31.3.25

Una mosca en un patio

Al ver ayer a mediodía la primera mosca en el patio, pensé en su desocupación, en el trabajo de ser mosca. Daría igual rana (vi este sábado en la desembocadura marbellí del arroyo Guadalpín unas cuantas que me fascinaron) o un volandero pájaro. Nosotros no somos de ser moscas o ranas o pájaros. Tenemos remordimientos, tenemos ese invento de la culpa alojado en las mismas meninges. Se hace uno a aplazar las cosas, y luego, al acometerlas, se tiene la impresión de que debieron hacerse en su tiempo, no después, cuando acuden las prisas y no hay apetencia ni empeño en que salgan bien, sino prisa y desgana. Cunde la apatía, también el miedo a afanarse en algo y, sobre todo, la certeza de que dará igual hacer o no hacer, empezar algo y no acabarlo o ni empezarlo siquiera, que la vida va a continuar y ese encargo no cambiará su trayectoria, ni habrá beneficio o perjuicio nuestro. Mucho de lo que nos duele proviene del hecho incontestable de que no sabemos bien lo que queremos o que, una vez querido, alojado el anhelo cierto de que será bueno lo que deseamos, su apropiación es irrelevante. Si he estado bien sin tenerlo, podría pensarse, a qué urgirme a conseguirlo. He aquí la verdadera enfermedad de estos tiempos. No hay medicamento a mano que palie sus efectos ni prevención fiable que los aleje y evite que nos contagie. Tal vez estemos hechos de esa despreocupada pasta, la de que hagan otros y yo tenga mi esparcimiento y mi disfrute sin que nadie me reclame ni apure a que corra, que es malo moverse o involucrarse y sólo trae quebranto ir y venir, cuando es mejor estarse quieto, no darse por aludido, concederse un abandono, quedarse en casa o salir a propio antojo, sin recado en que ocuparse, como una mosca en un patio. Esa apatía hace que se irrite quien está en movimiento, es cosa vista muchas veces. Quien anda trajinando, en ese vértigo, más percibe la indolencia ajena. Al gandul le parece escandalosa la brega. En todo caso, el vago se inclina a cancanear, que es en estas tierras ir de un lado a otro sin propósito, sin oficio ni beneficio, decía mi abuela. Como la mosca en el patio. En el cancaneo hay matices aristocráticos y es asunto propio de individuos a los que se les ha retirado el imperativo (la perentoriedad, la urgencia, el vamos mismo) y todo lo realizan con dulce demora, retardados y felices, suspendidos en la comisión del cumplimiento de algo, pero sin llegar a abordarlo, no sea que los violente o cause alguna afección de la que no puedan librarse y caigan en desgracia o malogren cometidos de más noble hondura a los que están (ellos no lo sabrán con certeza) impelidos, secretamente conjurados. Es época de apáticos, que es término menos lesivo que holgazán o haragán. Hay que cuidar el lenguaje, no vaya a sentirse alguien nombrado, zaherido. Quién no ha deseado el ejercicio de la zanganería. Ayer domingo, en ratos, la ejercí yo, falta hacía. Vuelvo a traer a esta consideración semántica de hoy lunes a mi querida abuela, que tenía una palabra para cada cosa y bien hermosas que esas palabras eran. La zanganería era preciosista vocablo suyo traído siempre que, estando ella en faena, descubría a quien despachaba el tráfago de las horas en despreocupada figura, confiado al albur de la nada. Pienso en ella de vez en cuando. La de cosas que se le ocurrirían si estuviera por aquí y tuviese oportunidad de ver en qué desidia de tiempos andamos. Tengo que traer más a mi abuela a este rincón cibernético. Da juego.

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