30.3.23

Elogio de la lentitud


A cuenta de la prisa, se han perdido imperios, se han malogrado placeres, se han desquiciado vidas. Está todo confiado a la velocidad, ella administra el trasiego de las cosas y, en ocasiones, las pervierte, las corrompe. La lentitud no contempla las exigencias del porvenir. Esperar está desprestigiado. Quien espera, a la vista ajena, declara su inoperancia, se convierte en espectador, se declara inhábil. Como si rehusara comprometerse. Como un Bartleby que de pronto resuelve preferir no hacer algo, no inmiscuirse, ni mostrar adhesión a causa alguna que lo desplace de su genuino estado de ánimo. Es el reino de la cantidad, que riñe con la calidad. Abarcar más que ahondar: ese criterio volumétrico. La paciencia es una virtud antigua y estos son tiempos de voladiza modernidad. Es, en cambio, el vértigo el que lo impregna y modela todo. Vértigo y fiebre, velocidad y ansia. Hacemos varias cosas a la vez, tal vez por no esmerarnos pulcramente en una. Hasta el ocio es extremo, que a todo arrima su tasa y su rúbrica. Hacemos todas esas variadas cosas sin ocuparnos plenamente en ellas. Las acometemos a sabiendas de que otras pugnan por irrumpir, aplazándolas, emborronándolas. Cuando cuadra la ocupación en una, carecemos de paciencia, no medimos el tiempo, que es una sustancia sentimental. Es posible que sean estas prisas (este insano desvarío, esta enfebrecida locura) la que acabe con todo rastro de sensibilidad o de inteligencia y, a la par, con toda brizna de cultura o de progreso. Una parte de la culpa, tal vez no toda, recae en la supremacía absoluta de lo digital, en esa biblioteca infinita de la que solo arañamos el lomo de sus piezas, de la que nos valemos para creernos en posesión de algo valioso, pero es poco lo asimilado, nada a veces. Al mercado no le interesa la paciencia. El capitalismo es una criatura voraz, una bestia exigente, un dios cruel. Hay que apresurarse, no podemos perder ninguna oportunidad, eso nos susurra continuamente, es esa la instrucción inaplazable. En cuanto nos descuidamos, nos zarandea, nos amonesta, nos aparta de la secuencia exacta de su plan. Es diabólico ese plan. Es el triunfo de la mediocridad, es la enfermedad del corazón y la muerte de la cordura. Es el peaje del algoritmo, ese nuevo catecismo. Hasta la escuela comete la imprudencia de primar lo digital sobre lo analógico, la comisión de los ceros y los unos sobre la de las palabras, escritas o habladas. Están en descrédito las palabras. Se las ha reemplazado por otras herramientas de otro lenguaje, que no tengo claro si es pertinente o tal sólo una mercancía más que lucra a unas cuantas compañías. Viene a ser el mismo asunto de siempre: el corazón o la materia. Creo que no se prestigia la lentitud porque no es rentable. Que todo lo verdaderamente pensado precisa tiempo. De ahí que se piense menos. Por imperativos cinéticos, se sacrifica la morosidad, cierta conveniencia en reposar. Qué hermoso verbo ése. La de calamidades que han surgido por no acudir a él. El hecho mismo de pensar precisa la intervención de la lentitud, un dejarse conmover por los primores de las ideas y dejar que, cuando irrumpen, se asienten, tomen sitio y desplieguen su oficio, pero se nos conmina a trasegar con ímpetu, se nos reclama esa terca voluntad de movimiento. El bienestar espiritual procede de la quietud. Luego acude el vértigo y del vértigo aflora la elocuencia de la necesidad, pero qué tiempos más agitados nos ocupan, qué loca brújula los instiga y zarandea. 

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