11.1.08

De peleles y curvas




La femme fatale, la vampiresa, la chica con glamour que enloquece al gángster, la mala pécora criada para embrutecer la cordura ajena: el repertorio puede ampliarse hasta retorcer el diccionario y extraer toda la morralla semántica, la abundante oferta de adjetivos, el colocón superlativo de nombres que rivalizan en lo sórdido, en lo despreciativo, pero a mí me gusta eso de mujer fatal. El fatalismo, como cosa de tragedia griega, da más juego, libera más adrenalina.
La felicidad, el bienestar, la burguesa sensación de que todo está bien hecho y todo está ahí para darnos placer y procurarnos arrobo fascina menos: la felicidad absoluta, incluso una precaria, no se deja enfangar, no permite callejones oscuros, pesquisas a medianoche, cadáveres con mucho plomo en el bazo y jazz con sordina para coronar la tensión dramática.
La mujer fatal no es patrimonio exclusivo del noir, ni siquiera del cine, que adquiere su narrativa de la literatura, de la música, de cualquier manifestación artística desde las totémicas féminas que ilustraban las cavernas. El bendito blues ahoga sus penas en whisky, levanta altares a Dios, aunque el alma se haya quedado en un cruce de caminos, y predice que será una mujer la que destroce la vida de un hombre. Lo hace lastimosa y visceralmente. El cine negro también precisa de esa lírica esplendente, sucia en su concepto, pero de una hermosura tangible, agazapada en la herrumbre, contagiada de ese blanco y negro espiritual y áspero, coreografía cromática de cientos de historias inevitablemente humanas.
Ya lo cantaba James Brown: éste es un mundo de hombres. Pero lo gobiernan las féminas. El cine negro abunda en hembras poco remendables con cara de ángel y alma empozoñada, supervivientes de un mundo masculino que las engalana, las usa y las arrumba al olvido. Objetos portátiles de placer furtivo, mujeres adelantadas a su tiempo, mujeres liberadas del yugo macho. Glamour, escotes generosos, faldas ceñidas, humo de Chesterfield: ésta es la iconografía perfecta. El amable lector puede pensar en Ava Gardner, Barbara Stanwyck, Lauren Bacall, Veronica Lake, Gloria Grahame, Joan Bennett, Jean Simmons, Rita Hayworth, Mary Astor o Lana Turner en la época clásica del género (años 40 a finales de los cincuenta), pero más recientemente no podemos ignorar a Jessica Lange, Sharon Stone, Kathleen Turner, Kim Basinger o Scarlett Johannson, que preside el post y algún que otro rincón de este modesto rinconcito de mis vicios. Alguna, de forma no consciente, no ha sido nombrada, seguro. Femmes fatales que no precisan armas de ningún calibre para anular la voluntad ajena. Es el cuerpo el acicate, el señuelo, la pieza codiciada por la que los hombres arriesgan su vida, su fortuna y su moral. Suelen perder. Lo pierden todo y, en la mayoría de los casos, ni siquiera consiguen triunfar, llevarse la pieza al terreno propio.
La mujer fatal desgracia la prudencia de los hombres talluditos, que arriesgan una vida conyugal sana por los encantos de sus preciadísimas ninfas. Todos estos hombres se saben perdidos, consienten la ruina, pero hocican su porvenir y hasta su vida por conseguirlas.
Casi olvido decir que las mujeres del cine negro no tienen escrúpulos, son malas, harpías de baja extracción social que, una vez han olisqueado los divanes con cojìnes de seda y el burbujeo ocioso del champán, harán lo que haga falta hacer para no perder ese divismo, ese status de golfa ejecutiva que transforma un hombre íntegro, un hombre hecho y derecho, responsable, ciudadano ejemplar y marido perfecto, padre amantísmo y todo lo que deseemos aportar a la cazuela de bondades en un pelele, que es una palabra estupenda, utilìsima para el propósito de este escrito apasionado.
Claro que para mujeres fatales no necesitamos quedarnos en el olimpo del cine negro. Cito a Lolita, mi Lo-li-ta, la nínfula (Nabokov dixit) absoluta, la perdición de todo hombre lo suficientemente quebrantable y lo bastante gilipollas como para suponer que va a acabar dominando a la diablesa que ha ocupado (cegado, cementado) su cordura. Su fatalidad rivaliza con todas las demás. Su peligro también. Más: Bette Davis es mi favorita, es la mala por antonomasia, pero su perfil es más de psicodrama de mesa camilla, de pérfida máquina de destrozar vidas sin necesitar (madre natura tiene sus limitaciones) encantos, curvas, escotes, piernas o labios. Tampoco precisó de nada de esto la señora Danvers, aquella ama de llaves maléfica de Manderley, celosa de la memoria de su dueña y obstinada en impedir que ninguna advenediza (Joan Fontaine) ocupe el corazón de la casa. Pero Hitchcock era un maestro y dominaba a la perfección el arte de malgastar el encanto de las mujeres a base de mala leche y mohines torcidos.

2 comentarios:

Alex dijo...

Y Lizabeth Scott, Ella Raines o Linda Fiorentino. Siguen los mismos rituales, pero afortunadamente las femmes fatales tienen muchas pieles distintas.

Las mujeres malas tienen un encanto especial. Su corazón, un día generoso, está emponzoñado por la maldad, lo que las convierte en objeto de deseo de los hombre con el fin de redimirlas, de domarlas. Es, curiosamente, la versión en negativo del hombre corriente. Las mujeres persiguen el doblegarles a su voluntad. Las femme fatales son en realidad un visión masculina del universo femenino. Como nos gustaría que fueran. Pero no olvides aquellas novelas de Anita Loos: "Los Caballeros las Prefieren Rubias"... "Pero se casan con las morenas". En el fondo siempre se busca lo confortable. Lo peligroso estimula pero cansa.

emilio dijo...

Lo furtivo, lo clandestino, el pecado es flor de un día. Todo lo que está lo suficientemente visto, no asombra. Sin asombro, no hay encanto. Se busca la aventura porque es efímera. Si supiéramos que el polvo del siglo dura una vida entera nos volveríamos eunucos vocacionales.