4.2.08

Urna show II

I
La vida entera está llena de contradicciones. Yo soy incapaz de entender la pintura abstracta o el dodecafonismo, aunque no les quite un ápice de importancia en la forja del patrimonio de la cultura . Mentiría si digo que me gusta la ópera, aunque hay arias que me conmueven. De esta forma precaria he ido accediendo al Arte considerado como una revelación y mi espíritu se ha ido alojando en ese mullido terreno de lo sensible. Ahora me es imposible no estar al día en cine o en música y en rara ocasión estoy al margen de lo que pasa en el mundo. Me tengo como una especie de mendigo cultural y no estoy seguro de que mi pobreza sea conjurada algún día. Ojalá me escolte a la tumba. Lo que me subleva es que me tomen por idiota. Que el conferenciante, ufano en su tarima, circunspecto, solemne frente al atril, insulte la paciencia de este mendigo de belleza y le suelte un cuento de infantes en donde el lobo es malo y la niña huye a casa de la abuela. El lobo, ya lo dijo Propp, no es malo del todo. La niña, añadió mi amigo K., es una perversa de mucho cuidado que busca hacerle la puñeta al lobo y quedar estupendamente. Estos días de atropellos culturales y de informaciones interesadas (estamos en precampaña, éste es el verdadero fondo de la tropelía) dura lo que dura un discurso de un político en una plaza de pueblo. Lo que tarda un conferenciante bien pagado de sí mismo de repetir el discurso con el que ha triunfado en otros ateneos del disparate, pero el que lo contrata cubre expediente y rellena el hueco. Alguien apreciará el esfuerzo. De lo que se trata, bien en el fondo, es de dar a la gente lo que quiere, como decía el título de un disco de The Kinks.
II

El pueblo quiere pan y circo, fútbol y toros, paseos a la orilla de la felicidad y sueños dulces para recibir con júbilo el nuevo día, y eso no es una tarea difícil de realizar. La empresa requiere un vasto dominio del cliente al que hay convencer de la bondad del producto. Lo de menos es que luego, tras la compra, haya provecho en su uso. La política es un cluedo donde no hay muertos. Se van dejando pistas, se van dando claves, se cuenta qué puede pasar y se presenta la historia posible y lo limpio y decente que ha sido hacerlo como estaba pensado. Lo de menos es que luego, tras el voto, haya provecho de su uso. Eso de los muertos es la nota irónica del post: la política consiente cadáveres simbólicos, muertos accidentales que afean el programa, pero que se consideran inevitables habida cuenta de las dificultades del propósito. Si es complicado convencer a un individuo de lo que no entiende, me imagino cómo será ilusionar a un pueblo. Por eso las campañas como la que se nos echa encima son materia tan golosa para los tertulianos de las ondas y para los exégetas de lo público que tienen pluma y columna en la prensa escrita. A este dueto le podemos añadir el reseñista libre que tiene su blog y que desbarra a gusto mientras afuera el mundo esconde una gárgola detrás de cada rayo de sol. Se suele pensar que detrás de cada político hay un ser humano que, a la manera del personaje de Shakespare, siente como nosotros, goza como nosotros y sufre los mismos padecimientos que sufrimos nosotros, pero es más tarde cuando esas contradicciones de la vida te ofrecen un punto de vista inesperado. Las campañas electorales son el terreno habilitado para las cabriolas mentales, el espacio cómplice de la pirueta mortal y del agujero en el calcetín. Unos tiran de euros para engolosinar al gentío y otros acuden a la ineficacia ajena para vender la ineficacia propia. Como no he sentido la llamada de lo público y no me tengo por hombre capacitado para ejercer estos menesteres con responsabilidad y dominio suficiente debo ser cauto y admirar que otros sacrifiquen su vida privada y se exhiban al atentísimo ciudadano que, a la manera de algún otro personaje shakespearino, considera que nada humano le es ajeno. Tampoco yo me siento huérfano de protección. Más vale que el Estado estabule como lo hace el gobierno de esta plaza belicosa que es la ciudadanía. Siendo cada uno de su padre y de su madre y habiendo siendo educado conforme a modelos diferentes, me imagino que abrir la ventana de las reclamaciones y hacer propaganda legislativa no es asunto baladí ni merecedor de mofa por quienes aquì (afuera) ejercemos la libre sindicación de nuestra pluma, pero no sé por qué me siento como cuando veo un cuadro de Rothko o escucho una pieza de Webern: que me siento desvalido, privado de los instrumentos que decodifiquen esa información privilegiada que a otros, más abastecidos, les resulta hermosa y les procura el placer que a mí me es negado. Y la cosa acaba de empezar. Tercera entrega en breve...

1 comentario:

Juanlu dijo...

Nada humano es ajeno, efectivamente, pero viendo muchas de las cosas que hay es mejor que algunas sean ajenas. Rothko es una apoteosis del absurdo. Yo no tengo ni puta idea de Webern. Perdon por la palabrota.