24.5.08

Sentencia de muerte: El club Bronson


1
El espíritu insomne de Charles Bronson sobrevuela todavía la cartelera del mundo. Su gesta se escribe con retales de vendetta y si tienes la mala suerte de ser un desgraciado que lo ha importunado puedes ir despidiéndote de tu hipoteca y de tus hijos porque va a por ti en forma de justiciero urbano y te dará lo tuyo, lo que tu imprudencia merece, en el subterráneo de un edificio gris de los arrabales.
2
Cabe también la posibilidad de que seas un padre de familia íntegro, un hombre alicatado por la bondad y finamente perlado por el espíritu navideño a lo Frank Capra, pero si el azar, que es un bichón cabrón, te pone obstáculos y una pandilla asquerosa de rufianes te destroza la mañana puedes ingresar sin rubor en el otro lado, en el club Bronson, y repartir caña por la ciudad hasta que la obra de Dios (seguro que hay un Dios que te va guiando a través de la sangre hasta el objetivo final, que suele ser un jefecillo intocable, otro desgraciado que ha firmado la sentencia de muerte) se ha cumplido. Entonces, oh hijo mío, podrás dormir tranquilo, aunque sea tras unos barrotes. No importa. La vida a veces pide venganzas de estas dimensiones, y si naciste para ser martillo del cielo no dudes que te caen los clavos, como cantaba (ay) la Orquesta Platería.
3
Kevin Bacon es Charles Bronson: hasta les unta de argumentos el mismo escritor, el que daba ideas al héroe de los setenta y el que ha puesto a James Wan, el que arrancó la luego nefasta Saw, una nueva pica en el Flandes apoteósico del cine mainstream, pero mainstream adulto, con raciones de miembros amputados y coreografías de coches que vuelan cinco pisos hasta empotrar su chasis en el asfalto. Por lo demás, Sentencia de muerte, esta absurda y nada bucólica sesión de adrenalina en vena, no conmueve lo más mínimo. Se acepta que el director tenga oficio para no hacer un ridículo espantoso, faltaría más, pero se ha limitado a rodar un videoclip larguísimo (como suele pasar) que va de la lágrima fácil al tiroteo hiperbólico, todo en un programa de actos rubricado por el signo de los tiempos, que está representado por un imponente JOhn Goodman en un papel corto y de contundencia larguísima en la memoria.
4
Este cine no fascina; ni siquiera entretiene al modo en que uno quisiera, sin trucos, sin la necesidad de maquillar la obra con esas ínfulas de aroma adulto que lo único que consiguen es arrastrar la intención al triste saco del tedio. Ahora me voy al cine a ver la sesión de Indiana Jones.


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