13.1.08

En la muerte de un poeta


Pide Joaquín Sabina que los lectores de poesía que no tienen en casa la obra de Ángel González acudan mañana lunes a las librerías y arrasen con ellas. Lo pide con el corazón y con el alma, habida cuenta de la amistad que había entre los dos. Sabina marra en lo elemental: el lector de poesía, el verdadero, no precisa que el autor fallezca para comprar sus libros. Tal vez otro tipo de lector. Y entonces da igual que González escriba poesía o recetas de cocina. Importa ese morbo lírico o imbécil de aprehender la esencia del muerto, del que ya no está. Puestos a indagar en la cosa estadística o pública, habrá quien hasta ayer, que lamentablemente murió, no sabía que Ángel González estaba vivo. Y quien no sepa relacionar ese nombre (Ángel González, como si dijéramos José Pérez o Alberto Martínez, ya ven) con la literatura. La buena voluntad del cantautor Sabina informa del deseo de hacer que los lectores esporádicos de literatura, aunque sea la vendible, la que es patrocinada por alguna marca de lácteos o por una cadena de televisión entre telenovela y reality, accedan a la poesía, que es una madre grande bajo cuyo regazo (esto no lo niega ningún literato que cultive otros géneros como novela, prosa o teatro) crecen las demás, como hijas resultonas. Yo mismo no he escrito ni una sola palabra de Ángel González en este blog y confieso que tengo algunos libros suyos y que lo conozco desde hace tiempo (época universitaria, tan de grato recuerdo) y lo leo. Ha tenido que morir el hombre para que nazca este espíritu quejumbroso de Sabina hacia el desprecio por la poesía y por sus poetas. De Sabina y de tantos. En todo caso, quedan sus libros, si es que mañana no han desaparecido por completo de las librerías de España.

1 comentario:

Alex dijo...

Decía Montero Glez que escribiendo Sabina es tan malo que termina por ser bueno. Su voluntad es buena, pese a lo desafortunado del gesto.

Yo tengo un libro de González, solo uno. Es poco, lo sé, pero mi gasto se divide en demasiadas cosas imprescindibles y presupuesto las cubre con dificultad. Por ello he tenido que leerle abusando de bibliotecas (cuando las tenía a mano) y de Internet. Me es cercano, y hablo en presente porque las letras no mueren. Su poesía me es cercana aunque haya otras que lo sean más.

Se le echará de menos, eso siempre, pero menos porque dejó huella. Como digo, sus libros estarán ahí. O no, si Sabina se sale con la suya.

Cuídeseme.