27.3.23

Ajedrez

 



Mi abuela, a la que todavía echo en falta, venía a decir que los relojeros siempre dejaban una pieza sin engarzar, un tornillo sin colocar. Así la vida se obstina en no dar tampoco el acabado preciso a su terca maquinaria de reloj averiado. Lo cual conduce a uno de los más sobrecogedores poemas escrito en lengua castellana.


Ajedrez


I

En su grave rincón, los jugadores

rigen las lentas piezas. El tablero

los demora hasta el alba en su severo

ámbito en que se odian dos colores.

Adentro irradian mágicos rigores

las formas: torre homérica, ligero

caballo, armada reina, rey postrero,

oblicuo alfil y peones agresores.

Cuando los jugadores se hayan ido,

cuando el tiempo los haya consumido,

ciertamente no habrá cesado el rito. 

En el oriente se encendió esta guerra

cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.

Como el otro, este juego es infinito.


II

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada

reina, torre directa y peón ladino

sobre lo negro y blanco del camino

buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada

del jugador gobierna su destino,

no saben que un rigor adamantino

sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero

(la sentencia es de Omar) de otro tablero

de negras noches y de blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza

¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza

de polvo y tiempo y sueño y agonías?


Jorge Luis Borges



Dedicado a la memoria de Luís Sánchez Corral, mi profesor de Teoría Literaria, con el que compartí cafés y Borges algunas tardes en El Platanín, en la calle Jaén de Córdoba, del que me acuerdo con frecuencia y por el que, en ocasiones, razono que escribo. 

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