11.9.08

Che II

Lo dice Jon Lee Anderson, uno de los biógrafos del Che: tal vez hace treinta la revolución era una referencia moral, una especie de imperativo intelectual que oscilaba entre el romanticismo y la astracanada, aunque la legión de adeptos, perdida en la zozobra de la recién proyectada sociedad del consumo, asqueada del mercantilismo, sensible a la incapacidad del materialismo para forjar una clase social sensible y consciente de la nobleza y de la dignidad de los pueblos, abrazaba sin aspavientos cualquier evidencia de liderazgo en un terreno baldío que podía empantanarse de charlatanes de feria y de politiquillos de taberna. Hoy en día no hay espacio sentimental para la revolución: la contracultura no existe porque no hay cultura a la que enfrentarse. El universo es mediático, digital, globalizado y aséptico. Únicamente se le pueden aplicar argumentos empresariales y es la medida del comercio la que gobierna el estado de las cosas. Por eso el Che, en estos tiempos, es un símbolo desafectado de contenido, vaciado por la supremacía de las multinacionales, que colonizan los deseos del ciudadano y abren franquicias mentales en sus esperanzas de una vida mejor. Como la juventud actual está despolitizada, nada de lo que dijo o de lo que hiciera el Che contiene signo alguno de relevancia.
La película de Steven Soderbergh tampoco beneficia al esclarecimiento de la vigencia del mito; más al contrario, envilece la posible legitiminad de una revisión en profundidad de cuanto significó este médico argentino que diseñó una refundación moral de América desde la base misma del pueblo. La izquierda que tutelaba su discurso está ya sepultada por el mejunje ideológico que salpica los parlamentos del mundo civilizado. Salvo la Cuba que amó, ningún país ha seguido la consigna: todos, en su defecto, han adoptado el hijo icónico, el póster que Giangiacomo Feltrinelli, un avispado cronista levógiro usó para vender más periódicos. La incombustible fotografía, el mágico dispositivo visual que ha sobrevivido incluso a la obra política al punto de contaminarla de capitalismo puro y duro la hizo Alberto Korda. Mi amigo K. sostiene que el Che fue un producto de su época. Todos los políticos y los líderes de masas lo son, a su modo. Ninguno se escapa al vacío que tanto conviene a la propaganda comercial. El Che, cómplice de la idea de la violencia como único bisturí para extirpar la injusticia, ha sido injustamente sublimado. Debe ser cosa de la fotogenia, del halo de misticismo que la fotografía de Korda recoge con eficacia, pero es una imagen, una tal vez a salvo del olvido, que surte de una falsa cultura a quienes no hocican en la Historia y buscan en los textos la verdadera razón de la contienda.
El experto en guerrillas, el hombre que pregonaba que el analfabetismo era la puerta de todas las pandemias de un pueblo, el panfletista que ocupaba la calle y llenaba las aceras de hipnotizados soldados, de labriegos expoliados, de mujeres sin esperanza, fue también un terco mercenario de un ideal que, a día de hoy, nos sigue pareciendo el preámbulo fatídico de una manera intolerable de entender la acción política. Fascinado por la violencia, por su uso y por su abandono cuando la violencia daba los frutos que se le exigía, el Che reconcilió la administración de lo públicos con los administrados y se embarcó en el periplo apostólico (y bien lejos estaba la fe en su doctrinario) que no recoge la foto que encabeza el post. No hay nada en esa fotografía que explique el mito. El capitalismo, que es un amante obsceno, se apropia de los objetos sentimentales que le salen al paso: los vacía de pasado, los convierte en objetos vendibles. Me sigue fascinando la idea de que el Che haya contribuído a la rapiña de los mercaderes. Eso es lo que la revolución jamás previno: que sus instrumentos de guerra, su discurso flamígero y su reforma del Estado haya quedado reducida a una taza de te en cuya cerámica china reposa la foto de Korda como un estandarte de lo que no se entiende.

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