10.2.08

El tiempo del lobo: Hadas nucleares en el país del fracaso


El apocalíptico Michael Haneke no es plato siempre apetecible. Viendo El tiempo del lobo he pensado en películas de zombies y me he dejado embaucar por su discurso perverso hasta que el recuerdo de Funny games me hizo entender que esta obra es menor en pretensiones y en mala uva. La dudosa moralidad de sus personajes y el retorcimiento al que se entregan para saciar sus paranoias finiseculares. El matrimonio que huye de la ciudad en realidad no va a ningún sitio: ésa es la paradoja de estos tiempos. La fuga no es posible: uno está dentro de uno mismo y únicamente existe la ilusión de la fuga. Todo lo demás es fidelidad a un modelo de sociedad carcomida, aliñada con pánico y sustentada por un fondo orquestal subliminal de violínes agresivos que arañan el aire y sangran el porvenir. Este hombre es un cronista de su tiempo, no cabe duda. Caché es también un poderoso artefacto intimidatorio. El ciudadano acosado por el desamparo emocional de la sociedad moderna, que no ha saldado cuentas con su pasado, pero no alcanza al clímax emocional de ésta, que en ocasiones pudiera provocar también la ilusión de estar asistiendo a un remake intelectual de Mad Max. El propio mcguffin de la catástrofe que devasta la aparente molicie de sus vidas no deja de ser un elemento accesorio, un extra necesario que alumbra el caos siguiente.
Áspera, la cinta difiere de Código desconocido, donde Haneke retrata la Europa de la burguesía ociosa que disfruta señorialmente de las ventajas de la Historia y del Estado del Bienestar. Esta Europa está herida: Haneke ausculta el terror, enfoca la brutalidad del ser humano cuando lucha por su supervivencia. La demolición de los valores sobre los que se construye toda sociedad fomenta un relato mesiánico, que ronda la ciencia-ficción, pero que podría entenderse como un melodrama apocalíptico, un cuento de hadas nucleares con estaciones de metro fantasmagóricas, campos grises y desiertos y la diáspora del alma humana al rincón más sórdido de su reverso.
Michael Haneke es un cineasta social que considera que el cine es un vehículo para formular ciertas hipótesis sobre el mundo en el que vivimos. Supongo que Michael Bay diría lo mismo. O Mariano Ozores. La diferencia es que la ética creativa del autor alemán impregna sus imágenes de un desencanto propedeútico (digamos), de una fina urdimbre de tristeza y de negativismo que colisiona con la voluntad de la sociedad avanzada (progresista, liberal, culta, como la protagonista interpretada formidablemente por Isabelle Huppert) por sobrevivir y abandonar la fatiga emocional de no tener futuro. La desolación circula a 24 fotogramas por segundo. Yo los vi todos.

3 comentarios:

REFO dijo...

A mí, ésta de Haneke particularmente me dejó muy frío. No me gustó. Sé reconocer la mano del maestro, pero tengo problemas...

Anónimo dijo...

Frío es poco; desconcertado también... pero ése es uno de sus méritos: esa gélida mirada sobre la violencia y sobre los mecanismos que la domestican y la hacen, al final, trivial, banal, conocida y permisible,Refo

emilio dijo...

el anónimo, Refo, era yo... No escribí mi nombre.