2.3.26

Breviario de vidas excéntricas/ 3 / Bonifacio Trigueros

  El pastor Bonifacio Trigueros se queda dormido con el libro de Kafka en las manos, echada la espalda en el grueso tronco de un álamo negro. Es hombre de buen leer y le agrada la quietud de los campos. El libro termina cayendo. Una oveja se acerca y lo olisquea. Le da fuerte con el hocico y ve con interés que no se rompe. Persevera, aprecia la dignidad de empeño y la resistencia del libro. Entonces abre la boca y empieza a buscar el modo de comérselo. Se la ve con entusiasmo, se aplica en la mordida, en la masticación más leve y en la más severa, en la ingesta de las hojas, Las rumia con inédito embeleso y finalmente se desentiende de ellas. 

De pronto la oveja bizquea, da arcadas, mueve arriba y abajo la cabeza y suelta un eructo no muy sonoro, la verdad, pero que despierta a Bonifacio de su hechizo libresco. No es la primera vez que escucha a una de sus ovejas manifestarse en regüeldos, pero nunca había visto ninguna de ellas con un sucio caparazón en la propiedad de la espalda y un número grosero de patitas pronunciándose en los costados. 


Bonifacio, cuando regresa a la aldea y confía a sus cercanos las proezas de la oveja, no se arredra en explicaciones, alardea del prodigio y lo declara indiscutiblemente puro milagro, pero la intendencia de la parroquia, al habla con el mismísimo obispo, ha zanjado la cuestión y achacado la conversión de la res en insecto a la afición del pastor al anís seco nada más principiar la mañana, y al vino blanco, cuando ya se ve venir la tarde. A pesar de ese desaprecio, Bonifacio sabe que fue el libro lo que terció la maravilla que vieron sus ojos. 


La oveja afectada no ha sido vista de nuevo. Andará por esos campos, tampoco eso le preocupa. Ha pensado en que si es Madame Bovary el libro que arrime a la siesta bajo el álamo negro podrá transmutar la oveja en dama distinguida de París  o si lo que zampe la glotona oveja fuese Anna Karenina será una hermosa joven rusa y podrá hacer que ninguna de las dos cometa el suicidio narrado en esas trágicas tramas. 


Cualquier día es bueno para que aparezca del brazo de alguna de ellas por las calles del pueblo. Dirá que las conoció un verano en que viajó por Europa. Les advertirá que callen, si se les pide opinión en algo, no vaya a ser que irrumpan en balidos o tuerzan la boca al modo en que lo hacen sus ovejas cuando se las estresa en demasía o tienen miedo porque han sentido, en la fronda del bosque, olor a lobo. Los hay a espuertas. Siempre tienen hambre. 

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