8.2.07

DREAMGIRLS : Fanfarria a lo Motown






La crónica hagiográfica tan en boga no tiene en este espectador un fan devoto: suelo evitar como pólvora caliente ese tipo de cine que crece alrededor de un mito o, en su ausencia, sobre un personaje con calado público, cuya notoriedad y relevancia suple las carencias de la historia porque, a fin de cuentas, todo el mundo sabe por dónde va a ir la historia y no se precisa demasiada pulcritud en su evidencia.
Dreamgirls cumple las condiciones exactas para haber sido candidata a no verla jamás, a pesar de que la música de la Tamla Motown me entusiasma ( estas The Dreams son un remedo muy aceptable de aquellas The Supremes y Jennifer Hudson es una Diana Ross vocalmente creíble ) y el reparto tiene las campanillas suficientes como no dejar de sonar hasta que te pones en la cola del cine. Anduve en esas durante algunos días, pero luego la tentación ( es buen nombre ) me condujo como res al matadero de la butaca.
Dreamgirls no es Chicago, que me resultó insoportable. Tampoco Cotton Club, que admiro. Bob Fosse hizo la ácida All that jazz ( Empieza el espectáculo ) en otros tiempos y ahora la máquina de Hollywood hace musicales porque hay que reflotar algunos géneros que de vez en cuando se quedan perdidos, gozosamente heridos en las vitrinas de la Historia del Cine, sin que ningún lumbrera con olfato ponga la pasta para que un director con talla y un reparto con nombradía hagan que ( nuevamente ) las palomitas y la coca-cola hagan pareja en la fila siete.
A pesar de esta tunda de palos semánticos, Dreamgirls no es una mala película: podría haber sido incluso una excepcional si no se observaran en demasía ciertas irregularidades de planificación, algún descalabro en el argumento y, sobre todo, un débito excesivo a todos los tópicos que sobre el cine de músicos que escalafonan hasta que brillan, rutilantes, en el estrellato de la fama y del dinero se han escrito.
Tenemos el trío de oro con sus roles ya muy previstos: la inocente, la discreta y la carnívora. Tenemos un abuso de números musicales como apoyatura para solventar lo que el guión no alcanza. Tenemos, por último, una ambientación tan impostada y amanerada que pareciera que estamos viendo una película. El cine ( el bueno, al menos ) debe alejarnos de la idea de que estamos asistiendo a una monumental impostura. El cine engaña, pero hay que maquillar la mentira de modo que todo sea asequible para nuestro asombro. Da igual que salgan astronautas, aliens en una bolera o yankees en la corte del rey Arturo. Estamos para lo que estamos: para divertirnos, para disfrutar.
Dreamgirls, en este hilo argumental, no aprovecha el excelente material disponible y se estrella, sin mucho estrépito, todo sea escrito, contra los clichés de la prodigiosa maquinaria del sistema, que sabe siempre dónde pulsar para que el producto dé cuartel al boca a boca y, al final, como me paso a mí, todos dejemos nuestro pequeña contribución crematística .Diana Ross estará muy contenta porque su carrera, siempre tan renqueante, vuelve a estar en danza. El grasiento rhythm and blues de Detroit venderá de nuevo discos aquí y en su tierra porque la música no conoce las etiquetas de las geografías cuando es buena, y ésta lo es grande sumo. Jennifer Hudson canta de maravilla y ver la película trae de rondón la idea de adquirir después el cd con el soundtrack original.
Todo eso está muy bien, pero Dreamgirls está, en su fondo más artístico, hueca: le sobran muchos minutos y le faltan otros tantos. Vale que Eddy Murphy demuestre que es un actor estupendo después de trescientas películas donde ha hecho el tonto, el gordo, el espabilado y el risitas o que Jamie Foxx siga demostrando que ese es su medio natural ( como en la también irregular y plomiza Ray ), pero podríamos haber encontrado un film más brioso, menos chic.Las divagaciones filosóficas de All that jazz quedan aquí tan lejos como Vladivostok, en cuya salas la exhibirán a mayor gloria del espectador siberiano, creo que digo bien.
Yo, por si acaso, me apunto en la libreta de obligaciones buscar en la estantería mi copia de la cinta de Fosse y ahí todo mi amor ( por demás, escaso ) al musical o al biopic melómano quedará cumplidamente satisfecho. O Moulin rouge para poder oir una de mis canciones favoritas ( Your song de Elton John ) melifluamente llevada al paroxismo teatral por Nicole Kidman y Ewan McGregor.

1 comentario:

eddie dijo...

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