12.2.07

ORDET / LA PALABRA : Buscando a Dios en los posos del café





Ordet no es una película para quien no tenga un cierto compromiso con el cine como vehículo de satisfacción espiritual. No me estoy refiriendo al cine como transmisor de valores o al cine como mero espectáculo de masas que se mueven en busca de un propósito o el cine como caramelito para endulzar las mañanas dominicales con la familia.
Ordet es una evidencia de que los milagros existen: de que el comportamiento humano se ajusta a unos cánones espirituales y que hay directores que tienen la suficiente sensibilidad ( y la adecuada maestría ) para explicitar con unos elementos mínimos una filosofía, un metafísica.
Los Borgen, una familia campesina amantísima y políticamente correcta, aboca su vida de retiro bucólico a la fatalidad por un hijo obsesionado por la religión. Hay una resurrección que no sabemos si se atiene a la eficaz lectura de la palabra de Dios o a un salida de guión del danés Dreyer, que era un creyente de tomo y lomo y escribía guiones como quien hace una pastoral o eleva su cántico para que Dios le dé cuartel y oiga su súplica. El padre es el referente religioso familiar y de alguna forma transmite a su hijo mayor esas preocupaciones: Johannes lee como un maníaco a Kieerkegaard y se cree, por momentos, Jesucristo . Ordet ( La palabra ) cuenta lo que todos sentimos con independencia de nuestra filiación moral. La mía, por demás escasa, cuando no, nula, se dejó llevar por la apastelada voz de Johannes y consentí el rubor de la fe aunque fuese por dos escasas horas. . Tener fe, entiéndase, no obedece estrictamente a mandato o devoción religiosa. Tampoco esta reseña se ha propuesta hacer un ensayo sobre las profundidades del alma humana. No es el lugar y no hay ni empeño ni conocimiento en el tema para llevar ninguna tesis a ningún puerto.
La fe que profesan es una fe utilitarista: convenida para afrontar los embites del día, la dureza del campo, la peregrina sensación de que otro mundo mejor probablemente pueda existir. El único que en verdad cree es el loco, el iluminado, el lector voraz que todo lo transmuta en obediencia ciega a la palabra.





Dreyer filma como si de una representación teatral se tratase: en muy pocas ocasiones, que yo recuerde, una cámara es un espectador cómodamente sentado. Es cine teatral sin otra traba que el diálogo fluido de todos los personajes. Esta cámara es la que, sin embargo, también deambula por los estrictos límites de una habitación cuando lo que en esa habitación pasa es relevante para el desarrollo de la, por otra parte, muy escasa ( argumentativamente ) trama. Hay una escena en la que el doctor y Johannes se ensarzan en una acalorado discusión teológica. Uno conmina que la fe es la salvación del mundo y el médico, lastrado por su laicismo militante, cientifista, arguye que el mundo se salvará por la acción política y por el materialismo crítico. Todo eso bien pespuntado por el movimiento de la cámara, que nos hace involucrarnos de una forma absoluta en el pensamiento de cada púgil en este combate místico.
El espectador de esta película tiene conciencia de que este cine está fuera de toda jerarquía: que más que función cinematográfica está asistiendo a una revelación moral dispuesta como si fuese una película, un concatenado razonado y lógico de fotogramas. Quien haya colocado el cine como un modo de vida debe ver Ordet al menos una vez en la vida. Este cronista no asevera que cada espectador se deje invadir por la sutilidad de su propósito. Habrá quien vea el numen y habrá quien, teniéndolo enfrente, no lo perciba. Al fin y al cabo, razono, la fe es eso. O se cree o no se cree. El cine es eso: o estás dentro o únicamente te entretiene.
La palabra, el verbo, se hizo carne lúcida, vértigo de ideas.
Otro aspecto muy a considerar es la belleza de las escenas que suceden extramuros: el viento agitando el maíz, la modestísima coreografía de las nubes.... Esos detalles enfrentan la naturaleza mental del film ( la religión, la redención, la carne, la salvación, el milagro que sabemos que va a llegar en cualquier momento ) y la el orden secreto del universo, que no precisa cánticos, rezos o digresiones morales para emocionar.



Es preciso insistir en el halo de sentimiento puro que exhala todo el film. Dreyer está ebrio de vida. Ordet es un monumento absoluto al cine con mayúsculas, un hito, un verdadero tributo a la naturaleza moral del hombre por encima de sus desviaciones, de sus pecados y de su errática permanencia en el mundo.

6 comentarios:

Rosenrod dijo...

Dreyer, no hace falta decirlo, es otra cosa. Su capacidad para conectar con "eso" que nos supera es simplemente avasalladora...

Un saludo!

Natalia Book dijo...

Una gran películ sin duda alguna. El poder de sus imágenes es impresionante. No se olvida fácilmente. Además la tengo reciente porque hace poco la pusieron en cinematk, canal de tv por cable. Le dedicaron un ciclo al director.
Saludos

Anónimo dijo...

creo que voy a disentir, pero igual le damos una oportunidad.... dreyer es como bergman de plasta ?

Anónimo dijo...

la vi hace tiempo en un ciclo de verano donde ponian cine poco usual y me encantó.
Cine para pensar que falta hace

Anónimo dijo...

Una MARAVILLA. Única. Irrepetible. Obra magna del cine.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Muy buena reseña, Emilio. Creo que la clave está en la ecuación que haces entre cine y fe: "La fe es eso. O se cree o no se cree. El cine es eso: o estás dentro o únicamente te entretiene".
Un saludo.