9.4.20

Verdades, mentiras y bulos





Hay algunas mentiras que no me importan que lo sean y hay algunas verdades que uno preferiría no creer. En la ficción se vive mejor. En cuanto me falta, decaigo, me siento flojear, siento los mismo síntomas que cuando enfermo. Me siento morir, podríamos decir. Cómo si alguien pudiera sentir eso de verdad. No es la muerte irremediable, la atroz sin retorno, sino una de menor fuste dramático, una muerte de la imaginación narrativa, esa que solo desea que le cuenten historias. Mi cabeza entera las pide a gritos. No sabría vivir sin la ración diaria de mentiras habituales. La verdad, cuando es aburrida, no me interesa. La acepto porque no hay forma de eliminarla o porque hay algunos que se obstinan en defenderla. Soy el que le pierde saber cómo sigue la historia. Incluso cuando ha acabado, soy de los que creen que me están mintiendo. Que hay más. Que, por mi bien, me ocultan la información primordial. Que me quieren al punto de que me engañan. Es esa credulidad interesada (o incredulidad involuntaria) la que rige mis quehaceres y mis preocupaciones. Hoy mismo, al encender la televisión y ver filas de ataúdes en un hangar, disponibles para su cometido, la he apagado con rapidez. Se me ha puesto de pronto cuesta arriba el día. A quién se le ocurre encender la televisión, ese frente de batalla. Mejor aburrirse, no tener nada que hacer, matar (como el demonio) moscas con el rabo, eso decía mi abuela. Voltaire lo decía de otra manera, más hermosa:  "Yo, como Don Quijote, me invento pasiones para ejercitarme". Al final toda la obra inmortal de Cervantes va a quedar en un juego contra el aburrimiento. Lo del confinamiento tiende a ese recurso literario, el de buscar adicciones que palíen el encierro, el de probarnos ante la adversidad, el de convertirnos en protagonistas de una trama a la que no solicitamos ingreso. 

Más peligroso que una persona aburrida es una persona aburrida con un móvil en la mano. Lo de viralizar los bulos se ha convertido en deporte, habida cuenta de que no se se puede salir y practicarlo al aire libre y la casa, por más preparada que esté, no da la talla para ese desempeño. Cuesta tan poco difundir lo que no se contrasta como aceptar lo difundido sin contrastarlo. He aquí el veneno, he aquí su metástasis. No es que haya falta de confianza en las autoridad: lo que hay es una competencia desleal en la sociedad, que se atribuye la potestad de informar, sin aplicar filtros, haciendo que la mentira prospere y la verdad quede relegada, confinada también, convertida en un objeto de primera necesidad. Igual que las mascarillas o que los guantes. Falta profilaxis. No solo sanitaria, también informativa. La culpa la tienen las redes sociales. Las censuramos, pero no se puede criminalizar al automóvil a pesar de que haya más muertos en accidentes de tráfico que por la locura del coronavirus. No es tampoco la falta de información: la hay a espuertas. Hasta ataúdes en un hangar. Lágrimas en los balcones. Primeras impresiones tras el fallecimiento de un ser querido. Ese tipo de informaciones. Lo que sobreabunda es la basura travestida de información. Hay mucha mentira (esa no le prefiero). Hay mucho bulo: cosas falsas dadas que se invisten de verdad. Los hay tan buenos que pasan por veraces. No es posible desmentirlo. Igual que el cielo azul lo es indiscutiblemente si así nos lo atestiguan los sentidos, por mucho que alguien al lado nuestra se obstine en decirnos que está gris o se lo come la negrura de una tormenta.

El bulo crea descontento, fomenta el odio, corrompe la armonía. La mentira es un bulo a escala doméstica. La que es de mi entero agrado es la que elijo yo. Mentiras que lo son por no acogerse al discurso de la verdad, pero inocentes, de las que no dañan, sino que entretienen. Anoche leí montones de mentiras en un libro pequeñito de Monterroso. Eran deliciosas algunas. Por ahí van mis vicios. Abrirse de orejas y esperar que lo escuchado se atenga a lo sucedido es otro asunto, no siempre fácil de que suceda. En estos tiempos de desconcierto y de desestabilización, se debería amonestar severamente al que difunda bulos. Al que miente masivamente (hay posibilidades, está a su servicio la red) hay que notificarle que le ha caído una buena multa. Suya, tenga usted. Por malvado. El emisor de los bulos no siempre está enterado del mal que causa. Lo hace por inercia, por decir algo, por no estar callado. Su intención no es ni siquiera tangible: no sabe por qué lo hace, si su pequeña distracción hiere a quien la recibe. Si un bulo y otro y otro, juntos todos ellos, logran que la verdad quede desprestigiada, zarandeada, convertida en un obstáculo, en un estrambote prescindible. Esa coda maliciosa hace que todo el conjunto tiemble y, en muchos casos, termino por caer. El bulo es un artefacto inocente, en apariencia, pero socava la integridad de la verdad, la derrota. Ni siquiera sabe que está en guerra con ella. Es esa paradoja lo que más duele. No hay manera de eludir la refriega. Tenemos al enemigo en casa. De ahí que la guerra no sea únicamente (como difunden) contra el virus, sino también contra nosotros mismos, qué dislate.

Se cree erróneamente que este sindiós es consecuencia de la pandemia, pero ya estaba antes. Se aprecia ahora con más crudeza porque estamos alerta y le dedicamos mayor tiempo a los medios de comunicación. Contra la idea de que el periodismo de ahora no es el que era está la de que proliferan los periódicos digitales que no poseen aval que los sustente. Lo que separa unos de otros es la calidad. No hace falta ir más lejos. La calidad se construye en base a criterios de veracidad, claridad y rigor. Lo contrario al periodismo es el morbo, la exhibición obscena de los acontecimientos. El bulo es sensacionalismo exprés. Todo lo negativo (lo que suma, lo que detrae) es malo, aunque a veces sea necesario. Churchill se fiaba de las estadística que él mismo había manipulado. Malcolm Gladwell, autor que me encanta, en su estupendo Hablar con extraños (Taurus) sostiene que confiamos en gente que no conocemos. Ese afecto por los desconocidos es innata al ser humano. Cuesta detectar que alguien mienta, sostiene Gladwell. Nos hemos hecho a que la mentira circunvale la conversación, forme parte de ella, de una manera directa en ocasiones. Es el "sesgo de la veracidad", busco la expresión en el mismo libro. Tendemos a creer lo que nos dicen. Somos buenos hasta ese extremo. O simplemente crédulos. O tontos. Depende del talento narrativo (es expresión suya) de quien trata de colárnosla. Muy español ese verbo: nos la cuelan doblada o floja, es común ese rebaje burdo. Más ahora, más en estos tiempos de sobreinformación, de mentiras disfrazadas de verdades, de verdades contadas sin entusiasmo, de bulos convertidos en veneno puro, derribando los pilares de los gruesos muros que tanto costaron levantar.

El bulo es un virus. Hasta lo memes (tan inocentes) lo son. Esas unidades básicas de información hacen una demolición consistente del objeto del que se mofan. Recurren al humor grueso la mayoría de las veces. No se extienden en razonamientos, en argumentos que sostengan ese ataque: se limitan a exponer una flaqueza o a caricaturizar un perfil. Hacen más gordo al gordo o le añaden nariz de Pinocho al que interesa que pase por mentiroso. Se expanden con asombrosa celeridad. Llegan donde no alcanza las editoriales de los periódicos ni las ruedas de prensa de los gobernantes. Se alimentan de la calumnia, recurren al insulto, obedecen el odio. Como un virus consciente de sí mismo y de su capacidad de destrucción. Uno de esos bichos cabrones que pululan por el aire que repentinamente se hubiese investido con los atributos de la inteligencia. El mal que tenemos es de esa naturaleza. Es connatural al siglo XXI, problemático, febril y tecnológico. Los adelantos tecnológicos no son el demonio, qué van a serlo, pero lo traen pegado a su cola. Otro estrambote. Otra coda. Otro añadido. Estamos viviendo deprisa, aunque todo tenga una pátina de lentitud. No sé qué estoy diciendo.

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