30.4.20

Cuadragésimo séptimo día de la nueva era

Me esmero, lo juro, en la caligrafía, en la tipografía minucios y derrapo, me escoro, me izo, avanzo, reculo, hago recuento del trayecto, lo censuro, me fascina. Llegará el día en el que escribamos turbados por el estro, en cenadores venecianos, hermosos, oscuros, o junto a surtidores que viertan azahar o la esencia de pinsapo de la que me habló una vez un amigo gaditano en un bosque apartado. Luz también. Luz y asombro juntamente. Porque la luz hace que veamos lo que tiende a estar oculto. La belleza tiene su heráldica secreta. Hace falta oficio para dar con su clave. No es asunto que se despache siempre a golpe de vista. El arte requiere un aprendizaje. Por eso me esmero en la caligrafía, en el traje, en la apariencia, en lo que me hace ser mejor y saber que avanzo, aun escorado o salido, da igual, el asunto es que haya trayecto y haya trama. Trayecto y trama. Todo lo que nos perturba nos hace mejores, nos hace más grandes, nos hace más sensibles. Cada vez creo con más firmeza que la grandeza de la personas está en su sensibilidad. La inteligencia está bien para otros asuntos, pero el interior de una persona está alimentado de sensibilidad. Hay quien no la tiene, se ve a diario. Ahora estoy de una sensibilidad herida. Serán los fármacos para la alergia. Acarrea uno ya más de lo que querría. La edad cobra sus peajes. O los excesos. Cuadragésimo séptimo día de clausura. Me encanta el ordinal: suena ampuloso. Como si los días embutidos en esa estadística fuesen más solemnes. Tengan buen puente. 


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