27.4.20

Dormir, soñar, vivir

Juan Antonio Madrid, un cronobiológo y catedrático de Fisiología, atribuye a la falta de sueño parte del fracaso escolar. Es cosa de ciertos relojes biológicos que tenemos dentro. Dormir es una necesidad, igual que respirar. Si a esa mesa se le amputa una pata, se acaba viniendo abajo. Sirva el símil mobiliario para hacer entender que la actividad del sueño es fundamental para que todas las demás actividades existan y contribuyan (he ahí el fin de todas estas ecuaciones orgánicas) a que el cuerpo funcione bien. Es complicado el cuerpo. De pronto se me ocurre que estará perplejo por la falta de movimiento a la que le sometemos en estos cuarenta y tantos días de clausura. No sé si acabará pasando factura y tendremos que pagar algún tipo de peaje. Es nuestro y no lo es, el cuerpo. Cuando se le fuerza, replica y pide un receso. Caso de que no se lo concedamos, se colapsa, obliga a que cedamos, nos chilla. También huye del sedentarismo, esa costumbre burguesa. Creo que nacimos para correr, como decía Bruce Springsteen, y que, conforme nos hicimos mayores como género, perdimos el hábito. Hasta se nos agrandó la cabeza. Necesita más neuronas para que pensemos mejor. Le estamos dando tanto poder al cerebro, que el resto del cuerpo acabará reclamando su cuota ejecutiva, incluso afectiva. La de dormir, en particular, es una de esas actividades que hacemos mal en despreciar. Debe respetarse su aviso. Como el amante que solicita arrimo. Una especie de protocolo galante el suyo. Hay, no obstante, dulces contradicciones, ratos en los que tratar de adecuar el deseo y la realidad, como anhelaba Cernuda. Son días de cierta mansedumbre, por desgracia. Eso de trasnochar en casa, enfrascado en cien distracciones, es costumbre que he practicado mucho y que he procurado corregir, con dudoso y no siempre buscado éxito, pero que a veces se me va de la mano. Son tan aprovechadas esas horas que cuesta renunciar a ellas por dormir, que es mucho menos interesante, pese a toda la normativa médica, siempre leal con la salud. A la reversa, un amigo mío sostiene que su verdadero yo existe en el periodo en que duerme. Que un tercio de su existencia ha transcurrido afuera de la realidad, en el territorio mágico de los sueños. Una pena, añade. Nada que nos sea ajeno a los demás. Quiénes seremos en esa vida impostada, falsa a decir de la otra, la real. Seré yo otro, probablemente. En ese hilo de las cosas, cada uno de nosotros es indiscutiblemente otro. No hay confinamiento ahí, no hay manera de que acceda el virus. El espejo de nuestros sueños. La realidad de lo fabulado, tan grata y consoladora. Dormir es un alivio también. Nos rescata de todas las pandemias de lo real. Hace que se active una especie de formateo parcial del sistema operativo, traqueteado en demasía, expuesto a tiempo completo. Luego se recompone el cuerpo. Se embravece, se ofrece a elevar la cumbre de los días, como decía San Juan de la Cruz.

1 comentario:

g dijo...

Dormir también para dar consuelo a ese cerebro tan implicado en todo. Aunque no debes olvidarte del otro, del segundón de a bordo, el que tiene -dicen- más ínfulas que el primero incluso. Para ese, soñar a pierna suelta.

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