19.1.08

Los crímenes de Oxford: Álgebra, spaghettis y desencanto




«De lo que no se puede hablar hay que callar»
(Ludwig Wittgenstein, Tractatus Philosophicus)
-
En parte, únicamente en parte, Los crímenes de Oxford remite a un cine clásico, de inspiración hitchckoniana, alicatado con esa limpieza técnica que huelga en otros. El desafecto hacia el resultado final y lo que hace a este cronista de sus vicios condenarla al olvido es su poco cinematográfico espíritu, habida cuenta de que la novela de Guillermo Martínez, premio Planeta en Argentina, es un espeso y alambicado thriller donde la filosofía de Wittgenstein, la naturaleza problemática del lenguaje y el asesinato considerado como una juego entre Pitágoras y Moriarty se arman como bazas fundamentales en la construcción de la trama. Como uno no sabe exactamente qué pensar acerca de estas maceraciones y disquisiciones de la mente filosófica pura, la película de Álex de la Iglesia flojea por ese flanco verbal. Aturde esa continua querencia por lo cabalístico, por la críptico.
Sobrelleva uno el torrente de sofismas, la incuestionable raíz intelectual del proyecto - tanto el literario como el visual - pero cuesta asimilar la nomenclatura, las frases rimbombantes, todos esos diálogos operísticos, perfectos algunos, insufribles otros, con los que los guionistas (el propio De la Iglesia y su inseparable Jorge Guerricaechevarría) conducen el misterio, la parte meramente detectivesca al terreno del thriller académico, investido de la pompa y de los patrones de la novela a lo Agatha Christie o similar.
La loable empresa del director vasco naufraga por la árida textura de lo contado, por la rocambolesca sucesión de casualidades y el quebradizo suelo de las matemáticas, que no son (a mi corto entender) reclamo narrativo lo suficientemente atractivo como para levantar una película. Abruma ese tsunami brutal de conceptos que al espectador lego le suenan a reválida del COU, una especie de máster intensivo de filosofía a cinco euros y medio.
Se puede obviar el detallismo, ese empeño en rellenarlo todo de cultura matemática, digamos, pero algo se pierde entonces, algo hermoso, no lo pongo en duda. Leí la novela Crímenes imperceptibles, aquí Los crímenes de Oxford, cuando salió en España. Disfruté al modo en que se disfrutan los acertijos, los enredos, el juego del cluedo. También disfruté de la cacharrería terminológica, de ese enrevasado mundo de ecuaciones y de incógnitas despejables únicamente al término de la jornada, pero un buen escritor, a su modo, es un cineasta semántico, una especie de demiurgo del verbo que coloca escenas en la pantalla mental de quien lee. Algo así.
El whodunnit americano es un género en sí mismo y concita legiones de adeptos, público cómplice al reto de investirse el gorro de un Sherkock Holmes aquí nihilista y deprimente (absenta y manías fuera) y navegar el proceloso oleaje de las pistas, los cadáveres y toda la parafernalia clásica. De la Iglesia es respetuoso al extremo de cumplir con oficio y talento ciertos mandamientos inexcusables, pero desoye al maestro Hitchcock, al que dice haber tenido en mente en el rodaje, y coloca demasiados elementos inverosímiles o innecesarios para el fluido transcurso de la forzada trama. Aquí advertimos el olfato comercial del director, que cuela dos o tres escenas de alto voltaje erótico (una Leonor Watling carnal y explícita, que sufre la embestida de una cámara golosísima que va rotando hasta enfocarle con delectación de voyeur un culo tan mórbido como descartable para el tono "serio" de la película). Además Elijah Wood está voluntarioso y se le advierte un extra de entusiasmo, pero no exprime el potencial dramático de su personaje ni transmite credibilidad. Tampoco De la Iglesia se afana en sacar a flote su vena socarrona, ese humor grueso al que nos bienacostumbró, y en su lugar exhibe maneras academicistas, líneas de una caligrafía ortodoxa, ajena por completo a lo que verdaderamente motiva a su ego creador. Igual es ése el motivo por el cual el film no cuaja. Parece más un encargo (cosa que dudo al leer el estupendo blog del rodaje y lo que ahí se cuenta) que un capricho de director ya plenamente consciente de su maestría en el oficio. Y falta humor, sobre todo eso, el humor de antaño, en alguna de sus múltiples variantes. Se echa en falta armonía entre las piezas expuestas, se hubiese deseado una más libre conducción del misterio, que va siempre encorsetado por el instrumento falible del lenguaje. De eso, al fin y al cabo, hablaba Wittgenstein y en eso acaba el pobre De la Iglesia cayendo. Dicen las buenas lenguas que le espera Fu-Manchú. Veremos.
A salvo de esta leva quema, algunas escenas de incontestable talento: el museo de piezas falsificadas, el plano-secuencia antes citado y algunas memorables frases a caballo entre el enigma y la poesía que se impregnan como polvo de oro en la memoria y nos afanamos porque no acabemos olvidando su brevísimo texto.
Quizá únicamente recordemos estos crímenes de Oxford por una escena en la que la cámara barre literalmente el espacio escénico y en un dinánimo plano-secuencia congrega a todos los protagonistas de la historia y por la presencia de Leonor Watling y ese delantal flamígero que pone todo en su sitio. O lo trastoca ya irremediablemente. Es una pena que a la actriz no se le haya exigido más o que su papel no posea más chicha semántica. La otra no tiene discusión alguna ni esta reseña pretende encender la líbido del personal. Elijah Wood en los brazos de la voluptuosa Watling es un muchachillo con suerte y uno teme, a fuerza de abrir mucho los ojos, que la mujer lo engulla o lo convierta en un pobre saquito de huesos. En fin, no quería terminar yo ahí, pero me ha obligado el lenguaje.

4 comentarios:

Alex dijo...

Este tipo de producciones, costosas, requieren de una estrella que encabece su reparto, Emilio. Lo de de Wood se justifica así. No le pidas que sea buen actor a quien, como mucho, suele realizar intepretaciones aceptables.

Era la opción el viernes. La de Haggis tenía ventaja y fue la elegida. Me atrae el cine Álex de la Iglesia a pesar de su tendencia al efectismo más chabacano. Y eso que "Perdita Durango" es una de las peores películas que he visto en pantalla grande. Por cierto, los tipos de la inquisición (Días de Cine) la catalogan como obra maestra. Cuestión de pareceres.

Trataré de verla. Está en lisa de espera. Mientras, rellena los huecos vacíos, Emilio (dicho esto de un modo totalmente amistoso). Ese "Abruma ese tsunami brutal de conceptos que al espectador lego le suenan a reválida del COU: todo apestado de " ciertamente me descolocó.

nonasushi dijo...

Lo de fu manchu paso a la historia...vendió el gion.
Yo esperare al estreno en Londres.
Saludos

emlio dijo...

Procedo a colocarte,Álex... Es extraño, sí.

Lo de Fu-Manchu no lo sabía, una pena. A mí me gusta esa clase de proyecto. ¿Había también algo del Capitán Trueno ?
Ya me contarás.
Un saludo. También.

ethan dijo...

...(to)talmente de acuerdo.
Se salva ese (falso) plano secuencia y poco más. Una lástima porque ahora queda mucho más tiempo para ver una cinta de las que sabe hacer Alex.
Gran blog.