4.9.08

Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto: De martillos, pobreza y redención


Hay vidas modélicas, untadas de éxito, infatigablemente bendecidas por el concurso más generoso de los astros, pero al cine como espectáculo narrativo le fascina la tragedia, el caos, cierta imprudencia (casi temeraria) en abordar el riesgo, sobarlo con delectación y hasta encamarse sin pudor con su más vírica y canalla carne. Quien nace martillo le caen clavos del cielo, contaba Pedro Navaja. Algo de esto tiene Gloria Duque, la maldecida por la suerte protagonista de la ópera prima de Agustín Díaz Yanes. A Gloria le caen todos esos clavos, le caen a destajo como una letanía y los clavos la van amortajando en vida. El cine español de posguerra, cuando no metía la inspiración en el ciego folclor de la copla para negar la crudísima realida, abundaba en personajes condenados al desprecio, plebe gris que fundamentaba su escaso júbilo en placeres de muy sencillo alcance y que ahora, ahogados como estamos en esta sociedad del consumo obsesivo y de la oferta homicida, nos parecen (invariablemente) humildes y vacíos. De hecho el personaje formidablemente escrito por Díaz Yanes, que no es rico en parlamentos, me hizo pensar en el cine en blanco y negro de esa época, pero aquí la historia tiene hechuras modernas y pronto se abandona uno al simbolismo (noir, por supuesto) de su propuesta: el personaje de Yanes, Gloria Duque, habla en los actos, y ve caer la lluvia perturbada hecha vendetta en que en ocasiones se convierte la vida sin que en ningún momento tengamos certidumbres sobre la naturaleza del castigo. Pero Nadie hablará con nosotras cuando hayamos muerto nunca renuncia al sobrio espectáculo de puro cine negro al que se acoje desde su primera (y demoledora) escena de apertura, aunque se deje querer por un costumbrismo de increíble factura técnica y que está encauzado por la película subterránea que transita todo el metraje: la que protagoniza una Pilar Bardem (igual que la inconmensurable Victoria Abril) investida por la gracia del espíritu dramático. De hecho la cinta es, al tiempo, un díptico: uno que exhibe solapas frágiles, pero visibles. Se trataría, en el fondo, de contar las cartas de esa tragedia mascada desde el inicio (ese diestro corneado, la voz temblona de la mujer al contarnos el desastre, los bajos fondos en Méjico y la truculencia de la escena sobre la que gira toda la película, al más puro estilo Tarantino) y la lenta confirmación de que la esperanza en el porvenir, como decía la letra del tango, es legítima. Esa esperanza la llama fe el cristiano, pero la heroína de la historia aquí vertida no mira hacia ningún Dios y difícilmente su atropellada mente podría centrarse para entrar en juegos teológicos. Su naufragio es de una naturaleza enteramente material y ya se basta ella para deshacer lo que el azar le tatuó en el futuro. Sí es, no obstante, la fe y la maquinaria simbólica a la que ésta se afilia para deslumbrar a sus adeptos la que organiza la redención del sicario que persigue a Gloria/Victoria, un también estupendo actor como es Federico Lippi, al que le caen también sus clavos. Todos somos martillos y hay por encima de nuestra timorata presencia humana los clavos que venían el pack.

2 comentarios:

Isabel Huete dijo...

Una de las mejores películas españolas que he visto. Comparto totalmente tu crítica.
Un besote.

el rayo verde dijo...

naufragio y fe, contempladas y dicho como dices. profunda crítica de la peli.
saludos cordiales