26.5.08

Cosas que perdimos en el fuego: Besado por Dios


A uno le incumben tres o cuatro empresas en el transcurso de una vida y todas acaban por arrimarse a la felicidad o a su búsqueda. A ella conducimos empeños, gestos, palabras y hasta olvidos. La fatalidad azuza fatalidades. La tristeza busca tristezas. Un dolor pequeño alumbra un dolor grande. La débil línea que separa la luz de la oscuridad, la plenitud y la miseria, puede ser un mero gesto, un chasquido del universo, un verso diminuto en la música del azar. Y la muerte atraviesa los huecos de esta tosca trama inevitable. Lo que perdimos en el fuego no es después ceniza, el resto humeante que vemos: de esa pérdida trata la película de la directora danesa Susanne Bier, que ha entrado en Hollywood de la mano del influyente todavía Sam Mendes.
Cosas que perdimos en el fuego es la historia de una ausencia y de cómo hay que buscar con qué rellenar el vacío, una especie de teorema de Arquímedes a la inversa, un puzzle infame al que nunca querríamos entregarnos.
Halle Berry, la oscarizada, es Audrey Burke, quien pierde a su marido en un evitable accidente callejero. El marido ausente (un recuperado David Duchovny) interrumpe involuntariamente una vida familiar plena, dichosa, únicamente afectada por la amistad que éste profesa con un amigo de la infancia al que han devastado por completo las drogas, Jerry Sunborne(Benicio del Toro, oscarizado también, cómo no). La forma en que Audrey debe sobrevivir a la tragedia impone que rehabilite a Jerry a la vida ordinaria. Historia de adicciones físicas y emocionales, la cinta, en su balbuciente grandeza, revela cuestiones que nos atañen indefectiblemente a todos, pero no invoca clichés ni se ata las manos con la imprudencia de escarbar caminos ya conocidos. Bier huye del melodrama adocenado y desliza una visión frágil de lo que es, en verdad, frágil, un punto de vista dramático que podría haber tirado por otros derroteros más efectistas (y eso que hay aquí materia prima suficiente como para poner el vello de punta a más de uno).
Morosa en ocasiones, cercana en su textura a un telefilm sobresaliente, bien orquestado, la cinta no es de fácil digestión: no es sensiblera, pero se escora al tenebrismo sentimental; no es lacrimógena, pero propicia un principio de llantina. Sus encuadres heterodoxos, su intimidad física (hay muchas tomas en macro puro de manos, ojos, perfiles que dan a la historia una cercanía considerable) y su difusa sensación de obra inconclusa (como si supiésemos que no va haber un final feliz y que tan sólo asistimos a una magna ópera documental)
Las recaídas de Jerry, su bizarra personalidad, sostiene gran parte del metraje, pero Halle Berry borda un papel inconmensurable, por el que batalló ante la productora para que retirasen del diseño de producción la idea de que la protagonista fuese blanca.
Poco previsible, escorada a una didáctica representación de la muerte, Cosas que perdimos en el fuego es una estupenda película, un tour de force interpretativo, un abigarrado muestrario de sentimientos y, sobre todo, una evidencia de que la aflicción, convenientemente presentada, sigu siendo un suculento plato cinematográfico. Y si al lector poco cómplice de estos empalagos le parece demasiado dramática esta retahíla de emociones humanas que vaya al videoclub y se saque la última de Steven Seagal, que igual todavía pega patadas zen sin desbaratarse el meticuloso peinado.

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