9.4.07

DIARIO DE UN ESCÁNDALO: Nuevas crónicas vampíricas







Esta crónica vampírica moderna, radicada en un Londres aséptico, obvia el componente gótico al uso y el romanticismo de libro, pero retrata las mismas patologías: lo que es radicalmente distinto es el vestido con el que el mal se nos presenta. Aquí se da a plena luz y no se precisa el concurso de una sola gota de alimenticia sangre. La materia objeto de succión es la personalidad entera y la ejerce una profesora a punto de retirarse, inofensiva en apariencia, culta y crudamente ácida en las observaciones que registra en sus diarios, sobre otra profesora recién adscrita a un claustro, mona, joven y, en principio, fácilmente inducible al placer absoluto de la manipulación.
Diario de un escándalo progresa lenta pero afianzadamente sobre unas presupuestos delicados que, en otras manos, con otras miras, hubiese podido engendrar un vulgar telefilm de factura chillona con abundantes evidencias de reality show en su descarnado metraje.
Acudiendo a un prontuario frívolo sobre la educación en este siglo XXI, podemos decir que la película es un reflejo de la ligera moralidad que nos inunda: de cómo los instintos son los motores de nuestros actos, aunque en este caso la joven idealista y bobalicona ( Cate Blanchett ) nunca nos parezca mala del todo, a pesar de haber contribuido con su anuencia a que un joven quinceañero se la trajine con repetida insistencia en un ardoroso aquí te pillo-aquí te mato.
El chantaje sentimental que la profesora vieja ejerce sobre la nueva conduce todo el interés del film: la perturbada soledad de la profesora levemente lesbiana que se excita con la posibilidad de esclavizar la voluntad de su chantajeada posibilita un avance ágil de la historia, nada melodramático, lastrado tal vez por una interesante pero al final muy pesada voz en off de la narradora omnímoda de la trama, la vampiresa, el demiurgo feliz de la tragedia que su perversión ha creado. La magistral Judi Dench recrea con pasmosa naturalidad un personaje odioso, ambiguo, malvado por naturaleza, sorprendido en la cuesta final de su vida con el himen intacto y la mala leche acunada en esa mirada homicida que arrastra durante buena parte del film.
La intensidad del drama psicológico abierto no decae en ningún momento: suscita discusiones de amplio calado social como la relación sexual con menores o la sórdida anuencia de quienes por uno u otro motivo sacan partido de esta disfunción.
La escasos escrúpulos de la profesora joven a la hora de dejarse trajinar por el muchacho no son menos escandalosos que la permisividad interesada de la profesora al tanto del desmán, que juega sus cartas con premeditación, consciente siempre de que el juego está escrito por ella y ella establece las reglas, los actantes y hasta la duración. Hay una escena particularmente significativa: Bárbara, así se llama el personaje que interpreta gloriosamente, ya hemos dicho, Judi Dench, se sienta en la escalera de la casa inevitablemente inglesa en donde la tragedia ha incorporado a la madre del alumno recién pervertido: ésta acude para darle una paliza a la profesora inductora. El espectáculo es sublime a los ojos de quien ha caligrafiado todas las letras de la obra.
Se pierden estas notables evidencias de buen cine y de estupenda historia cuando la película anuncia su retorcido final, su renuncia a ser sincera consigo misma, porque lo que nos da, en pago a más de una hora de atractivos argumentos, es un final resultón, donde todo se deja conducir hacia la mansedumbre del perdón y donde todos los personajes recobran, a beneficio de butaca, la tranquilidad, la paz interior desde la que comenzaron.

Al final nos queda el retrato gris de una mujer oscura, pérfida en su soledad inaceptada o quizá lo verdaderamente remarcable es la facilidad con la que despojamos los delitos más cercanos de importancia si en la indiferencia adquirimos algún beneficio, un sillón cómodo desde donde contemplar las ruinas de la moral, los devastados silencios de una sociedad excesivamente escorada al tremendismo. Y también otro retrato igual de deprimente: el de la familia disfuncional ( nada que envidiar a los psicotrónicos integrantes de la furgoneta de Pequeña Miss Sunshine ) de Sheba, la profesora joven, de la que podría construirse, con el debido refinamiento dramático, un más que sólido guión de puyas y júbilos burgueses aparentes al ritmo sabrosón de un calypso después de almorzar hamgurguesas con rosado.





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