13.2.08

Atticus Finch vs. Jack Bauer



En realidad se trata de entender qué diferencia a Jack Bauer de Atticus Finch: si ambos militan en el mismo estado de ánimo, si comparten ideales, si atrofian su cordura con los mismos vicios, pero ha salido un texto fragmentado, que huye de cualquier análisis formal y se afilia, como todos los míos, a ideas peregrinas, a pequeños esbozos de un manual sobre la cultura y el arte que nunca podré escribir. La pregunta que alienta la entrada no ha tenido, a lo escrito, respuesta.



I
No es verdad que la tiranía del negocio impida que Hollywood, ese vecino de al lado, facture un cine de un más acendrado carácter moral. Si algo tiene el cine americano es su voluntad pedagógica. El ideal americano está transustanciado en cada trama: subliminal o explícitamente. Esa ambición excluye el monopolio absoluto de la pasta. La perfección es que el cine mancomune valores y caja, creencias y negocio. Un pueblo que carece de Historia o tiene una relativamente joven todavía tiene que confiar en alguna maquinaria de propaganda que palie ese déficit. Por eso inventaron el cine. Porque, a su modo, podemos aceptar que D.W. Griffith y Cecil B. de Mille fundamentaron la esencia del séptimo arte tal como hoy es entendido.
II
No hay criterio ideológico o referente emocional o social que el cine, el americano con más ardorosa entrega, no haya usado para hacer desfilar sus propósitos. Esa subrepticia y casi mansa colonización cultural provoca adhesiones insobornables y rechazos patológicos. Uno puede convenir que ambos extremos son razonablemente legítimos. Días en los que uno siente un amor loco y adolescente por la cultura yankee (con mayor devoción por unas etapas que por otras) y días en los que todo lo que huela a barras y a estrellas nos da un sarpullido a nivel mental del que únicamente salimos con alguna sobredosis de Bergman o de Nouvelle Vague o de Kurosawa a lo bestia.
III
Me viene Capra a la cabeza: viene con George Bailey, claro. Frank Capra se dedicó durante años a reclutar patriotas a pie de butaca para que la causa bélica fuese sostenida por la ciudadanía sin remilgos ni ambiguedades. El optimismo político capriano, su transparente militancia nacionalista, sigue fascinando hoy. Bajo la amena cobertura de una alegría contagiosa latía un incendiario propósito. Su fin educativo, su catecismo moral, puede suscitar recelo, pero el pueblo americano de la postguerra, herido al modo en que lo relata Los mejores años de nuestra vida, requería de esta mentira positiva para sobrevivir a la recesión tras el conflicto y al titánico esfuerzo de levantar un país y restituirle la dignidad y el convencimiento de que podían mirar al futuro. Lo han hecho, evidentemente, gracias a la maquinaria del cine, que ametrallaba en cada momento el mensaje preciso que debía ser propagado a beneficio del bienestar. La política mueve al productor que negocia con el director los proyectos que más nítidamente convienen al new american way of life. Ese modo de vida no se quedaba en tierra patria. Llegaba a todos lados.
IV
El héroe arquetípico es John Wayne: inflexible, sentimental, paradigma de todo aquello que puede ser considerado justo y noble, ajustado a un más que severo código de comportamiento en el que importa tanto la épica como la fundación de una esperanza y donde se privilegia los motivos de un pueblo y no los deseos de sus individuos. Eso es el western, género que en los setenta redujo su presencia en cartelera y alojó su vocación más en lo estético que en lo ideológico. Muere el héroe, nace el pistolero. Desaparece el conflicto emocional y la conquista de un espacio al modo en que John Ford narraba esas vicisitudes y nace la brutalidad lírica y el instinto puro al modo en que lo entendia el maestro Peckinpah.
La industria somete su antigua convicción didáctica al signo de los tiempos: cine en casa, el imperio del consumo doméstico. El tradicional pase en salas no es ya la única fuente de ganancias. La ética deviene entretenimiento. La inteligencia rebaja su caché y se instala en los dominios del oficio, de la profesionalidad, siempre aséptica y fácilmente ajustable a los dictados de la moda. Trivialidad e infografía.
V
El sexo explícito y la elusión de la elipsis marcan el tránsito al cine orquestado por las majors como vehículo comercial de transmisión de valores a la realidad dominante hoy en día: el cine concebido como crasa mercancía. Si el productor se escora de la corriente mayoritaria le adjuntamos la etiqueta de indie o de cine alternativo, pero incluso ése está gestado desde dentro de las grandes compañías, que abren protocolos falsos, nombres impostados para crear la ilusión de que una realidad ajena a la realidad puede suplantarla.
Coda
El modelo sensible es el que ha sido más dañado. Atticus Finch ha sido sometido al genio de las armas representado por Jack Bauer.

4 comentarios:

ethan dijo...

Pues este estupendo -y breve- resumen de la historia del cine se puede resumir aún más:

Hemos vuelto a los orígenes.

Cuando aquellos pioneros presentaban el ingenio en casetas de feria, la gente pagaba encantada por ver locomotoras echando humo que se les venía encima; o por sentir la angustia cuando un pistolero les apuntaba directamente a los ojos.
La situación hoy en día no es muy distinta -salvo excepciones-; hoy pagamos por ver los mejores efectos especiales sin más contenido que nuestras propias sensaciones.¿Hemos vuelto a los orígenes?
saludos

emilio dijo...

Qué razón tienes, Ethan; cuánta, de verdad. Muy razonable. Las líneas que le faltan a mi texto. Un saludo.
(Voy de cabeza a tu blog)

Anónimo dijo...

No sé si la historia del cine (he leido el comentario anterior) pero sí una semblanza de su últimos derroteros. Además excelente. Enhorabuena por el blog, Emilio Calvo de Mora.
Escriba el regreso a los origenes, lo que le faltaba al post según escribies
Rafa

emilio dijo...

Rafa, gracias de nuevo por tus elogios. Exagerados. No es cosa de escribir a entrada pasada. Así va a quedar. Pero es buena, sí, mucho.