25.4.20

La luz existe

Hoy me ha contado mi amigo Raúl que la luz existe. Da lo mismo que las sombras hayan adquirido la propiedad de la tierra y las tinieblas campen sin brida por sus confines, siempre hay ocasiones para que la armonía florezca y las combata. No es un combate parejo. El mal tiene un predicamento al que no alcanza el bien. Cuando se echó a andar el cosmos, hubo una mucha más encarnizada guerra entre lo bueno y lo malo y sabemos que toda las causas y todos los azares están cosidos con las costras de esa enferma liza. Los días nos atropellan con sus fantasmas. Las noches toman el control del cuerpo y a veces los sueños nos reconcilian con nosotros mismos. Otras veces es la pesadilla la que hace blasfema presencia y enturbia el campo de fresas y la elocuencia azul del cielo. Lo de Raúl, en su limpia rendición de sentimientos, ha sido bonito. Ha comprobado que el amor no se desvanece nunca. Es una historia de padres la que me ha contado, no es nuevo para nosotros. El suyo sigue confinado en su geriátrico, no se puede luchar contra esos embates del infortunio, los de apartar a nuestros seres amados para que su vida no sea más triste de lo que es, cuando la enfermedad los postra y, en cierto modo, borra del mapa de la vida. El padre de Raúl se olvidó de sí mismo y de los otros. Le devastó la memoria el Alzheimer, que es un desastre absoluto, un adiós sin irse, un perderse sin que el cuerpo no esté a la vista, una completa invisibilidad y una alocada residencia. No teniendo idea de qué ocurría a su alrededor, consecuencia de ese borrado de los recuerdos, de pronto sonrió y reconoció a su hijo. En mitad del dolor, en el centro mismo de la devastación, el buen hombre tuvo un alarde mágico, un glorioso regreso al mundo, aunque fuese un instante, el de dejarse querer por su hijo, el de comer cuando no lo hacía, el de esbozar una sonrisa de gratitud y de amor, la que tienen los padres cuando reconocen (en la bruma de su cabeza, perdida algunas veces y de qué manera) al hijo que alumbraron al mundo. Son tiempos durísimos y a veces no tienen misericordia. Todo se resquebraja y cuartea, no hay asidero fiable al que confiarse, ni siquiera el válido lo es permanentemente, precisa ser reemplazado. Un poco como la vida cuando le sonríe el fátum y a colores se despliega como aquel atlas del maestro Serrat. Francisco estuvo un momento de país en país, aprovisionándose de luz para continuar su clausura dulce e íntima. Es un símbolo el hombre, uno de muchos que ahora se anticipan a nuestro dolor y lo confortan. Ha vencido al maligno Covid, se ha burlado de él, aunque lo rondase. Qué felicidad esa victoria. Raúl, mi querido amigo, debe estar feliz por ese regalo sobrevenido. Hay compensaciones pequeñas que hacen desaparecer (siquiera un maravilloso instante) el abatimiento y la dureza de no poder tener con nosotros a nuestros mayores y sentir que este tiempo canalla nos los está robando con más implacable eficacia que nunca. Veo la sonrisa de Francisco y la hago mía. Es de todos. Hay quien vuelve al discurrir de la felicidad y da la bendita casualidad de que andamos por ahí y sentimos que esa breve resurrección del espíritu nos consuela profundamente. Raúl me lo contó esta mañana mucho mejor por teléfono. Ya nos veremos, ya tendremos ocasión de darnos un abraz, gracias por concederme la posibilidad de contar mi alegría y compartirla contigo, con quien tenga a bien alegrarse también. Serán muchos, somos buenos de corazón. A pesar de todo, la bondad resplandece, la luz es un milagro que en ocasione embellece el camino.

1 comentario:

Anónimo dijo...

No conocer a Raúl, ni a Francisco su padre, ni a ti, no importa lo más mínimo. Es una deliciosa reflexión sobre el dolor que padecemos. Qué hermosura, qué tierno y qué bien contado. Gracias.....

Laura Cifuentes

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