritud las estrías de la mente, su alambicado mapa de sentimientos.
A mencionar también la meritoria actuación de Abigail Breslin, la niña de Pequeña Miss Sunshine, que da un contrapunto de verosimilitud a una historia que, de tan sencilla, produce la sensación de ser falsa. Nada de eso: en Keane hay una formidable prospección del alma perturbada, pero también hay trazas ( y de muy elevada calidad ) de cine del más genuino suspense, que no obvia el habitual aparato de enigmas susceptibles de modificar el decurso de la historia y hacerlo discurrir por varios lugares.

Insisto en recomendar esta película en este tsunami de cine de secuelas que deja al espectador completamente varado en el tedio. Una pequeña obra maestra.

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