20.2.07

BANDERAS DE NUESTROS PADRES : El héroe reconvertido en anuncio






En el 98 español, España dolía: a Clint Eastwood, a su manera, le duele su país, y lo expresa de un modo políticamente heterodoxo. El modelo histórico abastecido de héroes, orgullo y honor es aquí modificado. Banderas de nuestros padres hilvana una trama sencilla, pero dura de roer, en la que no se vindica la gloria ni se hace apología de la patria sino que se cuestionan los razonamientos que mueven a un pueblo a forjar sus mitos y a levantar, en ocasiones, héroes allá donde sólo existen personas que luchan por unos ideales o, como dicen en la película, por salvarse o salvar a quienes tienen cerca.
Aunque Iwo Jima sea hoy la señal que indica el comienzo del fin de los fascismos, el film rescata lo que no se ha contado o se ha contado sesgadamente y contradice ( de manera abierta y hasta descarada ) el libro de texto de escuela que ha ocupado durante sesenta años los pupitres en los Estados Unidos de América.
Warhol escribía que no había más profundidad que la propia superficie. En esto es en lo que Eastwood y su guionista Haggis ( Crash, el último Bond ) se fijan: en la superficie, en el icono y en su poder ancestral para cautivar y para seducir y cómo ese icono ( la foto legendaria de la bandera de barras y estrellas en la montaña Suribachi en la isla japonesa de Iwo Jima) esconde una impostura.
La foto de Joe Rosenthal, fallecido recientemente, arde en las manos del pueblo: los soldados eran otros y, como explican ellos mismos, los héroes son los heridos y los muertos y no los que se limitaron a ser mano de obra mandada que necesitaron toda la ayuda del mundo porque el mástil que se improvisó pesaba mucho, pero la maquinaria propagandística de la guerra precisa de héroes y el gobierno de Roosevelt (primero) y de Truman (después) requiere adalides de la épica, soldados cómplices del engaño ( los que clavaron la bandera eran otros, y ya no están ) dispuestos a no desmontar la farsa y motivar al pueblo americano para que se afloje el bolsillo en bonos de guerra. Truman pidió 14.000 millones de dólares en el plazo de dos meses: recaudaron 27.000, que equivalía a casi la mitad del presupuesto del Estado en un año.
Banderas de nuestros padres no es una epopeya bélica, aunque las imágenes de campo no escatimen espectacularidad y el director no se amedre en mostrar la barbarie de la guerra con truculencias varias y detalles poco vistosos. Tampoco es un film de cuño patriótico porque no se articula el patrón al uso de buenos y de malos que fascina a todos los adoradores ciegos de banderas. Recuerdo ahora un chiste de El Roto en El País que venía a decir que todas las banderas del mundo se fabrican en Hong-Kong.
Eastwood deconstruye el arquetipo del héroe: lo rebaja a instrumento del poder para embaucar a los ciudadanos y darles aliento y leyendas a partes iguales con el fin de que el folclor se reconstituya y las nuevas generaciones tengan ídolos, iconos y merchandising variado para ocupar el altar de los sueños.
La película se esmera en remarcar la importancia del tour que los tres héroes fingidos hacen para recaudar fondos para el gobierno. Los políticos son los verdaderos héroes de esta trama: los impostores más sibilinos, los que no aprestan el cuerpo en el campo de batalla, pero dibujan los perfiles incendiarios del mártir de la causa: causa que, al final, en todas las guerras, en todos los bandos, siempre beneficia a los mismos, a quienes no mueven un dedo y no disparan una bala.
A falta de ver Cartas de Iwo Jima, la visión del conflicto desde el lado nipón, Eastwood vuelve a desmostrar que es un autor modélico, inteligente, comprometido con el cine como vehículo de emociones y de responsabilidades , independiente y personalísimo.
La película no es sobresaliente porque hay un exceso de flashbacks que lastran el hilo narrativo y condicionan cierta pereza para seguir la historia, que se malea cuando indiga en exceso en la vida cotidiana de los mal llamados héroes en su regreso a casa. Sobran los minutos finales y hay un exceso ( justificable, en todo caso, pero penoso ) de minutaje de campo de batalla.
La desdicha del falso héroe se subraya con ese regreso a la cotidianidad: ahí está el soldado indio que se envalentona ( ebrio ) con unos policías porque no le sirven en un bar por causa de su raza, aunque luego un estadio entero le espere para ver cómo escenifica la clavada de la bandera en un aparatoso ejercicio de artificio invariablemente yanki. La curiosa marca Spielberg-Eastwood en la producción asegura cine de calidad. Eso no se pone en duda, pero aquí el maestro no ha dado en la diana de la excelencia como nos tiene últimamente acostumbrados: se limita a contarnos una historia noble, necesaria, difícil de masticar en la piel de un americano, pero poco matizada si uno es de fuera y asiste a este espectáculo grandilocuente de farsas, de hombres-anuncio y de vistosos himnos para el regreso de los chicos a casa.



1 comentario:

Anónimo dijo...

¿ no crees que es mejor Salvar al soldado Ryan ?
Yo la veo más vigorosa, más completa

José J.