30.4.20

La pedagogía del arte


Hay cierta edad en la que uno es inmune al arte. Ninguna manifestación de la belleza hace que nos inclinemos; ninguna evidencia de lo sublime nos alcanza. La vida es cualquier cosa menos una experiencia estética. Importa el juego, importa el asombro. Las instrucciones para alcanzar la felicidad son brumosas, no están pulidas, su exigencia es mínima, si no nula. Quizá una de las funciones de la escuela sea la de acercar la belleza, la de hacerla accesible, sin obligar a quien la observa a tomar ningún partido por ella, pero hacer que exista, brindarla, permitir que esté al alcance de cualquiera. Tan sólo el hecho simple de mirar un cuadro o de escuchar una pieza musical y de dejar que nos invada. El maestro es el demiurgo tranquilo, el que arbitra qué debe exhibirse, el que criba las herramientas de esa adquisición lenta y consistente. Si no se produce ese pequeño temblor que antecede al deslumbramiento, no hay nada que hacer. No siempre se consigue. No hay un método para que la belleza impregne al que se cruza con ella. Tiene el arte, como el amor, algo que no podemos gobernar. Esa fragilidad, esa posesión fortuita, la posee también la fe. Los gobernantes andan ahora apartando la belleza de la escuela. Apartan la música, la eliminan, la consideran un bien sacrificable. Imagino que luego vendrá la plástica, que no es solo dibujar y recortar, sino involucrar al alumno en la visión del hecho estético y hacer que la valore. A los gobiernos, a cierto tipo de gobiernos, les gusta que los museos estén vacíos. Ahora lo están, por desgracia, por motivos ajenos a las directrices de un ejecutivo. Y un museo vacío o una biblioteca vacía o una librería vacía constata la enfermedad de un país. Un país sin ciudadanos sensibles está abocado al fracaso. Una sociedad aséptica, un pueblo embrutecido o en vías de embrutecerse.  Hay que educar en la belleza, hay que legislarla, por extraño que parezca esa aseveración. A ellos, a los niños,  concierne esa herencia. Podemos consentir que durante un tiempo sean inmunes a ella y no la aprecien. Luego, una vez franqueen cierta edad, perderán tanto si no se inclinan y la besan, si acceden a la mayoría de edad (qué es eso, cuándo llega) sin el bagaje interior que les faculte para echarse a llorar al ver un cuadro de Goya o sentir erizarse el vello escuchando un cantata de Bach. Sí, parece que Bach y niños no es un binomio frecuente, pero es cosa de probar. Quizá (todo es una especulación, una tentativa de pedagogía) ese vertido inocente de lágrimas haga más por la formación íntegra de una persona que un plan educativo del gobierno de turno. A mis alumnos, un poco como el no quiere la cosa, les pongo jazz y música de cámara mientras hacen manualidades o plástica en clase. Alguno me pide el éxito radiofónico del momento, pero la mayoría abre los ojos, sonríe para sus adentros y se tranquiliza de un modo asombroso. Hay quien me dice que escriba en la pizarra el nombre del músico o de la canción. La última vez escribí: "Sinfonía del Nuevo Mundo, Dvorak". Si alguien al volver a casa busca la restitución de esa pieza, algo hemos conseguido. Hemos limado una aspereza, hemos alcanzado cierto grado de perfección docente. 

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