4.3.23

100 canciones / 6 / Losing my religión, REM, 1991


 Leí que la música es una emoción imprevisible, que se consolida sin estruendo, pero con esa firmeza de lo liviano, de lo que no requiere adiestramiento ni vocación. Cuando irrumpe, lo ocupa todo. He visto gente acogida a una tristeza sin consuelo que ha cambiado el semblante, sonreído o abierto mucho los ojos, al escuchar una melodía. Ella los rescató, por ella se puso de nuevo el mundo a girar y el triste, el desconsolado, giró con el mundo. Lo único a lo que hemos venido a este mundo es a girar, a danzar en esta brújula loca del tiempo. No sé si la tristeza fue cancelada o si tan sólo se apartó unos minutos, pero recuerdo dónde escuché Losing my religion por primera vez y la impresión que me causó, el modo en que hizo que nada existiera fuera de ella. Creo haberme obsesionado con esta canción, haberle confiado la restitución de la armonía cuando la tenía por perdida. Fui un adolescente que de pronto descubre el amor y no se entiende sin que el amor impregne cada pequeño acto de su existencia. Me bajé de ese idilio al modo en que se aparta el ánimo de otros. No porque desfalleciera el apasionamiento, ni porque alguna otra pieza reemplazara a la de REM, ni por hartazgo ni por súbito desenamoramiento. No alcanzo a razonar motivos, quién los busca en estos melifluos arribos de fe pura en algo. Sería un receso. Vuelvo a ella con cierta frecuencia. Sé que me espera. Yo la espero a ella. Así los dos, fieles y libres, convencidos de que nada ha cambiado desde aquel día en un pub de Priego de Córdoba en donde fui hechizado. Eran los días de lo sublime, la confirmación de lo extraordinario. Fue ardor sin tacha, lo milagroso traducido al idioma del corazón. 

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