9.1.08

Halloween, el origen: Un cuchillo, una máscara y media huerta de Murcia







Estoy muy al margen de las proezas en sadismo y chabacana casquería con las que los psicópatas a lo Leatherface o este Michael Myers han abastecido el terror de los ochenta (Carpenter, Hooper, Craven ) y al nuevo terror de alardes modernos, pero alimentado por estos niñatos antiguos (Zombie, Aja).
Me considero un espectador sensato, en lo que puedo, poco escorado al entusiasmo excesivo salvo que las circunstancias recomienden una buena dosis de euforia y de desatino sano, cómodamente instalado en la certidumbre de que el cine es un entretenimiento formidable, un arte sublime y un sumidero cómplice de todos los que no lo consideran ni entretenimiento ni, por supuesto, arte al formularlo. Más bien me dejo llevar por emociones muy primarias, que luego inevitablemente transformo fuera del cine y que más tarde (ahora) muto en impresiones, en notas que tal vez sólo ponen en diálogo al espectador (yo) con el cronista, con el obstinado escriba. Sobra decir que yo también. Así que una película como ésta, alborozo de la hornada de viciosos de la ortodoxia del body count, del gore light o de la aberración en forma de asesinos múltiples, no me ha dejado temblando, ni he estado acomplejado por la aureola de película mítica (La noche de Halloween, John Carpenter, 1.978).
Este precuela sin complejos, ametrallada por el pulso vigoroso de Rob Zombie, no escatima violencia ni se engancha a lo que hubiese sido fácil, esto es, componer un ejercicio de cine para adolescentes con acné y algún descerebrado fácilmente impresionable y de retina golosa de hachazos, sierras mecánicas y todo la parafernalia de máscaras tan queridas por la tropa de brutos que nos ocupa. Más bien esboza un honesto asalto a una previsible historia de infancia desastrada, extraordinariamente salpimentada de todos los tópicos freudianos que el amable lector ya ha visto en docenas de films cortados por la misma tijera comercial. Éste parte de un maestro absoluto de sus vicios: Zombie adora el slasher, lo mima, le concede privilegios de género noble, y no entro en considerar si lo es o no porque no hay formatos despreciables (entiendo) ni géneros menores y todo se deja mecer por el ingenio, el magisterio o simplemente el valor creativo de quien lo factura.
Zombie, cuya música no es santo de ninguna de mis abundantes devociones, es (por el contrario) un director con punch, diríamos, uno de los que ha sabido entender sin excesivo tiempo en la industria de qué convulso modo funciona y cómo es posible matrimoniar cine de entretenimiento, vendible, consumible sin más miramientos ni subterfugios culturales y, por añadidura, un envoltorio técnico, narrativo y hasta actoral más que decente. Nada aquí alarma por su mediocridad, nada es (empero) malo de solemnidad e incluso hay momentos de cine estimable, bien planificado y contado con solvencia. Es por esto por lo que Halloween, el origen deja un agridulce recuerdo. Mucho, en definitiva, pensando lo poco que esparaba.
El film pone el piloto automático cuando el tarado de los cuchillos y las máscaras deja su penitenciaria y se va arrastrando (son tal vez muchos minutos) hasta su ingobernable final donde Myers no muere por mucho que se obceque el guionista y una regimiento de infantería o de rambos corrientes. Ese final, atropellado hasta la naúsea, es el que incomoda, el que rebaja la grata (más o menos) atracción de su pasable arranque y su entretenido intermedio. Me sirve de triste consuelo la visión friki de Brad Douriz y Malcolm McDowell, formidables actores encasillados en serie B, cuando no C o Z o la que el amable lector decida y habituales del siempre apreciable fondo de catálogo de nuestros videoclubs, compinchados por azar para capturar a Myers. Y ahí es donde es imposible no pensar qué buena pareja de perversos serían, qué desperdicio de talento para el mal otorgándoles estos papeles bondadosos, de hombres que defienden una causa y mueren o ven morir a los suyos por ella, pero esa ha sido mi aberración cinéfila privada (abierta aquí) y no precisa, en modo alguno, refrendo fílmico.
En lo demás, habrá que esperar a que Zombie madure más y tal vez en ese aprendizaje capture otras esencias más personales y deje de retorcer el tópico, los clásicos (para quien así los nomenclature) y las películas míticas. Conste, no obstante, mi apasionamiento (moderado) por John Carpenter. En breve, cae una revisión de la cinta del 78. Hace ya mucho (demasiado) que no la veo.




1 comentario:

nonasushi dijo...

Pues si, la verdad es que es una peli que tiene grandes momentos. Pero son Flashes. Lo curioso que lo mejor de la peli, que es la primera hora es la mas inecesaria. Yo no quiero saber el pasado de Myers, asi que es una arma de doble filo. Pero aun asi no esta mal.
Saludos