28.5.08

Todos estamos invitados: Metástasis moral


Manuel Gutiérrez Aragón aborda la cuestión vasca, muy escorada y eufemísticamente dicho, en Todos estamos invitados con la renuncia expresa a formular un panfleto sentimental o un libro de actas sobre la violencia o sobre las consecuencias de esa violencia en la vida de un pueblo. El vasco las sufre desde hace algunas décadas y esta película, aún hurgando en donde debe, tan sólo esboza alguna de las cuestiones más palpitantes, quedando su declarada honestidad a ras de tierra, sin perforar las muchas capas de esta cebolla infame (valga la metáfora) que es el terrorismo etarra. De hecho Gutiérrez Aragón renuncia también a más cosas: evita caer en ese exceso de romanticismo metafórico al que ha abocado siempre su buen cine. Su propuesta estilística roza el documentalismo de ficción al construir un armazón sólido, fiable, cercano a la realidad que todos podemos entender o incluso conocer de cerca, pero aquí lo que prima es la verificación del dolor más que la narración en sí.
Todos estamos invitados posee dos estructuras literarias afínes, pero que se alejan al final por más que el director cántabro desee hermanarlas. Una es la historia del profesor universitario amenazado por la banda. Otra, más escorada a lo lírico, a lo susceptible de abordarlo bajo algún prisma poético, es la del etarra que sufre una amnesia disociativa y regresa a la realidad sin saber casi nunca dónde está realmente la bondad y la maldad, el perdón, la culpa y la conciencia del daño hecho. Estos dos largometrajes discurren en paralelo, se tocan en capítulos puntuales y se enfrentan al final. Mientras tanto Gutiérrez Aragón y Ángeles Gónzalez-Sinde, los autores del emotivo guión, sostienen la teoría de que la fractura social en el País Vasco no puede erradicarse enteramente porque el mal, su pandemia, su cáncer invisible, está excesivamente anidado al modo de vivir vasco y de nada valen valientes ni cobardes cuando ejércitos ciegos de jóvenes azuzados y de viejos enquistados en el odio patrullan las calles al acecho de cualquier sabotaje que justifique las palabras. (No son afínes, insisto, a su final, porque chirría un poco el esfuerzo por hermanar lo que perfectamente podría haber sido separado de forma absoluta.)
Todos estamos invitados esboza un punto de vista de hondo calado moral, vaciado de épica, contenido en unas interpretaciones sobrias y arrojado al espectador casi como una piedra. Anómala en algunos tramos, la película de Gutiérrez Aragón se antoja necesaria, fácilmente conducible al territorio del activismo político. En este sentido es loable (y tal vez justa) la decisión de evitar cualquier tipo de referencia política. Aquí no hay carteras, ministerios, taquígrafos ni incendiarios titulares de prensa. Esa postura acomoda lo contado a lo conocido y no cae en victimismos, aunque los protagonistas absolutos son las víctimas, ni en el facilón recurso de intentar explicar lo inexplicable: las razones de la bestia, el ideario bárbaro del que empuña un arma para hacerse notar. La figura del desmemoriado Jon Josu (Óscar Jaenada, en un papel enorme) facilita que Gutiérrez Aragón despliegue con más desparpajo lo que sabe y tal vez lo que el cinéfilo cómplice espera: bosques hermosísimos lejanamente timbrados de edificios urbanos, largas carreteras alfombradas de coches que no parecen ir a ninguna parte ni regresar de ningún sitio.
Resuelta precipitadamente, en mi opinión, reducida en algunos tramos (la escena onírica) a un simplismo más que elocuente, la cinta eleva vuelo en su capacidad de formular preguntas y en su innegable belleza plástica. Contiene escenas memorables (la reunión gastronómica, todo lo que se dice y todo lo que calla), que dan al espectador un entusiasmo falso, que luego decae hasta que acepta la derrota de la narrativa y comprende el soporte fundamental de la propuesta: su esmerado dibujo de personajes, su fiable y noble capacidad de democratizar el dolor ajeno. Que parece a veces que el problema eterra no nos incumbe del todo y vemos en los partes informativos la infamia y la locura terrorista como el que oye un lejano rumor de tambores y sabe que el sonido (por fuerte que sea) jamás toma cuerpo y nos da una patada en la puerta. Al etarra amnésico de la película le viene a pasar esto: que la realidad, al llegarle limpia, descontaminada, le abronca y le pone en el disparadero de ser un mártir del enemigo.

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