5.1.26

Velocidad y fatiga, ruido y tristeza

 Lo contrario al arte es el ruido. Al ruido se le concede lo que no alcanza a veces el silencio. El mundo funciona porque el ruido lo empuja. La maquinaria que lo produce no ha dejado de funcionar jamás. Ni siquiera el nacimiento de la realidad, cuando se construyó la luz y empezaron a bailar los cuerpos, debió omitir el ruido. Seguro que anduvo ahí, constatando el parto. Lo malo que tiene el ruido es que no se detiene nunca. No posee la voluntad de apaciguarse un poco, no entra en sus planes pensar en qué viene después o en qué ha habido antes. Es un perpetuum mobile obsceno. Los museos deberían venir sin ruido. Uno paga su entrada y se aloja en un silencio hermoso, como de antesala del sueño. El arte se expande con más eficacia si lo cerca el silencio. Por lo demás hay que aceptar que la batalla está perdida o que incluso no hay batalla alguna. Tenemos el ruido alojado en la cabeza como el aire en los pulmones. El silencio fascina porque no es lo común, ni sabemos bien a qué obedece su insistencia, que parece un poco hueca y un poco tímida, como si tuviese que pasar desapercibida. 

El amor es del silencio. Como la belleza. Todo lo que viene impregnado de ruido acaba por malograrse. Se deshace, se pierde, se anula. No habrá nadie en esta fotografía que comprenda lo que hace. No sabrán el motivo del pago en la taquilla del museo. Pagarán por contar después que hicieron esto o vieron aquello. Eso, en ocasiones, basta. No la verdad, sino su representación. Uno adquiere la legitimidad de decir que ha estado viendo la Gioconda. El dinero compra la veracidad de esa experiencia. Se nos ha educado para decir la verdad, aunque entendamos los beneficios de no hacerlo; se nos ha inculcado esa pequeña hipocresía burguesa: la de acceder a la belleza, la de entender que es en la belleza en donde está la salvación, pero sin ahondar, sin comprender qué hay detrás. Quizá ésa la razón por la que fotografiamos lo que vemos y no nos detenemos con paciencia (con orden) a observarlo. Hemos perdido la capacidad de observar o la capacidad de escuchar. El ruido lo ha ocupado todo. Cuando viene el silencio, nos aturdimos. 


Nos rodeamos de objetos para evitar el momento en que debamos entendernos con el silencio que nos rodea. Compramos ruido. Cuanto más tenemos, más protegidos nos sentimos, con más fiereza lidiamos contra las hordas del silencio. Vienen a veces sin que las sintamos, nos rodean y nos hacen caer en la cuenta de nosotros mismos. Puede pasar viendo un cuadro en un museo, contemplando un atardecer entre olivos, escuchando un solo de Charlie Parker o leyendo un poema de Baudelaire, pero son tiempos de ruido. Basta abrir los ojos para que el ruido ocupe la sangre. Estamos sacrificando el silencio. Pronto no se sabrá que es. Ni tampoco la lentitud, esa morosidad que hasta hace elegantes los movimientos. Todo es velocidad y fatiga, ruido y tristeza. 

4.1.26

El arte de dar la razón

 Fotografia de Marina Sogo

«La reputación es un prejuicio inútil y engañoso, que se adquiere a menudo sin mérito y se pierde sin razón. La reputación es el agobio de los tontos».
William Shakespeare

I

No se oye tanto como antes lo de la reputación, hay palabras que se arrumban, se dejan un poco aparte, porque no se desea entrar en lo que ofrecen, por hondas tal vez, por arduas. Hay palabras que tienen fragor y otras que no. Lo de la reputación trae a veces sin cuidado, se usa sin pensar en qué se dice. Cuando se dice de alguien que tiene una reputación, buena o mala, se está diciendo poco, no se esmera quien lo dice en explicar por qué esa propiedad, si ha sido conseguida trabajosamente, acarreada en los buenos y en los malos tiempos, cincelada con mimo o, por el contrario, es una cosa maleable, voluble, de poco o ningún asiento, del tipo de valoración moral que oscila y se inclina a un lado o a otro según el azar o las modas, vaya usted a saber. Si acaso, cuenta la mala reputación, de la que se puede hacer chanza o chascarrillo, la susceptible de airearse a beneficio de ociosos, la que anima corrillos de maledicentes. Hay muchos corrillos de esos. El hecho de que abunden es un indicio del tipo de sociedad que estamos construyendo.

Siempre hubo fascinación por conocer de cerca la intimidad ajena y, caso de que no sea la previsible y formal, dedicarse con encono a difundirla, sin mirar qué daño se hace o si es cierto lo difundido. Una mala reputación es carne de cañón. Haga lo que haga uno, lo consideran mal, cantaba Paco Ibáñez.  La buena no tiene predicamento: se pierde a poco que las circunstancias adversas la cercan o la zarandean un poco. Una vida entera de rectitud puede malograrse en un minuto suelto de desquicio. Un minuto es mucho a veces. Menos se precisa para que se arruine una buena reputación. Basta un error, en el que se esperaba que cayésemos y, mire usted por donde, al final caímos. No cuesta trabajo desquiciarse. Razones hay, a poco que se fije uno.

Por ahí anda la reputación, gloriosamente a salvo, expuesta para ser admirada por quien no la posee o, creyendo estar en posesivo suya, alaba la ajena, lo cual es una forma de prestigiar la suya. Anda expuesta, cubierta de gloria o de mierda, si se me permite la palabra gruesa, pero es una o es otra, no hay término medio. O se está bien mirado y se nos mira con respeto y, en casos, aprobación o admiración, o se nos pone a caldo, a parir, se tira por los suelos el posible nombre que uno tenga. Siempre me hizo gracia eso de que tengamos un nombre. Es muy de tiempos antiguos, pero en el fondo está mal que se haya perdido esa expresión. Hay quien se afana en labrarse un nombre (yo soy tal y tal y con eso ya debe ser suficiente, es mi aval, ahí en mi nombre están mis credenciales) y procede con dedicación y no pierde ocasión de pulirlo, ni de presumir de él. Usted no sabe quién soy yo, se oye a veces, cada vez menos, pero hace gracia, suena a folletín o a comedia en un teatrillo.

Sobre la consideración que se nos tiene no hay nada que podamos hacer. El poco o el mucho prestigio que tengamos fluctúa sin que concurra intervención nuestra, todo proviene del parecer ajeno, nunca de la opinión que uno tiene de sí mismo. La vanidad, por otro lado, traída sin remedio, es el prestigio que creemos tener, que a su vez es el que pensamos que se nos atribuye, meritoriamente o no. Es fácil caer en ella. He conocido algún vanidoso, quién no. Uno mismo, en ocasiones, lo es sin que se tenga conciencia. Son estos, siempre lo fueron, me temo, tiempos de vanidad sobrevenida. Hace falta poco para creer que algo hemos hecho bien y que se nos reconozca el trabajo. Estará en la naturaleza humana ese deseo de ser reconocido. En el fondo, la humildad no ha funcionado nunca como motor de la Historia. ¿A cuántos humildes conoce el lector? En cambio, ah infortunio, ah calamidad, sabemos de los vanidosos, conocemos muchos, hemos tomado café con ellos, hemos visto cómo se desenvuelven, hasta somos capaces de hacer pasar por vanidosos a quienes no hicieron nada que mereciera el atributo. Siendo reprochable, vemos en la vanidad un cierto encanto. Hay quien se cree popular y reconocido y posiblemente también amado porque tiene una legión de seguidores en Facebook o en Twitter. Ser popular en las redes sociales es como ser rico en el Monopoly. Uno entra en el juego de esa popularidad impostada, la acepta sin más, se cuida de que no le envare en demasía en el proceder diario, pero en el fondo, cuando caen los halagos, si es que alguno cae, no incomodan, no se apartan, se abrazan, se consideran una parte del trabajo, la de los premios, que siempre son bienvenidos, se diga lo que se diga.

El problema hoy en día es el halago mecánico, el rápido, el que se expresa con un sencillo like en un post colgado en una plataforma, en una de las muchas redes sociales. Se tienen más amigos ahí que los necesarios, que suelen no ser muchos. Tan sencillo resulta dar al clic y expresar la aprobación que la misma aprobación, en ese resumen despachado, no tiene el rango del comentario, el del gesto afectuoso, pero no podemos dar marcha atrás, todo va rápido, excesivamente rápido, no hay manera de parar la máquina. Habría que ver qué hay detrás de los emoticonos, aunque ese trabajo no hay quien lo realice, no es posible, todos son el mismo, ninguno es más hondo que otro. En el deseo de que esos emoticonos cobren más expresión, se amplió el número de ellos. Debe haber miles. Uno casi para cada sentimiento, es posible, no voy a discutir eso de modo que hemos vuelto al pasado jeroglífico, prescindimos de las palabras, las traducimos a muñecos que semejan dedos que aprueban o desaprueban o a caras que recogen un amplio espectro de sensaciones. Todo está hueco por dentro. De ahí que el vanidoso esté en su ambiente. Son buenos tiempos para no tener que detenerse a explicar mucho: basta la expresión sucinta del like o del dislike, que no sé por qué hay que recurrir al inglés, pero también ese es un peaje que estamos pagando. Un amigo ha dejado Facebook por más o menos todo esto. Está agotado, me cuenta. No necesita difundir lo que escribe más allá de su blog. Su vanidad, me refirió, se estaba atrofiando. Era otra cosa, ni siquiera la saludable y antigua vanidad. Ahora escribe, lo hace con menor frecuencia, pero no lo ha dejado, pero no tiene interés alguno en ser leído por más gente de la sucintamente precisa: ocho o diez amigos, no más. Yo a veces creo que podría hacer lo mismo y cerrar las redes sociales y volver a tener solo un sencillo blog al que entran muchos amigos y algunos lectores. Se me ocurre que ni siquiera se precisa que se sepa qué piensa uno sobre lo que sea que pueda pensarse, pero es drástico ese dictamen. Mientras no nos da el volunto y cerramos todas las querencias de lo binario, seguiremos por aquí. Por vanidad, por responsabilidad con los vicios que vamos adquiriendo.

II

La necesidad de tener razón es signo de una mente vulgar, escribió Albert Camus y recoge la cita Miguel Cobo en su Facebook. Tuve un amigo al que le irritaba que se le diese ciegamente la razón. Prefería la parte combativa, el cuerpo a cuerpo dialéctico, toda esa hostilidad educada que a veces entretiene las charlas en las terrazas de los bares, a veces más de la cuenta. Era este amigo muy de bares, es cierto. Muy de hablar y muy de beber. No había ocasión en que dejara escapar la oportunidad de hacerse notar y caía bien a ratos, muy bien en alguna ocasión y mal, a su modo, en la mayoría. Yo le confesaba mi admiración y él me lo agradecía a regañadientes, huyendo como solía de los golpecitos en la espalda y de los elogios. No sé qué es de él, no he vuelto a saber nada suyo desde hace treinta años, más tal vez. Guardo el tono de voz, la airada forma de defenderse a sí mismo o de investirse como improvisado —y voluntarioso— defensor de lo ajeno.

Echo en falta gente con ese carisma. No conozco nada mejor en el mundo que la posesión de un determinado tipo de conducta, sea del gusto de los demás o no, pero identificable, deleitable incluso. A los convencidos de que los problemas solo malogran las relaciones personales, les presentaría a J., les dejaría echar un par de cervezas con él, en una barra de un bar o en un salón doméstico, en la intimidad de las casas. Lo adorarían —como yo lo hice— o lo detestarían —como yo lo hice—. No he tenido interés en saber qué hace, si persiste en su admirable —por extrema, por honesta— forma de ser. Me hablaba de una novia que tenía con la que planeaba un futuro. Estoy por pensar que ese futuro no la incluye ahora. Se inclina uno a pensar que debe costar mantener una relación estable con alguien así. J. seguirá encantado consigo mismo. Continuará escuchándose. Se dedicaba básicamente a eso: a ponerse atención, a cuidar de que nada suyo le fuese enteramente ajeno. A veces estaría bien ser como J., no a tiempo completo, no de una manera profesional. Me lo imagino ejerciendo en el campo de la política. Ganaría en la distancia corta sin margen de duda. Defraudaría más tarde, sin duda tampoco.

Si el azar le pone este texto delante, estaría bien que se reconociera y me buscase. Es fácil dar con uno en estos tiempos. Tampoco me importaría que no lo lea nunca. Sé qué discreparía, aunque de un modo absolutamente impostado. No hará mucho di con alguien que me lo recordó. No exhibía su fuste dialéctico, ni se enconaba en dejar su palabra por encima de la ajena. Daba la impresión de tantear sus posibilidades, atendía con esmero qué efecto producían sus ocurrencias. Era un mal actor con un libreto prometedor. Se vino abajo a poco de que se le manifestara lo frágil de su discurso. Constató su flaqueza y, en ese momento, yo aprecié con mayor afecto o con un más tierno recuerdo la honestidad de mi antiguo compañero de farras. He pensado en todo esto y no he llegado a ninguna conclusión relevante. Ni esta lo es. También yo hago constar un sentir acerca de la costumbre que tenemos de relacionarnos los unos con los otros. Es antigua, pero está en declive. Ya se discute poco, se da la razón al tonto y al listo, no se rinde un anhelo que detente el que habla y pueda ser considerado por el que escucha.

1.1.26

Música en la que desaparecer dentro


 Andy Bey tiene la voz contenida, como si alardear de un volumen más audible rompiera la emoción o deshiciera algún tipo de voluntad con la que malograr la perfección del silencio. He empezado el año con este disco sutilísimo y el día se ha crecido o se ha menguado, no lo sé bien. Admito que todas estas canciones me han ido llevando por los trajines de la mañana y por la paz (hacía falta un remanso, un valle en esta agreste y a veces demasiado festiva orografía de estas fiestas) de la tarde. En días como hoy, con frecuencia, he hecho balance de lo abandonado en el año fallecido y propósitos para el recién alumbrado. No va a ser así en este. No tengo nada que cumplir. Me iré dejando llevar, haré como si no se hubiera comenzado ni terminado nada. Tengo la experiencia de que los planes, si se urden con anhelo, con ansia, flaquean y, las más de las veces, se desvanecen poco a poco hasta que no hay rastro de que ocuparan nuestra atención. Es falible casi siempre. 

31.12.25

El mundo acabará en viernes / Las delicias apocalípticas de Manuel Moyano






La literatura, la buena, al menos, tendrá la irreverencia precisa para que el lector se incomode y algo de lo leído haga que piense o que se ría o que llore. Hay libros que hacen hasta amar. De ellos uno querría erigirse embajador o tener cien en casa para regalarlos a los amigos (no, qué he dicho, que lo compren, que el escritor haga caja, por Dios), pero se conforma con quedarse a gusto escribiendo sobre ellos. Al acto de leer le viene bien cerrarse con el de escribir. Como si la novela precisase que su lector se la contara, animado a entenderla o a no hacerlo en absoluto, pero feliz por haber estado en ella todas esas benditas horas en las que el mundo (ya mismo voy al asunto) podría acabarse en viernes y, en un arrebato de chulería, nos importara poco que fuese así.

La extensión de esta novela podría arrimarla al género narrativo corto, que la despacháramos con la etiqueta de "novelita", pero esa brevedad (que he lamentado conforme iban pasando las páginas) es un mera circunstancia volumétrica. El mundo acabará en viernes (menoscuarto, 2025) es una novela inabarcable. Diría más: se entra en ella y se sale, por supuesto, uno va a otras, lee más novelas, pero hay un runrún apocalíptico, mesiánico, nihilista, que empapa la memoria del lector y comparece a su antojadizo capricho, sin que haya gobernanza sobre el hecho de que esa decantación ocurra.

La dispersión de situaciones y personajes, que disaude de la idea de que leer sea un desempeño sencillo, termina por consolidarse sólidamente y la trama discurre con una naturalidad asombrosa: todo tiene sentido, no teniéndolo. Una de las virtudes de El mundo acabará en viernes es la planificación: yo quiero escribir como Moyano Ortega, saber que tengo todos los mimbres del cesto, y son muchas sus cuerdas y se ensamblan con pasmosa facilidad.

La novela es ambiciosa. Yo creo que todas las buenas novelas lo son. Codicia con éxito la mejor tradición de la literatura apocalíptica sin que esa ambición malogre la lúdica rendición de un deseo innato en toda la obra de Moyano: el entretenimiento puro, es decir, lo que el lector anhela para que la literatura reemplace a la realidad, aunque la realidad aquí ofrecida (no haré spoilers) haga comparecer al humor, que cruza todo lo narrado y lo hace bullir con un genio absoluto. La vasta imaginación del novelista se aplica a dar vida a un artefacto único, en un delirio del que se sale indemne, no crean, pero temblando de goce literario.

A lo que Moyano recurre para desplegar este desquiciante ingenio narrativo es al asunto más antiguo y de más hondo fuste que haya ocupado la inquietud humana. A la pregunta de si hay vida después de esta, si hay Dios y el cielo es de verdad la residencia eterna en la que morarán los creyentes, el autor no tiene respuesta, cómo podría. Para que ese propósito prospere se vale de un elenco de personajes que, lejos de perderse en el (en apariencia) caos argumental, lo enriquecen. Las múltiples referencias bíblicas (el juicio final, la ira de Dios, las plagas que devastarán la tierra, la amonestación a los impíos) se convierten en un teatro de las maravillas, en una ironía eficaz sobre la superstición del hombre, que escribió el libro de las religiones para sobrellevar el cáncer de la materia, la inaplazable certeza de que el cuerpo es perecedero y no el espíritu, que aletea en la incertidumbre de su finitud.

Los ortópteros, trillones de ellos, devoran los árboles de Tel-Aviv, John Ekaverya, psiquiatra con ancestros vascos que desea más que nada ser escritor, tutela a un paciente que fue encontrado caminando desnudo por las tierras de Idaho asegurando ser Ernest Hemingway y, más que probablemene, siéndolo. Yeshua, que es una delicia de hombre, un ser hecho de bondad, un emisario de la palabra de Dios, hablando en Eurovisión sobre la devastación del mundo tal y como lo conocemos (... and I feel fine). Un magnate diabólico, y bien diabólico que acaba siendo, llamado Boris Woon, que hace diabluras y da más miedo que el mismo Diablo. Lady Di regresada desde los túneles de Paris sin saber que es Lady Di. El dulce estrambote de todas estas anomalías funciona, pese a todo. También un creíble (y humano) Juan Pablo III, Bob Dylan, Borges, Napoleón, Jesús el de Nazaret... Hasta Dios, en presencia simbólica y luego muy azul y hasta admisiblemente mutado a un inconcebible gusano que hubiese hecho las delicias del sacrosanto H.P. Lovecraft, tiene su papelito en este juguete distópico maravilloso. Se une Moyano al santo Malaquías, a Miguel Servert, al Beato de Liébana, a Nostradamus, a cualquier manifestante del fin de los tiempos o, más modestamente, a cualquier profeta de la aniquilación, que hubo muchos y todavía vendrán más. Su aporte a lo ya entregado por este elenco del pesimismo es el más jovial, el que detenta una aproximación menos dramática.

Moyano encomienda a lo fragmentario la restitución de toda esta voluntad casi enciclopedista de inventariar el advenimiento del fin y prescinde de la solemnidad, que bien pudiera haber sido usada, aunque el tono diferiría y el conjunto, el anhelo de la novela, habría sido fácilmente leído al modo en que se leen ciertos best sellers catastrofistas, danbrownesco, cuando el modelo más cercano (y ninguno que yo haya leído o del que sepa algo) sería el de McCarthy o King. Ellos, tan determinados a componer un libro conclusivo y dantesco, épicos a su manera, no poseen la inspiración eminentemente lúdica de El mundo acabará en viernes. Es que se lo pasa uno en grande con este regalo de la literatura. Para que medren las historias, para que se ensamblen, para que todo suceda con inevitabilidad y ninguna pieza falte ni sobre, Manuel Moyano-persona habrá debido tener algunas ideas claras, sin que el entusiasmo creativo del Manuel Moyano-escritor arruine el plan madre, que es hablar sobre cosas delicadas (Dios, la religión, la muerte, el más allá) sin que ningún lector afín al credo que se le ocurra (o ajeno a cualquiera) se sienta particularmente ofendido, zarandeado, zaherido por la osadía (la hay a espuertas) de la propuesta, aunque se puede encontrar alguna brizna del hilo principal que conduciría a la madeja moral de quien escribe. Es fácil tirar, pero no siempre se está plenamente seguro de que la pesquisa textil dé alguna información útil. Lo único que importa es la literatura. El que escribe, Manuel estará de acuerdo, no cuenta, no debemos saber de él mucho más de lo que avance la solapa del libro o lo que pueda encontrarse en alguna biografía vertida a la red.

Estamos en la misma inminencia del fin (recuerden, un viernes, quizá sobre las diez) o, con mayor precisión léxica, la Parusía, en la que Jesucristo volverá a comparecer ante los hombres para llevarse a los justos y meritorios y clausurar (es un verbo demasiado frívolo tal vez) el reinado del tiempo. El apocalipsis, tan temido, es aquí un pieza más del conjunto, pero su riqueza metafórica y su hondura teológica sirven para que la historia, coral, imprevisible, hilarante, terrible, use las profecías de los evangelios a modo de partitura a la que, por diversión, Moyano borra las notas fiables y se erige como un excelente músico de jazz, haciendo del lenguaje una herramienta clásica, pero sincopando las tramas, cabalgando géneros.

Hay que leer El mundo acabará en viernes por cualquier razón que un buen lector elija. Todas tendrán que ver con el placer mismo de la lectura. Se lee muy bien este rompecabezas de libre y varia lección. Dura después, una vez se ha el libro, lo que el libro ha contado, que es mucho y está portentosamente hilvanado. Es eso, el hilván, lo que fascina: la clarividencia en el propósito, la responsabilidad de la escritura, la gracia (en las dos acepciones que ahora pienso) con la que se puede hablar sobre los grandes temas del hombre sin que la trascendencia abrume y haga flaquear el edificio entero de la distracción. Qué bien escribe Manuel Moyano Ortega, con qué primores resuelve los asuntos difíciles, qué manejo (con lo que eso cuesta) de los diálogos, qué pulso firme, qué traje de filósofo juguetón se ha colocado para contarnos la metafísica con aplomo circense,casi funambulista, qué carnaval, qué vodevil, qué irreverencia más democrática, qué parodia más estremecedora también. Al final, pues es del final o de alguno temido de lo que aquí se habla, tenemos un agasajo a la literatura. Y solo me queda animar a que lo lean y lo relean después (yo lo hice con redoblado entusiasmo) y lo recomienden para que los Reyes Magos (sí, por favor) lo dejen bajo el árbol. Yo creo que un ángel con inclinaciones estéticas e intelectuales podría encomendarse la tarea de contarle a Dios que hubo quien lo miró cara a cara y se atrevió (todo aquí es atrevimiento) a reformular las historias que nos contaron o, mejor expresado, a convertirlas en ficción. Y ya puestos, comprometido con hacer valer lo que de verdad vale mucho la pena, háganse con El imperio Yegorov o La versión de Judas, los otros libros que he disfrutado de este bendecido escritor.









30.12.25

El poema infinito

 


En las Helénicas de Jenofonte no hay constancia de que las hordas espartanas dieran un motivo a la futura eclosión del glam londinense de los setenta, ni se aprecia preocupación por la deriva continental. 


En los círculos del Infierno por los que Virgilio paseó a su demiurgo no hay ánforas de Cartago ni cabezas de toro colgadas por todos sus enloquecidos muros. En las rendiciones pictóricas que la Comedia de Dante produjo no se advierten tampoco paganos virtuosos que exhiban tatuajes con la cara de Frank Zappa o con el Halcón Milenario de la saga heroica de Star Wars.


En la infancia de Nietzsche, en ese protestantismo moralista, no hay espacio para las tribulaciones de la psicodelia ni para los barruntos pastoriles. Tampoco se aprecia la bondad de un caballo al que contar las minucias del alma más pura. 


En la música crepuscular de las grandes obras para ballet de Tchaikovski no hay olor a cilantro y a leche de coco. 


En la cara de Perseo cuando rebana el cuello de la Medusa no hay signos de cansancio ni atisbo de la mueca de Jack Palance al vaciar su Peacemaker en las tripas de un sheriff. 


En la milicia del capitán Frans Banninck Cocq y el teniente Willem van Ruytenburgh, formada por 17 fieles soldados, inmortalizados por Rubens en su Ronda de noche, no hay arcángeles embebecidos por una fiebre divina ni viejas estrellas del porno de los ochenta hasta arriba de coca.  


En los puestos de jeringos de Villafranca de Córdoba no hay ilustraciones del Moldava a su paso por Praga ni pliego de advertencias de alérgenos en francés o en coreano. 



En la cara interior del muslo izquierdo de Vicki Witt, playmate de agosto de 1978, no hay alejandrinos de Rubén Darío ni ángeles pintados por el delirio de William Blake. 


En el sótano de una casa de la calle Garay, donde Borges fue colmado por una “maligna felicidad”, están todas las cosas como las vería Dios. Solo existe si todas esas cosas irrumpen al someterlas al escrutinio del poema. 


28.12.25

Viva San Benito


 


Se atribuye a Diderot lo de que es tan peligroso no creer en nada como creer en todo. Entre la incredulidad y la fe ciega, una parte se inclina por la fe, no cualquiera de las muchas que se puedan profesarse, sino una hecha a conciencia, de las que pueden reformarse, dejarse vencer por un viento o ceder, sin rechistar, a otro que la meza o la tumbe. Yo creo en la siesta. Lo hago con absoluto convencimiento. Cuanto más me prodigo en ella, más me felicito, con mayor encomio me aplico a festejarla y procurarle todos los elogios, los más sentidos, créanme, que se me ocurren. 

 

Hay quien sestea por mera inercia, sin que intermedie la voluntad. no es algo que se prevea, ni siquiera concurre el libre albedrío, ese constructo de la filosofía a la que no se le ha dado todavía un consenso teórico. Sestear sin motivo o por dar con algo que la intemperie de la vigilia no procura, por más que se obceque el interés. Hay quien cae en la siesta por un imperativo físico. Creo que en mí se mancomunan felizmente ambas categorías. Puestos a inclinarme por una, si es que tuviera que ponerme en esa frívola tesitura, escogería la del desvanecimiento, que pivota entre la una y la otra y no toma partido por ninguna. Si se me preguntara qué tramo del día es el más favorable para que mi entera disposición orgánica flaquee poco a poco y acabe por difuminarse elegiría el que precede al almuerzo. Es llegar la sobremesa y el cuerpo sufre un dulce deliquio del que a duras penas se sale y, llegado al caso, del que no es preciso salirse en modo alguno. Se embebece uno en ese sopor dulcísimo, se le da sentido a lo que antes no había manera de que lo tuviera. No entro en el tiempo aplicado a congraciarse con ese arrobamiento puro, pero no discutiré si alguien se excede o le basta un breve apartamiento de la realidad. Basta una de esas cabezadas que reparan el organismo (y da igual cómo de roto ande) y lo reconcilian con el trajín vespertino. 

 

Las consideraciones logísticas de la siesta no son relevantes. El que la toma en sillón posee la misma dignidad que el acostumbrado a despacharla en cama. Hay siestas excesivas que perturban la dispensa del sueño nocturno, pero qué placer llegar a la noche sin que el sueño atenace y poder amarla con vehemencia. Es pieza común que el afectado por estas libranzas excesivas tenga la vigilia alborotada y no sepa en qué plazo del día se encuentra. La siesta larga es inconveniente, suelen decir, por más que el apetito incline a su uso. La corta tiene una impertinencia similar: no cumple con el cometido que se le encomienda, deshace más que arrima, deja en ocasiones el cuerpo en un limbo del que cuesta evadirse. Advierta el lector curioso que no es del sueño propiamente de lo que aquí se trata, sino de una de sus más elogiadas disciplinas, la de la interrupción de la actividad intelectual. 

 

Tiene la siesta el predicamento antiguo que la hace casi patrimonio inmaterial de la humanidad. Quien la reprueba lo hace con desconocimiento o porque, he aquí el argumento irrebatible, tenga ocupaciones y no pueda echarla. Yo mismo he vivido eso: querer perderme y no saber cómo, anhelar echar la persiana de la cabeza y no encontrar la manivela que la cierra. Eso de tener un sueño monofásico (dedicar un periodo largo en la noche a dormir y no habilitar un receso en el decurso del día) está incluso reprobado por los neurólogos. Sostienen que muchas de las enfermedades cardiovasculares concurren con más frecuencia en los que no duermen siesta. Quedemos en que no es capricho, ni veleidad ociosa. La siesta es un privilegio asequible, una concesión hedonista al espíritu, por doquier afectado, afligido en ocasiones, al que se le deben las más altas consideraciones y el esfuerzo menos remiso. 

 

La famosa regla de San Benito, la de dar descanso al cuerpo a partir de la sexta hora, en palabras latinas la del mediodía, tiene acérrimos adeptos todavía. Esa es la dulce etimología: guardar esa hora, esto es, sextear o sestear. Las indicaciones médicas, algunas habrá, todas inconscientes, ignorantes, la prescriben y pienso yo que no deben hacer mella, sin llegar a desoírlas claro está: hay que escuchar al galeno cuando nos conmina a obedecerlo y obedecer sus máximas hasta que lo que está en juego es la salvación del propio espíritu. Entonces, salga el sol por Antequera, el inclinado a reprobar sus dicterios, deberá hacer lo que le dicte el corazón. El mío sabe mucho, le he enseñado bien. Podemos aligerar la ingesta en el almuerzo, no abusar del alcohol en ese tramo o no caer en hacer que sea larga y nos amodorre en demasía, pero no podemos claudicar, abandonar esa bendita rutina. Creo que hasta ennoblece a la vigilia que sustrae. 

 

Una vez que uno ha emergido de esa exquisita postración de los sentidos, la realidad brilla con más fulgor, las palabras se entienden con mayor hondura, hasta el corazón (que es el albacea de los sueños) late mejor. En unas horas procederé a dar cuenta de la del domingo, que es día limpio de ocupaciones. Ojalá no la estropee el azar, afición que frecuenta y contra la que no tenemos herramientas que la aparten. Que tengan ustedes la que deseen. Ya saben, no abusen. Si lo hacen, busquen con qué entretener en las que no tendrán más remedio que trasnochar. Ese es otro verbo al que tendremos que acudir en breve. 

 

Viva San Benito, proclamo en alborozo. Contra la idea de que la pereza (o la siesta, no quiero salirme del tema) no es asunto del que alardear está la de que quien la ejerza precisa vanagloria, ese puntito de orgullo que la fortalece y al que más tarde recurrir, siquiera melancólicamente, cuando nada invita a que acoja y conforte, todos esos momentos de agitación y de tumulto que tanto abundan y tanto lastiman. La pereza es una bruma confortable de la que se tiene la impresión de que no se le da el debido desempeño, mucho menos la solemnidad que otras disciplinas de lo humano exhiben. Contra la voluntad de cumplir se encona la de desatender su requerimiento, la de desobedecer, la de concederse un momento (que sean muchos) de pura, legítima y gozosa desobediencia. Me voy a echar una siesta. Haré sangre al sillón, dicen los más entusiastas.


22.12.25

El vino de las letras




En un revelador opúsculo sobre las bondades del vino, el vino entre otras varias sustancias tóxicas, Charles Baudelaire refería la existencia de cierto caballero bien pagado de fama que, a lomos de esa vitola de popularidad, escribió un libro insulso sobre gastronomía en el que consideraba al vino como un licor que se hace con el fruto de la vid. 

Baudelaire, encendido, tocado en su fibra más sensible, escribe a su vez cómo leyó y releyó esa breve obra en busca de algún párrafo que agasajara más enteramente a su yo bebedor, la parte del escritor que se expresa untado de éter, pasado por el fiable embudo del alcohol. 

Buscaba Baudelaire pliegues en el texto, indicios de que el autor exaltara ese fruto divino de la vid y contaba, aparte de las virtudes clásicas, sabor, duración en el paladar y todo eso, las más específicamente químicas, etílicas, las que intiman con el bálsamo, con la toxicidad, con el punto etílico (digamos) desde el que abordar el acto creativo en la condición más cómplice. 

Quería el poeta de Las flores del mal encontrar un compañero de experiencias y no un mero oficinista literario que no indagara en la naturaleza mística del vino. 

En el vino se encuentran el cielo y el infierno, el recuerdo y el olvido, el equilibrio y el vértigo, la luz y también la sombra. 

Con tanto ardor se entregaba Baudelaire a su consumo y a tan formidables paraísos de lucidez literaria le conducía su ingesta que la apatía de los demás a la hora de describirlo le parecía un acto casi delictivo, una falta de entusiasmo punible. Algo así, en otro orden de las cosas, imagino que defendía Charles Bukowski. Da lo mismo París que Manhattan, el siglo XIX o el XX. 

De lo que hablamos es del poeta inconforme: hablamos del creador en estado puro, abierto sin dobleces, consciente de que escribir exige un peaje o, dicho de otro manera, que escribir sobre la vida en la frontera requiere vivir en esa frontera. 

El vino (en extensión cualquier sustancia embriagadora o alucinatoria) predispone a esa travesía por los límites. 

Uno ha escrito mucho, ha escrito sobrio y ha escrito ebrio (y como no es Baudelaire ni Bukowski) se recata en lo posible y deja libre al creador en perfecto estado de revista química. 

Son los años. Está uno a vuelta de muchas cosas y, también a cuestas con la edad, ignorante en otras, aunque acabemos entendiendo a Baudelaire, que reivindica lo que le es más suyo y se indigna (quizá sea eso, indignación pura y dura) ante la simpleza semántica y la baja estatura de contenidos de quien en un libro de gastronomía únicamente se refiere al vino como un líquido que da la vid. Pero la historia del Baudelaire enfebrecido me hace pensar en cómo nos las gastamos en estos tiempos cuando un compañero de profesión (amateur o profesional, curtido o lego) se nos enfrenta al expresar opiniones diametralmente opuestas a las nuestras. 

Me pregunto, al hilo de Baudelaire y del vino y de la discrepancia en asuntos capitales, si la nómina de críticos que escriben sobre cine no se maneja con más soltura y alcanza más esplendor poniendo a parir Avatar, caso de que les repatee su osadía técnica, su llaneza argumental, que glosando la excelencia plástica de Burton o las profundidades éticas de Haneke. 

Y me cuestiono si no sería justo entrar a matar (todo muy metafóricamente expresado) cuando un señor crítico, uno a cargo de una tribuna de fuste, expresa opiniones peregrinas, da por verdad lo que sabemos que no pasa de una engañifa vulgar y vende humo a precio de esencia. Lo que en el fondo esos escritores están estimulando es la creación de una figura hasta ahora inusual en el panorama cultural de un país y que consiste en el mal lector. 

Se critica con frecuencia que se lee poco, pero se debería hacer énfasis en la idea de que no es importante la cantidad de lo que se lee sino la calidad de lo leído. 

Se buscan escritores inteligentes y se busca (al tiempo) lectores que no vayan a la zaga. Igual que el bueno de Baudelaire graznaba cuando ninguneaban a su bendito vino, así yo me encrespo, me enervo, me irrito y acabo transformado en una bestia espídica cuando desciendo al pozo sin fondo de la sacrosanta televisión y hurgo en la parrilla de las cadenas, en ese lodazal en el que sobrevive una especie en alza, la del programador televisivo, un tipo ufano de su condición de sacerdote de la cultura de calle, iluminado por un partido político del que recibe las consignas necesarias para no excederse ni arredrarse jamás y discurrir a medio gas, sin mojarse mucho, sin aparentar dejadez ni exhibir un entusiasmo inconveniente, en las aguas procelosas de lo que la cultura oficial ha dado en llamar progreso. Yo todavía no entiendo muy bien en qué consiste. Manejo datos, conozco textos, intuyo razonamientos, pero sospecho que a medida que avanzamos en lo tecnológico y adquirirmos destrezas digitales perdermos algo precioso, algo en lo que se ha sostenido la cultura de un par de milenios de Historia: el arte, ese glorioso imperio de belleza al que no ahora (en prensa, en televisión, en cine, en museos) reducen a un párrafo de compromiso. Como el del vino que molestó tanto a Baudelaire. Yo creo que estamos bajo amenaza. 

Las generaciones por venir no sabrán quién es Samuel Fuller ni Francis Bacon. No sabrán nada de Woody Guthrie ni de María Zambrano. Nada de Charlie Parker. Ni de Bertold Bretch. Los anestesiará el prime-time, la cultura de masas, el contenido sin pulir, expresamente diseñado para ganar adeptos, espectadores cómodos, que nunca peligrar su disfrute porque no se arriesgan a buscar más allá de los productos que han sido testados previamente y que los jerifaltes del márketing venden con la certeza absoluta de que funcionan a pesar de la crisis y de las extremidades bastardas de la crisis. Pero nada de Parker ni de Bacon. Nada de Fuller ni de Bretch. Todo aseado y seguro, limpio de riesgo. 

El mejor viaje se hace en pijama, en casa, en la cadena en la que confiamos, en donde hasta los anuncios son de nuestro entero agrado. En donde nos inoculan un conformismo estricto, pero invisible. Son tiempos de prudencias y de censuras. Este estado del bienestar es un constructo aseado, presentable, que no se permite mayor gesta que la de dar lo que se espera, la de llamar a las puertas que nos indiquen, de entrar a donde se nos espera.

21.12.25

Una flecha de oro II

 De haber sido siempre yo, ahora no sería quien soy. No hay una mismidad, un ser enteramente reconocible, trazable, previsto. No tengo certezas sobre lo que sea que se haya ido creando en los años que me han sido concedidos. Si mañana muriese, ojalá no ocurra (no tengo prisa en irme desvaneciendo), qué me faltaría por hacer, me pregunto, pero no es esa la pregunta fundamental, ni mucho menos. Es esta: qué he hecho, a qué he inclinado mis anhelos, cómo ha progresado mi ser en su fluir peregrino, un poco ajeno a veces, hasta el momento actual, en el que poco antes de salir al trabajo (cinco minutos paseando) me he envalentonado y decicido a hacer cuentas de mi trasegar antiguo y del corriente. Y no sé qué argüir, con qué mimbres hilar el cesto, cómo despachar todo lo que fue, lo que está siendo, lo que se pertrechará futuramente. Yo creo que la única palabra que debería tatuársenos es futuro. El futuro es donde no hemos estado. No hay lugar al que debamos procurar más hondo afecto que el incógnito. Lo que no debe ser tenido en cuenta es el pasado, digo esto con colmo de prudencia y abierto a debate, pero es al que acudimos, sobre el que edificamos el presente, que no es relevante en ninguna circunstancia o lo es de un modo pasajero y huidizo, volátil y frágil, y es al que le damos rango de mando en la plaza del tiempo.  No somos del futuro porque no nos interesa especular. Preferimos tergiversar (reescribir el pasado a nuestro beneficio) o dejarnos llevar en el ahora, que es una estación propicia para la levedad. Somos así, leves y confiados, sin otra metafísica a la que confiarnos. En cierto modo la religión nació para responder a las preguntas trascendentales que formula el futuro. Está el dónde iremos y el qué será de nosotros cuando ya no haya cuerpo que nos sostenga, pero también están las otras cuestiones, las del origen y las del porvenir, las de saber si en verdad todo esta trama antigua responde a una trama mayor, si es un bosquejo rudimentario de una realidad a la que todavía no nos han conducido o si es una extensión del azar al modo en que lo es una manzana que cae de un árbol, cayendo ésa, precisamente, y no otra que pende a la vera. Somos teólogos sin que exista la necesidad de la divinidad, pero la buscamos afanosamente en la creencia de que si damos con ella, si de verdad construimos el concepto de Dios y lo acogemos pecho adentro, seremos más felices o nuestra vida realizará su trayecto con un reposo mayor, sin el miedo al vacío, sin la angustia de la idea del fin, que yo adoro, por otra parte. Duele pensar en aquel pasado que un día fue futuro, escribió Miguel Cobo, pero la realidad siempre nos desoye, no está al tanto de nuestros júbilos o de nuestros quebrantos. Digamos que va a lo suyo, sin caer en la cuenta del público que asista al desarrollo de la obra. No se nos permite entrar en escena, solo vemos cómo se van sucediendo los diálogos, cómo se cambian los decorados entre un acto y otro, y sabemos cuál va a ser el final, que suele coincidir con la caída más o menos dramática del telón. Es eso lo que nos zarandea, aunque nunca lo veamos de cerca o solo podamos verlo una vez, una póstuma vez: el telón. Cuando cae... Es de lo hondo de lo que hablamos, si es que alguna hondura puede haber en estas palabras, y de lo que lo hondo nos va diciendo, como un cante, de esos de la tierra, que son trascendentes, que hablan de lo insondable. La metafísica de la que hablé yo, la flecha de oro. Porque hay que ser metafísico sin interrupción. 


Microficciones



Tengo necesidad de leer (vale releer) microcuentos de cuando en cuando. Hacen que encuentre en lo pequeño toda la opulencia de lo infinito. Me fascina, más que ninguna otra circunstancia, la posibilidad de que el milagro del cuento suceda en un parpadeo, en una especie de miniatura que, al modo de las matrioskas, se expande y adquiere la notoriedad de una novela apenas esbozada. Como si el autor, al dar con una idea maravillosa, se hubiese conformado con el apunte meramente argumental, una especie de resumen de la misma sinopsis narrativa que, a su modo, lo contiene todo, lo expresa todo y nada sobra ni falta. Vuelvo al "Cuento de horror", de Juan José Arreola en esos momentos de mono de lo breve. Todavía puedo transcribirlo de memoria.  «La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones». He escrito microficciones con la voluntad con la que a veces se pone uno a encontrar aforismos. De hecho, muchos de los que se me han ocurrido podrían haber pasado por cuentos de lo breve. No sería capaz de recordar ni uno solo si se me pidiera traer ahora alguno. No son ni fantasmas siquiera. Tampoco yo el paisaje de esas ensoñaciones. 

16.12.25

Nihilistas, pícaros, vampiros, subliminales, nacionalistas, poetas

 


Niña torbellino, no pongas tus ojos de nácar y tomillo en el nihilista. No hagas aprecio a sus carantoñas. Son todas falsas, están pensadas sin que intervenga el aplomo ni la responsabilidad, siguen un propósito, carecen de moral alguna. Un nihilista puede llegar a poseer cierta capacidad para encontrar un sentido a su proceder, aunque lo deseche nada más adquirirlo y ni siquiera recuerde que fue suyo y lo besó en la boca como si se acabase el mundo. Un nihilista no se casa por amor, se casa cuando se le enferma la madre o cuando un arrebato de humanidad le hace ver que la soledad es un losa y él está debajo o por algún anhelo luego lamentado de arrepentimiento o de contrición o por la injerencia de unos padres convencidos de la bondad de la institución conyugal. El nihilista dedicado a tiempo completo a su oficio no puede entablar relación emocional con nadie. Hay un momento en que se distancia de quien alguna debilidad hizo que se arrimara. Un nihilista que contraiga nupcias guarda intenciones aviesas, no se le puede mirar como a un novio tradicional: el novio amante de su amada, el novio entregado al amor, el que se pierde en desvelos y vive con entrega y puro encomio galante. El nihilista únicamente se entrega a su causa, al vacío de su espíritu, al pesimismo puro. Un mecanicismo logarítimico hace de los valores inmutables asunto baladí, si no caótico, de escaso afecto por la racionalidad y el compromiso con los semejantes. Del nihilista espera que sancione cualquier postulado universal y se recree en consideraciones de escaso o nula raigambre moral. No sabe el nihilista qué hacer, cómo posicionarse o, en casos puntuales, posee un paradójico sentido de las causas y de los efectos, aunque se desdiga a poco de adquirir un cierto grado de convencimiento. De ahí que pueda malogar un amor puro y abrazarse a otro de una pureza similar.


 Tampoco, oh, niña mía, niña torbellino, te acerques al pícaro. Te escribirá endecasílabos de pezón a pezón, tatuará el padrenuestro de sus próceres con ortografía errada en la cara interna de tus muslos. El pícaro se quintaesencia en la burla y en el doblez. A todo arrima su ausencia de escrúpulos, en todo aplica su fantasía de timos o estafas. Sardónico, tibio en asumir la responsabilidad de su malandanza, el pícaro es especie que se sublima en la desvergonzonería, pudiendo ganarse la simpatía de cierta audiencia ávida de conocer personajes inteligentes que compendian en la sátira el anhelo humano de engañar antes que ser engañado, de burlarse de cualquiera antes que ser burlado. Se jacta el pícaro de hacer cuanto suponga un beneficio, sin caer en la cuenta del daño que inflige o de la licencia de la que parte para el desempeño de su embaucamiento. Los más duchos en el oficio jamás alardean: no se saben quién pueda estar escuchando, cualquiera podría ser objeto de sus chanzas y maniobras, todas conducentes a esquilmar el patrimonio ajeno. 


Al nihilista y al pícaro le seguirán, en la estricta nomenclatura de los amantes sancionables, el vampiro. Solo se volcará en tu cuerpo en los días de menstruo. Hay vampiros de exquisita apariencia, curtidos en artes oscuras. Son entusiastas de las sombras, que son el recreo de los ardides más sutiles. Huye también del subliminal y del nacionalista. El primero vive al margen de la narrativa firme de las cosas claras, se expresa con retorcido afán, dribla (digamos) la idea y la circunvala, se le ve mariposear en los huecos, bailando un foxtrot o una chacota en algunos párrafos. El subliminal no dice nada, aunque parezca decirlo todo. Se puede decir a la inversa. La percepción de todos los estímulos que producen es alambicada y tenue, pero hay un trabajo estajanovista debajo. El subliminal deja caer tal o cual comentario en la certeza de que hará mella tarde o temprano. Puede decir que te ama, embutiendo la aseveración galante en alguna cháchara frívola o intrascendente. Del segundo huye con vocación de flecha. El nacionalista no hará patria en tus zapatos, no hará patria en tu boca, ni en tu memoria sentimental. Vive entregado a su bandera, la colgará en los balcones, la lavará a mano, con primor, con celo soberano, con absoluta lujuria textil. No es el nacionalista buen partido, oh, dilecta mía, acabará aliviándose solo en un cuarto ocupado por símbolos de su catecismo. Ninguno de ellos es digno de ti. Permanece en tu mocedad, no permitas que se engolosine con pretendientes aviesos, con galanes oscuros. Pon tu alma cándida en los poetas, ellos te conducirán al parnaso de la lujuria, serán tus manos y serán tu pies, pondrán las palabras más hermosas en el aire que respiras, darán con el verso lúbrico que propiciará el ayuntamiento delicioso de los cuerpos, harán de ti una criatura mecida por el céfiro de la inspiración y pasearás las calles de tu pueblo con el corazón contento, con el corazón contento, lleno de alegría. 





Velocidad y fatiga, ruido y tristeza

  Lo contrario al arte es el ruido. Al ruido se le concede lo que no alcanza a veces el silencio. El mundo funciona porque el ruido lo empuj...